la atención: su importancia en la sesión logopédica

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MISCELÁNEA
LA ATENCIÓN: SU IMPORTANCIA EN LA SESIÓN LOGOPÉDICA
Por C. Creus Pascual, V. Curiel Gisbert, E. Lázaro González, M. Pastor Franco y N. Saperas Pelfort
Logopedas del Centro de Recursos Educativos para Deficientes Auditivos del Vallés Occidental (CREDAV).
INTRODUCCIÓN
La elaboración de este artículo es el resultado del proceso de reflexión y de análisis que hemos realizado un equipo
de logopedas del CREDAV (Centro de Recursos Educativos Deficientes Auditivos del Vallés) del sector Montcada-Ripollet-Sta. Perpétua, partiendo de nuestra experiencia profesional.
Una de nuestras funciones es la de atender logopédicamente a alumnos escolarizados en centros ordinarios, que
presentan problemas de audición y/o lenguaje.
A partir de la puesta en común de los diferentes casos en
los que hemos intervenido, hemos visto un número elevado
de alumnos con falta de atención (tanto visual como auditiva). Esta coincidencia nos ha llevado a reflexionar sobre la
relación “atención-lenguaje”, así como a cuestionarnos sobre la posible repercusión entre la falta de atención y la correcta progresión evolutiva de los estadios psicolingüísticos.
No nos estamos refiriendo a alumnos/as con un diagnóstico específico de “Trastorno por déficit de atención e hipercinesia, DA-H” (DSM-IV, 1995), ni a alumnos/as que
tienen patologías bien exploradas y definidas como retrasos
cognitivos graves, autismo, hiperactividad, etc., nos estamos refiriendo a niños susceptibles de recibir una ayuda logopédica por su baja competencia lingüística (trastornos de
lenguaje, retrasos del habla, déficit auditivo, etc.) y que, a
su vez, en la intervención directa observamos que son poco
capaces de mantener la atención necesaria para realizar las
tareas propias de la reeducación logopédica.
La atención interviene como estructura de fondo en todos
los procesos mentales. Cuando una persona atiende a estímulos visuales, auditivos y/o cinestésicos, se producen
modificaciones en el funcionamiento del sistema nervioso
central, y lógicamente cuando se presentan estados psicopatológicos como pueden ser ansiedad, depresión, deficiencia mental, trastornos del desarrollo, trastornos del
sueño, trastornos emocionales, malnutrición, etc., la capacidad de atención disminuye.
En este artículo, no pretendemos detallar las bases neurofisiológicas de la atención, que han sido ampliamente
estudiadas y descritas por investigadores y autores espe86
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cializados en el tema. Por ello nos remitimos a la bibliografía existente relativa a estos aspectos.
Algunos autores (Launay y Borel, 1986) afirman que la
intervención logopédica debería ser posterior a la resolución del problema de atención. ¿Es la falta de atención la
que provoca las dificultades en el lenguaje o bien, al contrario, es la dificultad en el lenguaje para poder crear un
pensamiento coherente interno el que hace que haya problemas de atención? No queremos entrar en esta discusión, pero sí corroborar que en los casos que intervenimos
hay estas dificultades y no podemos dejarlos de atender
esperando el momento óptimo, en que haya el nivel de
atención requerido ya que es preciso crear unos hábitos mínimos de atención y concentración para alcanzar nuestros
objetivos.
Trabajamos con unos alumnos con handicaps en el lenguaje que hemos de tratar, con los cuales proponemos hacer una intervención global, trabajando de forma simultánea atención y lenguaje.
Nuestro artículo tiene la intención de facilitar diversas
sugerencias y estrategias prácticas que nos parecen interesantes y extrapolables a otros profesionales que trabajan
con casos de características similares.
Queremos dejar claro que nuestro propósito no ha sido
hacer un desarrollo temático de tipo psicológico sobre la
atención, sino, a partir de una aproximación psicopedagógica, sugerir propuestas de trabajo.
