Ciclo Anual de conferencias

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Ciclo
Anual
de
conferencias
“Argentina
a
largo
plazo”
El 17 de abril, en el marco del Ciclo Anual de Conferencias “Argentina a
largo plazo” En busca de una visión superadora, y ante una numerosa
concurrencia, se realizó en el Salón Vélez Sarsfield el primer encuentro de
dicho ciclo, en el que fue expositor el filósofo español Fernando Savater,
quien disertó sobre "Ética y principios para una visión de un pais a largo
plazo" -Durante el transcurso del programa impulsado por nuestra
Institución, se llevarán a cabo diferentes eventos con la participación de
invitados especiales. Al finalizar el ciclo, se editará una publicación con las
exposiciones realizadas y conclusiones resultantes.
Palabras
del
Dr.
Enrique
del
Carril
Agradezco a todos su presencia, en especial a
Telefónica
que
ha
permitido
este
acontecimiento de tener entre nosotros a
Savater.
Quiero anunciar el Ciclo que Savater inicia, y
que es un ciclo en el cual el Colegio pretende
dejar de lado los problemas de coyuntura para
tratar de ver a la Argentina y a los argentinos con una visión de largo plazo.
Nuestra idea es realizar un ciclo que durará todo el año, en el que
invitaremos a grandes intelectuales nacionales y extranjeros, y que concluirá
con un panel donde debatir los grandes problemas del país.
Qué mejor manera para iniciar el Ciclo que con las palabras de un filósofo
que nos hable de los “valores”. Pensamos que éste es un marco de iniciación
importante e indispensable para este Ciclo, porque los filósofos nos
estimulan a pensar. Podemos estar o no de acuerdo con ellos, pero lo
importante es la forma en que nos motivan y nos llevan a pensar los grandes
problemas.
Es innecesario y abundante hablar del currículum y de las obras de
Fernando Savater, porque todos los conocemos. Pero yo diría que basta
resaltar la claridad con que expone sus ideas. Fernando Savater nos dice
muchas cosas y las dice muy claramente. Y citando a Ortega y Gasset, que
dijo que la “claridad es la cortesía de un filósofo”, para nosotros hoy, para el
Colegio de Abogados, es un placer tener a este “cortés” invitado que nos
pueda hablar de estos problemas y nos pueda ubicar en el marco de los
temas que seguiremos
reflexionando a
lo largo
del año.
Le voy dar la palabra al Dr. Manuel Álvarez Trongé, un distinguido consocio,
Presidente de la Comisión de Derecho Empresario, miembro de una nueva
Comisión interna de abogados que el Colegio está organizando, y que
además ha hecho posible por su entusiasmo que Fernando esté hoy con
nosotros.
Palabras del Dr. Manuel Álvarez Trongé
Son sólo cinco minutos. Creo que hoy es un
día diferente para nosotros, por la presencia
de don Fernando Savater en este recinto que
muchas veces nos ha convocado por temas
jurídicos, porque estamos reunidos para
escuchar a un filósofo. Esta situación me
parece que es algo trascendente de por sí. De todos modos no es completa
mi afirmación, no solamente nos hemos reunido para escuchar a un filósofo,
la verdad es que hemos sido convocados por don Fernando Savater, por
este caballero que tengo a mi izquierda, que empiezo por presentarlo
diciendo que es un hombre fuera de lo común, como enseguida
comprobaremos. Y aquí es donde las circunstancias me ayudan porque es
poco lo que yo puedo decir para presentar a Fernando Savater, como decía
recién Enrique es para nosotros un enorme honor tenerlo presente. Pero
creo que esta introducción sirve para tomar conciencia de a quien tenemos
hoy entre nosotros. Me gustaría que en esa ruta de tomar conciencia,
hacerlo por dos vías, quiero hacer con ustedes algo así como un
precalentamiento intelectual: la presentación en sí de nuestro invitado, y una
explicación y anécdota sobre el tema que nos expondrá.
Fernando Savater tiene unas cincuenta y pico primaveras. Nació en la bella
ciudad de San Sebastián, en España, en la cuna del país vasco. Cursó
estudios de Filosofía y Letras en la Universidad Central de Madrid, ha sido
profesor de Historia de la Filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid,
de Ética y Sociología de la UNED, de Ética en la Universidad del País Vasco
desde 1980, es profesor invitado y disertante en un sinfín de lugares. Su
obra ha sido traducida a más de 30 lenguas. Es interesante su perfil de
escritor, como tal ha alcanzado tanto la línea del ensayo filosófico, que es el
que más nos hace conocerlo, como también la línea política, la literaria, la
novela y hasta el teatro. Sólo como un rápido repaso, no mencionaré todas
sus obras, pero sí algunas, ya que el título de éstas nos da un perfil muy
interesante del caballero que van a escuchar. Tenemos así Nihilismo y
Acción; Ensayo sobre Cioran; La infancia recuperada; La filosofía como
anhelo de la revolución; Nietzche y su obra; El Estado y sus criaturas.
Algunas han sido premiadas, como Panfleto contra el todo (Premio Mundo
de Ensayo); La tarea del héroe (Premio Nacional de Ensayo); Invitación a la
Ética (Premio Anagrama de Ensayo, 1982); Sobre vivir; El contenido de la
felicidad; El jardín de las dudas; Ética como amor propio; La escuela de
Platón; Ética para Amador; ésta muy conocida por nosotros, Política para
Amador, que le siguió; El valor de educar; El diccionario filosófico; Las
preguntas de la vida (Premio Euskadi de Plata); El gran fraude: Sobre
nacionalismo, terrorismo y ¿progresismo?; un trabajo especial sobre Jorge
Luis Borges, El valor de vivir; Enseñando a vivir; Los siete pecados capitales,
y el último de más reciente aparición, que ya encontrarán en las librerías de
Buenos
Aires,
La
vida
eterna.
Ha recibido gran cantidad de premios, “Premio Pablo Iglesias” en 1989;
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“Premio Injuve de Comunicación en 1990; “Diploma de la tolerancia del país
vasco” en 1990; “Premio Continente de periodismo” en 1998; en mayo de
2000, en la categoría Premios Ortega y Gasset ganó el “Premio Mejor
Artículo” con el título “El prójimo desconocido”. Podríamos continuar
enumerando obras de teatro, publicaciones, novelas, pero es suficiente.
