Las flores del mal; Charles Baudelaire

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ADORADO POETA MALDITO
(A manera de introducción)
Pocos escritores han expresado con tanta exactitud el placer de los sentidos, el dolor de la conciencia ante la
bestialidad y el pecado.
En el siguiente trabajo pretendo mostrar un poco de lo mucho que Charles Baudelaire dejo como legado para
todos aquellos románticos, enamorados que se regocijan con el dolor, que buscan en sus líneas algo mas que
simples palabras dulces tomando como base su obra Las flores del mal.
Las flores del mal son, en efecto, una metáfora, pero por lo mismo, mas honda que la realidad aparente.
Baudelaire ofrece en ella su propia existencia.
Cabe mencionar que Baudelaire fue seleccionado para este trabajo, por que sentí la necesidad de trabajar con
un autor que no fuese de los mas socorridos, el más romántico o conocido, Baudelaire es mi perfecto /
adorado poeta maldito.
LAS FLORES DEL MAL
(la publicación)
El libro se puso a la venta el 25 de junio de 1857. sucedió lo que el poeta preveía. Produjo escándalo.
Las flores del mal. El titulo es hallazgo, contradicción, ironía. Desde muy antiguo se hacían retóricamente
flores de la juventud, el amor, su perfume exótico, su poesía ponzoñosa. El nombre, como suele ocurrir, no era
del todo suyo. Sea como sea, es un nombre rico, cromático, evocador. Esta lleno de sentidos.
Las flores del mal tenían, además, lejanos e ilustres antecedentes literarios: en Dante Alighieri, en los
barrocos, en Shakespeare, en Milton. Se originaban en remotas mitologías. Eran, en realidad, un tópico, una
constante simbólica.
BREVE RELATO DE LA VIDA DE CHARLES BAUDELAIRE
(los sucesos que dieron lugar a sus Flores malditas)
Charles Baudelaire, nace en París el 9 de abril de 1821. Tiene 6 años cuando su padre, un sacerdote que había
colgado los hábitos convertido en funcionario, muere sexagenario. Su madre se vuelve a casar poco después
con Aupick, un oficial que llegará a ser general comandante de la plaza fuerte de París. El niño siente aversión
por este padrastro, y en los internados donde está pensionado, en virtud de las extravagancias de su detestado
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padrastro, se aburre, soñando ser «ora papa, ora comediante.
Después de su bachillerato, rechaza entrar en la carrera diplomática con el apoyo de su padrastro. No quiere
ser sino escritor. En gran perjuicio de su familia burguesa, que él horroriza con sus calaveradas, frecuenta la
juventud literaria del Barrio Latino. Un consejo de familia, bajo la presión del general Aupick, lo envía a las
Indias, en 1841, a bordo de un navío mercante. Pero Charles Baudelaire no quiere probar la aventura en el
confín del mundo. No desea más que la gloria literaria.
Durante una escala en la Isla de la Reunión, no acude a presencia del capitán y vuelve a París a tomar, puesto
que ha alcanzado su mayoría de edad, posesión de la herencia paterna.
Se une a Jeanne Duval, una actriz mulata de la cual, a pesar de frecuentes desavenencias y numerosas
aventuras, seguirá siendo toda su vida el amante y el sostén. Amigo de Théophile Gautier, de Gérard de
Nerval, de Sainte−Beuve, de Théodore de Banville, participa en el movimiento romántico, juega a ser dandy,
y contrae deudas. Sus excentricidades son tales que su madre y el general Aupick obtienen en 1844 del
Tribunal que sea sometido a un consejo judicial. Baudelaire, herido, no se repondrá de esta humillación.
Privado de recursos, no cesará desde entonces de evitar los acreedores, mudándose, escondiéndose en casa de
sus amantes, trabajando sin descanso sus poemas intentando mientras tanto ganarse la vida publicando
artículos.
Una primera obra marca sus comienzos como crítico de arte. Loa a su amigo Delacroix, critica a los pintores
oficiales. Ese mismo año, una tentativa de suicidio le reconcilia provisionalmente con su madre. En 1846,
descubre la obra de Edgar Poe, ese maldito de Ultramar, allende el Atlántico, ese otro incomprendido que se
le asemeja, y, durante diecisiete años, va a traducirla y revelarla.