¿QUÉ SE ENTIENDE POR ATENCIÓN
O POR “UN NIÑO ATENTO”?
La atención, o concretamente la falta de atención, es un
tema que preocupa a toda la comunidad escolar. Es una
queja que los educadores expresan tanto en las primeras
etapas como en la enseñanza secundaria.
La atención es implícita a todo aprendizaje. Atención,
percepción y memoria forman un triángulo casi inseparable. La atención es una “previa”, difícilmente delimitable
que se confunde y se solapa con otros aspectos o capacidades. Afecta al rendimiento escolar, al desarrollo cognitivo,
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a la relación con los demás, a la conducta social y al desarrollo del lenguaje. La atención y el desarrollo lingüístico
van ligados; muchas de las capacidades que intervienen
para que el lenguaje progrese, se apoyan en procesos donde
los tipos de atención (visual, auditiva) son básicos. La atención no es pasiva, no es automática, es preciso una implicación activa y personal del niño.
Los aspectos psicológicos de la atención indican que se
trata de una focalización voluntaria de la actividad mental
en un momento determinado. Esta actividad mental se realiza con un interés u objetivo, es decir, se intenta elaborar
una imagen de la realidad sensorial o intelectual que pueda ayudar a integrar los aspectos más esenciales de ésta
(Garanderie, 1990).
Este proceso voluntario es imprescindible para cualquier
aprendizaje. La creación de imágenes mentales definidas es
básica para organizar la realidad y, sucesivamente, provocar la evolución lingüística.
A menudo nos preguntamos ¿se aprende a estar atento?
Según Antoine de la Garanderie, hemos de enseñar al
alumno en qué consiste la actividad mental de estar atento.
La atención forma parte de un proceso en el que intervienen diferentes procedimientos mentales o “gestos”: atención, reflexión, memorización y generalización.
Podemos encontrar alumnos que aprenden estos gestos
de manera espontánea y los generalizan, pero otros no llegarán a hacer este proceso por ellos mismos. Estos últimos
son los que pueden mostrar dificultades y/o retrasos.
Cuando se trata de conseguir la atención, es importante
que el niño sepa qué es lo que le estamos pidiendo al darle
la consigna de que “atienda”. Debemos enseñar, los “gestos
mentales” (procedimientos mentales) que le permitirán estar atento. Veamos cuál es la definición de gesto para el
autor (Garanderie, 1990):
“Hacer vivir mentalmente, en la forma de imagen, el objeto percibido constituye la estructura del gesto mental de
la atención”.
La creación de la imagen mental es lo que desencadena
nuestra atención. Partiendo de la base que existen personas
visuales, auditivas y/o cinestésicas, o sea, que utilizan preferentemente imágenes mentales visuales, verbales/auditivas y cinestésicas, deberemos determinar qué gestos son
los que priorizan nuestros alumnos y entonces, podremos
elaborar las estrategias más adecuadas a cada cual. También conviene recordar que hay casos en los que pueden
utilizar alternativamente un tipo u otro de imágenes, en función de las tareas propuestas.
Habrá que saber qué tipo de imágenes crea nuestro alumno y conocer sus gestos mentales. A veces, los niños no son
conscientes de que en su mente hay imágenes, sonidos,
sensaciones, etc., y tendremos que ayudarles a que aprendan a crearlas, pues son la base del gesto de la atención.
El trabajo logopédico, tanto en los casos de déficit auditivo, trastornos de lenguaje, disfunciones orofaciales, disfo-
nías, etc., necesita estimular este proceso atencional motivándolo y dirigiéndolo, de manera que se puedan conseguir
los mejores resultados para el alumno. Consideramos que
la atención es un objetivo a tener en cuenta en el momento
de realizar la intervención logopédica y será necesario elegir las estrategias adecuadas para llegar a conseguirlo.
