El Estado, las mujeres y la lucha por la ciudadanía en América Latina
Notas para entender la exclusión y la desigualdad de género
El presente documento ha sido elaborado a solicitud de CARE a fin de comprender mejor
las causas de la inequidad de género en América Latina, desde la perspectiva del
movimiento de mujeres. Se propone mostrar las tendencias generales en la región y los
cambios observados en el tiempo desde una lectura crítica y en clave feminista.
El documento esta dividido en cuatro capítulos. El primer capítulo aborda de manera
general las características del Estado en la región en una perspectiva histórica, hasta el
presente y el tipo de contradicciones en que se encuentra atrapada la democracia y los
ciudadanos de América Latina. El segundo capítulo explica la exclusión de las mujeres
desde un enfoque de ciudadanía para restablecer el nexo entre la historia de los grupos
sociales y la historia política-institucional, a fin de entender el grado de evolución de los
regímenes a la luz de su capacidad para transformar las condiciones de vida de los más
desfavorecidos y en particular, de las mujeres. El tercer capítulo analiza los resultados
actuales de las relaciones de poder históricamente establecidas y la necesidad de
refundar la política y el Estado a partir de una nueva racionalidad basada en la
democracia y la justicia paritaria. El cuarto capítulo analiza el comportamiento de la
cooperación en la región y sus estrategias de intervención en relación a las mujeres y
plantea a CARE una serie de sugerencias y la posibilidad de variar sus enfoques a fin de
incidir de manera más estratégica en la lucha contra la pobreza y la desigualdad.
Sofía Montenegro
Managua, agosto 2008
1
Contenido
Un preámbulo necesario
3
I.
Crisis máxima y propuesta minimista
1.1 El binomio pobreza-desarrollo
1.2. Del Estado nacional-desarrollista al Estado neoliberal
1.2.1. Una democracia sin desarrollo
1.3. La dimensión cultural y política del problema
1.3.1. La matriz cultural premoderna
1.3.2. Modernidad formal vs premodernidad cultural
1.3.3. Racionalidad instrumental vs racionalidad sustantiva
1.4. Mercado vs Democracia: cuatro contradicciones
1.4.1. El vaciamiento de la política y la ciudadanía
3
5
5
7
8
9
10
12
12
15
II.
Ciudadanía y mujeres: excluidas por principio
2.1. La ciudadanía de las mujeres en América Latina
2.2. Las reformas políticas
2.3. Mercado de trabajo y “contrato sexual”
2.3.1. Maternidad y organización familiar
2.4. Efectos de una economía ciega al género
17
18
21
26
28
31
III.
Apostar por la racionalidad sustantiva: democracia y justicia
paritaria
3.1. Estado de Derecho vs. Señorío de hacienda
3.2. Ciudadanía plena vs. ciudadanía maternalista
3.3. Refundar la política y el Estado
3.4. Por una nueva transición democrática
33
34
36
37
40
CARE: intereses prácticos e intereses estratégicos de las
Mujeres
42
Bibliografía
48
IV.
2
Un preámbulo necesario
El Informe del 2007 de Naciones Unidas sobre el progreso hacia los Objetivos de
Desarrollo del Milenio (ODM) señala que se han dado avances significativos en el camino
hacia el objetivo fijado de reducir a la mitad la pobreza extrema, destacando que la
proporción de personas en el mundo que viven con el equivalente de un dólar al día ha
bajado de 32 por ciento (1,250 millones en 1990) a 19 por ciento (980 millones en 2004).
Naciones Unidas afirma que ha habido un “claro progreso” en los compromisos globales
para sacar a millones de personas de la pobreza, pero también reconoce que su éxito
total “sigue todavía en la incertidumbre”, pese a que ya se ha recorrido la mitad del
camino hacia el plazo límite del año 2015.
En el caso de América Latina, las estimaciones de la CEPAL para el 2006 indicaban que
en ese año un 36,5% de la población de la región se encontraba en situación de pobreza.
Por su parte, la extrema pobreza o indigencia abarcaba a un 13,4% de la población. Así,
el total de pobres alcanzaba los 194 millones de personas, de las cuales 71 millones eran
indigentes. Con respecto a 2005, el porcentaje de población pobre disminuyó 3,3 puntos
porcentuales, mientras que la tasa de indigencia descendió 2,0 puntos porcentuales. De
acuerdo con estas estimaciones, en el último año habrían salido de la pobreza 15 millones
de personas y 10 millones habrían dejado de ser indigentes.1 La región, dice la CEPAL,
parece encontrarse bien encaminada en su compromiso de disminuir a la mitad en el año
2015 la pobreza extrema vigente en 1990.
Sin embargo, estos magros avances bien podrían ser efímeros de cara al actual
incremento desmesurado de los precios del petróleo a nivel mundial que conlleva a una
crisis alimentaria generalizada que según advierte el Banco Mundial requiere de medidas
urgentes y un plan de choque para reforzar la agricultura en los 40 países en riesgo de
desestabilización por el alza de precios2. Esta crisis, según el Banco Mundial, generará
100 millones de nuevos pobres de un sólo plumazo, mientras que un informe de la
FA0/OCDE advierte que los precios de los alimentos se mantendrán muy altos en la
próxima década, entre un 20 y un 80% más caros que en el periodo 1998-2007 y serán
los habitantes de los países menos desarrollados quienes pagarán la factura3. Con ello,
se estarán desplomando las metas y plazos de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.
I.
Crisis máxima y propuesta “minimista”
Poniendo a un lado la crisis energética, alimentaria y ambiental y el preocupante
panorama enunciado anteriormente, cuando se leen estos informes sobre la lucha contra
la pobreza y las señales de su avance (incremento del porcentaje de niños inscritos en
educación primaria, descenso de la mortalidad infantil, acceso a servicios de
saneamientos básicos, etc.) uno no puede menos que concordar con Sonia Álvarez
cuando afirma que estamos ante una “semántica minimista”, un sistema discursivo que no
sólo reproduce la desigualdad sino que la polariza y estratifica aún más. Se trataría de
una nueva utopía: “aquella que promueve una sociedad donde el creciente número de
1
CEPAL. Panorama Social de América Latina 2007. Santiago de Chile.
Declaraciones de Robert Zoellick, Presidente del Banco Mundial. “El Banco Mundial lanza un plan de choque
de 770 millones”. El País, España, 30/05/2008.
3 “La ONU prevé 10 años de alimentos caros”. El País, España, 30/05/2008
2
3
pobres y excluidos deben tender sólo a mínimos”, en tanto se apunta a cubrir sólo
necesidades básicas, mínimos biológicos y umbrales de ciudadanía.4
Para esta autora estas representaciones sobre las posibilidades de desarrollo de las
personas tanto desde el punto de vista social y material como en su condición de
ciudadanos, constituyen una suerte de nuevo “humanitarismo”, entendido como una
posición ideológica que si bien deplora y lamenta la pobreza, y más aún la indigencia o la
miseria, buscando por ello aliviar el sufrimiento que estas provocan “nunca se cuestiona la
justicia del sistema de desigualdad en su conjunto” ni los mecanismos que las provocan.
Concordamos con Álvarez en que la propuesta minimista en general plantea la
inevitabilidad de la desigualdad en la distribución de la riqueza y responde en forma
pesimista a la posibilidad de resolver el problema de una manera que favorezca el
aumento del bienestar, por cuanto “desmerecen las luchas sociales y la dialéctica entre
los intereses del capital y el trabajo, junto al debilitamiento de la política como ámbito para
disminuir las desigualdades sociales. Proponen desvincular la protección social de los
derechos, llevando la satisfacción de las necesidades a un piso mínimo para los pobres”.
En esta línea, la antropología de la Modernidad apunta que la pobreza a escala global fue
descubierta en el período de la post guerra. Antes de 1940 las concepciones y
tratamientos de la pobreza eran diferentes. La pobreza masiva en el sentido moderno
apareció solamente cuando la expansión de la economía de mercado quebró los lazos de
la comunidad y privó a millones de personas del acceso a la tierra, el agua y otros
recursos. Con la consolidación del capitalismo, la pauperización sistemática era inevitable.
La ruptura que ocurrió en las concepciones y el manejo de la pobreza se dio con el
establecimiento de la asistencia ofrecida por instituciones impersonales. La filantropía
ocupó un importante lugar en esta transición: la transformación de los pobres en
“asistidos” tuvo profundas consecuencias, pues significó no sólo la ruptura de relaciones
vernáculas sino también la ubicación de nuevos mecanismos de control. Los pobres
aparecían cada vez más como un problema social que requería nuevas formas de
intervención en la sociedad. Según los antropólogos, es de esta manera, en relación a la
pobreza, que las formas modernas de pensamiento acerca del significado de la vida, la
economía, los derechos y el manejo social tomaron lugar.
La segunda ruptura fue la globalización de la pobreza, comprendida por la construcción
de dos tercios del mundo como pobre después de 1945. Al respecto Arturo Escobar
(1996) señala que si dentro de las sociedades de mercado los pobres fueron definidos
como privados de lo que tenían los ricos en términos de dinero y posesiones materiales,
los países pobres fueron similarmente definidos en relación a los estándares de riqueza
de las naciones más aventajadas. Esta concepción económica encontró su medida ideal
en el ingreso anual per cápita. “La percepción de la pobreza a escala global fue nada más
que el resultado de una operación de comparación estadística, la primera de la cual fue
realizada en 1940. Casi por arte de magia, dos tercios de los pueblos del mundo se
transformaron en sujetos pobres en 1948 cuando el Banco Mundial definió como pobres
4
Álvarez Leguizamón., Sonia. Los discursos minimistas sobre las necesidades básicas y los umbrales de
ciudadanía como reproductores de la pobreza. En publicación: Trabajo y producción de la pobreza en
Latinoamérica y el Caribe: estructuras, discursos y actores. Sonia Álvarez Leguizamón CLACSO, Consejo
Latinoamericano de Ciencias Sociales, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. Acceso al texto
completo: http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/crop/Trabprod.pdf
4
aquellos países con un ingreso anual per cápita debajo de los cien dólares. Y si el
problema era uno de ingreso insuficiente, la solución claramente era el crecimiento
económico”.5
1.1 El binomio pobreza/desarrollo
De esta manera, la pobreza se volvió un concepto organizador y el objeto de una nueva
problematización, que le dio vida a nuevos discursos y prácticas que conformaron la
realidad a la que se referían: dado que el rasgo esencial del Tercer Mundo era su
pobreza, la solución era el crecimiento económico y el desarrollo. Ambas cosas se
volvieron verdades evidentes, necesarias y universales, con lo cual se preparó el terreno
para la institución del desarrollo como una estrategia para rehacer el mundo colonial.
Escobar apunta que el discurso de la economía del desarrollo dio sucesivas promesas de
afluencia al Tercer Mundo a través de la intervención activa en la economía en 1950 y
1960, planificando la era del desarrollo, estabilización y políticas de ajuste en los 80 y el
anti-intervencionismo estatal del “desarrollo amigable al mercado” en los 90.
El autor impugna tal noción del desarrollo por mecanicista y fragmentaria, porque se basa
en la presunción teórica que el desarrollo es en efecto inducido por ciertas innovaciones
tecnológicas y por ciertos mecanismos que aceleran la ecuación ahorro/inversión.
Sostiene que es compartimentada porque está construida sobre una visión de la vida
social como la suma aritmética de compartimientos (económicos, políticos, culturales,
éticos) que pueden ser aislados a voluntad y ser tratados en consecuencia.
Escobar señala que al construirse la economía subdesarrollada caracterizándola como un
círculo vicioso de baja productividad, falta de capital e industrialización inadecuada, los
economistas del desarrollo contribuyeron a una visión de la realidad en la cual las únicas
cosas que contaban eran los ahorros incrementados, los promedios de crecimiento, atraer
capitales extranjeros, desarrollar capacidad industrial, etc. Esto excluye la posibilidad de
articular una visión de cambio social como un proyecto que podía ser concebido no sólo
en términos económicos sino como todo un proyecto de vida, en el cual los aspectos
materiales no serían la meta y el límite sino un espacio de posibilidades para propósitos
más amplios individuales y colectivos, culturalmente definidos.
1.2. Del Estado nacional-desarrollista al Estado neoliberal
A fines del siglo XX tras la caída del socialismo y la crítica al Estado benefactor, se
consolidó el paradigma neoliberal de desarrollo centrado en el mercado, sintetizado por el
Consenso de Washington y auspiciado por los organismos multilaterales. Para el caso de
América Latina ello representó una serie de reformas y medidas que tenían que
implementar los gobiernos de la región para retomar la senda del desarrollo, ante el
agotamiento del modelo de sustitución de importaciones y las críticas al Estado
intervencionista. Este Estado (“nacional-desarrollista”) había surgido como una respuesta
a la crisis de los años 30, que derrumbó los mercados internacionales de exportación de
productos primarios que habían sido la base de las economías de los países de la región
5
Ver: Escobar,Arturo. Encountering Development. The Making and Unmaking of the Third World. (New
Jersey: Princenton University Press, 1996).
5
desde la época colonial.6 Fue sometido en una primera fase a una operación “quirúrgica”
según la expresión de Oscar Oszlak, con el objetivo de desregular y reducir el gasto, el
tamaño y la intervención del Estado en la economía. Por otro lado, para abrir las
economías al comercio, liberalizar los sistemas financieros y privatizar empresas estatales
con el propósito de acelerar el crecimiento económico.
A mediados de los 90 sin embargo, se constató el bajo desempeño del aparato productivo
en la región a raíz del nuevo paradigma, lo que provocó que se comenzara a plantear la
necesidad de reconstruir el Estado y reformular su inserción en la sociedad, para
fortalecer la economía de mercado. Es así como el Banco Mundial en su informe de 1997
titulado “El Estado en un mundo en transformación”, planteó la reforma del Estado como
un tema clave en la nueva agenda del desarrollo, que dio lugar a una segunda reforma
para reforzar la capacidad estatal y las instituciones y que corresponderían, según el símil
de Oszlak a una etapa de “rehabilitación” post-operatoria. Ambas fases reformistas y su
contenido se pueden apreciar en el cuadro siguiente.
Consenso de Washington y Consenso de Washington ampliado
Consenso de Washington
ampliado
-Disciplina fiscal
-Reorientación de los gastos del Estado
-Reforma tributaria
-Tipo de cambio unificado y libre
-Liberalización del mercado financiero
financieros
-Apertura a la inversión extranjera directa (IED)
-Privatizaciones
-Desregulación
-Fortalecimiento del derecho de propiedad
Consenso
de
Washington
-Gobernanza corporativa
-Lucha contra la corrupción
-Flexibilización del mercado
laboral
-Acuerdos OMC
-Mantenimiento de estándares
-Apertura “prudente” al capital
-No intervención en el régimen
cambiario
-Banco Central
independiente/objetivos
inflacionarios
- Políticas focalizadas de
reducción de la pobreza
Fuente: D. Rodrik (2006), citado por Zurbriggen (2007)
Como sea, estas reformas provocaron dramáticos cambios en la importancia relativa del
Estado, cuya esfera se vio disminuida con las primeras reformas, mientras las segundas,
orientadas a mejorar la eficacia y la eficiencia, no dieron los resultados esperados: la
dispersión, la descoordinación, la ausencia de control y la falta de evaluación de la gestión
pública impactaron negativamente en la calidad de las políticas públicas.
6
Jarquín, Edmundo y Echebarría, Koldo. El papel del Estado y la política en el desarrollo de América Latina
(1950-2005). En: La política importa: democracia y desarrollo en América Latina. Mark Payne, (et al) BID,
Washington, 2006.
6
Es por ello que al realizar un balance de los 10 años transcurridos desde la publicación
del informe del BM,Cristina Zurbriggen7 sostiene que el Banco Mundial cayó en una
“falacia tecnocrática” al proponer una reforma centrada en los aspectos administrativos y
gerenciales, orientada solo a lograr mayor eficiencia, sin tener en cuenta la dimensión
política, los procesos históricos y las características particulares de cada país. Los
resultados, dice, fueron pobres, puesto que las reformas no integraron un todo coherente
de políticas que permitiera generar las condiciones mínimas para articular crecimiento
económico con equidad social y estabilidad política. La autora señala que de hecho en
2005 el ingreso promedio de la población latinoamericana se ubicaba más lejos del de los
habitantes de los países industrializados y de otras economías emergentes que en 1990,
al inicio de las reformas neoliberales y que la situación social en América Latina también
estaba lejos de los objetivos planteados.8
Zurbriggen se pregunta ¿por qué no se concretó una reforma profunda del Estado,
necesaria para retomar las sendas del desarrollo? Y se responde con la siguiente
hipótesis: “las recomendaciones de reformas no pusieron el énfasis en la dimensión
política, es decir, en las reglas del juego del régimen político vigente, ni tampoco en la
debilidad del marco político-institucional democrático, que limitó el proceso de
transformación y no contribuyó a generar reformas consistentes, coherentes y articuladas
en el largo plazo”.9
1.2.1. Una democracia sin desarrollo
De forma paralela a las reformas económicas, la región inició en 1978 el periodo de
transición a la democracia, que supuso, en términos generales, una redistribución del
poder político, progresos significativos en términos de derechos civiles y políticos, pero
con graves debilidades y carencias institucionales, por medio del cual persiste el “déficit
democrático” y al cual se debe la inestabilidad política, la precariedad de los gobiernos
electos, el recurso del populismo, la sobrevivencia de viejas estructuras políticas y redes
clientelares, así como las asonadas populares. A la inadecuada relación entre el Estado
y los ciudadanos puede atribuirse la crónica inestabilidad política y las redistribuciones
radicales del poder y de las reglas del juego, que han afectado tanto el desarrollo
económico como a la democracia en las últimas décadas.
