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Las Ciencias del Siglo XIII
Astronomía
Alfonso X mandó a Abraham Hebreus que tradujera al
español la obra de astronomía Configuración del mundo de
Alhacén, y también al hebreo. La obra en sí constituye una
cosmografía, sin aparato matemático de ningún género, que
ejerció una gran influencia en los autores renacentistas y en
especial de Peurbach y, a través de las Theoricae novae
planetae, de éste en Regiomontano, Copérnico y Reinhold.
Es de interés ver cómo Alhacén se enfrentó y resolvió el
problema de la realidad física del universo. Alhacén, al igual
que Ali b. Ridwan, sabía que si Tolomeo había resuelto el problema matemático de los movimientos
celestes en su Almagesto sin preocuparse del soporte físico de los mismos, en las Hipótesis había
propuesto engarzar los astros no en unas esferas homocéntricas, sino en una serie de anillos que
estaban más en consonancia con el principio aristotélico de que la naturaleza nada crea en vano. Este
principio, de ser admitido con todas sus consecuencias, hubiera llevado a la idealización de las órbitas
planetarias. Pero Alhacén no aceptó ésta hipótesis y, al contrario propugnó un modelo netamente
material.
Dentro del grupo de cosmografías hay que introducir los comentarios, que Averroes hizo de Del Coelo et
mundo traducido por Miguel Escoto y de la Física aristotélica que muy pronto se difundieron por toda
Europa en versión latina. Esos comentarios fueron la base de una de las reformas científicas que más
trascendencia han tenido e la evolución de pensamiento humano: en la reforma copernicana.
Los tratados latinos de astronomía que derivan de las obras de Fragani, Battani y Alhacén adquieren en
el siglo XIII un predicamento extraordinario y son reelaborados por Juan de Holywood, más conocido
como Sacrobosco, y Grosseteste. El primero se hizo famoso con su Esfera, que aún se utilizaba como
libro de texto a fines del siglo XVI en las universidades europeas. En cuatro capítulos expone la figura del
globo terrestre; los círculos del mismo; los ortos y ocasos de las estrellas y las órbitas y movimientos de
los planetas.
El segundo, Grosseteste, escribió un Compendio de la obra de Sacrobosco a la que añadió algunos
datos-como el de la trepidación de los equinoccios-procedentes de fuentes árabes. Pero, además, junto
con Roger Bacon, desarrolló un nuevo tipo de libro astronómico, el de los Theorica planetarum, cuyo
primer espécimen parece derivar de la última parte de la Esfera de Sacrobosco. Ésta obra explica el
sistema de calcular el tamaño y las distancias del universo de acuerdo con las ideas expuestas de
Tolomeo en sus Hipótesis y que Campanus conoció, probablemente, a través de Fargani en la versión de
Juan de Sevilla.
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El método consiste en partir de la distancia absoluta y conocida del astro más cercano, la Luna, para ir
deduciendo las de los demás, siempre y cuando se considere que el apogeo de una cualquiera de ellas
limita con el perigeo de la inmediata superior y así sucesivamente, es decir, que nos encontramos en un
espacio de esferas y anillos homocéntricos en íntimo contacto con unos con otros.
Se debe a Alfonso X el haber mandado componer las tablas astronómicas que más en boga y durante
más siglos se utilizaron en Occidente.
La aparición de la imprenta permitió una amplia difusión de las adaptaciones latinas, en especial de la de
Juan de Sajona.
El gran éxito de las tablas alfonsíes, basadas en las Toledanas de Azarquiel, radica, en la mejora que
supuso hacerlas independientes de los calendarios cristiano y musulmán mediante un sencillo artificio
matemático. Y su gran difusión explica el que poco a poco se tendiera a desplazar de los cálculos
astronómicos el día 1 de marzo, en beneficio del 1 de enero, como fecha de principio de año. El análisis
de los valores tabulares demuestra que los elementos de las órbitas planetarias no fueron considerados
como constantes.
Desde el siglo XI se conocía perfectamente en la
España musulmana la casi totalidad de la obra
aristotélica y se había iniciado un
neoristotelismo que el zaragozano Avempace
había llevado a sus consecuencias extremas al
darse cuenta de que el sistema tolemaico en
vigor no respetaba los postulados de la física
celeste establecidos por Estagirita. Las dudas de
Avempace y su continuador Ibn Tufayl no
parecen que fuera objeto de traducción latina.
