UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA
FACULTAD DE MEDICINA
ÁREA SALUD Y SOCIEDAD
SALUD Y SOCIEDAD I - PRIMER SEMESTRE
EL ENIGMA DEL ESPÍRITU MODERNO
Iván Darío Arango
Reproducido con fines docentes de:
El enigma del espíritu moderno.
Editorial Universidad de Antioquia
La tragedia del espíritu moderno consiste
en que "resolvió el enigma del universo",
pero sólo para reemplazarlo
por el enigma de sí mismo.
Alexandre Koyré
Las ideas de sujeto e individuo
La modernidad ha sido modelada por dos ideas que ordinariamente se confunden y que
explican en gran medida su dinámica incontenible: las ideas que conciben al hombre como
sujeto y como individuo, las cuales es preciso distinguir muy bien para lograr una
apreciación que evite la simplificación y el reduccionismo.
Lo más frecuente es encontrar interpretaciones que hacen de la modernidad un proceso
histórico homogéneo, el cual obedece al desarrollo de una sola de las ideas indicadas. Es
así como la más conocida concepción de conjunto de la época moderna, la de Heidegger,
parte de la siguiente afirmación: "Toda la metafísica moderna, incluido Nietzsche, se
mantendrá dentro de la interpretación del ente y la verdad iniciada por Descartes".1
Heidegger se ocupó de aclarar el sentido metafísico del sujeto cartesiano con todo el
detalle que se puede alcanzar, para luego hacer desde allí la historia de toda la filosofía
moderna: él ha mostrado que el sujeto, el ego cogito, es el resultado de radicalizar el
proyecto de matematización de la naturaleza, propio de la ciencia natural fundada por
Galileo y Newton. Toda la metafísica moderna, según él, es una metafísica de la subjetividad pues el sujeto cartesiano va a ser llevado hasta el extremo de la voluntad de
1
M. Heidegger. Caminos de bosque. En: "La época de la imagen del mundo", traducción de H Cortés y A.
Leyte., Madrid, Alianza, 1995, p. 88
2
dominio por Nietzsche, lo que se explicaría por el valor de la técnica, considerada como la
esencia misma de la época moderna y la expresión más propia de la ciencia que se ha
propuesto hacer del hombre el dueño y el poseedor de la naturaleza.
Tanto la concepción de las cosas, reducidas a meros objetos, como la concepción de la
verdad reducida a la certeza o a la seguridad del "yo" que se representa la diversidad del
mundo, mediante conceptos muy simples, son hechura de la conciencia racional que, con
Descartes, se convirtió en el fundamento de lo que es real y de lo que es verdadero.
No se puede dudar de que la metafísica de la subjetividad, tal como ha sido reconstruida
por Heidegger, permite desentrañar las bases filosóficas del proyecto moderno de
dominación y control de la naturaleza o de resolución del enigma
del
universo,
para
emplear las palabras de Koyré.
Lo que hoy no es posible aceptar es la pretensión de hacer homogénea la época
moderna, desconociendo lo que en ella ha significado el individualismo. Es cierto que
Heidegger no ha desconocido el individualismo, pero ha creído poder derivarlo, o hacerlo
depender, de la idea básica de sujeto: "Lo decisivo no es que el hombre se haya liberado
de las anteriores ataduras para encontrarse a sí mismo: lo importante es que la esencia del
hombre se transforma desde el momento en que el hombre se convierte en sujeto".2
Es esto último lo que nos crea el siguiente problema: ¿Cómo es posible hacer depender
el desarrollo del individualismo de la idea de sujeto, si antes de Descartes encontramos que
el hombre se libera de las ataduras medievales, precisamente en la medida en que se
concibe a sí mismo como individuo, como una entidad moral opuesta a la tradición y a la
jerarquía, representadas por el poder central de la Iglesia?