Y para los argentinos valen dos palabras para definir a la persona que está
hoy con nosotros, lo solemos resumir y decir: ‘Tenemos la presencia de un
grande’. Pero un ‘grande’ de la madre de las ciencias. Yo realmente he sido
siempre un admirador de don Fernando Savater, he leído muchos de sus
libros y he discutido a veces unilateralmente, subrayando y criticando
algunas de sus ideas, o señalando con signos de admiración otros pasajes.
Eso hace de Savater, como dije antes, un personaje fuera de lo común.
Cuando empezamos a conversar sobre la posibilidad de que Fernando nos
visite, veíamos esto como algo casi imposible, y vale la pena citar esta
anécdota que les comentaba al principio. Fueron dos años más o menos lo
que estuvimos para organizar la fecha, coordinar su visita por la cantidad de
ocupaciones de Savater, y en algún momento cruzamos correos y le
expliqué cuál era el marco de este seminario, de la Argentina a largo plazo. Y
él, con gran nobleza intelectual me dijo ‘yo no puedo hablar de esos temas,
ésa no es mi materia’. Entonces tratamos de precisar y explicar que lo que
queremos es hablar de valores, queremos hablar de ética, sobre una
exposición que a los ciudadanos de un país como el nuestro nos haga tener
claras y presentes lo que se pretende en una sociedad civil sólida, mirando el
futuro. Y con mucha humildad me dijo ‘bueno, eso sí, eso está más cerca de
mi
materia’.
Quiero como parte de este precalentamiento leerles dos pasajes de obras
clásicas, en realidad no tienen nada que ver entre sí, están muy distanciadas
en el tiempo, pero yo creo que están muy vigentes, y nos pueden ayudar
como primer escalón a lo que vamos a escuchar. El primer párrafo dice: “En
el plano de las relaciones políticas o sociales entre los hombre no se puede
hacer nada sin que haya en el hombre un carácter o cualidad moral, es decir,
se debe ser hombre de mérito moral”. El segundo párrafo, también
refiriéndose al carácter dice: “El hombre no elige su constitución, gruesa o
delgada, nerviosa o sanguínea, él recibe estas disposiciones al nacer. Las
recibe del suelo que le toca por morada, del número y la condición de los
pobladores, de las instituciones anteriores y de los hechos que constituyen
su
historia.”
El primer párrafo es de Aristóteles, en la Ética, hacia 330 A. C., el segundo
fue escrito por alguien más conocido por nosotros, Juan Bautista Alberdi, en
1852 mientras pensaba nuestra Constitución en Bases y puntos de partida
para la organización política de la República Argentina. Esta es una primera
reflexión sobre lo que vamos a escuchar, y vamos a ver si tienen alguna
relación
entre
sí,
es
tarea
nuestra
pensarlo.
Antes los invité a realizar un precalentamiento intelectual, y ¿por qué?
Porque creo que tenemos en Fernando Savater a un gran entrenador de
ideas, a un gran profesor de educación física del alma, a un excepcional
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motivador de reflexiones. Y la magia del señor Savater es tan sencilla como
relevante: hace pensar. Les pido que recibamos con un fuerte aplauso de
calidez y bienvenida a don Fernando Fernández Savater Martín.
Disertación de Fernando Savater
Queridos amigas, queridas amigos.
Quiero agradecer sinceramente esta
invitación y la amable insistencia que
tuvo Manuel en conseguir que yo
viniera, por facilitar al máximo todas
las cosas y allanar todos los caminos.
En primer lugar, y como él ha
mencionado muy bien, estaba mi
renuencia a hablar sobre cosas que no
sé, que son la mayoría. Yo he viajado muchísimo a la Argentina, ha estado
bastante, unos 28 o 29 años que vengo seguido, de modo que algo sé y
conozco pero claro, no pretendo tener ninguna solución ni interpretación
mágica de los problemas que la afectan. Muchas radios y corresponsales,
cada vez que sucede algo en la Argentina me llaman para preguntarme, y yo
en realidad no tengo soluciones ni ideas. Tampoco las tengo para lo que
pasa en España, de modo que imagínense ustedes si las tendré para lo que
ocurre en Argentina. Entonces yo me negaba a hablar y a decir
generalidades de éstas que suenen bien pero que no signifiquen mucho;
todo el mundo puede alagar los oídos de los oyentes y decir grandes cosas
para que los demás se sientan contentos de escuchar, pero que no le sirvan
en
nada.
Esas
cosas
a
mí
no
me
gustan.
En cambio, creo que puedo intentar reflexionar sobre temas de ética en la
vertiente social, en la vertiente pública, y eso posiblemente les sonará a
ustedes de importancia en las cuestiones actuales de la Argentina. Doy por
hecho que yo pondré la reflexión general y ustedes pondrán la aportación del
conocimiento del país, para que entre los todos lleguemos a algo que pueda
valer la pena. Por lo tanto voy a hablarles de unos aspectos más generales,
breves en tiempo, para provocar su reflexión, y luego me gustaría discutir
con ustedes, escuchar sus opiniones, contestar sus preguntas ya más en
extenso, porque lo que yo diga puede interesar o no interesar, pero al menos
sé que las preguntas que se realicen sí interesan, y que estoy hablando de
algo
que
tiene
una
pertinencia.
Hay una nueva disposición que ocurre en muchos países, ocurre en España
y aquí también. Cuando hay trastornos y alteraciones sociales, siempre hay
alguien que lamenta que falta ética: ‘Hay que apelar a la ética… la ética es la
que salvaría al país…’, etc., etc. Cuando yo tenía 20 años, lo importante era
la política. La ética era ñoña, algo más bien vinculado a lo clerical, que no
interesaba a mucha gente. En cambio la política era el discurso fuerte, que
servía, que planteaba los verdaderos problemas, con los años, la política se
ha vuelto un discurso sospechoso. Cuando uno habla de política, la gente se
estremece un poco como si hubiera oído una mala palabra. En España para
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descalificar a alguien que ha hecho algo aparentemente meritorio o
interesante, se dice: ‘Lo habrá hecho por razones políticas’. Como si eso ya
invalidara las cosas y como si las razones políticas no fueran razones, de
modo que la política se ha convertido en algo derogatorio mientras que la
ética
representa
todo
lo
contrario.
