CORTE SUPREMA DE JUSTICIA
SALA DE CASACION CIVIL
Magistrada Ponente
MARGARITA CABELLO BLANCO
Bogotá D. C., dieciocho (18) de diciembre de dos mil doce
(2012).
Ref: Exp. No. 17001 31 10 001 2007 00313 01
Procede la Corte a resolver el recurso de casación
interpuesto por la parte demandante OLGA RODRÍGUEZ HURTADO,
contra la sentencia de fecha 16 de septiembre de 2010, proferida por la
Sala Civil-Familia del Tribunal Superior del Distrito Judicial de Manizales,
dentro
del
proceso
ordinario
adelantado
contra
los
herederos
indeterminados del señor ROSENDO ALONSO GIRALDO LÓPEZ y el
señor JORGE ALONSO GIRALDO GIL, como determinados; causa a la
que fueron llamados como litisconsortes necesarios, dada su calidad de
hijos, JULIO ANDRES y X X X X X X X X X X1, esta última
representada por su progenitora Damaris Gil Marín, MARIA ELIZABETH
y MARIA JOHANA GIRALDO ECHEVERRI; y, DAMARIS GIL MARÍN,
en su condición de cónyuge sobreviviente.
ANTECEDENTES
1.
La
señora
OLGA
RODRÍGUEZ
HURTADO,
promotora de la controversia judicial, mediante la correspondiente
1 Nota de Relatoría: En aplicación al numeral 8 del artículo 47 de la ley 1098 de 2006 “Por la cual se expide el Código de la Infancia
y la Adolescencia” se prescinde del nombre del menor, debido a que esta providencia puede ser publicada.
demanda aducida el 24 de mayo de 2007, y, luego de surtido el
respectivo reparto ante el Juzgado Primero de Familia de la ciudad de
Manizales, solicitó que se declarara la existencia de unión marital de
hecho que existió desde “el año de 1967 hasta el año de 1997”, entre
ella y el señor ROSENDO ALONSO GIRALDO LÓPEZ, fallecido, y
como consecuencia la conformación de la sociedad patrimonial entre
compañeros permanentes.
2. En síntesis, sostuvo los siguientes aspectos fácticos de
sus peticiones:
2.1. Convivió con el causante Rosendo Alonso Giraldo
López, en unión marital de hecho, durante treinta años, esto es, desde
1967 hasta 1997. Tal relación comprendió ayuda, asistencia mutua y
comunidad de techo; además, compartieron los bienes de fortuna
logrados en el lapso referido. No había duda, dijo, de la condición de
compañera a tal punto que en el círculo de amigos y vecindario la
llamaban “la esposa de Don Alonso”.
2.2. La pareja mencionada, a la par de su unión marital,
crío dos hijos de la demandante, y aunque el padre de estos no era
Rosendo Alonso, siempre los consideró como suyos.
2.3. El señor Giraldo López falleció el día 14 de abril de
2007, sin que la sociedad patrimonial surgida hubiese sido liquidada,
no obstante que durante la misma adquirieron varios bienes, unos a
nombre de él y otros de ella.
2.4. Agregó que el demandado Jorge Alonso Giraldo Gil,
tuvo por padre al difunto Rosendo Alonso Giraldo López, por ello, es el
llamado a soportar la acción incoada.
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3. Con dicho heredero se cumplieron las primeras
actuaciones procesales; luego, el juzgado de conocimiento, el 2 de
agosto de 2007, convocó como litisconsortes necesarios a MARIA
ELIZABETH y MARIA JOHANA GIRALDO ECHEVERRI; JULIO
ANDRES y X X X X X X X X X, esta última representada por su
progenitora, atendiendo que los mismos ostentaban la calidad de hijos
del señor Alonso Giraldo (q.e.p.d.) y, a DAMARIS GIL MARÍN, en su
condición de cónyuge sobreviviente. Todos, aunque concurrieron a
través de diferentes apoderados, asumieron similar conducta frente a la
demanda aducida y, por tanto, las defensas esgrimidas resultaron
coincidentes. En primer lugar, frente a las pretensiones expuestas,
manifestaron su oposición total. Con respecto a los hechos aceptaron
unos, negaron otros y de varios reclamaron su demostración.
Presentaron varias excepciones de mérito.
3.1. Como primera defensa negaron la existencia de la unión
marital de hecho al considerar que el señor Giraldo López, en vida,
sostuvo, simultáneamente, varias relaciones y, por esa circunstancia, la
singularidad exigida en la Ley 54 de 1990, como requisito para la
existencia de esa clase de uniones, quedó comprometida impidiendo, de
paso, que resultara estructurada; agregaron, adicionalmente, que no era
posible aplicar la retroactividad o retrospectividad de la referida
legislación.
Expresaron que el causante se involucró sentimentalmente
con la señora Damaris Gil Marín, desde cuando ella era menor de edad,
unión dentro de la cual fueron procreados tres de los cinco hijos que le
sobreviven y, con quien, a la postre, en el año 2000, contrajo matrimonio.
Además, para la misma época, el señor entabló relaciones con la señora
Nelly Echeverry Hernández, madre de sus otras dos hijas quienes,
siendo menores de edad y debido a la ausencia de su progenitora,
fueron aceptadas y levantadas en el hogar formado con Damaris Gil
Marín.
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3.2. En la segunda excepción, adujeron los demandados
que aun aceptando la existencia de la unión marital, por efectos del
tiempo
transcurrido
desde
la
separación
de
los
compañeros
permanentes, que superó el año, operó la prescripción, conforme lo
previene el artículo 8º de la Ley 54 de 1990.
Ciertamente, debido a que la separación de la actora y el
señor Giraldo López sobrevino en el año de 1997, tal cual lo reconoce la
propia demandante, para la fecha de presentación de la demanda, que lo
fue en el año 2007, el año previsto había trascurrido con suficiencia,
extinguiéndose ese eventual derecho.
El
demandado
Jorge
Alonso
Giraldo
Gil,
reclamó,
adicionalmente, que fuera declarada cualquier excepción (genérica) que
apareciera demostrada.
4. El funcionario de conocimiento agotó las etapas
establecidas en la ley para esta clase de asuntos y, el 2 de marzo de
2010, profirió fallo desestimatorio de las pretensiones formuladas,
circunstancia que motivó, a través del recurso de apelación, que la
parte actora se alzara contra dicha determinación. El ad-quem resolvió
la impugnación mediante providencia de 16 de septiembre del mismo
año; en esa decisión optó por confirmar la proferida por el a-quo.
LA SENTENCIA DEL TRIBUNAL
1.
El juzgador de segunda instancia, primeramente,
abordó el tema relativo a los requisitos establecidos para la adopción
de una decisión de mérito, habiendo encontrado que los mismos
concurrían al proceso y así lo plasmó en la providencia emitida. Aludió,
seguidamente, a la ausencia de cualquier vicio generador de nulidad;
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también, encontró que las partes llamadas a la causa litigiosa tenían
plena capacidad.
2. El sentenciador, en el fallo cuestionado, estudió el tema
objeto de decisión y dejó registrado que la actora pretendía la
declaratoria de la unión marital de hecho regulada en la Ley 54 de
1990. A partir de ello el Tribunal acusado afirmó que con sujeción a la
normatividad vigente y los distintos pronunciamientos de la Corte, los
requisitos necesarios para la existencia de una relación de ese linaje se
reducían, entre otros, a la permanencia y la singularidad, exigencia
esta última de la que dijo que “cuando las personas tienen una
dualidad o pluralidad marital” se desdibuja tal presupuesto, pues su
esencia estriba en la relación o estructura monogámica en la
conformación de una familia.
