LA FAMILIA, CUNA DE LA VIDA Y DEL AMOR
Xosé Manuel Domínguez Prieto / en www.exallievidb.org/
León, 3/VI/06
1. Vivir una vida con sentido: el reto de nuestro tiempo
Señala la tradición guaraní que la persona es semejante a un árbol. Tiene su copa llena
de hojas, que es lo que se ve y lo que asciende hacia el infinito. Pero tiene también las
raíces, que se hunden en la tierra. En nuestra sociedad se presta máxima atención a lo de
arriba, a lo que se ve, a lo que asciende. Así, edificios mayores, mayor altura,
incrementos en dividendos, más sueldo, mejor aspecto, más títulos. Y respecto de los
hijos, igual: mejores notas, mejor carrera, más actividades, mejores perspectivas
profesionales...Y nosotros mismo vamos en esa senda: comida rápida, cocina rápida,
vida rápida, nunca acabado nunca terminado el trabajo, siempre más, mayores cotas de
producción, mayores exigencias.
Pero cuanto más queremos controlar el futuro, más nos controla el presente. Y quizás es
la dinámica en la que tendemos a introducir a nuestros hijos. Más que vivos, estamos
activos. Sin embargo, el árbol vive de lo que tiene oculto, de lo profundo.
Parece que, al cabo, estemos acercándonos a la actividad de la máquina, más que a la
vida de la persona. Respecto de las máquinas y de las cosas en general, tenemos
expectativas. Es la mentalidad del empresario: quiero controlar el futuro y, así,
neutralizarlo. Quiero tenerlo todo previsto: seguros de vida, ahorro seguro, sexo seguro,
puerta de seguridad, guardia de seguridad...¿no tendremos miedo a la vida?
Pero con las personas, la actitud es la de esperanza. Es la mentalidad del agricultor:
trabaja, le da la semilla, pero tiene una actitud de disponibilidad ante lo nuevo que nace.
Y, para ello, se confía en la fuerza de la vida. Por eso, se quiere gratuitamente, sea como
sea el otro. Y esta gratuidad es la que hace crecer.
Pues bien, alimentar la raíz es promover una vida con sentido. Sin embargo, habrá que
analizar qué sentido es el que promocionamos con lo que hacemos. Los sentidos más
promovidos:
¿Pasarlo bien y estar a gusto?: homo ludens. Cuando más lo persigo, menos lo tengo.
Resultado: persona inerme, apática, aburrida.
¿Productividad y éxito?: alienante. Homo faber. La persona termina siendo pieza en el
mercado laboral. Deja de importar la persona. Resultado: respuesta neurótica, depresión,
anestesia, violencia...porque nunca se llega al éxito definitivo.
¿Tener? Homo posidens. Al final, la persona es tenida por sus cosas (coche, nicho), y
nunca tiene suficiente.
¿Ver pasar la vida, ver televisión, videojuegos? Homo videns. Quien se limita a ver
pasar la vida, lo único que verá pasar será su propio entierro.
En todos estos casos se deja a la persona inerme, incapaz de enfrentarse a la vida. Nada
de esto ofrece un criterio ni un impulso para decir 'sí' a la vida. Así, muchos jóvenes
brillantes, son incapaces de superar pequeñas dificultades, académicas, personales,
afectivas. Se hunden. Son arrastrados, vagan sin sentido, acaban siendo apáticos o
puede en ellos el alcohol u otras drogas. Resultado: depresión, anestesia adictiva,
violencia.
Las carencias de valores, de cosmovisión y de capacitación emocional son las causas
psicológicas de la violencia juvenil, de los homicidios, suicidios, incremento de las
adolescentes embarazadas, trastornos de conducta alimenticia, consumo de alcohol y
drogas, apatía general, miedos a enfrenarse a los problemas, baja capacidad de atención,
nerviosismo, bajo rendimiento y depresión.
Además, la búsqueda del rendimiento académico se ha abslutizado. Está demostrado
que la formación intelectual y académica de los niños y jovenes sólo asegura el 20% de
su madurez futura, de éxito personal y profesional.
