IV capítulo del libro “Mordisco de lobo”
LAS CADENAS INVISIBLES
DEL SISTEMA DE DOMINACION
(El secreto del patriarcado)
1)EL INSTINTO (el concepto de continuum)
(Jean Liedloff)
“La realidad es mucho más simple. Sencillamente, a fuerza de haber sido empujado a
valerse únicamente de su lado racional, y al cabo de milenios de ejercicio exclusivo de
la mente, al ser humano se le han atrofiado definitivamente ciertos sentidos naturales
que muchos animales han conservado por no estar sujetos a las formas de vida que la
civilización y la llamada evolución nos han hecho aceptar”.
Juan G. Atienza.
“A lo largo de unos dos millones de años, y a
pesar de tratarse de la misma especie animal que
nosotros, el ser humano tuvo éxito. Había
evolucionado de la simiedad a la humanidad
como cazador, con un estilo de vida eficiente que,
de haber continuado, podría haberle llevado a
sobrevivir millones de años. Tal y como están las
cosas, todos los ecologistas están de acuerdo en
que sus posibilidades para sobrevivir este milenio
decrecen cada día.
Durante los escasos miles de años que han pasado
desde que el ser humano abandonó el estilo de
vida para el que evolutivamente fue adaptado, no
sólo ha alterado el orden natural de todo el
planeta, sino que además se las ha ingeniado para
poner en entredicho el altamente evolucionado
buen sentido que había guiado su propio
comportamiento durante millones de años. Mucho
de este sentido ha sido arruinado recientemente,
al haber sido arrancados de cuajo los últimos recodos de nuestra capacidad
instintiva, y haber sido expuestos a la mirada incapaz del silencio. Cada vez
con mayor frecuencia la sospecha produce un corto circuito en nuestro sentido
innato de lo que es mejor para nosotros, mientras que el intelecto, que nunca
ha sabido mucho sobre nuestras necesidades reales, decide qué se hace.
Por ejemplo, no es asunto de la razón el decidir cómo debe ser tratada una
criatura. Desde mucho antes de que nos convirtiésemos en algo parecido al
Homo Sapiens, hemos tenido instintos exquisitamente precisos y expertos en
cualquier detalle sobre el cuidado de los niños. Pero hemos logrado
desconcertar de tal manera este conocimiento que teníamos de antiguo, que
ahora contratamos investigadores para que nos aclaren como hemos de
comportarnos con los niños, con nosotros mismos y con los demás. No es
ningún secreto que los expertos no han logrado "descubrir" cómo vivir
satisfactoriamente, pero cuanto más fallan, mayor es su empeño en resolver
todos los problemas a través de la razón a ignorar aquello que la razón no
puede entenderá controlar.
En este momento estamos bastante dominados por el intelecto; nuestro sentido
innato de lo que es bueno para nosotros ha sido destruido hasta el punto de
que apenas somos conscientes de que está ahí, y no podemos distinguir un
impulso original de otro distorsionado.
Pero creo que es posible partir desde donde estamos, perdidos y minusválidos, y
encontrar un camino de vuelta. Al menos podríamos aprender qué direcci ón
seguir para velar mejor por nuestros intereses, y no seguir realizando esfuerzos
que nos llevan a descarrilar. La parte consciente de la mente, como un buen
"asesor técnico" en la guerra de otro, al ver que sólo lleva a error debería
quitarse de en medio, no empujar aún más al otro en territorio extraño. Hay, por
supuesto, muchísimas tareas que nuestra capacidad de razón puede llevar a cabo
sin estar con ello apropiándose del trabajo que durante millones de años ha sido
llevado a cabo por esas áreas de la mente, infinitamente más refinadas y sabias,
llamadas instinto. Si tales áreas fuesen también conscientes, nos harían perder
la cabeza al minuto, aunque sólo fuese por el hecho de que la mente consciente,
por naturaleza, sólo puede hacerse cargo de diversas cuestiones una a una,
mientras que el inconsciente puede llevar a cabo, simultánea y correctamente,
un gran número de observaciones, cálculos, síntesis y ejecuciones.
En este contexto, "correcto" es una palabra complicada. No implica que todos
estemos de acuerdo en lo que querernos conseguir con nuestras acciones, pues
las ideas intelectuales sobre lo que se quiere varían con las personas. Lo que
aquí se entiende por "correcto" es aquello que es adecuado al antiguo
continuum de nuestra especie, en el sentido de que está de acuerdo con los
impulsos y expectativas con los que evolucionamos. En este sentido, la
expectativa está arraigada en el hombre tan profundamente como su mismo
diseño. Se puede decir que sus pulmones no sólo tienen, sino que son una
expectativa de aire; sus ojos son una expectativa de rayos de luz de longitud de
onda específica, emitidos por aquello que le es útil ver durante las horas en que
le es útil a su especie poder ver; sus oídos son una expectativa de vibraciones
causadas por los sucesos que más le pueden afectar, incluyendo las voces de
otras personas; y su propia voz es una expectativa de que los oídos de otros
funcionen de la misma manera. La lista podría extenderse interminablemente:
piel y cabellos a prueba de agua - expectativa de lluvia; pelos en los orificios
nasales - expectativa de polvo; pigmentación en la piel - expectativa de sol;
mecanismo de transpiración - expectativa de calor; mecanismo para coagular expectativa de heridas en la superficie del cuerpo; un sexo - expectativa del
otro; mecanismo reflejo - expectativa de la necesidad de reaccionar con rapidez
en emergencias.
¿Cómo logran las fuerzas que lo componen, conocer con antelación lo que serán
las necesidades de un ser humano? El secreto es la experiencia. L a cadena de
experiencias que preparan a un ser humano para su vida en la tierra comienza
con las aventuras de la primera célula viva. Lo que esta célula experimentó con
respecto a temperatura, composición de su entorno, alimento disponible con el
que sustentar sus actividades, cambios climáticos y encuentros con otros
objetos ó miembros de su especie, fue transmitido a sus descendientes. A partir
de estos datos, transmitidos por medios que aún resultan misteriosos para la
ciencia, surgieron cambios lentos, lentísimos, que, tras un tiempo
inimaginablemente largo, dieron lugar a una gran variedad de formas que
podían sobrevivir y reproducirse adaptándose al medio de diversas maneras.
Como ocurre siempre que un sistema se diversifica y adquiere mayor
complejidad, adaptándose con más precisión a una variedad más amplia de
circunstancias, el efecto fue mayor estabilidad. La vida misma estaba sometida
a un peligro menor de extinción debido a catástrofes naturales. Aún cuando toda
una forma de vida desapareciese, habría muchísimas otras para seguir adelante
y seguir complicándose, diversificándose, adaptándose y estabilizándose. (No
parece una locura el aventurarse y suponer que unas cuantas formas "primeras"
de vida se extinguieron antes de que alguna llegara a sobrevivir, quizá millones
de años después, diversificándose a tiempo para evitar desaparecer tras algún
suceso elemental intolerable).
Simultáneamente, el principio estabilizador estaba en funcionamiento en cada
forma y en cada parte de cada forma, tomando datos de la herencia de
experiencias y de contactos de todo tipo, y equipando aún más complejamente a
los descendientes para encarar con mayor eficiencia tales experiencias. Así
pues, el diseño de cada individuo era un reflejo de la experiencia que esperab a
encontrar. La experiencia que podría tolerar estaba definida por las
circunstancias a las que sus antecesores se habían tenido que adaptar.
Si las criaturas se habían formado evolutivamente en un medio que nunca
superó los 120 ° F, ni descendió por debajo de los 45 ° F, ellas podrían sobrevivir
en tales temperaturas; pero no podrían sobrevivir de ser expuestas por períodos
excesivamente largos a condiciones extremas para su tolerancia. Las reservas de
emergencia se extinguirían, y de no llegar a tiempo el al ivio, ocurriría la
muerte, ya del individuo, ya de la especie. Si uno quiere saber lo que es
correcto para una especie, ha de conocer las expectativas innatas de esa especie.
