Guerras y tratados
Roma conquistó y conservó bajo su dominio un gran imperio con un ejercito relativamente reducido, ya que
en época de Augusto no pasó de 300.000 hombres. Aunque la guerra fue la base de su poderío, nunca se
lanzaron a ella los romanos sin haber hecho antes todo lo posible por evitarla. Sólo el Senado y el pueblo
pueden declararla, y antes de emprenderla se han de cumplir determinadas ceremonias religiosas. Cuando
Roma se consideraba agraviada, trataba de obtener la debida reparación por medios pacíficos, y sólo declaraba
la guerra en el caso de que estos fallaran o la reparación pareciese insuficiente.
El colegio sacerdotal de los fetiales era el encargado de la conservación y cumplimiento de los ritos religiosos
que regulaban la declaración de guerra y la conclusión de tratados de paz. Lo componían 22 miembros,
reclutados entre los ciudadanos más notables y actuaban normalmente en grupos de dos o cuatro, cuyo jefe era
el pater patratus y desempeñaba el papel de padre o representante del pueblo romano: otro era el verbenarius,
o portador de las hierbas sagradas (sagmina, verbenae). Debían entrar personal e inmediatamente en relación
con el enemigo sobre su territorio. El pater patratus abría las hostilidades lanzando sobre el territorio enemigo
una jabalina ensangrentada. Cuando la gran extensión del territorio romano hizo más difícil este
desplazamiento, se realizaba esta ceremonia en la misma Roma, cerca del templo de Belona. Declarada la
guerra, se abría el templo de Jano, para que este dios pudiera acudir en auxilio del pueblo romano.
En los tratados de paz intervienen también los fetiales. Leído y jurado el tratado (foedus), es consagrado con el
sacrificio de un cerdo, que el pater patratus golpea (foedus percutere, ferire) con un cuchillo de sílex,
reminiscencia de las épocas primitivas, en que se usaba este material como instrumento cortante.
El ejército
El ejército romano sufrió sucesivas transformaciones. En un principio, los ciudadanos pobres estaban
excluidos de él. Al proclamarse la leva, los ciudadanos se agrupaban por gentes, es decir, por familias, y cada
uno se armaba y equipaba por su cuenta. Acabada la campaña, todos volvían a sus obligaciones habituales.
Con la reforma social atribuida al rey Servio Tulio, se aumentó el número de soldados y se reglamentó su
armamento, pero la última clase del censo continuó excluida del ejército. Los ricos siguieron formando la
caballería (equites, caballeros).
Más tarde, en época de Camilo, al no permitir la prolongación de las operaciones el regreso de los soldados a
su trabajo, el Estado les asignó un sueldo, y en lugar de ser distribuidos por clases sociales, fueron agrupados
según su valor, aptitudes y tiempo de servicio, aunque seguían siendo propietarios−soldados. Mario introdujo
una innovación revolucionaria, origen de todos los cambios políticos que condujeron a la creación del régimen
imperial: alistó en el ejército a los proletarios, con lo que el ejército se convirtió en profesional, formado por
hombres cuyo medio de vida era la milicia. Se unificó el armamento, y la caballería dejó de ser un cuerpo
militar exclusivo de los ciudadanos ricos. Así se organizó definitivamente la legión, cuya enseña (signum) era
un águila (aquila) de plata, llevada por el soldado mas fuerte y valiente (aquilifer, signifer).
La legión romana
La legión romana era una unidad táctica completa, que comprendía infantería ligera y pesada, caballería y
máquinas de guerra. Su gran espíritu cívico, producto del sentimiento nacional, la identifica con la propia
Roma y es la clave de sus triunfos. Para formar parte de ella era condición previa ser ciudadano; si se
reclutaban esclavos, libertos o bárbaros, se les declaraba al mismo tiempo ciudadanos. Sus miembros
prestaban juramento (sacramentum) al general (imperator), lo cual creaba un vínculo entre éste y el ejército.
