IV.Hacia una nueva conciencia planetaria.

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HACIA UNA NUEVA
CONCIENCIA PLANETARIA
Edgar Morin
El problema ecológico nos concierne no solamente en nuestras relaciones con la
naturaleza, sino también en nuestras relaciones con nosotros mismos.
La ecología, en cuanto disciplina científica surge a finales del siglo XIX con el
biólogo alemán E.H. Haeckel y, en 1935, con el botánico inglés A.G. Tansley apareció
el "ecosistema", noción central que distinguió el objeto de esta disciplina del resto de los
otros campos de la investigación.
En 1969 y en California, se dio la conjunción de la ecología científica y la toma de
conciencia de la degradación del ambiente natural, no solamente locales (lagos, ríos,
ciudades), sino también globales (océanos, planeta), que afectan la alimentación, los
recursos, la salud y el psiquismo de los seres humanos. Se da así el pasaje de la
ciencia ecológica a la conciencia ecológica.
Además la conjunción se da entre la conciencia ecológica y una versión moderna
del sentimiento romántico de la naturaleza que se desarrolló, principalmente entre la
juventud, en el curso de los años 60. Ese sentimiento encontró en el mensaje ecológico
una justificación racional. Hasta ahora, todo retorno a la naturaleza había sido percibido,
en la historia occidental moderna, como irracional, utópico, en contradicción con las
evoluciones "progresivas". De hecho, la aspiración a la naturaleza no expresa
solamente el mito de un pasado natural perdido. Expresa también las necesidades, aquí
y ahora, de seres que se sienten vejados y oprimidos en un mundo artifical y abstracto.
La reivindicación de la naturaleza es una de las más personales y más profundas, que
nace y se desarrolla en los medios urbanos cada vez más tecnificados,
cronometrizados, burocratizados, industrializados. Ha sido necesaria la ciencia y la
conciencia ecológica para que se descubra la racionalidad.
En los años 1969-1972, la conciencia ecológica lanzó una profecía con colores
apocalípticos. Anunció que el crecimiento industrial conduce a un desastre irreversible,
no solamente para el conjunto del medio natural sino también para la humanidad. Es
necesario considerar como histórico el año 1972, el del informe Meadows, pedido por el
Club de Roma, el cual situó el problema en su dimensión planetaria (1).
Si bien es cierto que los métodos de cálculo fueron un tanto simplistas, fue una
primera tentativa para aprehender en conjunto el devenir humano y biológico a escala
planetaria. De igual manera, las primeras cartas geográficas dibujadas en la Edad
Media por los navegantes árabes tuvieron gruesos errores en cuanto a la situación y
dimensión de los continentes, pero constituyeron el primer esfuerzo por concebir el
mundo.
La profecía ecologista de los años 70 se ha auto-destruido parcialmente. La
difusión rapidísima de la conciencia de las poluciones, degradaciones locales o
provinciales ha provocado la puesta en marcha de dispositivos jurídicos y técnicos que
de alguna manera han morigerado o diferido su carácter cataclísmico. Pero una buena
profecía es aquella que suscita las reacciones y las luchas que evitan la catástrofe que
ella predica. No obstante, la profecía catastrófica ha sido simplemente postergada.
Quince años después, diversos accidentes espectaculares tales como los de Saveso y
Chernobyl, lo han verificado, y se ha desencadenado hoy en día un gran alerta sobre la
biosfera.
Sin embargo, con el retroceso se puede ver mejor lo que había de secundario y
de esencial en la toma de conciencia ecológica. Lo que era secundario y que muchos
tomaron como principal fue la alerta energética. Muchos entusiastas de la primera ola
ecologista creyeron que íbamos a dilapidar muy rápidamente los recursos de energía
del globo. Las potencialidades ilimitadas de la energía nuclear y de la energía solar nos
hacen saber que la amenaza está, pero muy lejana. El segundo error fue el de
favorecer el mito de una naturaleza que representa un equilibrio ideal, estático, que era
necesario respetar o restablecer. Ignorábamos que los ecosistemas y la biosfera tienen
una historia llena de rupturas de equilibrios y de reequilibrios, de desorganizaciones y
de reorganizaciones.