¿Cuánto sabemos sobre las expectativas innatas del ser humano?
Conocemos bastante bien lo que consigue, y a menudo se nos dice lo que, de
acuerdo con el sistema de valores imperantes, quiere o debería querer. Pero,
irónicamente, aquello que su historia evolutiva le ha condicionado a esperar
como espécimen último de un antiguo linaje hereditario, permanece como el
más oscuro de los misterios. El intelecto ha tomado el poder de decidir lo que
es mejor, e insiste en que se dé soberanía a sus caprichos y suposiciones. En
consecuencia, la expectativa confiada del ser humano de encontrar ent orno y
trato adecuados está hoy tan frustrada, que mucha gente considera una suerte el
no carecer de hogar ó no estar sufriendo. Y aún cuando diga "estoy bien", hay
en el ser humano un sentido de pérdida, una ansiedad de algo que no puede
nombrar, un sentimiento de estar descentrado, de faltarle algo. Si se le pregunta
directamente, pocas veces lo niega.
Así pues, para descubrir la naturaleza precisa de estas expectativas evolutivas,
no tiene sentido observar el último modelo, el ejemplo civilizado.
Observar otras especies puede ayudar, pero también puede llevarnos a error.
Donde el nivel de desarrollo se corresponde, las comparaciones con otros
animales resultan válidas. Este es el caso de las necesidades más antiguas
profundas y fundamentales que anteceden a nuestra forma antropoide, como el
requisito de aire para respirar, que surgió hace cientos de millones de años y es
compartida por muchos animales. Pero resulta obviamente más útil el estudiar
sujetos humanos que no han abandonado comportamiento y ent orno adecuados
al continuum. Aún si somos capaces de identificar algunas de esas expectativas
nuestras menos evidentes que "aire para respirar", siempre quedará una cantidad
inmensa de expectativas sutiles que identificar antes de que podamos siquiera
pensar en un ordenador que nos ayude a alcanzar una pequeña fracción de
nuestro conocimiento instintivo de ellas. Es, por lo tanto, esencial, el
aprovechar cualquier oportunidad que se nos brinde para restablecer nuestra
capacidad innata pata elegir lo que nos es adecuado. El torpe intelecto con el
que ahora intentamos reconocer aquello que nos es adecuado, quedaría libre
para ocuparse en las tareas que le son más propias.
Las expectativas con las que encaramos la vida están inseparablemente ligadas
a los impulsos (por ejemplo, a mamar, a evitar daño físico, a gatear, a explorar,
a imitar). Según el trato, y circunstancias que esperamos se van haciendo
accesibles, entran en interacción con conjuntos de impulsos en nosotros,
preparados para ello por la experiencia de nuestros antecesores.
Cuando lo esperado no tiene lugar, impulsos correctivos o compensatorios
hacen un esfuerzo por restablecer la estabilidad. El continuum humano puede
ser descrito como la sucesión de experiencias que se corresponden con las
expectativas e impulsos de nuestra especie en un entorno consistente con aquel
en que tales expectativas e impulsos se formaron. Esto incluye, como parte del
entorno, un comportamiento adecuado y un trato adecuado por parte de otras
personas.
El continuum de un individuo es un todo, pero a la vez forma parte del
continuum de su familia, que a su vez forma parte del continuum de su clan,
comunidad y especie, de la misma manera que el continuum humano forma
parte del continuum de toda la vida. Cada continuum tiene sus propias
expectativas e impulsos, que surgen a partir de un precedente largo de
formación. Así, el continuum que incluye todo ser vivo espera incluso, debido a
su experiencia, un marco adecuado de condiciones en el entorno inorgánico.
En cada forma de vida, el impulso a evolucionar no es aleatorio, sino que sigue
sus propios intereses. Está dirigido hacia una estabilidad mayor, es decir, mayor
diversidad, complejidad y por lo tanto adaptabilidad.
Esto no tiene nada que ver con lo que llamamos “progreso”. De hecho, la
resistencia al cambio, que no esta en conflicto con el impulso a evolucionar, la
resistencia al cambio, que impulso a evolucionar, es una fuerza indispensable
para mantener cualquier sistema estable.” Jean Liedloff En busca del bienestar
perdido
Solo podemos hacer suposiciones sobre que es lo que interrumpió nuestra
propia resistencia innata al cambio, hace tan solo unos cuantos miles de
años...
2) EL UTERO (la clave del asunto)
(Casilda Rodrigañez)
La oxitocina, que se utiliza como oxitócico, como dilatador del útero en la medicina, se
empleaba en las orgías eleusíacas por medio del hongo del cornezuelo de centeno. La
misma química, una aplicada en el parto con dolor forzado, la otra como afrodisíaco.
La misma hormona (la oxitocina) que está presente en el parto para dilatar el cuello
uterino es también la hormona del orgasmo, que por ello se la conoce como “la
hormona del amor”.
“Un animal crece a partir de una sola célula, un
zigoto que crece hasta hacerse un embrión. Este
proceso requiere una protección especial, porque
el zigoto/embrión no puede dársela a sí mismo.
Las especies animales que no se dotaron de una
protección adecuada, no prosperaron. Una vez
más, una forma de simbiosis entre dos seres vivos
resuelve el problema de la conservación y
regeneración de la vida. Los huevos de las aves
tienen una protección, una cáscara de calcio que
no puede ser más dura y proteger más de lo que
hace, porque, dado que se trata de una estructura
ovoidea herméticamente cerrada, el embrión
mismo tiene que poder romperla cuando llega el término: esto, la salida, determina su
fragilidad. El invento de los mamíferos es sorprendente, como todo o casi todo en la
evolución de las formas de vida. La madre guarda dentro de sí el óvulo fecundado en
lugar de expulsarlo y lo protege al tiempo que se protege a sí misma, con su movilidad,
su propia nutrición, etc. Pero debe resolver la contradicción entre la consistencia de la
envoltura protectora y la salida del embrión de dicha envoltura en su debido momento.
La contradicción la resuelve el tejido muscular: fuerte y a la vez elástico y flexible,
conectando con el sistema nervioso de la madre, y formando una bolsa con una puerta
de salida que puede cerrarse y abrirse. Una articulación (la neuromuscular) puesta a
punto para la locomoción, bombear la sangre (el corazón es tejido muscular), etc.,
combinando el sistema nervioso involuntario y el voluntario. Aquello que nuestro
organismo debe ejecutar sistemáticamente (el bombeo de la sangre, la respiración, la
digestión cuando llega alimento al estomago) se realiza automáticamente por el sistema
nervioso involuntario; pero aquello que sólo se realiza en momentos determinados,
como correr para cazar, coger un fruto de un árbol, requiere la actuación del sistema
nervioso voluntario, seguramente siempre en conexión con el sistema nervioso
involuntario: los engranajes neuromusculares realizan su cometido a la perfección.
Entonces intervienen los sentidos: la percepción sensorial indica cuándo el sistema
nervioso voluntario debe ponerse en marcha. Los sentidos en su origen, antes del
desarrollo cultural que los recrea, están al servicio de la conservación de la vida: el
gusto, la vista, el oído, el tacto, el apetito, et. El deseo sexual, al igual que el deseo de
comer, tiene ese origen.
La reproducción en los mamíferos tiene involucrada una sensibilidad especial, una
inducción de tipo sensitivo que pone en marcha un sistema de producción de hormonas
(la oxitocina del orgasmo y del parto es una de ellas) para realizar las funciones
sexuales reproductivas. Esta inducción sensitiva es lo que llamamos instinto, o en los
humanos, deseo sexual. Por ejemplo, las cerdas sólo eyaculan leche de sus mamas
cuando son estimuladas por la succión del lechón. No es una producción continua, sino
una serie de eyaculaciones sucesivas a la estimulación. Si alguien entra en la cochiquera
y distrae a la cerda, deja de hacerlo. Hemos visto parir a una gata varios gatitos. Cuando
terminaba de lamer la bolsa y de comerse la placenta de un gatito, reactivaba las
contracciones para expulsar al siguiente. Como si pudiese controlar de modo voluntario
las contracciones uterinas.