Esto explica la autoridad personal creciente de los generales, que desembocó en el régimen imperial.
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Cada legión está formada por 4.200 a 6.000 infantes (pedites) y 300 jinetes (equites). Los pedites se dividen
en hastati, principes y triarii. El número de estos últimos no varió; era un título honorífico otorgado a los
veteranos más bravos, que sólo actuaban en situaciones muy comprometidas, por lo que, para expresar las
grandes dificultades de una empresa, se creó la frase «res ad triarios pervenit». La infantería estaba dividida
en 60 centuriae; dos centurias formaban un manipulus; tres manípulos, una cohors; diez cohortes, una legio.
Los jinetes estaban a su vez divididos en grupos de diez (decuria); tres decurias formaban un escuadrón
(turma); en cada legión había diez turmae.
La infantería ligera (velites) combatía fuera de las filas de la legión.
Después del general en jefe del ejército (consul, dux, imperator), el mando supremo de la legión corresponde
a los seis tribuni militum, que ejercían el mando alternativamente. Primitivamente eran nombrados
directamente por los cónsules, después por el pueblo: en época imperial, por el emperador. Generalmente eran
nobiles adulescentes que habían hecho sus primeras campañas en la caballería (equo merere) o como
contubernales o comites imperatoris, es decir, en el séquito de un imperator. Después de Augusto se creó el
legatus, con autoridad sobre los tribunos. Oficiales permanentes eran los 60 centuriones, cada uno de los
cuales mandaban una centuria. Su distintivo era un sarmiento de vid (vitis) y su categoría dependía del
manípulo, cohorte y clase de soldados que mandaban. El manípulo de la derecha era superior; la cohorte
inferior era la 10ª, los soldados de más categoría, los triarios.
Los legionarios iban armados con un casco (galea) de bronce, una coraza (lorica) de cuero, guarnecida con
placas de hierro, y un escudo cuadrangular largo (scutum) de madera recubierta de cuero y con aplicaciones
metálicas, con un saliente abombado en el centro (umbo). Su espada (gladius) era corta, ancha y de doble filo,
y llevaban una jabalina (pilum) de casi dos metros de largo, cuyo alcance medio era de unos 25 a 30 m.
Iban vestidos con una túnica de manga corta y un capote militar (sagum) y calzados con las caligae, zapatos
de gruesa suela claveteada y cuyas correas llegaban hasta media pierna. Los velites (o levis armatura)
llevaban un casco de cuero, escudo pequeño (parma), y una jabalina corta (iaculum). Los equites, un casco
pesado (cassis), escudo redondo (clipeus), coraza de bronce, lanza (hasta) y una espada más larga que la de
los legionarios. Su estandarte era rojo (vexillum).
El campamento
El ejército romano acampaba siempre de noche, hasta tal punto que sus días de marcha solían contarse por el
número de sus campamentos.
Nunca combatía sin establecerlo antes. En las marchas se adelantan un tribuno y varios centuriones para elegir
el emplazamiento adecuado y hacer el trazado, asignando el lugar que debe ocupar cada unidad. Al llegar las
legiones deben fortificarlo, cavando en torno un foso (fossa) de 12 pies de profundidad y otros 12 de anchura.
Con la tierra cavada se levanta un terraplén (agger) y sobre éste se planta una empalizada (vallum). Si se está
frente al enemigo, los triarios y la caballería permanecen en orden de batalla, para impedir que los que
trabajan sean molestados. El campamento (castra) queda, pues, convertido en una plaza fuerte, dentro de la
cual cada uno tiene un lugar determinado de antemano. El atrincheramiento esta separado de las tiendas por
un espacio libre de 200 pies de ancho (intervallum) que preserva del fuego y los dardos enemigos.
