ee 26 ciencia y poderes paranormales

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Especial colección «¡Vaya Timo!»
Capítulo segundo del libro La Parapsicología ¡vaya timo!
CIENCIA Y PODERES PARANORMALES
Carlos J. Álvarez
C
uando oyes hablar en la tele de poderes mentales,
seguro que no se están refiriendo al maravilloso
funcionamiento de nuestra memoria, a cómo
producimos el lenguaje, a los mecanismos de percepción
visual o auditiva, o a nuestros procesos de razonamiento y
toma de decisiones, todos ellos objetos típicos de estudio
de la psicología científica. No, ¡qué va!, lo normal es que
se hable de palabrejas como percepción extrasensorial,
precognición, telepatía, psicoquinesia, premoniciones,
telequinesia, clarividencia, viajes astrales…
¡Ésos son para ellos los poderes mentales! Y precisamente
sobre esos supuestos poderes trataré en este libro. ¿Quién
no ha oído hablar de personas que mueven objetos con
la mente, leen el pensamiento de otros, son capaces de
ver cosas que ocurren a cientos de kilómetros o sucesos
que ocurrirán en el futuro, y pueden realizar excursiones
mientras su cuerpo se halla en un estado similar al del
sueño? La pregunta crucial es: ¿qué hay de cierto en
todo ello? Esa máquina maravillosa, algunas de cuyas
capacidades he expuesto en el capítulo anterior, ¿puede
hacer todo eso?
Los otros poderes mentales
Antes de entrar en materia, me gustaría plantearte
algunas preguntas que deberían hacernos pensar un poco.
Algunas son preguntas cuya respuesta está en la misma
pregunta. Otras intentaré contestarlas lo mejor que
pueda. Y otras más son preguntas que todos deberíamos
hacernos cuando alguien nos cuenta algo sobre algún
tipo de capacidad paranormal.
Todo ser humano tiene el mismo tipo de funciones
mentales.
Tus mecanismos para percibir el mundo que nos rodea
—los tuyos y los de cualquier otro lector— funcionan
como los míos; la forma que tienes de procesar las
palabras es esencialmente igual a la mía; tus estructuras
de memoria (por ejemplo, la memoria de trabajo, la
memoria sensorial o la MLP) las tengo yo también.
Y también los indios del Amazonas. Por supuesto, no me
refiero a los contenidos de la memoria de cada cual, que
Carlos J. Álvarez. (Archivo)
dependen de lo que una persona haya vivido o aprendido,
sino de las estructuras y procesos mentales y cerebrales.
Somos asimismo conscientes de que hay personas que
tienen una memoria increíble o son más inteligentes
que otras. Pero eso no implica propiedades esenciales
distintas: la diferencia es de cantidad y no depende de
que tengan otras capacidades. Todos pertenecemos a
la misma especie y tenemos un cerebro esencialmente
igual. Entonces, ¿por qué ciertos personajes dicen tener
capacidades no mejores sino diferentes, que sólo poseen
ellos, como la telepatía o la telequinesia, y nosotros no?
¿No es sospechoso? Eso va en contra de todo lo que
conocemos tanto del cuerpo como de la mente humana.
Si tenemos el cerebro que tenemos y las funciones que
éste realiza —es decir, los procesos mentales conocidos—
es porque en algún momento de nuestra evolución como
especie fueron útiles para nuestra supervivencia. Si en
algún momento de nuestra historia, como ha argumentado
ya algún pseudocientífico, hubo personas con capacidades
paranormales, como percibir sin los sentidos, transmitir
el pensamiento sin el lenguaje o mover objetos con la
mente, ¿por qué no han pervivido esas capacidades?
¿No sería mucho más útil, eficaz, adaptativo y sencillo
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el escéptico
comunicarnos con la mente sin gastar energía y saliva, o
mover objetos sin tener que hacer un gasto innecesario
de energía, es decir, sin usar un músculo?
Suele argumentarse también que se nace con esos poderes
psíquicos, que son genéticos. Entonces, ¿por qué nunca
se transmiten a los descendientes?
¿por qué todo fenómeno paranormal
desaparece —o no se produce— cuando
hay un escéptico delante?”.