¿Cómo podría derivarse la idea de individuo de la idea de sujeto, si ambas tienen
manifestaciones morales enteramente distintas? ¿Cómo creer que el desarrollo del
individualismo es una expresión, entre otras, de la metafísica de la subjetividad, si el
individuo va a terminar por amenazar al sujeto, de la misma manera que va a terminar por
amenazar al ciudadano? Algo que TocquevilIe vio tan claro desde la primera mitad del siglo
pasado.
¿Qué relación existe entre la independencia, que es el valor moral del individuo, y la
autonomía que es lo propio del sujeto moral y que está definida como dependencia de la
2
Op. cit., p. 87.
3
ley?
Si se quiere tener una apreciación desde adentro de la modernidad, es preciso distinguir
esas ideas, cosa que Heidegger no hace. Tal distinción no es fácil, porque entre ellas no
hay una contradicción de principio sino de hecho, hay más bien una contradicción histórica,
y porque cada una ha cambiado de sentido: una cosa es el alma para Descartes y otra es
el sujeto moral kantiano, aunque cabe pensar que existe un racionalismo moral, que entiende la libertad como autodeterminación o autonomía, y va de Descartes a Rousseau y a
Kant.
Otro desarrollo distinto corresponde a la idea de libertad entendida como independencia,
propia de la tradición liberal que va de Locke a Montesquieu y a Constant: no hay forma de
hacer que esas dos tradiciones de pensamiento se resuelvan en una sola porque la
independencia y la autonomía son valores morales y porque la relación de ambos con la
ley, con su universalidad, es muy distinta. Valores morales significan fines últimos, por los
cuales los hombres han dado hasta su propia vida.
Autonomía e independencia
Con la independencia, se busca que la ley proporcione la seguridad de que en un
determinado radio de acción nadie puede ser interferido: al otro sencillamente hay que
dejarlo y la ley, aunque es exterior a la acción, es la garantía de la libertad entendida como
seguridad Con la autonomía, es libre quien puede autodeterminarse y participar en la
hechura de las normas, o en la creación de la comunidad mediante la deliberación y la
búsqueda del acuerdo o del consenso.
Sostener que la voluntad de dominio de Nietzsche es consecuencia del sujeto
cartesiano, través de una radicalización de la metafísica moderna, es un error muy simple
que resulta de no tener presente el individual mismo, el cual va a ser llevado hasta el
extremo de una voluntad ajena por completo a la ley y que va a dar lugar a una filosofía que
expresa la mayor aversión hacia la idea de igualdad y hacia las filosofías de Rousseau y
Kant, las cuales son filosofías del respeto a la ley; veamos las palabras de Nietzsche al
respecto:
Yo odio a Rousseau incluso en la Revolución: ésta es la expresión histórico universal de esa duplicidad de idealista y canalla. La farsa sangrienta con que esa
4
Revolución se representó, su inmoralidad, eso me importa poco . lo que yo odio es
su moralidad rousseauniana, las llamadas "verdades" de la Revolución, con las
que todavía sigue causando efectos y persuadiendo a ponerse de su lado a todo lo
superficial y mediocre: ¡la doctrina de la igualdad! 3
Únicamente una filosofía que ha caído en el historicismo, puede expresar un tal
desprecio por los valores de la democracia, poco importa que ese historicismo sea místico
o materialista, cuando el resultado último consiste en pasar por encima de lo que es
irreductible a los esquemas generales: es un error hacer homogéneo lo que es un proceso
histórico contradictorio, como también es un error creer que solamente la metafísica puede
dar cuenta de la época moderna sin tener presente para nada la filosofía moral. Es difícil
encontrar tanta ceguera frente a los asuntos morales como la que se observa en la
siguiente afirmación de Heidegger: "...el valor es justamente el deshilachado disfraz de una
objetividad del ente que ha perdido toda relevancia y trasfondo. Nadie muere por meros
valores".4
Lo que sí está por encima de una historia del ser que pretende tener la validez del
destino, es que en la modernidad, tanto la independencia del individuo como la autonomía
del sujeto, se han convertido en los valores más elevados de la cultura de occidente.