A mí me parece que intentar resolver los problemas políticos con ética es
como intentar apagar un incendio con un hisopo de agua bendita. Los
problemas de mala política se resuelven con buena política, no con ética. La
ética es importante en el plano personal, en el plano de los ciudadanos, en el
plano de lo que corresponde a cada uno de nosotros en su reflexión sobre la
libertad que ejerce, pero, lo que nos debe preocupar colectivamente son las
cuestiones políticas, que también tienen que ver con valores. Es falsa la idea
de que sólo la ética tiene que ver con valores, porque la política tiene
valores, incluso hay valores específicamente políticos que no son
exactamente iguales que los éticos. No es lo mismo la justicia, Aristóteles
distinguía la equidad de la justicia, la equidad como virtud más propia del
ciudadano como individuo en relación con los demás, y luego venía la justicia
como la virtud institucional. No es lo mismo ser equitativo como persona que
ser justo como gobernante. Esto es algo que hay que recordar, no se trata de
exaltar virtudes morales. Que los gobernantes sean morales me parece bien,
por bien de ellos, de sus familias, ahora, lo que a mí me interesa es que sean
buenos gobernantes. No me consolaría en absoluto el que fuesen excelentes
personas desde el punto de vista moral pero incompetentes en el ejercicio de
sus funciones. Imagínense que yo el domingo debo tomarme el avión para
retornar a Madrid, y me informaran que el piloto tiene Parkinson, catorce
dioptrías en cada ojo, que pierde de vez en cuando la razón por
alucinaciones… pero, que es una persona moral, que cuida sus hijos y que
por lo tanto yo debo estar tranquilo en mi viaje hacia Madrid. No, yo prefiero
un
sinvergüenza
que
sepa
pilotear
el
avión.
Entonces no mezclemos, la moral es el intento de salvar el sentido personal
de la vida, mientras que la política es el intento de salvar y mejorar la
colectividad. En otras palabras, la moral quiere hacer mejores personas y la
política mejores instituciones. Y los países necesitan mejores instituciones,
de modo que yo no les voy a dar soluciones éticas a la política. Hay que
buscar las soluciones en cada rango, si a un ministro se le confían fondos
públicos para llevar a cabo obras, digamos para un colegio o para un
hospital, y se gasta el dinero en un bingo con una amante, él puede
efectivamente tener un problema moral, pero la sociedad lo que tiene es un
problema político, y el problema es si puede actuar, destituir a esa persona o
no. Yo oigo hablar de la corrupción, que es un problema alarmante, y de
cómo se combate, pero, el verdadero problema yo creo que no es la
corrupción sino la impunidad. Allí donde hay libertad, allí donde las personas
pueden elegir y optar, sobre todo cuando uno ejerce un cargo público,
siempre es posible que uno actúe de una buena o mala manera, conveniente
o inconveniente, que corresponde al fair play de lo que los ciudadanos
confían o no, eso es seguramente imposible de extirpar pues los seres
humanos tenemos la tentación del mal porque somos libres. El problema es
la impunidad, es decir que haya gente que pueda cometer abusos y actos de
corrupción sabiendo que no va ser pasado por el cedazo de la justicia, y que
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inclusive va a ser visto como algo normal, como algo lógico. El problema,
entonces, es esa impunidad legal y ante la opinión pública.
No es cierto que haya una crisis de los valores. La crisis de los valores
existiría si a nosotros nos diera igual todo lo que hacen los demás; mientras
veamos los abusos como abusos, los atropellos como atropellos, y mientras
veamos que hay cosas que no funcionan y que la sociedad no tiene la
armonía, la eficacia, la libertad que debiera tener, estamos teniendo los
valores, porque éstos surgen cuando uno los ve y los echa a faltar. Porque
cuando todo va bien no hay problemas de valores. Muchas veces a los
profesores de Ética nos preguntan qué intentamos enseñando esta materia
si la sociedad abusa, y está llena de xenofobia, de intransigencia y
explotación, para qué entonces intentar enseñar ética. Bueno, precisamente
por eso es por lo que hay que enseñar ética. Si la sociedad funcionara bien,
en forma ideal, con santidad, entonces los profesores de Ética tendríamos
que ganarnos la vida de otro modo porque no habría nada que explicar, sino
le diríamos a nuestros jóvenes ‘hijo, sal a la calle y haz lo que veas’, y como
lo que tememos y no queremos es que lo hagan, precisamente por eso
tenemos que enseñarles ética. Pero eso quiere decir que los valores existen,
que los echemos de menos en su eficacia y en su funcionamiento en la calle
quiere decir que existen porque sino nos daría igual… estaríamos tan
contentos y reconciliados. La mirada del que percibe el crimen y ya no ve
nada anómalo y sorprendente, ésa es la mirada de quien ha perdido los
valores. El que lo deplora, el que siente indignación e impotencia ante el
crimen, ése no ha perdido los valores, aunque quizás en un momento
determinado no tenga la capacidad de luchar contra el mal.
Cuando hablamos de la función social de la ética tengamos presente que la
ética tiene ante todo una dimensión personal de intentar dar un sentido a la
propia libertad, hay una diferencia fundamental entre ética y política, y es que
la ética no necesita esperar a nada para ejercerse; no puedo decir ‘voy a ser
moral pero a partir del mes que viene’, no, si es un propósito es un propósito
inmediato. En cambio, no hay ninguna contradicción en decir que yo voy a
fundar un partido o un sindicato, o intentar un cambio en algún campo
político dentro de un año o dentro de dos. Es decir, la política admite
aplazamiento porque exige concertación, complicidad con otra gente, de
manera que no es obligatorio empezar a realizar una idea política en el
momento en que se le ocurra a uno sin esperar la base social y humana para
llevarla a cabo. Por el contrario, la ética, como necesita de uno mismo para
practicarse, puede hacerse inmediatamente sin necesidad de aplazamiento
alguno. Ésta es la diferencia fundamental entre ética y política. En la política
podemos pensar qué vamos a hacer mientras que en la ética pensamos qué
debemos
hacer
en
un
momento
determinado.
