Fuego de noche, Hielo de dia
Por M.J. Kelly
Fuego de noche, hielo de día
Arropado por la oscuridad, esperaba apostado tras una esquina cercana a la salida del pub «The
Frying Pan». El frío de la noche se colaba por los resquicios de la ropa y se clavaba en sus huesos.
De un modo instintivo subió un poco el embozo de su capa. La atmósfera se había detenido,
haciendo que la bruma quedara en suspenso y que el olor a putrefacción de la basura que se
amontonaba en las calles de Whitechapel, a orines y heces se metiera por la nariz hasta resultar
insoportable. Hizo un esfuerzo y respiró por la boca, la espera no habría de prolongarse mucho más.
Llevaba más de una hora acechando desde el abrigo que le brindaban las sombras y la niebla. Ya
había salido un buen número de posibles piezas, pero todas ellas lo habían hecho acompañadas.
Una vez más, la puerta del pub se abrió. Dos mujeres salieron riendo. Entre ambas sostenían a un
marinero que apenas si era capaz de arrastrar un pie tras otro de tan borracho como estaba. No habían
recorrido unos metros cuando el grupo se separó. Hubo un corto intercambio de palabras entre las
mujeres antes de que una de ellas cargara con el fardo mientras la otra se dirigía en dirección opuesta
haciendo resonar sus pasos sobre el pavimento. La hora de hacer su trabajo había llegado. La
adrenalina se disparó en su organismo. Como una serpiente, sigiloso, se arrastró tras ella hasta que se
hubieron alejado lo suficiente de las miradas indiscretas de la clientela del pub.
La mujer giró una esquina y enfiló Brick Lane. La escasa iluminación de los faroles le había
hecho elegir ese distrito como territorio de caza, además de la proliferación de maleantes, borrachos,
ladrones,… toda una variada fauna entre la que no llamaba la atención una prostituta acompañada de
un cliente.
La mujer giró un par de veces más y se adentró en Dorset Street. Debía darse prisa para
alcanzarla, así que apretó el paso.
Ella se percató de que no estaba sola y se volvió, atemorizada. El recuerdo de los asesinatos le
heló la sangre. Todo el mundo hablaba del tema desde hacía meses. Sin embargo, la joven pensaba
que las mujeres habían sido víctimas de clientes de baja estofa, borrachos y degenerados, esos de los
que procuraba alejarse siempre que el hambre no apretaba. En ningún caso había tenido, a pesar de
atender a una clientela no muy selecta, problemas de violencia. Ellos venían a lo que venían, ella se
lo daba y punto. Tomó aire, descartó los pensamientos lúgubres y se detuvo, presta a no dejar pasar
la oportunidad. Quizás la noche no estuviera desaprovechada, al final. Se apoyó en la pared e intentó
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parecer insinuante, peleando por alejar los vapores del alcohol ingerido. Miró a ambos lados. Hasta
donde se podía ver, no mucho a causa de la niebla que se iba espesando poco a poco, la calle estaba
desierta. Mejor no perder el tiempo. Podía acabar la faena allí mismo, y luego volver a la pensión y
dormir unas horas. Acostumbraba, como todas, a satisfacer a sus clientes contra la pared, de
espaldas, con las faldas recogidas para que no estorbasen mientras ellos jadeaban y empujaban hasta
saciarse. Al día siguiente podría comer algo con el puñado de peniques que cobraba por sus
servicios. Mary Jane era joven y guapa, diferente del resto de prostitutas de la zona. La ropa que
llevaba, el sombrero y hasta las enaguas revestían un aire de elegancia del que carecían las otras
mujeres. Su piel aún conservaba la lozanía que correspondía a sus veinticuatro años. Levantó la vista
hacia el hombre.
Le miró sorprendida cuando se acercó. No se trataba de un marinero, ni un soldado, pillo, o
cualquier otro elemento perteneciente a la habitual colección de chusma desesperada por un poco de
placer. Su indumentaria revelaba una clase social elevada, de esa que no acostumbraba a pasear por
las calles del East End, menos aún a aquellas horas de la madrugada. Vestía una capa oscura,
sombrero de copa y portaba un maletín como los de los médicos. En la otra mano sostenía un bastón.
¿Qué haría un caballero tan elegante en ese barrio y tan a deshoras? Espantó el interrogante de su
mente, tanto daba uno rico que uno pobre. Todos eran iguales con los pantalones bajados. Sin
embargo, este merecía un tratamiento algo mejor; quizás así habría propina.
—¿Le interesa al caballero lo que ve? —el ala del sombrero mantenía las facciones del hombre en
la sombra, pero Mary Jane creyó vislumbrar algo de barba y unos ojos profundos, junto con una
nariz prominente y aguileña.
—Es posible —contestó él. Su voz era profunda y rasposa, un poco desagradable.
—Si usted lo considera mejor, podemos ir a mi habitación. Está aquí al lado. Allí estaremos más
cómodos.
El hombre asintió y la acompañó hasta una pensión de ínfima categoría. La habitación se hallaba
en la planta baja. El cristal de la puerta estaba roto en una de las esquinas inferiores. Nadie se había
molestado en arreglarlo jamás. Metían la mano por el agujero y abrían desde dentro. El novio —
hasta poco antes— de Mary Jane la había abandonado porque a veces llevaba a una amiga suya,
también prostituta, y le permitía dormir allí de cuando en cuando. «Excusas de borracho miserable»,
pensó. Seguramente se había liado con otra y había cambiado de aires. Ese era el destino de los
pobres, «cada día en un lugar diferente hasta que el cuerpo no aguanta más y se muere una en
cualquier parte, como un perro», pensó mientras desechaba una punzada de tristeza. No era solo su
día a día, sino el ambiente donde había ido a parar y la gente que lo habitaba. Esa misma mañana
Adele, que así se llamaba su amiga, se había dejado allí unas cuantas piezas de ropa sucia para
lavarla, su hombre la había echado de casa a patadas y no tenía dónde dejarla hasta encontrar una
habitación en alguna pensión cochambrosa. A ella le había ocurrido lo mismo, Robert también se
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había marchado, dejándola con una deuda por el alquiler de más de una libra y un casero furibundo
que pretendía cobrar a costa de lo que fuese.
Mary Jane prendió la vela que había sobre la mesilla. En la chimenea había un poco de leña y
también encendió el fuego. No todos los días recibía ese tipo de clientela.