Aunque entre esos valores se ha presentado siempre una tensión o un conflicto, es preciso
aclarar que una contradicción entre el individuo y el ciudadano no es esencial o de
principio, como sostuvo el marxismo, sino de hecho, es algo histórico. No puede olvidarse
que la independencia individual es una condición necesaria, aunque no suficiente, de la
autonomía o la capacidad para autodeterminarse. En el individualismo, como presupuesto
metodológico, se originan tanto la filosofía de Locke sobre el liberalismo como la filosofía de
Rousseau sobre la democracia.
El problema definitivo ara una compresión interna de la modernidad lo ha planteado Alain
Renaut, en los siguientes términos: "¿Cómo ha sido eclipsada la valoración de la
autonomía por la de la independencia?".5 Se trata de un problema de filosofía moral y
política, porque exige aclarar las razones y los hechos que apartaron al individualismo de la
3
4
5
F. Nietzsche. Crepúsculo de los ídolos. Traducción A. Sánchez Pascual, Madrid Alianza, 1975, p.125
M. Heidegger. Op. cit., p. 99
A. Renaut. La era del individuo. Barcelona, Destino, 1993, p. 97.
5
moralidad, ya que inicialmente, tanto para Hobbes como para Rousseau y Kant, el individuo
era concebido como una idea abstracta del hombre con el fin de establecer la igualdad
necesaria para crear las bases del acuerdo y de la normatividad: el acuerdo es necesario,
ya sea porque el conflicto se hace insoportable, según Hobbes; o porque la creación de la
comunidad es el resultado del carácter perfectible del ser humano, tal como lo sostuvieron
Rousseau y Kant: "El hombre tiene una tendencia a socializarse, por que en tal estado
siente más su condición de hombre al experimentar el desarrollo de sus disposiciones
naturales".6
No es pues el individualismo político el que se ha alejado de la moralidad para amenazar
eI ideal del ciudadano. Es en el desarrollo del individualismo económico, donde se ha
creído poder recomponer el bien común a partir del interés egoísta. Una alquimia imposible
en la que nadie puede confiar, ya que hace falta una mano invisible o una armonía
preestablecida para obtener el interés común sin, que exija nada de la voluntad de los
hombres: únicamente sobre esa base, y de ninguna manera sobre el sujeto cartesiano o
kantiano, ha podido surgir la filosofía de la voluntad de dominio, una filosofía del desprecio
a la igualdad y a la ley. O mejor, una sofística, porque es el sofista, como dice Koyré, el que
prepara las vías del tirano.
La vigencia del proyecto moderno
La filosofía de las Luces ha formulado un ideal humano y social
que todavía es la única esperanza de la humanidad.
A. Koyré
La filosofía de la Ilustración, o filosofía de las Luces, es todo lo que la filosofía debe ser,
sencillamente porque logró articular los alcances de la ciencia con las exigencias y los
ideales de la política y de la moral.
Ninguno de los grandes filósofos de la llustración creyó que debía alejarse de las
ciencias, o despreocuparse de los problemas políticos para hacer su filosofía sobre asuntos
oscuros en algún rincón apartado: tanto Voltaire y Rousseau, como Hume y Kant, lograron
que las conclusiones de la teoría de la ciencia ayudaran a aclarar y a fundamentar el
conocimiento del hombre y a plantear los problemas que implica la vida en sociedad.
6
I. Kant. Ideas para una historia universal en clave cosmopolita. Traducción de R. Rodríguez y C. Roldán,
6
Alrededor de estos problemas estos filósofos consiguieron formular el proyecto cultural y
político vigente todavía hoy. Es necesario aclarar que antes de la Ilustración encontramos
concepciones de la ciencia, de la filosofía y de la política que son enteramente modernas,
bastaría pensar en la ciencia de Galileo, en la filosofía de Descartes y en la política de
Hobbes, pero lo que es admirable de la filosofía ilustrada es la reformulación de esas
primeras concepciones para adecuarlas a las exigencias de libertad, las cuales constituyen
propiamente la dinámica de la modernidad no sólo en el terreno económico, sino también
en el político y el cultural.
