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La conexión cósmica
Una perspectiva extraterrestre
Carl Sagan
Título original: The cosmic connection - An extraterrestrial perspective
Traducción: Jaime Piñeiro
Índice
Prefacio
8
Primera Parte: Perspectivas cósmicas
1. Un animal de transición
14
2. El unicornio de Cetus
19
3. Un mensaje de la Tierra
24
4. Un mensaje a la Tierra
28
5. Experimentos en utopías
38
6. Chauvinismo
43
7. La exploración del espacio como empresa humana
científico
51
8. La exploración del espacio como empresa humana
público
57
9. La exploración del espacio como empresa humana
histórico
62
12
- 1. El interés
- 2. El interés
- 3. El interés
Segunda parte: El Sistema Solar
67
10. Sobre la enseñanza de primer grado
68
11. Los legendarios dioses de la antigüedad
71
12. La historia detectivesca de Venus
74
13. Venus es el Infierno
79
14. Ciencia e «Inteligencia»
83
15. Las lunas de Barsoom
88
16. Las montañas de Marte - 1. Observaciones desde la Tierra
17. Las montañas de Marte - 2. Observaciones desde el espacio
18. Los canales de Marte
110
19. Las fotografías perdidas de Marte
115
20. La edad del hielo y la caldera
119
21. Comienzos y finales de la Tierra
122
22. Terraformación de los planetas
124
23. La exploración y utilización del Sistema Solar
129
Tercera parte: Mas allá del sistema solar
137
24. Algunos de mis mejores amigos son delfines
138
25. ¡Oiga! ¿Distribución Central? ¡Envíenme veinte extraterrestres!
100
105
149
26. La conexión cósmica
152
27. Vida extraterrestre: una idea cuyo momento ha llegado
28. ¿Ha sido visitada la Tierra?
163
29. Estrategia en la búsqueda de la inteligencia extraterrestre
30. Si tenemos éxito...
173
31. Cables, tambores y caracolas
178
32. Tren nocturno a las estrellas
182
33. Astroingeniería
184
34. Veinte preguntas: una clasificación de civilizaciones cósmicas
35. Intercambios culturales galácticos
192
36. Entrada al Infinito
195
37. Habitantes de las estrellas - 1. Una fábula
199
38. Habitantes de las estrellas - 2. Un futuro
204
39. Habitantes de las estrellas - 3. Los gatos negros cósmicos
157
169
187
209
Dedicado a mis hijos Dorion, Jeremy y Nicholas.
Ojalá que su futuro –y el de todos los humanos así como otros seres– se presente lleno
de promesas.
Les mystères des Infinis de Grandville, 1844.
Prefacio
Cuando yo tenía doce años, mi abuelo me preguntó –mediante un traductor, pues nunca
había aprendido bien el inglés– qué quería ser cuando fuese mayor. Le respondí que
«astrónomo», palabra que al cabo de unos momentos le tradujeron.
«Sí –respondió–, ¿pero cómo te ganarás la vida?»
Yo suponía que al igual que todas las personas adultas que conocía, me tendría que
limitar a efectuar un trabajo aburrido, monótono, carente de todo poder creativo. A la
astronomía sólo podría dedicarme en los fines de semana. Cuando estudiaba el segundo
año en la escuela superior descubrí que algunos astrónomos recibían una paga o sueldo
por seguir cultivando su pasión. Entonces me sentí abrumado por un enorme gozo; sin
duda alguna, podría dedicar todo mi tiempo a lo que más me gustaba y a lo que más me
interesaba.
Incluso hoy día hay momentos en que lo que hago me parece un sueño improbable,
aunque sí sumamente agradable. Tomar parte en la exploración de Venus, Marte, Júpiter
y Saturno; reproducir, repetir los pasos que condujeron al origen de la vida hace cuatro
mil millones de años en una Tierra muy diferente a la que conocemos; depositar
instrumentos en Marte para buscar allí la vida, y, quizá, dedicar serios esfuerzos a
comunicarnos con otros seres inteligentes, si los hay, ahí fuera, en la formidable
obscuridad del firmamento nocturno.
Si hubiera nacido cincuenta años antes, no hubiese podido dedicarme a ninguna de esas
actividades. Por entonces, no eran más que producto de una imaginación especulativa.
Si hubiera nacido cincuenta años más tarde, tampoco habría podido dedicar mi vida a
estas actividades, excepto, posiblemente, a la última de las mencionadas, ya que dentro
de cincuenta años, a partir de ahora, se habrá dado fin a un reconocimiento preliminar
del Sistema Solar, de la búsqueda de vida en Marte y del estudio del origen de la vida.
Me considero sumamente afortunado de vivir en un momento de la historia de la
Humanidad cuando se están emprendiendo tales aventuras.
