Reportaje Lectoría y consumo de libros:
Nadie sabe cuánto leemos en Chile
Nada es exacto sobre cuánto y qué se lee en Chile. Se habla de "poco", de "mucho",
pero no de cifras de lectoría. Un tema que involucra educación, industria editorial y
desarrollo, sin estadísticas históricas. ¿Cómo se puede evaluar un plan sin esas
cifras?
Óscar Contardo
En 1999, el INE realizó por primera y única vez una encuesta chilena del libro que
estableció, entre otras cosas, que en casi el 25 por ciento de los hogares del país no
había libros y que sólo el 12,1 por ciento de la población los compraba. Esa encuesta
nunca se repitió del mismo modo y no es comparable a las dos encuestas de consumo
cultural posteriores que incluían la lectura como una de muchas categorías. Debido a
esto no se puede saber a ciencia cierta si los chilenos leen más, leen menos o leen lo
mismo. Por otro lado, según los resultados de pruebas y encuestas internacionales
(Prueba Pisa, estudio del Ocde), sí se podría sostener que al menos la población
chilena lee mal o no entiende lo que lee, y que eso ocurra va en directo perjuicio del
desarrollo de las personas y del país. Todo indica que para lograr un mayor desarrollo
hay que mejorar los índices, y que para hacerlo es necesario un plan y que para hacer
un plan hay que saber desde qué punto se parte con indicadores más específicos que
las percepciones de que se lee "menos", se lee "poco" o se lee "mucho".
Marcela Valdés asumió en diciembre como secretaria ejecutiva del Consejo Nacional
del Libro y la Lectura, la entidad encargada de las políticas públicas para el desarrollo
de esta área. Valdés cuenta con un presupuesto anual de 416 millones de pesos para
dar inicio al Plan Nacional de Fomento a la Lectura, el que se inició a fines de 2007 y
se extenderá hasta 2012.
-¿Cuántos libros lee un chileno en promedio?
"Es uno de los indicadores que hay que sacar. Hay que calcular cuántos libros lee. Lo
que sí se puede saber aproximadamente es qué lee un chileno. Los chilenos leen
mucho cómic, mucha literatura chilena. Se lee mucho best seller..."
-¿Pero hay cifras que puedan determinar cuánto es ese "mucho"?
"No. Nosotros no tenemos cifras exactas: no podríamos decir cuánto está leyendo un
chileno. Podemos, a través de todos los indicadores que existen y de las cifras
registradas a la fecha, sacar la conclusión de que sí hay un promedio de lectura en el
país. Y es un promedio que ha ido creciendo. Si se revisan las cifras que tiene la
Dibam (ver recuadro) y cifras que tiene el INE, se puede llegar a la conclusión de que
sí se está leyendo".
-Le repito la pregunta entonces: ¿Cuánto lee un chileno anualmente?
"Nos encantaría saberlo. Hoy no lo sabemos".
-¿Es posible hacer un plan de difusión de la lectura sin ese diagnóstico antes?
"Se puede hacer un plan porque quizás la respuesta a esa pregunta, con certeza,
(sobre) la cantidad de libros que está consumiendo un chileno no la conocemos, pero
sí cuánto está leyendo un chileno".
Marcela Valdés explica que el Plan de Lectura del Consejo del Libro y la Lectura es el
primero en su tipo que se realiza en Chile. Se trata de un programa que partió el año
pasado y se extenderá hasta el 2012. "Desde los 90 se han generado iniciativas y
campañas para el fomento de la lectura, pero han sido acotadas y no se midió el
impacto que tuvieron. Este plan busca medir ese impacto y por eso incluye generar los
indicadores que no tenemos. Este país tiene el grave problema de que los proyectos
sociales no se miden; en general no hay medición".
Medir, determinar y cifrar los hábitos de lectura parece haber sido en Chile un hábito
innecesario. No se hizo tampoco en los setenta, cuando Quimantú editó miles de libros
a precios bajos; menos aun en décadas pasadas, cuando reducir la lectura a números
hubiera sido considerado un despropósito.