Proceso de adquisición de la atención
Haciendo referencia a las etapas que Luria (1988) marca
como significativas del desarrollo de la atención, podemos
decir que la atención involuntaria se desarrolla en las primeras semanas de vida del niño, como demuestran las reacciones que se observan ante los estímulos de simple reflejo
orientador. En los primeros meses, el bebé va dirigiendo
su vista y su interés hacia una determinada actividad. Esta
respuesta es muy puntual, de corta duración, especialmente hasta el primer año de vida, y lleva al niño a descubrir el
mundo que le rodea. Es al finalizar el primer año, cuando la
nominación de un objeto o de una orden verbal, empieza a
tener una influencia reguladora de la atención, marcando el
inicio y desarrollo de la atención voluntaria en el niño.
Hacia el año y medio, las indicaciones verbales del adulto
tienen suficiente poder para organizar la atención, aunque sea
por pocos momentos, pero no es hasta el final del segundo año
cuando la atención puede considerarse como “más firme”.
Durante el tercer año la indicación verbal del adulto,
completada con la participación verbal del niño, se convierte en factor que guía de manera estable la atención. Es
a partir de esta edad cuando se desarrollan las formas superiores de la atención. Uno de los elementos fundamentales que facilitarán la adquisición de la atención voluntaria
es el lenguaje. Adquirirá ésta un nivel considerable a partir
de los tres, cuatro años, sin que esto presuponga la desaparición de la atención involuntaria. El desarrollo que seguirá será cualitativo y cuantitativo, y estará supeditado, en
parte, a la edad, aún cuando este comportamiento atencional sea diferencial, según las actividades o áreas en las que
el niño esté actuando (p. ej., escuchar una explicación, ver
una película, participar en un juego de mesa).
Para garantizar que el proceso atencional continúe, el
educador deberá tener en cuenta y controlar la presencia
de factores facilitadores.
Tipos de atención
Debemos analizar la atención, teniendo en cuenta sus características. Por ello podemos hablar de tres modalidades
o tipos de atención: involuntaria, voluntaria y habitual.
La atención involuntaria, es aquella que se capta directamente por un estímulo intenso, nuevo o interesante. Es propia del niño pequeño. La causa de la reacción atentiva, proviene del medio. El estímulo es tan intenso, que nosotros
atendemos a él sin haberlo deseado previamente y sin haRev Logop Fon Audiol 2001; XXI(2): 86-91
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berse producido la previa reacción de adaptación de nuestro organismo.
En la atención voluntaria, la causa de la reacción proviene de la propia persona. Son las motivaciones y no los estímulos, los factores que mueven a la persona a dirigir voluntariamente su atención a éstos.
La atención habitual tiene como causa las motivaciones o
intereses del sujeto, provocando hábitos que le inducen a fijar su atención, preferentemente en ciertos estímulos. Por
ejemplo, un joven al que le gusten mucho los coches se fijará siempre en ellos. Este tipo de atención habitual llega a
ejercerse de modo automático y está relacionada con las
motivaciones de nuestra conducta.
Factores que influyen en la atención
Para poder intervenir pedagógicamente en el proceso y
dominio de la atención, es preciso conocer los factores que
posibilitan que el alumno pueda captar la información que
se le propone, manteniendo su estado de alerta en esta información (Comellas, 1990). La distinción, según D. Carroll (1992) que hemos hecho entre lo que esencialmente
diferencia la atención involuntaria de la voluntaria, permite
hacer una clasificación de los determinantes de la atención
según que procedan del medio externo o que provengan del
propio sujeto.
Los factores externos (o propios del estímulo) son los
que proceden del medio y posibilitan que el niño mantenga la atención hacia los estímulos que se le proponen. Los
más importantes son los siguientes:
Intensidad. En general, un estímulo intenso llama más la
atención que un estímulo débil
Tamaño. Se da especialmente en los estímulos visuales.
