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En el 75 aniversario del final de la Guerra Civil
El libro La otra cara de la Guerra Civil homenajea la figura
del médico durante el conflicto
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La SECOM edita una obra que recoge fotos y documentos inéditos de
heridos durante la guerra cuyos rostros fueron reconstruidos
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La cirugía oral y maxilofacial ha pasado de extraer proyectiles sin contar
con una radiografía a intervenciones con escáner en 3D
Madrid, 7 de febrero de 2014. El libro La otra cara de la Guerra Civil, editado por
Lunwerg para la Sociedad Española de Cirugía Oral y Maxilofacial (SECOM),
recopila fotos y anotaciones inéditas de heridos por armas de fuego y su
reconstrucción por el doctor Jesús Martín Sánchez, pionero en cirugía oral y
maxilofacial. La obra, cuya publicación coincide con el 75 aniversario del final de la
Guerra Civil, ofrece un tributo tanto al cirujano como a sus pacientes, “soldados
anónimos con graves lesiones que se hermanaron en una contienda fratricida”,
señalan los autores.
El doctor Martín Sánchez nació en Castropol (Oviedo) en 1908, pero al poco tiempo
la familia se trasladó a Madrid, donde realizó sus estudios de Odontología y obtuvo
el título oficial en 1932. Desde ese año hasta el comienzo de la guerra trabajó como
ayudante del doctor Bernardino Landete, catedrático de Odontología y
considerado el fundador de la cirugía oral y maxilofacial en España. Durante la
Guerra Civil, fue destinado al Hospital Médico-Popular de Chamartín de la Rosa,
unos de los hospitales de sangre de Madrid, donde permaneció durante todo el
conflicto. “Allí trataba las patologías de los heridos por arma de fuego de los que
tomó fotos y anotaciones, que han sido prestadas de manera desinteresada a la
SECOM por el sobrino y la hermana del doctor”, asegura el doctor José Luis Cebrián,
vicepresidente de la SECOM y uno de los coordinadores de este volumen.
Diferentes cirujanos orales y maxilofaciales han analizado las fotos y anotaciones
tomadas por el doctor Martín Sánchez y expuesto sus comentarios sobre el
diagnóstico y las técnicas empleadas por este cirujano. “La mayoría con un
resultado bastante logrado dadas las circunstancias y posibilidades de la época”,
indica el doctor Cebrián. Un aspecto destacable de este médico es que “no se
limitó al tratamiento de las heridas y secuelas inmediatas, sino que siguió
interviniéndoles en el período de posguerra para conseguir los mejores resultados
estéticos y funcionales”, comenta.
Se trata de “una experiencia valiosa que ha servido para que cirujanos posteriores
hagan progresar las técnicas de reconstrucción de los rostros dañados, de las
personas, lo que también entraña la reconstrucción del alma”, señala el escritor e
historiador Juan Eslava Galán, prologuista del libro.
El conflicto se caracterizó por los combates en trincheras y parapetos, “lo que junto
a la munición empleada y al uso de armas blancas, determinaron un tipo especial
de heridas en la cara y cuello con lesiones muchas veces espeluznantes, que
supusieron un reto para la anestesia y la cirugía de entonces”, afirma el doctor
Cebrián. Dado que las técnicas de reconstrucción modernas no empezaron a
desarrollarse hasta la segunda mitad del siglo XX, “los recursos disponibles durante la
Guerra Civil eran todavía muy limitados pero él siempre procuró mejorar la calidad
de vida de sus pacientes”, añade.
Cirugía en 3D
La obra repasa las técnicas utilizadas entonces para tratar lesiones por arma de
fuego tales como “las férulas metálicas, el bloqueo intermaxilar elástico, las técnicas
de fijación extraorales, uso de prótesis o el uso de colgajos de avance para
reconstruir el labio”, explica otro de los coordinadores del libro, el doctor Arturo
Bilbao, ex presidente de la SECOM. Hoy en día, los avances médicos y tecnológicos
como “la inclusión de la cirugía 3D, la navegación quirúrgica, etc.; no solo han
permitido mejorar tanto las técnicas como el resultado estético y funcional, sino
afinar en el diagnóstico y tratamiento de los traumatismos faciales, reducir los
tiempos quirúrgicos y de recuperación y hacer el proceso menos doloroso para el
paciente”, destaca.
La sanidad militar en ambos bandos se gestionaba de manera similar: el herido en
primera línea de combate pasaba a un puesto de socorro o de curación y tras
estabilizarle se le trasladaba a la segunda línea, donde había trenes hospitales u
hospitales situados en pequeñas localidades, en ermitas, cuadras, mansiones,
teatros y, sobre todo, escuelas. “Debían tener los medios precisos para realizar
operaciones definitivas y poder derivar a los enfermos más crónicos a los hospitales
de sangre de las grandes capitales, como el de Chamartín”, comenta el doctor
Bilbao.
Se calcula que existían en España en aquel entonces unos veinte mil médicos, la
mitad en cada zona, aunque la mayoría de los facultativos militares permanecieron
en el bando nacional. Con respecto a las heridas, “éstas variaban dependiendo del
agente que las producía”, señala el doctor. Al principio eran frecuentes las heridas
de bala, pero cuando se estabilizaron los frentes empezaron a llegar heridos más
graves por metralla o bombardeos. “Para localizar el proyectil, al no existir
radiografías, se preguntaba al soldado su posición en el momento del impacto y así
deducir su ubicación”, concluye el doctor Bilbao.
Para más información:
Carlos Mateos/Rocío Jiménez. COM SALUD
Tels.: 91 223 66 78/ 685 53 68 16
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