De cómo se creó la gente
Cuento guatemalteco
Al principio, había calma, silencio.
Todo estaba inmóvil. La bóveda del firmamento
estaba intacta. No había hombres, ni animales,
ni árboles, ni piedras, ni cuevas; sólo el cielo
y un agua inmóvil y en clama total. Nada existía, todo estaba en clama.
Los creadores Tepeu y Gucumatz se reunieron. Se sentaron sobre hermosas
plumas verdes y azules, rodeados de luz, y acordaron unir sus palabras y pensamientos.
Entonces decidieron que tenía que haber algo más. Así lo acordaron en las tinieblas cerca
del Corazón del Cielo Huracán. Los siguientes tres componen el Corazón del cielo
Huracán: el primero se llama Caculhá-Huracán, el segundo es Chipi-Caculhá, y el tercero
Raxa-Caculhá.
Entonces Tepeu y Gucumatz hablaron: --Que el vacío se llene. Que el agua
retroceda. Que la tierra aparezca y se haga firme. ¡Que así sea!
--¡Tierra! Dijeron al unísono, y al instante se crearon las montañas, se formaron
los valles, fluyeron las corrientes de agua que fueron separadas por las altas montañas.
Aparecieron bosques y desiertos; y así fue como se formo la tierra. --Nuestra obra,
nuestra creación debe completarse, exclamaron.
Entonces hicieron a los animales pequeños, los guardianes del bosque, los
venados, los pájaros, los pumas, los jaguares, las serpientes, las culebras, las víboras.
Tepeu y Gucumatz le dijeron a cada uno de los animales donde iban a vivir.
Le hablaron al venado: --Vas a dormir en los campos que hay a la orilla del río y
por las cañadas. Todos ustedes andarán en cuatro patas, y así fue. Les asignaron vivienda
a Leo pájaros grandes y pequeños: --ustedes dormirán en los árboles y las enredaderas.
Le dieron a cada animal su lugar; y todos fueron a buscar sus hogares y sus nidos.
Cuando lo dioses habían creado a los pájaros y alo animales de cuatro patas, les
ordenaron: --Hablen con su propia voz. Y así se les dijo a todos los animales, grandes y
pequeños. –Hablen pues, alábennos a su madre y a su padre; invoquen pues a Tepeu,
Gucumatz, Caculhcá Huracán, Chipi- Caculhcá, Raxa- Caculhcá, al Corazón del Cielo,
Corazón de la Tierra, al Creador Hacedor; hablen, y que su alabanza se derrame sobre
nosotros, invóquennos, adórennos.
Pero los creadores no sabían hablar como ellos que gruñían, cacareaban, chillaban
y siseaban. Ninguno pudo articular palabra. Entonces los dioses exclamaron: --No pueden
hablar, ni alabarnos, ni adorarnos, ni decir nuestros nombres; y por eso hemos cambiado
de opinión. Seguirán teniendo casa y alimento, pero habrá otros que nos adoren.
Crearemos otros seres que sean obedientes. Y como no pudieron hablar, los animales
fueron condenados a morir y servir de comida.
Los creadores dijeron: --¡Intentémoslo de nuevo! ¡Tenemos que hacer esto antes
que amanezca! Tomaron barro amarillo, negro, blanco y rojo; y con el barro hicieron a la
gente. Pero el barro se derritió porque era suave y no tenía fuerza. La gente de barro
hablaba pero no tenía ni mente ni alma. Los dioses exclamaron: --Esta gente de barro no
pueden alabarnos, ni honrarnos. ¡Vamos a terminar con ellos! Destruyeron su obra
aplastando a la gente de barro.
Esta vez, los dioses les llevaron palitos de madera a Ixpiyacoc, abuelo del día, y a
Chiracán Xmucané, abuela del amanecer. --¿Pueden estos palitos convertirse en humanos
y hablar y pensar? ¿Podrán adorarnos? Le preguntaron los dioses a los adivinos.
Se reunieron todos en un consejo. Los adivinos echaron al suelo granos de tzité y
del maíz. –Tú maíz, tú tzité, júntense y háblense uno al otro. --¡Destino! ¡Criatura!
Dijeron al maíz. –Digan si es bueno que los palitos se conviertan en hombres. Invocaron
al tzité: --Corazón del Cielo, ¡no castigues a Tepeu y a Gucumatz!