Determinado el emplazamiento del campamento, se señala con una bandera el lugar que debe ocupar la tienda
del general (praetorium). Alrededor se marca un cuadrilátero, de modo que sus lados disten 100 pasos de esta
bandera. A ambos lados del praetorium, y en línea con él, se levanta la hilera de tiendas de los tribunos, cuyas
puertas están abiertas hacia la parte que ocupan las tropas. Delante del praetorium y de estas tiendas de los
tribunos hay una amplia calle (via decumana). A ambos lados acampan los equites romani de las dos legiones,
y detrás de éstos, los triarii, principes y hastati. A partir de los hastati se deja una nueva calle y enfrente
acampan los equites sociorum y pedites sociorum. Entre la 5ª y 6ª cohorte hay otra calle (via quintana). Detrás
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de las tiendas de los tribunos a ambos lados del praetorium quedan dos grandes espacios libres, el forum, con
el tribunal de las arengas (contio); el quaestorium, con los aprovisionamientos, y el augurale, donde se toman
los auspicios. A los lados de estas plazas acampan los equites delecti y algunos pedites delecti, y detrás, los
equites y pedites extraordinarii. Tiene cuatro puertas: praetoria (frente al praetorium), decumana (en el lado
opuesto), principalis dextra y principalis sinistra. La porta praetoria está orientada hacia el Este o hacia el
enemigo, para permitir una rápida y ordenada salida de las tropas.
También hay campamentos estables (castra stativa), de invierno (castra hiberna) y navales (castra navalia).
La marcha. El combate
Los legionarios realizaban sus marchas con asombrosa rapidez (magnis itineribus), cargados con una
impedimenta personal pesadísima (sarcina), en la que llevaban herramientas, armas y víveres, a veces para un
mes. Naturalmente, para combatir se desembarazaban (expedire) de tal peso, que llegaba hasta los 20 ó 25
kilos. En ocasiones, sin embargo, un ataque repentino del enemigo les obligaba a luchar sub sarcinis, en
inferioridad de condiciones.
La columna en marcha (agmen) comprendía la vanguardia (primum agmen), el centro (medium agmen) y la
retaguardia (agmen extremum, agmen novissimum o simplemente novissimi). Las legiones constituían
normalmente el centro y la caballería y los aliados cubrían los extremos y los flancos. Durante la marcha, la
disciplina no permitía salirse de la fila, con objeto de estar siempre en disposición de entablar combate.
Cuando la columna era demasiado larga, con lo que corría el riesgo de ser cortada por un ataque enemigo, se
adoptaba el agmen quadratum, pilatum o densum, orden a la vez de marcha y de combate, con la impedimenta
en el centro.
Primitivamente, el orden de batalla (acies) era compacto. Con Camilo y después con Mario, la táctica fue
evolucionando y el manípulo se convirtió en unidad básica de maniobra. En el acies triplex, en la primera
línea, se colocan los manípulos de hastati; detrás, los de principes, y en la tercera, los de triarii o pilani. Para
dar la orden de batalla suena la trompeta (tuba), mientras el estandarte rojo (vexillum) se enarbola (proponere)
ante el praetorium. Dada la señal de combate (dare signum pugnae), los legionarios se lanzan
impetuosamente al ataque (facere impetum), lanzando el grito de guerra (clamor). Al llegar a pocos pasos del
enemigo, lanzan (conicere) la jabalina (pilum) y después ya no luchan de lejos (eminus), sino cuerpo a cuerpo
(comminus) con las espadas (gladiis rem gerere), hasta que hacen retroceder (loco movere) al enemigo, que
abandona sus posiciones (loco cedere) y se da a la fuga (fugae se dare, fuga salutem quaerere), mientras la
caballería (equitatus) desbarata a los fugitivos (trucidare fugientes) o los hace prisioneros (captivus).
Entonces el ejército lanza el grito de victoria (victoriam conclamare), erige trofeos (trophaeum) y retorna al
campamento al dar la señal de retirada (receptui canere). Tras el combate, el vencedor retira a los heridos,
entierra a los muertos y despoja (spoliare) a los cadáveres enemigos.