Unos versos mesopotámicos del tercer milenio a.c. nos dan a entender que los humanos
de los tiempos en los que las mujeres parían sin dolor, tenían también el útero en el
sistema nervioso voluntario:
Ninhursaga, única y grandiosa,
contrae la matriz;
Nintur, que es una gran madre
desencadena el parto.
¿Qué mejor invento podría hacerse para tener seguro al embrión y para que salga
cuando llegue el término, que la fuerte, dúctil y elástica bolsa uterina, con su cuello que
cierra firmemente y es a la vez capaz de abrirse? En este contexto situamos las
contracciones uterinas para dilatar el cuello. Ahora bien, no es lo mismo mover un
músculo contracturado, rígido, que está medio atrofiado por no ser usado, que mover
un músculo distendido y que es utilizado habitualmente. Actualmente parimos con el
útero rígido, sin elasticidad, medio atrofiado y sin que el deseo estimule la producción
de oxitocina. Por eso duelen también las reglas.
La sexualidad en la que nos educan es la sexualidad de un cuerpo despiezado, escindido
en “cuerpo” y alma. Lo que llamamos “cuerpo” es en realidad el subproducto de un
cuerpo despiezado y en buena medida desvitalizado. La clave de esta escisión es “la
ruptura psicosomática entre la conciencia y el útero”, como dice J.Merelo Barberá.
El “cuerpo” que la mujeres creemos que tenemos, es un cuerpo al que le ha sido
arrebatado el órgano central de su sistema erógeno; es un cuerpo sin útero, con un
sistema erógeno que comprende sólo vagina y clítoris.
Y todo esto, establecido por la Ciencia; porque cuando la sexualidad fue abordada
“científicamente” en el siglo pasado, la sexualidad femenina que se definió fue la de un
cuerpo castrado, devastado, despiezado; sometido y explotado: una sexualidad
falocrática, vaginal y/o clitoridiana. Aunque algunos llegaron a reconocer que había
algo “indefinido” en la sexualidad de la mujer (Groddeck), que era un “continente
negro” inexplorado y desconocido (Freud al final de su vida, Lacan). ¡Y tan
desconocido!
¿Y qué ocurre realmente con la verdadera líbido y anhelo de la mujer? El deseo se
reprime, se sublima en amores románticos y espirituales, se manipula y, finalmente, lo
que queda después de toda esta descomposición, se orienta hacia el falo, dejando un
rastro de enfermedades psicosomáticas que prueban la quiebra de la autorregulación de
la vida: partos traumáticos, histerias, depresiones post-parto, falta de leche, dolores
menstruales, etc.
Pensemos en nuestro útero inexistente; en nuestro tejido muscular uterino. Y pensemos
en que si una simple inmovilización durante algún tiempo por una escayola requiere
después ejercicios de rehabilitación para que el tejido muscular se recupere, ¿qué sería,
por ejemplo, de un brazo que hubiese permanecido inmovilizado durante toda la vida
porque no sabíamos que teníamos ese brazo ni para que servía? Y si quisiéramos
utilizarlo, nos encontraríamos con unos músculos que habrían perdido su elasticidad,
rígidos y contracturados. Y como todo el mundo sabe lo que duele un calambre,
podemos entonces entender los dolores de la dilatación del cuello uterino en nuestra
sociedad. Es significativo que en el Génesis se diga “parirás con dolor”, como algo
nuevo que iba a ser y que antes no era.
Todavía hay una observación más sobre la fisiología del parto en la especie humana:
Al adquirir la posición erecta, el plano de inclinación del útero se hace casi vertical,
quedando el orificio de salida hacia abajo, sometido a la fuerza de la gravedad, Esto
supone/requiere un perfeccionamiento del dispositivo de cierre y apertura del útero, un
cierre más fuerte para sujetar 9 u 11 Kg. De peso contra la fuerza de la gravedad. Y el
dispositivo de cierre y apertura del útero no es otra cosa que el cuello, cuya relajación
total deja una abertura de hasta 10 cm de
diámetro. Por eso “el origen del auténtico
orgasmo femenino está en el cuello del útero”.
Nuestra opinión, contrastada con Merelo-Barberá,
es que el orgasmo fue el invento evolutivo para
accionar el dispositivo de apertura del útero.
“La recuperación de la sexualidad de la
mujer pasa por escuchar y sentir el latido del
útero”
La civilización patriarcal cambia el principio
de la vida por el de la muerte, y por eso ha
tenido en el cuerpo femenino su principal
enemigo y su objetivo estratégico central;
Romeo de Maio decía que la historia del cuerpo femenino, en nuestra civiliza ción, es una Ilíada de sufrimientos. En el Génesis también se ordena la
destrucción de la serpiente (el símbolo de la sexualidad de la mujer) y la
prohibición de su conocimiento. Porque si la mujer pare sin deseo y con dolor, y
si se aparta de ella a la criatura en el momento del alumbramiento (para cortar el
deseo y la producción hormonal que regularía el acoplamiento de ambas), la
criatura queda privada de la carga de energía que le corres ponde a su integridad
humana, al tiempo que la madre queda insensibilizada; insensibilizada ante los
deseos y ante el sufrimiento de su prole; es decir, capacitada para realizar las
funciones nutricias maternas de manera fría y aséptica, con la discipli na y la
represión establecidas en el orden social.
El parto será doloroso mientras las reglas de las adolescentes sean dolorosas, es
decir, mientras no exista una cultura que restablezca la unidad psicosomática del
cuerpo de la mujer, que respete, cultive y dé conciencia a la mujer de su
condición, de su sexo, de su sexualidad, de lo que en realidad es. Una cultura que
reconozca y nombre el latido del útero como el latido de la vida. A menudo
decimos que el parto actualmente es una violación del cuerpo de la mujer, como
lo es el coito cuando la mujer no lo desea, cuando no opera el deseo y se realiza
en estado de rigidez, de sequedad, con desgarros.
Para la recuperación de la sensibilidad uterina y de la sexuali dad de la mujer,
tenemos que explicar a nuestras hijas desde pequeñas que tienen un útero, para
qué sirve y cómo funciona.
Las mujeres tenemos que poner en
funcionamiento nuestro neocórtex
para que nuestra conciencia asuma y
asimile el útero; para que lo
reintegremos en la percepción de
nuestro cuerpo; para recomponer
nuestro cuerpo despiezado y que
fluya la corriente de sensibilidad
entre el útero y la conciencia.
Tenemos que aprender a escuchar y
a sentir el latido del útero; practicar
la visualización y la concentración
en el útero; y también recuperar la
cultura arcaica y su mundo
simbólico que han definido y
expresado la verdadera sexualidad
femenina y la regeneración de la
vida.
La danza del vientre, en sus orígenes
ancestrales, no debía consistir sólo en el
movimiento del esqueleto pélvico; de
hecho, si se realizan los ejercicios que en algunos sitios se recomiendan para la
preparación al parto, para ejercitar los músculos pélvicos, si la mujer se concentra en el
útero, si ha recuperado en alguna medida la sensibilidad uterina, puede llegar a
diferenciar los músculos pélvicos de los uterinos.” Casilda Rodrigañez y Ana
Cachafeiro. “La sexualidad femenina”
“Las mujeres embarazadas trabajan hasta el último momento y dan a luz prácticamente
sin dolor; al día siguiente se bañan en el río y están tan limpias y saludables como
antes de dar a luz”. Bartolomé De Las Casas
3 EL PARTO CIVILIZADO (la herida primaria)
(Casilda Rodrigañez)
“Me daría vergüenza el reconocer ante los indios que allá dónde yo vengo las mujeres
no se sienten capaces de criar a sus hijos hasta que han leído las instrucciones escritas
por un desconocido” Jean Liedloff En busca del bienestar perdido
“Al término de la gestación se produce en la criatura la sensación de estar
demasiado comprimida y el deseo de salir. Se trata de un deseo placentero que
nos invade de alegría. Y en este estado anímico nos prepararnos psíquica y
físicamente para el gran acontecimiento.