Así las cosas, y pese a lo desalentadores que resultan los datos sobre la pobreza en
nuestra región y el mundo, un dato importante es que de acuerdo con Naciones Unidas,
hoy el mundo tiene los recursos para erradicar la pobreza, sosteniendo que la pobreza
extrema puede ser eliminada en el globo. Al respecto, un reciente trabajo (Cimadamore
2005) se pregunta entonces, ¿Por qué es que el problema económico, social y ético más
urgente de la humanidad no puede ser resuelto a pesar del hecho de que hay recursos
suficientes para hacerlo? A fin de responder a tal pregunta, los autores plantean que hay
que comenzar a hacerse preguntas (de nuevo) sobre el Estado y su rol en la lucha contra
la pobreza, puesto que la erradicación de la pobreza requiere acciones decisivas que la
mayoría de los gobiernos aparentemente no están preparados a tomar, pese al hecho que
el Estado todavía tiene la responsabilidad y los principales instrumentos para definir
estrategias contra la pobreza en el mundo contemporáneo.
Zubriggen, Cristina. La “falacia tecnocrática” y la reforma del Estado. A 10 años del Informe del
Banco Mundial. Nueva Sociedad No.210, julio-agosto, 2007
8 Op. Cit. Pág. 162-163
9 Ibidem.
7
7
Señalan que la tarea social y política es enorme, puesto que en casos como el de los
países latinoamericanos, el Estado tiene que encarar no sólo el enorme déficit acumulado
(la “vieja” pobreza), sino también la “nueva pobreza” creada por el experimento neoliberal,
la reestructuración y el ajuste de las economías nacionales. De todas maneras, afirman, la
tarea es imperativa y factible porque los recursos para enfrentar la pobreza y sus
consecuencias, están disponibles, existiendo además un considerable consenso dentro
de los estudios de pobreza, de que el Estado es central para reducirla y para crear
mejores condiciones para la inclusión social y la equidad.10
1.3. La dimensión cultural y política del problema
Esta vuelta al Estado desde nuestro punto de vista, efectivamente resulta imprescindible,
pero hace falta pensarla desde una perspectiva de su refundación y de un cambio en la
matriz cultural y en la cultura política, que den posibilidades efectivas para transformar la
situación y darle sostenibilidad a la democracia y la equidad, en tanto el Estado no sólo es
la representación jurídica de la nación o un conjunto de estructuras administrativas, sino,
fundamentalmente, su máxima representación política.
El Estado es un modo histórico de organizar la actividad política que se caracteriza por
una fuerte tendencia a la institucionalización, es decir, a una serie de conductas que se
ajustan a unas pautas o reglas permanentes, que definen qué posiciones ocupa cada uno
de los actores en sus relaciones recíprocas, cómo se accede a dichas posiciones, qué
recursos y actividades están disponibles y cuáles no. La cultura política hace referencia a
las actitudes que son compartidas por los miembros de una comunidad política. Por ello,
para nuestro análisis del Estado partimos de la premisa que la historia está condicionada
por relaciones, prácticas y procesos sociales estructurados y asumimos que son los
actores sociales quienes constituyen y reproducen esas estructuras , de ahí que sea
preciso comprenderlos para poder propiciar alternativas para el cambio.
De acuerdo con diversos estudiosos latinoamericanos, la formación del Estado nacional
visto en términos históricos, es un fenómeno institucional nuevo. En la mayor parte de la
región, tiene alrededor de un siglo y medio de existencia. De apenas 36 Estados creados
en el siglo XIX, una gran mayoría correspondió a América Latina. Aún así, las fechas de
declaración formal de independencia de una nación no siempre implica la simultánea
creación de Estados Nacionales y en el caso de América Latina, tal experiencia es muy
diversa, aunque con rasgos comunes (Oszlak, 2007). En el caso de nuestra región,
surgieron en sociedades aún coloniales, que todavía no habían construido las
instituciones básicas que conforman una sociedad nacional (relaciones de producción,
sentimientos de nacionalidad, estructura de clases cristalizadas, bases jurídicas, circuitos
comerciales).11
10
Cimadamore, Alberto; Dean, Hartley; Siqueira, Jorge. Introduction. En publicación: The poverty of the state.
Reconsidering the role of the state in the struggle against global poverty. Cimadamore, Alberto; Dean, Hartley;
Siqueira, Jorge. CLACSO, Buenos Aires, Argentina. Acceso al texto completo:
http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/crop/poverty/poverty.pdf
11
Los líderes de la Independencia portadores de la ruptura del Estado colonial no asumieron la dirección de
las nuevas repúblicas, sino que al final fueron las oligarquías conservadoras quienes la asumieron. Estas lo
que hicieron fue remozar los Estados coloniales por lo que en realidad, no se fundaron verdaderos Estados
nacionales.
8
Los Estados latinoamericanos nacieron con una naturaleza oligárquica, donde la agenda
que privaba hasta fines del siglo XIX, era una de “orden y progreso”, que reflejaban los
problemas de organización nacional y de promoción del crecimiento económico, donde el
carácter represivo del “orden” alentó a su vez el surgimiento de movimientos obreros y
campesinos, rebeliones, huelgas y partidos. El surgimiento de nuevos partidos en las
primeras décadas del siglo XX (socialistas, comunistas, democracia cristiana),
completarían poco a poco, el andamiaje institucional de la democracia representativa y la
construcción de una escena pública. De acuerdo con Oszlak, sin embargo, no fueron
pocos los casos en que se entronizaron regímenes patrimonialistas cuya subsistencia se
extendió durante la mayor parte del siglo pasado, mientras que por otro lado, la temprana
irrupción de los ejércitos en la política interrumpió la continuidad democrática.12
De acuerdo con los datos proporcionados por este autor, desde 1902 y hasta comienzos
del siglo XXI, el total de pronunciamientos militares documentados en 27 países de
América Latina y el Caribe, suman 327 golpes de Estado, contando los que se
estabilizaron como dictaduras por meses o años y aquellos que duraron pocos días.
“En siete países las sociedades pasaron varias décadas del siglo XX bajo regímenes
militares (Venezuela, Paraguay, Guatemala, Nicaragua, Brasil, Argentina y Bolivia). Los
únicos casos en que los ejércitos fueron derrotados y sustituidos por milicias
revolucionarias u otras formas irregulares de organización militar son los de México
(1910), Bolivia (1952), Cuba (1958) y Nicaragua (1979). Algunos países, como Paraguay,
Guatemala o Haití, sólo conocieron en los últimos 15 años del siglo XX –o redescubrieron
después de décadas- el voto y la libertad de expresión. Los países donde las democracias
han durado más en este siglo son Chile, Uruguay, Colombia, Venezuela (segunda mitad)
y Costa Rica, suponiendo que México pueda ser exceptuado de la lista por la llamada
“dictadura” del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que desde 1930 hasta 1946 no
permitió que un solo civil ocupara la silla presidencial. En casi 30% de los casos los
golpes resultaron de la intervención directa de tropas de Estados Unidos. Si solo
registramos el Caribe, Centroamérica y Panamá, la proporción se acercaría a 70%.”
(Oszlak, 2007:49)
1.3.1. La matriz cultural premoderna
Estos resultados son la consecuencia de la matriz cultural premoderna existente en la
región, pues si bien la Independencia cambió el régimen político, no cambió a las
sociedades, que se mantuvieron instaladas en la herencia medieval del absolutismo, la
economía señorial y servil y el predominio del dogma religioso. Para algunos autores, el
fracaso de América Latina como una región que no entró en la Modernidad, tiene que ver
con la fulminante condena que contra ella pronunció reiteradamente la iglesia católica,
una de las instituciones que más contribuyó a conformar la cultura latinoamericana.
En América Latina, el reconocimiento del Estado laico tiene una historia muy reciente, con
pocas excepciones, como México y Uruguay. Todas las constituciones latinoamericanas
reconocen la libertad de cultos, sin embargo, varias de ellas establecen un estatus
privilegiado para la Iglesia Católica. Dentro del conjunto, las Constituciones que
mantienen preceptos que subrayan el laicismo y la separación entre el Estado y la Iglesia
son las de México, Nicaragua, Cuba y Uruguay. Las demás Constituciones, expresan una
variedad de relaciones con el clero que van desde el reconocimiento del privilegio de la
12
Oslak, Oscar. “El Estado democrático en América Latina”. Nueva Sociedad 210, julio-agosto, 2007.
9
Iglesia Católica y su sustento (Bolivia); hasta el establecimiento de relaciones orgánicas
(Argentina y Costa Rica); la invocación a Dios en el preámbulo (Guatemala, El Salvador,
Perú, Panamá, Paraguay, Costa Rica, Colombia, Ecuador, Honduras, Brasil, Argentina y
Venezuela); un trato preferencial en el reconocimiento de su personería jurídica
(Guatemala y El Salvador); la mención de su importancia en la formación histórica y
cultural de la nación (Paraguay y Perú); y el apoyo a las vicarías castrenses (Ecuador y
República Dominicana).13
Al respecto, Javier Rey Morató (2007) señala que una institución tan poderosa que forma
a las personas en esa matriz cultural premoderna, que mantiene hasta hoy grupos
hostiles al Estado laico, que cuestionan la legitimidad de los parlamentos democráticos
para legislar sobre el matrimonio, la eutanasia o el aborto, no ayuda a que se consolide
una sociedad abierta: “¿Es casual, entonces, que aquellos países formados en
enunciados tan irresponsables como autoritarios no hayan ingresado en la modernidad?
¿Es casual que se debatan entre dictaduras y torpes remedos de democracia,
pronunciamientos y nuevas constituciones, sin alcanzar nunca la orilla de una democracia
creíble y de una economía saneada?”, pregunta.
El hecho constatado es que en América Latina coexisten dos realidades incongruentes: la
modernidad formal del Estado expresada en las Constituciones, y la cultura religiosa y
política premoderna dominante en la región, siendo el poder discursivo e influencia
cultural de la iglesia en la estructuración de las visiones sociales, el que ha condicionado
tanto el desarrollo del Estado como la conducta política. De esta incongruencia es la que
surgiría el “nominalismo” latinoamericano (Uslar Pietri): creer que el nombre de la cosa es
la cosa y que proclamar la República, es la República.
1.3.2. Modernidad formal vs premodernidad cultural
Andrés Pérez-Baltodano de su parte advierte que los estudios del Estado y el desarrollo
político latinoamericano han hecho caso omiso de esta contradicción entre modernidad
formal del Estado y premodernidad cultural, asumiendo que el desarrollo en la región
ocurre dentro de un espacio secular separado del espacio de lo sagrado, divino, religioso
o sobrenatural. Señala que cuando prestan atención a la dimensión religiosa de la
sociedad, lo hacen desde una perspectiva formal-institucional y que la misma tendencia
muestran los estudios estadísticos y las encuestas sobre cultura latinoamericana, que no
toman en cuenta los valores religiosos.
Alega que esta omisión de la cultura religiosa en los estudios del Estado, la democracia y
la cultura política latinoamericana es indefendible, puesto que no es necesario creer en la
existencia de Dios para reconocer la palpable existencia de ideas de Dios en el imaginario
que condiciona la vida social de un enorme porcentaje de los habitantes de la región: “En
Guatemala, 80% de los entrevistados en un estudio realizado en 2004 por el Pew Global
Attitudes Project en 44 países del mundo reconoció que Dios jugaba un papel “muy
importante” en sus vidas. La misma respuesta fue ofrecida por 77% de las personas
entrevistadas en Brasil, 72% en Honduras, 69% en Perú, 66% en Bolivia, 61% en
Venezuela, 59% en México y 39% en Argentina. En Estados Unidos, 59% de las personas
entrevistadas ofreció la misma respuesta, comparado con 30% en Canadá, 33% en Gran
Cfr. Dobreé, Patricio y Bareiro, Line. “Estado laico, base del pluralismo”. En: La trampa de la moral única.
Argumentos para una democracia laica. Campaña 28 de septiembre por la despenalización del aborto,
Campaña por una Convención Interamericana por los derechos sexuales y los derechos reproductivos, Lima,
2005.
13
10
Bretaña, 27% en Italia, 21% en Alemania y 11% en Francia. Solamente los países
africanos incluidos en el estudio registraron mayores niveles de religiosidad que los
latinoamericanos”.14
Al respecto señala que las diferencias estadísticas entre América Latina y Europa no
revelan todo el trasfondo político y social de la cultura religiosa de la región puesto que en
la religiosidad europea predomina una visión “moderna” de Dios: la idea de Dios como
una fuerza que no interfiere en la determinación del destino de la humanidad. Por el
contrario, en América Latina prevalece una visión “providencialista meticulosa” de Dios y
de la historia, un modelo teológico que ofrece una visión de Dios como una fuerza que
determina todos y cada uno de los aspectos de la historia de los individuos, las
sociedades y el mundo.
Pérez-Baltodano ha acuñado el término “pragmatismo resignado” para designar la cultura
generada por la visión providencialista que reproducen las iglesias y que inducen a los
latinoamericanos a aceptar que sus destinos individuales y sociales están determinados
por fuerzas ajenas a su voluntad, y en esta perspectiva “lo políticamente deseable debe
subordinarse siempre a lo circunstancialmente posible”. 15 La política se concibe entonces
como la capacidad para ajustarse a la realidad del poder, no para cambiarla. Ello
explicaría la “tolerancia” de las élites y el fatalismo de las masas latinoamericanas, que
expresarían así un sentido de irresponsabilidad ante la historia y tal actitud se reflejaría a
su vez en el Estado, en tanto condensación de la cultura y de los valores sobre los cuales
se organiza la vida social.
Recuerda que la definición de un plano intermedio entre el Estado y Dios –el plano de la
razón- constituyó el punto de partida para el surgimiento y el desarrollo de historias
sociales reguladas desde el Estado y que como parte de este proceso, la filosofía
desplazó gradualmente a la teología, en tanto que la idea del “Dios omnipotente” fue
reemplazada por la del “Legislador omnipotente”. Esa misma visión moderna se expresó
en el desarrollo de la sociedad civil y de los derechos ciudadanos, que en Europa han
servido para contrarrestar el poder del Estado y las desigualdades generadas por el
mercado. Por el contrario, la permanencia y el peso del Dios omnipotente y providencial
en la cultura latinoamericana se expresa institucionalmente en la debilidad de los Estados
y en la existencia de estructuras de derechos ciudadanos frágiles y parciales. Esta
debilidad del Estado latinoamericano puede verse en su limitada capacidad de regulación
social, en sus bajos niveles de legitimidad y, en términos más generales, en su pobre
capacidad de gestión para promover el desarrollo. Apunta que algunos Estados ni siquiera
han logrado alcanzar el monopolio del uso legítimo de la fuerza.
En el estudio comparativo realizado por Guillermo O’Donnell sobre la efectividad del
Estado de Derecho, el autor propone colorear un mapa donde cada color indica el alcance
de la efectividad o inefectividad del Estado de Derecho. 16 Así, las zonas de color azul,
Pérez Baltodano, Andrés.”Dios y el Estado. Dimensiones culturales del desarrollo político e institucional de
América Latina”. En: Nueva Sociedad No.210, julio-agosto 2007.
15 Cfr. Pérez Baltodano, Andrés. Entre el Estado Conquistador y el Estado Nación: Providencialismo,
pensamiento político y estructuras de poder en el desarrollo histórico de Nicaragua.
(IHN/ UCA, Managua, 2003)
16 Ver O’Donnell, Guillermo. Acerca del Estado, la democratización y algunos problemas conceptuales. Una
perspectiva latinoamericana con referencia a países poscomunistas, Desarrollo Económico, Vol. 33, N. 130
(Julio/ Septiembre, l993) y Acerca del Estado en América Latina Contemporánea. Diez tesis para discusión.
http://www.centroedelstein.org.br/acercadelestado.pdf#search=%22Guillermo%20O'Donnell%22
14
11
indican una alta presencia del Estado, tanto en el aspecto funcional como territorial (es
decir, un conjunto de burocracias razonablemente eficaces) y la existencia de una
legalidad efectiva, siendo Noruega un ejemplo de este color. Las zonas verdes señalan un
elevado grado de penetración territorial con una presencia mucho menor en términos
funcionales. Los Estados Unidos serían ejemplo de una combinación de azul y verde con
importantes manchas marrones en el sur. Las manchas marrones indicarían una escasa o
nula presencia del Estado. En el caso de América Latina abundan las manchas marrones
y hay países y zonas dentro de ellos, donde sus sociedades no se rigen por el Derecho
estatal y donde el Estado no tiene la capacidad de garantizar homogéneamente la
vigencia de sus normas.
1.3.3. Racionalidad instrumental vs racionalidad sustantiva
Es en este sentido que no es posible hablar de la existencia del pleno reconocimiento del
principio de ciudadanía puesto que esta precariedad permite a los Estados de la región
“flotar” sobre sociedades que no cuentan con la capacidad para determinar las prioridades
de los gobiernos, situación que ha empeorado con la institucionalización del modelo
neoliberal de Estado. El neoliberalismo constituye así un “punto de ruptura” con el
pensamiento político democrático occidental que desde el siglo XVII, ha intentado integrar
y balancear la racionalidad instrumental capitalista, que está en función de resultados en
el mercado, con la racionalidad sustantiva que está en función de los principios liberales
de justicia, solidaridad e igualdad social, por lo cual la democracia debe verse entonces,
como una relación tensa y a menudo contradictoria entre esas dos racionalidades (PérezBaltodano, 2007).
