Orientación y madurez vocacional

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ORIENTACIÓN Y MADUREZ VOCACIONAL
EDUCAR ES ORIENTAR PARA LA VIDA
Orientarse en la vida supone tomar opciones entre las distintas posibilidades que se presentan en
cada momento. Cada opción adoptada supone la exclusión de otras posibilidades.
Ser capaz de tomar decisiones acerca de uno mismo, de la propia vida, del propio futuro, es una
importante capacidad que la educación debe desarrollar. Enseñar a elegir es enseñar a desarrollar
procesos de toma de decisiones a través de los cuales llegará a concretarse una opción.
DECIDIR ES IMPORTANTE
Las decisiones entrañan gran dificultad porque por lo general se realizan en situación de
incertidumbre, de información incompleta. Esta incertidumbre acompaña a situaciones habituales en
las que se han de tomar decisiones que afectan al propio futuro.
En la vida escolar hay determinaciones relativas a qué materias optativas escoger, por qué
carrera inclinarse, a qué valores adherirse, qué género de vida proyectar, etc. A menudo, los niños, e
incluso los adolescentes, no se plantean de modo explícito estas opciones.
El adolescente adopta decisiones, meditadas o irreflexivas, que contribuyen a marcar la dirección
que toma la vida. Para ello necesita un conocimiento de sí mismo y de la realidad, de las
posibilidades y limitaciones que el contexto le ofrece, de sus propios límites y posibilidades, así
como de sus intereses y preferencias.
El alumno suele tener una experiencia limitada de sí mismo y del entorno laboral, y por ello
necesita ayuda antes de realizar su elección, a fin de evitar el abandono prematuro de los estudios
emprendidos o tener la sensación de haber hecho una elección equivocada, con la consiguiente
insatisfacción personal.
En ocasiones, la influencia de determinados condicionantes externos, que actúan a lo largo de
toda la vida, fuerzan a hacer una elección mediatizada, sin haberse detenido a pensar si el
desempeño de la alternativa elegida va a resultarle satisfactoria en el futuro. Entre estos agentes
decisorios externos están la familia, el contexto social, la presión ambiental y los medios de
comunicación que, a través de estereotipos sociales, deciden, por ejemplo, la conveniencia de ciertas
carreras para chicos y de otras para chicas, o estiman más aconsejables los trabajos con status
profesional mejor considerado.
Una intervención educativa a la hora de decidir evitaría en la mayoría de los casos que la
decisión fuera tomada a última hora, o que otras personas la tomaran en vez del interesado.
Se debe favorecer en el alumno el desarrollo de una madurez que le capacite para tomar
decisiones autónomas y acordes con sus capacidades e intereses. Un adolescente o joven está
vocacionalmente maduro cuando sabe lo que quiere y lo que puede hacer en la vida y, en
consecuencia, está capacitado para acometer el proceso de decidirse a emprender un determinado
camino.
EL ALUMNO, PROTAGONISTA DE SU DECISIÓN
Los profesores, el tutor y el orientador tienen el papel de asesorar y orientar, pero no de decidir
por el alumno. La orientación debe ser contemplada como una ayuda verdaderamente educativa, con
el fin de capacitar al alumno para que realice con responsabilidad y madurez su propia toma de
decisión.
La orientación vocacional forma parte del proceso educativo en orden a lograr la mayor armonía
posible entre las capacidades, actitudes, valores e intereses del alumno y las exigencias derivadas de
las opciones que ofrece el mundo laboral, con objeto de encontrar la propia realización. Es, por
tanto, esencial capacitar al estudiante para que sea el protagonista de su decisión.
CÓMO DESARROLLAR LA MADUREZ VOCACIONAL
Toda acción educativa que pretenda formar a los adolescentes para tomar decisiones sobre su
futuro y desarrollar su madurez vocacional debería incluir los siguientes aspectos:
1. El autoconocimiento. El concepto que el alumno tiene de sí mismo ejerce un peso decisivo en
la elección profesional. Conocerse supone reflexionar sobre cómo es uno: sus intereses,
motivaciones, valores, aptitudes, situación académica, aspectos familiares y de relación social.
2. El conocimiento de las oportunidades académicas y profesionales que brinda el sistema
educativo, sus perspectivas, así como las posibilidades laborales que ofrece el mercado de trabajo.
3. Un procedimiento para abordar un proyecto personal de vida, que guíe decisiones autónomas
y responsables basadas en la adecuación de las características y expectativas personales a los
requerimientos de las opciones académicas y laborales que se ofrecen.
Con frecuencia el adolescente se ve obligado a decidir entre diversas opciones, en momentos en
los que el conocimiento que posee sobre sí mismo es incompleto y las informaciones que tiene sobre
los distintos ámbitos profesionales resultan igualmente insuficientes. Por ello, la aportación de
información y el desarrollo de estrategias para decidir son elementos fundamentales para trabajar la
capacidad de tomar decisión.
Cuando se enseña al estudiante a decidir, se le enseña a organizar adecuadamente las
informaciones y experiencias personales para dirigirlas a un objetivo: plantearse un itinerario,
trazarse un plan para lograrlo y, finalmente, tomas las decisiones oportunas que le induzcan a él.
Esos tres elementos de la decisión: autoconocimiento, conocimiento del medio y proyecto de
vida, se combinan de tal modo que la profundización en cada uno de ellos define y replantea los
otros dos. Así, una correcta y detallada planificación puede requerir una información más exhaustiva
de uno mismo y del entorno; o bien, una mejor evaluación de las exigencias profesionales puede
conducir a un cambio en las preferencias y, por tanto, acometer diferentes opciones.
El objetivo de este proceso es aprender a dirigir y elaborar las propias decisiones vocacionales,
hecho importante en una sociedad como la actual, en constante movilidad laboral y transformación
profesional.
FUENTE:
Guía de Orientación Educativa. MEC, Madrid.
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