SUPERINTENDENCIA DE SOCIEDADES

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220-000768, 13 de enero de 2004
Ref: solicitudes de autorización de cesión de las concesiones
Acuso recibo de su comunicación radicada con el número 2003-01-212093, mediante la cual manifiesta que, a
través de esa División, se estudian las diferentes solicitudes de autorización de cesión de las concesiones, y para
tener claridad al respecto solicita el concepto de este Despacho en los siguientes aspectos:
" 1 Cuando una sociedad a través de escritura pública, ha sido declarada disuelta y en estado de liquidaciónvoluntaria- es válida la decisión del liquidador en el sentido de ceder una concesión, o esa determinación tiene que
ser autorizada por la junta de socios o la asamblea general de accionistas?
2. Una vez terminada la liquidación y registrado el último acto ante la cámara de comercio, respectiva, qué tan
validos son los actos posteriores del exliquidador, qué efectos jurídicos producen esos actos?"
Para dar respuesta a sus interrogantes, es oportuno advertir que este Despacho abordará el análisis pertinente
desde la perspectiva del régimen vigente que la legislación mercantil, consagra para la liquidación privada de
sociedades mercantiles en general, abstracción hecha de la naturaleza de las relaciones jurídica particulares de los
sujetos comprometidos y los actos por ellos realizados.
1. El trámite de la liquidación privada previsto en los artículos 218 y siguientes del Código de Comercio supone una
sucesión de pasos, que se inicia en la disolución de la sociedad y culmina con la efectiva extinción de la misma.
Dentro de ese lapso se efectúa básicamente la liquidación del activo por parte del liquidador, quien está facultado
para llevar a cabo las operaciones que se estimen necesarias, siempre que en los términos del artículo 222 ibidem,
tiendan a lograr su cometido legal, cual es la extinción del ente societario, previa distribución del patrimonio entre
los acreedores y socios, atendiendo que una vez disuelta, la sociedad no podrá iniciar nuevas operaciones en
desarrollo de su objeto social y a partir de ahí, conserva su capacidad jurídica únicamente para realizar los actos
tendiente a su inmediata liquidación, dejando a salvo las operaciones y los actos autorizados por la ley.
Por su parte, el contrato de sociedad estructurado por la declaración de voluntad de las partes para los fines de que
trata el artículo 98 del Código de Comercio, deviene estatuto comprensivo de las cláusulas que rigen al respectivo
ente societario desde su nacimiento como persona jurídica, hasta su desaparición, una vez cumplida en su
integridad la etapa liquidatoria; lo cual implica que aún disuelta y aún durante la liquidación la compañía, conserva
su personería jurídica y continúan operando para todos los efectos legales las previsiones estatutarias que la regían
durante su vida activa, salvo que sean contrarias a la liquidación.
A su turno, se tiene que de conformidad con el artículo 196 del mencionado código, se entenderá que a falta de
estipulación estatutaria, las personas que ejerzan la representación legal de la sociedad, podrán celebrar o ejecutar
todos los actos o contratos comprendidos dentro del objeto social o que se relacionen directamente con la existencia
y el funcionamiento de la sociedad (art 99 ídem), advirtiendo que no serán oponibles a terceros las limitaciones o
restricciones de las facultades anteriores que no consten expresamente en el contrato social inscrito en el registro
mercantil.
En estado de liquidación, el liquidador como representante legal que es de la sociedad para todos los efectos, asume
todas sus facultades, con la limitación que le impone el citado art. 222 de abstenerse de continuar la actividad de
explotación económica de la sociedad, el cual adicionalmente advierte, que cualquier operación o acto que no tienda
a ese fin, hace responsable frente a la sociedad, los socios y terceros, ilimitada y solidariamente, al liquidador y al
revisor fiscal que no se hubiere opuesto. No obstante, ha sido doctrina de este Despacho considerar que en ejercicio
de su labor, el liquidador no está supeditado estrictamente a las demás limitaciones o restricciones estatutarias
impuestas a quienes ejercen la representación durante la vida activa de la sociedad, en la medida en que éstas
impidan u obstaculicen el ejercicio de las funciones explicitas que establece el artículo 238 del código citado, en el
entendido que puedan entorpecer el proceso liquidatorio. (Oficio DAL-32528 Dic 17 de 1985.)
Hechas las consideraciones anteriores, es dable concluir que para efectos de establecer si el liquidador como
representante legal que es de la compañía en un momento dado requiere autorización del máximo órgano social
para ceder la concesión de que sea titular la sociedad, habrá de estarse en primer lugar a los términos de la ley que
rija para la concesión particular de que se trate y adicionalmente, a las estipulaciones previstas en los estatutos de
la compañía, en el entendido que éstas pueden contemplar condiciones particulares para su disposición que
demanden su intervención, sin perjuicio claro está, de que en el respectivo contrato de concesión, las partes
hubieren prohibido o limitado la cesión del mismo, o se hubieren previsto otras condiciones, como la terminación del
mismo por causa de la disolución de la sociedad beneficiaria.
2. El liquidador como se observó, ostenta para todos los efectos el carácter de administrador y como tal se halla
sometido al régimen de deberes y responsabilidad previsto en los artículos 23 y SS de la ley 222 de 1995 e
igualmente como representante legal de la sociedad disuelta, tiene las facultades y funciones expresamente
previstas en la ley, en virtud de la cual se hace responsable por los perjuicios que cause por violación o negligencia
en el ejercicio de sus funciones (art 255 del C. de Cio). Es decir, que su responsabilidad se asimila a la que asumen
los administradores de las sociedades activas, cuando quiera que por dolo o culpa, ocasionen daños a la compañía,
a los asociados o a terceros en los términos del artículo 200 ibidem.
Sin embargo como es obvio, la disolución y consiguiente liquidación según se vio, implican tanto el final de la
plenitud jurídica de la compañía, la resolución de las relaciones vinculantes en que sea sujeto y la cesación de las
actividades constitutivas de su objeto, como el estado en que queda la compañía, por virtud del cual debe reducir
todos sus bienes, pagar sus obligaciones y finalmente distribuir el remanente entre los asociados, todo lo cual
conlleva la extinción, consistente en la culminación del proceso. Es decir la conclusión de todas las operaciones
jurídicas y económicas de la compañía y el cumplimiento de las formalidades que la ley establece para que el ente
jurídico desaparezca definitivamente ante socios y terceros.
Consecuente con lo anterior, es preciso tener en cuenta que el registro en la Cámara de Comercio del acta que
contiene la cuenta final de liquidación conforme a los artículos 28, numeral 9 y 247 del Código de Comercio, pone
fin al ente societario, a la vez que constituye el último acto que el liquidador está legitimado para cumplir en
nombre la sociedad; por tal razón mal puede hablarse de actos realizados con posterioridad por el "exliquidador" en
nombre de la sociedad, como quiera que en esas circunstancias no existe ya sujeto de derechos y obligaciones
susceptible de ser legítimamente representado.
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