Sobre el mismo aspecto, esto es, la singularidad en las
relaciones
maritales,
evocó
las
siguientes
líneas
de
reciente
pronunciamiento por parte de esta Corporación:
“‘Si la comunidad de vida es entre dos, por exigencia de la
misma ley, y si esta comunidad es de ‘la vida’, no se trata de compartir
fragmentariamente la vida profesional, la vida sexual, la vida social, la
vida íntima, ni siquiera de la vida familiar, sino de compartir toda ‘la
vida’ concepto de suyo tan absorbente que por sí sólo excluiría que
alguien pueda compartir ‘toda la vida’ con más de una pareja’.
Subrayado fuera de texto” (Cas. Civ. 0509 2005 Exp. 1999 158).
En su momento, en cuanto al aspecto probativo, sostuvo
que la situación planteada connotaba, en estrictez, una diferencia
interpretativa entre lo que la juez de primera instancia consideró
alrededor de lo vertido por los deponentes, y lo que el recurrente, a su
vez, dedujo de tales elementos de juicio. Indicó que de parte y parte
fueron blandidos diferentes medios de convicción, sobre todo
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testimoniales, que, si bien, trasmitieron versiones no coincidentes y, en
veces, contradictorias, la evaluación de la razón del dicho de los
declarantes, la cercanía con las partes y la valoración conjunta,
conducían a creer que los argumentos
explicitados en el fallo
reprochado no devenían absurdos.
Así lo patentizó:
“La disparidad en el análisis probatorio, en principio, no
constituye por si fundamento para revocar la decisión de primera
instancia, por cuanto atendiendo el principio de la comunidad de la
prueba que impone la valoración conjunta de los medios probatorios
existentes, mediante su comparación en orden a encontrar los puntos
de disonancia y convergencia, respecto de los hechos que se
pretenden acreditar, en esta actividad no trasciende quien aportó el
medio probatorio a menos de aplicarse, ante la ausencia de
acreditación de un hecho necesario en el proceso, el sucedáneo de la
prueba conforme al cual se impone establecer, a quien correspondía la
carga de la prueba sobre aquel para aplicar la consecuencia de la
omisión probatoria –art. 177, 187 C.P.C.-.” –folio 14 del cuaderno del
Tribunal-. Y concluyó:
“(…) se reitera, analizados uno a uno y en conjunto los
medios probatorios recaudados, no surge con certeza que la
convivencia de Rosendo y Olga, hubiera sido única, que existiera una
sola ‘comunidad de vida’, como que existió también con Damaris desde
tiempo atrás a la terminación en 1996 o 1997 de la primera,
comportamiento de Rosendo que no evidencia la existencia de una
mera infidelidad con respecto a la relación con Olga (….). La situación
descrita, generó, de esta manera ‘dos familias’ (…) situación que
contraría el carácter de singularidad requerido (…)”
-hace notar la
Sala- (folio 20 ib).
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En fin, el juzgador de segunda instancia persuadido de que
no concurrían los elementos necesarios para declarar la existencia de
la unión marital, habida cuenta que echó de menos una relación única
del difunto con la accionante, decidió negar la pretensión que en tal
sentido elevó la misma.
LA DEMANDA DE CASACION
El impugnante ataca la sentencia proferida a través de dos
cargos, ambos trazados por la causal primera -vía indirecta-; condensa
su inconformidad, principalmente, debido al acaecimiento de algunos
defectos
fácticos.
Una
y
otra
acusación
serán
afrontadas
y
despachadas de manera conjunta, por fundamentarse en similares
argumentos.
PRIMER CARGO
Este reproche lo justifica el casacionista en la medida en
que el fallador, según su decir, incurrió en un “ERROR DE HECHO
POR FALSO JUICIO DE IDENTIDAD”, propiciando la violación de los
artículos 1º, de la Ley 54 de 1990; 13, 42 y 228 de la Constitución
Política. Afirmó que el Tribunal acusado sopesó la prueba recaudada
pero al hacerlo “aumenta su contenido, dándole un valor que no lo
tiene (…)” –folio 16, cuaderno de la Corte-.
Sostuvo, en lo esencial, que el juzgador dio por probada la
existencia de dos relaciones maritales con igual número de mujeres
que el señor Giraldo López, en vida, mantuvo; y, para arribar a tal
conclusión discurrió alrededor de uno de los requisitos de esa clase de
vínculos, o sea, la convivencia y permanencia del compañero en la
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casa de ella, esto es, de la señora Damaris; también aludió a la
asistencia económica que él le brindaba a ella; reseñó, por ejemplo, la
provisión de alimentos, vestido, mercado, frutas, etc; además, la
compra y venta de inmuebles entre ellos y, en fin, aceptó que él hacía
presencia en el entorno de ella pero referida, en lo fundamental, a los
aspectos materiales; por ello, dijo, “mal haríamos en llamarlo hogar;
como así lo determinó el ad-quem” (folio 18 cuaderno de la Corte). Y
agregó:
“Únicamente en el Tribunal superior de Manizales cabe
este concepto, al aceptar que la intención de unidad familiar, la
cohabitación y el compartimiento de techo, se dan por el hecho de que
el
‘compañero
permanente’
visité
(sic)
y
comparta
techo
ESPORÁDICAMENTE, UNA VEZ AL MES, ‘EN UNA BORRACHERA’
O DE CREER QUE FRECUENTABA A DAMARIS UNA, DOS O TRES
VECES EN 15 DIAS….O POR LA VISITA A LA ABUELITA RITICA
POR OCHOS DIAS” –folio 20 ib.“Es decir se concluye de lo afirmado, que el Tribunal para
efectos de demostrar la intención de unidad familiar, de comunidad de
vida, la cohabitación y el compartimiento de techo, está fincando su
proveído en el análisis acabado de hacer en el inciso anterior, que
desde luego no es el medido para el efecto”.
“De contera entonces, erró de hecho el despacho, pues
supuso que en tan corto tiempo en que efectivamente ROSENDO
compartía techo y lecho en la casa de DAMARIS, a ‘HURTADILLAS’ se
daban los presupuestos señalados por la ley 54 en su artículo 1º, en
cuanto a la comunidad de vida y permanencia y dio probado que la
supuesta UNION entre estos llenaba todas las características de la
norma, inclusive la cohabitación y el compartir techo. El agregado y
Subrayado es mio” –ambas citas del folio 21 idem-.
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Continúa aseverando que, en verdad, la relación existente
entre Rosendo (causante) y Damaris lo que traslucía era la conjunción
de “intereses independientes”, que cada uno buscaba su propio
beneficio; él, por su lado, lograba que Damaris le cuidara a sus hijos y
ella recibía una ayuda económica; uno y otro, arguyó, derivaba de esa
relación un “bienestar”.
Y, a folios 22 y 23, de la misma encuadernación, aparecen
las siguientes conclusiones del impugnante, a las que, en definitiva,
sujetó su cuestionamiento:
“Aquí precisamente fue donde erró el Tribunal, pues si bien
es cierto ‘ellos’ estaban juntos muchas veces; las características de
una verdadera unión marital, van más allá de habitar una casa. Máxime
cuando no se ve una intención de un verdadero hogar, de constituir
una verdadera familia, de cohabitar con verdadero amor y no por
devolver un favor y de sacarle partido al otro”.
“Esa ausencia física, a la que calificó con un aprobado, el
Tribunal, va en contra del respeto mutuo que deben tener los
compañeros. O que esposa va a permitir que su esposo duerma en la
misma casa hoy, y regrese a los 8 días, o 15 y llegue por ropa y salga,
si no es un piloto o un agente viajero y a sabiendas como se demostró
con Rosendo, que no tenía ninguna de estas profesiones y residía en
Manizales?.”.