El asedio
Cuando una plaza fuerte (oppidum) era de difícil asalto (oppugnatio), se recurría al asedio (obsidio). Las
ciudades antiguas estaban generalmente rodeadas de poderosas fortificaciones (moenia, murus, munitiones) y
se intentaba obligarlas a la rendición (deditio) por hambre. Para ello solían trazarse líneas de contravalación,
para impedir el socorro a los de la ciudad (oppidani) y el ser atacados por la espalda, y otras líneas de
circunvalación para rechazar los contraataques y salidas (eruptio) de los sitiados.
Estas líneas de bloqueo, como podemos deducir de las construidas por César ante Alesia, eran complicadas.
Constaban, en esencia, de un gran foso (fossa) y un terraplén (agger) fortificado con un vallum y turres. Ante
el foso se cavaban pozos de lodo (lilium), trampas (stimulus) y se construían toda clase de obstáculos. Una vez
cercada la ciudad, eran colocadas a distancia conveniente las máquinas de guerra (tormenta, balista,
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catapulta, onager...), bajo cuya protección se procedía a acercar los arietes, para golpear las murallas y abrir
brechas en ellas: los atacantes trabajaban al abrigo de vineae, testudines y plutei y a veces se abrían grandes
galerías (cuniculi), para socavar las murallas. En ocasiones, los sitiadores levantaban, con enorme esfuerzo, un
ancho terraplén (agger) en rampa, con objeto de igualar la altura de las murallas y permitir así el ataque, ya
que por él subían las máquinas de guerra y las turres, movibles y de varios pisos (contabulata), desde las que
se dominaba a los sitiados.
De este modo, mientras los arietes golpean las murallas y las ballestas, catapultas y demás tormenta lanzan
sobre los sitiados una lluvia de proyectiles de toda clase, los legionarios, formando la tortuga (testudo),
colocando los escudos en forma de tejado sobre sus cabezas y subiéndose otros encima, tratan de escalar
(ascendere) los muros enemigos.
Los defensores, por su parte, procuran por todos los medios neutralizar y destruir los trabajos del adversario,
incendiando el material y obras en sus frecuentes salidas. Cuando golpea el ariete, intentan enlazar su cabeza
con una soga y destruirlo. También aminoran el efecto de sus golpes colocando ante él materiales elásticos,
acolchados, etc. Cubren las brechas con un segundo muro, y lanzan contra los atacantes toda clase de armas
arrojadizas (tela), pez (pix) ardiendo, etc. En el famoso sitio de Siracusa, Arquímedes inventó ingeniosas
máquinas defensivas. Una de ellas levantaba en vilo las naves romanas y después las estrellaba, dejándolas
caer desde lo alto.
La guerra naval
Durante varios siglos, los romanos carecieron de una poderosa nota permanente de guerra. Sólo en
determinadas ocasiones recurrieron a construir escuadras, a veces numerosas, como ocurrió en sus luchas
contra los cartagineses. Vencidos éstos y sometida Grecia, Roma se creyó dueña del Mediterráneo y abandonó
de nuevo la marina, hasta que la amenaza de los piratas hizo precisa la creación de una fuerte escuadra.
Después de las guerras civiles y de la victoria de Actium, Augusto, con sus naves y las capturadas a M.
Antonio, formó una nota poderosa, a la que asignó bases navales en Forum Iulii (Frejus), Miseno y Rávena.
Había también, durante el Imperio, numerosas notas auxiliares en Britania, Alejandría, Ponto, Siria y en los
grandes ríos fronterizos: Eúfrates, Danubio y Rhin.
Las naves de guerra (navis longa) tenían la quilla de madera de encina, para darles mayor resistencia. La
madera se trabajaba antes de que se secase, para poderla curvar; las junturas se calafateaban con estopa, cera,
resina y otras materias. Para diferenciar los navíos se ponían figuras en la proa. La popa solía acabar en forma
de cola de cisne y constituía un trofeo. A babor y estribor tenían unos agujeros, a modo de ojos, que
primitivamente daban al navío la apariencia de un ser vivo, y luego sirvieron para hacer pasar los cables de las
anclas. Como medios ofensivos disponían en la proa de un espolón metálico (rostrum), y de otros adicionales,
en forma de tridente, para agrandar la brecha producida por aquél en la nave adversaria. También llevaban una
torre, desde la que podían lanzarse proyectiles.
