Las reformas educativas en
nuestro contexto histórico
C
uando desde una perspectiva histórica nos asomamos al
MANUELDE
FUELLES BENÍTEZ
mundo de las reformas educativas, la impresión que surge de
inmediato es la de una abrumadora floración de cambios
educativos: cualquiera que se haya preocupado por este asunto sabe
que en la España contemporánea se pueden contabilizar innumerables
reformas. Incluso se suele traer a colación la famosa sentencia de
Unamuno (aunque no era suya ni de su tiempo, sino de Gil de Zarate,
cincuenta años atrás): la enseñanza en España es como una
interminable tela de Penélope en la que se tejen y destejen sin cesar
las más diversas reformas educativas.
La realidad, empero, es algo más compleja y algo distinta. «Cualquiera preocupado por la
En primer lugar porque, a despecho de nuestro tradicional enseñanza sabe que en la España
hispanocentrismo, no se trata sólo de un fenómeno exclusicontemporánea se pueden
vamente español; también en la Europa contemporánea se
teje y desteje la tela de la educación con incesantes refor- contabilizar innumerables
mas (lo que prueba, entre otras cosas, las dificultades que reformas. Pero la realidades más
ha presentado siempre el desarrollo de los modernos sistecompleja. Ni se trata de un
mas educativos nacionales).
En segundo lugar, verdaderas reformas educativas, refor- fenómeno exclusivamente
mas que afecten a la raíz profunda del sistema educativo, a español ni ha habido más que
sus estructuras institucionales, a sus valores y a sus relaciodos reformas que afectaran a la
nes con el sistema político, social o económico, no ha habido, en mi opinión, más que dos: la reforma que en el siglo raíz profunda del sistema
pasado transforma el aparato escolar del anden régime en educativo.»
el sistema educativo liberal y la reforma que en 1970 inten-
ro no es un resultado mecánico. Es cierto que el hondo proceso de democratización de la educación, iniciado en la segunda posguerra mundial,
llega a España en la década de los años 60, pero es un mérito de Villar
Palasí, a pesar de todas las limitaciones y fracasos de su política educativa, haber comprendido que el sistema educativo español no se ajustaba ya
a las necesidades de la sociedad española. La ley Villar se convierte así en
la respuesta a la demanda creciente de democratización de la educación y
a las necesidades de una sociedad dinámica, urbana e industrial, que poco
o nada tenía ya que ver con la de la ley Moyano. La Ley General de 1970
impulsó un proceso de reforma que cosechó éxitos importantes: terminó
con los problemas endémicos de la escolarización, hizo posible por vez
primera en la historia de la educación española la gratuidad real de la
educación básica, fortaleció el papel del Estado como agente responsable
de la educación, impulsó la renovación pedagógica de la enseñanza,
homologó el sistema educativo con los patrones modernos de los sistemas
europeos, pero, sobre todo, rompió la estructura bipolar del sistema
educativo español: a partir de 1970 todos los niños españoles han
recibido una misma educación básica desde los seis hasta los catorce
años de edad, terminando así con la discriminación secular que a los
diez años separaba la población infantil, por razones fundamentalmente
sociales y económicas, en dos grupos escolares destinados casi
fatalmente a dos tipos de enseñanza distintos y de distinto futuro. No
todo fueron logros en la reforma educativa promovida por la ley Villar.
Hubo también fracasos importantes: deficiente atención a la educación
preescolar; elaboración de un plan de Bachillerato academicista y nada
polivalente; fracaso de la formación profesional, no obstante las
expectativas innovadoras de la ley; falseamiento de la autonomía universitaria. Fracasos todos que muchas veces no fueron imputables a la
concepción de la ley, sino a su aplicación, señal inequívoca de que en las
reformas educativas tan importante como su diseño teórico y su
estrategia resulta la vigilancia de su realización.
