DEMOCRACIA PLANA
• Las medidas represivas desde el 11-S y la falta de participación ciudadana causan
frustración
JOSEP-MARIA TERRICABRAS
CATEDRÁTICO DE FILOSOFÍA DE LA UNIVERSITAT DE GIRONA
La crítica a la democracia realmente existente ya no está reservada a los autoritarios, fascistas o
iluminados. Cada día son más los demócratas que se manifiestan descontentos con la democracia que
les toca vivir. Señalaré tres razones para la decepción y frustración democráticas. En primer lugar, las
medidas represivas, que han aumentado tanto desde el infausto 11 de septiembre del 2001, que es fácil
pensar que son medidas no para proteger al ciudadano, sino especialmente para vigilarlo y espiarlo,
como si él fuese sospechoso, como si él se hubiese convertido de pronto en un peligro. Las medidas de
protección de edificios, políticos y otros líderes son cada día más teatrales y espectaculares. Me temo
que la distancia entre el pueblo y los gobernantes aumenta proporcionalmente al número de vigilantes,
guardias y protectores que se interponen entre ellos.
Parece que algunos, de muy buena fe, todavía creen que es posible proteger completamente a una
persona. Por supuesto, están equivocados. La mera idea de proteger a los dirigentes --y principalmente
al líder máximo-- delata una visión antigua de la sociedad: como si del líder dependiera todo, como si
salvarlo a él significara salvarnos a todos. Deberíamos saber y aceptar que hoy, después de este líder
viene otro, como ocurre en la empresa o en casa. El último episodio estrafalario de protección mediática
ha sido el que ha acompañado la visita del Papa a Valencia. Que semanas antes los puntos estratégicos
de la ciudad o los metros ya estuviesen vigilados, pero que al día siguiente de la visita desapareciera
toda vigilancia parece indicar o bien que el despliegue se hacía para impresionar o bien que la protección
ciudadana interesa poco. O quizá ambas cosas a la vez.
En segundo lugar, nuestra democracia --cada día más represiva y autoritaria-- no invita en absoluto a la
participación ciudadana. El sistema democrático neoliberal busca la mínima participación del pueblo -porque lo enreda y complica todo-- y se contenta con una participación testimonial cada cuatro años,
cuando los ciudadanos, en un acto de soberanía minimalista, eligen entre diversos candidatos, sabiendo
que los elegidos no les representarán políticamente, sino que les sustituirán. Por ello, entre elección y
elección, la gresca la hacen los políticos entre sí, como si ellos fuesen el pueblo, como si pudieran
prescindir del pueblo.
UN PANORAMA como este no ayuda demasiado a fortalecer los vínculos democráticos. No es raro, pues,
que incluso las urnas queden cada día más vacías. La participación electoral baja de forma notable, pero
esto no parece que alarme a los elegidos que, de momento, se conforman con ser elegidos, tanto si lo
son por cien como por cuatro. Ha llegado el momento en el que se da más importancia al ritual y a las
formas democráticas que a los contenidos y a los principios, que se debaten poco y quedan aparcados.
En tercer lugar, nuestra vida democrática rechaza cada día más la discrepancia, la disensión. No digo
que no exista discrepancia. La hay, pero no es la discrepancia del debate, de las razones, sino la
discrepancia del rechazo, de la negación. Fijémonos en el PP, que es un ejemplo increíble de
discrepancia casi permanente: en pocas semanas, Mariano Rajoy ha pasado de oponerse frontalmente
a políticas importantes para España, hasta decir que su partido rompía relaciones con el Ejecutivo de ZP
y, por fin, a negar que el presidente español represente al Estado en la negociación con ETA. La
discrepancia del PP se acerca al rechazo de los antisistema y lleva a la desconexión democrática.
En Catalunya, la oposición ha sido también agresiva: Artur Mas no solo quiso llevar a los tribunales al
president, sino que, pese a reconocer a Pasqual Maragall como president de la Generalitat, se negó a
reconocerlo como president de Catalunya. Esta no es una desconexión democrática, pero sí una
desconexión institucional que favorece que el ciudadano vea la democracia como una batallita en la que
se dilucidan asuntos personales de los que es mejor estar al margen.
LOS POLÍTICOS, de aquí o de allí, tienen la tendencia a querer impresionar con voces altisonantes y
gestos de afectada indignación. Quizá creen que así resulta más creíble su actuación. En realidad, es
más cómica. ¿O no es cómico que la crítica de algunos, ante la decisión del president de celebrar las
elecciones el 1 de noviembre, haya consistido en invocar esencias tradicionales y patrióticas?
Ante todo ello, se levantan voces de alerta, pero demasiado pocas. De forma lenta, pero eficaz, la
población va aceptando que se le apliquen medidas represivas --a menudo ya las reclama--, que se la
margine en las decisiones democráticas --no es preciso ni ir a votar-- y que la política no disponga de
argumentos interesantes y de razonamientos sólidos, sino de rechazo, alarido y mal tono. Así es como
avanzamos hacia una democracia plana en una tierra que no lo es.
Son malas noticias para los ciudadanos. Si no despabilamos, quedaremos hundidos en la tristísima
condición de súbditos. No escribo esto en un momento de descompresión veraniega, sino con el
convencimiento de que conviene reavivar urgentemente la democracia. Si no, pronto ilusionará a muy
pocos, mientras crece el número de los que no ven clara la diferencia entre democracia y otras cosas. Y
cuando las cosas no se ven claras, puede aceptarse cualquiera cosa. Sí, nuestra democracia es plana.
Noticia publicada en la página 5 de la edición de 17/7/2006 de El Periódico - edición impresa. Para ver la página
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DEMOCRACIA PLANA • Las medidas represivas desde el 11

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