Él permaneció de pie, junto a la cama. Depositó el maletín en el suelo y el bastón contra la pared.
Se desabotonó la capa y se quitó el sombrero.
—Desnúdate. Me gusta más así.
Ella obedeció. Se desvistió, dobló la ropa y la colocó con esmero, bien doblada, debajo de la
mesilla. Se acercó a él y por fin apreció sus facciones. Al ver el rostro a la luz de la vela supo que
estaba perdida. Allí no había deseo ni lujuria, solo una sonrisa imposible de interpretar y la certeza
de que ese «servicio» no iba a acabar como los demás. El hombre se agachó sobre su maletín y lo
abrió. El estómago le dio un vuelco a Mary Jane, pero no tuvo tiempo de reaccionar. Un destello
metálico cruzó el aire mientras ella pensaba en el odio que reflejaban los ojos de aquel hombre, la
maldad que se desprendía de ellos. El cuchillo seccionó su garganta de izquierda a derecha, con tal
violencia que un rocío de gotas de sangre manchó la pared, la cama y el suelo.
Él empujó el cuerpo, que cayó inerte sobre la cama. Se agachó de nuevo y sacó del maletín un
mandil y unos guantes que se calzó al instante. Extrajo también el instrumental que necesitaba para
su trabajo. Pensó con cinismo que quizás habría debido aceptar lo que aquella chica le había ofrecido
antes de rematar su trabajo, pero eso ya daba igual.
La iluminación de la estancia era mínima, precisaba de más luz. En un rincón vio un montón de
ropa arrugada en el suelo. La lanzó a la chimenea y en dos minutos en la pequeña habitación se veía
casi como a plena luz del día. Comenzó la tarea antes de que el vecindario se pusiese en pie. Tenía
mucho trabajo por delante.
El humo de los puros formaba una especie de nube cerca del techo de la sala de lectura del club.
Algo más de media docena de caballeros se encontraba allí, fumando, leyendo el periódico o
simplemente charlando y bebiendo una copa de brandy.
—¡Dios mío! ¡Ha vuelto a ocurrir! ¡Es horrible!
Todas las miradas se volvieron hacia Rufus Ablewhite, que sostenía entre sus manos el periódico
y lo miraba como si algo dentro de las páginas fuese a salir y morderle. Levantó la vista y percibió la
expectación del resto de contertulios.
—Han hallado el cadáver de otra mujer. Con espantosas mutilaciones, según se describe en el
periódico. A tenor de lo que refieren aquí, el rostro se hallaba totalmente desfigurado a cuchilladas,
las vísceras han sido extraídas y faltan el corazón y algunas partes más. Parece ser que es obra de
Jack el Destripador, cada vez se ensaña más con sus víctimas. Tengo entendido que, tras el anterior
asesinato, envió una carta a la policía amenazando con cortarle la oreja a la «siguiente dama» y
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enviarla en un paquete a Scotland Yard. Me pregunto por qué tarda tanto la policía en encontrarle.
Ese animal debería estar colgado hace mucho tiempo.
—Estoy absolutamente seguro de que la policía le atrapará —interrumpió sir Edward Herncastle,
un influyente y adinerado personaje que gustaba, aprovechando su posición, de incordiar a los que le
rodeaban, puesto que nadie se atrevía a llevarle la contraria. Conocidos eran sus arranques de ira y
las consecuencias de los mismos—. Sus métodos y su eficiencia están fuera de toda duda —la ironía
voló en dirección al jefe de la policía metropolitana, Charles Warren, que también se hallaba
presente— ¿No es cierto, mi estimado Charles?
El aludido se removió incómodo en su asiento y se retorció el enorme mostacho antes de
carraspear y contestar:
—Como comprenderán ustedes, no puedo facilitarles ningún tipo de información acerca de las
pesquisas que estamos llevando a cabo. Bastante mal ha hecho ya la prensa —señaló con un dedo,
dándose importancia, el periódico que sostenía Rufus—, pero las indagaciones avanzan y ya se han
efectuado un buen número de interrogatorios e incluso algunas detenciones. Pueden estar seguros de
que lo atraparemos en breve.
Sir Edward ostentaba esa vena cruel que le impedía soltar la presa una vez mordida. Por ello y por
su carácter soberbio e irritable no gozaba de muchas amistades. A esto se añadía que, en virtud de su
posición social preeminente, poseía numerosos contactos en las más altas esferas, incluyendo la
policía. Esa misma mañana había almorzado con el comisionado policial en la ciudad, el mayor
Henry Smith, quien le había confiado que iban a destituir a Warren por la forma en que se había
conducido en el caso del famoso asesino. Cuando habían encontrado el cadáver de la anterior
víctima, una tal Catherine Eddowes, también parcialmente eviscerado y destrozado con saña, el jefe
Warren había hecho borrar, antes de que la brigada de investigaciones criminales pudiera
fotografiarla, una inscripción hecha —con sangre de la mujer— por el asesino sobre la pared en la
escena del crimen. Según testigos decía: «Los judíos son los hombres que jamás serán culpados».
Charles Warren justificó la eliminación de pruebas arguyendo que se encontraba en un barrio con
numerosa población judía y temía una represión antisemita a causa del terror social desatado por el
asesino. Por si fuera poco, habían solicitado el envío de sabuesos y él había anulado la orden; los
perros no habían llegado a su destino. Más que ayudar a la resolución del caso, el jefe Warren la
obstaculizaba.
—Cierto, señor Warren. Han detenido a un puñado de desgraciados, como ese zapatero…
«Mandil de cuero», creo recordar que es su apodo. Los ciudadanos ya podemos vivir más tranquilos.
Nuestra seguridad está en buenas manos, sin duda.
Warren cambió una vez más de postura. No le agradaba el cariz que estaba tomando la
conversación; solía divertirse con los exabruptos de sir Edward, pero no era menos cierto que las
víctimas de los mismos siempre eran otras personas. Estar en el punto de mira del aristócrata
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constituía una experiencia nueva. Y fastidiosa. Si la ironía hubiese salido de otros labios ya habría
puesto en su lugar a quien se hubiese atrevido a interpelarlo de esa manera. Sir Edward era, sin
embargo, uno de los hombres más ricos e influyentes de Londres. En su caso lo más prudente era
andarse con cuidado. Tragarse el orgullo frente a él resultaba lo más conveniente.