Después de la revolución de 1848, en la cual ha participado más por exaltación que por convicción (durante
las revueltas, sugiere a sus compañeros de armas fusilar a su padrastro...) prosigue sus actividades de
periodista y de crítico. En 1857, la publicación de Las Flores del Mal juzgadas obscenas, crea escándalo.
Baudelaire debe pagar una fuerte multa. Sólo Hugo (que le escribirá «Usted ama lo Bello. Deme la mano. Y
en cuanto a las persecuciones, son grandezas. ¡Coraje!»), Sainte−Beuve, Théophile Gautier y jóvenes poetas
admirados le apoyan. Amargo, incomprendido, Baudelaire se aísla aún más.
Su salud comienza a deteriorarse. Se ahoga, sufre crisis gástricas y una sífilis contraída diez años antes
reaparece. Para combatir el dolor, fuma opio, toma éter. Físicamente, es una ruina. En la soledad orgullosa
donde él se ha encerrado, dos luces: los escritos admirados de dos escritores todavía desconocidos, Stéphane
Mallarmé y Paul Verlaine, sobre su obra que se resume en una única recopilación. Las Flores del Mal, a lo
que hay que añadir los poemas en prosa del Spleen de París, ensayos, (Los Paraísos artificiales, estudio sobre
los efectos del opio y del hachís), sus artículos de crítica y su correspondencia.
En 1866, durante una estancia en Bélgica, un ataque lo paraliza y lo deja casi mudo. Agoniza durante un año;
amigos, para ayudarle a sobrellevar el dolor, acuden junto a su lecho a interpretarle Wagner. Se apaga a los 46
años, el 31 de agosto de 1867, en los brazos de su madre.
LOS VERSOS Y EL LENGUAJE BAUDELERIANO
Los versos
Baudelaire se aleja mucho de los versos matemáticamente medidos de los parnasianos. En vez de tallar la
poesía con exactitud geométrica, la suya se desliza, ondea, vibra según el espíritu que la inspira. El metro no
es nada per se, sino u reflejo del sujeto, del animo que lo templa.
La métrica: predominan los octosílabos y los endecasílabos agrupados flexible, elasticamente en cuartetos y
sonetos libres. Rimas constantes, plenas, sonoras. Búsqueda deliberada de la musicalidad que a veces parece
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susurrar misteriosa, sobriamente, y otras se eleva estridente con timbre metálico; propósito indudable de que
cada verso sea en sí mismo, música ondulante, atornasolada, cargada de afinidades y de presagios.
El lenguaje
Las Flores del mal están escritas en un francés no muy distinto al que empleaban los mejores románticos
coetáneos. El léxico arraiga en los clásicos de los siglos VII y VIII: culto, depurado, suntuoso, propenso a lo
barroco, perfumado de reminiscencias y versos latinos, y a la vez contrastado por voces populares y
coloquialismos. Es una lengua noble, rica, altiva en la que pronto estalla (y esto es lo Baudeleriano), como
una rara blasfemia, la injuria rufianesca.
AMBIGUO ENAMORADO DE AIRE INDOLENTE
Aunque Baudelaire conoció y amó a varias mujeres, casi toda su poesía, que es erótica en su mayor y mejor
parte, esta movida por Jeanne Duval y la señora Sabatier. Sus sentidos, su pasión, su imaginación, estan, sin
embargo sometidos a la servidumbre que le impuso la Duval, de cuya cadena se sentía preso. Ella es el objeto
de sus deseos mas 3intensos, de sus dibujos, de sus caricaturas, de sus versos rendidos y rencorosos. Ella
parece ijar los atributos, los epítetos, la esencia de la mujer en su obra.
Así como el primer romanticismo define un amor etéreo, volátil y angelical, existe también entre los
románticos la de una mujer morena, cálida, tenebrosa. Aquella es casi siempre luminosa, alegre y ligera; a
veces intangible, ideal, un tanto casta, fría y distante; a veces frívola, demasiado alegre. Ésta, por lo contrario,
es densa, posesiva, insaciable. No es difícil ver al través de Las flores del mal qué versos traslucen a la
clara señora Sabatier y que obras a la oscura Jeanne Duval. Entre las dos hay con todo, una nota
común según Baudelaire: la estupidez. No es pues nada positiva la imagen que de
Jeanne Duval
la mujer se encuentra en el poeta. Siendo el tema central de su libro, de hecho la flor del mal, a ella se rinde
pleno rencor, como la victima al verdugo.
