que fuera otra vez “una cualquiera”. “Y decían a la mujer: `Ya no creemos por lo que tú
has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es verdaderamente el Salvador
del mundo`” (Jn 4, 42). Tal vez lo sabían, pero obviamente no sabían todo lo que eso
significaba.
¿Por qué se empeñarían en minimizarla sino se hubieran sentido amenazados por esta
mujer nueva, liberada y poderosa que estaba con ellos? Muy a menudo cuando la mujer codependiente se está recuperando y comienza a levantarse, a desperezarse, a vivir su
propia verdad, los que la “amaban” (o amaban usarla) le dan la espalda . ¿Qué clase de
amor exige obediencia y cautividad? ¿Qué clase de amor exige que el amado sea “menos
que”? Por cierto no el amor que recibimos de esas aguas vivificadoras.
Aunque a veces sea difícil, no vaciles. No estarás sola en tu convalecencia, Jesús
estará contigo en cada uno de los pasos del camino, ofreciéndote taza tras taza de
agua de su pozo, curándote, convirtiéndote en una mujer íntegra.
ÁMATE A TI MISMA
En la medida en que comencemos a respondernos, a descubrirnos, Jesús nos revelará
más y más sobre su verdad. Empieza por curarnos y luego nos invita a descubrir al
sanador, al Mesías, al Ungido. “Soy yo, el que habla contigo” (Jn 4, 26). El sanador vino a
ofrecernos vida y a liberarnos de nuestras compulsiones. Ama a tu prójimo, sí, pero
primero conoce y ama a Jesús y a ti misma.
La mujer junto al pozo puede parecernos el personaje de una
historia antigua, pero esta tiene un profundo sentido para nosotras.
Hoy Jesús sigue presentándose allí donde estemos: en nuestros
cuartos, haciendo la cama, en la cocina, lavando los platos, en la calle,
en cualquier lugar en que estemos, ahí también está Él
queriéndonos curar. El sabe cuáles son nuestras heridas, nuestras
humillaciones, nuestra necesidad de ser amadas. Es paciente con
nosotras, aún cuando lo tratamos de embaucar para alejarlo de la
verdad.
JESÚS TE CURA
A cada una de nosotras, Jesús nos ofrece “las aguas vivificantes”,
la verdad sobre nosotras mismas y sobre Él. Se queda conversando con nosotras
mientras nos enfrentamos con la tarea de confrontarnos con esas verdades.
Aceptarse honestamente tal como somos es difícil. Pero Jesús está ahí, ofreciéndose
amablemente como bálsamo para la herida, como agua para limpiar el sufrimiento. Yo lo
sé. Estuve allí. Como esa samaritana, yo también tengo que decirles a ustedes y todas
las que quieran escuchar, que El que cura es el Mesías, el Salvador del mundo.
(Jn 4, 4-42)1
Jesús quiere curarnos de nuestras heridas para que podamos llegar a ser
mujeres en todo el sentido de la palabra. Pocas historias, en la Biblia, ilustran mejor
esta idea que la de la mujer junto al pozo, que fue curada en un encuentro inesperado con
Jesús.
El hecho de que Jesús hablara con ella asombró a sus discípulos, porque, de acuerdo a
las costumbres judías de ese tiempo, ningún hombre hablaba en público con una mujer
desconocida. Pero Él percibió que estaba lastimada, vio su herida y no pudo hacer
otra cosa que hablar con ella, amarla tal como era. Y la amaba demasiado para dejarla
en esa situación.
Esta historia nos presenta el hecho de que la mujer padecía una enfermedad
disfuncional y debilitadora: la co-dependencia. Le falta el sentido de ser ella misma y
vive solo según lo que otras personas piensan de ella. Aquellos que tienen influencia en su
vida, le muestran lo que tiene que ser. Toda su identidad le viene del exterior. No está
centrada en su ser íntimo. Se define por los roles que debe desempeñar: esposa,
madre, maestra, religiosa… Actúa en esos roles para agradar a los demás. La cuestión
no es saber quien es el “objeto” de su necesidad. El objeto es lo que le da seguridad y la
verdadera definición de su existencia.
Ella no se respeta, pero espera ser respetada por los demás y por otras cosas: su
forma de vestir, su trayectoria profesional, su habilidad para responder a las
necesidades de los demás… No cree en su único, precioso, intrínseco valor sólo por
ser ella misma. Se ha perdido a sí misma y se siente muy sola. Es incapaz de existir
independientemente.
La mujer co-dependiente no actúa. Reacciona. Si el objeto está de buen humor, ella
también lo está. Si el objeto está de mal humor, ella tratar de solucionar esa actitud,
porque asume que es la causa de ese mal humor. Aunque aparentemente parezca
generosa, en realidad es egoísta, porque está completamente condicionada. “Debes ser
1
Cfr. WILLIAMS, RUTHANN. Sanación y misión. Las mujeres en la Biblia . Paulinas. Buenos Aires. 2007. Págs. 87.
feliz, porque cuando eres feliz quiere decir que me amas, y debes amarme. Haré cualquier
cosa y seré lo que tú quieras para que me ames.”