—Supongo que no existe, por parte de usted ni de ninguno de los presentes, motivo de queja
acerca de la eficiencia o del comportamiento de la policía en esta o en otra investigación. En caso de
que tal cosa ocurriese cuentan ustedes con mi apoyo para subsanar cualquier tipo de… deficiencia.
En el asunto que nos ocupa, dado el impacto que está teniendo, se están dedicando todos los medios
posibles. Tengan ustedes en cuenta que el ambiente en el que tienen lugar los crímenes es, si me lo
permiten, peligroso en sí mismo. Las víctimas son simples prostitutas que ejercen en un barrio con
un elevadísimo índice de delincuencia.
Sir Edward no pasó por alto el detalle. No es que a él le importase lo más mínimo la chusma
apestosa que se hacinaba en aquel barrio mugriento. No valían nada. En su opinión, ni siquiera se
podían considerar como personas. Recordó que en una ocasión había tenido una «aventurilla» con
una de las sirvientas de la casa, siendo joven. Cuando llegó el día de ponerle fin, ella se había
envalentonado y le había amenazado con decírselo a su padre. No le había quedado más remedio que
ponerla en su sitio. Un par de bofetadas y unos golpes más fueron suficientes. Se ocupó de que fuera
despedida y se encargó de que su vida fuera un infierno.
Pensó que Warren tampoco escaparía, no era más que un palurdo grosero y maleducado que
había ascendido gracias a las influencias y los favores. Fue un paso más allá en la provocación.
Warren era un incompetente y un indeseable. Ni siquiera deberían haberle admitido en un club tan
selecto. Expresaría su disconformidad al presidente del club, pero antes le daría un motivo para
expulsar de allí a aquel sujeto. Provocaría un altercado entre ambos en ese mismo momento. Después
haría valer su condición frente a él.
—Simples prostitutas, dice usted —espetó con todo el desprecio del que era capaz, y no era
poco—. Son seres humanos, señor Warren ¿o es así como las trata cuando, como es bien sabido por
todos, utiliza usted sus servicios?
Todos los presentes se dieron cuenta de la jugada. Edward Herncastle, y todo el mundo lo sabía,
era un ser despiadado y violento. Se rumoreaba que su esposa estaba fuera de viaje para que nadie
pudiera apreciar las marcas de la última paliza recibida. Sus trifulcas domésticas eran de dominio
público, así como su vida licenciosa y su trato rudo y despectivo para con las personas que
consideraba inferiores.
Warren explotó. No iba a tolerar semejante afrenta. Ni de Edward Herncastle ni de nadie.
—¡No tengo porqué tolerar este agravio, míster Herncastle! ¡Está usted insultándome y poniendo
en entredicho mi honorabilidad! ¡Me debe usted una disculpa!
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Sir Edward sonrió. El pececillo había mordido el anzuelo. A punto estaba de replicar cuando la
voz grave y profunda de Montague John Druitt se elevó en la sala interfiriendo en la disputa.
—Vamos, señores, conserven la calma. Esta conversación ha transgredido los límites del decoro y
del comportamiento de dos caballeros como ustedes. Les ruego den por zanjado el asunto para que la
reunión pueda proseguir por buen cauce —Sir Edward estuvo a punto de replicar a Montague, pero
este le lanzó una mirada significativa que le impulsó a callar en consideración a la amistad que los
unía desde varios años atrás—. Por favor, acabemos la velada de un modo más apropiado a nuestra
condición.
Era Montague un abogado con un patrimonio considerable, heredado de su padre, allá en
Bradford. Sus amigos, entre los que se contaba sir Edward, le llamaban «el doctor», en referencia,
precisamente, a la profesión de su progenitor, quien había sido cirujano en vida. Se trataba de un
hombre en extremo serio, en su círculo social se comentaba que nadie lo había visto reír en ninguna
ocasión, con una voz tan grave y desgarrada que parecía provenir de las entrañas de la tierra y que
impresionaba a todo el que le conocía por vez primera. Su rectitud y su carácter pacífico, junto con
su profesionalidad, le habían granjeado multitud de amistades entre los más altos círculos de la
sociedad de la capital británica. Había venido a Londres a ejercer bastantes años atrás y poco a poco
se había integrado en los círculos de la alta sociedad. Era una de las pocas personas que frecuentaba
el trato de Edward Herncastle y que sabía cómo conducirse con él sin ser atropellado por la ira del
noble. Solo por eso se había ganado las simpatías de todos.
La reunión comenzó a disolverse, todos se levantaron y se dispusieron a marcharse. Montague se
acercó a Sir Edward y le dijo en voz baja:
—Necesito hablar con usted, mi apreciado amigo. Es… una cuestión de cierta urgencia.
—¿Acaso tienes algún problema, Montague? ¿Un lío de faldas, tal vez? —a pesar de la broma, sir
Edward parecía sinceramente preocupado. El rostro de Montague presentaba una expresión más
sombría que de costumbre.
—En absoluto. Se trata de un asunto que reviste cierta importancia. Para ambos, diría yo. Pero
pienso que es algo que debe tratarse en privado y con tranquilidad.
—Pues entonces acércate a casa y me lo cuentas —el alcohol ingerido parecía haber hecho mella
en sir Edward, el exceso de jovialidad en el trato así lo evidenciaba—. Esta misma noche, si te
parece bien.
—De acuerdo —replicó Montague—. Allí estaré. Hacia las nueve, si no hay inconveniente. He de
finiquitar unos asuntos antes sin falta —con una inclinación de cabeza dio media vuelta para ir a
recoger su abrigo y su sombrero y abandonó la sala. «Pocos hombres he conocido tan poco
elocuentes. Aunque es una gran persona y el mejor abogado del país», pensó sir Edward mientras le
veía atravesar el umbral de la puerta.
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Las odiaba. A todas. Eso es lo que pensaba mientras lavaba el cuchillo y guardaba el mandil y la
ropa, cubiertos de sangre y de despojos, en un saco. Después se desharía de él en medio de algún
montón de basura, lo más lejos posible del lugar donde cazaba. Así evitaría que las pruebas fuesen
halladas por la policía. Avanzó desnudo, a oscuras, por los pasillos de la pequeña casa que había
alquilado —a través de un tercero para ocultar su identidad—, en un barrio de clase media, habitado
por gente burguesa, demasiado ocupados en mantener su estatus como para que la falta de actividad
y de servidumbre en esa vivienda llamase la atención. Solo acudía allí de noche, a altas horas de la
madrugada, cuando todos dormían. Entraba por una puerta lateral, al abrigo de las sombras y de las
miradas indiscretas. Llevaba consigo una muda de ropa, para cambiarse después de la cacería,
cuando terminaba su «trabajo».