“El pronunciamiento del Tribunal Superior de Manizales,
debió entonces manifestar que no obstante que la unión entre Rosendo
y Damaris tenía algunas características que en apariencia eran
similares a la señaladas en la ley 54 de 1990, no se podría despachar
en tal sentido, pues no existía en ella, la comunidad de vida que
mostrara esa intención de unión familiar, además tenía la falencia de
inexistencia del compartir techo y lecho entre la pareja, en forma
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constante y continúa, como para determinar que efectivamente existió
una unión paralela con la de Rosendo y Olga”.
Sostuvo, en esa misma línea argumentativa, que el
Tribunal acepta, a partir de los testimonios de los señores “Carlos,
John Kevin, Isabel Cristina y Mario Rodríguez”, que Rosendo visitaba a
Damaris “dos o tres veces en 15 días”, lo que significa que el resto del
tiempo permanecía en casa de Olga Rodríguez, por tanto, un lapso tan
corto y a “HURTADILLAS”, no podía concebirse suficiente para admitir
o “demostrar la intención de unidad familiar, de comunidad de vida, la
cohabitación y el comportamiento de techo”, es decir, resultan
insuficientes para acceder a la declaratoria de existencia de unión
marital del causante y la última compañera y esposa. Aceptarlo es,
como así aconteció por parte del sentenciador, brindar a las pruebas
recogidas y, en especial los testimonios referidos, un alcance que no
tienen.
Terminó insistiendo en que, dadas esas circunstancias, el
Tribunal, no debió aceptar la duplicidad de relaciones, pues en la que
sostuvo Rosendo y Damaris no concurrían todos los requisitos
establecidos en la Ley 54 de 1990.
Por último, aunque no fue objeto de pronunciamiento por
parte del sentenciador, el promotor del recurso sumó a todo lo dicho
algunas reflexiones sobre la prescripción alegada en la contestación de
la demanda.
SEGUNDO CARGO
Concerniente con esta acusación el dislate provino, cual
fue afirmado en el escrito pertinente, del “ERROR DE HECHO POR
FALSO JUICIO DE EXISTENCIA”, en la medida en que el sentenciador
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omitió sopesar un “indicio contundente”, que, muy seguro, de haberlo
hecho, el resultado del fallo hubiese sido diferente. Tal proceder,
afirmó, comportó la violación de similares disposiciones a las
memoradas en el primer cargo, así como el artículo 40 de la Ley 153
de 1887.
El actor refiere a varios de los testimonios recogidos por
cuenta de una y otra parte, de cuyas versiones puede inferirse que el
señor Rosendo López “no vivía en la casa de Damaris”, habida cuenta
que las ayudas económicas, el mercado, las frutas, etc., que él le
proveía, se las enviada a través de terceros. Y se pregunta, ¿de no ser
cierta esta conclusión, por qué no esperar a la noche y él mismo le
entregaba o le llevaba a la casa de Damaris esos elementos?. Agregó,
además, que los testigos habían afirmado que Rosendo dormía en la
casa de Olga. Una y otra situación, reivindicó el actor, connotan el
hecho indicador, consistente en que Rosendo no vivía con Damaris.
Cuando el Tribunal pasó por alto la existencia de ese
indicio incurrió en el error denunciado y, por ahí mismo violó la Ley 54
de 1990, en cuanto que dio por establecidos todos los requisitos que la
misma exige en procura de considerar estructurada la relación marital
de hecho entre Damaris y Rosendo. Y, obvio, tal proceder, comportó
un fallo muy diferente al que debió emitirse. Así lo patentizó:
“Esa omisión, por demás grave, incidió para que el
Tribunal, desde luego, al no analizar el contundente indicio, no se
percatara que efectivamente Rosendo no vivía en la misma residencia
de Damaris; sino que a duras penas tenía un ‘hogar de paso’, lo que le
permitió a la instancia aceptar que se habían llenado todos y cada uno
de los requisitos de la norma sustantiva en su artículo 1º.” (folio 29,
cuaderno No. 4).
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SE CONSIDERA
1º. La reseña plasmada en líneas precedentes indica, de
manera nítida, por un lado, que el propósito de la demandante en
casación es que se declare la existencia de unión marital de hecho y su
consecuente conformación de sociedad patrimonial con el difunto
Rosendo Alonso Giraldo López, por espacio de 30 años; por otro lado,
dilucidar si el Tribunal al negar la existencia de dicha relación explicitó,
ciertamente, argumentos válidos referentes a la coexistencia de las dos
relaciones de similares características que el occiso mantuvo ó,
contrariamente, en la formulación de semejante aserto vulneró la ley
sustancial.
2º. En esa línea, la censura, como se recordará, reprocha
la sentencia definitoria de la controversia con el argumento de haber
encontrado en algunas de las pruebas analizadas, sobre todo en las
testimoniales, más de lo que las mismas indicaban; además, que
pretermitió el reconocimiento de un indicio grave.
3º. Fijado ese derrotero, cumple precisar ab-initio que la
Ley 54 de 1990, al crear el marco normativo que gobernaría las
relaciones de pareja caracterizadas bajo claros y definidos propósitos
en torno a la conformación o continuación de un núcleo familiar, esto
es, las uniones maritales de hecho entre compañeros permanentes
como así las denominó el legislador, delineó, en función de su
reconocimiento, algunos requisitos cuya presencia resulta inevitable,
particularmente y, si se quiere, en lo principal, la generación de efectos
patrimoniales.
Por ejemplo, en lo que al caso bajo examen interesa,
plasmó la exigencia de una comunidad de vida alrededor de dos pilares
inconfundibles e
imprescindibles: i)
la permanencia;
y, ii)
la
singularidad. Una y otra, de ello no hay duda, no pueden dejar de estar
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presentes, relievando, eso sí, que la citada normatividad se sustrajo de
indicar qué particularidades debían cumplir uno u otro de esos
presupuestos. Sin embargo, en multitud de pronunciamientos, la Corte
ha delineado el alcance conceptual de ambos, amén de asentar pautas
concernientes con su naturaleza y características, manteniendo en su
esencia, hoy por hoy, las mismas aristas definitorias expuestas desde
sus comienzos.
3.1. Obsérvese, sobre el primero de los requisitos, lo que
expuso:
“De otro lado, esa unicidad se reafirma porque la unión
marital exige que los compañeros permanentes hagan una “comunidad
de vida permanente y singular”; la permanencia toca con la duración
firme, la constancia, la perseverancia y, sobre todo, la estabilidad de la
comunidad de vida, y excluye la que es meramente pasajera o casual;
esta nota característica es común en las legislaciones de esta parte del
mundo y se concreta aquí para efectos patrimoniales en dos años de
convivencia única (…)” -Sent. Cas. Civ., 20 de Septiembre de 2.000,
Exp. 6117-.
Luego, sobre el mismo tema, dijo:
“Por consiguiente dos son los presupuestos que a juicio de
esta Corte son fundamentales para reconocerle a la unión marital de
hecho la situación jurídica prevista por la ley, “la licitud y la
permanencia y estabilidad de la familia, presupuestos que sin ninguna
hesitación se advierten en la familia matrimonial y que en cuanto
aparezcan en la unión marital de hecho, dan pie para encontrar la
familia extramatrimonial que reconoce la Carta Política de 1991”.
(….)
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“La comunidad de vida, o comunidad vital o consorcio de
vida, es pues un concepto que como acaba de apreciarse está
integrado por elementos fácticos objetivos como la convivencia, la
ayuda y el socorro mutuos, las relaciones sexuales y la permanencia, y
subjetivos otros, como el ánimo mutuo de pertenencia, de unidad y la
affectio maritalis, que unidos además a la descendencia común y a las
obligaciones y deberes que de tal hecho se derivan, concretan
jurídicamente la noción de familia. Destaca la Corte cómo derivado del
ánimo a que se ha hecho referencia, deben surgir de manera
indubitable aspectos tales como la convivencia de ordinario bajo un
mismo techo, esto es la cohabitación, el compartir lecho y mesa y
asumir en forma permanente y estable ese diario quehacer existencial,
que por consiguiente implica no una vinculación
transitoria o
esporádica, sino un proyecto de vida y hogar comunes que, se insiste,
no podría darse sin la cohabitación que posibilita que una pareja
comparta todos los aspectos y avatares de esa vida en común”.