Dentro del marco de una racionalidad instrumental, la posibilidad de una vida digna y
segura depende de la capacidad del individuo para operar con éxito dentro del mercado,
mientras que los valores sustantivos de la democracia establecen que la dignidad de las
personas es la variable independiente a la cual debe adaptarse la organización de la
economía y la sociedad. El Estado de Derecho sería la principal expresión institucional del
balance que las sociedades democráticas y capitalistas avanzadas tratan de alcanzar
entre las dos racionalidades, en tanto el Estado de Derecho protege el mercado, limita el
poder del Estado y contrarresta los efectos sociales más nocivos de la lógica del capital.
1.4. Mercado vs Democracia: cuatro contradicciones
Lo que ha ocurrido es que, aparte de la radical reestructuración económica y social
precipitada por el modelo neoliberal y de la creciente globalización de los mercados,
también se ha producido una inédita mercantilización de la vida social. Ello dio origen a
un notable desequilibrio en la relación entre mercado, Estado y sociedad, por medio del
cual el crecimiento desorbitado del primero se hizo a expensas y en detrimento de los
otros dos, provocando así un vaciamiento y crisis de las instituciones.
Producto de lo anterior, señala Atilio Borón, es el ostensible achicamiento de los espacios
públicos en las sociedades latinoamericanas, progresivamente asfixiadas por el súbito
corrimiento de las fronteras entre lo público y lo privado en beneficio de este último. Pero
además por un tan acelerado cuanto reaccionario proceso de “reconversión” en función
de una lógica puramente mercantil de antiguos derechos ciudadanos, tales como la
12
educación, la salud, la justicia, la seguridad ciudadana, la previsión social, la recreación y
la preservación del medio ambiente, en remozados “bienes” y “servicios”.
Borón argumenta que hay cuatro contradicciones17 – que presentamos resumidas abajoque ponen de relieve la incompatibilidad entre democracia y mercado, puesto que sólo por
excepción esta relación ha sido armoniosa.
1. Lógica ascendente o lógica descendente
Más allá de sus múltiples variantes, una democracia por elemental que sea remite a un
modelo ascendente de organización del poder social, que se construye, de abajo hacia
arriba, sobre la del reconocimiento de la absoluta igualdad jurídica y la plena autonomía
de los sujetos constitutivos del “demos”. El mercado por el contrario, obedece a una lógica
descendente: son los grupos beneficiados por su funcionamiento –principalmente los
oligopolios- quienes tienen capacidad de “construirlo”, organizarlos y modificarlo,
haciéndolo de arriba hacia abajo con criterios diametralmente opuestos a los que presiden
la constitución de un orden democrático. El mercado requiere de compradores y
vendedores, los que en ningún caso son iguales.
2. Participación o exclusión
La democracia esta animada por una lógica incluyente, abarcativa y participativa,
tendencialmente orientada hacia la creación de un orden político fundado en la soberanía
popular. Si la democracia es gobierno “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, la
participación del pueblo no puede ser sino irrestricta, como inapelable su plena
inclusividad. Sin embargo, en las distintas fases de la evolución del capitalismo
democrático esta identidad estuvo muy lejos de satisfacerse: hasta fechas bastante
recientes, exclusiones de diversa naturaleza impidieron la participación de las mujeres, los
trabajadores, los analfabetos, los inmigrantes internos y ciertas etnias, que conformaban
la mayoría de la población.
Si bien en los últimos tiempos el capitalismo democrático toleró a regañadientes las
iniciativas populares y democráticas tendientes a hacer coincidir al pueblo con la
ciudadanía poniendo fin a viejas exclusiones y proscripciones, el proceso dista mucho de
ser completado. En cuanto a la política, si la oferta electoral esta viciada porque en
realidad no presenta alternativas reales, pero además se induce la apatía política, la
persistente desvalorización de la política o de la esfera pública, lo que se logra es el
retraimiento de los ciudadanos y la abstención electoral. “El neoliberalismo ha sido un
maestro consumado en el arte de desacreditar la política y el espacio público: la primera
es satanizada como el reino de los charlatanes, los holgazanes, irresponsables,
mentirosos y corruptos; lo público como una esfera dominada por la ineficiencia, la
irracionalidad, la corrupción…” observa Borón.
3. Justicia o ganancia
Una tercera contradicción es que la democracia está animada por un sentido de justicia.
Sacando la consecuencia lógica de la afirmación de John Rawls de que “la justicia es la
primera virtud de las instituciones sociales”, por extensión dice Borón, es posible afirmar
Ver: Borón, Atilio. . “Los nuevos Leviatanes y la Polis Democrática”. En: Tras el Buho de Minerva,
CLACSO, Buenos Aires, 2000.
17
13
que “la justicia debe ser también el objetivo final de la democracia, dado que en cuanto
forma política específica de organización de la ciudad sería incongruente que la primera
pudiera tener como valor supremo el logro de fines incompatibles con los de esta”. De
acuerdo con lo anterior, hace una advertencia ominosa: “Es muy improbable y más que
problemática la sobrevivencia de la democracia en una sociedad desgarrada por la
injusticia, con sus desestabilizadores extremos de pobreza y riqueza y con su
extraordinaria vulnerabilidad a la prédica destructiva de los demagogos”.
4. Colonización de la política por la economía
La cuarta contradicción es que la democracia posee una lógica expansiva que parte de la
igualdad establecida en la esfera de la política, que impulsa a la ciudadanía a tratar de
“transportar” su dinámica igualitaria hacia los más diversos terrenos de la sociedad y la
economía, a partir de la fuerza y capacidad movilizadora de sindicatos, partidos de
izquierda y organizaciones representativas de las clases y capas populares que produjo
una progresiva conquista de derechos sociales y económicos, que de privados pasaron a
ser bienes colectivos cuya provisión pasó a depender de los Estados nacionales.
Mediante este proceso se produjo con la fórmula keynesiana, un gran avance en el
proceso de ciudadanización, lo cual cristalizó en una inédita democratización de la
sociedad y el Estado en el capitalismo desarrollado.
En la periferia el fenómeno adquirió menor intensidad, pero sus efectos sociales,
económicos y políticos tuvieron de todas formas una honda repercusión. Sin embargo,
desde la contraofensiva neoliberal, lo que se verifica es un proceso diametralmente
opuesto de privatización o mercantilización de los viejos derechos ciudadanos. Se trataría
de la “desciudadanización” , en algunos países de manera acelerada, de grandes
sectores sociales víctimas del predominio de criterios económicos o contables en esferas
antaño estructuradas en función de categorías éticas, normativas, o al menos, extramercantiles. Si antes la salud, la educación o el más elemental acceso al agua potable
eran derechos consustanciales a la definición de la ciudadanía, la colonización de la
política por la economía los convirtió en otras tantas mercancías a ser adquiridas en el
mercado por aquellos que puedan pagarlas.
A la luz de estas cuatro contradicciones, Borón advierte que el tema de la compatibilidad
entre mercado y democracia es, a largo plazo, imposible y en el corto y mediano plazo,
bastante problemática. Señala que la posibilidad de armonizarlos entre 1948-1973 fue
porque se hallaban sujetos a un estricto control político mediante una densa red de
regulaciones e intervenciones de todo tipo y que fue éste control el que abrió el espacio a
un profundo proceso de democratización, habida cuenta la debilidad relativa de la fuerza
del mercado.
Por ello, señala, ante un proceso como el que caracteriza la
reestructuración neoliberal es muy difícil sostener el funcionamiento de un régimen
democrático, puesto que uno de los requisitos más importantes de la democracia es la
existencia de un grado bastante avanzado de igualdad social.
Estamos pues ante una “dualidad de poderes” donde el sufragio universal se vuelve un
simulacro democrático al permitir que todos voten bajo la ilusión de la igualdad ciudadana
pero carentes de resultados concretos a nivel de las políticas estatales, mientras el
mercado instituye un segundo y muy privilegiado mecanismo decisorio: un sistema de
voto calificado, esencialmente antidemocrático y aislado por completo de los influjos y
demandas que pudieran proceder del ciudadano común y corriente. El resultado es que ni
somos ciudadanos, ni somos consumidores. Estamos, según la expresión del autor, “en el
14
peor de los mundos: democracias sin soberanía popular y mercados sin soberanía del
consumidor”.
Algunas conclusiones del análisis de Borón son básicas para el abordaje sobre la
desigualdad y la inequidad de género que se vive en América Latina siendo pertinentes
para el análisis desde una perspectiva feminista. En este sentido, es importante asumir
que:




La soberanía popular que se expresa en un régimen democrático debe
necesariamente encarnarse en un Estado nacional ya que mientras no haya un
sucedáneo, la sede de la democracia continuará siendo el Estado-Nación.
En la actualidad la fenomenal desproporción entre estados y mega-corporaciones
constituye una amenaza formidable al futuro de América Latina y para enfrentarla
es preciso: a) construir nuevas alianzas sociales que permitan una drástica
reorientación de las políticas gubernamentales y, b) diseñar y poner en marcha
esquemas de cooperación e integración supranacional que hagan posible
contraponer una renovada fortaleza de los espacios públicos democráticamente
constituidos al poderío de las transnacionales.
Es necesario abandonar y revertir las políticas que pusieron en práctica los
gobiernos neoliberales de la región, lo que significa que en algún momento habrá
que encarar el tema de la reconstrucción del Estado, visto como un Estado fuerte
en sentido financiero y organizacional, dotado de persuasivas capacidades de
intervención y regulación en la vida económica y social.
Rechazar enérgicamente los argumentos de los economistas ortodoxos que
reducen la evaluación de la marcha de una sociedad al desempeño de un conjunto
estandarizado de variables cuantitativas: “Llegó la hora de hacer callar a la
economía y volver a escuchar la teoría política y la filosofía moral”.
1.4.1. El vaciamiento de la política y de la ciudadanía
De acuerdo con Borón, estaríamos al borde de la desaparición de las condiciones
mínimas para que exista ciudadanía en un Estado latinoamericano cuya relación con la
sociedad se ha distinguido por el patrimonialismo, el autoritarismo y la exclusión.18 En
estas tres características, que se potencian unas a otras, se encuentran las raíces de la
crisis estructural del Estado, manteniéndose tanto en periodos de regimenes
democráticos, populistas o autoritarios, como en periodos de ascenso o descenso
económico.
El patrimonialismo, entendido como el uso privado de la cosa pública, indica que se
carece de una condición esencial de la constitución del Estado moderno: la separación
entre el patrimonio público y el patrimonio privado de los gobernantes, lo que da como
resultado un Estado incompleto en la dimensión republicana (Fleury, 1999). Ello le resta
legitimidad al poder público por un lado, e inviabilidad a la constitución del mercado
competitivo por el otro, ya que la competencia es sustituida por la regla de "proximidad" o
acceso diferencial al Estado para la obtención de privilegios y resultados. Según Fleury,
la irracionalidad de las políticas estatales y la incapacidad de planificar el desarrollo
18
Fleury, Sonia. Política social, exclusión y equidad en América Latina en los años noventa. Buenos Aires,
1999. Ver: http://estatico.buenosaires.gov.ar/areas/des_social/documentos/documentos/15.pdf
15
nacional surgen como consecuencias inexorables de esta falta de distinción entre los
intereses públicos y los privados.
Por otra parte, la predominante relación autoritaria entre el Estado y la sociedad implica
que la dimensión democrática (reglas legítimas de competencia política para la
participación del mayor número y no discriminación) está ausente, lo que compromete el
desarrollo de instituciones sólidas y legítimas y se expresa en la debilidad del sistema de
representación, tanto por el distanciamiento de los partidos políticos en relación a las
demandas sociales, como por la inoperancia del poder legislativo así como por la
inexistencia de una justicia accesible e imparcial. La expresión administrativa del
autoritarismo es la preponderancia de un poder ejecutivo sin transparencia, con una
burocracia que se auto-considera soberana y que no rinde cuentas de sus actos.
Para Fleury, la existencia de los “Estados sin ciudadanos” (sin derechos civiles, políticos y
sociales) “tiene por efecto la presencia de un poder intervencionista y despótico, cuya
fuerza aparente es negada por la ausencia de legitimidad en el ejercicio del poder político,
dando lugar a un Estado fragilizado y subordinado a los intereses privados ahí instalados,
de los cuales depende su sustentación.”
La exclusión, como tercera gran característica del Estado latinoamericano, entendida
como la no incorporación de una parte significativa de la población a la comunidad social
y política, negándole sus derechos de ciudadanía, impide la constitución de la dimensión
nacional, puesto que la exclusión implica la construcción de una normatividad que separa
a los individuos dentro la nación, con lo cual la constitución plena de la nación se
imposibilita. “La cuestión central para la comprensión de la exclusión” dice Fleury, “ es
entenderla como un proceso que atenta contra la dignidad humana y priva a los individuos
de su estatus de ciudadanos, impidiéndoles que se vuelvan sujetos de su proceso social.
Es decir, además de los derechos de ciudadanía, lo que está negado a los excluidos es
su propia condición humana, y la posibilidad de realizar su potencial como sujetos.”
Si bien esto es verdad para todos los grupos excluidos, es particularmente cierto para el
caso de las mujeres por lo cual es necesario además entender cómo se ha estructurado la
exclusión de género y cómo se mantiene. Aún en Estados liberal democráticos
consolidados, la ciudadanía de las mujeres una vez reconocida, no la han realizado
totalmente, de modo que las mujeres siguen siendo ciudadanos de segunda clase. Así,
aún cuando las mujeres accedieron al voto no han llegado a estar adecuadamente
representadas en los órganos legislativos y de gobierno. La paridad en la ciudadanía civil
aún en aquellos casos en que ha logrado instituirse de modo formal no ha resuelto las
discriminaciones existentes. Por otra parte, en cuanto a los derechos sociales en tanto
éstos se han desarrollado como derechos del trabajo para el mercado y no se reconoce a
las mujeres el trabajo de cuidados como fuente de derechos y status de ciudadanía, han
servido para reproducir la dependencia de sus maridos o del Estado.
16
II.
Ciudadanía y mujeres: excluidas por principio
“El contrato social es una historia de libertad, el contrato sexual es una historia de
sujeción”.
Carole Pateman, El Contrato Sexual
El género es un factor de carácter estructural que determina la ya de por sí compleja red
de relaciones sociales que expulsa a las mujeres de todos aquellos espacios relacionados
de una u otra manera con el poder.
La consideración de la ciudadanía desde una perspectiva de género permite entender los
límites y peculiaridades de los regímenes democráticos contemporáneos y la evolución de
las instituciones a la luz de su capacidad para transformar la vida de las personas y el
bienestar general, que depende de poder disfrutar o no de las reglas públicas que
gobiernan la convivencia, en particular del conjunto de derechos civiles, políticos y
sociales que los Estados reconocen a los individuos en tanto ciudadanos.
Frente a la exclusión de las mujeres de la ciudadanía, el feminismo ha exigido la
concreción de las promesas de libertad, igualdad y solidaridad contenidas en la acepción
universal de la ciudadanía. De ahí que rechace el concepto de ciudadanía clásica en tanto
la exclusión de las mujeres de la ciudadanía y de la democracia moderna no es tanto un
déficit cuanto un elemento constitutivo del pacto social que funda la Modernidad y de la
propia definición del concepto de ciudadanía. Como ha dicho María Fernández Estrada,
“la historia de la ciudadanía es a priori un fracaso porque el concepto de ciudadanía se
trenza explícitamente sobre una exclusión: la exclusión de las mujeres”. El hecho de que
el ciudadano en la constitución de la democracia moderna fuese un varón ha marcado
poderosamente la noción de ciudadanía, estando impregnada de fuertes sesgos
patriarcales que obstaculizan la ciudadanía de las mujeres y ponen en cuestión la
legitimidad de la democracia y la igualdad de derecho.
Los límites actuales de la ciudadanía femenina están íntimamente vinculados a su origen
y es en las teorías de Hobbes, Locke y Rousseau donde deben buscarse los orígenes del
patriarcado contemporáneo y de la exclusión de las mujeres de la democracia. 19 Hobbes,
Locke y Rousseau, como defensores de la idea moderna de que todos nacemos libres e
iguales, no podían excluir a las mujeres de esos conceptos políticos sin justificarlos
adecuadamente y recurrieron a la ontología para hacerlo: decidieron que la constitución
de la naturaleza femenina colocaba a las mujeres en una posición de subordinación en
todas las relaciones sociales en que participaban. Todos conceptualizaron al varón como
un ciudadano y a la mujer como una súbdita.
Rosa Cobo sostiene que el surgimiento del contractualismo moderno no sólo responde a
una crisis de legitimación del esquema político medieval sino también a una crisis de
legitimación patriarcal y que cada teoría del Contrato lleva implícito un pacto patriarcal
específico. Sostiene que Jean Jacques Rousseau es uno de los más importantes
fundadores del patriarcado moderno al definir el contrato social en forma de grupo
juramentado: compromiso fraternal de los varones como genérico y exclusión absoluta de
las mujeres, donde se necesita de su subordinación como condición de posibilidad de la
Cobo Bedía, Rosa. “La democracia moderna y la exclusión de las mujeres”. Revista Mientras Tanto, No.62,
1995. Véase también Fundamentos del patriarcado moderno: Jean Jacques Rousseau, Col. Feminismos,
Universitat de Valencia, 1995.
19
17
vida democrática. Como los contractualistas también sostienen que toda dominación para
ser legítima debe ser voluntaria, trasladaron la noción de consentimiento propio del
contrato social al matrimonio, por medio del cual las mujeres quedan sometidas
“voluntariamente”.