«La Ley General de 1970
La Ley Orgánica de Ordenación General del Sistema'Eduimpulsó un proceso de reforma cativo (LOGSE), promulgada el 3 de octubre de 1990, es la
que cosechó éxitos importantes: tercera reforma profunda que se acomete dentro del período
que examinamos. Ocuparse de ella con toda la profundidad
terminó con los problemas
que su importancia reclama excede, sin duda, del ámbito de
endémicos de la escolarización, estas páginas. Pero desde la perspectiva en que nos hemos
lo que quizá pueda llamarnos más la atención es
hizo posible por vez primera la instalado,
que mientras-de la ley Moyano a la ley Villar transcurre algo
gratuidad real de la educación más de un siglo, la actual reforma se produce justamente a los
básica, homologó el sistema veinte años de la anterior. La extraordinaria evolución de la
sociedad española en esos años ha hecho que reformas que
educativo con los patrones
en su momento nos parecieron audaces hoy nos resultan
modernos de los sistemas
tímidas o insuficientes; por otra parte, no cabe duda de que
buena parte del desajuste habido entre el sistema educativo
educativos.»
y la sociedad española es
debido a los fracasos que la ley del 70 no supo o no pudo
«El mayor éxito de la reforma fue
evitar.
Los legisladores de la reforma han sido conscientes de ello. romper la estructura bipolar de
Han señalado, con razón, las grandes transformaciones la enseñanza: a partir de 197O
producidas en estos últimos veinte años en nuestro entor- todos los niños han recibido una
no cultural, tecnológico y productivo, así como el desfase
existente entre el sistema educativo y la necesidad de la misma educación básica desde
nueva sociedad; desde otra perspectiva, han puesto de re- los seis hasta los catorce años,
lieve cómo la organización democrática de la sociedad y la terminando con la
conformación autonómica del Estado exigen también un
nuevo sistema educativo. Nuevos valores y nuevas deman- discriminación secular, que a los
das impulsan, pues, una nueva reforma educativa. Desde diez años separaba la población
el punto de vista de los valores que inspiran la reforma de infantil en dos grupos.»
1990 parece innegable que uno de ellos responde al
indeclinable deber de hacer extensivo el derecho a la educación a un
mayor número de españoles: la educación obligatoria y gratuita se
extiende ahora de los seis hasta los dieciséis años de edad,
ensanchando así el objetivo demo-cratizador que iniciara la ley de 1970.
La traducción práctica de esta exigente concepción del derecho a la
educación, muy alejada del viejo proyecto decimonónico, es uno de los
objetivos fundamentales de la nueva ley, que, se puede decir sin temor a
incurrir en ninguna hipérbole, ha sido aceptado por toda la sociedad
española, lo que supone, sin duda, un consenso básico de extraordinaria
importancia para el futuro de la reforma.
En segundo lugar, me gustaría resaltar que dentro de la nueva ordenación
general del sistema educativo ocupa un lugar central la reforma de la
formación profesional. Esta reforma, que conecta con el enfoque moderno que rige hoy en los países más avanzados de la Comunidad Europea,
permite abrigar esperanzas de que pueda resolverse uno de los grandes
problemas pendientes del sistema educativo español. Que la formación
profesional sea un objetivo preeminente dentro del conjunto de la reforma es, en sí mismo, un acierto de la ley. Si la reforma llega a lograr que la
formación profesional sea de calidad y, al mismo tiempo, abierta a todas
las clases -no adscrita a una sola-, entonces la ley habrá roto aquí uno de
los nudos gordianos de la educación española.
En tercer lugar, la reforma apunta expresamente a otro de los grandes
problemas de nuestro sistema educativo: la deficiente prestación del servicio de la educación, la escasa calidad de la enseñanza que imparte. El
énfasis que en ello hace la ley, los recursos que arbitre, la ejecución que se
realice, harán que este objetivo se convierta a la larga en el verdadero
banco de prueba de la reforma.
Finalmente, la nueva ordenación se adecúa a la nueva concepción territorial del poder del Estado establecida en nuestra Constitución. Para ello se
intentan armonizar las exigencias derivadas de la unidad del sistema
educativo con las que impone el principio básico de la descentralización
autonómica. La amplia participación que la ley otorga a las Comunidades
Autónomas en el desarrollo reglamentario de la ley y el reconocimiento de
su capacidad plena para la ejecución de la reforma pueden ser una garantía que permita superar los grandes defectos de una centralización a
ultranza, defectos que aparecen ya con la Constitución de 1812 y que, a
pesar de los esfuerzos del liberalismo progresista decimonónico y republicano, han llegado infatigablemente hasta las mismas orillas de la Constitución de 1978.
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