«Odio a las putas», eso es lo que había escrito en la carta que había enviado a Scotland Yard. La
había escrito en tinta roja, simulando sangre (la sangre verdadera se coagulaba y no le servía como
tinta), para remarcar la teatralidad del acto. Les había dicho que se había comido el riñón que se
llevó de recuerdo de una de sus presas, aunque no era cierto. Eso les daría algo en que pensar en las
noches en vela, sí señor.
Para ser sincero, la suya no era una fobia contra las prostitutas. Simplemente se hallaban a mano,
eran presas fáciles, confiadas a la fuerza si querían ganarse unos peniques para subsistir. Un medio
fácil para descargar el rencor que llevaba dentro. Su rabia se dirigía a las mujeres en general. A lo
largo de su vida solo le habían hecho daño, comenzando por su madre, después de la cual había ido
coleccionando una larga lista de experiencias traumáticas con el género opuesto.
Mientras se sentaba a escribir una nueva carta a la luz de un par de velas, recordó cierta ocasión,
lejana ya en el tiempo, siendo adolescente. No había sido la primera vez que se habían mofado de él,
pero sí fue especialmente dolorosa.
Se llamaba Daisy, o quizás Tracy, no lo recordaba bien, aunque tanto daba un nombre como el
otro. Se habían citado en un bosquecillo junto a un lago, no demasiado lejos de su casa. Era un
rincón apartado, donde podrían gozar de un poco de tranquilidad y quizás un poco más de…
cercanía. Locuras de juventud, decía su padre. El hombre que le había educado como si fuera un
padre, mejor dicho. Él y la muchacha se habían sentado sobre una manta, detrás de unos arbustos, y
habían comenzado a juguetear. La sangre se le agolpó en la cabeza y le dio valor para intentar llegar
un poco más lejos en esa ocasión. A ella no pareció importarle, y él siguió adelante. De pronto, de
entre los árboles, había surgido un grupo de muchachas, las amigas de ella, y se habían reído como
tontas. Daisy se unió a ellas, señalándole y llamándole «engendro» y «monstruo». Se marcharon
corriendo, dejándole allí en la hierba, medio desnudo y con el corazón roto en pedazos por el
desengaño y por la burla, pero también por la sensación de que la culpa era suya, de que debía haber
sabido que algo así ocurriría.
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Todo se debía a su rostro. Una terrible marca de nacimiento lo atravesaba en diagonal.
Arrancaba de la ceja izquierda y surcaba toda la cara, cruzando nariz y boca y otorgando a su
presencia un aire macabro que despertaba reacciones de repugnancia en todo aquel que le veía por
vez primera. La marca poseía un color marrón violáceo y un aire sanguinolento que hacía que la
gente retirase la mirada involuntariamente. Por si fuera poco, la piel de esa zona presentaba un
aspecto arrugado y lleno de gran cantidad de vello fino y negro. Las mujeres evitaban su compañía
con cualquier excusa. Incluso su propia madre lo había rechazado desde que nació. Estaba
acostumbrado a escuchar palabras como «monstruo» o «engendro», pero el rechazo y la burla dolían
cada vez más, mucho más. El odio había crecido en su interior al mismo ritmo que su cuerpo. Por
eso las detestaba. Y se lo haría pagar. Seguro.
Unas semanas más tarde envió un mensaje a Daisy para hablar con ella acerca de lo
sucedido. Con toda seguridad, ella sintió una pizca de culpabilidad y aceptó la cita. Cuando se
aseguró de que no había nadie por los alrededores, la mató. Fue la primera. A excepción de su
madre, aunque aquello fue diferente, en cierto modo podía considerarlo una especie de accidente.
Se detuvo un instante, con la mirada perdida en un lugar invisible. Su madre. Ella era la
máxima culpable de todo. Ella, y su desprecio hacia una criatura inocente que solo buscaba un poco
de cariño. A pesar de los muchos años transcurridos y de un recuerdo más que borroso de su rostro,
el dolor infligido aún clamaba dentro de su pecho. Clamaba venganza, gritaba en su interior
exigiendo lo que era suyo, lo que le pertenecía, lo que le había sido arrebatado. Tanto lo material
como lo inmaterial. Lucharía por la restitución de lo que le habían robado. Hasta la muerte, si era
preciso. Por eso había vuelto a Londres, donde habían transcurrido sus primeros años de vida. Y con
el retorno también habían vuelto las pesadillas, el dolor insoportable… la sangre.
Terminó la carta, apagó las velas y se marchó. Debía abandonar la casa antes de que los
vecinos y la gente del barrio comenzaran su actividad diaria.
Edward Herncastle se dispuso a salir, a pesar de que ya anochecía. Se detuvo ante la puerta mientas
Perkins, el anciano mayordomo, le colocaba la capa sobre los hombros y se la ceñía, y le entregaba
su bastón junto con sus guantes.
—He de hacer unos recados, Perkins. Espero a una persona que ha de venir esta noche, míster
Druitt. Si llega antes de mi regreso, hágale pasar a la biblioteca. Dígale al lacayo y a la doncella que
pueden retirarse a descansar si así gustan. No los necesitaré más por hoy.
Perkins asintió con una leve inclinación de cabeza. Llevaba toda su vida sirviendo a los
Herncastle durante tres generaciones, presenciado hechos terribles y momentos maravillosos en
aquella casa. Había sido testigo de bodas, nacimientos… y muertes, como la de la malhadada madre
de sir Edward, así como lo que ocurrió después. Se estremeció de un modo imperceptible cuando el
recuerdo le asaltó. Mucho era lo que había vivido allí y escasas las circunstancias que escapaban de
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su ojo observador. Sabía dónde se dirigía su señor; todos en la casa eran conocedores del hecho de
que sir Edward mantenía una amante en alguna parte de la ciudad. Incluso lady Herncastle estaba al
tanto, pero hacía la vista gorda como tantas damas en su misma situación. La señora había ido a
pasar una temporada con su enferma madre y se había llevado consigo la mayor parte del servicio.
Solo habían quedado ellos tres y la cocinera, que se marchaba a su casa por la noche.