Por lo general los estímulos grandes, llaman más la atención que los pequeños.
Contraste. Cuando un estímulo contrasta con los que le
rodean, llama más la atención. Pueden haber dos situaciones: el contraste por aparición, en la que el estímulo contrasta porque no estaba presente hasta ese momento y, el
contraste por extinción, donde el contraste lo provoca el hecho de darse cuenta de que ya no está.
Repetición. Se trata de presentar el estímulo repetidamente a fin de lograr captar la atención y también de mantenerla.
Movimiento. El desplazamiento de la imagen (ya sea real
o aparente) provoca una reacción y tiene un gran poder para
atraer la atención.
Novedad. El niño se siente atraído hacia un objeto o estímulo totalmente nuevo y desconocido.
La organización estructural. Los estímulos que se presentan deben estar organizados y jerarquizados, de manera
que posibiliten recibir correctamente la información, faciliten la respuesta del alumno y no causen dispersión. Este
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factor es uno de los más condicionantes para la atención,
sobre todo en el ámbito escolar, así como uno de los elementos que más deben ser considerados por el educador al
plantear la información a los niños.
Los factores internos (o propios de la persona), son los
que dependen del individuo, son propios de él y condicionan aún más, no sólo la capacidad y desarrollo de la atención, sino también su rendimiento.
Estado del organismo. El niño debe estar en condiciones
óptimas (descanso, alimentación...) para presentar el nivel
de atención adecuado.
Hábitos generales. La atención está en parte ligada al
aprendizaje de ciertas actividades; la repetición de las cuales
crea hábitos que determinan la dirección de nuestra atención.
Intereses personales o motivación. Pueden, en parte, ser
considerados como necesidades, si son muy intensos, aunque no tengan una trascendencia vital, en un sentido primario. Estos intereses, si son fuertes, llevan a dirigir la atención aunque las condiciones ambientales no sean favorables.
Desatención y lenguaje
Anteriormente ya afirmábamos que la atención es un proceso subyacente a todo aprendizaje. Por lo tanto, si un niño
con dificultades en el desarrollo del lenguaje presenta poca
capacidad de atención, sin duda éste se resentirá de ello.
Nos podemos encontrar con niños con una inmadura capacidad de atención y con conducta hiperactiva, o bien,
otros en los que esta falta de atención se acompaña de ensimismamiento y/o “actitud letárgica” o con niños que viven en su “propio mundo”, que se distraen con sus propias
fantasías.
El lenguaje del niño es un proceso continuo de adquisiciones e integraciones, tanto a nivel de comprensión como
de expresión, las cuales condicionan, a su vez, la maduración global del pensamiento al tiempo que se constituyen
en instrumento comunicativo.
Las dificultades de atención provocan con frecuencia la
necesidad de variar de manera parcial los objetivos iniciales, la temporalización y organización de nuestras sesiones.
La motivación por un lado, el control y mantenimiento de
la atención por otro, son fundamentales en la intervención.
Las repercusiones de la desatención son múltiples y
extensivas a la mayoría de las patologías lingüísticas. Teniendo en cuenta la división básica entre lenguaje receptivo
y lenguaje expresivo, en general hemos observado que el
aspecto receptivo es el más afectado ante la falta de atención. Diferentes tareas como son la percepción, el reconocimiento y la interpretación de diferentes estímulos, se alteran.
La dispersión de la atención puede afectar los aspectos
fonético-fonológicos del lenguaje: la discriminación auditiva, la imitación de praxias bucofonatorias, la repetición y
automatización de fonemas.
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En los aspectos morfosintácticos del lenguaje a menudo
se observan: dificultades para utilizar los diferentes morfemas gramaticales, para usar las formas verbales más complejas, para organizar correctamente la frase, para asimilar
los diferentes nexos sintácticos, etc. Puede afectar el desarrollo semántico: la denominación de objetos, el reconocimiento de características, la categorización y clasificación.