Pero entonces ¿qué había de importante en la conciencia ecológica? Se podrían
señalar: 1) la reintegración de nuestro entorno en nuestra conciencia antropológica y
social; 2) la resurrección ecosistémica de la idea de naturaleza; 3) el aporte decisivo de
la biosfera a nuestra conciencia planetaria.
Pero volvamos a la noción de ecosistema. En un medio dado, las instancias
geográficas, físicas, climatológicas y los seres vivos de todo tipo, unicelulares,
bacterias, vegetales, animales, inter-retroactúan unos con otros para generar y
regenerar sin cesar un sistema organizador, o ecosistema, producido por esas
mismas inter-retroacciones. Dicho de otra manera, las relaciones entre los seres
vivos no son solamente de ,devoración, de conflicto, de competitividad, de degradación
y de depredación, sino también de interdependencia, de solidaridades y de
complementariedades. El ecosistema se autoproduce, se autorregula y se autoorganiza, de manera tan significativa cuanto que no dispone de ningún centro de
control, de ninguna cabeza reguladora, de ningún programa genético. Sus procesos de
autorregulación integran la .muerte en la vida, la vida en la muerte.
Vivir de muerte, morir de vida
Este es el ciclo trófico en el cual, efectivamente, la muerte -y la descomposiciónde los grandes depredadores alimenta no solamente a los animales devoradores de
carroña, sino también a una multitud de insectos necrófagos y a las bacterias. A su vez,
estas bacterias fertilizarán los suelos. Las sales minerales derivadas de la
descomposición nutrirán a las plantas a través de las raíces. Estas plantas alimentarán
a los animales herbívoros, los que a su vez alimentarán a los animales carnívoros, etc.
ASÍ,
la vida y la muerte se mantienen una a la otra, según la fórmula de Heráclito: "Vivir
de muerte, morir de vida". Si bien debemos maravillarnos de esta asombrosa organización espontánea,
no
podemos idealizarla por cuanto es la muerte la que regula
los excesos de nacimientos y todas las insuficiencias alimentarias. La madre naturaleza
es al mismo tiempo madrastra.
Uno podría preguntarse si los ecosistemas no son suertes de computadores
salvajes espontáneamente creadores a partir de intercomputaciones entre los seres
vivos que (bacterias, plantas, animales) son todos seres cuya organización y actividad
son indisociables de una organización computante y de una actividad cognitiva. Aun las
plantas tienen estrategias, algunas de luchas de unas contra otras por el espacio o la
luz solar. Así, por ejemplo, los rábanos segregan substancias nocivas para eliminar a
otros vegetales de su vecindad, los árboles se inclinan en el bosque para buscar la luz
del sol, las flores tienen maneras de atraer a los insectos que liban. Permanentemente
se pueden observar fenómenos de intercomputación que, a mi manera de ver,
establecen una entidad computable global.
De la misma manera que el mercado económico es una especie de computador
numérico espontáneo, nacido de miríadas de cálculos y computaciones individuales,
que regula esos cálculos y computaciones, las intercomputaciones entre los seres
vivientes crea una especie de supercomputacion (no numérica) que regula las
interacciones mismas. Es la única manera de comprender porqué son tantas las flores comenzando por
las orquídeas-
que
utilizan estrategias de atracción, de juego y
de seducción con los insectos, de manera que éstos llegan a libar su polen, y de comprender también porqué los insectos van directo a esas flores. Dicho de otra manera,
numerosas complementaridades devendrían inteligibles al concebir el ecosistema como
una especie de ser natural espontáneo con millares de cabezas, de miembros. Se
puede decir lo mismo de la noción de biosfera, ecosistema supremo que contiene y
engloba los ecosistemas
de nuestro planeta. Así, las nociones de ecosistema y de
biosfera introducen su riqueza y su complejidad a la idea romántica de naturaleza.