Nada más cerrar la puerta, Perkins se retiró a su habitación, separada de la del resto del servicio
como prerrogativa de su cargo sobre los otros miembros de la servidumbre. La espalda le estaba
matando, tenía que descansar un poco. Un exceso de años y de trabajo venía a cobrar su precio. Se
sentó en su mecedora y pensó en fumar una pipa, pero no tuvo tiempo ni de prepararla. Se quedó
dormido casi al instante.
La espera estaba siendo larga al otro lado de la calle. Había pospuesto la cacería, quizás para más
tarde, o quizás para otro día. El asunto que le había llevado allí era más importante que su quehacer
con las mujerzuelas. Esa noche iba a recuperar todo lo que le habían arrebatado; llevaba una vida
entera esperando y por fin tenía la oportunidad ante sí. Le había dado un penique a un golfillo para
que llamase al timbre y fingiera ser el portador de un mensaje para el caballero que allí moraba.
Había atendido un criado, según lo que le había explicado el muchacho, un señor mayor, y le había
dicho que el señor no estaba en la casa en ese momento, que podía entregarle el mensaje, él se
encargaría de hacerlo llegar a su destinatario. El chico había salido corriendo, según su relato, una
vez averiguado el encargo: si el señor estaba en casa o no.
De esto hacía más de una hora. Conocía el tipo de vida que llevaba el caballero y no se extrañó,
bien podía esperar una hora, dos o tres. Eso no era nada comparado con casi cuarenta años, hasta que
su padre, en su lecho de muerte, le había entregado los papeles y le había confesado todo. Con una
mano tanteó su levita. Sí, allí estaban. Nadie podría negar la evidencia de lo escrito, ni la rúbrica de
las personas que habían firmado el contrato, pues al fin y al cabo eso era, un contrato. Por un
momento, la duda de que algo pudiera no salir como estaba previsto le arañó el estómago.
«Tranquilo, has tomado las precauciones necesarias, todo saldrá como debe ser. Al fin habrá justicia
para ti, maldita sea. Ellos te hicieron a un lado, la culpa fue de ella, pero todo es tuyo, te pertenece
por derecho de nacimiento. Te daba asco, madre. Eso fue lo que me dijo el ama de llaves, la única
mujer que mostró afecto por mí. Ahora voy a recuperar fortuna, título y estatus. A pesar de ti, de
padre y de mi hermano, ese soberbio malnacido». Notó la rabia aumentar dentro de sí,
instintivamente se llevó la mano al bolsillo. El cuchillo también se encontraba en su lugar. Si fuese
preciso, no dudaría en usarlo. Aquel bastardo lo negaría todo, pero él poseía pruebas irrefutables,
incontestables, y había dejado una copia bajo custodia. Si algo le ocurría, llegarían a las manos
adecuadas, ya se encargaría de evidenciar dicha circunstancia, eso sería como un salvavidas para él.
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Entonces llegó un coche de caballos y paró frente a la casa. Le vio bajar y pagar al cochero. La
gente que caminaba por la calle empezaba a escasear debido a la hora. Le pareció que otra persona se
aproximaba a su objetivo, así que no dudó más y cruzó la calle como una centella. Había sido una
falsa alarma, el hombre pasó al lado del caballero y siguió su camino. Ya no podía volverse atrás. Su
oportunidad había llegado.
—Buenas noches —dijo, con un ligero temblor nervioso en la voz—. Espero no llegar demasiado
tarde.
Edward Herncastle se volvió, sobresaltado. Una sonrisa afloró a su rostro cuando le reconoció.
No terminaba de acostumbrarse a aquella asquerosa mancha en el rostro de su amigo. Por dentro era
una persona excelente, pero su aspecto externo no podía ser más repugnante.
—No te preocupes —le dio una palmada condescendiente en el codo—. Vamos adentro, todo se
ve mejor frente a una copa de brandy. Veamos qué es ese asunto tan importante y tan urgente que te
trae a mi casa a estas horas.
Perkins no aparecía por ninguna parte. Edward supuso lo que había ocurrido. El anciano había
sufrido una considerable merma de sus facultades a lo largo de los últimos meses y él se había
percatado del hecho. No le había dicho nada al viejo mayordomo por no herir sus sentimientos,
llevaba más de medio siglo al servicio de la familia. Aunque llegado el momento de retirarse él se
encargaría de dotarle con una generosa renta para el resto de su vida, el día de la decisión se acercaba
y Edward era consciente de que iba a suponer un trago doloroso para ambas partes. Condujo él
mismo a Montague a la biblioteca y se acercó a la vitrina donde descansaban las bebidas. Se volvió y
miró a su amigo. Su aspecto había empeorado en las horas transcurridas desde su encuentro en el
club. Tenía el rostro ceniciento y desencajado, se retorcía las manos con un frenesí inusual en él, el
hombre más tranquilo y sosegado que Edward conocía.
—¿Te encuentras bien, Montague? Si no te conociera desde hace años, diría que has visto un
fantasma —Edward rió ante su propia ocurrencia, que no pareció hacer mella en Montague. La
carcajada se cortó a medio camino—. No lo has visto ¿verdad?
Montague respiró hondo antes de hablar. Su voz cavernosa sonó más profunda de lo
acostumbrado.
—Lo que he venido a decir no es una cuestión de broma. Traigo conmigo unos documentos. Mi
deseo es que los leas con detenimiento —por vez primera prescindió de la deferencia y tuteó a
Edward—. Son auténticos, observa las firmas con atención, podemos solicitar que las verifiquen si
así lo dispones… hermano.
Lady Herncastle fingió un vahído cuando le trajeron al pequeño Montague para que le diera las
buenas noches. Solo pensar en tener que besar a aquel… ser deforme hacía que se le revolviera todo
por dentro. La niñera la miró, disgustada como de costumbre, mientras el pequeño, que contaba
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apenas cinco años, se empinaba para depositar un beso impregnado en lágrimas sobre la mejilla de su
madre, antes de ser conducido a su habitación.
—Ella no me quiere —le dijo a la niñera mientras sorbía los mocos—, y menos desde que ha
llegado el bebé.
—No diga usted eso, señorito —respondió ella con un deje de resentimiento en la voz—. Por
supuesto que su madre le quiere. Es solo que esta noche no se encuentra bien. Cosas de mujeres —
añadió—, cuando sea usted un poco mayor lo comprenderá.
