Gigantes planetarios
Cada uno de los cuatro grandes cuerpos celestes del Sistema Solar forman un
mundo único y asombroso
RICARDO HUESO ALONSO 29/09/2009
Más allá de la órbita de Marte, fríos y lejanos orbitan nuestro Sol cuatro planetas muy
distintos a la Tierra, diferentes de los familiares Marte o Venus e inhóspitos para la
vida. Son mundos inmensos. Júpiter, el mayor de todos, tiene más de mil veces el
volumen de la Tierra y 310 veces su masa. Es el auténtico rey de nuestro sistema
planetario y aunque flota en su órbita a 700 millones de kilómetros de nosotros su brillo
al reflejar la luz del Sol rivaliza visto desde la Tierra con las estrellas más brillantes del
cielo nocturno. Más lejos, a 1.500 millones de kilómetros pero tres veces más ligero se
encuentra Saturno con sus hermosos y evocadores anillos. A 3.000 y 4.500 millones de
kilómetros (distancias inimaginables, comparables a unos 12.000 viajes de ida y vuelta
a la Luna) encontramos a Urano y Neptuno, pequeños comparados con los anteriores y
aún así masivos en relación a la Tierra, cada uno de ellos 15 veces más pesados que
nuestro mundo.
Estos cuatro gigantes no están hechos de los mismos materiales que la Tierra (un
planeta rocoso con algunos metales y algunos elementos más ligeros que forman sus
océanos, la atmósfera y los seres vivos que lo habitamos). Júpiter y Saturno son
inmensas bolas de gas hidrógeno y helio, los materiales que forman el Sol y las demás
estrellas. Ni Júpiter ni Saturno poseen la masa necesaria para convertirse en una estrella
(Júpiter necesitaría engordar más de diez veces su peso actual y Saturno más de 40).
Urano y Neptuno, los pequeños gigantes, son algo distintos, mundos helados formados
en los límites exteriores del Sistema solar primitivo y envueltos por espesas atmósferas
de hidrógeno y helio de unos pocos miles de kilómetros de espesor.
Vientos de centenares de kilómetros por hora
En las atmósferas de todos estos mundos podemos encontrar los elementos de la vida
(carbono, nitrógeno y oxígeno) combinados con el hidrógeno formando nubes de
metano, amoniaco y agua que permiten visualizar la meteorología de estos planetas. Sus
atmósferas están dominadas por vientos que soplan a centenares de kilómetros por hora
permanentemente. Algunos poseen tormentas mayores que la Tierra y
extraordinariamente longevas como la Gran Mancha Roja de Júpiter, visible de manera
continuada desde finales del siglo XIX. En sus nubes se trazan ondas, remolinos de
escalas planetaria y al menos en Júpiter y Saturno se forman relámpagos centenares de
veces más energéticos que en las tormentas terrestres. Ninguno de estos mundos tiene
una superficie definida. Si enviáramos una sonda espacial a posarse sobre ellos
penetraría en una atmósfera cada vez más densa y caliente al profundizar en el planeta
hasta desintegrarse por las enormes presiones del interior. Así ocurrió en diciembre de
1995, cuando la sonda americana Galileo penetró en la atmósfera de Júpiter dejando de
enviar señales a la Tierra tras descender apenas unos 100 kilómetros en una atmósfera
de más de 70.000 kilómetros de profundidad.
Cada uno de estos cuatro planetas constituye una versión reducida de un sistema
planetario. Júpiter tiene cuatro grandes lunas que fueron observados por primera vez por
Galileo hace ahora 400 años y docenas de satélites menores. Saturno tiene el récord de
satélites, con más de 60, y Urano y Neptuno agrupan cada uno al menos media docena
de mundos que orbitan a su alrededor en el frío Sistema Solar exterior.
Volcanes de azufre
Cada satélite es un mundo único y asombroso: orbitando Júpiter encontramos volcanes
de azufre en la luna Ío, ocultos océanos de agua en la luna Europa y un misterioso
campo magnético en Ganímedes (una luna mayor que Mercurio). Las lunas de Saturno
también tienen sus secretos: Titán, sólo un poco más pequeño que Ganímedes, tan frío
que el gas metano forma nubes y precipita sobre la superficie formando lagos y ríos
como el agua en la Tierra. O el diminuto Encélado, cuyo tamaño no es superior a la
distancia entre Madrid y Sevilla y que posee un interior de agua líquida y géiseres
activos que obligan a inventar nuevas palabras para describirlos: criovolcanismo,
volcanismo a 180º centígrados bajo cero. En el interior de algunos de estos satélites
helados hay agua líquida y energía, los requisitos fundamentales para el desarrollo de la
vida.
Los cuatro gigantes han sido explorados por varias sondas espaciales, aunque solo la
Voyager 2 pudo visitar Urano y Neptuno. En la actualidad se diseñan ambiciosas
misiones de retorno a Júpiter, Saturno y sus satélites pues aún quedan muchas preguntas
importantes por responder, entre la que destaca su formación y las relativas a la
habitabilidad de sus lunas. De los muchos mundos que se han descubierto orbitando
otras estrellas (los llamados exoplanetas) la inmensa mayoría son gigantes en
condiciones muy distintas a nuestros cuatro planetas gigantes. Sin duda un zoo
planetario aún más diverso y emocionante que contribuye a recordarnos el privilegiado
lugar ocupado por nuestro pequeño planeta azul.
Ricardo Hueso Alonso es investigador Ramón y Cajal en el Departamento de Física
Aplicada I y miembro del Grupo de Ciencias Planetarias de la Universidad del País
Vasco
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