Hasta muy recientemente todas las ciencias han recortado su objeto del tejido
complejo de los fenómenos. La ecología es la primera que trata del sistema global, con
sus constituyentes físicos, botánicos, sociológicos, microbianos, cada uno de los cuales
ha sido objeto de una disciplina especializada. El conocimiento ecológico necesita una
policompetencia en sus diferentes dominios y, sobre todo, una aprehensión de sus
interacciones y de su naturaleza sistémica. Los sucesos de la ciencia ecológica nos
muestran que, contrariamente al dogma de la hiperespecialización, existe un
conocimiento global, único capaz de articular las competencias especializadas para
comprender las realidades complejas. Además, el diagnóstico de un mal cológico hace
referencia no a una acción destructiva sobre un blanco, sino a una acción reguladora
sobre una interacción.
ASÍ,
se interviene contra un agente patógeno no con el empleo
masivo de pesticidas que, al destruir la especie negativa, también destruye la mayoría
de las otras, sino por la introducción en el ambiente de una especie antagonista de la
especie peligrosa. Esto último va a permitir regular el ecosistema amenazado. Estamos,
pues, en presencia de una ciencia de nuevo tipo que incide sobre un sistema complejo,
que hace referencia, a la vez, sobre las interacciones particulares y al conjunto global,
que resucita el diálogo y la confrontación entre los hombres y la naturaleza, y que
permite intervenciones mutuamente provechosas a unos y otros.
Veamos ahora el aspecto paradigmático del pensamiento ecologizado. Otorgo al
término paradigma el siguiente significado: "La religión lógica entre los conceptos
vertebrales que guían las teorías y todos los discursos dependientes". Así, el gran
paradigma de la cultura occidental desde el siglo 17 al siglo 20, separa el sujeto del
objeto. El primero remite a la filosofía, el segundo a la ciencia. Todo lo que es espíritu y
libertad hace referencia a la filosofía, todo lo que es material y determinista hace
referencia a la ciencia. El mismo paradigma entraña la disyuntiva entre la noción de
autonomía y la de dependencia. La autonomía no tiene ninguna validez en el marco del
determinismo científico y, en el marco filosófico, se rechaza la idea de dependencia.
Ahora bien, el pensamiento ecologizado debe necesariamente romper con esa
obligación y referirse a un paradigma complejo en el cual la autonomía de lo viviente,
concebido como un ser auto-eco-organizador es inseparable de su dependencia.
El organismo de un ser viviente (auto-eco-organizado) trabaja sin detenerse. Por
consiguiente, para automantenerse degrada su energía. Tiene necesidad de renovarla
recurriendo a su medio ambiente del que, por tanto, depende. Así pues, tenemos
necesidad de la dependencia ecológica para poder asegurar nuestra independencia.
Dicho de otra manera, la relación ecológica nos conduce muy rápidamente a una idea
aparentemente paradojal: para ser independiente, es necesario ser dependiente. Y
mientras más-se desee ganar en Independencia, es necesario pagarla en dependencia.
ASÍ,
nuestra autonomía material y espiritual de seres humanos depende no solamente
de alimentos materiales, sino también de alimentos culturales, de un lenguaje, de un
saber, de miles de cosas técnicas y sociales. Mientras nuestra cultura nos permita el
conocimiento de culturas extrañas y de culturas pasadas, nuestro espíritu tendrá más
oportunidades de desarrollar su autonomía.