—Todas las noches se siente mal. Nunca quiere jugar conmigo, pero al bebé sí que le coge en
brazos y le dice cosas bonitas. Es por lo de mi cara ¿verdad? Soy feo, por eso no me quiere.
—Oh, no debe usted decir más disparates. Está agotado y necesita dormir en condiciones.
Mañana lo verá usted de un modo distinto.
Pero no era así. Día tras día desde que él recordaba, su madre lo había recibido con una mueca de
asco, evitaba su presencia siempre que le era posible. Una vez había ido a la cocina para ver si podía
conseguir unas galletas y había sorprendido a Perkins y al ama de llaves conversando allí sentados.
—Esa mujer no alberga ni un sentimiento maternal hacia el pequeño. Esa marca que tiene de
nacimiento le da un aspecto terrible, pero es un chiquillo encantador, tranquilo y obediente como
pocos que yo haya visto. Se comporta con él de una forma cruel, solo es un niño.
—Los ricos son así —había contestado Perkins mientras daba un pequeño sorbo de una taza de
té—. Para ellos la idea de una familia es diferente que la que posee la gente común. El dinero y la
posición social están por encima del cariño. Tú y yo no comprendemos ni compartimos sus valores.
—¡Ni los quiero compartir! —había replicado ella—. Un hijo es lo más importante para una
madre, al menos para una madre humana. Hasta los animales protegen… ¡Oh!
La frase había quedado en suspenso cuando le había visto en el umbral de la puerta. Le dieron las
galletas que buscaba y él se marchó a seguir con sus juegos. Sin embargo, aquella conversación
quedó grabada en la memoria del pequeño, junto con sus terribles implicaciones.
Edward palideció ante las palabras de Montague.
—Supongo que lo que acabas de decir no es más que una broma. Posees un sentido del humor
extraño, Montague. Y no has escogido un buen momento para sacarlo a la superficie. Volvamos a
comenzar, si te parece. Ese viejo carcamal de Perkins debe haberse quedado dormido, pero yo
mismo puedo ofrecerte una copa de brandy, si te apetece.
—Mírame a los ojos, Edward, e intenta buscar en ellos el más mínimo rastro de jocosidad. En
absoluto se trata de una tomadura de pelo. Lee —dijo, tendiéndole los papeles que había extraído del
bolsillo de su levita.
El silencio era tan opresivo y denso que se podía palpar. Edward abrió la boca, como si se
dispusiese a replicar, pero lo pensó mejor. Alargó el brazo, tomó los papeles y se dispuso a leer.
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Fuego de noche, Hielo de dia
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A medida que sus ojos recorrían las líneas escritas, el sudor apareció en su cada vez más
demacrado rostro.
El final de una época es siempre el principio de otra nueva. La felicidad de Montague se acabó un
día que quedó marcado para siempre en su memoria. Una soleada tarde de primavera, para ser más
concretos. Lady Herncastle hizo llamar a la doncella, se disponía a salir.
—Prepárame al pequeño Edward y llévalo al cenador del jardín. Hace una tarde radiante y a
ambos nos vendrá bien un poco de sol y de aire puro, Penélope. Voy a mi habitación a vestirme.
No mucho después apareció la doncella con el cochecito del bebé. A Montague no lo habían
incluido en la invitación al paseo, por supuesto. A él lo llevaría a jugar la doncella más tarde, a otra
zona del jardín, lejos de su madre. Y en aquel momento el odio despertó en su mente infantil como
una descarga eléctrica. Sintió que todos le miraban con asco, sus propios padres le rechazaban y le
eludían como si incubase algo contagioso. Hasta a los criados los trataban mejor, por lo menos les
dirigían la palabra e incluso alguna sonrisa de vez en cuando, aunque solo fuese para darles órdenes.
La doncella había vuelto en busca de alguna cosa que había olvidado y había dejado al pequeño
Edward y el cochecito con el bebé en la parte superior de la escalera. Montague se quedó mirando
aquella especie de personilla arrugada y llorona, que reclamaba todas las atenciones y todo el cariño
de su madre. A pesar de su estatura, se asomó por entre los encajes que bordeaban el coche,
agarrándose al borde del mismo, que se inclinó un poco a pesar de las cuatro grandes ruedas que lo
sostenían de forma estable. El bebé movió las manos cuando le vio y emitió un gritito de alegría ante
la perspectiva del juego. Montague imaginó entonces a ese niño crecido, mofándose de él como los
demás, eludiendo el juego con su propio hermano, obteniendo la atención de sus padres y riéndose
entre dientes del «engendro».
No lo pensó dos veces. Eso no podía ocurrir. No si él podía evitarlo. No se convertiría en el
hazmerreír del pequeño también. Tomó el agarradero del carrito y lo empujó. Directo hacia la
escalera.
—¡Dios mío, no! ¡El bebé!
El grito de su madre cuando salía de la habitación fue aterrador y ensordecedor. En los dos
segundos que el cochecito tardó en alcanzar la parte superior de la escalera, ñ
lady Herncastle tuvo tiempo de recorrer los metros que la separaban de su retoño, en medio de un
revuelo de faldas y enaguas y de toda una serie de alaridos espeluznantes, desesperados. Se lanzó de
un prodigioso salto y empujó a un lado el coche, que chocó contra el esquinazo y rodó hacia la otra
parte del pasillo. Sin embargo, ella trastabilló y su pie no encontró el peldaño superior. Con un
estruendo indescriptible, rodó escaleras abajo.
Lo que ocurrió después dejó un recuerdo borroso en la mente del pequeño Montague, la doncella
gritando con el bebé en brazos, que chillaba también haciéndole coro. Seguramente se asomó a las
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Fuego de noche, Hielo de dia
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escaleras, pues recordaba la imagen de su madre tendida allí abajo en una postura imposible,
mientras un charco de sangre oscura aparecía por debajo de su cabeza y se iba agrandando. El
servicio había acudido de inmediato, al igual que el señor de la casa. Se acordaba con claridad del
dedo acusador de la cocinera, que le señalaba a él, y de la expresión de su progenitor, que le miraba
de un modo en que ningún padre debería mirar jamás a un hijo.
De ese día en adelante, el silenció reinó en la casa. Nadie parecía reparar en su presencia. Le
servían la comida y le mandaban a dormir, pero el pequeño vagaba por los numerosos pasillos a
cualquier hora, como un alma en pena, rumiando su tristeza. No se sentía culpable de nada, había
sido un accidente, pero todos le evitaban y ni siquiera le dirigían la palabra.