Al respecto Carole Pateman apunta que previo al “contrato social” con el cual los hombres
libres e iguales van a construir un orden social nuevo, debe haberse firmado un “contrato
sexual” a partir del cual los varones regulan el acceso sexual al cuerpo de las mujeres.20
Este contrato hace posible que el derecho “natural” de los varones sobre las mujeres se
transforme en derecho civil patriarcal. Pateman concluye que así como el espacio público
debe ser explicado a partir del contrato social, el origen del espacio privado debe ser
interpretado desde el contrato sexual. Tanto la política como la familia se crean a partir
de un contrato y ambas necesitan de la legitimidad que proporciona el consentimiento,
aunque son profundamente asimétricos entre sí, puesto que como señala Cobo, “en el
contrato social los varones consensuan su libertad y su igualdad ante la ley y en el
contrato de matrimonio las mujeres ‘consensuan’ su sujeción a los varones y éstos su
dominación sobre aquellas”.21 El casamiento vuelve a las mujeres dependientes del
control de su marido en los planos de la sexualidad y el trabajo, en la esfera familiar y en
el mercado de trabajo.
Así, la opresión de las mujeres está ligada a la división sexual entre el espacio público y el
privado. Es esto lo que explica que los derechos sociales y políticos en las democracias
modernas sean insuficientes para el acceso de las mujeres a una ciudadanía plena. Como
advierte Alicia Miyares, las mujeres viven una ciudadanía incompleta, defectiva y no activa
porque no cumplen de forma satisfactoria ninguno de los cuatro rasgos característicos de
una ciudadanía plena y activa: la capacidad de elección, la capacidad de participación, la
distribución de la riqueza y el reconocimiento (autoritas).22 Para que opere
sustantivamente, la ciudadanía debe estar presente y visible en el nivel político, el nivel
económico, el nivel cultural de las normas y valores y el nivel personal de la familia, el
hogar y las relaciones.
Lo anterior obliga a repensar la división espacio público-espacio privado familiar. La gran
cuestión a resolver es el cumplimiento efectivo de la ciudadanía para las mujeres y, en
consecuencia, la ampliación de la democracia. En sociedades donde la ciudadanía, en
tanto dimensión igualitaria y cívica, no está generalizada y, por ende, se convive con altos
niveles de exclusión y desigualdad, el papel del Estado es crucial para inducir procesos
sociales que promuevan condiciones de innovación e inclusión. Pero también es crucial la
construcción, el desarrollo y el despliegue de los movimientos de mujeres, a fin de
constituirse en sujetos políticos en lucha por el reconocimiento y la ampliación de sus
derechos. El breve recuento histórico que sigue así lo demuestra.
2.1. La ciudadanía de las mujeres en América Latina
En las primeras décadas del siglo XX, las mujeres en varios países de la región lucharon
por el acceso a la educación, la participación política y el derecho al voto. En un
significativo número de países (Argentina, Bolivia, Costa Rica, Cuba, Guatemala y
Venezuela) el derecho a votar coincidió con la ampliación de la democracia, lo que ayudó
20
Pateman, Carole. The Sexual Contract, Polity Press, 1988
Cobo Badía, Rosa. La democracia moderna…
22 Miyares, Alicia. Democracia feminista, Madrid, Cátedra, Col. Feminismos, 2003
21
18
a las sufragistas a asegurar el cumplimiento a sus demandas. Sin embargo, en otros
casos fueron los propios gobiernos autocráticos quienes concedieron a las mujeres el
derecho al voto –Trujillo en República Dominicana, Somoza en Nicaragua, Stroessner en
Paraguay–. Las luchas sufragistas coexistieron en algunos países –Argentina, Bolivia,
Brasil, Chile, Cuba, México, Panamá, Paraguay, Perú, Uruguay y Venezuela– con la
participación de las mujeres en el movimiento obrero (Bareiro, 2000).
En dependencia del país, la segunda ola del movimiento de mujeres y feminista comenzó
en la década de los 70 y los 80, restableciendo a las mujeres como sujetos sociales que
en ese período demandaron el respeto a su diferencia y el derecho a la igualdad.
Virginia Vargas describe este proceso señalando que “los orígenes izquierdistas de
muchas de las que iniciaron la audacia movimientista, aunada a esta confrontación con
dictaduras y autoritarismos, marcó durante los años 70 y parte de los 80 su forma de
entendimiento y su escaso acercamiento al Estado. La consigna de las feministas
chilenas en su lucha contra la dictadura “democracia en el país y en la casa” fue la
consigna de la década del 80 para muchas feministas en todos los países de la región.
Articulándose tempranamente con el creciente y masivo movimiento popular de mujeres,
fue desplegándose y nutriéndose en la relación-confrontación con las sociedades civiles,
visibilizándose como movimiento social irreverente y contestatario. Los feminismos de los
años 80 se orientaron básicamente a recuperar la diferencia y develar el carácter político
de la subordinación de las mujeres en el mundo privado y sus efectos en la presencia,
visibilidad y participación en el mundo público. Su contribución más reconocida fue la de
des-encapsular colectivamente la experiencia femenina para descubrir sus significados
políticos. En esta concepción, lo público estatal era, para las expresiones feministas
latinoamericanas, un blanco a remodelar, re-concebir, refundar, no simplemente un lugar
para ocupar un despacho concreto.”23
El feminismo latinoamericano se desarrolló de múltiples formas, en estrecha vinculación
internacional, a través de redes, seminarios, campañas conjuntas, siendo la expresión
más masiva en el ámbito regional los Encuentros Feministas Latinoamericanos, que se
han venido realizando desde 1981. En este período se dio también el surgimiento de las
Organizaciones No Gubernamentales que a su vez dotaron al movimiento con nuevos
recursos organizacionales y con el tiempo, llevaría a muchos grupos de mujeres a
convertirse en ONGs.
En la década del 90 el movimiento enfrentó cambios significativos en la dinámica política,
económica, social y cultural, con la generalización de la democracia como sistema de
gobierno en la región. En esta década, el movimiento incursionó en el ámbito global a
través de su participación en las conferencias y cumbres mundiales impulsadas por
Naciones Unidas, pero también a nivel nacional y regional, la densa red tejida entre
diferentes organizaciones de mujeres provenientes de distintos sectores, tanto del campo
como de la ciudad, permitieron cruzar las barreras de clase facilitando la penetración del
movimiento en distintos espacios y territorios.
En las dos últimas décadas del siglo pasado, con la democratización política hombres y
mujeres recuperaron el derecho a elegir a sus representantes y a postularse para cargos
Vargas, Virginia. “Institucionalidad democrática y estrategias feministas en los 90”. En Memoria del II
Seminario Regional: De poderes y saberes. Debates sobre reestructura política y transformación social.
DAWN-REPEM, Mayo, 2000. Montevideo, Uruguay.
23
19
de elección. En Centroamérica el fin de los conflictos bélicos y el establecimiento de
acuerdos de paz permitieron la creación de nuevas instituciones. En su conjunto, los
países se vieron presionados a reformar sus instituciones en un contexto de creciente
globalización y de cambios del modelo económico.
Al ponderar el aporte de las mujeres en este proceso la CEPAL señala que: “El
movimiento de mujeres, incluidas las feministas, cumplió un papel fundamental en la
recuperación de las democracias y en los procesos de construcción de la paz luego de los
conflictos armados. Las relaciones establecidas entre las distintas expresiones del
movimiento (grupos de derechos humanos, organizaciones de sobrevivencia en zonas de
conflicto, organizaciones feministas) lo dotaron de visibilidad y permitieron su
reconocimiento como parte de las fuerzas democráticas antidictatoriales y progresistas
comprometidas con la democracia y la paz”.24
Desde la década de los 90 la creación de una institucionalidad de género en el Estado ha
sido una demanda común de los movimientos de mujeres de la región, a la luz de las
recomendaciones conquistadas en las diversas conferencias de Naciones Unidas sobre
las mujeres y por los debates sobre la modernización del Estado y la redefinición de las
relaciones Estado-sociedad. Algunos de estos importantes instrumentos internacionales
son: la Convención para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra las
Mujeres (1979), las Estrategias de Nairobi orientadas hacia el futuro para el adelanto de
las mujeres (1985), la Plataforma de Acción de Beijing (1995) entre otras.
Un resultado importante del periodo es que América Latina y el Caribe fue la región que
más temprano y de manera unánime firmó y ratificó la Convención sobre la eliminación de
todas las formas de discriminación contra la mujer, que es considerada la carta
internacional de los derechos de las mujeres y que da expresión jurídica a la búsqueda de
igualdad plena al reelaborar el concepto de discriminación, definiéndola como “cualquier
distinción, exclusión o restricción basada en la diferencia sexual que tenga como efecto u
objetivo anular el reconocimiento de los derechos humanos de las mujeres” (artículo 1).
Sin embargo, el proceso de ratificación del Protocolo Facultativo, que entró en vigor en
diciembre de 2000 ha sido más lento, pues para el 2007 sólo 20 países lo habían firmado
y 17 lo habían ratificado.25 La adopción de la Convención por parte de los Estados de la
región implica el reconocimiento de que los mecanismos y procedimientos tradicionales
para garantizar los derechos humanos presentaban insuficiencias para asegurar la
igualdad real de las mujeres con respecto a los hombres.
La X Conferencia Regional sobre las Mujeres realizada por la CEPAL en Quito en el 2007
valoró que “los conceptos incluidos en la Convención han inspirado modificaciones
constitucionales y legislativas y han servido de ejemplo para avanzar en el reconocimiento
de los derechos de otros sectores sociales como los pueblos indígenas o grupos
discriminados por su opción sexual.” En ese sentido, señala, los alcances de la
Convención trascienden el ámbito específico de la igualdad de género y beneficia en
forma universal a muchos grupos humanos.
24
El aporte de las Mujeres a la igualdad en América Latina y el Caribe. X Conferencia Regional sobre las
Mujeres de América Latina y el Caribe. CEPAL, Quito, agosto 2007. Pág. 24
25 De acuerdo con el informe de la CEPAL, la mitad (17) de los 33 países de la región han ratificado el
Protocolo Facultativo: Antigua y Barbuda, Argentina, Belice, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Ecuador,
Guatemala, México, Panamá, Paraguay, Perú, Venezuela, Dominicana, Saint Kitts-Nevis y Uruguay. Chile,
Cuba y el Salvador firmaron el Protocolo Facultativo entre 1990 y 2001, sin que hasta hoy lo hayan ratificado.
Los 15 países restantes de la región no lo han firmado ni ratificado.
20
2.2. Las reformas políticas
Un estudio reciente muestra que desde que comenzó el proceso de democratización en la
región, todos los países de la región han introducido reformas políticas o reemplazado la
Constitución, que en muchos casos consagraron principios y normas que constituyen la
base argumental para la defensa del derecho de las mujeres a su inclusión en la política.26
Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, Ecuador, Guatemala, Honduras, México,
Nicaragua, Paraguay, Perú, Uruguay y Venezuela han confirmado el principio de igualdad
entre hombres y mujeres y diez de esos países lo han explicitado. Así mismo, el principio
de no discriminación integra la normativa constitucional de Argentina, Bolivia, Brasil,
Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, Honduras, Nicaragua, Paraguay, Perú y
Venezuela. En los 90 hubo también una ola de reformas de leyes electorales en toda la
región, que incluyeron modificaciones destinadas a incluir a las mujeres en los espacios
de poder político, por la vía de la instalación de cuotas.
Las autoras del estudio (Bareiro et al, 2007) afirman que antes de las presentes reformas
democratizadoras, ninguna forma estatal de la región concibió a las mujeres como sujetos
de desarrollo y ciudadanas con derechos plenos; en todo caso, se las consideró como
receptoras de programas de bienestar. A pesar de ello, prácticamente en todos los países
de la región las mujeres conquistaron el voto, en la primera mitad del siglo XX.
En la mayoría de los casos, transcurrió más de un siglo entre el establecimiento de la
primera legislatura de los países como estados soberanos y el derecho de las mujeres a
participar, sin restricciones, en la selección de quienes ocuparían escaños en las mismas.
Posteriormente, las mujeres fueron accediendo a espacios de representación, pero en
calidad de “muestra”, en medio de una absoluta mayoría masculina en los lugares de
poder. Esta situación se mantiene hasta la actualidad, ya que solamente tres países
tienen una presencia parlamentaria femenina superior al 20%. Se señala que el tránsito al
derecho a ser electas ha sido lento, puesto que cinco países eligieron a sus primeras
representantes en los años 40, nueve en la década de los 50, cuatro en la década de los
60 y uno, Nicaragua, hasta en 1972.
En varios casos, la espera entre la obtención formal del derecho a ser electas y su uso
efectivo fue una de década o más, como sucedió en Uruguay, Guatemala, Bolivia,
Nicaragua, Chile y Ecuador. En estos dos últimos países, este derecho estuvo “latente”
por 20 y 27 años, respectivamente (Unión Interparlamentaria, 1995).
El acceso a las presidencias de los países fue aún más tardío y también en calidad de
“muestra”: hasta en 1990 una mujer llegó al ejecutivo a través de elecciones
democráticas: Violeta Chamorro en Nicaragua. Antes, otras tres mujeres habían llegado a
la presidencia pero por vías no electorales: María Estela Martínez de Perón (Argentina,
1974-1976), Lidia Gueiler (Bolivia, 1979-80), Rosalía Arteaga (Ecuador, dos días en
1997). La siguiente mujer que llegó al poder por medio de elecciones fue Mireya Moscoso
(Panamá, 1999-2004), seguidas por las recientemente electas Michelle Bachelet (Chile,
2006) y Cristina Kirchner (Argentina, 2007).
26
Barreiro, Line, Soto, Clyde y Soto, Lilian. La inclusión de las mujeres en los Procesos de Reforma Política
en América Latina. BID, Washington, Abril 2007
21
Pero la exclusión no sólo ha sido la norma en los cargos electivos, sino en los cargos de
designación directa o a través de mecanismos institucionales de nombramiento. Así,
apenas en el año 2004 dos países de la región, Argentina y Paraguay, han nombrado por
primera vez mujeres en los máximos tribunales de justicia, mientras en relación a la
titularidad de los ministerios se ha seguido un curso desigual, habiendo un aumento del
nombramiento de mujeres muy notable puesto que en el 2002 habían siete veces más
mujeres que a mediados de la década de los 70 (Iturbe, 2003).
Mujeres Ministras en Latinoamérica. 1940 -2002
45
40
35
30
25
20
15
10
5
0
AR
BR
BO
CO
CH
CU
CR
EC
ES
GU
HO
ME
NI
PN
PR
PE
RD
UR
VE
Fuente: Woman leaders guide, en Iturbe, 2003.
El cuadro siguiente también tomado del trabajo de Eglé Iturbe muestra la tendencia de
crecimiento en la designación de mujeres ministras en un período de 57 años:
Incremento en la designación de mujeres Ministras en la región
1944-2001
N
ú
m
e
r
o
160
140
120
100
80
60
40
20
0
Antes 1960
1960-1974
1975-1984
1985-1994
1995-2001
El estudio de Bareiro, Soto y Soto, estima que en la década final del siglo XX se produjo
un aumento sustantivo de la proporción de mujeres electas en los espacios de decisión
públicos. El gráfico siguiente muestra la evolución de las cifras que se tenían a inicios de
la década de los 90 con las verificadas en el año 2002.
22
Fuente: Htun, 2002, en Bareiro et al, 2007(cálculo para todos los países con excepción de Haití).
Sin embargo, advierten que a pesar de que en algunos estados latinoamericanos el
aumento de mujeres en estos espacios de decisión ha sido importante, los progresos
pueden considerarse todavía modestos, al llegar cerca del 20% en un lapso de 70 años,
aunque en los últimos quince, desde 1990 registran la mitad de ese aumento. Pese a ello
nada garantiza que el crecimiento o el aceleramiento sean sostenidos, puesto que “si se
mantuviera el ritmo de crecimiento señalado, de aproximadamente un 10% cada quince
años, sin aceleramiento, faltarían aún 45 años para llegar a un acceso paritario de
mujeres a los parlamentos en América Latina. Un cálculo similar hecho en Uruguay por
Graciela Sapriza estima que la paridad se lograría en ese país en 2070, de seguirse con
el efecto inercial de lenta incorporación femenina… mientras que en Paraguay se
alcanzaría en 2063” (Barreiro et al, 2007:13)
En cuanto al acceso de las mujeres en cargos de decisión a nivel local refleja un
incremento importante de un 11% en 1996 a un 25% en 2006, lo que supone una
duplicación en el número de concejalas en términos absolutos. Sin embargo, el porcentaje
de mujeres alcaldesas de la región no ha experimentado cambios sustantivos en los
últimos 10 años, manteniéndose constante en niveles mínimos de un 5% a un 6% de
representación, según la CEPAL (ver gráfico). Señala que ello evidencia que el principio
de proximidad que legitima específicamente al gobierno local no funciona como principio
que favorezca la equidad de género.
23
Evolución regional (25 países) de la presencia de
mujeres en el poder local (en porcentajes)
Fuente: CEPAL, X Conferencia Regional sobre la Mujer, Quito 2007
Por otro lado, está comprobado que la falta de acceso a espacios de poder y
representación de las mujeres no se debe a limitaciones cívicas de las mujeres, sino que
son las estrategias segregacionistas de los partidos políticos los que impiden su inclusión,
tales como el proceso de selección de candidaturas, las prácticas internas y la cultura
política prevaleciente en los partidos y la ausencia de mecanismos que podrían
garantizar la participación y competencia de las mujeres.