Una vez que estamos en ejercicio de la ética, podemos pensar en diferentes
dimensiones dentro de ella: una ética humana que corresponde a todas las
personas y nos afecta como seres humanos irrepetibles, frágiles, mortales,
pero cuando la vemos desde la óptica social, porque el hecho de que sea
personal no quiere decir que no tenga efectos sociales, por el contrario los
tiene. Así, una vez que lo vemos desde el punto de vista social, podemos
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pensar que además de la ética general y de todos, existen las éticas
particulares de cada de los cargos, de cada uno de los desempeños que
tienen las personas en el marco de las actividades diversas de una una
sociedad. No es lo mismo ser padre y cumplir con las obligaciones con los
propios hijos que la obligación de ese padre con cualquier niño que se
encuentre en la vida; naturalmente que como adulto con un mínimo de
prurito de ética, tendrá respeto, admiración, cuidado y otras exigencias por
ese niño, pero si además ese menor es un hijo tendremos un suplemento de
atenciones que no tenemos para los demás, una entrega y una
responsabilidad distinta. Y así en muchos ámbitos, sea cuando ejercemos
como profesionales, o como padres o como políticos, tenemos
responsabilidades que no tendríamos si sólo actuáramos desde el campo de
lo particular.
Los griegos llamaban a eso Deontología, que viene de tó deón, (lo que
corresponde); la deontología es entonces lo pertinente en un caso
determinado. Y hay cosas pertinentes y exigibles a una persona que ocupa
un puesto y no a otras, por ejemplo, recibir regalos es simpático y agradable
para todos, pero para una persona que desempeña una función pública, un
ministro, puede significar soborno y por deontología no corresponde que lo
reciba, aunque en sí no implique nada malo, pero por deontología no es
pertinente. O cuando como profesor no puedo decir determinadas cosas ante
mis alumnos que sí puedo decir mientras estoy con mis amigos, porque con
los primeros tengo una serie de obligaciones específicas.
Puede haber una excelente persona en lo moral, en sus condiciones
humanas generales, pero altamente deficitaria en la deontología de su
puesto, al ejercer su función y, por exceso o por falta, sean inadecuadas
moralmente desde la perspectiva deontológica. Esto es importante porque
muchas veces se pierde de vista los valores y se habla de ellos como algo
desencarnado, cuando se dice ‘¿Cómo cree usted que está la ética en la
Argentina?’. No, la ética es algo personal. Imagínense preguntar ‘¿Cómo
cree usted que está la digestión en Argentina?’, bueno, hay personas
dispépticas y otras que digieren estupendamente. La digestión general en el
país es algo que no existe, es una cuestión personal. Y muchas veces
cuando se pregunta por la moral en un país es como preguntar por la
digestión del país en general, y en realidad es una cosa que hace cada uno,
bajo unas condiciones específicas y de acuerdo a problemas específicos.
Uno de los problemas al que nos enfrentamos cuando hablamos de la ética
es que nos preocupamos por la ética de las personas que ocupan puestos
de responsabilidad. Pero todos tenemos responsabilidades, y
responsabilidades públicas porque todos vivimos en una sociedad y no es
que haya personas que llevan la obligación de actuar y otros que están de
polizones. Todos tenemos obligaciones públicas, obligaciones políticas
porque en una democracia todos somos políticos. Se suele hablar de los
políticos como de una casta especial, que ha venido de afuera a trastornar la
tranquilidad de todos (risas), no, en una democracia todos somos políticos,
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todos tenemos que participar en el gobierno, todos somos gobernantes, y los
que mandan son nuestros mandados, aquellos a los que les hemos
mandado a mandar. Y si lo hacen mal, peor lo hacemos nosotros que no nos
presentamos como alternativa o que no los revocamos en su mando, lo que
no puede ser es que haya quien ha nacido para gobernar y otro que ha
nacido para ser gobernado pues eso no existe en una democracia, más bien
lo específico de este sistema de gobierno es que todos somos gobernantes y
gobernados
Entonces esto tiene sus exigencias, todos debemos saber que tenemos
obligaciones políticas, donde una dimensión obligada de la vida de cada uno
es la política. En este caso, quien no se interese por la política, está fallando
como ciudadano en el sentido deontológico. Los griegos tenían una palabra
para designar a aquellos que ante un problema o situación en la polis se
abstenían diciendo ‘no me interesa’, le llamaban idiotez, de ahí la palabra
idiota, de la raíz idio: el que cree que puede vivir solo. Así nace el concepto
de idiotez en la democracia griega como la cualidad del que se abstiene de
participar en los debates que conciernen a todos creyendo que eso es una
cuestión de los otros. En consecuencia, nuestro mundo está lleno de idiotas,
o hiperidiotas contentos y satisfechos de serlo, que blasonan que ellos no se
mezclan en política, porque confunden la política, es decir la gestión de lo
común con el sectarismo y partidismo, cosa que no tiene relación. A modo de
ejemplo, se puede ser amante de la literatura sin participar en las intrigas
editoriales que encumbran a un autor y derriban a otro. No, la política es algo
imprescindible para nuestra vida, vemos que aquel que dice que no le
interesa la política, acto seguido protesta por su sueldo, por su puesto de
trabajo o por la educación, como si todo eso no tuviera que ver con la
política, y la política fuera sólo quien va a ocupar la primera plana del
periódico
fotografiado
como
gobernante.
De modo que es verdad que hay una distinción entre ética y política, que la
ética concierne a las personas y que está siempre a nuestra mano, y la
política a las instituciones y al ponernos de acuerdo con otros. Pero también,
y eso lo vio Aristóteles, hay razones éticas para participar en política. Es
decir, que participar en política es una de nuestras obligaciones éticas. Una
de las obligaciones de nuestro desarrollo moral es ir más allá de la moral
individual y participar de la colectividad. Y lo digo porque nuestras
sociedades están llenas de polizones, de gente que vive sin protagonizar ni
tomar ningún tipo de decisiones, como espectadores, aplauden unas
medidas, silban otras, no como sujetos protagonistas. Lo característico en
esos casos es la pregunta ‘¿Qué va a pasar respecto a la economía, a la
política…?’. La pregunta de un hombre libre no es nunca ‘qué va a pasar’
sino ‘qué vamos a hacer’, porque la primera es la pregunta de los súbditos,
de los vasallos, y la segunda es la pregunta de los ciudadanos, porque
naturalmente
ocurrirá
lo
que
dejemos
que
ocurra.
