UIM - Escuela de Gobierno Local
Programa Virtual de Gestión y Desarrollo Local
Liderazgo para el gobierno y la gestión local
Situando el liderazgo en el contexto actual
El objeto de esta lección es situar el tema del liderazgo, dar las que, a mi juicio, constituyen sus
principales coordenadas.
Para comprender la importancia que ha tomado el liderazgo a partir de la década de los 80 es
necesario revisar el proceso de cambio social.
Hay quiénes sostienen que la gran palanca de las transformaciones que se han producido en la
historia de la humanidad es el cambio tecnológico. Son los nuevos inventos aplicados a la
industria humana los que van generando desafíos que, al ser superados, traen aparejadas las
transformaciones a nivel de la producción y de la sociedad.
El cambio tecnológico va generando nuevas fronteras de producción. ¿Qué son estas fronteras de
producción?. Son aquellas maneras de producir que incorporan lo último en materia de tecnología;
es decir, lo que nosotros llamaríamos ahora industrias de punta, plenamente modernizadas, que
incorporan los últimos adelantos. Por ejemplo, la robótica hace un par de décadas atrás.. En otra
época las máquinas de vapor. Esas industrias u organizaciones que están operando con la
tecnología de punta se transforman en las que dan la tónica al conjunto de la economía. Ellas
logran un nivel de productividad que las otras empresas, las otras organizaciones, tienen que
lograr porque sino no pueden seguir en carrera. Es decir, el cambio tecnológico trae aparejado
desafíos en materia de productividad y competitividad. Los sectores de la actividad económica que
no se acercan, que no se mueven hacia la frontera tecnológica salen del sistema, se vuelven
obsoletos y terminan quebrando. El cambio tecnológico trae aparejada la necesidad permanente
de ajustes en materia de productividad y competitividad. Esta productividad y competitividad son el
resultado de decisiones que se toman al interior de las empresas, de las organizaciones, son
decisiones al nivel de lo que se llama la microeconomía. En este plano se decide cómo producir,
cómo combinar los factores de producción, con qué tecnología, con qué tipo de maquinaria, etc.
En la década de los 70 ocurrió una importante revolución tecnológica. Un modo de producción,
llamado fordista, por Ford y porque una de sus características más importantes es la línea de
montaje y la gran fábrica, fue desplazado por otro paradigma tecnológico que, a falta de mejor
nombre, en general los autores coinciden en llamar post-fordismo.
Vamos a ver cuales son las principales características de uno y otro modo de producción:
FORDISMO
POST-FORDISMO
Factor clave
Petróleo barato
Microelectrónica
Organización de la
producción
Grandes plantas
Producción flexible y diferenciada
Cadena de montaje
Predominio
calidad
Gestión empresarial
Producción masiva de productos
estandarizados
Gran
empresa
organizada Empresa
jerárquicamente
capacidad
cambio
del
concepto
de
especializada
con
de adaptación al
Fragmentación
Subcontratación
Ramas motrices
Teorías
Integración horizontal
Siderúrgica,
petroquímica, Microelectrónica, biotecnología,
automotrices, industria militar
nuevos materiales.
Enfoques
racionalistas
y Enfoques
centrados
en
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administrativas
analíticos de la conducción
Modelo de conducción Dirección
movilización de las capacidades
humanas
Liderazgo
En la era del fordismo el factor clave fue el petróleo barato, y así fue que cuando terminó el
petróleo barato a principios de la década del 70, que se multiplicó el precio del crudo, ese sistema
entró en crisis. En el caso de post-fordismo el factor clave es la microelectrónica.
Este paradigma tecnológico también tiene características perfectamente identificables es un caso
y en el otro con relación a la organización de la producción. En el caso del fordismo la forma
característica de la producción es en grandes plantas, con utilización de cadenas de montaje y el
producto es masivo y estandarizado. En el caso del post-fordismo los cambios tecnológicos han
transformado esa realidad, la producción ya no está organizada en grandes plantas, sino más bien
en pequeñas plantas especializadas, con una gran capacidad de adaptación a los cambios, a las
exigencias y a las demandas. En ese nivel de organización de la producción hay dos
características también que son importantes: la diferenciación de los productos por un lado y el
predominio del concepto de calidad, es decir ha cambiado la forma de organización de la
producción.