La auto-eco-organización significa también, más profundamente, que la
organización del mundo exterior está inscrita dentro de nuestra propia organización
viviente. Así, el ritmo cósmico de la rotación de la tierra alrededor de su eje, que
produce la alternancia día-noche, se organiza en el interior de nosotros mismos bajo la
forma de reloj biológico. Este determina nuestro ritmo autónomo, el cual manifiesta su
periodicidad sin ningún estímulo exterior en, por ejemplo, un ser humano que vive sin
reloj en el interior de una cueva. De la misma manera, el ritmo estacional está inscrito
dentro de los organismos vegetales y animales. Ciertas plantas comienzan a secretar la
savia a partir del momento en que los días se hacen más largos, en otras, a partir de la
intensificación de la luz solar. Para la mayoría de los animales, la primavera es la
estación del amor, de la cópula, de la reproducción. Dicho de otra manera, el ritmo
cósmico externo de las estaciones se reeencuentran dentro de los seres vivos, de la
misma manera que hemos tomado del cosmo, para integrarlo a nuestras sociedades, la
organización del tiempo, que es el de nuestro calendario y de nuestras fiestas. Es así
como el mundo está en nosotros y al mismo tiempo, nosotros en el mundo.
No somos islas
Esto indica que debemos abandonar definitivamente la concepción insular del
hombre. No somos extra-vivientes, extra-animales, extra-mamÍferos, extra-primates.
No somos partes despegadas de los primates, nos hemos convertido en super-primates
al desarrollar cualidades que ya estaban diseñadas entre los monos, tales como el
bipedismo, la caza o la utilización de herramientas. No somos partes despegadas de los
mamíferos, somos super-mamíferos, marcados para siempre por nuestra relación
íntima, cálida, intensa, de ser inacabado no solamente al nacer sino hasta la muerte,
con nuestra madre, como así también por nuestra relación entre los hermanos y
hermanas, fuente del amor, del afecto, de la ternura, de la fraternidad humana. Somos
super-mamíferos, super-vertebrados, super-animales, super-vivientes. Esta idea
significa fundamentalmente que la organización biológica, animal, mamífera, etc., no
solamente se encuentra en la naturaleza, en nuestro exterior, sino también en nuestra
propia naturaleza, en nuestro interior.
Como todos los otros seres vivientes, también somos seres físicos. Estamos
constituidos por macro-moléculas complejas que remontan a una época prebiótica de la
tierra. Los átomos de carbono de esas moléculas, indispensables para la vida, se
formaron en el crisol de suelos muy anteriores a los nuestros, al encontrarse con los
núcleos de helio. Todas las partículas unidas al helio datan de los primeros segundos
del Universo. Así, al mismo tiempo que estamos en un mundo físico, ese mundo, en su
organización físico-química está constitutivamente en nosotros. Surge así un principio
fundamental del pensamiento ecologizado: no solamente no se puede desunir a un ser
autónomo (autos) de su habitat cosmo-físico y biológico (oikos), sino que es necesario
pensar que oikos está dentro de autos, sin que éste deje de ser autónomo. En efecto,
somos los hijos del cosmos.
Pero por la evolución, por el desarrollo particular de nuestro cerebro, por el
lenguaje, por la cultura, por la sociedad, nos hemos convertido en extraños, nos hemos
distanciado del cosmos y nos hemos marginalizado.
Para comprender nuestra situación, utilizaría la parábola del matemático G.
Spencer-Brown. Hace poco señalaba: "supongamos que el universo desease tomar
conciencia de sí mismo. ¿Qué haría?. Estaría obligado a separar de sí mismo una
especie de pedúnculo, de tentáculo, que alejaría para poder mirarse desde la distancia.
Pero en el momento en que ese "brazo" se aleje, que la extremidad del mismo vuelva
sobre el universo para mirarlo, deja de ser parte y se convierte en extraño. Cuando
tiene éxito, el universo fracasa en conocerse. Es decir, en el momento en que tiene
éxito en conocerse es ya tarde, pues quien lo conoce, de una cierta manera, se ha
automatizado" (2). Algunos han definido al hombre por separación de y oposición a la
naturaleza. Otros, por la integración a la naturaleza. Ahora bien, debemos definirnos, a
la vez, por inserción mutua y por nuestra distinción en relación con la naturaleza.