Entre las demandas políticas que se han expandido en la región, esta la de las cuotas de
participación por sexo como mecanismo para mejorar la inclusión, que se han venido
adoptando progresivamente en la mayoría de los países a través de la legislación
electoral. Al 2007 once países contaban con leyes de cuotas que obligan a los partidos a
incluir entre el 20 y el 40% de mujeres en las listas de elección parlamentaria. Costa Rica
es el único caso en que la norma es del 40%. En Ecuador, la ley indica que el porcentaje
aumentará progresivamente en cada elección hasta llegar a la paridad.
Sin embargo, los resultados de las cuotas han sido desiguales y si bien la presencia de
mujeres aumentó en un promedio de 8% más a partir de la adopción de la medida por el
conjunto de países, la igualdad en el derecho a gobernar está aún muy lejos. De ahí que
se esté gestando la demanda más agresiva por parte del movimiento de mujeres de
reclamar la paridad en la representación y en el gobierno: el 50% de participación en el
poder político.
24
Fuente: Barreiro et al 2007
De otro lado, es un hecho que las mujeres que más han accedido al ejercicio pleno de sus
derechos y a cargos de poder, son las mujeres adultas de clase media y alta. No
obstante, el despliegue de organizaciones y la diversificación del movimiento de mujeres
(negras, indígenas, jóvenes, lesbianas, rurales, etc.) han llevado a revisar la intersección
de género con la clase, la etnia, la raza, la procedencia, la opción sexual y la edad, para la
integración de la diferencia en el acceso de las mujeres a la participación política en el
marco de un futuro Estado democrático, laico, pluralista y paritario.
De acuerdo con la CEPAL el acceso de las mujeres al parlamento es el resultado de
distintos factores que se combinan de diferente manera. Entre estos se destacan una
historia previa de activismo social, haber ocupado cargos de representación local, el
desarrollo de exitosas carreras profesionales (abogadas, economistas), la cultura política
de la familia de origen y el apoyo de la familia actual.
Es reconocido que el Estado en América Latina –pese a todas las características
señaladas- ha sido en diversos momentos de su historia, productor de sociedad, siendo el
25
espacio político en el cual la ciudadanía ha sido tradicionalmente consagrada y
fortalecida, tanto de manera simbólica como real. Sin embargo, la colonización de la
democracia por la economía neoliberal, ha hecho realmente difícil que el Estado cumpla
con ese rol. De manera que el desafío fundamental que enfrentan los movimientos de
aspiración democrática es, como apunta Virginia Vargas, cómo lograr en tales
condiciones, impulsar procesos de reestructuración política con trasformación social. En
este marco es que se han batido los movimientos de mujeres en su relación con el
Estado, por lo cual ha sido un terreno de lucha ambivalente y contradictorio, que ha
producido ciertos resultados en el ámbito de la institucionalidad para poner en marcha
mecanismos de género que promuevan la igualdad y la equidad.
La institucionalidad dirigida a las mujeres fue una tendencia que se generalizó a partir de
los 90, tanto por la presión interna de los movimientos feministas como por la presión
externa de las conferencias mundiales, los organismos multilaterales y bilaterales,
estando principalmente focalizados en tres aspectos: el esfuerzo por redistribuir recursos
entre hombres y mujeres; el reconocimiento de las mujeres y el aumento del poder político
de éstas. Sin embargo, al interior de los Estados alrededor del tema de la equidad de
género existen diversos abordajes y discursos, incluso incongruentes con ese objetivo.
En el balance, se puede afirmar que estos mecanismos institucionales han tenido un
desarrollo desigual y no han gozado de las mismas oportunidades políticas en cuanto a su
jerarquización dentro del Estado. No han sido dotados de suficientes recursos
económicos, falta capacidad técnica y escaso poder político para llevar a cabo los planes
de igualdad y las políticas de género, además de estar marcados fuertemente por la
voluntad de los gobiernos y por la presencia individual o grupal -usualmente coyunturalde mujeres comprometidas con una agenda de género más progresista. Al respecto
Vargas señala que existen algunas constantes: “estas maquinarias estatales no cuentan
con presupuesto propio, compiten por fondos con la sociedad civil, no tienen ni
posibilidades ni vocación de transversalidad en su impacto, ni coordinación en el Estado:
no generan claros canales de negociación e interlocución democrática con la sociedad
civil y los feminismos. Incluso, en aquellas instancias que sí han logrado una ubicación y
un reconocimiento al interior del Estado…”27
El informe de la X Conferencia Regional sobre la Mujer (2007) advierte que si bien las
mujeres han pasado a ocupar espacios cada vez más importantes en la toma de
decisiones y son un factor clave en el mercado de trabajo, las mujeres siguen sobrerepresentadas entre los pobres y subrepresentadas en la política. Reconoce que la clave
de esta postergación y el tratamiento de las mujeres como minoría vulnerable por parte de
las políticas públicas se explica, en gran medida por la imposibilidad de las mujeres de
romper el mandato cultural que las obliga a realizar las labores domésticas, así como por
la ausencia de los hombres en las actividades del cuidado.
2.3.
Mercado de trabajo y “contrato sexual”
La participación de las mujeres en la población económicamente activa se ha venido
incrementado en América Latina, puesto que en 1980 las mujeres constituían algo más
de un cuarto de la mano de obra y pasaron a conformar en 1997 un tercio en
Centroamérica y casi dos quintos en Sudamérica (UNIFEM, 2005). Los datos de la
CEPAL indican que entre 1990 y 2002 la tasa de participación laboral femenina en las
27
Vargas, Virginia. Op. Cit.
26
zonas urbanas de la región aumentó del 39% al 50%. Los estudios de este organismo
muestran reiteradamente que la discriminación de las mujeres en el ámbito laboral se
observa en las remuneraciones, independientemente del nivel educativo.
En el año 2005, la relación entre los ingresos laborales (es decir, todos los ingresos
obtenidos por el trabajo) de mujeres y hombres alcanzaba un 70% en promedio en
America Latina, mientras que el ingreso salarial de las mujeres representaba el 87% del
de los varones. A partir del análisis de la tendencia histórica de reducción de esta brecha
desde 1990, se puede proyectar que la igualdad de las remuneraciones de hombres y
mujeres se alcanzaría idealmente en el año 2015 (salario) y que ese mismo año las
mujeres percibirían el equivalente al 75% del ingreso de los hombres.
El acceso al mundo laboral por parte de las mujeres se ve condicionado por el
denominado “impuesto reproductivo”, que se deriva del trabajo no remunerado que las
mujeres realizan en los hogares, producto del “pacto sexual” por el que se consagró al
varón como proveedor económico universal de las familias y a las mujeres como
cuidadoras. La brecha de ingresos entre los sexos revela hasta que punto sigue siendo
importante la división sexual del trabajo, que ha sido y aún es funcional para los sistemas
económicos puesto que garantiza la oferta de mano de obra subsidiada por el trabajo de
las mujeres que se hacen cargo sin costo de la producción de bienes y servicios que de
otro modo tendrían que ser provistos por el mercado y por el Estado.
Los beneficios de las políticas de bienestar se han centrado en aquellos que participan en
el mercado e inciden en forma diferencial en hombres y mujeres, puesto que todos los
subsidios, como las jubilaciones, atención en salud, etc., están ligados al trabajo
asalariado. Por lo tanto, aquellos que no cotizan a través de su trabajo, no están
cubiertos. Las mujeres que cuidan de los miembros de su familia no tienen acceso directo
a las prestaciones y servicios, aunque puedan gozar de pensiones a la muerte de los
maridos.
En 1995, en el Informe sobre desarrollo humano del Programa de Naciones Unidas para
el Desarrollo, se mostró que el tiempo de trabajo de las mujeres equivale a más de la
mitad del tiempo de trabajo en el mundo y que, en términos de unidades físicas de tiempo,
supera el total del trabajo de los hombres. A su vez, se subrayó que del total de tiempo de
trabajo masculino, las tres cuartas partes corresponden a actividades remuneradas,
mientras que del total de tiempo de trabajo femenino solamente se remunera un tercio. En
otras palabras, las mujeres trabajan más que los hombres, pero el actual sistema
económico y político no lo registra, lo valora o retribuye. Es así que las mujeres –inclusive
las más educadas- aunque trabajan más ganan menos y registran mayor desempleo,
mientras que la segmentación horizontal y vertical del mercado de trabajo no ha sufrido
modificaciones significativas.
Los estudios sobre los ingresos de los hogares, y sobre todo los estudios sobre la
pobreza, consideran de forma explícita la contribución de los miembros de la familia a la
renta, pero continúan ignorando la contribución del trabajo de reproducción social
(CEPAL, 2007). Así mismo, muestran que las mujeres, además de trabajar en el ámbito
privado, han cumplido el papel de intermediarias entre las políticas de salud primaria y los
ministerios de salud, el cuidado infantil y los servicios de cuidado infantil, la recepción de
transferencias monetarias para el mejoramiento familiar y los programas de lucha contra
la pobreza, la producción y organización del consumo de alimentos donados y otros
programas que se han desarrollado en la región para la disminución de la pobreza
(Serrano, 2005).
27
Sin embargo, en casi todos esos estudios, el tiempo de las mujeres es una variable
inexistente por lo que no se contabiliza su valor económico. La evidencia recogida por los
estudios de la CEPAL, por ejemplo en Bolivia, Guatemala y Nicaragua, que vincula los
datos correspondientes al mercado y los datos correspondientes al trabajo doméstico,
muestra las marcadas interrelaciones entre ambos y la carga de trabajo total diferente
entre hombres y mujeres:
En América Latina el trabajo no remunerado de cuidado humano se asume como el
destino propio de las mujeres, por lo cual la maternidad y los cuidados del hogar se
constituyen en una barrera para la incorporación al mercado laboral o se vuelven una
doble carga de trabajo. Por otro lado, al interior de los hogares gran parte de las mujeres
viven en lo que representa “la caja negra familiar”: la maternidad no suele ser opción sino
un hecho forzado, donde la violencia doméstica se encuentra en todas sus formas (física,
sexual, psicológica) entrañando graves riesgos para la salud y bienestar de mujeres y
niños.
2.3.1 Maternidad y organización familiar
Si bien los indicadores de fecundidad han disminuido en todos los países de América
Latina, la maternidad temprana en la región se mantiene en los estratos pobres siendo un
determinante de exclusión, discriminación y violencia hacia las mujeres. A los 22 años,
entre el 20% y el 35% de las latinoamericanas urbanas son madres, en tanto en las zonas
rurales se llega al 60% y en ciertos países al 80% (CEPAL, 2006). Si bien el índice de
fecundidad en la mayoría de los países de la región se encuentra por debajo de tres hijos
por mujer, en aquellas donde hay más población indígena ese índice es más alto (Bolivia,
Paraguay, Guatemala). Para tener la oportunidad de cruzar el umbral de la pobreza y la
28
exclusión, es preciso que las mujeres no sólo reduzcan el número de hijos, sino que
pospongan la edad de su primer embarazo. Pero en América Latina se vive una
maternidad forzada en la medida en que el aborto está prohibido en la mayoría de los
países28, en donde se practican unos 3 millones 800 mil abortos anualmente en
condiciones de riesgo (IPPF, 2006).
A pesar de que desde inicios del siglo XX varios países actualizaron sus códigos penales,
permitiendo el aborto terapéutico para salvar la vida y el aborto compasivo en caso de
violación, el Vaticano y los gobiernos conservadores de Estados Unidos, han logrado
hacer retroceder los procesos y en algunos casos revertirlos completamente. Tal es el
caso reciente de Nicaragua, que desde 1893 permitía el aborto terapéutico, que fue
derogado en 2006. Igualmente sucedió en el caso de El Salvador y Honduras (1997).
Incluso en una sociedad tan laica como la de Uruguay, una iniciativa de ley de
despenalización del aborto, fue frenada por el senado y posteriormente por el actual
presidente socialista Tabaré Vázquez.
Por otra parte, un estudio realizado por Irma Arriagada29 comprueba que en la región se
asiste a cambios centrales en la organización y en la estructura de hogares y familias,
entre los que destaca el aumento de hogares y familias con doble ingreso, con jefatura
femenina y el crecimiento de hogares unipersonales.
Entre los cambios más notables se encuentra la incorporación masiva de las mujeres al
mercado laboral, en etapas del ciclo de vida familiar de formación y consolidación, con
hijos menores, situación que demanda un nuevo enfoque social sobre el cuidado de hijos,
adultos mayores y discapacitados. Por otra parte, indica que en ciertos tipos de familia y
etapas del ciclo de vida familiar se encuentra una relación más estrecha con la pobreza y
la indigencia, que en general corresponden a las etapas del ciclo de vida familiar donde
hay hijos pequeños y dependientes económicamente.
Señala que tradicionalmente la mayoría de las políticas gubernamentales se han
construido a partir de un concepto de familia “funcional” donde hay presencia de padre y
madre vinculados por matrimonio con perspectiva de convivencia de larga duración, hijos
e hijas propios y en donde los roles de género está perfectamente definidos: las mujeres
responsabilizadas de los trabajos domésticos y los hombres de los extradomésticos. Este
modelo de familia presupone derechos y obligaciones tácitamente definidos y una
interacción constante entre los miembros del grupo familiar, donde subyace un modelo de
responsabilidades asimétricas y con relaciones poco democráticas.
Las dificultades que enfrentan las mujeres para acceder y permanecer en el trabajo
remunerado están vinculadas a los trabajos domésticos y de cuidado. De ahí que quienes
no pueden delegarlo en otras mujeres por medio del servicio doméstico, redes familiares o
comunales, o no tienen la necesidad imperiosa de una remuneración se dediquen
únicamente a los quehaceres del hogar y permanezcan sin ingresos propios. El promedio
de la tasa de actividad doméstica de las mujeres de la región es mucho mayor entre las
cónyuges (52,2%) y entre las mujeres del área rural (42.1%), donde la delegación del
28
La OPS indica que el aborto es la causa principal de muerte materna en Argentina, Chile, Guatemala,
Panamá, Paraguay y Perú; la segunda causa de muerte en Costa Rica y la tercera en Bolivia, Brasil,
Colombia, Ecuador, El Salvador, Honduras, México y Nicaragua.
29 Arriagada, Irma. “Estructuras familiares, trabajo y bienestar en América Latina”. Conferencia Magistral,
Conferencia Iberoamericana sobre familia, (La Habana, 2005).
29
trabajo reproductivo es más difícil y los sistemas de apoyo mucho más escasos (CEPAL,
2007).
Por ello, advierte Arriagada, la nueva configuración de los hogares y las familias
latinoamericanas sugiere la necesidad de nuevas políticas dirigidas tanto a hombres como
mujeres en tanto padres, y a instituciones sociales que deben apoyar a las familias en la
cobertura de sus necesidades en una doble perspectiva: políticas orientadas a reconciliar
la familia y el trabajo, por un lado, y dar el necesario apoyo para el cuidado de los hijos y
de los adultos mayores, por el otro.
Al respecto señala que: “El enfoque y las diversas combinaciones posibles que puedan
tener estas políticas es materia de debate actual en políticas sociales: orientadas a un
enfoque más individualista, más “familista” (orientado a las familias), o a uno que
incorpore el trabajo doméstico y reproductivo como una responsabilidad del conjunto de la
sociedad. Considerar el tiempo de cuidado, el tiempo laboral y de traslado de hombres y
mujeres y organizar la producción y reproducción de una manera más equitativa entre los
géneros serían premisas básicas en un nuevo sistema del bienestar social que
proporcione mejores oportunidades de vida para la población. Este tipo de políticas
requiere un rediseño del Estado y por tanto un nuevo pacto social, político y económico.”
(Arriagada, 2005:23)
La creciente preocupación por el trabajo de cuidado está asociada a la expansión de
ciertos fenómenos entre los que se destacan: 1) la sostenida incorporación de las mujeres
al mercado laboral; ii) el desempleo y la marginación de colectivos de personas que
incrementan la dependencia del trabajo no remunerado; iii) las crisis, los ciclos
económicos y las nuevas formas de ocupación en el marco informal que acentúan la
conexión entre las actividades que se desarrollan fuera y dentro del mercado y iv) los
desafíos derivados de las nuevas estructuras demográficas y los cambios en las familias
(Benería, 2006). En América Latina, sólo dos países en la actualidad tienen una
referencia específica al valor del trabajo de reproducción social en sus Constituciones:
Ecuador y Venezuela. En otros países se están llevando a cambo esfuerzos legislativos
con el objeto de reconocer el aporte realizado por las mujeres al desarrollo y la economía
mediante el trabajo no remunerado y, en consecuencia, otorgarles algunos beneficios
vinculados con este, tales como Jamaica, Belice, Trinidad y Tobago y Brasil. Sin embargo,
tales medidas se restringen al ámbito legislativo y en general no se han traducido en
programas de amplia cobertura y duración.
De hecho, indica la CEPAL, no hay suficientes estudios disponibles en la región en los
que se pueda ver con claridad la diferencia entre políticas que favorecen a las mujeres,
políticas que favorecen las responsabilidades compartidas entre mujeres y hombres y
políticas que proponen abiertamente la participación masculina en la vida reproductiva y la
modificación de la estructura laboral femenina principalmente asociada a los servicios y
actividades de cuidado.
30
2.4. Efectos de una economía ciega al género
Sobre estos resultados, economistas feministas latinoamericanas30 señalan que la mayor
lección que deja no sólo el Consenso de Washington sino también el Consenso
Keynesiano en América Latina, es que no se puede entender y menos aún impulsar
correctamente el desarrollo si se continúa ignorando el análisis de género. La diferencia
entre uno y otro consenso, es que mientras el Keynesiano conllevaba la posibilidad de
aplicar políticas macroeconómicas basadas en condiciones históricas, sociales y políticas
específicas de cada país, el de Washington propuso una sola receta para todos los países
independientemente de las circunstancias de cada economía.