“Por tanto la permanencia referida a la comunidad de vida a
la que alude el artículo 1º de la Ley 54 de 1990 debe estar unida, no a
una exigencia o duración o plazo en abstracto, sino concretada en la
vida en común con el fin de poder deducir un principio de estabilidad
que es lo que le imprime a la unión marital de hecho, la consolidación
jurídica para su reconocimiento como tal. En consecuencia, insiste la
Corte, la comunidad de vida permanente y singular, a voces de la ley
54, se refiere a la pareja, hombre y mujer, que de manera voluntaria
han decidido vivir unidos, convivir, de manera ostensible y conocida por
todos, con el ánimo y la intención de formar una familia con todas las
obligaciones y responsabilidades que esto conlleva”.
“El artículo 42 de la Constitución Política señala que la
familia es el núcleo esencial de la sociedad y como tal debe protegerse
por el Estado, la que puede constituirse por vínculos jurídicos o
naturales o por la voluntad responsable de conformarla, disposición
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que sirve de fundamento al artículo 1º. de la Ley 54 de 1990, norma
que como ya se dijo, precisa que la unión marital de hecho es la
formada por un hombre y una mujer que sin estar casados hacen
comunidad de vida permanente y singular, es decir, que el Estado
protege esta unión por cuanto es una de las fuentes de la familia como
consecuencia de una decisión libre de la pareja de conformarla, esto
es, de compartir la vida mediante una comunidad de vida permanente y
singular, con iguales propósitos y fines, a fin de proporcionarse
mutuamente ayuda y socorro de manera estable y permanente, para lo
cual los compañeros deben compartir los aspectos fundamentales de
su vida, dado que la sola unión esporádica no garantiza la
permanencia, ni demuestra la intención de conformar una familia.” hace notar la Sala- (Cas. Civ., 12 de diciembre de 2001, Exp. No.
6721).
En otra oportunidad sostuvo:
“Es menester, la convivencia o comunidad de vida
singular, permanente y estable, a punto que la unión marital de hecho
‘no nace, sino en cuanto que se exprese a través de los hechos,
reveladores de suyo de la intención genuina de mantenerse juntos los
compañeros” (Sentencia de 10 de septiembre de 2003, exp. 7603).
Y al volver sobre ello indicó:
“Así, los sintagmas ‘comunidad’, ‘de vida’, ‘permanente’ y
‘singular’, necesitan una relación contextual de modo que el sentido
emerja, no sólo de cada uno visto aisladamente, sino del conjunto de
ellos”.
(…)
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“Así, la expresión ‘comunidad de vida’ implica de suyo la
comunión permanente en un proyecto de vida, no episodios pasajeros,
sino la praxis vital común. Si la comunidad de vida es entre dos, por
exigencia de la misma ley, y si esa comunidad es de ‘la vida’, no se
trata de compartir fragmentariamente la vida profesional, la vida sexual,
la vida social, la vida íntima, ni siquiera de la vida familiar, sino de
compartir toda ‘la vida’, concepto de suyo tan absorbente que por sí
solo excluiría que alguien pueda compartir ‘toda la vida’ con más de
una pareja” (Sent. Cas. Civ., 5 de septiembre de 2005, Exp. 1999 0150
01).
Con posterioridad, referente al mismo punto, precisó:
“(…) esa comunidad de vida debe ser firme, constante y
estable, pues lo que el legislador pretende con esa exigencia es
relievar que la institución familiar tiene, básicamente, propósitos de
durabilidad, de estabilidad y de trascendencia” (Sent. Cas. Civ., 10 de
abril de 2007, Exp. 2001 00451 01).
En reciente decisión, siguiendo los mismos derroteros
trazados, esto es, qué características debía exteriorizar la relación
desarrollada por la pareja a propósito de consolidar la unión marital
bajo las orientaciones de la ley referida, asentó:
“Análogamente, la unión marital de hecho no se configura
por simples relaciones casuales, ocasionales, efímeras, transitorias,
esporádicas, o azarosas, sino en virtud de la unión de personas no
casadas entre sí que conviven more uxorio, hacen comunidad de vida
estable y permanente plasmada en las relaciones sexuales, la ayuda,
el socorro mutuo y la affectio marital” -la Sala resalta- (Sent. Cas. Civ.,
11 de marzo de 2009, Exp., 2002-00197-01).
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Conclúyese, entonces, a partir de la memoria registrada en
líneas precedentes que, para la Corte, algunas circunstancias de
diferente naturaleza deben concurrir en procura de demostrar la
permanencia, imprescindible, por lo demás, en la relación de los
compañeros en función de la unión marital. Entre otras, por ejemplo,
bien pueden reseñarse: la asistencia económica, el socorro mutuo, las
relaciones sexuales, la cohabitación y, en fin, el ánimo o intención de
conformar una familia (affectio marital). Resáltase, adicionalmente, que
ese vínculo, en cuanto al aspecto temporal, no es dable concretarlo a
meras ocasiones o, simplemente, reflejar encuentros fortuitos. La
relación desplegada ha de trasmitir la creencia de que allí, en esa
cercanía, pervive o se ha incubado un propósito de familia.
3.2. Ahora, relativamente a la segunda exigencia, esto es,
la singularidad, la Corporación ha referido a lo largo de las dos
décadas de vigencia de la disposición citada, lo que sigue:
“la ley sólo le otorga efectos civiles a la unión marital de
hecho que se conforma por un solo hombre y una sola mujer, lo que,
per se, excluye que uno u otra puedan a la vez sostenerla con
personas distintas y da para decir que si uno de los compañeros tiene
vigente un vínculo conyugal, lo contrae después, o mantiene
simultáneamente una relación semejante con un tercero, no se
conforma en las nuevas relaciones la unión marital, e incluso,
eventualmente se pueden desvirtuar las que primero fueron iniciadas;
en el fondo, implícitamente se produce el efecto personal de la
exclusividad de la relación. Otra cosa es que ante la ocurrencia de
uniones maritales en la que uno o ambos compañeros son casados, la
ley haya tomado las medidas conducentes para que exista una debida
separación temporal, tanta que impida la concurrencia de distintas
sociedades
patrimoniales,
dado
que
la
presencia
del
vínculo
matrimonial genera de inmediato la sociedad conyugal”.
MCB Exp. 2007 00313 01
17
“De otro lado, esa unicidad se reafirma porque la unión
marital exige que los compañeros permanentes hagan una ‘comunidad
de vida permanente y singular’; (…) e indudablemente atenta contra
esa estabilidad y habrá casos en que la descarta el hecho mismo de
que un hombre o una mujer pretenda convivir, como compañero
permanente, con un número plural de personas, evidentemente todas
o algunas de estas relaciones no alcanzan
a constituir una unión
marital de hecho”.
“Y que la comunidad de vida sea singular atañe con que
sea solo esa, sin que exista otra de la misma especie, cuestión que
impide sostener que la ley colombiana dejó sueltas las amarras para
que afloraran en abundancia uniones maritales de hecho, y para
provocar conflictos mil para definir los efectos patrimoniales; si así
fuera, a cambio de la seguridad jurídica que reclama un hecho social
incidente en la constitución de la familia, como núcleo fundamental de
la sociedad, se obtendría incertidumbre”
“La explicación de la característica de singular que el citado
artículo primero contempla, no es más que la simple aplicación de lo
hasta aquí dicho en torno al objetivo de unidad familiar pretendido con
la unión marital de hecho, por cuanto la misma naturaleza de familia la
hace acreedora de la protección estatal implicando para el efecto una
estabilidad definida determinada por una convivencia plena y un
respeto profundo entre sus miembros en aplicación de los mismos
principios que redundan la vida matrimonial formalmente constituida,
pues, como se indicó, se pretendió considerar esta unión como si lo
único que faltara para participar de aquella categoría fuera el rito
matrimonial que corresponda”.