Vivimos una situación paradojal.
Hemos llegado en la actualidad al momento histórico en el cual el problema
ecológico nos demanda tomar conciencia, simultáneamente, de nuestra relación
fundamental con el cosmos y de nuestro extrañamiento. Toda la historia de la
humanidad es la historia de la interrupción entre la biosfera y el hombre. El proceso se
ha intensificado con el desarrollo de la agricultura, lo que ha modificado el medio
ecológico. Cada vez más se ha creado una especie de diálogo (relación a la vez
antagonista y complementaria) entre la esfera antroposocial y la naturaleza. El hombre
debe dejar de actuar como un vándalo del suburbio solar y considerarse no ya como el
pastor de la vida sino como el copiloto de la naturaleza. No obstante, se requiere un
doble pilotaje para la conciencia ecológica: uno, profundo, que surge de todas las
fuentes inconscientes de la vida y el hombre, y otro, el de nuestra inteligencia conciente.
La conciencia ecológica se adquiere fácilmente cuando se trata de males como
un Chernobyl, un Seveso, una gran catástrofe. Pero el pensamiento ecologizado no lo
es tanto porque contradice principios enraizados en nosotros desde la escuela primaria,
momento en el que comenzamos a aprender a hacer cortes y desuniones en el
complejo tejido de lo real, a aislar espacios del saber sin poderlos después asociar.
Pues nos han convencido que estamos condenados al encerramiento de cada
disciplina, que ese aislamiento es indispensable, mientras que en la actualidad las
ciencias de la tierra y la ecología muestran que es posible una reunión de disciplinas.
De alguna manera estamos condenados por un paradigma que nos constriñe a una
visión segmentada de las cosas. Estamos habituados a pensar al individuo separado de
su ambiente y de su habitat, a encerrar las cosas en sí mismas.
El método experimental ha contribuido a desecologizar las cosas. Extrae un
cuerpo de su ambiente natural, lo ubica en un ambiente artificial controlado por el
experimentador, somete ese cuerpo a pruebas que determinan sus reacciones en
diversas condiciones. Se ha llegado a creer que la única realidad es la que surge de los
ambientes artificiales (experimentales), mientras que se considera sin interés lo que
sucede en los ambientes naturales al no poder aislar las variables y los factores. El
método experimental ha resultado estéril, cuando no perverso cuando se ha querido
conocer a un animal a través de su comportamiento en el laboratorio y no en su
ambiente natural rodeado de sus congéneres. Ha sido incapaz de llegar a las
conclusiones que se han extraído a partir de la observación de los chimpancés en su
propio ecosistema. Aquí se descubrió que estos animales eran omnívoros, inventivos,
capaces de fabricar herramientas para practicar la caza. Nos hemos dado cuenta que
se trata de seres complejos, muy diversos por su carácter e inteligencia, desarrollan la
evitación sexual entre madre e hijo, cuando siempre se creyó que el tabú del incesto era
una característica del hombre. En otras palabras, la observación de los seres en su ambiente natural ha permitido descubrir su propia naturaleza, mientras que el método del
aislamiento destruye su misma realidad. No es suficiente decir "los seres humanos, los
seres vivientes no son cosas", conviene agregar que las cosas mismas no son cosas,
es decir, objetos cerrados.