Pero como esas críticas se materializaron en las
obras de Averroes y de su discípulo Bitruyi y
éstas sí que fueron rápidamente vertidas al
latín, nos encontramos con que en la primera mitad del siglo XIII la polémica en torno a la verdadera
constitución del universo tenía unas bases ideológicas de las que arrancar; y que en Occidente, a
diferencia de lo que sucedía en Oriente con Nasir al-Din Tusi, se centraban sobre todo en el aspecto
cosmológico.
Las ideas básicas se contenían en las traducciones del árabe al latín de De Coelo (et mundo), realizado
por Gerardo de Cremona, la de Astronomía de Bitruyi, y el comentario medio de Averroes por Miguel
Escoto, en o hacia el año 1217. De Coelo formaba un todo, para los árabes, con la obra De Mundo, que
no parece pertenecer a Aristóteles, sino ser una reelaboración de materiales realizada en uno de los
primeros siglos a. C. y traducida del griego al siriaco por Sergio de Resaina. Vertido al árabe, entre otros
por Yahya b. al-Bitriq, introducía una problemática que coincidía en bastantes casos con la de Alhacén, al
postular que el cielo estaba constituido por una serie de esferas homocéntricas o concéntricas.
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Esta idea, que consiste en creer que unas esferas están metidas dentro de otras, como si se tratara de
una matrioschka, es posible que proceda de la antigua Babilonia, puesto que así lo sugiere una tableta
cuneiforme de la época de la I dinastía. Además, unos textos estudiados por O. Neugebauer parecen
indicar que los babilonios “concebían una especie de universo de ocho esferas distintas a partir de la
esfera de la Luna. Este modelo pertenece a un estadio suficientemente antiguo del cual no se nos ha
conservado huellas en la astronomía matemática posterior que opera sin ningún modelo subyacente.
Pero hay que insistir en que una interpretación tal del texto de Nippur y de sus paralelos está lejos de
ser segura.
Este sistema, así concebido, implica una distancia constante de todos los astros al centro del universo, la
Tierra.
El sistema propuesto por Bitruyi tenía por fin eliminar las excéntricas y epiciclos que rompían con el
principio aristotélico del movimiento circular uniforme en el mundo celeste.
Vimos que las obras árabes referentes al movimiento del Sol o, si se prefiere, destinadas al estudio de
las distintas clases del año solar, estaban ya traducidas a mediados de siglo XII.
Una de las primeras obras mandadas a traducir por Alfonso el Sabio fue el Libro de las figuras de Abd alRahman al-Sufi. La versión fue realizada por Yhuda el Cohén y Guillem Arremon Daspa. El estilo fue
corregido por el rey, quien ayudado en la parte técnica por Joan de Mesina y Joan de Cremona además
de Yhuda y Samuel Levi, y sirvió de base para Los cuatro Libros de la octava esfera que encabezan la
edición de Rico y Sinobas de los Libros del saber de la astronomía. Este catálogo parece basarse en el de
Menelaos de Alejandría y la disposición de las estrellas se presenta como si se hubiese copiado de un
globo celeste de tipo didáctico.
Esta obra fue la introductora en Europa de la última y más nutrida aportación de nombres árabes de
estrellas a nuestros actuales catálogos. Esta onomástica reconoce dos orígenes: el sumero-acádico y
clásico y el árabe autóctono que algunas veces se superponen dando origen a confusión en las
identificaciones correspondientes.
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Instrumentos Astronómicos
El siglo XIII maraca el nacimiento del interés de los científicos por los instrumentos astronómicos. Tanto
en Pekín como en Persia (Maraga) como Fez (Abu-l-Hasan Ali) como en Toledo, los astrónomos
construyen nuevos aparatos o escriben tratados destinados a explicar los detalles de su construcción y
uso. Es más: estos instrumentos, reunidos en lugares idóneos, dan origen al primer observatorio
astronómico que ha tenido una cierta continuidad: el de Maraga.
Los instrumentos más sencillos y, en consecuencia, conocidos desde la Antigüedad fueron los esféricos,
es decir, aquellos que representaban el cielo o la Tierra mediante una esfera. En primer caso, la esfera
tenía grabada las estrellas principales, y en el segundo, los continentes. Referencias y ejemplares de este
último tipo apenas se conservan: Estrabón refiere que Crates construyó uno en Pérgamo, y la Tierra,
representada como esfera, aparece en algunas emisiones de numerario romano. Pero de hecho hay que
llegar a Martin Behaim (1492) para que los globos terrestres se transformen en un elemento de trabajo
científico y empiecen a construirse de modo frecuente.