La alternativa es cuidar las raíces: el sentido. El sentido es el para qué de la vida. Y esto
no se aprende en la escuela ni en las extraescolares: se aprende en familia. Lo que puede
-¡y debe!- hacer la escuela es refrendarlo. Pero nunca substituirlo (así, no vale eso de
enviar a la escuela religiosa para que le den lo que no le doy en casa y así me quedo con
la conciencia tranquila. Como no funciona respecto de los valores o de la buena
educación). Mucho más determinante que la formación intelectual y cultivo del CI
(coeficiente intelectual) es la transmisión de un sentido existencial profundo, de valores,
de una cosmovisión coherente y de un clima emocional adecuado. Y esto ocurre, de
modo eminente, en familia.
Pero no toda familia es capaz de esta transformación, sino sólo una familia entendida
como comunidad de personas.
El valor comunitario de la familia
Que la persona genere comunidad no es algo mecánico ni unívoco. Cumplen ciertas
exigencias y opciones y, además, son múltiples los niveles posibles de realización de la
comunidad. Podríamos, por tanto, hablar sociológicamente de tantos tipos de familia
como modos de comunidad, no todas igualmente personalizantes. Según Mounier,
'nunca han existido tantas sociedades. Nunca menos comunidad' . Es, por tanto, de
capital importancia analizar cuáles son estos modos y grados, para distinguir formas de
familia comunitaria de lo que no lo son (sin que este no-ser-comunitario suponga la más
leve valoración moral). Desde esta perspectiva encontramos los siguientes tipos:
La familia-masa o familia nominal, que bien podríamos calificar como grupo no sólo
impersonal sino antipersonal, pues se trata de una sociedad sin rostro, hecha de hombre
sin rostro, el mundo del 'se', donde flotan entre individuos sin carácter las ideas
generales y las opiniones vagas. Todos entran y salen del hogar sin tener más vínculos
entre ellos que ciertas frases o actividades de orden práctico. Se trata de un grupo
despersonalizante y despersonalizado, agregados de individuos semejantes, mas no
prójimos. Todos homogéneos, indiferentes por indiferenciados. Unos son parásitos de
los otros, y se parasita al otro para hacerse cada uno fuerte, para confirmarse a sí, para
forjarse seguridades. La base de la relación es la reivindicación, la búsqueda de cada
uno del máximo de beneficio con el mínimo de coste en términos de atención al otro. El
cálculo es el que rige las relaciones, para no tener uno que dar más de lo que recibe.
Ciertas formas familiares institucionalizadas en el Norte podrían llegar, en el paroxismo
de su depauperación antropológica, a disolverse en la masa, a perder todo atisbo de
comunidad. Y, sin necesidad de apuntar al extremo, de facto, muchas familias están con
frecuencia masificadas parcialmente en cuanto sometidas acríticamente a paradigmas
axiológicos y de comportamiento propios de la mentalidad dominante. No cabe en estos
grupos no ya ningún proceso de personalización sino, incluso, ningún proceso de
socialización, que no irá más allá de la transmisión de los valores vigentes en la
sociedad.
Asociación de iguales. Son grupos de personas unidos por unas mismas costumbres,
unos mismos entusiasmos, una causa común. Pero por tender a la hipnosis colectiva, se
puede dificultar la tarea de personalización. Sus relaciones son de camaradería y
compañerismo. El individuo es sacado de su comodidad en función de la llamada
grupal. Sociológicamente aparecen familias de este tipo, que suponen un cultivo de lo
privado, pero habitualmente superficial. En su seno se producen relaciones epidérmicas,
de igualdad, unidos de un modo estrictamente sentimental sentimentalmente. En ella,
los esposos se declaran compañeros o 'cómplices' (expresión muy de moda), y los
padres de los hijos camaradas o amigos. Se produce, en fin, mucha vida privada, pero
superficial, mecánica, mera efervescencia sin solidez. Suelen tener ciertas características
que 'rompen' con los esquemas sociológicamente tradicionales (aunque esta nueva
forma está ya constituyendo, en su poliformidad, un nuevo tipo de 'familia tradicional',
dado su alto nivel de institucionalización): se trata de familias que institucionalizan
formas igualitarias de relación (no sólo entre los miembros adultos, sino también con
los más jóvenes), una estructura en la que los vínculos están basados en la afectividad
(que ocurre frecuentemente en términos de sentimentalismo). En este tipo de familia, se
desconstruye lo recibido de la generación anterior pero se construyen nuevas formas,
organizadas en torno a la autorrealización. Se habla más, por tanto, de derechos de cada
uno que de exigencias respecto de los demás.