Al mismo tiempo, entre un paradigma y otro hay diferencia en cuanto a la gestión empresarial: en
el caso del fordismo la gestión empresarial es la gran empresa organizada jerárquicamente. En
cambio, en el post-fordismo, el paradigma tecnológico actual, la empresa es más pequeña, con
mayor capacidad de respuesta al medio y con un alto nivel de adaptación; a su vez estas
empresas tienen un nivel tan alto de especialización que tercerizan o subcontratan muchas
actividades que antes se hacían dentro de la propia gran fábrica y operan también integradas
horizontalmente, es decir en redes de empresas que se vinculan entre sí en relaciones de
proveedor y de cliente.
Las ramas motrices en un paradigma tecnológico y en otro, lo que se tomaría como actividades
económicas más representativas también difieren: en el caso del fordismo las ramas motrices son
la siderúrgica, la petroquímica, la industria automotriz y la industria militar. En cambio, en la era del
post-fordismo las más representativas, las que tienen la tecnología de punta, las que son
paradigma de esta manera de organización son la microelectrónica, la bio-tecnología, toda la
industria relacionada con el desarrollo de nuevos materiales.
Decíamos que hubo un cambio tecnológico, ese cambio tecnológico llevó a que cambiara el
paradigma: la organización de la producción y la manera de gestionarla. Justamente a ese cambio
de paradigma está asociada la emergencia del liderazgo. Vale aquí recordar la diferencia que
establece John P. Kotter entre Dirección y Liderazgo. Durante el período fordista, predominó la
estabilidad y las empresas asumieron la Dirección como estilo de conducción. Pero al cerrarse ese
ciclo, las empresas, especialmente las norteamericanas que veían amenazada su supremacía por
las corporaciones japonesas, comenzaron a buscar estilos de conducción que aseguraran la
adaptación a la incertidumbre y el cambio. Así emerge el tema del liderazgo.
Como veremos más adelante, el liderazgo ya era motivo de estudio en los medios académicos,
pero es a partir de los 80 que alcanza la trascendencia y difusión que tiene en la actualidad.
Esto está reflejado en las orientaciones de la teoría de la administración. Hay un texto que es un
hito en este cambio de paradigma de la gestión empresarial: se trata de “En busca de la
excelencia” de Tom Peters y Robert Waterman. Estos autores estudiaron 62 grandes empresas
norteamericanas exitosas en el mundo post fordista y lograron aislar ocho características comunes
que para ellos definían el modelo de excelencia: predisposición para la acción, acercamiento al
cliente, autonomía y espíritu empresarial, productividad por el personal, movilización en torno a un
valor clave, focalización en lo que se sabe hacer, estructura simple y poco personal y flexibilidad
y rigor simultáneos.
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Resulta muy interesante la manera en que Peters y Waterman polemizan con los enfoques
racionalistas y analíticos de la administración proponiendo la búsqueda de una nueva teoría que
permita el manejo de la incertidumbre y la paradoja:
“El gran problema que se presenta para las organizaciones desde un punto de vista racional
es que las personas no son muy racionales. Para ajustarse al viejo modelo de Taylor, o a los
organigramas de hoy , el hombre, sencillamente está mal diseñado (o viceversa, de acuerdo
a nuestro planteamiento). En realidad, si comprendemos bien la sicología actual, el hombre
es el máximo símbolo del conflicto y la paradoja”.
Respecto al rol del liderazgo es importante destacar la siguiente frase:
“Estamos prácticamente seguros de que la cultura de las compañías excelentes , que ahora
parecen satisfacer las necesidades del “hombre irracional”, provienen del liderazgo de la
transformación ejercido en un momento dado de su historia”
La transformación vivida por la empresas privadas norteamericanas para ganar competitividad en
los mercados globales tendría un correlato en las organizaciones del sector público. En un texto,
actualmente un clásico, David Osborne y Ted Gaebler detectaban un proceso de “reinvención del
gobierno”.
