Los derechos históricos (y IV)

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Los derechos históricos (y IV)
GRACIÁN
6-12-2007 08:01:21
LAS invocaciones a realidades históricas deben tener expresión
jurídica dentro de la Constitución. Por este motivo su actualización
(tanto en relación con sus titulares, como respecto de su
contenido) sólo puede ser hecha por la norma constitucional y
nunca por la norma estatutaria, de suerte que se pueda crear una
especie de doble legitimidad. Tampoco puede suponer la
institucionalización de un sistema jurídico y político que resulte
contrario a la Constitución.
Así la Constitución de 1978 recupera, por una parte, unos
derechos que son manifestación histórica de las Comunidades
que los ostentan, y reconoce, por otra, unos derechos históricos
que han adaptado sus instituciones a los cambios del modelo
político. Lo primero se concreta en la declaración de cooficialidad
de una lengua propia de la Comunidad Autónoma con respecto a
todos los poderes públicos radicados en el territorio autonómico y
en la recuperación de un derecho civil especial o foral que los
Estatutos de Autonomía pueden conservar, modificar o
desarrollar, y cuya remisión alcanza a aquellos derechos civiles
especiales objeto de compilación al tiempo de entrada en vigor de
la Constitución, así como a normas civiles de ámbito regional o
local y de formación consuetudinaria preexistentes a la
Constitución, que tras la abolición de los fueros y hasta nuestros
días, hayan subsistido en el ámbito de cualquier instituto civil de
modo especial respecto del Derecho Común.
Lo segundo son los derechos históricos que llegan al texto
constitucional en la disposición adicional primera de la
Constitución y en el apartado segundo de su disposición derogatoria, que es el complemento de aquella,
dentro de unos límites precisos que son los que los caracterizan, sin necesidad de volver a ningún punto
del pasado, y cuyo marco, no es, por supuesto, pese a alguna reciente reforma estatutaria, la disposición
transitoria segunda, un precepto que en su momento permitió privilegiar, con carácter exclusivamente
procedimental en el acceso al autogobierno, a unos territorios que en el pasado habían plebiscitado un
Estatuto de Autonomía.
Este reconocimiento en la Constitución es para los territorios forales (Navarra, Vizcaya, Guipúzcoa y
Álava) que mantuvieron sus propios fueros como peculiar forma de organización, que tenía como base
las juntas vecinales, las cuales se hacían representar en las juntas generales, órgano supremo de
gobierno. Con la llegada de la democracia, en 1979, España se transformó en un estado autonómico, y
las provincias vascongadas en la Comunidad Autónoma Vasca. Y una cosa similar ocurrió casi tres años
después en el caso de Navarra. Es decir, tanto en el caso vasco como en el caso navarro, la aprobación
de los respectivos estatutos de autonomía fue el momento en el que se llevó a cabo la actualización de
los derechos de los territorios forales, sin que hayan recibido de la Constitución una facultad para
redefinirlos de manera indefinida en el tiempo.
Ahora bien esa garantía -referida a los territorios forales- no se refiere a una suma o agregado de
potestades o privilegios, ejercidos históricamente, en forma de derechos subjetivos de corporaciones
territoriales, susceptibles de ser traducidos en otras tantas competencias de titularidad o ejercicio
respaldadas por la Historia. Los regímenes forales surgieron y cobraron vigencia en contextos muy
distintos del que representa la actual Constitución, los principios que proclama y la organización territorial
que introduce, y por ello la actualización no ampara el reconocimiento de lo que contradiga los principios
constitucionales. Ni puede servir de excusa para amparar potestades y privilegios abiertos e
indeterminados, y dependientes sólo de la oportuna comprobación histórica o de interpretaciones
sustitutivas de la voluntad estatutaria, para llevar a cabo una regulación contraria a la Constitución y al
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propio Estatuto de Autonomía. Además tampoco expresa determinados contenidos competenciales y
organizativos que constituyan por sí un título para excusar la aplicación de la Constitución o para negar a
ésta su carácter de ley superior en todo el territorio español.
Es por todo ello por lo que presentar ciertas iniciativas, como nos tienen acostumbrados los
nacionalismos periféricos, como una actualización de los derechos históricos no es sino un burdo
mecanismo de falseamiento ideológico carente de todo fundamento, al ser contrario absolutamente al
régimen constitucional vigente en España y al proyecto político que representa.
La invocación al derecho a la autodeterminación de los pueblos, la presentación de proyectos bajo el
edulcorado formato de evolución sin ruptura legal, la proclamación de la preeminencia de la política frente
a la Ley, son los elementos que sirven de excusa para establecer vías jurídicas para el cuestionamiento
del propio marco constitucional y estatutario, basado en planteamientos soberanistas de acceso a la
independencia, aunque el primer paso sea instaurar un régimen político basado en el diálogo, la
negociación y la relación de igual a igual, cuya consecuencia inmediata sea una concepción limitada de
la soberanía y el germen de un dibujo confederal del Estado.
No se pueden disfrazar propuestas como las que nos tienen acostumbrados los nacionalismos,
invocando los derechos históricos, sobre un pretendido respeto del derecho a decidir libre y
democráticamente el futuro, reclamando la autodeterminación unilateral contemplada en el derecho
internacional cuando no se cumplen las condiciones establecidas en el propio derecho internacional.
Tampoco resultan admisibles propuestas que ofenden al más elemental y escrupuloso respeto que exige
todo proceso democrático, y menos aún cuando se presentan bajo la coacción y la imposición. Y en todo
caso las ofertas que se nos presentan es un asunto que concierne a todos los españoles.
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