Familia-clan, consistentes en su vida común y en su organización en la que
perfectamente están diseñados los roles. Cada uno se atiene a su papel y se logra, así, la
tranquilidad y la agradabilidad. Se atiende con esmero a los de dentro, a los 'míos' con
frialdad o, incluso, hostilidad, a los 'de fuera'. Se trata de una sociedad cerrada, egoísta.
Consiste en lo que muchos, equívocamente, denominan 'familia tradicional', una familia
como las hay a centenares: Nadie ha anudado relaciones demasiado fuertes con los otros
miembros, pero existe todo un pasado de hábitos, de acontecimientos, de adaptaciones
comunes, un lecho preparado para ese flujo vital. Es un grupo que busca apiñarse en
torno a un ideal burgués de bienestar, de tranquilidad. Por ello suele se un grupo
familiar estructurado desde el autoritarismo. Se trata, por tanto, de un grupo estrecho,
nuclear, que anestesia a sus miembros con hábitos, normas e inercias. Frente a cualquier
compromiso y militancia (que son rechazadas por incómodas e inútiles), invita al
cómodo repliegue en la ternura y en la vida placentera, en los egoísmos particulares.
Grupo de vínculos profundos, estrechos pero limitadores de toda proyección externa. En
ese sentido, tiende a ahogar a sus miembros y a sus vocaciones.
Familia como comunidad de personas. Tras pasar revista a todas estas formas, la
conclusión es contundente: es imposible fundar la comunidad esquivando la persona. Y
esto puede ocurrir de dos formas: mediante la con-fusión y con la separación. Ni la
fusión de la masa ni el individualismo de la mera asociación permiten la comunidad de
personas. Comunidad de personas "en la que cada persona se realizaría en la totalidad
de una vocación continuamente fecunda, y la comunión del conjunto sería una
resultante viva de esos logros particulares. El lugar de cada uno sería en ella
insustituible, al mismo tiempo que armonioso con el todo. El amor sería el primer
vínculo" . En esta comunidad cada uno es tomado como persona, cada uno aprende el
'yo' desde el 'nosotros', afirmándose a sí en la donación y apertura a los otros. En esta
comunidad cada uno se interesa por los otros como 'otros yo'.
¿Cómo es, por tanto, el tipo formal de familia que queremos? ¿Cómo creemos que tiene
que ser la familia para poder seguir siendo promocionante de las personas? : una familia
vivida como comunidad de personas. Una familia que se construye a imagen de la
persona. Es una persona de personas. Y esto implica que cada uno de sus componentes
descubre a los demás como personas y les trata como tal. Está al servicio de las
personas y su vocación.
Poseen un proyecto de vida en común, una vocación familiar. La familia cristiana está
llamada a dejar de ser ritualista, moralista, tradicionalista, para recuperar la experiencia
del Acontecimiento cristiano: abrirse a la salvación de Cristo, a la presencia de Cristo.
Es superior a la suma de los intereses individuales. Se construye sobre las actitudes de
acogida y donación. Por tanto, dos fuerzas han de conjugarse en esta comunidad: la del
crecimiento personal, la de la libertad y personalización de cada uno, con la abnegación
y adhesión a los otros. La libertad-de y la libertad-para.
Desde su capacidad crítica, ha de responder en la práctica a los estilos de vida
economicistas y pragmatistas que alienan a las personas. Por tanto, su estilo de vida será
austero, al servicio de la promoción de las personas. Más allá de lo solidario, generoso,
hacia dentro y hacia fuera. Del dinero, del tiempo y de los propios dones.
