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EL PRESIDIO POLÍTICO EN EL IMPERIO
La privación de libertad es la respuesta de un Estado hacia una o varias
personas como castigo por la comisión de delitos, con diversos grados de rigor
y tiempo. Una pena basada en la impartición de justicia con el fin de mantener
la paz y la armonía en una sociedad democrática moderna. Por lo menos esa
es la intención más intuida.
No obstante, esta propuesta, generalmente aceptada por la comunidad
internacional, existen Estados que utilizan desde las estructuras jurídicas hasta
los procedimientos más anómalos y violatorios de los derechos humanos, o un
híbrido de ambos, para perseguir y someter a sus oponentes.
Dichos entes, que se creen investidos de suprema potestad para ejercer
autoridad sobre los demás, se encumbran como consejeros/jueces/ejemplos a
seguir para los otros. Sean estos, personas individuales e incluso, naciones.
¿Será muestra de arrogancia, destino manifiesto, miedo, debilidad, racismo, al
tratar de callar a quien es diferente, por tanto, inferior para esconder su brillo?
¿Una manera de salirle al paso a las voces que molestan y hacen peligrar el
estatus de quien dirige ese Estado?
La libertad, un concepto inacabado por siempre estar el ser humano en su
búsqueda constante y al no alcanzarla plenamente, lo lleva a su persistente
perfección, yo la considero una utopía. Por ello, en las presentes
circunstancias, todos tenemos ataduras y todos atamos, consciente o
inconscientemente. Sin embargo, hay algo que nos pone zancadilla para
saltear las barreras en esta empresa: el concepto erróneo de propiedad.
Cada uno, en su fuero interno tenemos la noción de que somos dueños de algo
o de alguien. De mis bienes, de mi pareja, de mis hijos, de mi mascota, lo cual
no es más que la distorsión que nos dicta la forma de producir y el lugar que
ocupamos en dicha producción. Si somos propietarios de bienes de capital, o
sea la relación desigual entre los que tienen y los que no, la reproducimos al
creernos dueños del trabajo de los demás. De su vida, su tiempo, sus cuerpos
que es lo que prevalece en nuestras relaciones cotidianas tanto entre
personas, instituciones, países. Si somos obreros, o una variante de ellos,
minimizados al punto de sentirnos propiedad de alguien. Por tanto, en nosotros
cuaja el discurso de colaborador, de buen empleado, de intelectual bien
pensante. El que no molesta, el que aguanta, el que permite, el que acepta las
cosas porque así son y así serán por siempre. Esa esencialidad que la religión,
en general, pinta de excelente forma.
Con esa premisa, los grupúsculos que poseen la propiedad de capital y los
Estados que los representan han arruinado, degradado, envilecido la vida de
millones de semejantes y del planeta también. Creyendo que tienen el derecho
por destino manifiesto de apropiarse de vidas, propiedades individuales,
recursos de otros países, van por el mundo despojando, acumulando,
derrochando, desperdiciando en detrimento de la vida. Pero a su vez, en
muchas ocasiones, sin encontrar resistencia ya que los explotados consideran
también que los invasores llegan a sojuzgarlos por destino manifiesto. No por
casualidad, la cruz y la espada son caras de la misma moneda. Las ideas
sublimes del dios cristiano, para poner ejemplo, encontró eco en las profecías
de los originarios de estas tierras recién descubiertas. Aunque habría que tener
cuidado con las interpretaciones que estuvieron a cargo de los ideólogos del
invasor, porque queriendo y sin querer se ponen palabras en bocas ajenas.
Esa ha sido la historia de la humanidad a través del tiempo. Sin embargo, si en
algo hemos avanzado en el trato a las personas y el respeto a sus derechos, es
por la lucha de los que no se han dejado deshumanizar, vender cuentas de
vidrio y aceptar las imperiosas razones del invasor. Empero, hoy siguen
existiendo cadenas de hierro y rejas de acero, a las cuales las acompañan
otras invisibles y sutiles como las que atan a través de la necesidad, el hambre,
el chantaje, la ignorancia y el engaño. Las promesas en una vida supraterrenal
donde el sufrimiento será un olvido total se mezclan con las de la fluorescente
propaganda del consumismo de lo tangible e intangible del mercado.
Por ello, el vocablo libertad en comunidad de patronos, suena vacua; es un
fantasma en sus discursos cuando de sus manos pende el látigo y las cadenas.
Cuando el humano se libere de propiedad privada y ésta sea entendida como
un medio más para desarrollarse plenamente, podrá cantar manumisión.