Allí sostienen:
“Las burocracias jerárquicas y centralizadas que se diseñaron en los años treinta y cuarenta
de este siglo no funcionan bien en la sociedad y la economía de los noventa,
incesantemente cambiante, rica en información y animada por una intensa actividad
cognoscitiva. Son como lujosos trasatlánticos en la era de los jets supersónicos: grandes,
pesados y con enormes dificultades para los cambios. Poco a poco, nuevos tipos de
instituciones públicas van tomando su lugar”
“Todo ocurre como si, en la práctica, todas las instituciones de la vida norteamericana
lucharan al mismo tiempo para adaptarse a un inmenso océano de cambios, como si
estuvieran empeñadas en un gran esfuerzo para lograr mayor flexibilidad, capacidad de
innovación y talante empresarial”
En su investigación de las experiencias de gestión pública de nuevo cuño “descubrieron” diez
principios que fundamentarían su modelo de “gobierno empresarial”. Cabe señalar que la
expresión no quiere decir, en manera alguna, que el gobierno debería funcionar como una
empresa. Ellos creen que el gobierno y las empresas son “instituciones fundamentalmente
distintas” y que “en el gobierno la teoría de la empresa es insuficiente”, fundamentalmente porque
el problema del monopolio es el núcleo central de los problemas de aquél.
Los diez principios son: Gobierno catalizador (mejor llevar el timón que remar); Gobierno
propiedad de la comunidad (mejor facultar que servir directamente); Gobierno competitivo (inyectar
competitividad en la prestación de los servicios); Gobierno inspirado en objetivos (la
transformación de las organizaciones regidas por reglas); Gobierno dirigido a los resultados;
Gobierno inspirado en el cliente; Gobierno de corte empresarial (recaudar en lugar de gastar);
Gobierno previsor; Gobierno descentralizado; Gobierno orientado al mercado.
No es de extrañar que el liderazgo juegue un rol fundamental en este proceso de reinvención del
gobierno. Para Osborne y Gaebler el liderazgo es uno de los factores que sostienen los cambios
fundamentales: “No hay nada más importante que el liderazgo”
Desde luego, el proceso de cambio gubernamental no solo alcanza a los municipios, sino que, en
el caso de Estados Unidos de Norteamérica, “Los primeros gobiernos en responder a estas
nuevas realidades fueron los gobiernos locales..”
Suzanne Dove en “El liderazgo para el cambio institucional: el papel del liderazgo en el nuevo
espacio público” también refiere de que manera la búsqueda de un mejor gobierno (“governance”)
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ha llevado a superar los enfoques gerencialistas para avanzar en el campo de los cambios
necesarios en el comportamiento de los que controlan, dirigen y trabajan en las organizaciones
públicas.
“En otras palabras, se está descubriendo que los reequilibrios de poder e intereses no
dependen de técnicas gerenciales, sino que requieren nuevas capacidades, mayor acceso a
información, y nuevos modelos mentales, valorativos y actitudinales entre los políticos, los
miembros de las organizaciones públicas, los miembros de los grupos de interés y la sociedad
entera. El aprendizaje que esto implica no puede ser catalizado únicamente por gerentes; hacen
falta liderazgos. En este artículo, abordamos la cuestión del liderazgo no como una persona o un
puesto dentro de la organización, sino como una función que emerge como elemento
imprescindible para el cambio institucional en las administraciones públicas”
Como se puede apreciar, el liderazgo no es un proceso que emergió sólo en el sector privado para
afrontar las necesidades de cambio derivadas de la competencia global, sino que también surgió
en el sector público, sometido a crecientes demandas de eficiencia y eficacia por parte de la
ciudadanía. La argumentación de S. Dove es sencilla: el cambio verdadero es un cambio cultural
(institucional lo llama ella siguiendo a Douglas North, aunque se trata de “las reglas del juego”
formales e informales) y el cambio cultural demanda liderazgo.
No obstante la importancia y la pertinencia –aunque con matices- de los procesos apuntados, la
necesidad de liderazgo cobra urgencia más allá del ámbito de las organizaciones públicas y
privadas, transformándose en un elemento esencial de la gobernabilidad democrática.
Ahora bien, el problema no es igual en todas partes. El 65 por ciento de los españoles se muestra
satisfecho con el funcionamiento de la democracia en su país, lo que les coloca entre los europeos
más contentos con su sistema al situarse por encima de la media de los entonces Quince (un 54
por ciento), según datos del Eurobarómetro correspondientes a la primavera de 2004. Según esa
misma fuente, sólo un 31 por ciento de los españoles se confesó descontento con la democracia
en España.
Los porcentajes de mayor satisfacción en Europa se registraron en Dinamarca (91 por ciento); en
Luxemburgo (80 por ciento); y en Finlandia (77 por ciento).