También, en ciertos casos, se entorpece el desarrollo de la
comunicación con los demás, al gestionar de forma incorrecta un diálogo, no respetando la alternancia comunicativa, y/o los cambios de tópico. Estas dificultades de tipo
pragmático pueden provocar problemas de relación o socialización.
En los casos de déficit auditivo se añade la dificultad del
aprendizaje de la lectura labial. Dicho aprendizaje requiere una atención focalizada y continua.
Por lo anteriormente expresado se evidencia que la desatención influye negativamente en el correcto progreso lingüístico, añadiendo dificultades a la reeducación.
ELEMENTOS QUE FAVORECEN LA ATENCIÓN
EN LAS SESIONES DE LOGOPEDIA
Hemos podido constatar la necesidad de incluir un trabajo sistemático de la atención en aquellos casos en los que
existe una dificultad atencional. Es por ello que hemos realizado un análisis de las variables que intervienen en las sesiones de logopedia con la finalidad de organizar unos planteamientos de trabajo que favorezcan el desarrollo de la
atención, eliminando factores de dispersión y adecuando las
características de los elementos externos de la forma más favorable para la consecución de nuestros objetivos.
En este sentido hemos contemplado los siguientes aspectos:
1. La actitud del logopeda.
2. La descripción del espacio.
3. Las estrategias.
La actitud del logopeda
A la hora de plantearnos la organización de una sesión,
es importante tener en cuenta una serie de variables que
pueden producirse en alumnos que demuestran poca atención, por ejemplo:
– Si la dificultad aparece en el momento de captar la
atención o en su mantenimiento.
– Si la dificultad de atención es habitual o no.
– Si se da en toda clase de actividades.
– Si va acompañada de problemas de comportamiento
y/o hiperactividad.
– Si ha habido cambios que alteren el estado anímico o
emocional (p. ej., padres hospitalizados, cambios fre-
cuentes de tutor, nacimiento de hermanos, enfermedades, etc.).
– Si se cuenta con la colaboración de padres y maestros.
– Si la desatención es provocada por una baja motivación, unas expectativas poco reales del logopeda, unas
sesiones no del todo adecuadas, etc.
En función de estas variables, la actitud del logopeda
puede ser de dos tipos:
– Actitud “receptiva”.
– Actitud “directiva”.
Entendemos por actitud “receptiva” aquella que se plantea a partir de los elementos que el niño aporta y se utilizan después como hilo conductor de la estructura de trabajo. El logopeda debería mostrar esta actitud ante los casos
de niños con baja motivación, poco interés por la comunicación o poca eficacia comunicativa.
Entendemos por actitud “directiva”, cuando el logopeda dirige la situación, presenta una estructura cerrada de
sesión con las actividades y procedimientos fijados previamente. Ante alumnos con disfasia, hiperactividad o problemas de comportamiento, será aconsejable que el logopeda tome esta actitud.
Sin embargo, se ha de tener en cuenta, que en cualquier
“situación comunicativa” ha de haber un feedback, que nos
ha de llevar a hacer continuos reajustes y adaptaciones, tanto en lo que se refiere a nuestra actitud como a estrategias
a seguir.
La descripción del espacio
Durante las primeras sesiones es necesario presentar al
niño el espacio de trabajo: dónde estará el material, dónde se
sentará, dónde tendrá colocadas sus cosas (su carpeta, sus dibujos, etc.). De esta manera se le están facilitando hábitos de
autonomía y organización. Es importante que sea un espacio
estable para asegurar la integración de rutinas de desplazamiento, de ubicación de materiales y de recursos, así como
de control de estímulos que faciliten la atención del niño.
Este espacio ha de tener unas condiciones de luz y aislamiento suficientes para asegurar un ambiente recogido que
facilite la comunicación interpersonal o en pequeño grupo.
