Guerra fallida

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Guerra fallida
Álex Covarrubias Valdenebro*
Los cafés que reciben y comercian mariguana en Holanda se confunden con cualquier pequeño restaurante del
Distrito Red Light, donde uno puede degustar el más delicioso chocolate de menta con pastelillos edulcorados en
los kilómetros a la redonda de los Países Bajos.
El extranjero de nuestro hemisferio, forjado en una cultura donde la doble moral de las prohibiciones marca la
pauta, no puede más que ir de sorpresa en sorpresa. Más cuando a cualquier hora se puede encontrar a una pareja
de cualquier edad o grupo de jóvenes fumando un pitillo sentados a la vera de los canales magníficos o los túneles
laberínticos de Amsterdam. O en los senderos tapizados de cantera, adoquín y magnolias perfumadas de negro
que llevan a la Casa de Ana Frank, o a las luces reminiscentes del misterio del Reloj de la Noche de Rembrandt.
Lo más extraordinario es que no pasa nada. Nadie los molesta porque a nadie molestan.
Y así la escasa policía de uno de los países más seguros, libres y pacifistas del orbe puede dedicarse a los asuntos
substantivos de protección de sus ciudadanos –que debieran de ser los asuntos substantivos de todas las policías
de todos los lugares del mundo–.
Es fácil advertirlo: Después de años de avanzar en una estrategia alternativa para el consumo público de drogas
(la estrategia de “Reducción de Daños”) frente a la estrategia estadounidense dominante (la de “Tolerancia
Cero”), el tema de la droga no es tema en Holanda.
Reveladoramente, en Holanda como en el resto de Países Bajos, en Suiza y en Australia –el grupo de países al
frente de esta estrategia de “Control de Daños” para el uso de drogas “recreativas”–, el consumo de drogas no es
mayor que el de países desarrollados aferrados a la penalización. Ni tampoco ha aumentado en estos años de
progresiva liberalización del uso de canabis. Por ejemplo, en EU el consumo promedio de mariguana es el doble
del de Holanda.
Tampoco las mafias se han apoderado del país. Al contrario han desaparecido. Por otra parte la estrategia de
“Control de Daños” evita que drogas adulteradas –ésas que matan a miles en México y América– lleguen a la
población, y se concentra en la prevención, la educación y la responsabilidad para el consumo. Justamente como
se hace en una buena campaña para prevenir el alcoholismo.
Todos estos son argumentos y son evidencias de hechos demasiado contundentes como para ser ignorados al
momento de hablar de la lucha contra el crimen organizado y las bandas de narcotraficantes. Y, sin embargo, son
ignorados.
México, al igual que todos los países embarcados en la óptica de que prohibir es combatir, continua en esta batalla
creciente de cruzar leyes y balazos prohibitivos contra negocios e inconsciencias criminales. Una batalla devenida
en una guerra auténtica.
A lo largo del País, en los primeros tres meses del año se perdió una vida cada tres horas producto de la misma
guerra.
En la semana previa, la masacre de Virginia Tech perpetrada por Cho Seung Hi fue empatada por la veintena de
muertos que en un solo día cobró la guerra Estado-‘Narcos’. Ésta ya es una lucha que cobra más muertes que las
llamadas a prevenir.
¿Qué guerra es justificable en estos términos? Ésos son los signos de su esterilidad anunciada y de sus fracasos
mayores. ¿O alguien puede citar tres meses en la historia nacional en que un adicto haya muerto cada tres horas o
un día en que uno haya expirado cada hora?
Esta percepción de la esterilidad y el fracaso de la estrategia dominante de confrontación es también creciente. En
junio de 1998 apareció en el New York Times un manifiesto bastante explícito que rezaba: “Creemos que la
guerra contra las drogas está causando más daño que las drogas mismas”. Lo firmaba un grupo numeroso de
personalidades de todo el mundo, incluyendo al ex secretario general de la ONU, Javier Pérez de Cuéllar, ex
presidentes de diversos países y varios Premios Nobel. Hablaba de los temas que aquí reproduzco:
? De la ineficiencia e inutilidad de las políticas actuales
? De cómo han terminado por frenar la introducción de estrategias innovadoras
? De cómo persistir en la política actual generará un deterioro por partida doble: En el consumo y negocios
vinculados a las drogas y en una creciente falta de credibilidad de la opinión pública en la efectividad y
honestidad de sus gobiernos. Junto con sus policías.
Hace unos días, Alejandro Valenzuela –esa mente incisiva de Vícam que habita entre nosotros– nos dio a conocer
un escrito donde emplea las herramientas de la teoría económica para demostrar la inutilidad de la violencia
contra el narcotráfico.
El razonamiento es un poco elaborado, pero se puede resumir así: La demanda de drogas es inelástica frente al
cambio de precios, de forma que los golpes al narcotráfico (decomisos, golpes a bandas, etc.; o sea golpes a la
oferta) incrementan el valor del negocio. Los precios suben, la demanda se mantiene o sube, las ganancias se van
a los cielos gracias a los riesgos y a la violencia del Estado. Increíble en verdad pero dramáticamente cierto.
Todas estas manifestaciones de la inutilidad e ineficiencia de la lucha contra el narcotráfico están presentes en
México. Yo no dudo que el presidente Calderón tiene la mejor intención con su postura de firmeza y ataque
frontal al crimen organizado. Pero hace falta equipo que le muestre que la suya es una guerra triste y absurda
porque está de antemano pérdida.
Igualmente, yo no dudo que en México como en el resto del mundo llegará el día en que se impondrá la razón
conduciendo a legalizar el uso de las drogas.
¿Cuándo llegará ese día? Imposible saberlo. Lo que sí es posible es en tanto recontar sus costos. Los muertos
agregados que se multiplicarán junto con las ganancias -más la putrefacción y corrupción de los tejidos sociales e
institucionales- cada que se anuncie un nuevo-mayor golpe asestado al narcotráfico.
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