Este estado de cosas duró solo unas semanas. Una mañana, en uno de sus vagabundeos, escuchó
voces en el despacho de su padre. Se acercó de puntillas y escuchó detrás de la puerta.
—Las trágicas circunstancias acaecidas hacen que me vea obligado a tomar tan drástica decisión.
Espero que me comprenda y no me juzgue a la ligera, míster Druitt. Su sola visión me parte el alma,
ya no puedo soportarlo ni un día más.
—Soy un caballero, sir Edward. Honorable como el que más. Esta conversación quedará entre
estas cuatro paredes. Todo el mundo creerá que se trata de un sobrino que ha quedado huérfano.
Algunos de mis familiares viven en Escocia y nadie hará preguntas, dada la situación. No poseo un
título nobiliario como usted pero sí una considerable fortuna y una posición social lo bastante
preeminente como para garantizar lo que usted me pide. Mi esposa y yo no podemos tener hijos. Este
acuerdo conllevará un bien para ambas partes. Estoy convencido de ello.
—No quiero que le falte de nada. Por eso he recurrido a usted. Sé que en su hogar encontrará lo
que aquí ya no hay para él —la voz de sir Edward vaciló. Si el pequeño Montague hubiera podido
ver a través de la puerta habría conservado en su corazón la lágrima que rodó por el rostro de su
padre.
—Todo listo pues. Sepa que el niño será tratado con cariño y será educado como conviene a su
categoría. ¿Cuándo puedo venir por él?
—No será necesaria tal cosa. Perkins se encargará de llevarlo en la calesa dentro de unos días,
junto con sus pertenencias. Me gustaría… —durante un breve instante la expresión de sir Edward
estuvo a punto de reblandecerse, pero una fracción de segundo más tarde el rictus de acero había
vuelto a ocupar su lugar—, es igual —estrechó la mano de míster Druitt—. Confío en haber acertado
con la persona. Que tenga un buen día.
El pequeño Montague había corrido tras una esquina del pasillo antes de que ambos hombres
salieran por la puerta, el corazón a punto de reventarle el pecho. ¿Qué había hecho su padre? Su
lógica infantil intentaba encajar las piezas, sin éxito.
Unos días después le subieron al coche y le llevaron a una finca en el campo. No hubo despedida
de su padre, ni siquiera le vio ese día. Tampoco dijo adiós al bebé ni a la doncella. Le despertaron
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temprano y, en cuanto hubo tomado el desayuno, le sacaron de la casa junto con sus ropas y sus
juguetes. El viaje llevó unas horas. Perkins solo se dirigió a él al final del trayecto, para decirle que
desde ese momento viviría allí, con una buena familia y que le deseaba mucha suerte al señor,
balbució entre lágrimas mientras le revolvía el pelo. «Deseo que sea usted un hombre de provecho,
señor Montague. Y que crezca como la buena persona que lleva dentro». Acto seguido había subido
al carruaje y se había alejado, dejándole solo delante de la puerta de aquella enorme casa.
No lloró. Los Druitt se habían portado bien con él y su mente infantil había sepultado el
recuerdo doloroso de sus primeros años de vida como el que desecha un juguete inservible y
estropeado.
Se convirtió en un abogado de primera categoría y se mudó a Londres, donde fue
encontrando un lugar entre los círculos más selectos de la sociedad. Todo había ido bien hasta que,
un par de años atrás, su padre le hizo llamar a la casa del campo. Lo encontró postrado en cama,
moribundo.
—¡Oh, padre! ¿Por qué no me ha hecho llamar antes? Habría acudido de inmediato.
—Nada podrías haber hecho, hijo mío. La enfermedad me ha devorado de una manera
imprevista y rauda. Sin embargo, no deseo abandonar este mundo sin despedirme de ti… y sin
explicarte algo. No… creo… que fuese justo para ti. Has de saber… saber quién eres.
Apenas si podía respirar. Al mismo tiempo de hablar sonaba en su pecho un gorgoteo
preocupante. Montague poseía bastantes conocimientos de medicina adquiridos de su progenitor. Ese
silbido indicaba que los pulmones se habían anegado de líquido. El corazón se le partió en mil
pedazos.
—No haga esfuerzos innecesarios, padre. No se excite, no es bueno para su salud.
John Druitt padre se esforzaba por alcanzar el cajón superior de la mesilla, pero sus dedos no
conseguían su propósito. Montague lo abrió por él. Unos documentos yacían en el fondo. Los extrajo
y los dejó en la mano de su padre.
—No… —dijo éste—, son para ti. Espero que hagas buen uso de ellos. Me voy con el deseo
de haber sido un buen padre para ti, ojalá no olvides todo lo que…
La mano de John Druitt cayó sobre la cama y su mirada quedó vacía. Había muerto.
Montague lloró junto al lecho durante un buen rato antes de llamar a los demás. Se escabulló del
coro de lamentos y sollozos y se retiró a su habitación. Entonces reparó en los documentos que aún
sostenía en la mano. Se secó los ojos y los abrió.
En un instante todo volvió de repente. Lo que había sido olvidado y desterrado de su pecho
se abrió camino a través del pasado para golpearlo con crueldad. Su padre, el hombre que él pensaba
que lo era, había firmado un acuerdo con sir Edward Herncastle, su verdadero padre, para que se
hiciese cargo de él como si de un hijo se tratara. A cambio, recibiría una asignación anual hasta la
mayoría de edad del niño, junto con el compromiso de no revelar, mientras viviera, el secreto a
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nadie. La furia hizo presa en Montague, recordó los momentos amargos de su infancia, el desprecio,
la falta de amor y la humillación sufridas. Su madre muerta, la cocinera señalándole, la doncella que
ni siquiera le miraba a la cara. Apretó los puños hasta hacerse sangre con las uñas en las palmas de
las manos. No podía ya decirle nada a sir Edward, muerto años atrás, pero sí al hijo. Su propio
hermano. Aquel con el que compartía tantas tardes en el club y al que tanto había llegado a apreciar.
En aquel momento se juró a sí mismo que recuperaría lo que era suyo. Esperaría, sería paciente, pero
llegaría el día en que Edward tendría noticias del desdichado Montague, el que no tenía éxito con las
mujeres a causa de la deformidad de su rostro. Esa misma noche volvió a Londres y la sangre
empezó a derramarse.