“Además, y no es razón de poca monta, constituye norma
de hermenéutica que las palabras de que se sirve el legislador, si no es
MCB Exp. 2007 00313 01
18
que éste les da un significado especial y particular, deben entenderse
en su sentido natural y obvio, según su uso general”.
“La singularidad de algo puede entenderse por su
peculiaridad o especialidad, atendiendo que no se parece del todo a
otra cosa. Pero también entraña el contrario de plural. El empleo que
de ella hizo la ley 54 dice más de la segunda de las anotadas
acepciones que de la primera; vale decir, refiere es al número de
ligámenes o uniones maritales y no a la condición sui generis de la
relación; esto es, la exigencia es que no haya en ninguno de los
compañeros permanentes más uniones maritales que la que los ata, la
que, en consecuencia, ha de ser exclusiva. Porque si uno de ellos, o
los dos, sostiene no sólo esa unión sino otra u otras con terceras
personas,
se
convierte
en
una
circunstancia
que
impide
la
configuración del fenómeno”.
“Cuando se insinúa que por la evidente posibilidad práctica
de que una persona tenga relaciones maritales con varias personas
debe dársele el correspondiente cubrimiento jurídico a cada una de
ellas, se le da visos superficiales y simplemente matemáticos a lo que
debe ser una comunidad ubicando dentro de ella las varias relaciones
en los que una misma persona conviva con otras en forma simultánea,
desvirtuando en forma radical el concepto de unidad familiar tan
ampliamente defendido en nuestra Constitución y lo que el legislador
expresamente pretendió con dicha regulación”.
“Ninguna razón de orden jurídico, pues, asiste al recurrente
para sostener la posibilidad de la concurrencia de varias uniones
maritales que involucre a un compañero permanente común, en pos de
defender los intereses de la demandante a quien el Tribunal no le
otorgó el reconocimiento de la sociedad patrimonial derivada de la
unión marital de hecho (…..) con el argumento de que judicialmente ya
había sido reconocida una sociedad patrimonial originada en la unión
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marital que constituyó la misma persona, en vida, con persona distinta
y durante el mismo término” (Sent. Cas. Civ., 20 de Septiembre de
2.000, Exp. 6117).
Luego advirtió:
“La singularidad atañe a la identidad específica, ‘que sea
solo esa, sin que exista otra de la misma especie” (cas. civ. 20 de
septiembre de 2005, Exp., 1999-0150-01).
En fecha más reciente, plasmó las siguientes reflexiones:
“En ese mismo sentido, bueno es precisar que en la
ponencia para el primer debate de la normatividad en comento, se dejó
expresamente consignado que era muy importante “señalar que en
todos los casos se ha pretendido evitar la legitimación de uniones
simultáneas conyugales o de hecho, no solamente con base en
argumentos morales, sino también para prevenir una fuente inacabable
de pleitos, donde las dificultades probatorias son obvias” (Gaceta del
Congreso de 24 de octubre de 1988, pág. 9). Tal exposición de
motivos, sin duda permite entender que las expresiones lingüísticas
“comunidad de vida permanente y singular”, empleadas en la Ley 54 de
1990, todas a una convergen en la exigencia de exclusividad, y por
fuerza de las reglas de la lógica, la pluralidad de relaciones de similar
naturaleza destruye la singularidad” (Sent. Cas. Civ., 5 de septiembre
de 2005, Exp. 01999-0150-01).
Síguese, entonces, que la expresión singular, en defecto
de una precisión legislativa en la génesis o formación de la Ley 54 de
1990, como así quedó registrado en las citas efectuadas debe
entenderse, acudiendo al uso común de la palabra (art. 28 C.C.), y, tal
cual lo resaltó la Corte, deviene indicativa de una sola relación; es
decir, la realidad de la unión marital de hecho entre compañeros puede
MCB Exp. 2007 00313 01
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pregonarse siempre y cuando no concurra, por los mismos períodos,
otra de similar naturaleza y características, entendiendo como tal la
simultaneidad de ataduras, permanente y simple; eventualidad que,
según las circunstancias, comportaría la destrucción de cualquiera de
ellas ó de ambas, impidiendo, subsecuentemente, el nacimiento de un
nexo de ese linaje.
Alrededor del punto, dada su pertinencia, expresó la Corte:
“Empero, y esto hay que subrayarlo firmemente, una vez
establecida una unión marital de hecho, la singularidad que le es propia
no se destruye por el hecho de que un compañero le sea infiel al otro,
pues lo cierto es que aquella, además de las otras circunstancias
previstas en la ley, cuyo examen no viene al caso, sólo se disuelve con
la separación física y definitiva de los compañeros (…)” –Sent. Cas.
Civ., 10 de abril de 2007, Exp. 2001 00451 01-.
4º. Corolario de lo expresado surge que la normatividad
vigente, así como los constantes y reiterados pronunciamientos de la
Corte, tal cual quedó reseñado en precedencia, en cuanto a la
formación de la unión marital entre compañeros permanentes,
imponen, sin resistencia alguna, por un lado, que los mismos
permanezcan juntos, compartan techo, materialicen día a día ese
proyecto de vida en común, se brinden asistencia económica y moral;
en fin, que patenticen de manera firme y evidente el ánimo de construir
una vida en conjunto; por otro, que la relación desplegada en los
términos precitados, concierna con sólo una pareja, es decir, que esa
unión se muestre singular, lo que implica la exclusión, en términos
absolutos, de la posibilidad de una duplicidad de uniones con
características similares, esto es, una y otra con la potencialidad de
consolidar, concomitantemente, más de un vínculo de esa naturaleza.
MCB Exp. 2007 00313 01
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La existencia de relaciones esporádicas o pasajeras, aún
en presencia de descendencia fruto de las mismas, no alcanzan a
considerarse uniones maritales con las características propias de la
Ley 54 de 1990, y menos logran destruir las que se desarrollan
conforme a las exigencias de la referida ley. Referencia ésta que no
devela, ni por asomo siquiera, que la Sala esté legitimando ó
estimulando la infidelidad alrededor de la unión marital entre
compañeros permanentes, pues, igual que acontece en la relación
matrimonial, cuyo reflejo, en lo pertinente, debe proyectarse a las
uniones referidas, eventos de esa índole devienen excluidos y son
objeto de repulsa. Empero, en una u otra relación, circunstancias
semejantes quedan bajo la potestad de los consortes o de los
compañeros permanentes, quienes, en últimas, bajo la protección y
parámetros fijados en la ley, decidirán el destino de esos vínculos, ya
propiciando la destrucción del mismo, si del matrimonio se trata (art.
154 Código Civil), ya decidiendo la culminación de la unión marital en
ciernes (art. 1º, Ley 54 de 1990), o una vez constituida esta última, su
terminación bajo el amparo de la Ley 979 de 2005.
Lo cierto, como conclusión de lo dicho, es que al
examinarse los conceptos de singularidad y permanencia en la unión
marital, no pueden estructurarse criterios totalizadores o absolutos;
tampoco, puede habilitarse cualquier relación para aniquilar la unión
marital existente o en proceso de formación.