Miles de personas afirman tener algún tipo de poder
extraordinario, como hablar con los muertos o ver el
futuro... Muchos viven precisamente de escribir libros,
realizar programas de televisión, formar sectas con
adeptos crédulos que les creen a pie juntillas o vendernos
sus extrañas ideas en miles de formas. Si tan convencidos
están, ¿por qué no se someten a comprobaciones
científicas concluyentes? ¿Por qué no demuestran sus
poderes a través de procedimientos controlados y donde
no puedan producirse sencillos trucos de ilusionista
o fraudes? ¿Por qué suelen huir cuando se les reta a
que lo demuestren? Parafraseando a Carl Sagan, ¿por
qué todo fenómeno paranormal desaparece —o no se
produce— cuando hay un escéptico delante? James
Randi, famoso ilusionista norteamericano, ha dedicado
gran parte de su vida a poner a prueba y desenmascarar
innumerables fraudes relacionados con el mundo de lo
paranormal, como también lo hizo el famoso escapista
Houdini en el siglo XIX y principios del XX. Randi se
ha convertido en un famoso divulgador de la ciencia, la
racionalidad, el pensamiento crítico y el escepticismo
mediante una fundación educativa creada por él mismo.
En la década de 1960 ofreció 1 000 dólares de su bolsillo
a la primera persona que ofreciera pruebas objetivas de
cualquier fenómeno paranormal, como había hecho en
los años 20 la revista Scientific American. Con el tiempo
y muchas otras aportaciones, el premio del Reto Randi ha
aumentado a 1 000 000 de dólares. No se pide demasiado:
sólo hay que probar cualquier capacidad o poder de
tipo oculto o paranormal en las mismas condiciones de
cualquier otro experimento científico en psicología, con
los controles adecuados y en las condiciones pertinentes
de observación, para que no pueda haber lugar a trampas.
Además, para asegurar la legalidad y objetividad de la
prueba, esa fundación no participa en el proceso de
comprobación, y los procedimientos son pactados entre
la persona que supuestamente tiene ese poder y los
experimentadores. ¿No es sospechoso que en más de 20
el escéptico 72
años nadie haya pasado ni siquiera los tests preliminares
de la prueba?
La ciencia frente a lo paranormal
Es frecuente escuchar a los crédulos que «la ciencia se ha
equivocado muchas veces, y cosas que antes negaba hoy
las acepta», o «no todo lo que existe puede ser demostrado por la ciencia, hay cosas que ésta no puede estudiar»,
o «los que creemos en lo esotérico y paranormal somos
como Galileo, y ustedes los científicos son la nueva Inquisición; algún día nos darán la razón», o «los escépticos tienen la mente cerrada»… Muchas de estas ideas
tan manidas son auténticas falacias y denotan un enorme
desconocimiento de qué es y cómo funciona la ciencia,
la cual se define sobre todo por su método. Aunque no es
del todo correcto hablar de el método en singular, debido
a las diferencias entre las disciplinas consideradas científicas, sí es cierto que existen características comunes a
todas ellas. Voy a señalarte algunas que nos servirán más
tarde a la hora de evaluar la investigación sobre presuntas dotes extraordinarias o paranormales.
Una de las características es la objetividad: cualquier
teoría o hipótesis cobrará visos de verosimilitud y se
verá apoyada si —y sólo si— existen datos objetivos,
empíricos y fiables que la sustenten.
Esto quiere decir que la ciencia busca un conocimiento
que no esté basado en la opinión, las creencias o las
esperanzas del observador, que no sea sesgado ni
dependa de la persona que realiza el experimento. La
psicología sabe desde hace tiempo que no nos podemos
fiar de nuestras percepciones, nuestra memoria, nuestra
intuición o nuestras experiencias personales. Si queremos
ver o encontrar algo, muchas veces lo encontraremos.
Por ello, es típico en ciencia el uso de instrumentos o
técnicas de observación y medida que eviten la posible
influencia del «factor humano».
Si todo esto se hace bien, cualquier resultado
experimental debe poder ser repetido por cualquier otro
investigador. La reproducción de resultados, sobre todo
de los datos nuevos o «revolucionarios», es esencial al
método científico: si un resultado no vuelve a obtenerse
en condiciones similares, resulta sospechoso.
Otro requisito fundamental, sobre todo en el método
experimental, es el concepto de control. Si quiero saber si
una cosa A es la causa de otra B, tendré que asegurarme de
que no existen otros factores que puedan estar causando
B. Por ejemplo, si quiero saber si la frecuencia con que
se usan las palabras en un idioma influye en lo rápido que
Especial colección «¡Vaya Timo!»
las leemos o procesamos, y decido comparar el tiempo de
lectura de palabras que yo elijo de alta y baja frecuencia,
debo asegurarme de que los dos tipos de palabras estén
igualadas en longitud, categoría gramatical y todo aquello
que pueda causar diferencias en los tiempos. Dicho de
otro modo, todos esos factores deben ser controlados.