Mientras en España la federación de editores mantiene un indicador periódico
pormenorizado, y en Inglaterra el gobierno realiza estudios regulares, en Chile -pese a
contar con una institucionalidad enfocada a la materia- esto parece ser una inquietud
de la que nadie se ha hecho cargo, a pesar de ser un elemento clave en la educación.
Existen estudios aislados que no son comparables y que, por lo tanto, no indican una
progresión ni una involución. En 1992 el profesor Juan Morales, en su calidad de
gerente de la Editorial Santa María, encabezó uno que aseguraba que los chilenos
leían un promedio de 2,6 libros anuales. El mismo año los españoles leían 19 libros
por año. La Unesco recomienda 25 y en Canadá o Finlandia se leen más de cuarenta.
En 2006 la Fundación La Fuente dio a conocer un índice de lectura y compra de libros
elaborado en conjunto con Adimark y que se volverá a hacer este año. Una de las
cifras que entregó el estudio de la Fundación La Fuente es que en el 72 por ciento de
los hogares del país no se compran libros nunca o casi nunca. Asimismo, entre las
razones esgrimidas por quienes no leen para no hacerlo, el 26% aseguraba que
debido a la falta de tiempo y el 47,3% porque simplemente no le interesaba. Es decir,
para más del 70 por ciento de los no lectores, el problema no es el precio, de lo que
puede desprenderse que el IVA no es necesariamente el principal escollo para la
lectura en Chile.
Verónica Abud, presidenta de la Fundación La Fuente, explica que el estudio de
lectoría tuvo un costo de siete millones de pesos y que en adelante se hará cada dos
años. Abud sostiene que en Chile no existen cifras de lectoría básicamente porque "la
lectura en este país no es importante y se hacen tonteras. Es cosa de pensar que la
inversión más grande que se va a hacer en libros en el país es el Maletín Literario, que
es como tirar la plata. No hay un objetivo ni una política. Se está improvisando, pero
no vemos ninguna articulación entre los agentes", sostiene Abud.
Además de las instituciones gubernamentales, otro de los actores principales en el
mundo del libro son las editoriales, que en los últimos años han estado remecidas por
cambios de gerentes, disminución de planta de empleados y de ediciones locales. Un
efecto colateral de lo discreto del público lector chileno que ha repercutido en una
industria que, pese a vivir de las ventas, parecía sentirse exenta de los rigores del
mercado.
El libro como producto
Marilén Wood, gerenta de Ediciones B, comenta que hasta hace cinco años
deshacerse del inventario liquidando, un asunto habitual en el resto del comercio
detallista, era un asunto mal visto. "En este mundo hay quienes no quieren ver al libro
como un producto, que no se les puede comparar con un yogur, aunque yo creo que
sería un orgullo que la gente quisiera comprar un libro como quiere comprar un yogur",
agrega Wood. Lo cierto es que si en gremios como el de los automóviles se sabe
detalladamente cuánto y qué se vendió, en la Cámara Chilena del Libro conseguir
cifras pormenorizadas es casi imposible. "Es un mundo que se manejó durante mucho
tiempo de una manera que no es adecuada para el modelo actual. No estaba
planteado como un negocio, sino como un sistema con algo de feudal que terminó con
que en general las sedes chilenas de las editoriales internacionales le debían mucha
plata a sus casas matrices", agrega Marilén Wood.
Lo concreto es que la buena fama del modelo económico chileno no se refleja en el
mercado editorial. En el caso de Ediciones B -editorial española con sedes en gran
parte de Latinoamérica-, Wood asegura que "estamos dentro de los mercados más
pequeños". En materia editorial, Chile puede compararse con Venezuela o Colombia,
países con índices de pobreza y analfabetismo muy superiores a los nacionales, pero
está muy lejos de México o Argentina.
A la mezquindad del mercado, habría que sumarle la piratería, sobre la cual tampoco
hay claridad. Pablo Dittborn, director general de Random House y miembro del
directorio de la Cámara Chilena del Libro, aventura que por 100 libros que se venden
en Chile en el mercado oficial, se venden 50 libros piratas. Para Dittborn esto revela al
menos una buena noticia: que el mercado del libro es más grande de lo que parece.