Cuando este deseo llega a un punto máximo, sobreviene una gran excitación:
todo el pequeño cuerpo humano está dispuesto para realizar ese esfuerzo. Hasta
entonces, psíquicamente el “yo” primario actúa según el principio del placer.
(Stettbacher, 1991).
A partir de aquí, comienza el fin del período paradi síaco del ser humano, pues
el nacimiento no resulta el acto placentero que estaba previsto: la madre no está
en el mismo estado anímico que la criatura abandonada al deseo, gozando de los
últimos momentos de la gestación y esperando el gran acontecimiento. El útero
de la madre, tenso y rígido, no va a responder a los movimientos y masajes que
acompañan a la excitación sexual del parto. Para la criatura la sensación de
compresión pasa de ser una excitante sugerencia a salir, a la desagradable
sensación de estar «atascada». Entonces comienzan las sensa ciones de dolor
físico y de ahogo, y los sentimientos de angustia. Sentimos miedo. De pronto,
todo va «mal». Pero no podemos hacer nada para evitarlo. Estamos atrapadas,
sufriendo una compresión asfixiante. Con el dolor y la sensación de asfixia
crecen la angustia y el miedo. La increíble capacidad de supervivencia del ser
humano hace posible que nazcan tantas criaturas vivas a pesar de los parto s
traumáticos.” Casilda Rodrigañez y Ana Cachafeiro. “La represión del deseo
materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente
Dentro de la práctica de partos “alternativos” o humanistas existe la constatación de
Michel Odent de que cuanto menos se interfiera, cuanto menos se provoque el
neocortex de la mujer, haciéndola prestar atención (racional) a conversaciones, y
cuanto más desinhibido permanezca el cerebro ancestral, más fácil resulta el parto. La
mujer no puede estar en ese estado si no está en ese clima de confianza y de cierta
intimidad.
“Los seres humanos adultos tratan el parto como una operación quirúrgica en la que
toda manipulación es válida, sin tener en cuenta ni siquiera las pulsiones instintivas;
mucho menos los deseos, las emociones, los sentimientos o la capacidad racional de la
madre. La madre está anulada en tanto que ser deseante y ser pensante. No existe
dimensión psíquica o racional en el acto. Como dice Odent, se podría aprender de los
veterinarios porque éstos al menos tienen en cuenta las pulsiones instintuales de los
animales:
Este cerebro arcaico que podemos llamar cerebro instintivo y emocional se puede
considerar como una glándula que segrega las hormonas necesarias para el proceso
del parto... El proceso del parto se desarrolla tanto más fácilmente, cuanto más acepte
el otro cerebro, el nuevo, el ponerse en reposo... De ese neocortex es de donde
provienen todas las inhibiciones, en el transcurso del parto como en el transcurso de
todo acontecimiento perteneciente a la vida sexual. Por esa razón, en el transcurso de
un parto muy espontáneo... hay una fase en la que la mujer parece estar desconectada
del mundo, camina en otro planeta. Este cambio de estado de conciencia traduce con
toda evidencia la reducción del control del neocortex... la forma más segura de hacer
un parto largo, más difícil, más doloroso (y por lo tanto más peligroso) consiste en
estimular el neocortex, causa de todas las inhibiciones. Se puede estimular con la luz o
utilizando un lenguaje lógico, racional o comportándose como observador. La
sensación de intimidad traduce la reducción de control del nuevo cerebro.
Para hacernos una idea de lo que se hace con los partos podemos recordar lo que
ocurre en las relaciones sexuales entre adultos cuando suena el teléfono o alguien
llama a la puerta. Si una llamada de teléfono nos “corta”, es porque las funciones
sexuales requieren la pasividad del neocortex, un estado de inhibición a favor del
cerebro arcaico: lo que se dice estar en un estado de “abandono” al deseo y al
placer. Imaginemos lo que seria lograr un orgasmo en medio de personas
entrando y saliendo, hablando y diciéndonos lo que tenernos que hacer,
impidiendo el abandono al deseo... Pues algo así es lo que hacemos cuando
parimos, es decir, sustituir los sentimientos, el amor, el deseo entre dos personas
que lleva al alumbramiento, por la técnica y las órdenes. La pérdida de la
intimidad que tiene lugar en los paritorios de los hospitales culmina la trágica
consagración del parto violento y doloroso.
La segunda estancia del infierno de la criatura recién nacida, Stettbacher la
denomina “sala de torturas”: es el paritorio. Allí, por primera vez, vemos un ser
humano. Vemos borroso, no vemos con la nitidez con la que vemos ahora. Pero
vemos; por primera vez vemos una figura alta, enorme, oscura, que se mueve,
que nos azota. Es la figura que más adelante será emulada como “el hombre del
saco” o los “ogros” con los que luego nos amenazaran si no nos portamos bien,
aludiendo al recuerdo que guardamos en el inconsciente de esa primera sombra
terrible...
F. Leboyer, en su obra Por un nacimiento sin violencia, cuestiona el sufrimiento
de los recién nacidos, sufrimiento que durante milenios se ha considerado
inevitable e incluso conveniente:
¿Decir
-
que no habla el recién nacido?
Venid, contempladle.
¿Hacen falta más comentarios? Esa frente trágica, ojos cerrados, cejas
arqueadas, preñadas de dolor...
Esta boca herida por el llanto, esta cabeza levantada hacia atrás que pugna por
escapar...
Esas manos, ora tendidas y suplicantes, luego a la cabeza, ese ademán de
calamídad...
Esos pies que patalean furiosamente, esas piernas encogidas para proteger su
frágil vientre...
Esa carne, presa de espasmos, de sobresaltos, sacudidas...
¿No dice nada el recién nacido?
Es todo su ser el que nos grita, su cuerpo entero el que , nos brama...
¿Existe otra llamada más desgarradora?
Y esta llamada que siempre ha lanzado el niño a su llegada, ¿quién 1a
comprende, quién la escucha, quíén simplemente la oye?
Nadie
¿No hay aquí un gran misterio?
Diríamos que sí, que es la otra cara de la moneda del asesinato del deseo
materno: el gran misterio, el «Secreto de la Humanidad», como lo ha formulado
V. Sau.
Leboyer, pensando que con las innovaciones que en caminaban al parto sin dolor
se estaba haciendo algo por la madre, levantando así la antigua maldición,
asumió el punto de vista de la criatura para ver qué podía hacerse con toda esa
carga de padecimientos que el pequeño ser recién nacido tiene que soportar:
potentes proyectores de luz que ciegan y queman los ojos, un mundo que
vocifera a su alrededor ante unos oídos que acaban de quedar al desnudo sin la
protección de los líquidos amnióticos y del vientre; pañales, tejidos de fibra
para una piel casi en carne viva, que hasta ahora sólo había conocido la suavidad del tacto de los líquidos maternos (esa sensación que nuestro inconsciente
recuerda cuando nos sumergimos en un baño relajadamente), con una epidermis
tan fina que cualquier contacto le hace temblar; se corta inmediata mente el
cordón umbilical haciendo entrar las primeras bocanadas de aire violentamente
en sus pulmones, quemándole las entrañas; ciego, ensordecido, abrasado, el
sollozo suena a la desesperación más tremenda.
Con todo cinismo, este llanto es celebrado como la entrada triunfal en el
mundo. Lo que no nos imaginamos es que sólo acaba de empezar el calvario.
Agarrado por los pies, se le suspende boca abajo sobre el vacío. Al terror del
vértigo hay que sumarle la sacudida a una espina dorsal hasta entonces
arqueada y apoyada en un lecho de agua dentro del vientre que lo contenía. Y a
esta criatura recién llegada del calor y del suave líquido que la en volvía, se la
coloca sobre una báscula fría; después abren sus párpados por la fuerza para
aplicarle gotas de un líquido que le abrasa; le ponen prendas ásperas y apretadas; y, finalmente, la dejan sola en una cuna. Abandonada al hipo, al temblor, a
la fatiga que todavía la acompaña. Aturdida por el horror y presa de angustia, se
recoge sobre sí misma. Todavía queda el recuerdo del paraíso. Mientras,
alrededor, alborozo y alegría.