Entonces vendrán sus hermanas la igualdad, la fraternidad a sentarse en el
trono de la historia donde seremos dioses. Ya no tendremos necesidad de
poseer para ser, sino desenajenándonos de la propiedad pondremos nuestro
mayor esfuerzo en vivir, en conocernos para encontrar que a pesar de nuestras
diferencias somos iguales y que cada uno posee esa chispa divina que nos
permite crear y transformar.
Mientras ese conocimiento no se interiorice en cada uno de nosotros, muchos
en distintos partes del mundo, seguirán sufriendo cárcel y prisión. Muchos, se
degradarán y deformarán en la vivencia de sistemas que priman la
desigualdad, como la esclavitud, la servidumbre, el mísero salario. Optarán
entonces como hasta el momento, por el crimen; otros, por la resistencia. Pero
ambos, a pesar de caer en gran mayoría y abonar las tumbas y las mazmorras
de los propietarios han y seguirán cambiado con su sangre y sus lágrimas la
historia.
La idea de libertad, avanza entonces. Idea que no tiene nada en común con la
de los traidores que dicen ser de liberación cuando son de retroceso, de
deseos de sentir en sus cuellos la bota del amo y para los considerados por
ellos inferiores, el látigo del verdugo. Porque hay que ser lúcidos y enfáticos: no
todos los que pregonan libertad, igual que los que gritan en los montes patria,
son sinceros. Unos quieren libertad para enseñorearse sobre otros, quieren
patria para sí mismos. No, o la libertad es para todos, incluyendo a los actuales
amos y verdugos, o no es acorde con humanidad. O se anhela patria, como se
espera el sol y la lluvia, o ese deseo no es genuino.
Hoy, miles sufren prisión por sus ideas, vejámenes e incluso son asesinados en
la más completa soledad, espectros que deambulan en el anonimato de las
cárceles clandestinas, sucumben sin conocer justicia y redención. Aberraciones
de un sistema mundial que se pudre y no repite el eco de los nobles principios
de los que nació.
De esa cuenta, en las bartolinas de los que ensucian con sus bocas los
vocablos libertad y patria, se mantienen secuestrados, en limbos judiciales, a
reos que han tenido la entereza de defender la vida y la paz para sus pueblos.
Otros muchos más, yacen en las fauces frías y negras de los mausoleos o en
yermos anónimos, por soñar con naciones felices y prósperas para sus hijos.
Este es el ejemplo de millones de seres desconocidos e ignorados alrededor
del globo, presos por la deformación que provoca el sistema opresor de la
mercancía o por resistirse a aclamarlo, a los cuales hoy representan cuatro
héroes cubanos que permanecen, desde hace 15 años, en las cárceles del
Imperio y, otro, René González Sehwerert quien fue sentenciado a 15 años de
prisión, y a pesar de que fue liberado a los 12, en octubre del 2011, afirma
categóricamente que, mientras sus hermanos sigan en esa situación de
injusticia, seguirá junto a ellos, preso. De ahí, que a estos se les conozca como
Los Cinco Héroes.
Por Antonio Guerrero Rodríguez, ingeniero en Construcción de aeródromos,
poeta, con dos hijos, sentenciado a 22 años de prisión; por Fernando González
Llort, casado, graduado del Instituto de Relaciones Internacionales (ISRI), del
Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba y el Ministerio del Interior,
sentenciado a 18 años de prisión; por Gerardo Hernández Nordelo, casado,
graduado del ISRI, caricaturista, sentenciado a dos cadenas perpetuas más 15
años de prisión y por Ramón Labañino Salazar, casado, tres hijas, graduado de
Licenciatura en Economía en la Universidad de La Habana, sentenciado a 30
años de prisión.
Quince años de cautiverio y torturas, donde la injusticia ha prevalecido sobre la
razón de su inocencia, por parte de la nación que pretende ilustrar al mundo
sobre la democracia y respeto a los derechos fundamentales del ser humano,
nos obligan a reafirmar el llamado del Apóstol de Nuestra América, José Julián
Martí Pérez, en una de las estrofas de su “El Presidio Político en Cuba”, escrito
durante su confinamiento en la isla por parte de los españoles en 1871 por
atreverse a querer su patria liberada: “Volved, volved por vuestra honra:
arrancad los grillos a los ancianos, a los idiotas, a los niños: arrancad el palo al
miserable apaleador: arrancad vuestra vergüenza al que se embriaga insensato
en brazos de la venganza y se olvida de Dios y de vosotros: borrad, arrancad
todo esto, y haréis olvidar algunos de sus días más amargos al que ni al golpe
del látigo, ni a la voz del insulto, ni al rumor de sus cadenas ha aprendido aún a
odiar”.
Colectivo “La Gotera” Carlos Guillermo Maldonado
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