Puedes pensar que eso nada tiene que ver con vos. Pero los expertos dicen que un
95% de las mujeres operamos, por lo menos una cierta parte del tiempo, por no decir
casi todo el tiempo, en una postura de co-dependencia. Si quieres saber si eres o no
co-dependiente, pregúntate: ¿Por qué decimos “sí” cuando estamos cansadas,
recargadas de trabajo, de mal humor y cuando sentimos que nos piden demasiado? ¿Será
porque somos buenas cristianas o porque estamos condenadas a ser co-dependientes?
Una cristiana primero se ama a sí misma y luego ama a su vecino de la misma
manera. Una co-dependiente no posee ese “sí mismo” de donde sacar amor. Trata de
comprar amor, de ganar amor u obligar al otro a amarla. Una cristiana está centrada
en Dios. Una co-dependiente está centrada en el otro, en el objeto.
Jesús no dudó en servir cuando hubo necesidad de hacerlo. Jesús tampoco dudó en
ocuparse de sí mismo, reconociendo sus propias necesidades. Sólo el co-dependiente, no
el cristiano, insistirá en lavar pies ya limpios.
Las mujeres co-dependientes están siempre actuando.
Su identidad les viene de su hacer y no de su ser. Así el
ciclo repetitivo y sin fin continúa girando en espiral
frenética de contención, control, deseo de agradar, decir
siempre sí, hasta…que un día comenzamos a sacar agua
del pozo y nuestras vidas cambian para siempre.
JUNTO AL POZO
Es fácil reconocer inmediatamente la herida de esa mujer. Jesús le pide agua. Pero
ella, en lugar de contestarle directamente, o de darle simplemente una taza, coquetea con
él. Jesús ya había “roto el código” al dirigirle la palabra. Ahora ella quiere ver hasta
donde puede llegar en esa relación casual e inusual ¿La encontrará atractiva? ¿Será por
eso que se dirigió a ella? ¿”Merece” ella que Él le siga prestando atención?
Esa mujer solo conoce una manera de relacionarse con los hombres: sexualmente.
Cuando leemos la historia descubrimos que ha pasado buena parte de su vida en
relaciones malsanas: ¡cinco maridos y un amante! (Cfr. Jn 4, 17-18) Es una mujer que solo
puede identificarse en términos de relaciones con los hombres. No sabemos cómo llegó
a estar tan herida. Pero la mujer, la persona, desapareció. No se conoce así misma y ha
abandonado su esencia para ser “amada” por una trágica sucesión de hombres. Se ha
perdido. Sólo Jesús puede encontrarla.
Eso es lo que le pasa a la mujer co-dependiente que no reconoce sus propias
necesidades, su propia verdad. Vive para los otros o para otro; todo lo demás lo
sacrifica para preservar esas relaciones. Abandonará todo – amigos, familia, salud,
cualquier cosa – para mantener ese “amor”. Porque no se ama a sí misma y sólo
recibe su valor del exterior.
CONFRONTÁNDOSE CON LA VERDAD
Ese día, en Samaria, la mujer miró a Jesús y esperó verse
reflejada en su respuesta. Se habrá sobresaltado mucho cuando, en
vez de ver el reflejo distorsionado de ella misma que había
mirado durante toda su vida, Jesús – que no entraba en relaciones
malsanas – logró que se confrontara con su propia verdad.
Eso es lo que hay que hacer para recuperarse de la
codependencia: confrontarse con la verdad. Cuanto más dolorosa e
incómoda sea esta, más desesperadamente la estamos necesitando.
El dolor y la incomodidad indican que la estamos negando y que tenemos miedo.
¿A dónde irán nuestras sombras si alguien rompiera la pantalla en la que se reflejan?
¿Adónde? La luz de la verdad aleja las sombras y no deja en pie ninguna pantalla en la que
podamos escondernos. Sólo deja la realidad de lo que somos… a la vista de Jesucristo.
A cualquier mujer co-dependiente le da un miedo terrible salir de las sombras. “Si
realmente me vieran, no podrían amarme”. Pero adelántate, hermana, porque el reflejo
que verás en los ojos de Jesús te consolará aunque sea también un desafío. Eres digna de
ser amada sólo porque eres. No puedes poseer ni comprar amor verdadero. Nada de
lo que hagas para desmerecerte te traerá amor. Las felicitaciones de los demás no te
darán la estima por ti misma. Todas las buenas obras del mundo no te ayudarán a pararte
delante de Dios.
Deja que Jesús te hable sobre tu verdad como lo hizo con la mujer junto al pozo.
¡Conoce la verdad! Después deja que Él te diga cuál es su verdad. “El que beba el agua
que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en el
manantial que brotará hasta la vida eterna.” (Jn 4, 14)
El agua que Jesús ofrece es amor, verdadero amor, amor curativo. Cuando
bebemos esa agua que da vida ya no tenemos sed de otra identidad; la poseemos. Y
cuanto más bebemos más descubrimos lo que valemos como criaturas amadas por Dios.
NO ES FÁCIL PERO ES POSIBLE
Recuperarse de la co-dependencia es un proceso largo y difícil, y a menudo,
bastante doloroso. Las personas que fueron objeto de nuestra compulsión, por ejemplo,
no se sentirán muy agradecidas por nuestra recuperación, como seguramente no lo
habrían estado las que se relacionaban con la mujer samaritana. Les había anunciado la
buena nueva del Mesías y de su propia liberación de la cautividad. Pero ellas estaban
impacientes para que volviera a ser lo que había sido, para empequeñecerla, para
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que fuera otra vez “una cualquiera”. “Y decían a la mujer: `Ya no