5º. Fijados esos derroteros, al analizar la sentencia emitida
y el cuestionamiento expuesto por el recurrente, con el propósito de
establecer la realidad de los errores denunciados, cumple recordar que
el juzgador de segunda instancia, a partir de la valoración de las
versiones recogidas, tanto de las partes como de terceros, negó la
declaratoria de la unión marital conformada por la actora y el fallecido
Rosendo Alonso Giraldo López, debido a la pluralidad de uniones que
MCB Exp. 2007 00313 01
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encontró, conclusión que, según el impugnante, devino de una
deformación en la valoración de esos elementos de prueba.
6º. Bajo tal perspectiva, pertinente resulta memorar que,
como de antaño se tiene establecido, los fallos impugnados a través
del recurso extraordinario de casación, cuando llegan a esta
Corporación, lo hacen soportados por la presunción de acierto y de
legalidad que los acompaña; lo anterior significa, que al gestor de la
censura le asiste el inevitable compromiso de enfrentar la decisión
reprochada,
previo
examen
de
la
misma,
auscultando
los
procedimientos evaluativos acometidos por el ad-quem alrededor de
los aspectos fácticos y jurídicos involucrados en la controversia,
desnudar sus falencias o desaciertos y, así, puestos en evidencia,
combatirlos hasta el punto de derruir su basamento.
7º. Y cuando la acusación propuesta alude a los yerros en
que ha podido incurrir el juzgador al momento de sopesar los
elementos persuasivos, el reproche aducido no debe quedarse sólo en
su enunciación, sino que el compromiso del actor comporta su
acreditación. En los siguientes términos lo consagra la Legislación
Procesal Civil: “la violación de norma sustancial como consecuencia de
error de hecho manifiesto en la apreciación de la demanda o de su
contestación, o de determinada prueba, es necesario que el recurrente
lo demuestre” – hace notar la Sala- (art. 374 C. de P. C.).
7.1. Por tanto, el casacionista en el propósito de
desquiciar el fallo adoptado, en estos precisos eventos, debe
presentar o exhibir el yerro atribuido al sentenciador y, además,
exponer lo evidente o manifiesto del mismo; que se perciba a primera
vista. Dicho en otras palabras y reducido el tema al asunto ventilado, el
impugnante al enrostrarle al Tribunal la equivocación denunciada
cuando éste apreció el recaudo probatorio recogido en el proceso,
tiene que considerar que su propuesta impugnativa, para salir avante,
MCB Exp. 2007 00313 01
23
ha de referir a una equivocación evidente, mayúscula ó, como lo
advierte la norma, el error debe ser manifiesto.
Precisamente, alrededor de los requisitos para delinear
una acusación a través del recurso extraordinario de casación, por
defectos en la actividad probatoria, cuando de errores de hecho se
trata, la Corporación ha dicho en recientes decisiones:
“Acerca de este tema, la Sala ha destacado de modo
uniforme la autonomía del juzgador de instancia en la apreciación del
contenido o materialidad de las pruebas, de modo que debe
mantenerse, con fundamento en la presunción de legalidad y acierto de
su decisión, mientras no incurra en un error notorio, ostensible,
evidente o protuberante ‘cuando su sólo planteamiento haga brotar que
el criterio del sentenciador fue totalmente desenfocado, que está por
completo divorciado de la más elemental sindéresis; si se quiere, que
repugna al buen juicio…Ocurre, verdaderamente, cuando el fallador
está convicto de contraevidencia; o, como la propia ley lo dice, cuando
incurre en yerro ‘que aparezca de manifiesto’…’ (cas. civ sentencias de
11 de julio de 1990 y 24 de enero de 1992), y naturalmente,
trascendente, o sea, de tal connotación que por su inteligencia, la
decisión sería otra”.
“A este particular, tiene sentado la Sala que ‘(…) la
discreta autonomía de que se encuentran dotados los juzgadores para
el desarrollo de su compleja misión, apareja que el debate alrededor de
la
apreciación y valoración de las pruebas quede, en línea de
principio, cerrado definitivamente en las instancias, sin que, por ende,
sea posible reabrirlo con ocasión de un recurso extraordinario, a menos
que, en casos excepcionales, los yerros denunciados, a más de
trascendentes, puedan ser calificados de notorios, palmarios o
manifiestos, es decir, que su individualización y prueba aflore sin
mayores esfuerzos, raciocinios o elucubraciones, al punto que resulte
MCB Exp. 2007 00313 01
24
francamente inocultable para cualquiera e imponga el quiebre de una
decisión judicial’ (exp. 1997-09327), ‘sólo cuando la tesis que expone la
censura es la única admisible es procedente abrirle paso al recurso’
(cas. civ. sentencia de 31 de enero de 2005, exp. 7872; se subraya), en
cuanto el fallo judicial ‘no se puede socavar mediante una
argumentación que se limite a esbozar un nuevo parecer, por
ponderado o refinado que sea, toda vez que, in abstracto, tanto respeto
le merece a la Sala el criterio que en esos términos exponga la
censura, como el que explicitó el fallador para soportar su decisión
judicial’ (cas. civ. sentencia de 5 de febrero de 2001, exp. 5811)” líneas no originales- (Sent. Cas. Civ., de 27 de julio de 2010, Exp. 2006
00558 01).
Luego, en el mismo sentido, expresó:
“‘(…) Por averiguado se tiene que por cuanto los jueces
gozan de discreta autonomía en la valoración probatoria para tomar
sus decisiones y las providencias con las que resuelven los litigios
sometidos a su conocimiento llegan a la Corte precedidas de la
presunción de verdad y acierto, la tarea de quien recurre en casación
obligadamente tendrá que estar dirigida a demostrar que el dislate que
le achaca al ad-quem es notorio y trascendente, esto es, de tal tamaño
que a la primera mirada se advierta la contraevidencia de la
determinación adoptada con la realidad que surge del proceso, ya que
como él ‘es autónomo en la apreciación de las pruebas, sus
conclusiones al respecto son intocables en este recurso extraordinario,
mientras por el impugnante no se demuestre que aquél, y al efectuar
tal apreciación, no incurrió en error de hecho evidenciado de los autos
o en infracción de las normas que disciplinan la ritualidad y eficacia de
los medios de convicción aducidos’ (G.J.T., CCXXXI, pag. 644)’ ”.
“‘Es palmario, entonces, que tan solo cuando el yerro del
fallador brota con absoluta claridad es posible abrirle paso a la
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25
casación, vale decir, únicamente en aquellos casos en que incurra en
una equivocación protuberante y trascendente, de donde se desprende
que la acusación que no se dirija a enrostrarle vicios de esa
envergadura no pasará de ser inane, como lo será igualmente la que
se apoya en fundamentos dubitativos, toda vez que al no corresponder
ninguno de tales supuestos a las reseñadas exigencias, habrá de
otorgarse prevalencia a los razonamientos que el juez de segundo
grado haya dejado sentados en el fallo, como quiera que ‘el error de
hecho se estructura cuando el juicio probatorio del sentenciador es
arbitrario o cuando la única ponderación y conclusión que tolera y
acepta la apreciación de las pruebas sea la sustitutiva que proclama el
recurrente’, ya que si la inferencia a la que hubiera llegado, ‘luego de
examinar críticamente el acervo probatorio se halla dentro del terreno
de la lógica y lo razonable, en oposición a la que del mismo estudio
extrae y propone el censor en el cargo, no se genera el yerro de facto
con las características de evidente y manifiesto, por cuanto en dicha
situación no hay absoluta certeza del desatino cometido’ (G.J., t.
CCLVIII, pags. 212 y 213). En tales eventos se impondría el fracaso de
la acusación, puesto que, como lo ha dicho la Sala, ‘la ruptura del fallo
acusado sólo podría fundarse en la certeza y no en la duda’ G.J., t.
CVII, pag. 289), en tanto que ésta ‘jamás sería apoyo razonable para
desconocer los poderes discrecionales’ del juzgador (G.J., t. CCXXXI,
pag. 645)’”.