La adopción en la región de programas de ajuste estructural al agotarse las políticas
proteccionistas, tuvo efectos adversos inmediatos sobre los pobres y las mujeres, que
ponen en evidencia las limitaciones de los análisis económicos que ignoran la existencia
de la división sexual del trabajo que está en la base de las actividades productivas y
reproductivas. El hecho más relevante en esta etapa en que se acelera el proceso de
globalización y se aplica la receta neoliberal, es la feminización del mercado de trabajo,
con los siguientes efectos:





Las mujeres tuvieron que entrar masivamente al mercado laboral y terminaron casi
siempre en trabajos precarios e incrementaron su trabajo doméstico no
remunerado debido a la caída de ingresos.
No se produjo un crecimiento sostenido ni la inserción positiva en el mundo global
de todos los países de la región.
La conducción económica abierta y competitiva, acompañada por restricciones
fiscales, tuvo el efecto de trasladar los costos del Estado a las mujeres, quienes
tuvieron que sustituir con su propio esfuerzo el déficit de los servicios estatales.
La precarización laboral se caracterizó por la creación de 7 de cada 10 empleos en
el sector informal, lo que amplió la brecha salarial entre calificados y no calificados,
aumentó el número de trabajadores sin contrato, sin seguridad social (más del
50%) y sin organización sindical.
Nuevamente son las mujeres quienes sufren condiciones laborales más precarias,
dado que a los factores anteriores se les suma la discriminación, evidenciada en el
desempleo, en el tipo de ocupaciones, en su mayor participación en la
informalidad y en las desigualdades salariales.
De acuerdo con las citadas economistas de la Iniciativa Feminista de Cartagena, las
posibles explicaciones de este proceso de feminización del mercado de trabajo se
resumen de la siguiente manera:
a. Gran demanda de trabajo femenino de bajos salarios, debido al crecimiento del
comercio internacional de bienes y servicios y a las inversiones de las
multinacionales en la mayoría de los países.
b. El comercio y las inversiones se han dirigido a las economías donde los costos
laborales son bajos. Las mujeres cumplen con ese requisito.
30
Cecilia López Montaño (Colombia), Alma Espino (Uruguay), Rosalba Todaro (Chile), Norma Sanchís
(Argentina). En: América Latina, un debate pendiente. Incidencia en la Economía y en la Política desde una
visión de género. REPEM/DAWN/ Iniciativa Feminista de Cartagena, Uruguay, 2007.
31
c. Posibilidad de evadir los costos de los derechos laborales, debido a la incipiente
industrialización de muchos países en desarrollo. Las mujeres son quienes menos
demandan estos derechos.
d. Surgen nuevas alternativas de arreglos laborales debido a la revolución
tecnológica, que las mujeres aceptan.
e. Las políticas de ajuste generaron cambios radicales en los mercados laborales,
erosionando la acción laboral colectiva, a la cual en general los hombres no
renuncian.
f. Se han deslegitimado los sistemas de bienestar y se ha privatizado la protección
social, la que nunca cubrió a grandes sectores de mujeres trabajadoras.
Concluyen que en el período las mujeres entran masivamente al mercado de trabajo en la
región por su capacidad de ajustarse –más que los hombres- a las malas condiciones
laborales imperantes.
Las autoras plantean que el gran reto de las mujeres de América Latina y el Caribe es
lograr que la dimensión de género sea una variable analítica clave en los nuevos
desarrollos teóricos que comienzan a plantearse en los ámbitos académicos y en los
organismos multilaterales. Las críticas feministas a la economía neoliberal postulan que:
1. Por un lado esta política ignora el costo que significa para las mujeres la economía
del cuidado y por otro sobrestima la eficiencia de las políticas económicas, tal
como se aprecia en evaluaciones de los procesos de ajuste estructural.
2. La transferencia de los costos del mercado al hogar convirtió a la economía no
remunerada en el factor equilibrante, debido fundamentalmente a las actividades
de las mujeres pobres.
3. La teoría y la política económica no son neutrales con respecto al género y otras
variables sociales. Por ejemplo, si para reducir el déficit fiscal, se limitan los gastos
de atención a los niños, las mujeres ven limitadas sus posibilidades en entrar al
mercado laboral remunerado.
En conclusión, los sectores medios y especialmente las mujeres pobres, no vieron
compensado su esfuerzo productivo con mejores ingresos y mayores niveles de poder,
tanto dentro de la familia como en la sociedad. Lo anterior, señalan, trasciende el
problema de la situación actual de la mujer latinoamericana, para tocar la esencia misma
del modelo de desarrollo de la región. Para introducir grandes cambios en la política
económica, es necesario partir de nuevos enfoques con contenido de género que deben
surgir de tres grandes propuestas:
 Las instituciones trasmiten sesgos de género y al ser el mercado una institución
construida socialmente, éste también refleja y refuerza las desigualdades de género.
 El costo de reproducción y mantenimiento de la fuerza de trabajo en una sociedad
seguirá siendo invisible mientras la gama de la actividad económica no incluya el
trabajo reproductivo no remunerado.
 Las relaciones de género desempeñan un papel importante en la división y
distribución del trabajo, ingreso, riqueza e insumos productivos, con significativas
implicaciones macroeconómicas.
La Iniciativa Feminista de Cartagena señala que la gran limitación de la región nace de la
carencia de un verdadero debate sobre las características del desarrollo latinoamericano.
Afirman que las mujeres, especialmente las economistas feministas, deben enfrentar el
32
reto de hacer uso de la ventana de oportunidad que se ha abierto en la búsqueda de
nuevas fórmulas de desarrollo para la región frente a la insatisfacción derivada de recetas
que se consideraron salvadoras y que no cumplieron con sus promesas de crecimiento y
equidad. “Las mujeres no pueden quedar fuera de la transformación productiva y de la
transformación social que debe desarrollarse en la región. La dimensión de género en las
nuevas políticas de desarrollo puede aportar elementos muy positivos para resolver los
problemas más críticos de estos países, como son la pobreza, la injusticia, la desigualdad,
la corrupción y la violencia”.31
III.
Apostar por la racionalidad sustantiva: democracia y justicia paritaria
A la luz de todo lo expuesto en los capítulos precedentes, podemos sacar algunas
hipótesis de trabajo para reflexionar y debatir sobre las rutas del cambio:
La desigualdad y exclusión en América Latina se encuentra entreverada en tres procesos
de larga duración como son la pervivencia de imaginarios barrocos religiosos, una
ciudadanización imaginaria y la centralización burocrática, que son los que han
configurado un ethos cultural autoritario y centralista en nuestros países y por ende, una
cultura política autoritaria o bien, “pragmático resignada”, a través del proceso de
producción y reproducción de prácticas sociales.
El núcleo constitutivo para el funcionamiento racional y eficaz de la política en los
sistemas democráticos, es la modernidad. De manera que la incapacidad de los actores
políticos para adoptar una identidad moderna impide que ajusten sus prácticas a las
reglas del juego democrático.
La democracia moderna se fundamenta sobre los principios de la igualdad y la libertad
que dan origen al Estado de Derecho. La democracia es inseparable de la noción de
ciudadanía, que implica el reconocimiento de los individuos como seres racionales, libres
e iguales ante la ley, que conforman el sujeto por excelencia de la política y de la
legitimación del poder.
En teoría y en principio, un Estado y una sociedad democrática requieren del desarrollo
de los siguientes componentes de una cultura correspondiente:
1. La existencia de una visión secular del mundo compartida; no determinada por
presupuestos religiosos. Una cultura secularizada es una donde las personas se
ven como sujetos conscientes, con libre albedrío y no sujetos a una voluntad ajena
y divina (de “providencialismo meticuloso” como lo llama Pérez-Baltodano). Esta
visión secular se define también en función de metas y valores compartidos
específicamente políticos, que no se confunden con otro tipo de valores que
comparte un grupo social.
2. La existencia de un espacio público como arena para la constitución de actores
que, basados en la libertad de expresión y asociación, pueden expresar su
individualidad y diferencia, a fin de desarrollar sociedades civiles fuertes. Es decir,
actores que cumplen con los siguientes rasgos: autonomía, autoorganización,
ejercicio de una ciudadanía activa, y capacidad para controlar y contener el poder
del Estado.
31
América Latina un debate pendiente… pág.50.
33
3. La existencia de sujetos republicanos, que no son súbditos obedientes de los
dictados del poder, sino sujetos que participan directa o indirectamente en el
diseño de dichos dictados y en la fundamentación misma del poder, en tanto la
voluntad de los ciudadanos es la fuente del poder y la soberanía. De ahí que una
creencia básica compartida debe ser la de tener cierto control sobre las élites
políticas y sobre las decisiones que éstas toman.
4. La existencia de un orden jurídico objetivo que sea universalmente obligatorio y se
aplique a todos por igual.
5. El reconocimiento efectivo de la pluralidad y la competencia, donde todos tienen el
mismo derecho a ejercer todas las libertades individuales y a coexistir. Implica el
reconocimiento del “otro”, del derecho a ser diferente y al disenso.
6. La demanda por una autoridad racional y responsable, que detente legal y
legítimamente el poder y que esté sujeta a reglas, a procedimientos y a la
fiscalización de las instituciones y los gobernados.
De estos componentes la mayoría están ausentes o bien, escasamente desarrollados en
la región. Una lectura en clave de género de la cultura política latinoamericana, nos indica
que la dificultad de la construcción democrática tiene que ver con la fallida diferenciación
entre lo público y lo privado, puesto que desde la Colonia las actividades públicas de los
hombres libres, tomaba lugar en los espacios privados de las haciendas.
3.1. Estado de Derecho vs. Señorío de Hacienda
El gobierno como señorío de hacienda ha tenido profundas consecuencias políticas, en
tanto estableció las relaciones personales entre individuos como un contrapunto a los
preceptos universales modernos de equidad y ciudadanía. Esta forma relacional es el
tutelaje.32
El término viene de una figura del derecho de familia, que se aplica cuando una persona
está incapacitada para la representación de sus intereses y se requiere de alguna otra
instancia que se encargue de su adecuada representación. El ejercicio de la tutela
genera las figuras del tutor y del tutelado. Esta figura se aplicó tradicionalmente a
mujeres, huérfanos, niños o enfermos mentales, pero en nuestro caso tipifica las
relaciones establecidas hasta el día de hoy entre gobernantes y gobernados.
Los factores centrales para la formación del orden tutelar se encuentran en la servidumbre
y en la persistencia de la hacienda y tanto el caudillaje militar como la hegemonía cultural
católica difícilmente pueden explicarse al margen de este modelo.
La figura central en este proceso es el hacendado, algo muy próximo al pater familias
romano, que condensaba la personificación de la autoridad y ejercía un poder basado en
la violencia con los que se encontraban al margen de la hacienda y de paternalismo al
interior de la misma. La hacienda, en la Colonia, además de proporcionar peones, daba
amantes al patrón y sus hijos, así como una prole bastarda, como fuerza de trabajo y
base social, que es el origen del mestizaje. Se consolidó así un modelo de autoridad
como una suerte de ampliación de la esfera doméstica, donde no era imaginable una
separación o distinción entre la persona y el cargo de autoridad.
32
Cfr. Guillermo Nugent. El Orden Tutelar. Para entender el conflicto entre sexualidad y políticas públicas en
América Latina. (Lima, julio 2002).
34
Un factor importante en el lento desarrollo de la sociedad civil y el carácter embrionario
que aún manifiesta en algunos países de la región está en esta pervivencia de la
“sociedad doméstica” aludida, puesto que la sociedad civil se articula con la aparición de
la individualidad y la diferenciación de intereses y toma lugar cuando el orden basado en
la familia es rebasado. La familia, por el contrario, es un espacio jerárquico donde la
autoridad del padre es indiscutible y no está sujeta a ningún debate o consenso. En este
modelo, madres, hijos y servidumbre, están bajo la “tutela” del padre, articulándose así la
subordinación y la desigualdad de género, generacional y de clase, constituyéndose en el
modelo de autoridad para el conjunto de la vida social, de manera que terminó
equiparándose el concepto de ciudadanía con el cumplimiento de los deberes filiales y
con la obediencia sumisa.
Del tutelaje se derivan dos consecuencias importantes: la primera es una sostenida forma
de pesimismo cultural, que señala a un determinado pueblo como básicamente incapaz
de hacerse cargo de sí mismo, lo cual a su vez justifica la emergencia de una forma de
gran tutor, como es el caudillo. La segunda consecuencia ha sido el abandono tendencial
de cualquier tipo de ideal de excelencia moral, con lo que los que debían gobernar no
tenían que ser los mejores, sino que bastaba con afirmar la condición tutelada de los
gobernados.
En otra parte he señalado que en nuestra genealogía de mestizos, tanto a nivel síquico
como histórico, hemos sido prácticamente una emergente nación huérfana de padre. En
el inconsciente colectivo ha estado ausente la imagen arquetípica de un progenitor
concebido como una figura protectora, benevolente y nutricia, tal vez porque en términos
histórico-concretos la única referencia paterna de nuestro origen se remonta a la figura del
Conquistador: un padre infame, que se afirmó por el poder arbitrario, la violación de
mujeres y el rechazo de su propia prole.33 Tal vez por ello es que los apologistas de las
dictaduras patriarcales han estimado que el caudillismo es una “fatalidad étnica”, con lo
cual la construcción efectiva de la república no puede prescindir del “hombre fuerte”, o
para el caso, como diría Nugent, del Gran Tutor.
Simón Bolívar, reconocido como “Libertador” y hoy gran inspirador del llamado
“Socialismo del Siglo XXI” de la República Bolivariana de Venezuela, llegó a afirmar que
“las instituciones representativas no se adecuan a nuestro carácter, nuestras costumbres,
a nuestras luces actuales... Los Estados americanos necesitan gobiernos paternales...”
(Carta Profética, 1815).
El orden tutelar y el patrimonialismo secular surgen del poder oligárquico de los
propietarios, el poder de los hombres como genitores y el poder religioso de los
sacerdotes, constituyendo en América Latina la histórica trinidad patriarcal del poder,
siendo el poder de la iglesia el que le ha dado cohesión, en tanto ésta ha tenido el
monopolio indiscutido de la producción de sentido. El carácter patrimonialista del Estado
que se conformó en la región ha traspasado hasta nuestros días, porque durante el siglo
XIX cuando comenzaba a desplegarse el liberalismo en América Latina y se iniciaba la
secularización del Estado, la iglesia, aliada de las oligarquías conservadoras mantuvo su
poder sobre la familia y la educación.
Sofía Montenegro. “La `Herótica´ nacional masculina”. En: Debate Feminista. Ley, cuerpo y sujeto. Año 10,
Vol. 19, (México: abril, 1999)
33
35
3.2. Ciudadanía plena vs. Ciudadanía maternalista
El status femenino confinado a la reproducción biológica, social y material, se mantuvo y
se reelaboró a partir de la modernización orientada por los gobiernos populistas desde los
años 30, que hizo la relación con las mujeres más funcional al reconocerles la condición
de ciudadanas y concederles el voto, más por el interés de legitimarse que por el
reconocimiento de los argumentos políticos de las sufragistas. Una ciudadanía otorgada
por su condición de “madres al servicio de la patria” y como transmisoras de “buenas
costumbres”. El discurso “maternalista” como lo define la historiadora Lola Luna34, fue
utilizado por Juan Domingo Perón en Argentina, Getulio Vargas en Brasil, Rojas Pinilla en
Colombia, entre otros. Un ejemplo típico de este discurso es el de Eva Perón a las
mujeres sobre su función política como madres de la nación, antes que trabajadoras. El
maternalismo se profundizó después a través de las políticas de desarrollo de los sesenta,
setenta y ochenta y en ellas se instrumentalizó a las mujeres especialmente con la crisis
económica.
“En estas políticas”, apunta Luna, “se las identificó como agentes sociales para el
desarrollo de la comunidad y como agentes económicos domésticos. Esto trajo la
intensificación de los deberes de género que funcionaban como reproducción social y
económica, al tiempo que se aplicaban políticas de control de reproducción biológica, sin
reconocer a las mujeres derechos reproductivos de ningún tipo. Estos mecanismos fueron
el motor de los clubes de madres que conformaron muchos de los movimientos por la
supervivencia, compuestos por mujeres de los barrios populares, convocadas a
organizarse como madres responsables. Esta es una de las caras de los efectos del
desarrollo.”
El maternalismo también funcionó en el origen de otras acciones femeninas, denunciantes
de los desaparecidos por las dictaduras u otras violencias, que se han ido construyendo
como movimientos de madres contra la violencia, movimientos feministas y movimientos
por la supervivencia, que son las categorías de análisis con las que la citada historiadora
explica la construcción de movimientos sociales de mujeres, plurales y diversos, que se
han dado a lo largo del siglo XX en América Latina, en diferentes contextos históricos y a
través de variadas prácticas discursivas. Todos ellos tienen un elemento común de
constitución: el género y la diferencia sexual operando en el seno de todos los contextos.
Las críticas que han ido desarrollándose desde estos movimientos hacia las obligaciones
femeninas, que antes se asumían sin cuestionar, confirman la tesis del aprendizaje de los
géneros y su posible transformación, apuntando a partir de los 90 hacia un proceso de
confluencia entre los movimientos de supervivencia y los movimientos feministas. A estos
se añaden ahora en el espacio público nuevas actores emergentes: movimientos de
mujeres negras, movimientos de mujeres indígenas y movimientos lésbicos, que
representan una crítica a las prácticas y discursos racistas y homofóbicos presentes en la
sociedad.