Todo lo contrario ocurrió con los globos celestes,
cuyas primeras menciones se remontan a
mediados del primer milenio antes de nuestra
era y cuyo espécimen conservado más antiguo,
de 65 cm de diámetro, es el que soporta un Atlas
del Museo Nacional de Nápoles 8300 a. C.).
Globos de éste tipo fueron construidos por
Higinio, en los cuales debieron estar grabadas
una de las dos esferas en uso-greca o barbárica-,
y los que utilizaron los árabes. El espécimen más
antiguo que conservamos (Museo Nacional de
Historia de la Ciencia, Florencia) es el del valenciano Ibrahim b. Said al Sahli, fechado en el 473/1080,
que contiene 21 constelaciones boreales, 12 zodiacales y 14 australes, y adopta para las posiciones
estelares los valores que, por aquellas mismas fechas, estaba determinando Azarquiel. En esa época ya
debía encontrarse en España el Kitab al-amal bil-l-kura al-falakiyya de Qusta b. Luqa, que fue traducido
al castellano (1259) por Juan de Aspa y Jehudá el Cohén, colaboradores de Alfonso X el Sabio, y poco
después al latín por Stephanus Arnaldus.
Alfonso X mandó a Yehudá b. Mosé que completara esta obra mediante un capítulo que tratara de las
armillas y de la determinación del atacir y de las casas astrológicas según la opinión de Hermes. No cabe
duda de que Yehudá b. Musé tenía al alcance de la mano obras árabes en que inspirarse. Para la
construcción de las armillas pudo inspirarse indistintamente en el Almagesto o en uno de los muchos
tratados árabes que sobre el tema existían. La estilización de estos aparatos condujo al astrolabio
esférico. Alfonso X vió claramente que la esfera era el arquetipo del que derivaban los demás
instrumentos, y por lo tanto también, del cual quedan muy pocos ejemplares. Aparece citado ya por
Qusta b. Luqa y luego por Nayriti y Biruni, y debió llegar a al-Andalus en la época de Rahman III. En la
descripción alfonsí consta de:
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1) un globo de metal en el que están trazados tres círculos máximos que representan el horizonte, el
meridiano y el primer vertical; en el hemisferio superior, los almicantarates y verticales; en el inferior,
las horas desiguales. A lo largo del meridiano, una serie de pares de agujeros, diametralmente opuestos,
permiten adaptar el instrumento a cualquier latitud; 2) la araña que contiene la eclíptica, el ecuador,
algunas estrellas y un cuadrante de altura, otro de sombras y un calendario; 3) una pequeña banda
semicircular de metal que se ajusta a la superficie de la araña, que se fija, gira en torno al polo de la
eclíptica y lleva unidas a sus extremidades, de modo tangencial, dos dioptras que equivalen a la alidada
del astrolabio plano, 4) el eje que pasa por un par dado de los agujeros del globo y por el polo ecuatorial
de la araña. Todos estos instrumentos eran de difícil manejo y muy voluminosos, de aquí que Tolomeo
ideara el sistema de representar la esfera en un plano y estableciera las reglas de las proyecciones
estereográfica y ortográfica.
Trató de la primera en su Planisferio, cuyo original se ha perdido, pero que debió ser conocido en el
Oriente del siglo VI, ya que Severo Sabojt escribió un tratado sobre el astrolabio plano que, se conserva,
y , posiblemente, existieron representaciones planas de la esfera, según este sistema, ya que, si no, no
se explica la distorsión que presentan las representaciones de la bóveda, celeste en determinados
edificios, como Qusayr Amra (construido entre 711-715), o en miniaturas como las que acompañan a
algún manuscrito de Susi.
Estos procedimientos eran ya conocidos en la Córdoba del siglo X, cuando Maslama de Madrid tradujo el
Planisferio al árabe y lo anotó. El texto árabe perdido se nos conserva en la versión latina de Hermann
Dálmata (1143). En cambio las notas han sobrevivido en ambas lenguas. La obra expone la proyección
estereográfica, conforme, que conserva los ángulos. Más tarde, Jordan Nemorario fue el primero en
demostrar que los círculos quedan representados como circunferencias.