De manera que cuando Jerome Agel vino a verme para que escribiera un libro que fuese
popular, un libro que tratara de comunicar a los demás mis opiniones sobre las
investigaciones emprendidas y la misma importancia de estas aventuras, acepté tal
responsabilidad, aun cuando su sugerencia llegaba poco antes de que se llevase a cabo
la misión Mariner 9 a Marte, hecho que estaba seguro ocuparía la mayor parte de mi
tiempo durante muchos meses. En una ocasión posterior, después de charlar acerca de
la comunicación con la inteligencia extraterrestre, Agel y yo cenamos en un restaurante
polinesio de Boston. Mi horóscopo del día decía: «Muy pronto se te exigirá que descifres
un importante mensaje.» Por supuesto, aunque lo del horóscopo no pasaba de ser un
juego infantil, el presagio, el pronóstico, era bueno.
Al cabo de siglos de confusas conjeturas, de especulaciones absurdas, conservadurismo
indigesto y desinterés carente de toda posible imaginación, por fin ha llegado a su
mayoría de edad el tema de la vida extraterrestre, y en la actualidad ha alcanzado una
etapa práctica donde se la puede estudiar mediante técnicas rigurosamente científicas,
una etapa en la que ha conseguido respetabilidad científica y en la que, asimismo, se
entiende ampliamente su significado. Por esa razón, repito, la vida extraterrestre acaba
de alcanzar su mayoría de edad.
Este libro se divide en tres partes a cual más importante. En la primera intento transmitir
el sentido de la perspectiva cósmica viviendo fuera de nuestras vidas en un diminuto
trozo de roca y metal circundando una de las doscientas cincuenta mil millones de
estrellas que forman nuestra galaxia en un Universo de miles de millones de galaxias. La
declinación de una de nuestras más comunes concepciones, o de uno de nuestros más
vulgares engreimientos, también es una de las aplicaciones prácticas de la astronomía.
La segunda parte de! libro se relaciona con varios aspectos de nuestro Sistema Solar –
principalmente con la Tierra, Marte y Venus–. Aquí pueden hallarse algunos de los
resultados e implicaciones del Mariner 9. La tercera parte se dedica a la posibilidad de
comunicación con la inteligencia extraterrestre en planetas de otras estrellas. Puesto que
todavía no se ha establecido ningún contacto –nuestros esfuerzos hasta la fecha han
sido débiles–, esta parte es necesariamente especulativa. No he dudado en conjeturar
dentro de lo que estimo puedan ser los límites normales de una plausibilidad científica.
Y aunque no soy, por formación, un filósofo, sociólogo o historiador, no he dudado en
esbozar implicaciones históricas, sociológicas y filosóficas de astronomía de exploración
del espacio.
Desde aquí me atrevería a decir que los descubrimientos astronómicos que estamos a
punto de conseguir son del más amplio significado humano. Si este libro llega a
desempeñar un pequeño papel en aumentar el interés público por estas aventuras
exploratorias, creo que habrá hecho honor a su propósito.
Al igual que ha sucedido con trabajos anteriores a éste, sobre todo si se basan en temas
especulativos, algunas de las declaraciones que aparecen en estas páginas despertarán
enérgicas objeciones. Existen otros libros en los que se exponen distintas opiniones. La
discusión razonada es el alma de la ciencia, como no lo es, por desgracia, en el terreno
intelectualmente más anémico de la política. Pero creo que las opiniones que ofrecen
ocasión de una mayor controversia y que aquí se exponen, tienen, sin embargo, valiosos
elementos de significado científico. Deliberadamente he introducido el mismo concepto
en contextos ligeramente diferentes y en ciertos lugares donde creí se precisaba de la
discusión. El libro está cuidadosamente estructurado, pero, para aquellos lectores que
sólo deseen escudriñar, la mayor parte de los capítulos les ofrecerán todos los elementos
adecuados para llevarlo a cabo.
Fueron demasiadas las personas que me ayudaron a configurar las opiniones que
expongo sobre estos temas como para poder expresarles mi reconocimiento a todas
ellas desde estas páginas, pero al releer los capítulos considero que me encuentro
especialmente en deuda con Joseph Veverka y Frank Drake, ambos de la Cornell
University, y con quienes durante los últimos años discutí tantos aspectos de esta obra.
El libro fue redactado parcialmente durante un largo viaje transcontinental en un
automóvil muy pequeño. Doy las gracias a Linda y a Nicholas por su estímulo y paciencia.
También agradezco a Linda los dos dibujos en los que aparecen dos apuestos seres
humanos y un elegante unicornio. Por otro lado, expreso mi profundo reconocimiento al
fallecido Mauritz Escher, por el permiso concedido para reproducir su Otro Mundo, y a
Robert Macintyre, por la figura humana y campo de estrellas de la tercera parte. Los
cuadros y dibujos de John Lomberg constituyeron, para mí, auténtica fuente de emoción
estética e intelectual, y le agradezco la producción de muchos de ellos especialmente
para este libro. Las cuidadosas reproducciones fotográficas de Hermann Eckleman sobre
la obra de Lomberg han facilitado mucho su publicación en este libro. Y, por supuesto,
doy las gracias a Jerome Agel, sin cuya dedicación y perseverancia este libro jamás se
hubiese escrito.