Es la crítica de la razón pura, o la crítica a las pretensiones desmedidas de la razón, lo
que permite a la filosofía de la Ilustración apartarse de la actitud doctrinaria para entrar a
interrogarse por los fundamentos de la autoridad política y de la moralidad: toda la dificultad
está en entender cómo cambia la idea de razón y cómo ese cambio permite establecer
nuevas bases o fundamentos tanto de la autoridad como de la moralidad.
La idea de razón cambia cuando la física de Newton aclara que la sola razón no es
suficiente frente a los hechos y que es preciso partir de la experiencia para establecer,
mediante el análisis, los principios fundamentales o los conceptos más simples. Se impuso
entonces la idea de una razón analítica, la misma que empleó Rousseau frente al
despotismo propio de la Francia de su tiempo: para él se trataba de explicar la autoridad y
sus excesos, por lo que buscaba sus principios con el fin de entender su necesidad racional
pero a la vez, indicaba la forma como la autoridad se convierte en fuerza al perder su
legitimidad o su consentimiento, hasta llegar al extremo del régimen despótico, un régimen
extraño a los principios del derecho político.
Es cierto que Rousseau escribe sobre aspectos dramáticos de la vida social, escribe
sobre las desigualdades y sobre la humillación, pero nunca pierde de vista su propósito de
fijar los principios del derecho político, es decir, los principios que permiten fundamentar la
comunidad, los mismos que hacen posible el acuerdo y la convivencia y que elevan la vida
humana a la dignidad moral propia de su ideal del ciudadano. No puede olvidarse que él
estaba tan familiarizado con las teorías del derecho natural como con las obras de los
fundadores de la filosofía liberal, es decir, Locke, Montesquieu y, claro, Voltaire. Es
precisamente su crítica a la filosofía liberal lo que constituye su originalidad: desde
Madrid, Tecnos, 1987.
7
entonces había que contar con esa filosofía, que es como la columna vertebral de la cultura
moderna, la misma que ha impulsado las diferentes exigencias de libertad. Pero además,
había que desarrollar los principios de una cultura democrática, de una cultura moderna y
democrática y es esto lo que consiguió Rousseau a partir de su examen de las teorías
políticas, de la vida social y de los sentimientos más íntimos del hombre burgués de su
tiempo. Al final, logró demostrar que la libertad no puede subsistir sin la igualdad, igualdad
de dignidad más que de cualquier otra cosa.
Para comprender la vigencia del proyecto moderno es necesario entender el cambio que
va desde liberalismo de Montesquieu hasta la concepción de la democracia de Rousseau y
la idea de persona de Kant: son tres aspectos básicos que articulados constituyen el
carácter emancipador propio del proyecto moderno. Rousseau y Kant levaron la filosofía de
la Ilustración a su más completa realización cuando lograron encontrar la trascendencia de
la ley, su majestad y rectitud, a partir de la sola conciencia moral o de la sola razón
práctica.
Es por la forma como ambos entienden la relación íntima entre la libertad y el
asentimiento de la ley, de la ley moral y política, por lo que ambos colocaron las bases de la
cultura democrática moderna. Para ellos la ley no tiene que ser una imposición exterior,
para ellos la autoridad y la moralidad no son imposiciones exteriores a la conciencia o a la
razón: tanto la una como la otra encuentran su fuente en la participación del ciudadano o en
la autonomía del sujeto. En este punto se concentra todo el enigma del espíritu moderno:
en tener que encontrar la trascendencia a partir de la inmanencia, a partir de la conciencia.
Sería más sencillo sostener que la ley es una imposición exterior o que la moral es una
mera convención que se adopta por la conveniencia que trae pertenecer a una comunidad
con sus tradiciones y sus valores.