El astrolabio plano es una proyección estereográfica de la esfera sobre el plano del ecuador y con punto
de mira en uno de los dos polos. En consecuencia, éste se encuentra situado en el centro de la lámina
circular que constituye el eje del astrolabio. En esa lámina, y de modo céntrico, se encuentran trazados
los círculos del trópico de Cáncer, del Ecuador y de Capricornio. Igualmente se proyectan los
almicantarates y los verticales. Pero, como el trazado de éstos varía en función de la latitud, se
comprende que se necesiten tantas láminas como latitudes en las que se piense emplear el
instrumento. Para guardarlas, se da al aparato la forma de una caja cilíndrica de unos 25-30 cm de
diámetro, que encierra las láminas y el conjunto queda sujeto mediante una chaveta que la atraviesa
por su eje o representación del polo y la araña, en la que se encuentran materializadas, mediante garfios
o indicadores, las posiciones de las principales estrellas.
La caja cilíndrica que contiene las láminas recibe el nombre de madre y lleva grabadas en su interior
distintas indicaciones, mientras que en la exterior figuran una serie de círculos destinados a conocer la
altura de los astros-que se consigue mediante la alidada que gira sobre la misma-, la posición del Sol en
los signos y distintas funciones trigonométricas.
Este aparato, se difundió rápidamente por Europa y fue objeto de la atención de Lupito de Barcelona,
Gerberto, Hermann de Carintia, Juan de Sevilla, Adelardo de Bath y, sobre todo, de Raymon de Marsella.
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El éxito del astrolabio fue tan grande que no sólo se ocuparon de él los científicos medievales, sino que
gozó de gran vitalidad hasta pleno siglo XVII en que aun Bion (1652-1733) le dedicó varias páginas en sus
obras.
Evidentemente, el instrumento tenía como mínimo dos inconvenientes: la escasa aproximación, dadas
sus dimensiones y su peso, aún notorio, y que le hacía poco apto para transportarlo. Para salvar el
primer escollo se recurrió a la construcción de instrumentos gigantes, y para el segundo se buscaron
nuevos artificios. Tal, por ejemplo, el ideado por el andaluz Alí b. Jalaf, que consistía en la proyección
estereográfica sobre un plano normal a la eclíptica y que la corta según la línea de Cáncer-Capricornio, y
la azafea de Azarquiel, de la cual conocemos dos variantes. Consiste en la proyección estereográfica dio
origen a una gama muy amplia de instrumentos que fueron utilizados con frecuencia y buena parte de
los cuales se conservan.
Ahora bien, todos los testimonios están acordes en que tanto
Gemma de Frisia como Rojas utilizaron como base una obra
árabe en versión alfonsí, y rastreando en el instrumental
renacentista se la encuentra empleada en el dorso de los
astrolabios de Regiomontano (1462) y de Dron (1480-1483).
Ahora bien, en los Libros del saber de astronomía, al hablar del
dorso de la azafea de Azarquiel, se describe un cuadrante en el
que se trazan las líneas de los senos sexagesimales, mientras
que los tres otros contienen series de semieclipses que se
confunden con los meridianos de una proyección ortográfica. Este cañamazo de encuentra tal cual en la
azafea de Muhammad b. Hudayl, conservada en el observatorio Fabra y fechada 650/1252, y otras
parecidas se pueden ver en los astrolabios del sevillano Muhammad b. Fattuh al-Jama´iri y, en especial,
en la lámina descrita por H. Sauvaire y Rey-Pailhade.
Este cañamazo, recogido posiblemente por Rojas, terminó a su vez, y a través de éste, en un astrolabio
anónimo del safeví sah Husayn (1691-1722). Es, pues, uno de los escasos ejemplos que conocemos de
devolución a los propios orientales de la Edad Moderna de los conocimientos de ellos recibidos en la
Edad Media.
Aparte de los instrumentos hasta aquí tratados, existen otros a los cuales se puede considerar como
precursores de los aparatos construidos a partir del siglo XVI para mostrar el mecanismo de los
movimientos celestes y que aún hoy, con todas las modificaciones impuestas por la mecánica celeste,
constituyen un medio didáctico de primer orden. Podemos agruparlos en dos tipos: los “planetarios”,
consistentes en disponer los cuerpos celestes dentro de habitaciones o cajas tal y como parece hicieron
Vitrubio y el cordobés Abbas b. Firnas, y los astrolabios de engranaje, a los cuales hay que considerar
como verdaderos precursores de los ecuatorios y de los relojes mecánicos.
