Abandonar al hijo para que viva

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Noticias de Gipuzkoa Lunes, 27 de septiembre de 2010
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Durante el siglo XVIII en Gipuzkoa se construyeron cinco inclusas, casas donde se recogía y criaba a los niños desatendidos por sus padres.
A veces los dejaban por mantener su ‘honor’, pero muchas veces por la imposibilidad de alimentarlos. TEXTO Aitziber Salinas
Abandonar al hijo para que viva
C
ORRÍAN tiempos en los
que la familia monoparental no existía y quedarse embarazada sin haber
contraído matrimonio antes suponía un gran pecado, es decir, desprestigio, deshonra, marginación...
Pero eso no quería decir que la
situación no existiera, sino que se
escondía.
“El abandono de niños era una
solución, un recurso, tanto para
aquéllos que se encontraban en la
miseria y no podían alimentar a
todos los hijos que les nacían como
para las madres solteras que de esa
manera ocultaban su falta. La cuestión económica se sumaba a la del
honor en este segundo caso: la
inmensa mayoría de estas madres no
podía sacar ellas solas a sus hijos
adelante”, explica Lola Valverde en
un artículo de la Enciclopedia Auñamendi.
Así, si la mujer soltera embarazada pertenecía a una familia acomodada, sus hijos acostumbraban a ser
criados por nodrizas en el campo.
Pero los que no se podían permitir
tal lujo, no tenían más opción que
abandonar al recién nacido, borrando todo rastro de su origen para que
no se pudiera encontrar a sus padres.
Era la única opción que podía garantizar la supervivencia de los niños
nacidos en familias pobres que acabaron en las inclusas, casas donde se
recogía y criaba a estos expósitos.
Los métodos de lactancia artificial
eran inexistentes, por lo que la manera casi exclusiva de alimentar a los
niños y conseguir así que crecieran
era el amamantamiento. En consecuencia, la muerte de la madre, la
enfermedad o la carencia de leche
abocaba también a las familias
pobres a llevar a sus hijos a las inclusas para que pudieran vivir.
Iglesias, puertas de viviendas particulares, casa del cura, del alcalde,
caseríos... eran los lugares elegidos
para dejar de noche al niño que se
iba a abandonar. Se hacía ruido
para alertar a los de dentro y conseguir que salieran pronto a recogerlo. En las casas donde se recogía
y criaba a los expósitos “había tornos donde se depositaban los niños
anónimamente a cualquier hora del
día y de la noche. Por los tornos
entraban en el establecimiento los
procedentes de la localidad y los de
las zonas más próximas. Representaban una mayor seguridad para la
vida del niño”, explica Valverde.
“A pesar de los altísimos índices de
nacimientos ilegítimos que se registraban en el País Vasco durante la
Edad Moderna, los abandonos de
niños eran muy escasos. Sólo, al
parecer, tenían cierta importancia
en Navarra, a lo que no es ajeno el
hecho de que se recogieran niños en
el hospital General de Pamplona desde el siglo XVI”, relata la historiadora.
Niños acogidos en la Casa Cuna de Fraisoro, Zizurkil. FOTO: ENCICLOPEDIA AUÑAMENDI-IÑAKI LINAZASORO, 1978
A principios del siglo XVIII no existía en Gipuzkoa más institución que
la establecida por los obispados en
las capitales, a menudo demasiado
lejos. “No hay duda de que, en este
largo viaje, realizado acaso sin lactar y al cuidado de personas indiferentes y de manera anormal, morirían muchos antes de llegar a su destino. Además, con la aglomeración
consiguiente de tantas criaturas, no
podían éstas ser atendidas con el cuidado que requería su tierna edad, ni
adquirir la debida educación e instrucción para obtener los medios
para vivir, sin ser una carga perpetua en la sociedad”, explica Serapio
Múgica en su Geografía de Gipuzkoa.
LLEGAR VIVOS
Falta de material y personal
“La mayoría de las veces los conductores eran hombres que llevaban
a varios niños que iban recogiendo
en los pueblos por los que pasaban
A pesar del volumen de
hijos ilegítimos, durante
la Edad Moderna en
el País Vasco eran muy
escasos los abandonos
Niños reciben alimento en el monasterio de La Oliva. FOTO: AUÑAMENDI
en su camino hacia la inclusa. Los
recién nacidos extenuados, casi sin
comer durante varios días, bajo el
sol, la lluvia, el frío, morían con frecuencia. Las inclusas denunciaban
que casi todos llegaban muertos o
morían enseguida”, detalla Valverde. Como consecuencia de tan precaria situación, la tasa de mortandad
de los niños expósitos se acercaba al
100% durante el siglo XVIII, en cambio, la mortalidad infantil y juvenil
se situaba en un 50%, eso sí, las inclusas conseguían rebajar la cifra de
mortandad de los expósitos hasta el
80 y 90%.
Pero la situación de las casas de
acogida tampoco se acercaba a lo
deseado, ya que las nodrizas encargadas de lactar a los inclusos eran
escasas y cada una de ellas se tenía
que hacer cargo de varios niños, por
lo que la alimentación que recibían
era muy deficiente. Además, algunos
niños que conseguían llegar a las
inclusas lo hacían enfermos de sarna o sífilis. “A través del amamantamiento estos males se propagaban a
niños y nodrizas. Éstas estaban muy
mal pagadas y eran mujeres que
aceptaban trabajar en la inclusa porque era el último remedio”, cuenta
la historiador, que añade que
muchas nodrizas se negaban a sacar
a los niños a la calle para que toma-
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Noticias de Gipuzkoa Lunes, 27 de septiembre de 2010
Hijos de mineros transportados a Portugalete, Eibar y Bilbao para protegerlos, en 1910. FOTO: ENCICLOPEDIA AUÑAMENDI
ran el aire “porque les avergonzaba
que les vieran y se supiera donde trabajaban. En efecto: después de haber
desempeñado esa tarea ninguna
familia las hubiera contratado como
nodriza de sus hijos”.