Aunque algunas de estas prácticas están siendo sus tituídas por otras menos
infernales, gracias a Leboyer, Odent y otros que como ellos han sido
permeables al sufrimiento de las criaturas recién nacidas, el nacimiento sigue
siendo una entrada al Valle de Lágrimas, una expul sión del Paraíso. Como dice,
certeramente pero con cierta carga de ingenuidad, Leboyer:
No hay pecado.
Sólo existen el error, la ignorancia. Nuestra ceguera y nuestra resignación.
El sufrimiento es inútil. Pura invención. No satisface a los dioses.
El sufrimiento es falta de inteligencia, El parto sin dolor está ahí para probarlo. A
despecho de los violentos, de los autoritarios...
Si decimos que esta frase de
Leboyer contiene una carga
de ingenuidad, es porque el
sufrimiento humano no sólo
es “error” e “ignorancia”.
Para algunos, no es “inútil”.
No satisface a los dioses, pero
crea Poder y satisface al
Poder existente, a las clases
dominantes que explotan la
vida para crear y conservar
los patrimonios. El parto sin
deseo y sin flujos maternos ha
sido el resultado de milenios
de represión de la sexualidad
femenina. Como decíamos en
la primera parte de este libro,
la rigidez uterina no es una
casualidad.
Para
domesticar
a
los
pequeños seres humanos hay
que mantenerles en estado de carencia. Sustituir sistemáticamente deseo por
necesidad para someterles al sutil, imperceptible y constante chantaje de atender sus
necesidades a cambio de su obediencia a la Ley; como los domadores que hacen
pasar hambre a los animales para doblegarlas a hacer lo que quieren con el estímulo
de la recompensa del alimento. Es la génesis del estado de sumisión, génesis que,
según el propio Stettbacher, hay que situar en las heridas primarias, y una de las
primeras es el daño que se produce en los momentos del nacimiento de cada ser hu mano.
Imprinting: Se trata del concepto que dice de la impresión o grabación
psicosomática e impregnación emocional que se produce cuando la madre acoge en
la parte exterior de su cuerpo a la criatura en el momento de salir al exterior. Esta
noción se ha perdido en la civilización patriarcal, sin embargo es conocido que en
animales mamíferos domésticos (y no domésticos) si se le quita un cachorro a la
madre nada más nacer, después la madre le “aborrece” y no le deja acercarse a ella.
La civilización patriarcal ha creado un tipo de maternidad que consiste en hacer que
la madre “aborrezca” psicosomáticamente a la criatura (cortar las pulsiones
instintuales y libidinales) para luego hacérsela aceptar según la Ley como el
subproducto sentimental de la sublimación edípica.
Inmediatamente después del
parto, incluso después de un
parto violento, se produce una
fortísima excitación sexual en
la madre y una enorme
producción de deseos (los
niveles más altos de descarga
de oxitocina y prolactina), y si
se permitiese el encuentro
madre-criatura inmediatamente
después del alumbramiento se
restauraría la díada original, el
acoplamiento entorno a los
flujos maternos que devolvería
a la criatura: al estado de bienestar.
Este
acoplamiento
inmediatamente después del parto espontáneo es lo que se conoce como el
imprinting porque ambos seres se funden y se plasman el uno en el otro,
quedando en ambos la huella del rencuentro, ahora en el exterior del cuerpo
materno, grabada de por vida. La carga libidinal primaria, o la Falta Básica de
la psique, depende en buena medida de si se produce o no el imprinting.
Entendida la vida como una inmensa carga o catexia de energía lib idinal, el
imprinting es un hito clave en la historia de la vida de cada criatura:
En el momento del nacimiento del bebé, se produce una descarga de prolactina
en la sangre de la madre, desencadenada por la hipófasis. La madre se vuelve
una especie de placa sensible sobre la cual se imprime la imagen del bebé. En
ese momento preciso la madre debería ver y tocar a la pequeña criatura recién
nacida, ponerla en su pecho y entrar en contacto con ella. Este imprinting o
impresión no tiene lugar en la mujer anestesiada, bajo la influencia de
calmantes o perturbada por el entorno. Algunas horas más tarde, el momento
mágico ha pasado y la madre habrá sido desposeída de esos momentos
preciosos, y tardará semanas, a veces meses, en reconocer como suyo al bebé
alumbrado. Morin M; Mariner N. L´instinct maternel apprivoisé.
Por eso la separación madre-criatura inmediatamente después del parto es
uno de los puntos claves de la estrategia patriarcal para la conversión del
deseo en carencia. Aquí es donde se asesta el golpe de gracia definitivo a la
madre entrañable. Esta probado, que la empatía materna, la intensidad y la
fuerza de la producción de la líbido materna durante la crianza, estará en buena
medida condicionada por el encuentro después del parto, por el ac oplamiento, el
imprinting que se produzca en los primeros momentos y en las primeras horas
después del parto.
Por eso la Naturaleza, de muy
diversas maneras, atiza el fuego
cuyo calor nos acompaña a lo
largo de la vida, que se vale de
todos los medios para privar a la
madre de toda posibilidad de
separarse y abandonar al niño.
Groddeck G.
¿Qué ha hecho la sociedad
patriarcal para conseguir que, a
pesar de todo, en los tiempos
modernos, la madre se separe
voluntariamente y abandone la
criatura? Pues lo de siempre;
crear ritos y normas que
organizan la separación y, al
mismo tiempo, silenciar la
verdad y construir mentiras sobre
la maternidad y la relación madre
criatura. De hecho este es el
punto clave de la aplicación de la
Ley del Padre: su aparición para
separar la díada original humana,
para prohibir la expansión del
deseo y establecer la Ley opuesta
al principio del placer.
La condición sumisa de los seres humanos se mantiene en la medida en que la Ley
asegura que la criatura humana no se sale de la espiral de la carencia y del miedo. La
inteligencia y el conocimiento crecen en esa condición, asociando la supervivencia a la
obediencia. La abundancia y el estado de bienestar son utopía; utopía en la que, en
general, ni siquiera se llega a soñar. Así, la razón humana adulta cree que su condición
es carecer, que la necesidad es inherente a la vida, y que, por tanto, esta es
inexorablemente un valle de Lágrimas. Cuando se “aprende” esto, es cuando dicen que
hemos alcanzado el “uso de la razón”, es decir, la madurez patriarcal, la resignación, la
aceptación del mundo adulto.
La transformación de la vida deseante en carencia y en miedo a carecer hace de la
criatura, casi inevitablemente, un ser sumiso, gracias a un sutil y constante chantaje
cotidiano ejecutado más o menos inconscientemente por los padres. Un ser sumiso en
general y un ser sumiso al padre y a la madre, en particular.
El estado de carencia, pues, está inmediatamente seguido de un estado de sumisión.
“Cuando un recién nacido aprende en una sala de nido que es inútil gritar, está
sufriendo ya una experiencia de sumisión.”
El parto violento y la separación de la madre inmediatamente después del parto es una
cuestión clave para el asentamiento del Principio de Autoridad en el inconsciente
colectivo. Pues, tras esa operación, la condición del ser humano cambia, de un ser que
desea a un ser que necesita, para aprender enseguida que su supervivencia depende de
su obediencia a los mayores que atienden a sus necesidades.
El deseo es el impulso vital, el principio inmanente de la vida, de la vida que no se trata
de aniquilar sino de domesticar. A1 romper el acoplamiento de los flujos y deseos con
los que la criatura nace, se produce una carencia y un bloqueo de la producción de los
deseos. Esta operación de transmutación del deseo en carencia, miedo y sumisión, ha de
pasar necesariamente por una sublimación, en menor o mayor grado, de ese deseo, una
idealización del deseo para poder soportar la frustración, el miedo, la decepción, la
desesperanza y mantener ciega la conciencia acerca de lo que sucede. No se mata del
todo el deseo, se le reprime y se le sublima. Y todo el poso de la frustración se va
almacenando en el inconsciente. La sublimación del deseo son los amores espirituales
ordenados y el perdón: para amar a quien te reprime y dejarte reprimir por quien
supuestamente te ama. Hay que perdonar para mantener vigente la sublimación inicial a
lo largo de todo el proceso de represión de los padres (Ver esquema). Este es el punto de
partida de la constitución de la identidad, del “yo”: la edipización del inconsciente. Son
los cimientos de la sociedad autoritaria, porque el aceptar como principio la propia
humillación y la represión, es asumir, en general, el principio de Autoridad.