En este sentido, es importante notar que adquirir una conciencia de ciudadanía se
relaciona directamente con la politización de la persona y el propio proceso que implica
salir a la esfera pública forma parte del proceso de construcción de una dimensión de la
ciudadanía. Significa, como diría Elizabeth Jelin, el derecho a reclamar y por lo tanto, salir
Cfr. Luna, Lola. “Contextos históricos discursivos de género y movimiento de mujeres en América Latina”.
Conferencia en el curso Mujeres y Asociacionismo, Hojas de Warmi, No.12, Albacete, 2001.
34
36
del plano subordinado.35 Por otro, se trata de ejercer “una práctica conflictiva vinculada al
poder, que refleja las luchas acerca de quiénes podrían decir qué en el proceso de definir
cuáles son los problemas sociales comunes y cómo serán abordados”.
Desde distintas perspectivas se ha criticado la incapacidad de las democracias liberales
para neutralizar las desigualdades económicas, pues entre más se aleja el capitalismo del
control democrático, más sufre la democracia como régimen político. Por otro lado, se
señala también la incapacidad de la democracia para responder adecuadamente a los
intereses y necesidades de distintos grupos sociales y resolver las desigualdades
culturales. Sin embargo, es la exclusión de las mujeres de una ciudadanía plena la que
deslegitima la democracia, pues evidencia que se trata de una democracia que además
de estar incapacitada en el neoliberalismo para regular la economía, está monopolizada
por los hombres.
En muchos países de América Latina los efectos del arribo de partidos de derecha y
extrema derecha al poder, han sido la vulneración del Estado laico o el fortalecimiento de
los estados confesionales donde la jerarquía católica incide directamente en las políticas
públicas. En algunos países el ascenso de partidos de izquierda, sean de carácter
pragmático o populista, tampoco ha representado un cambio significativo para las
mujeres, puesto que buena parte de ellos ha renunciado a la ética y a la congruencia con
un proyecto emancipador. Incluso, algunos como en el caso del gobernante Frente
Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) de Nicaragua, han depuesto sus propios
principios y han convertido en políticas públicas las posiciones más obscurantistas de la
iglesia católica, tales como la derogación del aborto terapéutico y la promoción de
catecismos sobre la sexualidad. Algo similar sucede con el opositor Frente Farabundo
Martí de Liberación Nacional (FMLN) de El Salvador, quien permitió desde la Asamblea
Nacional que se legislara para impedir el aborto terapéutico y recientemente, a partir de la
iniciativa de grupos fundamentalistas centroamericanos, firmó el denominado “Libro de la
Vida” para impedir que esto se cambie.
La vulneración de la frágil institucionalidad democrática conquistada pone en riesgo
conquistas históricas de los movimientos feministas, puesto que la impunidad, la
corrupción y el secuestro de las instituciones por poderes fácticos y religiosos, limitan la
posibilidad de usar las leyes, las instituciones y los mecanismos existentes para hacer
exigibles lo derechos de las mujeres y su acceso a la justicia.
3.3. Refundar la política y el Estado
Encontrar una salida para el cambio de esta situación pasa por realizar una serie de
rupturas. La ruptura con el pensamiento androcéntrico, es una de ellas. La otra es una
resocialización política donde se asuma una Ética de la Igualdad como principio. Los
principios revolucionarios de Libertad, Igualdad y Fraternidad, como gran promesa para la
emancipación de la especie humana, de hombres y de mujeres, establecidos desde la
revolución francesa, sólo es posible si se cumplen de manera integral. La igualdad es la
gran asignatura pendiente desde el comienzo de la Modernidad, puesto que los dos
sistemas políticos y económicos, capitalismo y socialismo, desarrollados desde entonces
hasta nuestros días han fracasado en lograr sociedades libres, igualitarias y equitativas y
han defraudado las esperanzas de la humanidad.
Jelin, Elizabeth,: “Igualdad y diferencia: dilemas de la ciudadanía de las mujeres en América Latina”, en:
Ágora. Cuadernos de estudios políticos, año 3, Nr. 7: Ciudadanía en el debate contemporáneo, 1997
35
37
Se trata por tanto, de hacer efectivo el principio universalista que asume que la igualdad y
la libertad pertenecen a la humanidad en su conjunto y no sólo a los varones.36 La idea de
universalidad es el pilar sobre el que reposan las nociones de democracia y ciudadanía,
por lo que habrá que asumir verdaderamente a la democracia como el modo de
organización social y política que defiende los mismos derechos formales para todos los
individuos, que se basa en la igualdad de todos los sujetos ante la ley y en la
imparcialidad de la misma con todos y cada uno de los ciudadanos y ciudadanas.
Las pensadoras feministas por la igualdad, apuntan que los incumplimientos del
universalismo y la ciudadanía deben neutralizarse a través de la discriminación positiva y
las políticas de cuotas paritarias garantizadas jurídica y políticamente, señalando que
quizá esta es la única vía hacia la ampliación de la participación democrática para las
mujeres. Plantean que el problema de fondo es la reformulación de los conceptos de
individuo y ciudadano como elementos nucleares de las sociedades que aspiren ética y
políticamente a la libertad y la igualdad. Apuntan que la cuestión central es que la
constitución o descubrimiento de un nuevo ciudadano no patriarcal requiere de la
formación de genéricos emancipadores, puesto que todo movimiento que se plantee
cambiar determinados rasgos de la realidad social y política ha de extraer un “nosotros” al
que dotar de rasgos de legitimidad y excelencia.37
Esto implica, desde nuestro punto de vista, fortalecer, expandir e invertir en el desarrollo
de un movimiento feminista latinoamericano que asuma el reto de articular la reflexión
teórica con la construcción estratégica para posicionarse como un actor social ineludible
en el espacio público y en el escenario político nacional y regional.
En los últimos 29 años, el contexto latinoamericano se caracterizó por el paso de
dictaduras, guerras y luchas revolucionarias a procesos de pacificación –caso de
Centroamérica-, transición y apertura democrática. En ese contexto las mujeres
participaron en la lucha política y social general, sin mayor diferenciación entre derechos e
intereses generales, dado que los movimientos de mujeres y las feministas tendían a
identificarse con proyectos revolucionarios o de izquierda. Es a partir de los 90 que se
inicia el decantamiento de las mujeres de estos proyectos a partir de la creciente
autonomización y articulación de las mujeres como movimiento de carácter feminista. La
autonomía ha sido un proceso surgido a partir de las contradicciones con la izquierda y a
partir de la lucha política pero no era un principio político establecido para los grupos de
mujeres que iniciaron lo que Virginia Vargas llama “la audacia movimientista”.
La lógica fue sin embargo, luchar por derechos y espacios específicos desde una
perspectiva de negociación con el poder masculino o las instituciones ahí donde se dieran
las condiciones políticas de oportunidad. El ingreso al espacio público se realizó más en
función de agendas relacionadas con el rol de género asignado que de una verdadera
apropiación del espacio público como tal y por derecho propio.
36
Ver Amorós, Celia. Tiempo de feminismo. Sobre feminismo, proyecto ilustrado y postmodernidad. Cátedra,
col. Feminismos, Madrid, 1997.
37 Ver Valcárcel, Amelia. “Pongamos las agendas en hora”. En: Alicia Miyares (ed) Documento de Trabajo
No.14, II Encuentro de Mujeres Líderes Iberoamericanas, Madrid, 2007 y Cobo, Rosa. “Ciudadanía recortada
y democracia deficitaria”. En: Política y Sociedad, Madrid, No.32, 1999.
38
Como evidencia la experiencia centroamericana y la nicaragüense en particular, al
desplomarse los proyectos revolucionarios seudo-emancipadores y autoritarios, las
mujeres se quedaron sin vehículo y sin proyecto político al que integrarse.
Hay que recordar que el feminismo es una teoría política del mismo rango que las otras
dos teorías políticas que modelaron la democracia: el liberalismo y el socialismo. El
aporte del feminismo al nuevo entendimiento de la democracia, es que coloca el cuerpo
en el centro del discurso político, planteando un cuestionamiento a los arreglos entre los
sexos, (el “contrato sexual”) implícito en el contrato social rousseauniano
La contradicción fundamental con la perspectiva del socialismo –tal y como se ha
experimentado- es que sólo se propuso cambiar las relaciones de producción y no las de
reproducción de la vida. Se propuso cambiar el orden económico de clases, pero no el
orden patriarcal de los géneros: las mujeres aportaron a cambiar el contrato social, pero
no hubo un cambio en el contrato sexual, con lo cual el patriarcado moderno se regenera
constantemente y con ello, la exclusión. Pero además, tampoco le dio mayor valor a la
democracia, desdeñada por “burguesa”, ni reconoció la división sexual del trabajo, la
organización de la intimidad y la organización de la ciudadanía como estructuras cruciales
de la desigualdad. No habría que extrañarse entonces que los experimentos
revolucionarios de cambio hayan fracasado.
El fracaso y la derrota de las revoluciones, dejó a buena parte de las mujeres del
movimiento en la orfandad teórica, política y organizativa, así como a la defensiva. A
partir de ese momento el movimiento de mujeres se fragmenta y se “oegeniza”
instalándose en los “temas” de género y en la micro y meso política. La “gran política” se
abandona.
La ausencia de pensamiento sistémico y de reflexión política dentro de los movimientos
de mujeres, llevó a la exacerbación de identidades particulares, al pragmatismo, al
activismo y al asistencialismo, lo que ha obstaculizado la generación de estrategias
comunes y de organizaciones que federen los intereses de las mujeres. Ello propicia la
instalación de una perspectiva cuasi-sindicalista, más que el desarrollo de una conciencia
colectiva de pertenencia a un movimiento social y político emancipatorio. Por el proceso
de “oenegización” vivido por el movimiento, se suple con “articulaciones” y redes
temáticas, la falta de espacios de discusión y deliberación política feminista sobre las
realidades nacionales. Por otro lado, ha llevado a una división del trabajo feminista entre
grupos que velan por los intereses prácticos de género y las que velan por los intereses
estratégicos de género.
Como demuestra el breve recorrido histórico presentado aquí un importante factor de
cambio para la ciudadanía de las mujeres ha sido el desarrollo de su propio movimiento
afincado en un discurso de democracia genérica y de participación femenina, que ha
impugnado las concepciones del poder y ha llevado al ámbito público temas “privados”.
El estudio del caso del movimiento de mujeres de Nicaragua a lo largo de su historia y su
relación con el Estado38, arroja algunas conclusiones que pueden servir para orientar
mejor el quehacer político de las mujeres:
38
Véase. Santamaría, Gema. Alianza y Autonomía: Las estrategias políticas del Movimiento de
Mujeres de Nicaragua (2005) y Documento Político del Movimiento Autónomo de Mujeres de
Nicaragua (2006)
39
1. La autonomía del movimiento es un elemento necesario para mantener una
agenda propia, pero no suficiente para que sea efectiva.
2. El paso de un movimiento de mujeres que operaba del interior del Estado (período
revolucionario) a uno que actúa desde la sociedad civil no ha sido fácil, no sólo por
la agenda neoconservadora en lo social y neoliberal en lo económico, sino porque
el esquema organizativo de ONGs presentó nuevas debilidades y fortalezas:
atomización del movimiento, dependencia del financiamiento internacional y
participación popular limitada, aunque con autonomía frente a las élites
gobernantes, horizontalidad organizativa e identidad basada en el género.
3. Un movimiento de mujeres autónomo bien puede cooperar con élites gobernantes
y ganar con ello efectividad, pero dependerá de qué élites estén el poder y de las
políticas de género que impulsen.
4. El modelo de oenegización presenta debilidades que no necesariamente están
vinculadas a la dependencia de recursos, sino con los modos de operación.
5. Si bien la autonomía frente al Estado es necesaria porque las élites gobernantes
apoyan al movimiento de mujeres sí y sólo si éste se ajusta a sus necesidades y
objetivos; es un hecho que cuando existen coincidencias en las agendas puede
darse una cooperación útil, no sólo para el Estado sino para el movimiento de
mujeres.
6. Para que la cooperación y/o las alianzas entre el movimiento de mujeres y las
élites gobernantes sean fructíferas, se requiere de la confluencia de dos factores:
la autonomía organizacional y de recursos del movimiento de mujeres y una
política de género progresista por parte de las élites gobernantes. En Nicaragua,
en ninguno de los tres momentos históricos del movimiento (sufragismo,
compañeras de la revolución, feministas mundializadas) han coincidido ambos
factores.
7. En cuanto a la oenegización del movimiento, el feminismo deber ser crítico y
ubicar las fallas, para recuperar su capacidad transformadora.
Está demostrado también que el Estado puede actuar en sentido “negativo” (reproducción
patriarcal) como en sentido “positivo” (facultad de transformación en leyes y programas).
De lo que se deduce que para poder hacer los cambios es necesaria la existencia de
movimientos de mujeres con autonomía e independencia política, pero que además, es
necesario que lleguen fuerzas progresistas y democráticas al poder, a fin de poder
establecer relaciones de alianza y promover los cambios e incorporar más mujeres
comprometidas con la lucha, en niveles de decisión.
3.4. Por una nueva transición democrática
En este sentido, si bien en el horizonte histórico se debe aspirar a la configuración de una
democracia paritaria, este es un proceso que inevitablemente pasa por etapas y
mediaciones, que podría pensarse como una nueva transición democrática dado el
contexto político-económico latinoamericano: el paso de una democracia deficitaria a una
“democracia amigable” a las mujeres.
Un sugestivo trabajo de la cientista política canadiense Jill Vickers,39 titulado ¿Qué hace a
algunas democracias más “amigables” a las mujeres? postula que las democracias
39
Jefa del proyecto de investigación Gender and Nation de la Universidad Carleton, Ottawa. El proyecto
estudia una variedad de casos de todo el mundo a fin de mapear y teorizar sobre las intersecciones entre
género y nación a fin de identificar las condiciones que promueven formas pacíficas de proyectos nacionales
40
“amigables” a las mujeres despliegan las siguientes características: i) una significativa
`presencia´ de mujeres en instituciones decisoras claves, ii) una larga historia de tal
involucramiento y iii) evidencia de la participación de las mujeres en la formación del
Estado-Nación y/o en su reestructuración. Finlandia y Noruega, por ejemplo, encajan en
este patrón.
Esto advierte que el movimiento feminista no puede renunciar a la política ni a ocupar
posiciones de poder en la esfera pública del Estado y mucho menos cuando se está
hablando de la necesidad de su reestructuración. Implica que se debe continuar luchando
por las políticas de integración de las mujeres y por el ejercicio de una ciudadanía activa,
que no se agota en el ejercicio del voto o en el derecho a ser elegida, sino que implica el
poder y la capacidad de formular las leyes bajo las cuales se está viviendo, que a su vez
postula la posibilidad y la capacidad de participar en los debates sobre el bien común.
Como práctica, la ciudadanía necesariamente exige un conjunto de competencias cívicas
(identidad, cooperación, tolerancia, limitación del interés egoísta, respeto a las reglas,
etc.), que incluyen también el conocimiento de los sistemas políticos, la habilidad de
pensar de manera crítica sobre la vida política y saber como participar con éxito en el
proceso del gobierno. Y esta es la tarea de “ciudadanización” y politización que le toca
desarrollar al movimiento.
Al igual que otros actores de la sociedad civil latinoamericana, el movimiento de mujeres
tiene la necesidad de un reposicionamiento identitario, desde la ciudadanía, para
intervenir en el espacio público y cumplir con la función política democrática de la
sociedad civil que es: controlar el poder, asegurar derechos, fiscalizar la distribución de
recursos públicos y fiscalizar la forma de gobierno.
Estos puntos determinan quiénes se constituyen en actores sociales y quiénes no y es a
partir del posicionamiento de los actores que se va a prefigurar la apuesta por un proyecto
político democrático o por un proyecto político autoritario, dado que la sociedad civil no es
un todo bueno a priori, sino que es un campo para dirimir intereses y valores. El nivel de
respuesta del Estado y el gobierno sobre los cuatro puntos anteriores, es lo que determina
la legitimidad y la democraticidad de un régimen.
El retorno de las mujeres como ciudadanas a la política es pues, el paso indispensable
para crear una nueva estructura política de oportunidad, promover una agenda de debate
pertinente sobre democracia, desarrollo y equidad genérica, que posibilite las condiciones
para una futura refundación del Estado en nuestras sociedades.
Un gran paso en ese sentido lo representa el llamado Consenso de Quito, donde los
gobiernos de América Latina y el Caribe participantes en la X Conferencia Regional de la
Mujer (2007) reafirmaron el compromiso de cumplimiento y la vigencia de la Convención
contra todas las formas de discriminación contra la mujer así como de diversos convenios,
programas y planes surgidas de las diversas Conferencias mundiales, acordando 36
medidas que apuntan a la integración de las mujeres y la democratización política,
económica y social de los Estados de la región (CEPAL, 2007).
amigables a las mujeres. La meta es colectar 90 estudios de caso de unos 30 países. Ver:
http://www.carleton.ca/genderandnation/
41
En broma y en serio, algunas feministas latinoamericanas hemos hablado de convertir el
Consenso de Quito en una Norma ISO, aplicable en todos los Estados de América Latina.
El ISO-Quito tendría –de manera similar a la estandarización de normas de productos y
seguridad para las empresas u organizaciones a nivel internacional- la finalidad de
coordinar las normas nacionales de los Estados para facilitar la integración de la
perspectiva de género en las políticas públicas, estatales y de gobierno y la integración de
las mujeres mismas, a fin de convertirlas en democracias “amigables” a las mujeres y
pavimentar el camino hacia una democracia sustantiva y paritaria.