De ahí que cuando vamos a ejercer la perspectiva moral desde un puesto de
responsabilidad en lo público, que en parte es el de todos, especialmente en
sociedades con una fuerte impronta católica como las nuestras, donde reina
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algo así como la comunión de los santos, donde robar para uno está mal,
pero robar para otro -para el partido- con un fin global, le excusa a uno
aunque se trate de una tropelía. Entonces allí los políticos suelen ser muy
rectos, pero muy rectos para su grupo no para la sociedad, y realmente
consideran que están respondiendo a unos criterios exigentes, pero esos
criterios tienen un ángulo determinado y confunden los planos de
responsabilidad en la sociedad. Por eso yo les diría que toda ética -lo que es
obvio- tiene referencia a la acción, pues si no somos activos, si no actuamos
no tendremos nada que perder en el sentido moral. Las personas más
comprometidas moralmente son aquellas que actúan, y cuanto más actúan
más responsabilidades morales tienen. Quien no hace más que lo que le
mandan, sólo tiene la responsabilidad moral de haber cedido toda su moral a
otros. Entonces las acciones deben distinguir entre fines distintos, ya en sí
mismas las acciones para que no son el fin sino un instrumento o medio para
llegar a un fin; no pueden justificarse sólo por el fin. Las palabras de que “el
fin justifica los medios” fueron contestadas por Albert Camus diciendo que
“en política son los medios los que justifican el fin”. Es decir que en política
uno no puede alcanzar la libertad por medio de la tiranía, la igualdad por
medio de la desigualdad, la paz por medio de la violencia.
Ahora bien, cuando vamos a plantearnos los fines, hay que distinguir entre
los fines personales -que son perfectamente lícitos en un ámbito
determinado-, los fines de partido, que son de alcanzar preeminencia o
hegemonía sobre otro, o de realizar actividades, y por último los fines del
Estado, del gobierno, de la colectividad, los generales de la sociedad.
Así, la persona que ocupa un cargo influyente, en cualquier sector, sea
empresarial, o político, etc., debe tener en claro que no es que esté mal que
él tenga proyectos personales, pero, esos proyectos personales no pueden
convertirse en prioritarios arroyando a los generales o de la colectividad.
Tampoco vale que sostenga no querer nada para sí mismo pero sí para el
partido, y que entonces el partido sustituya a la colectividad. Éstos son
algunos de las cuestiones a considerar cuando se ejerce la reflexión ética
sobre aspectos que pueden llegar a tener un impacto social importante. Por
eso es fundamental llevar adelante la educación cívica, porque la educación
es la base de la solución no violenta a todos los problemas sociales. Y digo
solamente la base, pues no creo que con educación se puedan resolver
absolutamente todos los problemas económicos, políticos, etc., sí sostengo
que la educación entra en la solución de todos los problemas; puede no ser
la única solución pero no hay problema que no implique aspectos educativos.
Por eso, cuando pensamos en reformas y en soluciones para un país, ¿con
qué ciudadanos contamos para ello? ¿Cuál es la tripulación del barco? Antes
de lanzar teorías sobre el rumbo y el punto al que queremos ir, la pregunta
es si hay ciudadanos, si existen ciudadanos que no sean meros
consumidores o meros feligreses, aspectos que suelen reunir los ciudadanos
en la actualidad, donde como en España o en Argentina se dice ‘usted deje
eso de la ciudadanía que es un lío, eso ya funcionará solo… usted sea un
buen consumidor’. Pero ser consumidor es radicalmente distinto a ser
ciudadano, porque los consumidores por naturaleza son desiguales, el que
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tiene puede consumir y el que no, no tanto. Por el contrario, la ciudadanía es
igualitaria; todo el mundo puede ser ciudadano pero no todo el mundo puede
ser consumidor. Y la libertad del consumidor, de poder elegir esto o aquello,
no
es
la
libertad
del
ciudadano
ni
puede
sustituirla.
Tampoco como feligreses, cuando la figura del rabino, ulema, obispo, etc.
intenta cada uno convertir en feligrés de su parroquia y que lo que ellos
consideran pecados se conviertan por decreto en delitos para toda la
sociedad. Y esos son males de nuestra sociedad, y son personas que hablan
de inmoralidad, cuando no hay nada más inmoral que convertir a una
persona en feligrés obligatoriamente: ésa es la verdadera inmoralidad. Sin
embargo, observamos que esto prospera en sociedades como las nuestras,
de ahí la necesidad de educación, llamémosla educación cívica por
nombrarla, que dé el conocimiento al ciudadano que va a ser -porque todavía
es un joven sin derecho a voto-, pero que ya está formando parte de la
sociedad, lo que es convivir, lo que son las garantías democráticas, lo que es
el ejercicio crítico de los derechos, lo que es la justificación de la existencia
de determinadas instituciones. Esto significa decirles a los jóvenes por qué
las cosas están, antes de estar bien o estar mal están, más allá de que
funcionen mal están, cumplen una función, y son mejores que lo contrario,
como la ausencia de democracia, que la autocracia y que los caudillos. Todo
esto se transmite por la educación, pues estamos educando a gobernantes,
quienes en el futuro gobernarán. Hay una frase de un sociólogo y
economista canadiense, que ejerció toda su vida en Harvard, llamado John
Kenneth Galbraith quien dice en uno de sus últimos libros: “…todas las
democracias contemporáneas viven bajo el temor permanente a la influencia
de los ignorantes”. La democracia vive bajo este temor permanente porque
los ignorantes tienen voto como los demás, y si son muchos más que los
otros, evidentemente la democracia se debilitará, prevalecerá la demagogia,
se boicotearán las soluciones necesarias pero que implican cierto sacrificio,
se potenciarán los líderes carismáticos que en realidad buscan su propio
encumbramiento pero no la solución de los problemas. El ignorante al que se
refiere Galbraith no es el ignorante en el sentido científico del término (todos
somos ignorantes, pero para eso están las enciclopedias, y Google…), sino
que es la ignorancia de los que no pueden expresar de manera inteligible sus
demandas sociales a los otros, los que son incapaces de comprender las
demandas sociales que otros hacen, los que son incapaces de persuadir y
de ser persuadidos, carácter fundamental de la democracia. Sobre esto
último considero que tenemos que crear caracteres capaces de la
persuasión. Hay quienes se ufanan de no poder ser persuadidos, tengo
amigos de mi edad que dicen algo así como ‘yo pienso lo mismo que a los 17
años’, señal inequívoca que ni a los 17 ni ahora pensaron nunca nada,
simplemente se les metió una idea en la cabeza, como esas moscas que
quedan zumbando dentro de una botella sin encontrar la salida, y que la
tiene todavía adentro pero no ha sabido todavía qué hacer con ella.