No ha de ser demasiado grande para no provocar dispersión
o inducir a la exploración. Ha de ser un ambiente controlado y organizado para poder realizar las funciones que permitan desarrollar los aspectos comprensivos y expresivos
del lenguaje.
La organización del mobiliario puede ser más flexible.
Son necesarios sin embargo, unos elementos mínimos que
dependerán del hecho de que sean sesiones individuales o
en pequeño grupo. La necesidad de mesas y sillas está en
función del número de alumnos atendidos por sesión. Su
colocación debe permitir el contacto visual. La distribución
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de los materiales depende del tipo de tratamiento que se lleve a cabo. Es conveniente, de todas maneras, que el alumno
tenga un sitio fijo para sentarse y que la orientación del mobiliario le facilite el acceso al material y/o al itinerario o secuencia de trabajo que realice.
La necesidad de una pizarra convencional o de “rotulador” también es importante, así como un espejo de pared,
para poder trabajar la expresión corporal, y uno de pequeño
formato o de mesa para poder visualizar correctamente las
praxias que se realicen.
El hecho de poder contar con un armario o estantería permite la posibilidad de situar el material de manera ordenada. Esto facilita el reforzar hábitos de organización, orden y
recogida y, a la vez, permite al niño considerar aquel espacio como propio dentro de unas pautas establecidas; también le ayudará a secuenciar su ritmo de trabajo y a controlar mejor la situación.
Estrategias para facilitar la atención
Tras haber apuntado cómo pensamos que debería ser el
espacio físico y la actitud del logopeda, pasaremos a ver
cuáles serán las estrategias para favorecer la atención:
• Potenciar una actitud atenta.
• Crear un entorno óptimo.
• Secuenciar la sesión.
Potenciar una actitud atenta
Hay que tener en cuenta tres momentos en el proceso facilitador de la atención:
1. Debemos hacer entender a nuestros alumnos mediante elementos visuales y auditivos qué pretendemos, cuáles
son los objetivos que han de conseguir. Tendremos en cuenta si el alumno en concreto es visual, auditivo o cinestésico
para, a partir de su vía preferente, facilitarle la creación de
las imágenes mentales.
2. Deberemos dar tiempo a nuestros alumnos para que
puedan “evocar”, es decir, llegar a la representación de la
información a nivel mental (la creación de las imágenes auditivas, visuales o cinestésicas, según el alumno).
3. Finalmente, tendremos que asegurarnos que nos han
entendido, solicitando de ellos una respuesta, unos ejercicios, etc.
Ejemplo práctico:
Pedimos al niño que escuche una serie de palabras; entre
ellas ha de reconocer tres que hemos trabajado de la categoría de los vehículos.
El alumno escucha la consigna y necesita un tiempo para
poder hacer la evocación. Evocar es hacer existir mental90
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mente. Si el niño es visual, se hará la imagen de la palabra
escrita o bien el dibujo de los vehículos. En cambio, el auditivo irá repitiendo mentalmente las palabras.
El logopeda ha de tener en cuenta que no todos los alumnos necesitan el mismo tiempo, los visuales son más globales y rápidos que los auditivos.
El último paso será el de la representación, o sea la respuesta. Le podemos pedir que nos repita estas palabras, que
las señale en un grupo de imágenes que puede tener delante, etc.
Crear un entorno óptimo
Deberemos crear un ambiente de seguridad, relajante,
con unas condiciones óptimas para que el alumno pueda
“atender”, “prestar atención” en el entorno más propicio
para él. Las estrategias para crear este entorno óptimo serian las siguientes:
– Adoptaremos una postura respecto al niño que sea cercana, pero no invasiva, para que éste se sienta cómodo
respecto al adulto.
– Adecuaremos el tono y la melodía de la voz a las diferentes situaciones durante la sesión, ilusionándolo, interrogándolo.
– Prepararemos diversos espacios dentro del aula para
trabajar aspectos diferentes.