Los engranajes más antiguos conservados se encuentran en los fragmentos de la máquina de Anticitera.
Que debió ser un antiguo astrolabio mecánico o ecuatorio destinado amostrar la marcha de los
planetas.
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Cabe hacer mención de una descripción que de Abbas b. Firnas hace Ibn Hayyan en su Muqtabis, en que
dice, textualmente, “Abbas b. Firnas construyó también el instrumento llamado minqana (máquina)
para conocer los tiempos. Estaba perfectamente construido y lo ofreció al emir Muhammad (238/852273/886). En el grabó estos versos:
"He construido el mejor de los instrumentos para la religión,
Para cuando no podáis determinar la hora de cada oración,
Para cuando no se ve el Sol de día ni iluminan
Los luceros las profundas tinieblas de la noche
Entonces la diestra del emir de los musulmanes. Muhammad,
Pone de manifiesto el momento de cada oración”.
A continuación de este texto siguen unas líneas en que se describe otra de las invenciones del famoso
cordobés, y que tal vez sea un precedente de las famosas albercas de Azarquiel.
Continuando con el tema de los engranajes, en el mundo islámico, la mención de los mismos aparece en
un dibujo que figura en un manuscrito de Biruni. Posiblemente, inspiró a Muhammad b. abi Bakr de
Isfahán para la construcción del astrolabio que, fechado en 1221, se conserva en el Museo de Historia
de la Ciencia de Oxford.
Un astrolabio de este tipo tal vez sea el que Saladino regaló en 1232 al emperador Federico II. Era “una
máquina de construcción admirable que vale más de cinco mil ducados. Efectivamente, parecía
interiormente, un globo celeste, en el cual las figuras del Sol y de la Luna y de los demás planetas,
reproducidas con la mayor habilidad, se movían accionadas por pesas y ruedas, de modo que,
efectuado su recorrido a intervalos determinados, indicaban la hora tanto de noche como de día, con
una infalible precisión; y los doce signos del zodíaco, con ciertas características apropiadas, que se
movían con el firmamento, contenían en ellos la marcha de los planetas”.
Hasta aquí nos encontramos con aparatos que marcan un principio de evolución del astrolabio.
Los dos más antiguos, los de Ibn al-Samh, y Azarquiel, se encuentran descritos en Los Libros del saber de
astronomía, bajo el título de Libro de las láminas de los siete planetas. Se expone primero el sistema de
Ibn al-Samh (una lámina para cada planeta) y luego el de Azarquiel (una lámina para todos los planetas)
El tercero ha sido estudiado por E. S. Kennedy.
Se inicia el desarrollo del instrumento en Occidente por Campanus de Novara. E. Poulle distingue tres
tipos de estos instrumentos: 1) el geométrico, que resuelven el problema de la multiplicidad de centros;
2) los aritméticos, monográficos, y 3) los trigonométricos o sexagenarios, que, ideados por algún
astrónomo de El Cairo, fueron introducidos en Valencia por el alfaquí de Paterna alrededor de 1450.
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El reloj mecánico aparece en el siglo XIV, según Prince como resultado de una larga evolución
independiente del reloj anafórico-verdadero astrolabio mecánico- y los dispositivos con engranajes, de
donde derivaron los ecuatorios. La unión de ambos y la aparición del escape con posterioridad a 1271
hicieron el resto. El primer reloj mecánico claramente descrito es el de Dondi (1364). El escape parece
proceder de China y haber llegado a Europa como consecuencia de las amistosas relaciones entre los
ilján y algunos de sus soberanos, a principios del siglo XVI.
Al mismo tiempo que en Occidente iniciaba su aparición el reloj mecánico comenzaba su transformación
el cuadrante. En primer lugar encontramos el cuadrante sennero alfonsí, redactado por Rabi Zag, pero
traducción, sin duda, de alguna obra árabe, que se presenta en las variantes móvil y fija y permite
solucionar de modo cómodo los problemas referentes a la transformación de coordenadas y a la
astronomía esférica sin que se pueda intuir los tipos de delineaciones que tenía en la faz y en el dorso,
ya que no se nos ha conservado ninguna descripción ni dibujo del mismo y sí, sólo, las instrucciones de
su manejo, que más que él mismo se refieren a cuestiones de cálculo trigonométrico.
Fuente: Las Ciencias en el S. XIII y siguientes.
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