A sir Edward le costó un esfuerzo titánico controlarse. La mandíbula le temblaba de la rabia.
—Todo esto no son más que embustes. Yo no tengo ningún hermano.
—Es natural que padre no te lo contara —Montague sonrió con frialdad—. El pequeño monstruo
solo suponía un incordio para la intachable estirpe de los Herncastle. Un primogénito así en la casa
era intolerable.
—¿Y por qué nadie comentó nada sobre tu existencia? Ni siquiera la servidumbre, ni un
comentario, jamás.
—Me resulta difícil de creer esa ingenuidad en ti, hermano. Los criados no chismorrean con sus
amos. Seguro que padre se encargó de que mantuviesen la boca cerrada… en su propio beneficio.
—No me llames hermano. Sea como fuere, todo esto —extendió el brazo para devolverle los
papeles a Montague—, no son más que mentiras sobre un papel. No significan nada, ni tú te
encuentras en disposición de demostrar nada, ni de exigirlo. Habrías de dar muchas explicaciones —
un brillo iluminó los ojos de Edward al caer en la cuenta de un detalle—, por ejemplo, sobre la
muerte de madre. Siempre me hicieron creer que ocurrió de forma accidental, pero a la luz de lo que
se refleja en ese escrito, tú no serías sino un criminal. Uno que acabó con la vida de su propia madre.
El fuego asomó a la mirada de Montague y encendió sus mejillas. Apretó tanto los dientes que el
rechinar se hizo audible en el silencio de la sala.
—¡Yo no la maté! —espetó, levantando el tono de voz— ¡Fue un accidente! ¡Eras tú quien
debería haberse precipitado por las escaleras! ¡El centro de todas las atenciones! ¡No como tu
hermano, el esperpento deforme! —Montague se dio cuenta de que había dado un paso en falso, pero
ya era demasiado tarde para lamentarlo, las cartas estaban sobre la mesa, era todo o nada.
—¡Fuera de aquí! —Edward también gritó, cualquier resto de autocontrol había desaparecido—
¡No quiero volver a verte nunca más o me encargaré de arruinar tu aburrida existencia! ¡No eres un
Herncastle y no obtendrás nada de mí! Si no desapareces ahora mismo yo…
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—¿Qué es lo que vas a hacer, hermano? —Montague sacó el cuchillo y lo esgrimió, acercándose
a Edward— Todo lo que posees me pertenece, y lo demostraré. Y no vas a hacer nada, si quieres
contemplar la luz del alba.
—¿Estás loco? —Edward retrocedió un paso hasta la chimenea. El instinto de supervivencia se
impuso y se agachó para hacerse con el atizador—. Vamos, acércate. No tienes valor para usarlo —
su voz sonaba cargada de odio mientras señalaba el cuchillo en la mano de Montague. Éste, para su
sorpresa, se echó a reír, una carcajada llena de desprecio y de furia. Sus facciones denotaban una
irracionalidad que asustaba, se le veía fuera de sí. Había traspasado la línea que lo mantenía dentro
de los límites de la cordura.
—Claro que lo haré, Edward. De hecho, ya lo he hecho muchas veces antes, aunque tú serás el
primer hombre.
Edward frunció el ceño, confuso. Tardó un poco en hallar sentido a las palabras de Montague.
Cuando se dio cuenta de lo que significaban, de su conexión con el sanguinario Jack el Destripador,
la rabia dio paso primero a la estupefacción, luego a la repugnancia y finalmente al miedo. Terror al
pensar que estaba casi a solas con un carnicero inhumano y despiadado.
—No… no puede ser cierto. Tú no puedes… —aunque intentaba recuperar el control de sí
mismo, la voz le salió temblorosa, balbuceante.
—¡Maldito estúpido! ¿Qué sabes tú de mí? Yo, sin embargo, llevo mucho tiempo vigilándote,
pendiente de tus movimientos, de tus entradas y salidas, esperando este día. El día en que todo
volverá a su lug…
El estruendo dejó a Edward sordo durante unos instantes. Era como si se hubiera hundido el cielo
sin avisar, a punto estuvo de ver salir su propio corazón por la boca. Hasta que el olor a pólvora
inundó sus fosas nasales. Montague lucía una expresión de sorpresa, se había quedado con la boca y
los ojos abiertos, igual que si el tiempo se hubiera detenido para él. Entonces cayó desplomado en el
suelo. Al poco un reguero de sangre comenzó a aparecer debajo del cuerpo muerto.
Edward levantó la vista. Contra el hueco de la puerta, una silueta se dibujaba. La silueta de un
hombre ligeramente encorvado.
—¡P-Perkins!
La mano del anciano, temblorosa, dejó caer la pistola, como si pesase una tonelada. El hombre
farfulló unas palabras casi ininteligibles, pastosas, atropelladas.
—Yo… le pido disculpas al señor. Escuché las voces… el tono de la disputa. Las amenazas
cuando me acerqué. Abrí la vitrina y tomé la pistola del señor y yo… yo… lo lamento muchísimo,
pero pensé que la vida del señor peligraba y… y…
—¡Dios mío, Perkins! ¡Acaba usted de salvarme la vida, bendito sea! ¡No tema, nada de esto ha
de saberse! —Edward vio la oportunidad antes sus ojos, no podía permitir que nadie relacionara su
apellido con aquel asunto, alguien podría sentir curiosidad, indagar… apartó la desagradable idea
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Fuego de noche, Hielo de dia
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con una sacudida de cabeza—. Llame al lacayo, que se apresure a deshacerse de… esto. Ahora
mismo. Y diga a la doncella que limpie el suelo antes de que la sangre manche la alfombra.
¡Apresúrese, hombre, no se quede ahí como un pasmarote!
Perkins obedeció, como siempre lo había hecho durante toda su vida. Edward reunió a los criados
y se aseguró de que a ninguno de los tres se le escapara ni una palabra acerca de lo sucedido.
Para el viejo mayordomo, alterado como estaba, el sueño no llegó ni esa noche ni muchas de las
que siguieron. Mientras el lacayo descargaba un fardo de un carretón y, en plena noche, lo arrojaba
por un puente al Támesis —donde varias semanas después encontrarían el cuerpo de Montague en
avanzado estado de descomposición—, él miraba a través de la ventana de su cuarto y pensaba en
toda la maldad de la que era capaz el ser humano, y en cuántos crímenes se cometían sin necesidad
de un cuchillo ni de una pistola.
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