– Presentaremos las actividades de forma motivadora, sobre todo en el caso de los niños más pequeños, ayudándonos de materiales didácticos y proponiendo situaciones significativas.
– Situaremos al niño en el espacio físico de manera que
no vea estímulos que lo puedan distraer fácilmente, e
intentaremos que este lugar sea siempre el mismo.
Secuenciar la sesión
– Al inicio de la sesión, tras el saludo, dedicaremos al
alumno un pequeño espacio de tiempo para que nos hable sobre él, si hay algo que le preocupa, le preguntaremos sobre algo que haya hecho, etc. Es un tiempo dedicado a que él se sienta escuchado, “reconocido”, para
ayudarlo a valorarse.
– Ayudaremos al alumno a centrarse, estableciendo contacto visual, haciendo que mantenga una postura corporal correcta. A menudo facilita la concentración tener
cierto contacto corporal como cogerle las manos (caso
de los niños cinestésicos), para que nos mire, y también
hablarle lentamente y con pausas (niños verbales).
– Estructuraremos la sesión de forma que el alumno
sepa qué hará a lo largo de ella, qué le pediremos en
la sesión, cuáles serán nuestros objetivos. Anticiparemos verbal y/o visualmente lo que se hará a continuación.
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– Podríamos plantear secuencias de trabajo de manera
fija: itinerarios logopédicos, que se irían repitiendo hasta integrarse. Una de las primeras actividades podría ser
el trabajo del “calendario”, ayudarlo a que se sitúe temporalmente (en qué día estamos, qué tiempo hace, etc.).
– Organizaremos las actividades de forma contrastada.
Tras una actividad que exija mucha atención, presentar
otra que sea más creativa, o después de una actividad
de mucha contención, presentar otra que permita una
expresión corporal más global, etc.
– Daremos a cada actividad un tiempo apropiado, no conviene alargarla excesivamente. Para niños pequeños, entre 10-15 min y hasta 20-30 min en los alumnos mayores. Adecuaremos el tiempo de la actividad en función
de la actitud del niño, si se muestra aún motivado o por
el contrario empieza a dar muestras de cansancio.
– Utilizaremos diferentes estímulos: visuales, auditivos,
corporales, que estén organizados, dosificados, adecuados cronológica y madurativamente, y en función del
tipo de imágenes mentales que cree nuestro alumno.
– Presentaremos cada vez un solo material en relación
con el aspecto en el que queremos incidir. Una vez acabada la actividad, se deberá guardar el material utilizado y sustituirlo por otro.
– Estableceremos un sistema de premios que pueden ser
tanto gratificaciones a nivel verbal, visual, corporal o
pequeños objetos.
– Acabaremos la sesión con la recapitulación de lo trabajado y dejaremos un tiempo para que el alumno pueda
hacer esta misma reflexión a nivel mental.
También puede ser positivo que el niño represente este resumen a nivel verbal o gráfico en función de su capacidad.
Estas son algunas de las estrategias que consideramos
importantes a tener en cuenta, y que intentamos tener presentes en nuestro quehacer diario como logopedas.
Nuestra principal conclusión es que, el logopeda puede y
debe controlar muchos de los factores externos, siendo muy
importante su actitud, cómo organizará el espacio y las estrategias que utilizará. También puede incidir, en menor
medida, intentando mejorar determinados factores internos (reposo, sueño, alimentación,...)
Obviamente, la mejora de la atención tanto en los niños
con déficit auditivo como en los casos de trastorno del lenguaje, repercute siempre en unos mejores resultados a nivel
logopédico.
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CONCLUSIONES
La atención es un elemento básico para cualquier tipo de
reeducación del lenguaje.
En la intervención logopédica, a menudo, hay que enseñar cómo estar atento. Por ello en la sesión, la atención debería considerarse un objetivo prioritario.
Correspondencia:
E. Lázaro González
Avda. Meridiana, 351-353, Esc. A, 4.º 3.ª
08027 Barcelona
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