Dittborn concuerda con que la opacidad estadística es una realidad, pero agrega que
un estudio de siete millones de pesos -el costo del estudio de la Fundación La Fuentepara la Cámara Chilena del Libro es mucho dinero. "Sería un dinero bien invertido,
pero es mucho para la Cámara y te lo digo porque pertenezco al directorio, conozco
las cuentas. Existe la posibilidad a través del Fondo Nacional del Libro de financiar un
estudio de lectoría. A lo mejor nos ha faltado audacia y disposición para solicitarlo".
Plan de fomento a la lectura
El primer Plan de Fomento a la Lectura impulsado por el Consejo del Libro y que se
extenderá hasta 2012 cuenta con 11 líneas de acción: En el documento que explica el
plan se establece que en cuatro de esas líneas "todavía no tienen establecida ninguna
de sus líneas específicas". La estrategia reconoce que "si hubo acción en algunas de
ellas no dejó rastro apreciable". Estas líneas en donde no ha habido avance según
consta en el documento son: Poner el libro y la lectura al centro de las políticas de
educación; Investigación sobre el libro y la lectura; Garantizar la diversidad cultural y
lingüística del país en el fomento lector, y Promoción y generación de derechos en
relación al libro y la lectura.
Marcela Valdés, secretaria ejecutiva del Consejo del Libro y la Lectura, es la
encargada de encabezar este plan que entre sus objetivos tiene el de posicionar la
lectura como un tema amplio, transversal: "Que no se hable de la lectura como un
ejercicio relacionado con una obligación, sino como una manera de estar informado,
de divertirse, lograr que se entienda la lectura como una forma de ser un país más
democrático y de lograr la inclusión social a través de ella". La secretaria ejecutiva del
Consejo hace hincapié en que el tema de lectoría debe involucrar todos los soportes,
no tan sólo el libro.
Valdés indica que uno de los primeros puntos para poner en marcha el Plan de
Lectura fue convocar a los actores involucrados en el tema "entendiendo que el plan
es un proyecto país".
Las cuentas alegres de la Dibam
"Chile está leyendo más", declaró Nivia Palma, directora de la Dirección de Bibliotecas
Archivos y Museos, Dibam, en la última revista de la Cámara Chilena del Libro. Ella lo
afirma porque al menos en su repartición las cifras duras existen y son alentadoras.
Antes de 1990 no existía en Chile una red nacional de bibliotecas públicas.
"Desde el año 1993 en adelante se verifican incrementos notables sostenidos en
usuarios y prestaciones de bibliotecas públicas", explica Palma, y añade que sólo en
2007 hubo un incremento del 25 por ciento en las prestaciones de bibliotecas públicas
y un aumento del 35 por ciento en los usuarios presenciales de la Biblioteca Nacional,
además de superar los 36,5 millones de prestaciones virtuales (servicios en internet
como Memoria Chilena y el archivo digital de documentos del Archivo Nacional).
"Creo que son un indicador importante del comportamiento lector de una población,
aun cuando no pueden ser considerados como la realidad en su conjunto. Son datos
duros de prestaciones y no sólo de asistencia a la biblioteca. Se trata de cifras
alentadoras, que deben ser cotejadas con venta de libros en librerías, importaciones
de libros, ediciones anuales", explica Nivia Palma. La directora de la Dibam advierte
que el avance se puede evidenciar si se recuerda que el año 1993 un 25,3 por ciento
de los chilenos(as) mayores de 15 años declaraban leer libros; el año 1999, un 31,4
hace esta declaración; en 2004-2005, un 40 por ciento.
Actualmente la prioridad es la automatización del sistema de bibliotecas públicas en
todo el país. Nivia Palma explica: "Partimos en 2006 y esperamos tenerlo en todas las
bibilotecas públicas en 2010. La meta es incorporar a través de un software todos los
libros y los socios a un mismo sistema. Cuando esté en marcha, el usuario podrá
acceder no sólo a los libros de su comuna, sino a los del sistema íntegro. En el fondo
el sueño es que el 2010 baste tener el RUT para ser socio de todas las bibliotecas
públicas y tener acceso a la red", puntualiza.
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