Es necesario dejar de ver al hombre como un ser supernatural y abandonar el
proyecto formulado por Descartes, reafirmado posteriormente por Marx, de conquista y
posesión de la naturaleza. Este proyecto ha devenido ridículo a partir del momento en
que nos hemos dado cuenta que el inmenso cosmos, en su infinitud, queda lejos de
nuestro alcance. Ese proyecto se ha vuelto insensato a partir del momento en el cual
nos hemos convencido que ha sido el desarrollo prometeico de la tecnociencia lo que
conduce a la ruina de la biosfera y, por tanto, al suicidio de la humanidad. La
divinización del hombre en el mundo debe cesar. Ciertamente, ha sido necesario
valorizar al hombre, pero hoy día sabemos que no lo podemos hacer sino valorizando a)
mismo tiempo la vida. El respeto profundo del hombre pasa por el respeto profundo de
la vida (3) . La religión del hombre insular es una religión inhumana. La presión de la
complejidad de los acontecimientos, la urgencia y la amplitud del problema ecológico
nos impulsan a cambiar nuestros pensamientos, pero igualmente tenemos necesidad
de un empuje interior conducente a modificar las bases mismas de nuestro pensamiento.
El aspecto metanacional y planetario del problema ecológico es evidente desde
los años 1969-1972. La amenaza ecológica ignora las fronteras. La polución química
del Rin involucra a Suiza, Francia, Alemania, Holanda y los estados ribereños del mar
del Norte. Hemos visto lo que ha significado la nube de Chernobyl. No solamente no
respetó los estados nacionales, la división entre Europa del este y del oeste, sino
también que desbordó al mismo continente europeo. El problema de Chernobyl se
suma así al aumento de gas carbónico en la atmósfera y del agujero de ozono sobre la
Antártida. Los problemas fundamentales son planetarios de la misma manera que lo
son los que planean sobre la humanidad. Es en estos términos que debemos pensar
con relación a los males que nos amenazan, pero también con relación a los tesoros
ecológicos, biológicos y culturales que es necesario resguardar. La selva amazónica es
un tesoro biológico de la humanidad que hay que salvaguardar, al igual que, en otro
terreno, debe hacerse con las diversidades animales y vegetales, así como con las
culturales -producto de experiencias multimilenarias- que, lo sabemos bien hoy en día,
son inseparables de las diversidades ecológicas. Mucho más rápidamente y más
intensamente que todas las otras tomas de conciencia contemporáneas, las de conciencia ecológica nos obliga a no abstraer nada del horizonte global, á pensar todo en
perspectiva planetaria.
De la misma manera nos vemos impelidos a replantear el problema del
desarrollo rechazando la noción -grosera y bárbara, que ha reinado largo tiempo- según
la cual las tasas de crecimiento industrial significaban el desarrollo económico, y el
desarrollo económico significaba el desarrollo humano, moral, mental, cultural, etc.
Mientras que en nuestras civilizaciones, llamadas desarrolladas «existe un gran
subdesarrollo cultural, mental, moral y humano. Se ha querido imponer este modelo a
los países del tercer mundo. La palabra desarrollo debe ser repensada y complejizada.
Henos aquí en el momento en el cual el problema ecológico se une al problema del
desarrollo de las sociedades y de toda la humanidad.
La humanidad está en la biosfera, de la que forma parte; la biosfera está en torno
al planeta tierra, de la cual ella forma parte. En el curso de años recientes, James
Lovelock ha propuesto la llamada hipótesis Gafa: la tierra y la biosfera constituyen un
conjunto regulador que lucha y resiste contra los excesos que tienden a degradarla (4).
Esta idea puede ser considerada la versión eufórica del ecologismo en contraposición a
la versión pesimista del Club de Roma. Así, por ejemplo, Lovelock piensa que Gaia
dispone de regulaciones naturales contra el crecimiento del óxido de carbono en la
atmósfera, y encontrará en sí misma los medios naturales para luchar contra los
agujeros de ozono que se forman en los polos. Sin embargo, ningún sistema, aun el
mejor regulado, es inmortal; y un organismo, aun autoreparador y autoregenerador,
muere si un veneno vulnera su punto débil. Es el problema del talón de Aquiles. Así la
biosfera, ser viviente, aunque no sea tan frágil como uno podría haber pensado, puede
ser golpeada mortalmente por la acción humana.