Pero lo sorprendente de las filosofías de Rousseau y Kant consiste en haber encontrado
un mundo interior, el mundo de la voluntad, que está por encima de los estímulos
exteriores, de los halagos, y que se constituye sobre la necesidad de la ley, sobre la
legitimidad de sus mandatos morales o políticos, necesidad por la cual, hasta en el simple
cumplimiento del deber podemos distinguir la voluntad propia, el simple capricho, de la
voluntad general, que es el rasgo esencial de la ley, y la hace obligatoria moralmente para
cada uno, aunque sea de mala gana.
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Los anteriores son los presupuestos filosóficos de la democracia, los que es consisten
finalmente en creer que el ser humano es perfectible porque se puede modelar a través de
la educación. Ahora bien, es apenas elemental que si existen la educación y la cultura,
existen sobre la base de las creencias, o los supuestos, en los cuales el hombre puede
cambiar y la maldad es sólo una consecuencia de la desgracia. Si el hombre es malvado es
porque es desgraciado, es porque su vida no es una vida digna: este es el presupuesto
fundamental que llevó a Rousseau a completar el liberalismo con su teoría de la
democracia. Para él la democracia, o mejor, la soberanía democrática, implica la
participación directa de los ciudadanos en los asuntos públicos.
Mas allá de la teoría de la división de los poderes públicos, concebida por Montesquieu
para preservar las libertades de los individuos, la democracia asegura, o debe asegurar, la
dignidad del ciudadano: el ciudadano no es el individuo egoísta propio de las teorías
liberales, que siempre es refrenado por la ley, el ciudadano tiene la estatura del sujeto
moral o de la persona, pues reconoce que los otros también son sujetos de derecho, es
decir, reconoce una idea básica de igualdad, lo cual hace posible el acuerdo sobre los
límites recíprocos de la libertad y sobre el respeto a la ley.
Es cierto que las teorías de Rousseau y Kant son idealistas porque parten de lo que el
hombre y las leyes pueden llegar a ser Ambos se colocan en la perspectiva del derecho y
no de los simples hechos, ambos emplean conceptos abstractos para establecer el derecho
a la igualdad de dignidad entre los hombres. Pero, ¿de qué otra forma podría establecerse
cualquier igualdad entre los hombres, acaso los hechos no nos indican las más profundas
diferencias y desigualdades, acaso los hechos de todos los días no nos muestran el deseo
que tiene cada uno de distinguirse de los demás?
Cuando se dice que Rousseau y Kant fueron idealistas no se puede pensar que hayan
sido ingenuos, pues ambos estuvieron conscientes del inmenso poder que tiene el interés
egoísta sobre la acción humana, por eso sus filosofías se ocuparon más bien de dilucidar la
obligatoriedad de la ley moral y política y la forma como su carácter coactivo es no sólo
compatible con la libertad, sino que es incluso expresión suya, lo que para los liberales
resultó ser una inmensa paradoja.
Por lo menos no creyeron que la historia habría de conducir a la humanidad hacia una
sociedad sin clases sin Estado, tampoco creyeron en el final de la filosofía y en el
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advenimiento del superhombre, sus principios no fueron más allá de la exigencia de una
vida digna para los hombres de todos los pueblos. Kant sostuvo que la señal de que hay
progreso y de que hay una disposición moral en la humanidad reside en el entusiasmo por
defender el derecho que tiene todo pueblo a darse a sí mismo su propia constitución. En
este punto él agrega lo siguiente: "...el verdadero entusiasmo se ciñe siempre a lo ideal y
en verdad a lo puramente moral, como es el caso del concepto del derecho, no pudiendo
verse jamás henchido por el egoísmo."
Tomado de: Iván Darío Arango. "El enigma del espíritu moderno" Editorial Universidad de
Antioquia. Medellín. 2000. Capítulo 11. pp. 150-161.
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