Jeanne Duval es ejemplo concretísimo de mujer fatal, pero también símbolo de las contradicciones del amor y
la ternura, del odio y la agresión.
DESPOJOS
El análisis del poema
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La mujer, la carne de la mujer, el objeto en cuya trampa cruel cae el poeta, es a la vez su consuelo. En ella
quiere borrar de su memoria el dolor de vivir, el reposo a su angustia existencial.
−A veces creo, que he vivido mil años._ (escribe Baudelaire)
en la mujer recuerda el ideal o llega al olvido. Se hunde el ella, se extasía en su perfume, en las profundidades
de su cabellera negra (Jeanne Duval): bosque romántico, mar de ébano, tremolante pabellón de tinieblas.
Una de las poesías prohibidas, El Leteo, expresa a la perfección la índole de la angustia erótica que
atormentaba a Baudelaire.
EL LETEO
Ven hasta mi corazón, alma cruel y sorda
tigre adorado, monstruo de aire indolente;
quiero hundir largo tiempo mis dedos temblorosos
entre el espesor de tus densos cabellos;
Y entre tus faldas que tu fragancia impregna
sepultar mi cabeza dolorida,
y respirar lo mismo que una flor ajada
de mi difunto amor el dulcísimo aroma.
¡Quiero dormir prefiero los sueños que la vida!
en un sueño muy largo más dulce que la muerte,
sin penas ni pesares sembraré mis caricias
sobre tu bello cuerpo pulido como el cobre,
Y para devorar mis sollozos ya en calma,
nada vale el abismo profundo de tu lecho;
el poderoso olvido habita en tu boca
y en tus besos derrama su corriente el Leteo.
A lo que es mi destino, desde hoy mi deleite,
obedeceré como un predestinado;
condenado inocente, mártir dócil,
cuyo inmenso fervor enciende las hogueras
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sorberé, diligente, para anegar mi rencor,
el pérfido nepentes y la buena cicuta
en los breves pezones de tus agudos senos
tras los cuales jamás latió tu corazón.
Es el Leteo, el homérico rió de las aguas del olvido, el nepente que disipa los recuerdos.
Se sabe, por consiguiente, que los símiles y las metáforas citadas tienen un muy real y concreto punto de
partida. Por Jeanne Duval sintió el poeta una irresistible atracción física. Por la Duval, según su amante y
otros testimonios, era vulgar, infiel, ignorante y perezosa, insaciable. Malvivir con elle era un infierno, y para
colmo se volvió borracha. Pero lo que mas le dolía a Baudelaire, al dandy exigente, perfeccionista, era el
hecho de que la Duval era estúpida. Se alejo de ella en varias ocasiones, pero volvía a su éxtasis y su olvido.
Conforme pasaron los años, y Jeanne se marchito de vejez y enfermedad (parálisis), Baudelaire añadió un
nuevo elemento de tortura a ese maneje infernal: la piedad. Cerrado así el circulo, no le era posible escapar.
En 1854 le había dicho en una carta a su madre que:
Yo creo que mi vida ha estado condenada desde el comienzo, que estará para siempre
Es imposible no ver ahí un reproche, un reprimido complejo de infancia cuando madre, casada en segundas
nupcias, lo envió a un internado.
En vano quiso huir a esa maldición. Las flores del mal contienen muchas imágenes y palabras de escape. Hay,
desde luego, un primer intento de evasión en el placer amoroso, en la causa misma de su dolor, un claro
ejemplo de ello es el Leteo antes citado.
REBELIÓN
Segundo análisis
Ser lúcido y puro. ¿Cuántas veces nombrara el sol Baudelaire? Es un motivo, una imagen, una palabra
obsesiva en su obra, escribió el poeta:
−Mi juventud, no ha sido una tenebrosa tempestad alumbrada aquí y allá por soles brillantes−
para Baudelaire, el sol tiene diversos significados, el sol es Febo, A9010, dios de la luz. El sol tiene ojos. El
sol es inmortal. Pero hay muchas formas de decirlo.