4) EL PODER CONTRA LA LÍBIDO MATERNA
(Casilda Rodrigañez)
¿Por qué le estorba al poder la sexualidad femenina? ¿Por qué necesita que el parto y
el nacimiento sean dolorosos, y cómo consiguieron que fuera así?
La respuesta es: por la cualidad específica de la
líbido materna y su función en la vida humana
autorregulada, tanto en el desarrollo individual de
cada criatura humana, como en las relaciones sociales, en la formación social.
Las producciones libidinales se producen en general
para la autorregulación de la vida y para su
conservación. La sensación de bienestar que producen
sus derramamientos y acoplamientos es la guía -como
antiguamente lo era la estrella polar para los
navegantes- de que todo está funcionando armoniosamente, que todo va bien. La líbido femenino materna se sitúa precisamente en el principio, para
acompañar la aparición de cada ser humano, y es
imprescindible para que el desarrollo de cada criatura
sea conforme a su condición y al continuum humano;
para producir el bienestar y la autorregulación de la
vida.
En todos los mamíferos hay una impronta o atracción mutua entre la madre y el
cachorro, pero en la especie humana, que somos una especie neoténica(1) con un
prolongado período de exterogestación y no sólo de crianza, esta impronta se produce
con una enorme producción libidinal para sustentar todo ese período de
interdependencia. Como dice Balint(2) se trata de un estado de simbiosis (y no una
serie de acoplamientos puntuales) entre madre-criatura que necesariamente implica la
mayor carga libidinal de todas nuestras vidas.
Esta especialmente fuerte carga libidinal, para contrarrestar el fenómeno neoténico y
asegurar la supervivencia, explica el que las mujeres fueran las primeras artesanas y
agricultoras, y el origen de la civilización humana, según informa ya la antropología
académica(3)
Porque la cualidad específica de la líbido materna es el devenir pasión irrefrenable
por cuidar de la pequeña criatura (que es, por otro lado, quien la ha inducido); pasión
por alimentarla, protegerla de la intemperie, del frío y de las sequías, para darle
bienestar; esta pasión desarrolló la imaginación y la creatividad de las mujeres para
recolectar, hilar, tejer, hacer abrigos, conservar y condimentar alimentos, hacer
cacharros con barro, etc, etc. El cuidado de la criatura se convierte en la prioridad
absoluta de la madre y a su lado, el interés por las demás cosas se desvanece. Es la
condición misma, la cualidad de deseo y de la emoción materna, que para ese cuidado
de la vida mana de los cuerpos maternos. Cualquier invento de amor espiritual no es
sino una mala copia, un pálido reflejo de la intensidad, de la pasión y de la
identificación absoluta del cuerpo a cuerpo madre-criatura. Y esta cualidad específica de
la líbido materna no es una casualidad ni una arbitrariedad. El cuerpo materno durante
la exterogestación es nuestro nexo de unión con el resto del mundo durante la etapa
primal, porque desde ese estado de simbiosis se pueden reconocer nuestros deseos y
necesidades; a la vez que ese estado potencia las facultades y energías necesarias para
satisfacerlas.
Ahora bien, nuestra sociedad actual no tiene nada que ver con la vida humana
autorregulada; desde hace 5.000 años vivimos en una sociedad que no está constituida
para realizar el bienestar de sus componentes, sino para realizar el Poder. Y por eso al
poder le estorba la sexualidad de la mujer, los cuerpos de mujeres que secretan líbido
maternal.
Porque una sociedad con cuerpos femeninos productores de líbido materna es
incompatible con todo el proceso cotidiano de represión que implica la educación de
niños y niñas en esta sociedad. La socialización patriarcal exige que la criatura se críe
en un estado de necesidad y de miedo; que haya conocido el hambre, el dolor, y sobre
todo el miedo a la muerte, durante el parto por asfixia y luego por abandono, miedo este
último que psicosomáticamente siente cualquier cachorro de mamífero cuando se rompe
la simbiosis. Por eso la sociedad patriarcal se ha ocupado a lo largo de estos milenios de
romper la simbiosis madre-criatura (Michael Odent)(4) para que nada más nacer la
criatura se encuentre en medio de un desierto afectivo, de la asepsia libidinal y de las
carencias físicas que acompañan a la ruptura de la simbiosis, para las que su cuerpo no
estaba preparado. Desde este estado, que es el opuesto al de la simbiosis , se organiza la
supervivencia a cambio de su sumisión a las normativas previstas por la sociedad
adulta, a cambio de ser “un/@ niñ@ [email protected]”, es decir, que no llora aunque esté [email protected] en
la cuna, que come lo que decide la autoridad competente y no lo que la sabiduría de su
organismo requiere; que duerme cuando conviene a nuestra autoridad y no cuando viene
el sueño; que se traga en fin los deseos para, ante todo, obtener una aceptación de la
propia existencia que ha sido cuestionada con la destrucción de la simbiosis;
complaciendo a [email protected] [email protected] y a nuestras descabelladas conductas, sometiéndose
inocentemente a nuestro Poder fáctico, se acorazan, automatizan y asumen las
conductas convenientes a esta sociedad de realización del Poder -llámese dinero etc.Así comienza la pérdida de sabiduría filogenética de 3.600 millones de años y el acorazamiento psicosomático.
Es decir, que a la espiral de la carencia-miedo a carecer-miedo al abandono-miedo a la
muerte, reaccionamos con la espiral del llanto-acorazamiento-sumisión.
El acorazamiento tiene dos aspectos básicos: 1) la resignación ante el propio
sufrimiento (condición emocional para la sumisión) y 2) la insensibilidad ante el
sufrimiento ajeno (condición emocional para ejercer el poder). Es decir, que para
sobrevivir en este mundo hay que congelar la sensibilidad emocional específica de las
relaciones de ayuda mutua en la vida humana autorregulada: pérdida de la inocencia,
pérdida de la confianza puesto que no hay reciprocidad: una congelación y un
acorazamiento necesarios para luchar, competir e imponerse sobre el de al lado, en la
guerra de conquista de posiciones, de escala de peldaños, de expoliación y de
acaparación; porque aunque sólo pretendamos sobrevivir, en este mundo para no carecer
hay que poseer, y para poseer de algún modo hay que robar y devastar, y para devastar y
robar hay que ser capaces de ejercer la violencia contra [email protected] [email protected]
Para lograr este acorazamiento psicosomático en cada criatura humana individual,
hombre o mujer, y el aprendizaje de las conductas y de las estrategias fratricidas y
jerárquico-expansivas de realización del Poder (lo que eufemísticamente se llama
educación), se necesitan cuerpos de mujeres que engendren y paran sin desarrollo
sexual y libidinal.
La represión de la impronta y la prohibición de mimar y complacer a las criaturas está
por ejemplo muy claramente expuesta en diversos textos bíblicos: mima a tu hijo y
verás lo que te espera, doblégale cuando aún es tierno, etc., etc.; y la rebelión contra el
padre se castiga en la Biblia con la pena de muerte.
VEAMOS la función de la líbido materna desde la perspectiva de las relaciones sociales
En 1861 Bachofen(5) escribió un libro en el que explica, basándose directamente en
algunos autores de la Grecia antigua, la cualidad y la función social y civilizadora de
la líbido maternal en las primeras sociedades humanas; lo que ahora ya la antropología
con la nueva aportación de la “revolución arqueológica” está confirmando; Bachofen
dijo que la fraternidad, la paz, la armonía y el bienestar de aquellas sociedades del
llamado Neolítico en la Vieja Europa, procedían de los cuerpos maternos, de lo
maternal, del mundo de las madres. No de una religión de las Diosas ni de una
organización política o social matriarcal, sino de los cuerpos maternos(6).