3. El valor de la familia como promoción de una vida plena
3.1. La familia será lo que sea la pareja (propuesta I)
La fuente de la familia es la pareja. Todo análisis de la familia debe comenzar por la
pareja de matrimoniados. Comunicamos y educamos por lo que decimos y hacemos.
Pero sobre todo por lo que somos. Del ser de la pareja depende la educación axiológica
y afectiva de los hijos.
a. Toda vida verdadera es encuentro
El encuentro hombre-mujer fuente de crecimiento: establecimiento del nosotros.
Formas de relación con el otro: como cosa, como socio o como persona.
Tipos de relación interpersonal: utilización mutua, relación parasitaria o relación
personal (comunidad).
Relación personal: el otro es apoyo, impulso y fuente. Soy amado, luego existo. Se
realiza como acogida y donación.
La pareja, es una forma de realidad superior. Tiene identidad propia, llamada a la
plenitud y apertura fecunda.
b. El proyecto de pareja
Tener una vida en común significa tener un proyecto en común que respeta las
individualidades.
El proyecto hay que explicitarlo y ‘trabajarlo’.La mera espontaneidad sólo lleva al
empobrecimiento. La vida de pareja es más que sentimiento: es voluntad.
Proyecto: conjunto de ideales, valores, virtudes, criterios compartidos. Concreta el
sentido que quieren dar a su existencia: qué queremos vivir, cómo queremos ser,
para qué queremos vivir juntos y por qué. Esto se concreta en: valores compartidos
(reales e ideales, que no siempre coinciden), hijos, economía, educación, apertura de
la familia, trabajo, estilo de vida (gastos, economía, tiempo libre, formación),
religión, medios para crecer como pareja.
c. El diálogo de pareja
Diálogo: comunicación personal y apertura al otro por medio de la palabra.
Condiciones internas para un buen diálogo:
Salir de sí.
Ponerse en el punto de vista del otro.
Benevolencia, beneficencia, confianza y confidencia.
Condiciones externas.
Lugar adecuado. Quedar con el otro.
Momento adecuado.
Frecuencia.
3.2. Valores y virtudes (propuesta II)
En familia es clave la promoción de la vocación de cada uno de sus integrantes. Pero
esto pasa por mostrar a los demás, especialmente a los hijos, qué es lo importante, esto
es, qué es lo valioso. Pero los valores no se muestran con discursos sino con el
testimonio. Los valores se descubren en aquella persona que los vive.
Por otro lado, el valor ha de encarnarse en un hábito de vida operativo para ser eficaz, es
decir, ha de hacerse virtud.
En el sentido que ahora nos interesa, la virtud es un hábito positivo de comportamiento,
hábitos operativos de alguna capacidad humana de modo que supone una perfección en
su funcionamiento, una capacitación. Se trata, por tanto, de una disposición estable a
obrar de un modo plenificante que se adquiere libre y voluntariamente. Y es que los
compromisos, esto es, el ejercicio de arriesgar dando su vida por aquello que descubre
como valioso, tiene unas condiciones: la realización de ciertos valores y, por tanto, un
conjunto de virtudes. El conjunto de estas virtudes (y de sus contrarios), forman una
segunda naturaleza o carácter moral (ethos)
Aunque cabría hablar de una multitud de virtudes, todas propias de la vida comunitaria,
vamos a tratar, brevemente, sólo aquellas esenciales en la comunidad familiar: justicia,
fidelidad y aquellas que se derivan del ejercicio de ambas.
La justicia. Si es auténtica, la comunidad matrimonial se construye sobre la igualdad de
cada una de las personas que lo integran. Reconociendo las diferencias en lo biológico,
psicológico, carateriológico, etc, la justicia supone el reconocimiento práctico (y la
consiguiente realización) de la igualdad en dignidad personal de cada uno. Para tratar al
otro con justicia, como igual, tiene cada uno que salir de sí, considerar la idéntica
dignidad del otro y actuar en consecuencia. Esta es la primera virtud, porque sin ella no
cabría en la práctica una comunidad de personas. Por eso, de esta virtud dependen todas
las demás. Por tanto, el hecho de la donación y de la aceptación mutua se realiza en una
cierta constelación de virtudes que penden de la justicia. Citemos algunas de las
principales.