“Bajo esa perspectiva, la presunción de acierto con que
llegan las decisiones de instancia a esta Corporación, no puede ser
infirmada sino en la medida en que el yerro denunciado sea de tales
características que no puede, bajo consideraciones de razonabilidad y
coherencia, mantenerse en pie la sentencia cuestionada. Por ello, las
acusaciones en torno a la valoración que el ad-quem realizó de
testimonios o grupos de ellos, para el quiebre del fallo, debe evidenciar
tal desacierto que surja contrario a toda evidencia y trasgreda de
MCB Exp. 2007 00313 01
26
manera notoria e irresistible la función esencial del funcionario judicial
como es resolver con sujeción a los parámetros legales y procesales”.
“Por manera que la posibilidad, de que en este ámbito el
recurso de casación prospere está condicionada, itérase, a que el error
denunciado aparezca con tal notoriedad que resulte inevitable
observarlo, es decir, que la equivocación denunciada deberá percibirse
sin esfuerzo alguno, pues se evidencia de manera abultada; por
supuesto que de no ser así la Corte entraría en predios que le están
vedados habida cuenta que concierne con la autonomía en la
valoración de pruebas de los jueces de instancia” –la Sala hace notar(Sent. Cas. Civ., de 26 de noviembre de 2010, Exp. 2007 00116 01).
Directrices que reflejan plena armonía con la clase de
impugnación que ocupa a la Corte, pues, clarificado está que la misma
no está instituida para analizar, nuevamente, los aspectos fácticos del
proceso; sin duda, no constituye una tercera instancia, en donde, a
partir de una evaluación nueva y total del origen del conflicto y las
resultas del proceso (tema decidendum) haya de procurarse una
valoración panorámica del conflicto o alrededor de aspectos como las
pruebas recogidas, sino para sopesar y enmendar los eventuales
errores en que haya podido incurrir el juzgador al resolverlo.
7.2. Y cuando el desatino enrostrado al sentenciador de
segunda instancia hace referencia de manera particular a la prueba de
testimonios, su apreciación o el alcance brindado por el Tribunal, ha
dicho la Corte que:
“Justamente, el entendimiento del Tribunal, encuentra
respaldo en el análisis razonable de los testimonios, lo cual, excluye de
suyo los desaciertos probatorios, más aún, si en hipótesis como la de
la litis, son ambivalentes, poco precisos y pueden conducir a
conclusiones diferentes, dentro de éstas las adoptadas por el juzgador
MCB Exp. 2007 00313 01
27
fundado en su análisis conjunto y en otra declaración, donde el
‘acogimiento de unas de ellas por el sentenciador, así sea
implícitamente, no da pie para estructurar un reproche en casación que
exige, respecto del error de hecho en la apreciación probatoria, que la
equivocación aparezca de modo manifiesto o palmario, lo que no
sucede cuando, como aquí, no se vislumbra que haya debido hacerse
una estimación enteramente distinta como la que propone el censor,
quien, en esa medida, no alcanzó a demostrar la existencia de un yerro
evidente, ni por lo dicho trascendente…Tanto más se avala la última
conclusión, si los hechos que quiere traducir en su favor la demandante
no son absolutamente inequívocos…, pues, como ha dicho esta
Corporación ‘si un hecho admite una o más interpretaciones que no
pugnan con la evidencia, la circunstancia de que el Tribunal elija la que
en el sentir del recurrente y aún en el de la Corte, no sea la más
atendible, no sería constitutiva de error evidente pues el requisito de la
evidencia excluye toda argumentación que se fundase en las
probabilidades y no en la certidumbre’ (CXLII, pag. 245 y CXXVI, pag.
136)’ (cas. civ., sentencia de 16 de diciembre de 2004, expediente No.
7281; se subraya); ‘a lo que cabe agregar que cuando se está frente a
dos grupos de pruebas, el juzgador de instancia no incurre en error
evidente de hecho al dar prevalencia y apoyar su decisión en uno de
ellos con desestimación del restante, pues en tal caso su decisión no
estaría alejada de la realidad del proceso’ (cas. civ., sentencia del 18
septiembre de 1998, expediente No. 5058), pues tiene dicho la Sala, de
vieja data, que ‘cuando militan pruebas en diversos sentidos, el
acogimiento por el sentenciador de las que le ofrezcan mayores bases
de credibilidad con desestimación de otras, no conforma yerro…’ (se
subraya) excepto cuando se ‘incurra en absurdos o que la
apreciación del fallador riña con la lógica’ (cas. civ., sentencia del 5
de diciembre de 1990 y 7 de octubre de 1992)” –hace notar la Sala-.
“En el sub examine, el Tribunal apreció los testimonios
enunciados en la acusación, según las directrices de la sana crítica ex
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artículo 187 del Código de Procedimiento Civil, o sea, de acuerdo con
las reglas de la lógica y de la experiencia, en ejercicio de su discreta
autonomía, y no incurrió en los errores de hecho imputados” (Sent.
Cas. Civ., de 27 de julio de 2010, Exp. 2006 00558 01).
8º. En el sub-exámine, el juzgador de segunda instancia,
claramente dejó establecido que, en su parecer, los testimonios de los
señores Carlos Alberto Torres Rodríguez, Jhon Kevin Torres
Rodríguez, Gabriel Rodríguez Hurtado, Isabel Cristina Corredor
Agudelo, Mario Rodríguez Hurtado, Martha Lucía Chica Ocampo,
Roberto Salgado Castaño, Armando Augusto Henao Valencia y Gloria
Patricia Granada Quintero, quienes, provenientes de ambas partes,
describen cómo fue la relación del occiso con la actora y con la señora
Damaris Gil, relatos que valorados de manera individual y conjunta,
como así lo precisó el fallo cuestionado, generaron la suficiente
persuasión en el funcionario, pues, dichos deponentes, a la par de
verter sus testimonios, dejaron plasmada la razón de su dicho. Es
bueno resaltar, que entre ellos se encuentran familiares del causante y
de las compañeras permanentes; socios de negocios y empleados,
incluyendo la del servicio de la señora Gil.
En la sentencia cuestionada el funcionario acusado asentó
que la relación del señor Rosendo Giraldo López con la señora
Damaris Gil no era esporádica ni ocasional, no fue sólo producto de
una aventura o de una noche de borrachera; reseñó que tal conclusión
derivaba del hecho de haber concebido con ella tres hijos, de los
cuales dos eran mayores de edad; que la relación sentimental con ella
tuvo orígenes, incluso, cuando contaba trece años; que le recibió dos
hijas, aún infantes, concebidas con una tercera señora y las atendió
como suyas. Reflexionó, también, sobre las repercusiones de “la venta
de inmuebles de Rosendo a Damaris, para cuando ésta ya tenía la
mayoría de edad, en 1989, 1991 y, la adquisición conjunta en 1992,
MCB Exp. 2007 00313 01
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1998, 1999, 2000”, lapsos de tiempo que comprenden la época en que
todavía convivía con la actora.
Agregó el ad-quem que el significado de convivencia varía
cuando “la ‘familia visitada’ está conformada por una mujer con la cual
se tiene relación sentimental”. Aceptó, a diferencia de lo sostenido por
el recurrente, que así no fuera permanente la presencia del compañero
en la casa de habitación de Damaris, por lo menos asistía con
frecuencia. En esa dirección infirió, la comunidad o convivencia no
deviene alterada o desvirtuada por el hecho de aceptarse que el difunto
no pernoctara todas las noches en la casa de Damaris o, al contrario,
que por no faltar en el hogar de Olga, aceptando con ello que no
permanecía en la residencia de aquella, itérase, quedaba patentizada
la falta de este último requisito.