Otro gran paso, del lado del movimiento de mujeres podría estarse dando en marzo del
2009, cuando se reúna y delibere en México el XI Encuentro Feminista de América Latina
y el Caribe, para hacer el balance político de los últimos 30 años. De este encuentro
podría estar surgiendo la propuesta de relanzamiento del feminismo en concordancia con
los desafíos del siglo XXI en la región más desigual del planeta.
IV.
CARE: Intereses prácticos e intereses estratégicos de las mujeres
CARE es una organización no gubernamental que forma parte de una confederación
mundial integrada por 11 países miembros que desarrollan proyectos en más de 60
países alrededor del mundo. En 1999 CARE decidió asumir como su visión organizacional
la lucha contra la pobreza y sumarse al esfuerzo global establecido por la Organización
para la Cooperación Económica y el Desarrollo de reducir la pobreza en el mundo en un
50% para el 2015.
La estrategia de intervención de CARE ha venido cambiando con el tiempo en la medida
que pasó de ser una organización de ayuda de emergencia a partir de la II Guerra
Mundial a una intervención con programas orientados a salud, educación y transferencia
de tecnología aplicada a la agricultura. Sobre la base de los esfuerzos comunitarios CARE
facilita el cambio a través del mejoramiento de la educación básica, la prevención del VIH,
incrementar el acceso al agua y a la sanidad, promover actividades generadoras de
ingreso y la protección de los recursos naturales, así como aportar ayuda de emergencia
en tiempos de crisis o desastre. En este marco se hace un énfasis especial en trabajar
con las mujeres.
De acuerdo con lo anterior, estaríamos ante un enfoque de atención a necesidades
básicas y en el caso de la intervención dirigida hacia las mujeres ante un enfoque de
Mujeres en el Desarrollo (MED) antipobreza, es decir, un enfoque en las que la lucha
contra la exclusión de las mujeres, otorga importancia a las necesidades prácticas de
género, a los roles productivos de las mujeres pero que mantiene la vigencia de sus roles
reproductivos. Este enfoque es considerado hoy limitado y si bien CARE utiliza también el
enfoque de empoderamiento, está limitado a desarrollar capacidades personales de las
mujeres y maneras de influir en la vida de las comunidades, se trata de un enfoque de
desarrollo personal sin alcances sociales, que no desafía las desigualdades y jerarquías
del poder formal.
Como han demostrado diversos estudios sobre las organizaciones de ayuda privada al
desarrollo, sus decisiones suelen estar orientadas por una serie de variables, tales como
sus propias orientaciones ideológicas, que como en el caso de CARE tiene sus raíces en
valores humanitarios, como la compasión y el altruismo.
42
Hay algunas organizaciones de ayuda privada más inclinadas que CARE a apoyar
contrapartes que tienen raíces en los movimientos populares que luchan por un cambio
social, guiadas por la convicción que el desarrollo local autosostenido, no es viable en
ausencia de ambientes de apoyo nacional o regional, por lo que promueven cambios de
políticas a niveles gubernamentales y buscan incrementar la coordinación entre
organizaciones involucradas en el nivel micro y macro. Otra variable que orienta las
estrategias de todas las agencias es la cultura organizacional de los países donantes.
La cooperación de organizaciones no gubernamentales de los países del norte, suele
denominarse “cooperación solidaria” para distinguirla de la Ayuda Oficial al Desarrollo
(AOD) que esta dirigida al Estado, al gobierno y al nivel local, así como de la cooperación
descentralizada (dirigida a gobiernos locales). Originalmente, la cooperación solidaria en
buena parte de América Latina estuvo dirigida a los actores sociales, movimientos y
ONGs nacionales-locales. Es decir, se encontraba vinculada al tema de las identidades,
derechos humanos y conflictos, determinada por el contexto y el tiempo político.
En la actualidad, el problema principal que enfrenta la cooperación solidaria es que
terminó “alineándose” y “armonizándose” con la Ayuda Oficial al Desarrollo y con la
cooperación horizontal o descentralizada: ahora apoyan a los gobiernos locales,
proyectos institucionales y economías de sobrevivencia, en lugar de los sujetos sociales y
sus procesos. En este tanto, sufre de una “crisis de identidad” en tanto está subsumida
en la lógica de la AOD y sus agendas, como lo muestra CARE al sumarse a la agenda
establecida por la OECD. Ahora bien, América Latina en el contexto global ha perdido
importancia como región receptora de la AOD y en los últimos tres años ha registrado los
niveles más bajos de la década. América Latina recibe, en términos per cápita, un tercio
de lo que recibe Europa del este o el África subsahariana.
Latina en el contexto global
AOD para América Latina como porcentaje de la destinada
a los países en desarrollo
Años 1994-2003
mportancia
a Latina como
e AOD.
15%
10%
5%
os años, la
a región,
e la AOD a
arrollo, ha
les más bajos
0%
1994
1995
35
31
31
29
30
recibe, en
a, un tercio de
pa del Este,
ariana.
25
1997
1998
1999
2000
2001
2002
2003
AOD per cápita según región de destino
Años 1994, 1999 y 2003
Dólares por habitante
37
40
1996
30
23
22
19
20
17
12
15
10
12
10
6
5
4
5
0
Europa del Es te
África
Subs ahariana
Oriente Medio y
Norte de África
1994
1999
Am érica Latina y As ia Central y del
el Caribe
Sur
2003
Fuente: Tendencias de la cooperación internacional en América Latina. Federico Negrón, Lima, Junio 2005.
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Hay una mayor importancia de los países andinos frente a los centroamericanos y en el
2003, la AOD para Colombia llegó a igualar a la de Bolivia, el principal receptor de la AOD
en América Latina en términos absolutos. Otro importante receptor es Perú.
Por otro lado, un estudio de la asignación de fondos por ONGs europeas entre 1995 y
2004 (Biekart, 2006) muestra las tendencias y perspectivas de la cooperación solidaria: la
existencia de un proceso de concentración geográfica hacia 10-12 países en América
Latina, donde los nuevos priorizados son Colombia, Bolivia, Guatemala y Cuba. Registra
una creciente atención a derechos políticos y socioeconómicos, pero una agenda más
centrada en la incidencia en temas de migración, resolución de conflictos y mercado. Por
otro lado, si bien constata que la asignación total de fondos no se ha reducido, sí ha
decrecido desde el año 2000 el número total de contrapartes que apoyan. Se están
concentrando en pocos países con pocas contrapartes para obtener resultados más
visibles y tienden a apoyar a ONGs más especializadas como contrapartes.
Por otra parte un reporte de AWID del 2006 señalaba que la AOD durante 2003 fue de
US$ 69 mil millones. De estos, sólo un 0.6% (unos 400 millones) tuvo como principal
objetivo la igualdad de género. La encuesta realizada por este organismo con
organizaciones de mujeres de todo el mundo, reveló que casi el 50% de organizaciones
de mujeres encuestadas dijo que estaban recibiendo menos financiamiento que hacía
cinco años y más de la mitad dijeron que resulta más difícil recaudar fondos ahora que
hace 10 años, mientras que la mayoría reportaron presupuestos anuales por debajo de
US 100 mil en 2004.
Entre las tendencias establecidas el informe registra que:
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Existe más disponibilidad para financiar trabajo sobre VIH/SIDA y violencia, que
derechos sexuales y reproductivos.
Los derechos de las mujeres ya no están de moda entre los donantes, sino que se
inclinan por “temas seguros”: salud de las mujeres o derechos relacionados con la
esfera pública.
Han transferido apoyo de programas específicos a la “transversalización de género”;
que sólo funciona si hay compromiso fuerte de los gobiernos, donde se ha
despolitizado el tema de la igualdad y se creado además una confusión conceptual.
Las agendas políticas de instituciones internacionales compiten por recursos: en la
actualidad es por los Objetivos de Desarrollo del Milenio, donde casi no figura la
desigualdad de género y es un paso atrás en relación a la Conferencia de Beijing.
Se han trasladado modelos de gestión empresarial a la cooperación al desarrollo que
ha sido puesta en manos de expertos administrativos, no de funcionarios con visión
sobre el tema.
Hay una tendencia a implementar sus propios programas, “subcontratando” a
organizaciones locales para su implementación y a incluir hombres en los programas
de género así como a preferir organizaciones locales de base.
Las nuevas modalidades de asistencia son el Enfoque de Alcance Sectorial (SWAP),
la “canasta de fondos” para la sociedad civil y el apoyo presupuestario para gobiernos
receptores de ayuda, que usualmente no dan prioridad a los derechos de las mujeres.
Los grupos y movimientos de mujeres latinoamericanos de su parte están trabajando más
que otras regiones en una serie de temas claves como los derechos reproductivos, los
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derechos sexuales, la participación política, los derechos laborales y en contra de la
ofensiva fundamentalista cristiana.
En el segundo reporte de AWID de junio de 2007, que busca promover la sostenibilidad
de los movimientos de mujeres en el mundo entero, muestra la lista de los 20 principales
donantes en la región latinoamericana al 2005, según la encuesta realizada con
organizaciones de mujeres. En comparación con el 2000, es de notar el incremento del
financiamiento de la iglesias en el 2005, que aparece en sexto lugar en la lista, algo que
hay que considerar con precaución dependiendo de qué tipo de apoyo estas instituciones
confesionales proporcionan a la igualdad de género y a los derechos de las mujeres. Las
activistas por los derechos humanos de las mujeres en la región, describen el ambiente
de financiamiento como extremadamente difícil, puesto que en las varias sub-regiones los
donantes tienen prioridades e intereses muy diferentes de la agenda de los movimientos
de mujeres en la región.
De acuerdo con el reporte AWID, en 2005 World Vision International, la organización de
desarrollo internacional cristiana más grande del mundo y que no tiene mandato para
apoyar la contracepción de emergencia y el aborto, tuvo un ingreso de casi US$ 2 billones
de dólares. En el mismo año, 729 de las organizaciones feministas líderes en derechos
humanos de las mujeres en el mundo, tuvieron un ingreso colectivo de apenas US$ 76
millones de dólares, ni siquiera el 4% del presupuesto de World Vision.
“¿Podemos imaginar un día cuando organizaciones feministas fuertes y con buenos
recursos estén transformando las comunidades y dirigiendo el cambio político, económico
y social? Ciertamente muchas de nosotras podemos, sin embargo, el mundo alrededor
nuestro no ve el trabajo sobre los derechos de las mujeres como centrales para el
desarrollo, el ambiente, la resolución de conflictos o poniéndole fin al VIH y al Sida, sino
simplemente como una consideración más. Las actitudes patriarcales y los sistemas
continúan reforzando tanto a mujeres como a niños como víctimas de los problemas
globales, individuos que necesitan ser “salvados” o protegidos. El “género” es sólo un
concepto abstracto a ser integrado en los sistemas existentes sin ningún cambio
fundamental en las relaciones de poder, enfoques o recursos. Sin embargo, las
organizaciones por los derechos de las mujeres juegan un rol indispensable en sus
comunidades, naciones y regiones como agentes de cambio. Los movimientos de mujeres
argumentadamente han estado dirigiendo la más exitosa revolución social que el mundo
haya visto.” (The second Fundher Report, 2007:13)
De cara a lo expuesto sobre la desigualdad de género en América Latina y la realidad de
la cooperación oficial y la privada, es posible contrastar la tensión entre el imperativo
institucional (lo que la agencia cree que tiene que hacer) y el imperativo del desarrollo tal
como lo plantea la realidad que se quiere afectar (lo que debería de hacer para cumplir su
misión). Es evidente que la estrategia seguida por CARE es insuficiente para cumplir su
propia misión de contribuir a la reducción de la pobreza, ignorando que el problema de
fondo del desarrollo es cambiar las relaciones de poder existentes. Tendría que moverse
hacia una estrategia de fortalecimiento de la sociedad civil, puesto que la existencia de
una sociedad civil, fuerte y autónoma es una condición para el desarrollo y el
aseguramiento de la democracia. Dentro de la sociedad civil, un sujeto privilegiado en
esta estrategia, como plantea AWID debe ser el movimiento feminista en sus diversas
expresiones.
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Entendemos como movimiento feminista, aquel que se reúne en función de desafiar el
orden de dominación masculina y es portador de una propuesta de cambio social. Desde
la perspectiva del movimiento feminista latinoamericano, el empoderamiento es un
proceso de reflexión crítica y la toma de conciencia necesaria, con el fin de organizar la
acción política y transformar las relaciones desiguales de poder. Para las mujeres implica
la alteración radical de los procesos y estructuras que reproducen la subordinación de
género.
Los prospectos futuros de las ONGs internacionales que buscan promover cambios
sociales, posiblemente dependerán de su capacidad para reposicionarse a sí mismos
dentro de la comunidad donante de ayuda, enfocándose más en sus roles políticos, que
en ser meros proveedores de recursos de asistencia.
Los movimientos por los derechos de las mujeres deben ser fortalecidos a fin de actuar
efectivamente sobre la cultura patriarcal en todas sus formas en tanto está relacionada
con la pobreza, el VIH y el Sida, las agendas religiosas y conservadoras y el incremento
del conflicto y la degradación ambiental.
En este tanto, es importante no confundir ONGs con movimiento social. Un grupo de
ONGs no hacen un movimiento. Un movimiento social se define como la acción de una
colectividad que presenta la continuidad suficiente como para promover (u oponerse) a un
cambio en la sociedad. Las ONGs son instituciones que pueden ser aliadas estratégicas
de los movimientos y pueden apoyarlo desde fuera. La tarea de los movimientos sociales
-a diferencia por ejemplo, de la asociaciones u ONGs- es la formación de una identidad
colectiva (definición como grupo que ha desarrollado concepciones del mundo, metas y
opiniones compartidas sobre el entorno social, posibilidades y límites de la acción
colectiva), en tanto que “sin identidad colectiva, no hay acción colectiva”.
Las asociaciones ciertamente pueden contribuir y de hecho contribuyen a la creación de
movimiento social, pero en la medida en que limitan su objetivo de trabajo solamente a la
asistencia social o proyectos de sobrevivencia, no están apuntando en la dirección del
cambio social que se requiere, y tampoco están apuntando a establecer una agenda
pública para el debate ni a la creación de una opinión pública informada.
En resumen, podemos decir que el cambio social puede resultar cuando algunas ideas se
vuelven predominantes en la sociedad: las ideas tienen consecuencias. Pero transformar
una situación requiere tenacidad intelectual y planeación política. Porque cambiar un
panorama económico, político y social, requiere primero cambiar el panorama sicológico e
intelectual de la gente. Para que las ideas sean parte de la vida diaria de las personas y
de la sociedad, deben ser propagadas a través de libros, periódicos, revistas,
conferencias, talleres, etc. Requiere pues invertir en la construcción de infraestructura
intelectual y en promover una visión del mundo democrática e incluyente, que es la
función que juega el movimiento.
De todo lo anterior, podemos deducir que una estrategia con posibilidades de éxito a favor
del cambio social pasa por establecer comunicación con otros elementos de la sociedad
civil y construir consensos sobre el tema para influir en el Estado y en las definiciones y
regulaciones sobre la sociedad.
Por todo lo expuesto a lo largo de este documento, sólo podemos hacer sugerencias para
la consideración de CARE alrededor de cómo abordar a lo interno el problema de la
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desigualdad de género en la búsqueda de una mayor eficacia de sus estrategias contra la
pobreza:
1. Crear un espacio de discusión sobre los planteamientos de fondo del documento
entre los gerentes de CARE y el personal de terreno, para crear una perspectiva
común a fin de implementar cambios en las políticas institucionales de cara a las
necesidades estratégicas de género en la región. Este proceso de deliberación
interna debería ser acompañado por líderes feministas, en una alianza estratégica
entre CARE y el movimiento de mujeres de la región.
2. Crear un espacio de intercambio con las contrapartes de CARE para darles
elementos sobre la problemática de género en una perspectiva estratégica
común a la región latinoamericana e incentivar acciones que vayan en ese sentido.
3. Intercambiar información y análisis con ciertos donantes de CARE proclives a
buscar mayor trascendencia en el impacto del apoyo -más allá de la asistencia
sobre necesidades básicas- y dispuestos a financiar programas de trascendencia
política para la integración de las mujeres en la región.
4. Destinar fondos de manera proporcional para la cooperación solidaria a fin de
cubrir las necesidades prácticas de las mujeres: aquellas que comparten con la
familia y se dirigen a modificar la situación o calidad de vida de las mujeres a partir
de sus requerimientos inmediatos en un contexto específico (acceso al agua,
servicios sanitarios, educación, salud, vivienda, etc.). Estas necesidades son de
corto plazo y su satisfacción no altera los roles y las relaciones tradicionales entre
hombres y mujeres y no modifican su posición (estatus) en la sociedad. La otra
parte de los fondos debería destinarse a las necesidades estratégicas de las
mujeres que son todas aquellas que tienden a lograr un cambio en la posición o
estatus social, en la división sexual del trabajo y en las relaciones entre los
géneros, así como a facilitar su acceso o las oportunidades de empleo,
capacitación, tenencia de la tierra y toma de decisiones. Están relacionadas con su
posición de desventaja en la sociedad, son de largo plazo y consisten en igualar
con equidad la posición de hombres y mujeres en la sociedad.
5. Identificar nuevas contrapartes, entre los movimientos de mujeres, que puedan
ser protagonistas de cambios en los distintos países de la región.
6. Definir una posición política y una línea de financiamiento para el fortalecimiento
de la democracia y el Estado de Derecho en la región.
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Estudio sobre la inequidad de género en América Latina - P

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