Entre los europeos más disconformes con el funcionamiento democrático en su país figuraron los
portugueses, italianos y alemanes. En Portugal, sólo el 31 por ciento de la población estaba
contenta con la democracia nacional, mientras el 67 por ciento se confesó insatisfecha. En el caso
de Italia, el porcentaje de descontentos fue del 62% y el de insatisfechos del 35%.
Comparativamente, el apoyo al sistema y el nivel de satisfacción con la democracia es más bajo
en América Latina que en la Unión Europea.
Datos del año 2002
Apoyo
Satisfacción
Eurobarómetro Unión Europea
78%
53%
Latinobarómetro
56%
32%
La diferencia implica una mayor confianza en las instituciones y en la política en la Unión Europea
que en América Latina.
En esa misma línea, a principios del año 2004, el PNUD dio a conocer un preocupante informe
sobre la democracia en América Latina. En el se señalaba que los ciudadanos han llegado a
desconfiar del sistema democrático porque no lo perciben como un sistema eficiente para el
mejoramiento de su nivel de vida
El Informe destaca que hace veinticinco años, únicamente Colombia, Costa Rica y Venezuela eran
democracias razonablemente estables en América Latina. Actualmente, en casi toda la región
existen las que pueden considerarse democracias electorales.
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No obstante, la democracia política convive con serios problemas económicos y sociales. En 2003
la pobreza alcanzó el 43,9% y la pobreza extrema el 19,4% de la población. Además, la región
registra uno de los mayores niveles de desigualdad en el mundo.
En los 25 años de espectacular encumbramiento de la democracia en América Latina, el ingreso
per cápita ha aumentando en apenas 300 dólares. Incluso en Chile, que ha tenido un alto
crecimiento económico y ha reducido la pobreza a la mitad, y Brasil, que en los años noventa
redujo en un tercio el porcentaje de ciudadanos que viven bajo la línea de la pobreza, la
concentración de la riqueza ha aumentado.
Esta brecha pone en peligro el futuro de la democracia en América Latina. Como señala Dante
Caputo, que dirigió el Informe, para afrontar los peligros que se ciernen sobre la gobernabilidad
democrática el primer desafío es reconocer que el gobierno electoral no ha hecho realidad una
verdadera democracia. El segundo desafío es encontrar las llaves para abrir esa puerta. Pero
América Latina parece carecer de la voluntad de crear una verdadera democracia y se ha atado a
una estrecha economía de mercado con malos resultados. Es posible –continua Caputo - que aún
haya que crear el marco conceptual de un Estado que gobierne a través de una verdadera
democracia. Lo mismo se puede decir acerca de la economía de mercado.
No obstante, todos los analistas coinciden en señalar que la democracia no se construye por sí
misma. La realización de los valores democráticos requiere de la política, es decir, de la acción
deliberada de las sociedades y sus gobiernos.
Como dice Max Weber, “la política consiste en una dura y prolongada penetración a través de
tenaces resistencias, para la que se requiere, al mismo tiempo, pasión y mesura. Es
completamente cierto, y así lo prueba la historia, que en este mundo no se consigue nunca lo
posible si no se intenta lo imposible una y otra vez. Pero para ser capaz de hacer esto no sólo hay
que ser un caudillo, sino también un héroe en el sentido más sencillo de la palabra. Incluso
aquellos que no son ni lo uno ni lo otro han de armarse desde ahora de esa fortaleza de ánimo
que permite soportar la destrucción de todas las esperanzas, si no quieren resultar incapaces de
realizar incluso lo que hoy es posible. Sólo quien está seguro de no quebrarse cuando, desde su
punto de vista, el mundo se muestra demasiado estúpido o demasiado abyecto para lo que él le
ofrece; sólo quien frente a todo esto es capaz de responder con un ´sin embargo’, sólo un hombre
construido de esta forma tiene ‘vocación para la política’”.
Joan Prats ha señalado de manera esclarecedora el rol que le cabe al liderazgo en el proceso de
construcción de la gobernabilidad democrática. Dice Prats:
...“ La historia es empujada por
fuerzas impersonales. Pero la historia particular de una sociedad acaba siendo moldeada por el
número y la calidad de las personas que se deciden a ponerse al frente del proceso de cambio.
Éste no se produce nunca por sí sólo. Sólo los deterministas históricos creen lo contrario. Sin la
función de liderazgo el cambio no se acabará produciendo o se producirá de manera limitada o
inadecuada. La emergencia de los nuevos modelos mentales, percepciones o aprendizajes, el
cambio de actitudes, la adquisición de nuevas competencias, son procesos que pueden darse más
rápidamente y mejor cuando se dispone de liderazgo”.