En fin, para el fallador, las características de la relación
que mantuvo el difunto con la señora Damaris Gil, incluyendo el tiempo
compartido, “no evidencia la existencia de una mera infidelidad con
respecto a la relación con Olga, se itera, por la forma como aquella
relación surgió y continuo hasta la muerte de aquel”, lo que descarta la
singularidad exigida en la Ley 54 de 1990, con mayor razón si, con ella,
contrajo matrimonio y permanecieron en compañía hasta los últimos
años de su vida (2000-2007). Es claro, como fue advertido en líneas
precedentes, que en la medida en que la propia ley alberga la
posibilidad de más de una relación de la misma jerarquía, aquel
concepto (permanencia) no puede ser reducido, exclusivamente, al
aspecto temporal, en el entendido que la pluralidad de relaciones,
impone, concomitantemente, por razón de compartir con otra persona,
la reducción del tiempo con una u otra familia, luego, frente a esa
hipótesis, nada extraño resultaría que la persona involucrada en una
circunstancia como la descrita alternara su presencia física en cada
lugar y, por obvias razones, una de las relaciones sostenidas o las dos,
reflejen la presencia reducida o parcial del compañero.
MCB Exp. 2007 00313 01
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Elucubraciones que comportan una aceptación por parte
del Tribunal en el sentido de que el compañero permanente tanto de la
actora como de la demandada, no permanecía todo el tiempo en la
casa de la señora Damaris, las que conducen a afirmar que el indicio al
que refiere el actor en su reproche casacionista sí fue tenido en cuenta
por el fallador, pues tal aspecto fáctico indicador fue el argumento
expuesto por el juez de segunda instancia, en su decisión.
9º. Esas reflexiones del sentenciador, en la medida en que
existan contradicciones o inconsistencias de algunos deponentes, no
resultan afectadas en su valoración, pues, por sabido se tiene que, el
declarante cuando vierte su testimonio, el ejercicio que cumple es
revelar un acontecimiento o hecho en particular que reservado en su
memoria y, según determinadas circunstancias, al reproducirlo o
explicitarlo bien puede no resultar plegado a la realidad del suceso
sobre el que recae su versión; es probable, entonces, que en esa
dinámica la extensión del relato no describa de manera pormenorizada
y coincidente, con los restantes elementos de juicio y, en especial los
demás testimonios, todas las características y matices de lo expuesto.
Por esa razón, en el análisis que efectúa, habrá de morigerar, a partir
de la aplicación de las máximas de la experiencia, los efectos
generados por la no coincidencia absoluta en los testimoniantes, o por
las eventuales contradicciones o vacíos que observe.
A propósito de esa situación, la Corporación ha plasmado
su parecer en los siguientes términos:
“Como la contradicción entre varios testimonios puede ser
de distinta índole, habida cuenta que puede recaer sobre el hecho
principal que se pretende probar, o respecto de algunas circunstancias
accesorias o, en fin, puede referirse a cuestiones meramente
secundarias, son, subsecuentemente, disímiles sus efectos, de modo
que primordialmente podrían ver menguada su eficacia demostrativa
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aquellas testificaciones que están en abierta discordancia respecto del
hecho principal que se trata de probar, descrédito que sería mayor en
cuanto menos atribuible sea la contradicción a errores derivados de la
desatención en la percepción o al olvido al declarar. En cambio, si la
disparidad
toca
con
aspectos
francamente
incidentales,
no
relacionados con el hecho fundamental por probar, no podría hablarse
de una verdadera contradicción entre los testigos. Es obvio que en
esos aspectos irrelevantes pueden y suelen presentarse discordancias
entre ellos, originados en las particulares condiciones de aprehensión
de los hechos, de la impresión que en ellos hubiesen estos dejado, de
su capacidad de fijar los detalles de los mismos y de recordarlos y, en
últimas, del juicio que al respecto se hubiesen formado” (Sen. Cas. 26
de octubre de 2001, Exp. 5942).
10. Así, bajo la perspectiva trazada, las conclusiones
incorporadas en la sentencia no aparecen como capricho del juzgador,
sino reflejan un estado de cosas compatibles con la descripción
constante que ha realizado la Corte, en multitud de providencias,
alrededor de la unión marital de hecho entre compañeros permanentes
y, concretamente, en lo relativo a la permanencia y singularidad de ese
vínculo. Refulge incontestable que una relación como la sostenida por
el compañero fallecido y la señora Damaris, mantenida en el tiempo
por época similar o mayor a la que sostuvo con la actora, persona
aquella con quien procreó tres hijos y con quien, además, mantuvo
permanente contacto y asistencia económica y moral, no resulta ser
superficial, esporádica o producto de una mera infidelidad. Así lo
percibió y evaluó la decisión del Tribunal y en ese contexto tal juicio no
trasluce un error manifiesto.
Y si bien los planteamientos del recurrente, en ambos
cargos, al denunciar los eventuales desatinos de la sentencia
reprochada, son blandidos de manera coherente y razonada, dichos
argumentos no pueden concebirse como la única y exclusiva
MCB Exp. 2007 00313 01
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explicación o tesis concerniente con la vida del difunto Giraldo López y
sus relaciones tanto con la demandante como con la demandada
Damaris Gil; como fue advertido en los diversos pronunciamientos
memorados, en la medida en que los planteamientos del censor no
excluyan otras hipótesis o lecturas del acervo probatorio, no puede
afirmarse que el desatino atribuido al Tribunal sea notorio, luego,
siendo así las cosas, la decisión cuestionada no puede ser tildada de
violatoria de las normas enunciadas y, por ahí mismo, aparece que la
impugnación extraordinaria queda condenada al fracaso.
11. Por tanto, si el ad-quem, a partir de sopesar, de
manera conjunta, los testimonios recogidos llegó a la conclusión de
que el compañero de la actora sostenía, simultáneamente, otra relación
similar con persona diferente, inferencias que, como fue advertido, no
son producto de su capricho y, contrariamente, reflejan el parecer de
la Corte plasmado en diferentes providencias en cuanto al concepto de
permanencia y singularidad, no puede aceptarse el reproche
propuesto.
Todo lo expuesto conduce a negar la prosperidad de los
cargos.
DECISION
La Corte Suprema de Justicia, Sala de Casación Civil,
administrando justicia en nombre de la República y por autoridad de la
ley, NO CASA la sentencia que profirió la Sala Civil-Familia del Tribunal
Superior del Distrito Judicial de Manizales, el 16 de septiembre 2010,
dentro del proceso ordinario adelantado por OLGA RODRÍGUEZ
HURTADO contra DAMARIS GIL MARÍN, en su condición de cónyuge
sobreviviente del señor ROSENDO ALONSO GIRALDO LÓPEZ y, como
heredero determinado, JORGE ALONSO GIRALDO GIL, así como de los
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indeterminados; causa a la que fueron llamados como litisconsortes
necesarios JULIO ANDRES y X X X X X X X X X X, representada
por su progenitora Damaris Gil Marín; MARIA ELIZABETH y MARIA
JOHANA GIRALDO ECHEVERRI, dada la calidad de hijos del occiso.
Condénase al demandante recurrente al pago de las
costas procesales causadas en el recurso extraordinario. Conforme lo
previene la Ley 1395 de 2010, para tales efectos, inclúyase, por
concepto de agencias en derecho, la suma de $6.000.000.oo. M.cte.
Liquídense.
Cópiese, notifíquese y oportunamente devuélvase al
Tribunal de origen.
FERNANDO GIRALDO GUTÍERREZ
MARGARITA CABELLO BLANCO
RUTH MARINA DÍAZ RUEDA
ARIEL SALAZAR RAMÍREZ
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ARTURO SOLARTE RODRÍGUEZ
JESÚS VALL DE RUTÉN RUIZ
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