En primer lugar, las referentes a la donación al otro:
La generosidad: donación a otro más allá de lo que le es debido. Se trata de darse al
otro con gratuidad, desinteresadamente. Ante la generosidad de otro, la actitud adecuada
es la del agradecimiento.
La benevolencia: querer el bien para el otro y el bien del otro (que es su plenitud
personal).
La beneficencia: hacer bien al otro.
La disponibilidad: ponerse en función del otro, estando dispuestos a ejercer actos de
aceptación y donación al otro en cualquier momento.
La mansedumbre: Consiste en una firmeza y valentía sin violencia y, por tanto, con
dulzura y apacibilidad, en el trato con el otro. Suaviter et fortiter decían los latinos.
¿Respecto de qué? De la forma de darse al otro (pero, también, en la forma de acogerle).
Pero, en segundo lugar, también debemos tener en cuenta las virtudes que dimanan de la
aceptación al otro:
El respeto: aceptación del otro como distinto, sin pretender violentarlo ni someterlo. Se
trata de dejar al otro ser otro, de aceptarlo aunque sea distinto.
La tolerancia: apertura al otro a pesar de no compartir sus formas de pensar, sentir o
actuar. El tolerante es el que se abre al diálogo con el otro y le acepta aunque opine
distinto.
La misericordia: capacidad de acoger la limitación del otro. Para ello hay que estar
dispuestos a, venciendo el malestar o el rencor, ponerse en el punto de vista del otro y
acogerle tal cual es, sabiendo perdonar y disculpar defectos. Se trata de aceptar al otro
aunque actúe mal.
La fidelidad: Firmeza y permanencia en la donación al otro, vivida como apuesta
continuada y creativa por el otro.
La confianza: creer en el otro, en lo que el otro dice, esperar en el otro más allá incluso
de lo que dice y hace. Pero esto sólo es posible, de modo pleno, desde el amor.
La confidencia es fruto de la comunicación plena entre ambos. Y dar al otro lo que soy
implica abrirle mi corazón, mis afectos y pensamientos, hacer partícipe al otro de mis
inquietudes y alegrías, de mis más íntimos movimientos y afecciones. La confidencia
es, en fin, la donación de la intimidad, la conversión de 'lo mío' en 'lo nuestro'. Consiste
la confidencia, pues, en el ejercicio de la intimidad comunitaria..
Valor de la familia como promoción de una experiencia religiosa (propuesta III)
La experiencia religiosa es la principal fuente de sentido personal y familiar. Pero para
ello hemos de tener en cuenta lo siguiente:
La experiencia religiosa no es rito ni realización moral sino Acontecimiento: el
acontecimiento de la experiencia de Cristo en la vida de cada uno y en la vida
comunitaria.
La experiencia religiosa ha de ser necesariamente eclesial, es decir, comunitaria. No se
trata de vivir yo mi fe, sino vivir nosotros nuestra fe. Por eso la vida cristiana es
koinonía (comunidad), liturgeia (celebración de la fe en comunidad), diaconía (servicio
unos a otros en el seno comunitario) y martiría (testimonio de fe unos con otros).
De modo especial es importante, para vivir la fe en familia, orar en familia, la lectura
del Evangelio, la eucaristía vivida en familia y, de modo explícito, enfocar los
problemas de la vida cotidiana desde el Evangelio. Desde el Evangelio afrontar la vida,
los sufrimientos, los dolores, los obstáculos...¡y las alegrías!
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Edad adulta temprana

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¿CÓMO HA EVOLUCIONADO EL MODELO DE FAMILIA? •

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Maltrato a mujeres

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EXAMEN DE DERECHO CIVIL PATRIMONIAL 2º CURSO, CC. EMPRESARIALES, URJC Febrero 2003

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