LA MEDIACION PERUANA Poco después de que Alexander Haig

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Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
LA MEDIACION PERUANA
Poco después de que Alexander Haig hiciera su exposición en la OEA, el gobierno
peruano, a través de su representante, Javier Arias Stella, se comunicó telefónicamente
con el embajador de los EE.UU., Frank Ortiz, para expresarle sus temores de un
conflicto de dimensiones y ofrecer su mediación para iniciar nuevas gestiones y
conversaciones de paz.
Establecido el contacto, Arias Stella llamó a Costa Méndez para tantear los ánimos del
gobierno argentino y ver cual era su reacción. Esa misma noche, el arquitecto Fernando
Belaúnde Terry, presidente de Perú, mantuvo una prolongada charla con el secretario de
Estado norteamericano a efectos de lograr una solución pacífica a la crisis, acordando
entre ambos la mediación de Lima.
El 1 de mayo, muy temprano, mientras noticias procedentes del Atlántico Sur recorrían
el mundo dando cuenta de los primeros bombardeos y enfrentamientos armados,
Belaúnde Terry volvió a comunicarse con Haig para saber cual era su parecer con
respecto a la mediación. Haig, que conocía la histórica amistad entre Lima y Buenos
Aires, aceptó y le propuso a su interlocutor que se comunicara con Galtieri.
El presidente de Perú y el secretario de Estado norteamericano se pusieron a trabajar en
un plan basado en la propuesta elaborada por el segundo, intentando suavizar los puntos
en los que la Argentina se mostraba inflexible. En base a ello, Belaúnde sugirió las
mejoras que podrían resultarles digeribles a la Junta Militar y se pusieron a trabajar.
La posición del primer mandatario peruano era clara. Preocupado por el cariz que
estaban tomando los acontecimientos y ante el fracaso de la mediación norteamericana,
había decidido intervenir para detener el choque armado.
Durante las conversaciones, Haig le dijo que él era militar y en ese sentido, sabía que
los ingleses acabarían por vencer. Solo era necesario un simple análisis para
comprenderlo. Habían enviado un centenar de barcos y si le hundían uno, tendrían tres
para reemplazarlo, como los brazos de la Hidra. Además, contaban con armamento
mucho más sofisticado y moderno que los argentinos quienes, por más valientes que
fueran, no podrían contrarrestar.
Durante todo aquel día, especialmente por la mañana, Belaúnde Terry intentó dialogar
sin éxito con Galtieri hasta que, finalmente, aquel accedió.
En un diálogo educado pero franco y directo, el peruano transmitió los siete puntos de
su proposición, que fueron enviados a la embajada de su país en Buenos Aires vía télex
y recibidos por su titular, Luis Pedro Sánchez Moreno, quien de inmediato, procedió a
hacérselo llegar a la Junta Militar. Establecían los mismos:
1- Cese inmediato de las hostilidades.
2- Retiro mutuo y simultáneo de las fuerzas.
3- Presencia de representantes ajenos a las partes involucradas en el conflicto para
gobernar las islas temporariamente.
4- Los dos gobiernos reconocerían la existencia de posiciones discrepantes sobre la
situación de las islas.
5- Los dos gobiernos reconocerían que los puntos de vista y los intereses de los
habitantes de las islas deberían ser tomados en cuenta en la resolución definitiva
del problema.
6- El grupo de contacto que intervendría de inmediato en las negociaciones para
implementar el acuerdo estaría compuesto por Brasil, Alemania Federal, EE.UU.
y Perú.
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7- Antes del 30 de abril de 1983 se debería llegar a un acuerdo definitivo bajo la
responsabilidad del grupo de países anteriormente mencionados.
Cuando Costa Méndez leyó el borrador, pareció entusiasmado, pese a que sabía que
debería hacer mucho esfuerzo para convencer a su gobierno. Además, estaba seguro de
que todo se ajustaba casi a la perfección salvo en el punto 5, donde se hacía referencia a
los intereses de los isleños, principal argumento que esgrimían los británicos para
justificar su soberanía. Ahí, precisamente, parecía haber dificultades.