No había suficiente personal ni
material como para atender a tantos
niños, por lo que a la precaria situación de las nodrizas se le añadía que
los pequeños estuvieron amontonados en las cunas. Así, era muy difícil no enfermar, ya que los sanos terminaban por contagiarse. Valverde
destaca un terrible dato: “En Pamplona durante el siglo XVIII, murieron todos en un plazo no superior a
los tres meses a partir de su ingreso”.
Las nodrizas encargadas
de amamantar eran
escasas y cada una de
ellas se tenía que hacer
cargo de varios niños
CASAS DE RECOGIDA DE EXPÓSITOS
Donostia, Tolosa, Azpeitia,
Azkoitia, Arrasate, Mutriku...
Ya en 1791 las Juntas celebradas en
Elgoibar mostraron la intención de
establecer una casa general para los
expósitos y la “reclusión de malas
mujeres en el centro o paraje más
proporcionado de la Provincia”.
Pero llegó la guerra con Francia y
estos trabajos previstos no se reanudaron hasta 1796. Dos años más
tarde, el obispo de Calahorra estableció una inclusa en Arrasate y en
1803 las Juntas de Bergara dividieron Gipuzkoa en cinco partidos
“estableciéndose otras tantas casas
de expósitos en Donostia, Tolosa,
Azpeitia, Azkoitia y Arrasate, asignándoles a cada una de ellas los pueblos respectivos”, detalla Múgica.
Más tarde se creó otra casa de acogida en Mutriku.
Pero la guerra de la Independencia alteró las prioridades del territorio y se suprimieron las casas de
expósitos de Azkoitia, Arrasate y
Mutriku, pero se creó la de Bergara. Existían las casas de acogida,
pero las carencias de estos lugares
eran cada vez más evidentes.
SALAS DE MATERNIDAD
Absoluta clandestinidad
Con el tiempo, la modalidad de
abandono se fue modificando.
Hacia 1845 se establecieron salas de
Maternidad en las casas de socorro
de Donostia y Tolosa. Eran lugares
en los que ingresaban las embarazadas solteras a partir del séptimo
mes. “En medio de medidas extremas de clandestinidad permanecían allí escondidas hasta que
daban a luz y luego salían, dejando
en la gran mayoría de los casos a los
niños en el establecimiento”, cuen-
En las salas de
maternidad las
embarazadas solteras
daban a luz escondidas y
salían dejando los hijos
ta Valverde que arroja los datos de
los niños abandonados en el Partido de San Sebastián entre 1856 y
1865: 46 lo fueron en la Sala de
Maternidad, un 7%. En la década
siguiente se abandonaron 769 niños,
de los que 224, el 29% había nacido
en la sala. Para finales de siglo ya
suponían un 43% del total de 916
abandonados.
El cambio comenzó cuando alrededor del año 1910 la Caja de Ahorros
Provincial acordó costear la Casa
Cuna de Fraisoro que enseguida se
convirtió en la mejor del Estado. Allí
se comenzó a comenzó a utilizar alimentación artificial para los niños,
en un principio elaborada con leche
de vaca maternizada, “ya que tan
excelentes resultados se habían obtenido con este procedimiento en la
última Exposición internacional de
París”, explica Múgica. Ésto, añadido a las más modernas instalaciones,
supuso que de los 259 ingresados
durante los años 1932-33, se redujera
la mortandad y únicamente fallecieran un 18% de los niños abandonados.
Una mujer amamanta a su hijo. FOTO: JOSE MARÍA PÉREZ
Un siglo de atención en la casa cuna de Fraisoro
EN EL XIX SE
DECIDIÓ APELLIDAR A LOS
EXPÓSITOS CON EL NOMBRE
DEL PUEBLO DE ORIGEN
DONOSTIA. Cuando el año 1903 se
inauguró la casa cuna de Fraisoro en
Zizurkil, la situación de los niños
expósitos en Gipuzkoa mejoró considerablemente. Estas instalaciones
eran muy modernas y además se
avanzó en la alimentación artificial
de los niños. La mortalidad de estos
niños se redujo a la mitad, pasando
de casi el 100% del siglo XVIII hasta
el 18,9% entre 1932 y 1933.
Además, cuando en 1910 se completó la construcción del edificio de
la casa cuna, la Diputación de
Gipuzkoa disolvió las casas de expósitos de Donostia, Tolosa, Azpeitia y
Bergara, para centrar los servicios
en Zizurkil.
La casa benéfica se construyó gracias a la aportación de la Caja de
Ahorros Provincial, que desembolsó unas 500.000 pesetas para construirla. Las instalaciones, además,
contaban con una amplia plantilla:
un médico, un capellán, once monjas, una treintena de nodrizas dos o
tres cuidadoras, una costurera, una
Cuarto lavatorio a chorro directo para el aseo de las nodrizas en la casa cuna de Fraisoro. FOTO: INGEBA
cocinera, un par de criadas, dos
lavanderas y un sereno. Éstos atendían en torno a 250 y 300 niños al año.
“Ahora, una proporción no desdeñable de niños cumplía su ciclo vital
como expósitos”, añade Lola Valverde en la Enciclopedia Auñamendi.
La Caja de Ahorros
Provincial desembolsó
500.000 pesetas para
construir las
instalaciones de Zizurkil
En Gipuzkoa se decidió dar apellidos a los niños. Primero se les
designó con el nombre del pueblo de
procedencia, aunque posteriormente se optó ponerles dos apellidos vascos inventados que fueran agradables. >A.S.E.
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