Salvar la tierra-patria
La idea Gafa repersonaliza a la Tierra en el momento que, desde hace veinte
años, es todo el planeta Tierra en sus profundidades y en su existencia física el que ha
entrado en la era de las ciencias sistémicas. Las ciencias de la Tierra se unieron a partir
de los años 60. Estas ciencias múltiples (climatología, meteorología, vulcanología,
sismología, geología, etc.) no se comunicaban las unas con las otras. Ahora bien, las
exploraciones sobre la tectónica de las placas submarinas han revivido la idea de la
deriva de los continentes planteada por Wegener al comenzar el siglo XX, y han
revelado que el conjunto de la Tierra constituye un sistema complejo animado por
movimientos y transformaciones múltiples. De allí que pueda concebirse a la Tierra
como un ser viviente, no en el sentido biológico, con un ADN, un ARN (5), etc., sino en
el sentido auto-organizador y auto-regulador de un ser que tiene su historia, es decir,
que se forma y se transforma, aunque conservando su identidad.
Así, existe un sistema organizado llamado Tierra, existe una biosfera con su
autorregulación y su auto-organización. Podemos asociar la Tierra física con la Tierra
biológica y considerar, en su misma complejidad, la unidad de nuestro planeta. Ahora
bien, esta unidad se ha reconstituido a escala humana desde el descubrimiento de
América. Cristóbal Colón hizo entrar a la humanidad en la era planetaria. Desde esta
época, la humanidad, dispersada a lo largo de 60.000 años de evolución, se encontró
en intercomunicación cada vez mes estrecha. Pero, al mismo tiempo que nuevas
solidaridades, se multiplicaron los antagonismos y las servidumbres. En este sentido,
todavía estamos en la edad del hierro de la era planetaria. Para bien o para mal, todo lo
que sucede en el globo tiene un alcance planetario. Cada vez más, todo acontecer local
está en interretroacción dentro y con el contexto global.
En las décadas de los 60 y 70 se vio, a la vez, el surgimiento de la ciencia y la
conciencia ecológicas y la de las ciencias de la Tierra, la conciencia de la itine-errancia
humana. Los descubrimientos astrofísicos nos develan un cosmos inusitado, en el cual
la Vía Láctea no es más que una pequeña galaxia suburbana, en el cual la Tierra no es
más que un micrón perdido. La historia humana sobre el planeta Tierra ya no está
teleguiada por Dios, la Ciencia, la Razón, las Leyes de la Historia. Todo esto nos ha
hecho reencontrar el sentido del término griego "planeta": astro errante.
Sin embargo, sabemos que ese pequeño planeta perdido es más que un habitat.
Es nuestro hogar, nuestra matriz, más aún, es nuestra Tierra-patria. Hemos aprendido
que desapareceremos como el humo entre los soles e hielos de los espacios siderales.
Ciertamente, podremos partir, viajar, colonizar otros mundos. Pero es aquí donde están
nuestras plantas, nuestros animales, nuestros muertos, nuestras vidas. Nos hace falta
conservarla, salvarla.
Es en estas condiciones que pueden operarse en nosotros las convergencias de
verdades procedentes de diferentes horizontes, unos de las ciencias, otros de las
humanidades, otros de la fe, otros de la ética, otros de nuestra conciencia de vivir la
edad de hierro planetaria.
En lo sucesivo es sobre esta Tierra perdida en el cosmos astrofísico, esta Tierra
"sistema viviente" de las ciencias de la tierra, esta biosfera Gaía, en la que puede
concretizarse la idea humanista de la "época de las luces" que reconoce la misma
cualidad a todos los hombres. Esta idea se puede unir al sentimiento de la naturaleza
de la época romántica que encontraba una relación umbilical y nutricia! con la MadreTierra. Al mismo tiempo podemos hacer converger la conmiseración budista por todo lo
viviente, el fraternalismo cristiano y el fraternalismo internacionalista -heredero laico y
socialista del cristianismo- en la nueva conciencia planetaria de solidaridad que debe
unir a los humanos entre ellos y con la naturaleza terrestre.
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