Es decir, que aquella sociedad no provenía de las ideas o del mundo espiritual, sino de
la sustancia emocional que fluía de los cuerpos físicos y que organizaba las relaciones
humanas en función del bienestar; y de donde salían las energías que vertebraban los
esfuerzos por cuidar de la vida humana.
Esta vertebración de las relaciones humanas
desde lo maternal, lo explica así la antropóloga
Martha Moia(7): “el primer vínculo social estable
de la especie humana... fue el conjunto de lazos que
unen a la mujer con la criatura que da a luz... El
vínculo original diádico madre/criatura se expande
al agregarse otras mujeres... para ayudarse en la
tarea común de dar y conservar la vida...” unidas
por una misma experiencia, formando lo que esta
autora llama el “ginecogrupo”. En el ginecogrupo
el vínculo más importante era el uterino, el haber
compartido el mismo útero y los mismos pechos.
Este es el origen del concepto de la fraternidad
humana, que se ha sacado de sus raíces físicas y se
ha elevado a lo sobrenatural, para corromperlo y
prostituirlo. El vínculo uterino entre un hombre y
una mujer era algo fundamental para la
reproducción de las generaciones en una sociedad con sistema de identidad grupal,
horizontal y no jerarquizada, sin concepto de propiedad ni de linaje individual-vertical;
es decir, con conciencia de reproducción grupal. Por cierto, que todavía existen aldeas
en rincones perdidos del mundo que continúan funcionando de este modo(8).
La díada madre-criatura y el despliegue de la líbido materna en los ginecogrupos creaba
lo que Moia llama la urdimbre del tejido social, sobre la cual se entrecruzaba la
actividad del hombre, la trama. Este encaje de urdimbre y trama daba como resultado
ese tejido social de relaciones armónicas, por el que puede transcurrir la líbido
autorregulada sin bloqueos ni trabas; un campo social recorrido por el deseo productor
de la abundancia y no de la carencia(9). La arqueología ha confirmado las relaciones
armónicas entre los sexos y entre las generaciones de aquellas sociedades(10).
Pues no estamos hablando de teorías abstractas: nos referimos a civilizaciones humanas
que se han descubierto que existieron desde el 10.000 a.C., geográficamente ubicadas
entre el sur de Polonia y el norte de África, y desde los Urales hasta la península Ibérica,
que se sepa.
En cambio el tipo de sociedad esclavista que consiguieron imponer las oleadas de
pastores seminómadas indoeuropeos que empezaron a asolar las antiguas aldeas y
ciudades matrifocales, a partir del 4.000 a.C., al principio esporádicamente(11), no
buscaban el bienestar y la armonía sino la dominación para extraer, acaparar y acumular
las producciones de la vida; es decir, crear Poder, a cualquier precio, con toda la
violencia necesaria y con los quebrantamientos de la autorregulación de la vida que sus
objetivos requisieran, con tal de sedimentar su Poder contra esta vida humana
autorregulada. Para esto, para devastar, luchar, conquistar, expoliar y acaparar se
requiere un tejido social distinto del que se crea para el bienestar y conservación
de la vida, partiendo de lo maternal. Un tejido de guerreros, de jefes de guerreros, de
linajes de guerreros, de esclavos, de jefes de esclavos, de líneas de mandos, de mujeres
disciplinadas y dispuestas a acorazar y adiestrar criaturas, es decir, de cambiar la
maternidad por la construcción de los linajes verticales y organizar la crianza de esos
futuros guerreros dispuestos a matar y esclavos dispuestos a dedicar sus vidas a trabajar
para los amos; mujeres enseñadas para enseñar a sus hijos a negar sus deseos, a paralizar sus úteros y a hacer lo mismo que ellas.
Es decir, una sociedad con madres patriarcales, que no son verdaderas madres sino un
sucedáneo de madres, que no crían a su prole para el bienestar y para su integración en
un tejido social de relaciones armónicas que ya no existen, sino para el de la guerra y la
esclavitud(12). Como dice Amparo Moreno, sin una madre patriarcal que inculque a las
criaturas “lo que no se debe ser” desde su más tierna infancia, que bloquee su capacidad
erótico-vital y la canalice hacia “lo que debe ser”, no podría operar la ley del Padre que
simboliza y desarrolla de una forma ya más minuciosa “lo que debe ser”(13)
Entonces tenemos que la destrucción de lo maternal no sólo destruye algo básico en el
desarrollo físico y psíquico de cada criatura sino también y correlativamente, lo básico
de nuestra condición social y de nuestra sociedad.
A lo largo de 3.000 años tuvieron lugar guerras de devastación de las pacíficas ciudades
y aldeas matrifocales, durante las que se exterminaron generaciones enteras de hombres
que las protegieron con sus vidas; guerras durante las cuales se esclavizaron
generaciones de mujeres que vivían plenamente su sexualidad y parían con placer;
generaciones con las que “desapareció la paz sobre la tierra”, según la expresión de
Bachofen porque con ellas desapareció el tejido social, el espacio y el tiempo en el que
la maternidad es posible.
Según Gerda Lerner(14), [email protected] niñ@s fueron la primera
mano de obra esclavizada, por la facilidad de
manejarlos y de explotarlos. A las mujeres de las
aldeas conquistadas se las mantenía vivas para la
producción de mano de obra, montándolas y preñándolas como al ganado. Y así empezó la maternidad
sin deseo, por la fuerza bruta.
La consolidación y generalización del patriarcado fue
un proceso discontinuo y largo, que fueron no décadas,
ni siglos, sino varios milenios. Tras las guerras venían
las treguas, las fronteras, el rearme, la vida bajo la
amenaza y la presión del enemigo, es decir, los
períodos de guerra “fría”, durante los que se crean las
formas de sumisión voluntaria de la mujer, producto
de diferentes pactos, basadas en las incentivaciones
sociales y en el chantaje emocional, pero también en la
búsqueda de situaciones que fueran el menor mal
posible para ellas y para las criaturas.
Además la agresividad del guerrero o la docilidad del esclavo o de la esclava reside,
desde luego, en que lo sea desde su más tierna infancia; pero también depende del arte
de combinar el látigo y el hambre con incentivaciones, mitos engañosos y chantajes
emocionales, de los que tenemos abundantes pruebas, no sólo arqueológicas, sino
escritas, como el famoso Código de Hammurabi(15), rey de Mesopotamia en el 1.800
a.C., en un estadio ya avanzado de la transición.
En los orígenes del patriarcado la paternidad era adoptiva, esto es, los primeros
patriarcas adoptaban(16) a sus seguidores o filios entre los niños mejor educados y
preparados para las guerras y el gobierno de los incipientes Estados, y las mujeres
adquirían un rango en función del que adquirían sus hijos e hijas (esposas, concubinas,
esclavas), de manera que incluso su supervivencia y la de sus criaturas dependían a
menudo de su firmeza en el adiestramiento de éstas. Esto es un ejemplo de un tipo de
incentivación que va conformando la madre patriarcal; la mujer que subordina el
bienestar inmediato de sus [email protected] a su preparación para el futuro éxito social, en una
sociedad jerarquizada y competitiva: y además que tiene su cuerpo disciplinado para
limitar su líbido sexual a la complacencia falocrática.
Según va desapareciendo la sexualidad específica de la mujer y se va consolidando
la maternidad sin deseo y la madre patriarcal, se van institucionalizando formas de
matrimonio porque ya se puede predecir a priori que una muchacha será, como se suele
decir “una buena madre y una buena esposa” y que criará a su prole de forma adecuada.
En realidad, el matrimonio y la paternidad tal cual la conocemos hoy data del Imperio
Romano.