Cabe señalar que el liderazgo se predica de diversos actores sociales, de personas y
organizaciones, no solo de actores gubernamentales. Al contrario, frente a situaciones de crisis
políticas que signifiquen crisis de confianza en instituciones públicas el liderazgo puede ser
asumido por personas que desde la sociedad civil asumen el papel de dirección y construcción de
la recuperación de la legitimidad estatal.
Como señala Prats el liderazgo deseable es aquél capaz de promover cambios que signifiquen
verdaderas transformaciones, “los liderazgos para la gobernabilidad democrática han de ser
capaces de actuar como catalizadores del proceso de aprendizaje y de adaptación social. La clase
de liderazgo capaz de catalizar el cambio institucional ha de ser capaz de plantear cuestiones y
opciones difíciles, cuyo enfrentamiento no tiene respuestas preestablecidas y plantea la necesidad
de iniciar procesos de aprendizaje social. La capacidad para provocar y conducir estos procesos
es quizás la más sobresaliente en el liderazgo actual. Pero la conducción del proceso de
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aprendizaje social es una función que tiene poco que ver con la aplicación a los problemas
sociales del repertorio de herramientas preestablecidas. El aprendizaje social es un proceso de
construcción de la propia historia a través de opciones difíciles y problemáticas, que en un
esquema democrático implican transparencia, deliberación y conflicto”.
Para concluir, sólo deseo destacar el importante papel que le cabe al gobierno y a la sociedad
local en esta tarea.
En el transcurso de los últimos 25 años, los gobiernos locales han adquirido una importancia
significativa en el sistema institucional. Entre las causas del aumento de la importancia de los
gobiernos locales, podemos citar:
i) El proceso acelerado de urbanización que ha ocurrido en todo el planeta, en particular en los
países en vía de desarrollo.
ii) el proceso de descentralización que se ha llevado a cabo en buena parte de los países de
Iberoamérica ha significado un importante traslado de responsabilidades y recursos a los
gobiernos subnacionales;
iii) la comprobación de la existencia de sistemas productivos locales capaces de adecuarse de
manera más eficiente a los retos de la globalización y;
iv) la evidencia de que el escenario local facilita el desarrollo de procesos de participación
ciudadana y comunitaria y acerca el estado a los ciudadanos con el fortalecimiento democrático
que ello conlleva.
En los últimos 40 años la relación de habitantes urbanos / habitantes rurales se multiplicó por
cuatro, pasó de ser 100/110 en los 60s a 400/100 a comienzos del nuevo milenio. Nuevos núcleos
urbanos apenas superiores a 20.000 habitantes en la década de los 50s son hoy, solo 50 años
después, ciudades que bordean el millón de habitantes. Las ciudades más grandes multiplicaron
su población por diez en el mismo lapso.
La ciudad se ha convertido en el espacio natural de encuentro de ciudadanía, en el que los
individuos desarrollan su potencial, en el que suplen sus necesidades básicas, en el que son
usuarios de servicios sociales esenciales. El núcleo urbano es el lugar privilegiado en el que el
ciudadano hace efectivo su derecho de participar en las decisiones que lo afectan.
El fenómeno de la urbanización impone el reto de diseñar políticas públicas dirigidas a atender a la
mayoría de la población que ahora es urbana. El alto grado de urbanización, determina que la gran
mayoría de los pobres, los individuos y grupos socialmente excluidos vivan en las ciudades, lo cual
convierte a los gobiernos locales en los principales protagonistas en la formulación e
instrumentación de las decisiones que se adopten para afrontar y superar esos flagelos.
Por otra parte, aunque en América Latina de manera desigual pero persistente, se ha adelantado
un proceso de traslado vertical de poderes del gobierno central a los gobiernos subnacionales que
ha traído como consecuencia un incremento importante de los recursos estatales administrados
regional o localmente, la radicación de un amplio ámbito competencial en materia de prestación de
servicios sociales básicos y servicios públicos domiciliarios en cabeza de los gobiernos locales y,
la ampliación del ámbito electoral que ha permitido la elección popular de autoridades locales y
regionales. Este último aspecto, se ha convertido en la garantía efectiva del pluralismo político y
del surgimiento de nuevos liderazgos que se expresan inicialmente en el escenario local y luego
se proyectan al ámbito nacional.