El anciano y la anciana miraron al patrón que habían formado el tzié y el
maíz, y sonriendo dijeron: --Sus hombres de palo tendrán éxito. Hablarán y caminarán.
--Que así sea, dijeron los dioses, y al instante las figuras se hicieron hombres.
Existieron y se multiplicaron, hablaban como hombres, tuvieron hijos y cubrieron la
tierra. Pero tampoco tenían alma ni mente, y por eso no se acordaban de su creador.
Caminaban sin rumbo y en cuatro pata. Ya no se acordaban del Corazón del Cielo y por
lo tanto perdieron su favor. Su habla no tenía expresión, sus manos y piernas eran débiles.
No tenían humedad ni sangre, eran secos y amarillentos. Y esos fueron los primeros
hombres que vivieron en la tierra.
Los dioses estaban enojados y destruyeron las figuras de madera. Primero, el
Corazón del Cielo aflojo un diluvio sobre ellos. Entonces los dioses los cubrieron de una
resina espesa. Y todo se puso en contra de los hombres de madera. Los animales los
destruyeron, las piedras los molieron, y las ollas y sartenes los quemaban. --Ustedes se
han alimentado de nosotros, ahora nosotros los comeremos a ustedes, dijeron los perros y
los pájaros.
Corrían los hombres desesperados tratando de subir a las casas, a los árboles, o
esconderse en las cavernas; pero todo se derrumbaba. Sólo unos se escaparon, y se dice
que los monos son sus descendientes y por eso se parecen tanto al hombre.
Finalmente los dioses decidieron hacer gente nueva que tuviera carne, huesos e
inteligencia. Se apresuraron para crearlos antes de la luz del día. Se reunieron y tuvieron
el consejo en las tinieblas y en la luz, justo antes que el sol, la luna y las estrellas
aparecieran.
Los animales llevaron a los dioses a la tierra llamada Pazil de Cayá, llena de
placeres y abundancia de frutas miel y maíz blanco y amarillo. Los dioses desgranaron el
maíz y los disolvieron en agua de rocío. Tepeu y Gucumatz prepararon nueve bebidas
para crear y prolongar la vida de los nuevos humanos. Entonces los dioses les dieron la
forma a los hombres con la masa amarilla y blanca; moldeando el tronco, los brazos y las
piernas. Moldearon los cuerpos en forma de hombre, quienes caminaron con la espalda
derecha y la cabeza en alto con gran facilidad y velocidad. Se crearon sólo cuatro
hombres que tenían uso de razón: Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Malam.
Y los dioses les preguntaron: --¿Ven, oyen? Miren el mundo, las montañas, y los valles.
En seguida los hombres mostraron su inteligencia y les respondieron: --Gracias
por nuestra existencia. Vemos y entendemos lo que hay bajo el cielo y en la tierra.
Entendemos lo que se estremece en el mundo de los espíritus. Los dioses les hicieron
muchas preguntas y los hombres entendieron y contestaron todo muy bien. También les
dijeron que entendían que debían honrar y alabar a los dioses. Estos hombres podían ver
grandes distancias, lograron conocer todo el mundo y su sabiduría era muy grande.
Pero los dioses todavía no estaban satisfechos. –Nuestras criaturas ven y saben
demasiado. Queremos hombres que nos adoren. ¡No queremos dioses! Tenemos que
detener sus deseos. Los dioses meditaron sobre los hombres inteligentes, Entonces el
Corazón del Cielo, Huracán, sopló una llovizna sobre los ojos de los hombres para
empañarles la vista como cuando se sopla en un espejo. Se les cubrieron los ojos y sólo
pudieron ver lo que les quedaba cerca.
Para que los hombres no estuvieran solos, los dioses crearon a las mujeres. Las
moldearon de la misma manera. Las pusieron al lado de los hombres, y cuando los
hombres y las mujeres se despertaron y se vieron unos a los otros, se quedaron
complacidos. Los hombres y las mujeres estaban llenos de felicidad y se hicieron
compañeros. Los nombres de las mujeres eran: Cahá-Paluna, que era la pareja de BalamQuitzé; Tzuniniha, la pareja de Mahucutah; Chomihá, la pareja de Balam-Acab; y
Caquixahá, la pareja de Iqui-Balam.
Tuvieron hijos y sus hijos tuvieron hijos, y pronto cubrieron la tierra. Y así fue
como se creó la gente.
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