Por su parte, Haig hizo lo propio con el canciller del Reino Unido al que llamó
telefónicamente para leerle la propuesta, aunque también aprovechó para hacerle saber
“su punto de vista”.
Gran Bretaña solo admitiría hablar de los “deseos” de los isleños, es decir, incorporar
ese término en el texto en tanto la Argentina, pedía cambiar el mismo por
“aspiraciones”. La intransigencia británica obligaría a volver al proyecto original.
Otra cuestión difícil fue la del debido reconocimiento de la soberanía argentina, que en
el texto no estaba muy clara.
Así estuvieron las cosas, entre idas y vueltas, llamado tras llamado, hasta la mañana del
2 de mayo cuando después de varios intentos, Belaúnde logró hablar con Galtieri y le
exigió una respuesta inmediata.
El argentino respondió con evasivas mientras intentaba una reunión de la Junta para
cederle a Costa Méndez la responsabilidad de la negociación.
La Argentina se mantuvo firme en su posición de no incluir la palabra “deseos” y en que
Estados Unidos no integrase el grupo de países garantes estipulados en el punto Nº 6, en
tanto Gran Bretaña, “contraatacaba” solicitando la exclusión de Perú y exigiendo
priorizar la voluntad de los pobladores de Malvinas por sobre todas las cosas.
Fue poco después que se produjo una nueva conversación entre Belaúnde Terry y
Galtieri, al mismo tiempo que el presidente peruano informaba a Washington los
resultados por otro teléfono, con Haig como interlocutor quien, a su vez, tenía al recién
llegado Francis Pym a su lado.
A esa altura todo parecía indicar que Costa Méndez se manifestaba de acuerdo con la
propuesta, asegurando que la misma junta militar argentina intentaba flexibilizar su
posición.
Parecía todo encaminado, con Buenos Aires dando indicios de que votaría
favorablemente y Gran Bretaña aceptando los términos. Belaúnde había logrado
convencer al gobierno argentino de que la expresión “deseos” era fácilmente
reemplazable por otra que, traducida, dejaba las cosas de igual manera y eso pareció ser
la solución. Después de una nueva lectura, el canciller porteño le dijo que si lograban
ajustar un par de cuestiones, el proyecto podía llegar a funcionar.
Aquella tarde ambos funcionarios volvieron a hablar y durante el diálogo, Belaúnde
aseguró que el punto 5 sería modificado al incluir la expresión “los dos gobiernos
aceptarán tomar en cuenta los puntos de vista convenientes a los intereses de los
habitantes”, lo que pareció caer mejor a los argentinos.
Cuando Belaúnde habló con Galtieri, creyó percibir que el mandatario le insinuaba que
la cosa era viable aunque, justo es aclararlo, no dijo una sola palabra que lo confirmase.
A las 16.30 el presidente del Perú volvió a llamar nuevamente al canciller argentino
para solicitar una respuesta firme e inmediata. Lamentablemente, aquel no tenía nada
para decirle por lo que el mandatario peruano deslizó una frase que resultó sumamente
inquietante: “Mire que me han dicho algo que puede llegar a suceder”. Años después,
Costa Méndez lamentaría no haber prestado más atención a aquellas palabras.
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Evidentemente algo sabía el presidente de Perú, algo que intentaba transmitir pero no
podía decir con claridad. De ahí su ansiedad y apuro.
Mientras tanto, en Londres, Margaret Thatcher se reunía con su consejo de guerra para
deliberar. Y fue entonces que, a efectos de apurar la decisión argentina y romper su
intransigente posición, decidió junto a sus ministros y consejeros hundir al “General
Belgrano”, orden que sería impartida y ejecutada pocas horas después.
Era el momento de mayor optimismo en los foros internacionales, especialmente en
Buenos Aires, Washington y Lima.
La decisión del gobierno británico iba a desbaratar toda posibilidad de un arreglo
diplomático en el preciso momento en que Belaúnde Terry estaba por lograr lo que
Alexander Haig no había conseguido.
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