Es importante que podamos persuadir y ser persuadidos, que entendamos la
fuerza de la razón. Por eso Aristóteles en su Política dice: “Antes de ser
gobernante deberás ser gobernado”, y eso lo menciona en el párrafo
dedicado a la educación o paideia. Es decir, ‘tienes que aprender lo que
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significa ser gobernado’, hecho que ocurre en la escuela en primer lugar.
Una escuela, antes que un lugar de transmisión, es un lugar donde una
persona sale del ámbito cálido, identificativo, sentimental de la familia, y
entra en otro más distanciado de la sociedad y ahí es gobernado. Por eso
son absurdas las teorías que sostienen que en una clase todos son iguales,
los alumnos y los maestros, de ninguna manera: el niño tiene que aprender a
ser gobernado y gracias a eso puede ser gobernante. Por todo esto
considero que la educación es fundamental, quizás es un defecto ‘gremial’
de mi parte, pero yo le doy una importancia fundamental repito. Una materia
como Educación Cívica, que en Inglaterra, en Francia ya existe, y en España
Educación para la ciudadanía, la nueva asignatura propuesta en la actual
reforma
del
sistema educativo,ha abierto nuevos debates. La oposición política y las
autoridades religiosas la han acusado de ser un intento de influenciar
ideológicamente a los alumnos. Pero esa preparación cívica debe ser exigida
por nosotros, y ser algo sobre lo que se reflexione particularmente; no basta
con decirles a las personas lo que tienen que hacer, ni tampoco se trata de
un manual de urbanidad, como el de la “Buena Juanita” que había en
España. No se trata de eso aplicado a la política, se trata de explicar los
principios por los cuales funciona una sociedad democrática de una manera
abierta, aunque sí responsabilizándonos de lo que estamos transmitiendo.
En fin, éstos son algunos de los temas sobre los que quería hablar, ya
habrán visto que son cosas sobre las que ustedes saben tanto como yo y
que además no son específicas de un país, más allá de que estoy
convencido de que cada país tiene sus problemas propios, su economía, sus
fuentes de ingreso, su producción, pero, yo creo que los seres humanos
somos los mismos. Y más aún, cuando se ha viajado mucho, uno se da
cuenta de lo parecidas que son las personas en todos los sitios, pues buscan
y desean lo mismo.
Preguntas
de
los
asistenes
-De qué maneras éticas antitéticas,
como por ejemplo la de todos los
que queremos vivir en paz, puede
sintetizarse con la ética que mueve
a los fundamentalismos. O de qué
manera podemos encontrar la forma
de sintetizar la ética del delito, de la
delincuencia y la inseguridad, con la ética de las personas que
queremos desarrollarnos en paz. Es decir, ¿hay maneras de sintetizar
éticamente formas tan diferentes de vivir, de ver el mundo y de
entender
los
principios?
F. S. – No a todo se puede llamar ética. No todos los actos de conducta son
éticos; no podemos hablar de la ética del criminal… Quizás vieron una
película de los hermanos Cohen, “Miller’s Crossing”, traducida en España
como “Muerte entre las flores”, donde había un gángster (interpretado por
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Jon Polito) muy preocupado él por la ética. Entonces, cuando enviaba a
alguien a asaltar un banco o a matar y el otro por alguna razón no cumplía, el
gángster le decía: ‘Hay que ser ético, no te das cuenta que debemos tener
moral… y si todos hiciéramos lo mismo…’. Esa ética es paródica, y siendo
un poco kantianos, la ética que se basa en principios que no se pueden
universalizar no es moral, es decir, yo puedo basar mi moral en decir la
verdad porque todo el mundo quiere que se le diga la verdad. Yo no puedo
basar mi moral en mentir porque a mí me conviene mentir en un momento
determinado, pero nadie quiere que le mientan permanentemente, ni siquiera
yo. Yo puede basar mi moral en auxiliar a las personas que sufren porque
todos queremos que nos ayuden cuando sufrimos, pero yo no puedo basar
mi moral en asesinar a los débiles porque en algún momento yo puedo ser
débil frente a otro y me asesinará. Hay razones que abonan unas morales, y
otras
conductas
no
son
morales.
Pero sobre todo, una cosa es que las sociedades tengan un cierto pluralismo
moral. Estoy diciendo, que tengan conductas distintas, y otra cosa es que no
haya una unión legal en una sociedad. La sociedad debe tener un
denominador común en lo legal, en otras palabras, unas reglas establecidas
más allá de la pluralidad de las morales, luego, cada uno puede tener su
sesgo moral pero debe haber una base legal ya no inspirada simplemente en
la moral, sino en su historia, en la tradición jurídica que compartan todos los
ciudadanos de esa sociedad. Entonces, no se trata de hacer compatible
cualquier tipo de moral, sino de que las morales deban ser como tales
morales, y luego deban poder responder a un común denominador legal de
toda
la
sociedad.
-¿Cómo se puede llegar a una igualdad de todos los ciudadanos
cuando lo que se impone en estos tiempos es la ‘ética del consumo’ y
la
desigualdad?