Por otra parte, me siento en deuda con John Naugle, de la NASA, por mostrarme su
archivo de respuestas de la opinión pública a la placa del Pioneer 10; con el Oregon
System of Higher Education, por el permiso concedido para reproducir algunas ideas de
mi libro Planetary exploration; al Forum de Historia Contemporánea, de Santa Bárbara,
por el permiso para publicar una parte de mi carta distribuida por el Forum en enero de
1973; a la Cornell University Press, por el permiso para reimprimir parte de mi capítulo
«Los extraterrestres y otras hipótesis», de UFO's: A scientific debate, editado por Carl
Sagan y Thornton Page, Cornell University Press, 1972. Asimismo, estoy muy reconocido
a todos cuantos me han autorizado a reproducir, en el capítulo IV, sus observaciones
sobre la placa Pioneer 10. La evolución de este libro a través de muchas maquetas sin
duda se debe mucho a la capacidad técnica de Jo Ann Cowan y, sobre todo, de Mary
Szymanski.
Carl Sagan
Otro Mundo de M. C. Escher.
Primera Parte: Perspectivas cósmicas
No dejaremos de explorar
y al final de toda nuestra investigación
habremos llegado a donde comenzamos
y conoceremos el lugar por vez primera...
cuando las lenguas de fuego se plieguen
para formar un nudo de fuego
y el fuego y la rosa sean sólo uno.
T. S. Eliot
Four quartets
Imagen sin título de Jon Lomberg.
1. Un animal de transición
Hace cinco mil millones de años, cuando apareció el Sol, el Sistema Solar se transformó
desde una negrura impenetrable a un cegador chorro de luz. En las partes interiores del
Sistema Solar, los primeros planetas eran grupos irregulares de roca y metal –los
desechos, los constituyentes menores de la nube inicial, el material que no se había
alejado tras la ignición del Sol.
Estos planetas se calentaron al formarse. Los gases atrapados en su interior fueron
exudándose, valga la expresión, para formar atmósferas. Se derritieron sus superficies y
los volcanes fueron cosa común.
Las primeras atmósferas se componían de los más diversos átomos y eran muy ricas en
hidrógeno. La luz del Sol, al incidir sobre las moléculas de la primitiva temprana
atmósfera, las excitó, provocó choques moleculares y produjo moléculas de mayor tamaño. Bajo las inexorables leyes de la Química y la Física, estas moléculas actuaron
recíprocamente, formaron verdaderos océanos y dieron lugar a la producción de otras
moléculas mucho mayores, moléculas bastante más complejas que aquellos átomos iniciales de las cuales se habían formado, pero todavía microscópicas ante toda posible
medida o norma humana.
Estas moléculas, notablemente suficientes, son las que nos forman. Los bloques de
construcción, por así decirlo, de los ácidos nucleicos, que constituyen nuestro material
hereditario, y los bloques de cimentación de las proteínas, los obreros que ejecutan el
trabajo de la célula, se produjeron de la atmósfera y océanos de la primitiva Tierra.
Sabemos esto porque hoy día podemos reproducir dichas moléculas repitiendo las
condiciones primitivas.
Casualmente, hace muchos miles de millones de años, se formó una molécula que
poseía una capacidad notable. Era capaz de producir, de los bloques de construcción
moleculares de las aguas circunstantes, una copia de sí misma, un doble de sí misma
bastante exacto. En este sistema molecular hay un conjunto de instrucciones, un código
molecular que contiene la secuencia de bloques de edificación de los cuales se construye
la molécula mayor. Cuando, por accidente, se produce un cambio en la secuencia,
también se modifica la copia o lo que hemos llamado «doble». Semejante sistema
molecular –capaz de replicación, mutación y repetición de sus mutaciones– puede
denominarse «vivo». Es una colección de moléculas que puede evolucionar mediante la
selección natural. Las moléculas capaces de replicar con mayor rapidez, o de reproducir
bloques de construcción partiendo de cuanto les rodea para alcanzar una mayor
variedad, una variedad más útil, se reprodujeron con mayor eficacia que sus
competidoras, y con el tiempo dominaron.
Pero las condiciones cambiaron gradualmente. El hidrógeno escapó al espacio. La
producción de bloques moleculares de edificación declinó. Disminuyó el material
alimenticio que, antiguamente, existía en gran abundancia. Se expulsó a la vida del jardín
molecular del Edén. Tan sólo fueron capaces de sobre...
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