En la condición ideal, los dos tipos de palabra deben ser
iguales en todo menos en lo que quiero estudiar, que sería
la frecuencia en el ejemplo anterior. De ese modo, podré
estar seguro de que cualquier diferencia en los tiempos
en los dos tipos de palabras es debido a ese factor, y no
a otro.
Estos requisitos y muchos otros hacen que el método
científico sea sistemático y riguroso.
Hay otras propiedades de este modo de adquirir
conocimiento que confieren a la ciencia su grandeza y
éxito. Citaré algunas que nos ayudarán a entender mejor
la crítica científica a las pseudociencias de la mente.
1. Las verdades en ciencia son siempre parciales. Se
considera que cada paso que da un investigador es
un paso más hacia la verdad, pero que ésta nunca se
alcanza, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo,
en las religiones. Una teoría se considera cierta
siempre y cuando existan datos objetivos, resultados
de investigaciones que la avalen. Por eso, la ciencia
es por definición lo opuesto al dogmatismo. La
autocorrección es perpetua. Si un investigador
comete un fraude o se inventa unos resultados, al
final se acaba sabiendo.
2. Los resultados y procedimientos científicos deben
ser públicos.
Cuando se publica una investigación, deben
proporcionarse todos los datos para que, si otro
científico no se fía, pueda repetir el experimento tal
como se hizo originalmente.
3. La ciencia avanza gracias a que es eminentemente
racional y escéptica. Las teorías científicas deben
ser coherentes unas con otras: deben ser racionales.
Una teoría explicativa de la física, por ejemplo,
no puede contradecir otra de la química, siempre
y cuando ambas estén bien confirmadas. La duda
continua es uno de los motores del método. Cuando
un científico va a un congreso o una reunión de
investigación o publica un artículo, sabe que
otros científicos van a mirar con lupa su trabajo
y buscarán posibles explicaciones alternativas,
errores de control, análisis de datos matemáticos no
apropiados, etc. En conjunto, esto hace que la ciencia
no se estanque y que su avance sea imparable. Es
otra de las grandezas del método científico.
4. Desde mi punto de vista, dos supuestos científicos
son fundamentales a la hora de enfrentarnos al
mundo de lo paranormal. Uno de ellos dice: «Una
teoría o idea extraordinaria requiere también
pruebas extraordinarias» (Hume). Esto quiere decir
que si yo defiendo una idea que va en contra de otras
teorías científicas bien establecidas, no basta con que
presente pruebas anecdóticas sino que los resultados
de mi investigación deben ser claros, contundentes
y repetibles. El otro supuesto se denomina principio
de parsimonia o navaja de Ockham, en honor del
monje medieval que lo propuso inicialmente.
Podríamos enunciarlo así: «Ante dos teorías que
expliquen un mismo fenómeno, nos quedaremos con
la más simple». Volveré sobre estos dos principios
más adelante.
Como dice el protagonista de la novela Solaris, de
Stanislaw Lem, cada disciplina —es decir, cada ciencia—
que cumple con todo lo anterior tiene como pareja a una
pseudociencia, como en el caso de la astronomía y la
astrología. Por tanto, podemos definir las pseudociencias
como teorías o creencias que intentan mostrarse con
un ropaje científico pero que, examinadas de cerca, no
cumplen con los presupuestos y requisitos propios de la
ciencia, como acabamos de ver.
Sin embargo, las pseudociencias «estudian» fenómenos
que, de ser ciertos, y a pesar de las falacias que te conté
al principio de este capítulo, pueden ser estudiados
científicamente. Si alguien afirma que es capaz de
mover objetos mediante el poder de su mente, es muy
fácil comprobarlo científicamente: basta establecer una
situación donde se coloca un objeto, asegurándonos de
que el individuo se encuentra a cierta distancia y no
puede moverlo por ningún medio físico; es decir, se
controlan todos los elementos de la situación que puedan
dar lugar a un engaño. Si lo hace, y además lo repite en
distintas situaciones, es una prueba de que la telequinesia
existe. Lo mismo es aplicable a otros supuestos poderes
mentales. ¿Es mucho pedir?
Si la pareja pseudocientífica de la astronomía es la
astrología, y la pareja de la medicina científica es la
acupuntura o la homeopatía, la pseudociencia de la
psicología —o, al menos, una de ellas— es, sin duda, la
parapsicología. ¿Quieres que te cuente algo de ella?
¡Vamos allá!
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el escéptico
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