F.S. -La desigualdad ha existido siempre; es un tema amplio. La ciudadanía
intenta un tipo de igualdad, que es la igualdad de los ciudadanos ante la ley y
la igualdad ante un tipo de responsabilidades o de servicios públicos.
Yo creo que no hay más que una forma verdaderamente revolucionaria de ir
introduciendo la igualdad en una sociedad, que es el servicio público y la
seguridad social. La seguridad social es mucho más revolucionaria que la
mitad de las explosiones combativas de los últimos siglos. El hecho de que
los ciudadanos puedan desplazarse utilizando servicios casi a un precio
mínimo, en vez de tener que utilizar carrozas privadas como antes; el hecho
de que todo el mundo pueda recibir una educación gratuita y universal y no
solamente unos privilegiados; el hecho de que la salud llegue a todos y no
únicamente a quienes se la pueden pagar. Es decir, el fundamento de la
igualdad son los servicios públicos. Y que ambos funcionen bien es la base
para que comencemos a hablar de igualdad, de la base de la igualdad
exigible, luego habrá diferencias por muchas razones: talentos individuales,
intereses, porque las vidas no tienen que ser todas iguales. Una cosa es la
igualdad en el sentido ciudadano, y otra es que lleguemos todos a
homogeneizarnos en un mismo resultado vital. Bernard Shaw en una de sus
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ironías habituales decía: “No hagas a los demás lo que quieres que te hagan
a
ti,
ellos
pueden
tener
gustos
diferentes”.
Yo creo que los servicios públicos, sobre todo sanidad, transporte,
educación, asistencia jurídica, contienen los elementos fundamentales para
que
el
ciudadano
se
desarrolle
como
tal.
-Mi pregunta no está tan relacionada con la alta filosofía, sino más bien
con el sentir ciudadano. Se dice normalmente en el seno de la
comunidad que cuando alguien llega al poder pierde la ética, ¿qué
relación tiene para usted la ética con el poder, qué pasa cuando el
poder la abraza y la condiciona? Y vinculado con lo que ha dicho
acerca de que la impunidad hace perder los valores, estamos en un
recinto legal y desgraciadamente muchos pensamos que la legalidad se
usa para chicanear, o como un recurso, pero no a favor sino en contra.
F.S.-Si no hay poder y capacidad de intervención y acción en el mundo no
hay ética, todos tenemos esferas de poder. Por supuesto que el presidente
de la república puede tener esferas de poder mucho más amplias en muchos
aspectos, pero los padres tenemos esferas de poder sobre los hijos, los
maestros sobre los alumnos, los empresarios sobre los obreros. Y cada una
de las personas, en posiciones inferiores ejercen el poder también, y todos
somos éticamente responsables del uso que hacemos de nuestro poder.
Podemos maltratar a las personas que están bajo nuestro poder en vez de
utilizar el poder para ayudarles a desarrollarse y vivir mejor, que es la idea de
autoridad, que viene del latín auctio que significa hacer crecer, dar auge, que
es lo contrario de la tiranía que pretende mantener a todo el mundo en una
infancia perpetua. Por eso, el uso moral de la autoridad es el que hace
crecer.
Es verdad que llegar a determinados puestos da un poco el vértigo de una
serie de capacidades que antes no se tenían, y algunas personas no lo
resisten y ceden ante él. De ahí que hablo de impunidad, en el sentido que
saber esa persona que está atravesando ese vértigo que le puede costar
muy caro, es un buen recurso disuasivo. Si en cambio, la persona que tiene
ese vértigo sabe que puede hacer lo que quiera y nada le va a ocurrir, y va a
escapar de todos los controles, la tentación se le hace mucho más fuerte.
Y en cuanto al uso que se le pueda dar a la legalidad, está claro que se la
puede usar mal, como la medicina o como la educación en el caso de un
maestro de química que enseñe a sus alumnos a construir cócteles molotov:
todo puede corromperse de su uso. No creo que sistemáticamente la
legalidad de un país funcione en contra de su finalidad, será en casos
puntuales.
-¿Qué opina sobre la forma de manifestarse a través de piquetes,
huelgas,
cortes
de
ruta?
F.S. -En un sentido general, desgraciadamente hay grupos que la única
forma de hacerse oír es alterando la normalidad. Por eso yo señalaba la
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importancia persuadir y ser persuadidos para que sean escuchadas las
demandas antes de tener que pasar a este sistema de movilizaciones que
alteran el funcionamiento normal de una sociedad. Se debe considerar cada
caso, porque hay huelgas perfectamente justificadas, y otras en las que se
aprovecha la situación de privilegio porque tienen de rehenes a los
ciudadanos, por ejemplo en los servicios públicos, cuando saben que si no
trabajan causan un daño a la población y la tienen de rehén. Sabemos que
una huelga de controladores de vuelo no produce el mismo impacto que una
huelga de peluqueros, ¿no? En consecuencia, está la necesidad de
prudencia de quienes ejercen esos derechos y de quienes deben escuchar
sus
reclamos.
-Usted
habló
de
una
antinomia
catecismo-educación
cívica…
-Yo no creo que haya alguna antinomia. Pienso que por lo que se ve es así,
al menos en España donde la asignatura de Educación para la Ciudadanía,
que tiene esos objetivos que les esbocé antes, ha despertado una reacción
feroz por parte de la Iglesia que ve en ello una amenaza para su propia
asignatura que es Religión y en realidad es un catecismo. Les parece que es
una contradicción porque consideran que los valores deben ser transmitidos
únicamente por vía familiar, y nunca por la vía pública, lo cual no es nada
sorprendente ya que nadie duda de que la familia no sólo tenga el derecho
sino la obligación de transmitir los valores. Pero también es cierto que los
valores no pueden ser transmitidos en su totalidad por ellos porque no son
sólo familiares, el resto de la sociedad también padece o goza de lo que se
enseña en la familia. En tal caso, si a una familia se le da por trasmitir la
afición del canibalismo a sus vástagos, no hay problema siempre que a los
vástagos no se les dé por salir de casa y comer a la tía, a la abuelita y a los
que viven con ellos. La realidad es que éstos salen y querrán comer a todos
los viandantes, entonces yo quiero que se le enseñe a este niño que eso no
se puede hacer. Parecerá grotesco, pero es lo que se está defendiendo con
gran alharaca obispal en España, diciendo que sólo la familia puede educar y
que si una sociedad pretende transmitir principios cívicos, etc., se convierte
en una especie de manipulador de conciencia, de Mao Tse- Tung en
proyecto. Yo desde mi punto de vista no veo ninguna incompatibilidad
particular, pues la piedad particular corresponde al ámbito de lo íntimo, y
creo que la fe y la religión son derechos de las personas pero no deberes de
la colectividad. Cualquier persona tiene derecho a esa búsqueda de la
excelencia pero no tiene que someter a todos al deber de compartirla.