Entre los engaños míticos está la satanización de la sexualidad de la mujer. Como dice
la Biblia: la maldad es por definición lo que mana del cuerpo de la mujer. “De los
vestidos sale la polilla y del cuerpo de la mujer la maldad femenil”, dice la Biblia; y
también que “ninguna maldad es comparable a la maldad de la mujer”. La mujer tiene
que sentir vergüenza de su cuerpo incluso ante su marido, que debe cubrirse de velos,
considerarse impura. Esto es una percepción efectivamente paralizante de los cuerpos.
La mujer seductora y seducible, voluptuosa, sólo puede ser una puta y una zorra,
absolutamente incompatible con una buena madre, cuyo paradigma es una virgen
que engendra sin conocer varón y que tolera resignadamente la tortura y la muerte
de su hijo en sacrificio al Padre.
Con las generaciones se va perdiendo la memoria sobre la otra manera de vivir y
de parir, la otra percepción del cuerpo de la mujer, cuyo rastro, retrospectivamente,
podemos encontrarlo en tres lugares: en el Hades (a donde enviaron lo que no debe ser y
debe permanecer oculto), en el infierno (a donde va todo lo que es maligno), y también
en lo más hondo de nuestro ser psicosomático.
La milenaria represión sexual de la mujer, acompañada de toda clase de torturas
físicas y psíquicas, es algo relativamente bien conocido. Pero quizá no es igualmente
sabido que esa represión ha tenido por objeto impedir que irrumpa nuestra sexualidad.
Porque para que una mujer se preste voluntariamente a hacer de madre patriarcal hay
que eliminar la líbido materna, para lo cual hay que impedir el desarrollo de su sexualidad desde su infancia.
Así se consuma el matricidio histórico, somatizándose en el cuerpo de cada mujer
generación tras generación. Como dice Amparo Moreno, cada vez que parimos,
afirmamos la vida que no debe ser, bloqueamos la capacidad erótico-vital de la
criatura, para a continuación adiestrarla de acuerdo con el orden establecido(17)
Esta es una maldición de Yavé: paralizar los úteros para paralizar la producción
libidinal de la mujer y cambiar el tejido social de la realización del bienestar por el
tejido social de la dominación y de la jerarquía.
Tras la devastación de la sexualidad y la paralización del útero se construye “el amor
materno” espiritual, destinado ante todo a neutralizar y reconducir las pulsiones y los
deseos que puedan impedir la represión y el adiestramiento de las criaturas; y junto a
ese “amor”, se construye la imagen de la madre abnegada y sacrificada, dedicada a la
guerra doméstica de vencer la resistencia de las criaturas a formar parte de este tejido
social.
La “cualidad” del “amor” espiritual es la de neutralizar la compasión y el consentimiento que puedan irrumpir y agrietar las corazas, y que puedan llegar a hacer
imposible la represión y el sacrificio de [email protected] [email protected] al Padre, al Espíritu Santo, al
Capital, al Estado, al sistema de enseñanza obligatorio, etc., etc.
Porque, en cambio, el amor que nos sale de las vísceras, a diferencia del que dicen que
sale del alma escondida tras los cuerpos acorazados, sólo sabe complacer y aplacer a
[email protected] [email protected] y es incompatible con el sufrimiento y con la angustia que presiden su
socialización.
Casilda Rodrigáñez (Extracto de la ponencia titulada «Tender la Urdimbre. El parto es
una cuestión de poder»)
CITAS:
(1)Los humanos somos una especie neoténica, que nacemos antes de tiempo. Si nos
fijamos en otros mamíferos nada más nacer se levantan sobre cuatro patas y pueden
andar. Pero al adquirir la posición erecta -ese cambio que cambió tantas cosas-, el canal
del nacimiento de la hembra humana se hizo más estrecho; para nacer tenemos un giro
espiral cabeza abajo, para poder pasar por el estrecho hueco que dejan los huesos
pélvicos. Pero también tenemos que nacer con los huesos sin calcificar, en estado
cartilaginoso, tan blandos que tardaremos un año en poder andar; y sin dientes, por lo
que tendremos que alimentarnos durante bastante tiempo únicamente de la leche
materna; con el sistema inmunológico sin capacidad autónoma de responder al medio
exterior, por lo que necesitaremos de inmunoglobinas de la madre; etc. Es decir,
necesitarmeos el cuerpo materno hasta terminar esta formación extra-uterina.
(2)Balint, M. «La Falta Básica», Paidos, Barcelona, 1993 (1ª publicación: Londres y
Nueva York 1979).
(3)Pepe Rodríguez, «Dios nació mujer», Ediciones B., S.A., Barcelona, 1999. Ver por
ejemplo también la obra del paleontólogo norteamericano Stephen Jay Gould.
(4)Odent. M. «El bebé es un mamífero», Mandala, Madrid, 1990.
(5)Bachofen, J. J. «Mitología arcaica y derecho materno», Anthropos, Barcelona, 1988.
(1ª publicación, Stuttgart, 1861).
(6)Subrayamos este aspecto porque en las versiones castellanas de Bachofen , se viene
traduciendo «mutterlich» (maternal), «muttertum» (entorno de la madre) y «mutterrcht»
(derecho de la madre) por «matriarcado». Sin embargo cuando Bachofen se quiere
referir al «archos» femenino de la transición, utiliza el término de «gynecocratie».
(7)Moia, M. «El no de las niñas», laSal edicions de les dones, Barcelona, 1981.
(8)Ver artículo de Paka Díaz en «El semanal» del Diario La Verdad de Murcia, del 1622 de Julio 2000, «Los Musuo, el último matriarcado».
(9)Deleuze, G. y Guattari. F. “El antiedipo, capitalismo y esquizofrenia», Paidos,
Barcelona, 1985.
(10)En esto ya no hay discusión, empezando por la mismaa Gimbutas.
(11)Gimbutas, Mellaart, Eisfer, Rodríguez, etc.
(12)Sobre el matricidio, ver particularmente la obra de Victoria Sau: « La maternidad:
una impostura», Revista Duoda, N-° 6, Barcelona. 1994; «El vacío de la maternidad»,
Icaria, Barcelona, 1995, entre otros.
(13) Carta de Amparo Moreno a la Asociación Antipatriarcal, Boletín N-° 4, Madrid,
diciembre 1989.
(14) Lerner, G. «La creación del patriarcado», Crítica, Barcelona, 1990.
(15) El código de hammurabi son 282 leyes (con un prólogo y un epílogo) grabadas
sobre un falo de basalto de 2,01 m., que se encuentra en el Museo del Louvre; estas
leyes regulan ya un sistema de propiedad y de adopción pormenorizado. Edición de
Federico Lara Peinado en Tecnos, Madrid, 1986.
(16) Sobre el origen adoptivo de la paternidad véase por ejemplo el estudio de Assann
en el Antiguo Egipto: en Tellenbach, H. Et al. «L'image du pére dans le mythe el
I'hisiorie». PUF, Paris, 1983.
(17) Carta de Amparo Moreno a la Asociación Antipatriarcal, Boletín N°4, Madrid,
diciembre 1989.
Bibliografía del IV capítulo de “Mordisco de lobo”
-RODRIGAÑEZ, Casilda y CACHAFEIRO, Ana (1995). La represión del deseo
materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente. . Madrid. Editorial Madre
Tierra. (Parque Vosa, 12, Bajo, 28933 Móstoles, Madrid) 61443808
-EKINTZA ZUZENA Nº 29 (2002) [email protected] Ediciones E.Z.
Apdo. 235, 48080 Bilbao.
-CACHAFEIRO/RODRIGAÑEZ (1999) “La sexualidad de la mujer”.
Ediciones E.Z: Apdo. 235, 48080 Bilbao.
-LIEDLOFF, Jean. “ El concepto de continuum”. Virus Editorial.
CONTRA TODA AUTORIDAD FAMILIAR,
CONTRA TODO CHANTAJE SOCIAL.
¡¡¡ABAJO LOS MUROS
DE LOS HOGARES Y
ESCUELAS!!!
¡¡¡ABAJO LOS CASTIGOS
DE PADRES Y ABUELAS!!!
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ANEXO - Euskararen Jatorria