Se vuela, se nada en el cielo, mediante las alas vigorosas del albatros y del espiritu. Se busca, en fin, una
deidad, un ser lúcido y puro. El poeta esta hecho para volar, pero, resulta torpe, cómico en la realidad de la
cotidianeidad. Simplemente, añora el cielo.
¿Quién es ese ser lúcido y puro? ¿Qué es el sol, el astro padre que todo lo ve, el apolíneo, el inaccesible? Es
obvio que puede ser Dios; pero ¿no fue Baudelaire un poeta del mal, un devoto de Satán? Ya mucho se ha
escrito sobre su religión. Entre lo que él mismo dijo e hizo, resulta claro que no fue Baudelaire hombre
religioso en el sentido común del termino. Al igual que tantos otros escritores en su época, rechazo por
completo la beaterÍa y el fariseísmo; fue blasfemo y anticlerical por que hacerlo estaba de moda, por que era
un signo de rebeldía contra la burguesía bobalicona e hipócrita. Pero esto no significa que no haya vivido
dolorosa, profundamente angustiado por la agonía cristiana, tanto mas intensa cuanto mas se le amargaba y
ensombrecía la existencia.
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Citaremos como ejemplo de la constante ambigüedad del poeta el siguiente poema titulado Las letanías de
Satán (se encuentra en la sección de Rebelión de ahí el nombre de este capitulo), en el cual, hace referencia a
un dios terrenal que entiende a los hombres por que siente y sufre lo mismo que ellos, un Satán bello, fuerte y
comprensivo, un Satán que hasta cierto punto, puede ser el padre amoroso, ese que perdió a muy temprana
edad, ese ser, tan grande que dará la justicia a los vencidos, a los olvidados, condenados por el mundo a vivir
errantes entre la podredumbre, eso parece ser Satán para Baudelaire, ¿Bueno o Malo? Al fin y al cabo un ser
superior en quien depositar la confianza y la esperanza, llamémoslo entonces Satán.
LAS LETANÍAS DE SATÁN
Oh, tú, el mas sabio y el mas hermoso de los Ángeles,
Dios traicionado por la suerte y privado de toda alabanza.
Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.
Príncipe del exilio, que padece injusticia,
y que, aunque vencido, te levantas mas fuerte,
Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.
Tú que lo sabes todo, rey de lo subterráneo,
familiar curador de la angustia humana,
Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.
Tú que, aun a los leprosos y a los parias malditos
despiertas, por amor, el gusto al Paraíso,
Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.
Tú que das al proscrito esa mirada calma
que, en torno a un patíbulo, condena a todo un pueblo,
Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.
Tú que sabes en que rincones de tierras envidiadas
encierra el Dios las piedras más preciadas,
Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.
Tú, cuya mirada conoce los profundos arsenales
donde duerme sepultado el pueblo de los metales
Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.
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Tú, cuya larga mano oculta los precipicios
al sonámbulo que camina errante al borde de los edificios,
Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.
Tú, que mágicamente, suavizas los duros huesos
del borracho empedernido pisado por los caballos,
Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.
Tú que, para consolar al hombre frágil que sufre,
nos enseñas a mezclar el salitre y el azufre,
Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.
Tu que imprimes tu marca, oh cómplice sutil,
en la frente de Creso despiadado y vil,
Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.
Tú que pones en los ojos y en el corazón de las jóvenes
el culto de las llagas y el amor por los andrajos,
Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.
Báculo de exiliados, lámpara de inventores,
confesor de colgados y de conspiradores,
Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.
Padre adoptivo de aquellos, a quienes en su negra cólera
arrojo del paraíso terrenal el Dios Padre,
Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.
PEQUEÑA CONCLUSIÓN
Se pude decir que las conclusiones se han dado aun antes de haber leído cada poema, a pesar de ya haber leído
a Baudelaire con anterioridad, no deja de fascinarme su estilo, todo el es sorprendente, ese ser atormentado
por la vida, que no encuentra una razón que lo mantenga vivo por si sola, con este trabajo me ha gustado
mucho mas.
Para mi es un romántico por excelencia.
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