-Mi pregunta está relacionada con la anterior. Desde una perspectiva
ética ¿cómo se puede compatibilizar el pluralismo ético y religioso con
esa ética, podríamos decir cívica o legal a la que usted alude, sobre
todo en algunos temas críticos como el aborto o el matrimonio entre
personas del mismo sexo? ¿Cómo hacer para obtener un consenso de
lo usted llama una ética legal en algunos temas donde hay debates por
concepciones éticas y filosóficas fundadas? Porque a veces, la laicidad
se transforma en laicismo, en ideología militante para excluir a los
valores
religiosos
de
lo
público.
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F. S.-Primero quiero aclararle que yo creo sólo en el laicismo, no en la
laicidad. De hecho en el Diccionario de la RAE no existe la palabra laicidad,
sólo aparece laicismo y la define como neutralidad de las autoridades
públicas respecto a las cuestiones religiosas. Es decir que admite todas las
posturas
religiosas,
lógicamente
compatibles
con
los
valores
constitucionales, y también la postura religiosa de la negación de la religión
en nombre de la verdad o de la ciencia que es una postura religiosa tan
aceptable como todas las demás. Voltaire, Nietzche, Freud, etc., son figuras
de la historia de la religión como lo es Santo Tomás de Aquino. Esto con
respecto
al
laicismo.
Pero lo que hay que hacer compatible es la ley que se va establecer para
todos, la moral de cada cual seguirá siendo la que sea. El hecho de que el
aborto esté despenalizado no resuelve el problema moral que alguien tenga
de abortar o no abortar; si favorezco el aborto o la eutanasia tendré el
problema moral porque ninguna ley me va a dispensar de mis
responsabilidades morales, sucede que me dispensa sí de mi
responsabilidad penal llegado el caso. Cuando no es obligatorio, cada uno
tiene el derecho a elegir, lo que pasa es que el marco moral salva las
diversas opciones. Admite que hay cuestiones difíciles -el aborto, la
eutanasia, el matrimonio entre personas del mismo sexo, entre ellas- que
tienen que ser reguladas por la ley. Si hay alguien que lo considera
repugnante o pecaminoso, que no lo haga, y en la ley está contemplado que
quienes no compartan este punto de vista lo puedan hacer también. Hay que
aprender a vivir con aquellas personas que hacen cosas que nosotros
detestamos, y ésa es la característica de las sociedades plurales: uno debe
convivir con gente que en la puerta de al lado se viste con ropas que a uno le
parecen horribles, que come cosas que a uno le parecen abominables. En
fin, aunque no hagamos todos lo mismo, en una sociedad plural sí debemos
estar de acuerdo en que en aquellas cosas que no dañen a los demás, cada
uno
puede
hacerlas
como
quiera.
-En tanto que democracia tiene como elemento fundamental la igualdad
entre los ciudadanos, le pregunto si la España actual, que es una
monarquía encabezada por una dinastía histórica obligatoria, es
compatible
con
el
concepto
de
democracia.
F. S.-Hay sin dudas una contradicción entre la pervivencia de las monarquías
y la democracia en su sentido prístino de que todos los hombres nacen
iguales, no nacen unos reyes y otros no. Históricamente se han dado
fórmulas de convivencia empezando por aquellos países más antiguos en
democracia y en monarquía como Inglaterra, en que la figura de la
monarquía adquiere carácter de representatividad más que de eficaz
gobierno, y donde el rey se transforma en el representante de lo colectivo y
en quien ejerce el mando sobre lo colectivo de una manera auténtica. Eso
salva la responsabilidad democrática, pero estoy de acuerdo con usted en el
principio que menciona. Opino que solamente una república puede
responder a lo que es una exigencia democrática. Los otros son problemas
históricos que se resuelven intentando evitar el traumatismo en las
sociedades. Si los monarcas se eligieran por sorteo… Yo hace muchos años,
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un 14 de abril, escribí un artículo contando un poco esto que digo, se
llamaba “Lotería primitiva”.
-Moderador: lo que sigue es una pregunta que nos enviaron por escrito
y que es un poco difícil, a saber, ¿Cómo se arregla lo de la ETA?
F. S.-Esto me recuerda a los primeros tiempos de los dictadores chilenos,
cuando había mucho desconcierto y todos sabíamos que se estaban
cometiendo barbaridades, y por fin la presión consiguió que se organizara
una rueda de prensa, y mandaron como representantes a unos personajes
bastante gorilescos a hablar. La prensa comenzó ‘¡Víctor Jara, y los
desaparecidos’! y otras cosas más, y el general dijo: “Bueno, bueno, no
crean yo soy el homo sapiens”. Así que lo mismo digo yo, no crean que soy
el homo sapiens y que voy a poder resolver cuestiones tan abstrusas.
Me remito a lo que decíamos antes, el problema no es qué va a pasar sino
qué vamos a hacer. ETA estaba de cara a la pared hace unos dos años, por
muchas razones, por la presión policial y judicial, por la Ley de Partidos, por
el Pacto Antiterrorista, por la aparición de Al Qaeda que le había robado todo
el glamour guerrillero, etc. Pero desgraciadamente en los últimos tiempos la
intención de resolver el problema ha dado aliento a su presunción de obtener
alguna recompensa política. Se les ha ofrecido una recompensa política por
dejar la violencia e inmediatamente han dicho: ‘primero la recompensa
política y después dejamos la violencia’, de modo que ahora utilizan otra vez
la violencia para obtener su recompensa política. En fin, creo que hay que
cambiar de política.
La Hoja es una publicación del Colegio de Abogados de la Ciudad de Buenos Aires
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