La conmemoración del 25 Aniversario de los Ayuntamientos Democráticos a fines de 2004 puso
de manifiesto el extraordinario papel que los gobiernos locales han jugado en el desarrollo social,
económico y cultural que ha disfrutado España en este período de democracia.
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La positiva experiencia de estos años demuestra que el ámbito local se ha consolidado como una
autentica área de gobierno legitimada directamente por la voluntad de los ciudadanos y
manifestada en las sucesivas elecciones locales celebradas con un alto nivel de participación.
Existe un gran consenso respecto a que durante este período los gobiernos locales han mejorado
el bienestar social de los ciudadanos prestándoles servicios públicos de calidad. El cambio y el
progreso experimentados en España en estos años de democracia se debe, en gran medida, al
trabajo y esfuerzo de las instituciones locales. Dicha respuesta de los gobiernos locales en
muchos casos ha ido más allá de las competencias, incluso asumiendo el coste financiero que
comportaban propias – lo que ahora fundamenta el reclamo de los municipios al gobierno sobre la
puesta en marcha de una segunda descentralización -, y ha forjado una cohesión social basada en
el diálogo, la convivencia y la participación cívica. Por ello, no es casual que la ciudadanía perciba
a sus ayuntamientos como las instituciones de gobierno mejor valoradas.
A su vez, en buena parte de los países latinoamericanos los gobiernos locales administran, así
sea parcialmente, los servicios de salud y educación en los primeros niveles de atención, y tienen
el deber de garantizar el acceso a servicios de agua potable, energía y telefonía. De la actividad
del gobierno local depende en buena medida la seguridad de los ciudadanos y la eficiencia de los
sistemas de transporte. Para muchos ciudadanos la acción estatal que requieren se concentra en
el espacio subnacional.
Este hecho impone desafíos pero genera potencialidades en materia de legitimidad y liderazgo. La
cercanía con el ciudadano y sus expectativas concretas imponen deberes pero su satisfacción
genera grados de confianza difíciles de alcanzar de manera distante y particularmente con
agendas que los individuos perciben como menos relacionadas con su cotidianidad.
Debe advertirse, sin embargo, que, en América Latina, ese proceso no ha sido homogéneo y que
en muchas partes los gobiernos locales continúan siendo débiles en relación con su ámbito
competencial o con su capacidad fiscal versus las competencias atribuidas formalmente.
En los países con modelo federal, excepto Brasil, el nivel intermedio de gobierno conserva su
preeminencia en desmedro de las municipalidades. En varios países el proceso de
descentralización apenas se inicia. Consolidar el proceso de empoderamiento de los gobiernos
locales es una de las tareas más urgentes en términos de gobernabilidad local en América Latina
ya que se desarrolla en sistemas fuertemente centralistas que históricamente han concentrado
funciones en el poder ejecutivo nacional, lo que produce tensiones e incertidumbres en la
asignación de responsabilidades y recursos y no pocos enfrentamientos políticos producto del afán
de aparecer respondiendo a las demandas ciudadanas. El proceso de traslado de competencias a
lo local no ha representado el coetáneo adelgazamiento del poder central, lo que genera
superposiciones y duplicidades estimuladas desde lo nacional en la competencia por el apoyo
ciudadano.
En este sentido el reconocimiento de la autonomía local, entendida como la asignación de cierto
grado de competencias a los gobiernos locales que puedan ejercer con independencia de los otros
niveles de gobierno sigue siendo un propósito por alcanzar.
A todo lo anterior se agrega la importancia que los modelos locales de desarrollo económico han
demostrado en economías de reciente industrialización y su mayor facilidad para adaptarse a los
desafíos de la globalización.
Como ha señalado la UIM en su Declaración de La Antigua Guatemala, en el marco de estos
decisivos desafíos los gobiernos locales pueden y deben hacer mucho más para construir una
cultura democrática, promoviendo un modelo que conjugue las libertades con más igualdad,
crecimiento y bienestar. Por ello es necesario contar con una Agenda Local para los Objetivos del
Milenio que sirva de guía para la planificación y ejecución de políticas descentralizadas que
contribuyan a una mayor equidad. Y, desde luego, llevar adelante esa Agenda requerirá del
liderazgo.
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DERECHO PRIVADO (CIVIL) 1.− Concepto y estructura. 1

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POLITICA PARA AMADOR Autor: Savater, Fernando.

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Democracia colombiana

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