Junto a los remeros (remex) y marineros (nauta), iban soldados de marina (classiarii) muy ejercitados y a
veces legionarios corrientes. La lucha era parecida a la terrestre. Si no se había hundido (mergere) la nave
contraria, mediante la embestida frontal del espolón en su costado, se procedía al abordaje (trascendere in
navem), para lo cual los romanos inventaron unos grandes ganchos (manus ferrea) y un puente con garfios en
su extremo (corvus). Apresada la nave enemiga, se desarrolla un verdadero combate de infantería.
Antes de comenzar la batalla, el comandante de la flota tomaba los auspicios y, si éstos eran favorables, se
enarbolaba en la nave capitana (navis praetoria) el estandarte rojo de combate. A esta señal, las naves
avanzaban procurando atacar el costado del navío contrario.
Las naves eran de diversas clases y tamaños. Las mas conocidas son las de tres filas de remos (triremes).
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Las recompensas militares. El triunfo
Los romanos concedían condecoraciones y premios al valor: collares (torques), brazaletes (armillae), placas
(phalerae), coronas (coronae). Éstas podían ser de varias clases: cívica, obsidional, mural, vallar, naval, etc.,
según se hubieran concedido por salvar a un ciudadano, librar a una ciudad del asedio o ser el primero en
escalar una muralla, asaltar un campamento o pasar a la nave contraria en un abordaje.
Pero el mayor honor que el Senado puede conceder a un general victorioso es el triunfo (triumphus), honra
que más tarde se reservaron para sí los emperadores. Desde el campo de Marte entra el cortejo por la Porta
Triumphalis en la ciudad en fiesta. Espectáculo incomparable en la vieja Roma. Avanza el desfile victorioso
por la Vía Sacra; abren la marcha los trompeteros, ante una larga hilera de carros portadores del botín.
Tocadores de flauta (tibicines) preceden a la víctima, un toro blanco adornado con bandas de lana (infulae);
detrás, los sacerdotes que han de realizar el sacrificio. Enseñas arrebatadas al enemigo, prisioneros de guerra
encadenados, lictores con sus fasces... Por último, el general triunfador, vestido con un manto de púrpura
sobre la túnica bordada de palmas de oro, coronado de laurel, con el cetro de marfil en su diestra, avanza
orgulloso sobre el carro triunfal, tirado por cuatro caballos blancos. En su carro le acompañan sus hijos más
jóvenes y un esclavo, que, mientras extiende sobre su cabeza una corona de oro, le recuerda que es un simple
mortal. Detrás, sus hijos mayores, en medio de un séquito formado por legados, tribunos y caballeros.
Servidores que llevan pancartas, en las que aparecen escritos los nombres de sus victorias y de los países
conquistados, preceden a las legiones, que avanzan cantando himnos de alabanza o canciones de burla.
Entre las aclamaciones del pueblo llega el general triunfador hasta el Capitolio. Allí ofrece un sacrificio a
Júpiter y pone ante sus pies la corona triunfal.
Después del triunfo, la ovatio constituye la mayor recompensa militar. Se otorga a los generales que han
obtenido importantes victorias, sin poner fin a una guerra, o a los vencedores de enemigos irregulares (piratas,
esclavos, pueblos semisalvajes...), o cuando la guerra no ha sido declarada conforme a los ritos tradicionales
prescritos. El general galardonado entra en la ciudad a pie o a caballo, al son de flautas, precedido de sus
tropas, que llevan ramas de olivo. Va vestido de blanco con bordados de púrpura y coronado de mirto.
Senadores, caballeros y destacados ciudadanos le acompañan hasta el Capitolio, en donde se sacrifica una
oveja.
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Guerras y tratados de paz romanos

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