Unidad 1, lectura 1
I
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Fuente: Mo Sung. Deseo, Mercado y Religión Editorial Sal Terrae, Santander, 1999
Deseo, Mercado y Religión
Jung Mo Sung
1. Teología y economía.
La teología es, como se sabe, el estudio sistemático (logos) acerca de Dios (Theos). El objeto
principal de la teología no es probar que Dios existe ya que eso constituye uno de sus
presupuestos; aparte de que no es posible probar de modo definitivo la existencia de Dios. En ese
sentido, Dios es más el objeto de la esperanza y de la fe que el de una certeza. (18) Sin entrar en
debates mayores, podemos decir que el objeto central de la teología es Dios o, con otras palabras,
el discernimiento de las imágenes de Dios.
Ya santo Tomás de Aquino decía que de Dios sabemos más lo que no es que lo que es; y que, por
lo tanto, no podemos proclamar a Dios «en sí».1 Eso significa que no debemos caer en la tentación
de creer que poseemos un conocimiento cierto y exacto acerca de Dios, sino reconocer nuestros
límites y procurar discernir, a partir de las experiencias de fe/revelación narradas en la Biblia y en la
Tradición cristiana, las diversas imágenes de Dios presentes y subyacentes en nuestras vidas, en
las Iglesias y en las sociedades.
Partiendo de esta noción de teología, aproximémonos a una de las primeras imágenes de Dios
presentada por la Biblia. Tomemos el texto que nos habla del paraíso y de la creación de la
humanidad. El libro del Génesis nos dice que «Yahvé Dios modeló al hombre de arcilla del suelo,
sopló en su nariz un aliento de vida y el hombre se convirtió en ser viviente» (Gn 2,7). Es una
manera hermosa de hablar de Dios y del ser humano. Se nos presenta a Dios como el dador de la
vida; por eso el cristianismo siempre ha enseñado que la vida es el mayor don que hemos recibido
de Dios. Dios es un Dios de la Vida; la vida forma parte de la «esencia» de Dios. El ser humano se
nos presenta como un «ser viviente» (cuerpo + vida), nacido de las manos de Dios.
En la tradición bíblica no hay, o al menos no predomina, la noción dualista del ser humano, tan
fuerte en la filosofía griega. En esa tradición filosófica y religiosa griega, el ser humano es un
compuesto de cuerpo y alma en el que el cuerpo está en lucha contra el alma. Y la salvación
consistiría en la liberación del alma de la prisión del cuerpo. En ese sentido, la religión debería
ocuparse del alma en su lucha contra las tentaciones materiales y corporales. Lo que conduce a
una separación radical entre teología y economía. (19)
En la Biblia, por el contrario, Dios se presenta como dador de la vida que se preocupa por la vida
del ser humano. Por eso, a continuación de la creación del «ser viviente», Dios «plantó un jardín en
el Edén», con «toda especie de árboles hermosos de ver y de comer» (Gn 2,8-9), y puso allí al
hombre «para cultivarlo y guardarlo» (Gn 2,16). Cultivar la tierra para que dé frutos para la vida de
los seres humanos. En la tradición bíblica, la contradicción fundamental no es entre alma y cuerpo
sino entre vida y muerte. Por eso dice Jesús: «Vine para que todos tengan vida y la tengan en
abundancia» (Jn 10,10).
Todos sabemos que no existe vida sin comida, bebida, ropa, casa, salud, libertad y afecto/acogida.
Por eso el evangelio de Mateo (Mt 25,31-46) nos enseña que ese conjunto, que hace posible la
vida, es el punto clave del juicio de Dios sobre nosotros. Cuando Jesús propone esos puntos como
criterio, no está reduciendo la salvación a una cuestión meramente material. La salvación no
procede de la preocupación por la comida, bebida, etcétera, puesto que todos, hasta los perversos,
1
Cf. Suma Teológica, q.1.art.9.
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se preocupan de esas cosas para sí y para los suyos. La salvación proviene de la búsqueda de la
comida, bebida, ropa, casa, salud, libertad y afecto/acogida para los pequeños, para aquéllos que
han sido excluidos de la sociedad, para los que no nos pueden pagar o retribuir. Puesto que sólo
los que son movidos por el Espíritu de Dios son capaces de ese tipo de gratuidad. Los que dedican
su vida a defender la vida y la dignidad de los «pequeños» hacen la experiencia del Dios que es
Amor, aun cuando no tengan conciencia de ello.
La producción, distribución y consumo de estos bienes materiales constituye el campo de la
economía. Si esto es así, en la concepción bíblica de Dios no se da contradicción entre teología y
economía. Muy al contrario, quien conoce al Dios de la Vida, defiende la vida amenazada por las
fuerzas de la muerte y se «entromete» en la economía en nombre de la fe, a fin de que se ponga al
servicio de todos los seres humanos. (20)
2. Economía y teología
Muchos piensan que la relación entre teología y economía es de dirección única, sólo desde la
teología hacia la economía, y que en la economía no surgen cuestiones teológicas. En otras
palabras, esa relación sería algo que únicamente los teólogos consiguen percibir, en el intento de
justificar la «intromisión» de las Iglesias en un asunto que les es ajeno: la economía. Creen que la
economía es una ciencia moderna, sin relación con la ética, y, mucho menos, con la teología, que
debería limitarse a los asuntos «celestiales».
Lo que ese grupo no consigue ver es que la ciencia económica está fundada, como todas las
ciencias, en ciertos presupuestos filosóficos; más aún, está fundada también en presupuestos
teológicos o metafísicos. Eso es así porque la economía trata de cuestiones relativas a la vida
humana y social. La reducción de las religiones a las cuestiones privadas y «celestiales», tal como
ha ocurrido en las sociedades modernas, no acaba con las grandes cuestiones de la humanidad
que fueron tratadas por las religiones en las sociedades premodernas. Y algunas de esas
cuestiones pertenecen al terreno de la economía.
Podemos decir que la ciencia económica consta de varios niveles. El más aparente y conocido es
el nivel de la operatividad. Se suele identificar ese nivel con la totalidad de la ciencia económica,
pero ésta posee también implícitamente una filosofía y, por consiguiente, una ética. 2 Además
existen también unos presupuestos teológicos. Eso se debe a que todas las ciencias y las teorías
han de ser construidas a partir de algunas premisas que no pueden ser probadas y que, la mayor
parte de las veces, constituyen un mito.
A este respecto, Celso Furtado dice que «los mitos han ejercido una innegable influencia sobre la
mente de los (21) hombres que se empeñan en comprender la realidad social. (...) Los científicos
sociales han buscado siempre apoyo en algún postulado enraizado en un sistema de valores que
raras veces llegan a explicitar. El mito convoca todo un conjunto de hipótesis que no pueden ser
comprobadas. (...) La función principal del mito es orientar, en un plano intuitivo, la construcción de
lo que Schumpeter llamó visión del proceso social, sin la que el trabajo analítico no tendría ningún
sentido».3
Por eso Joan Robinson, hablando del problema moral en la economía y en la sociedad, dice: «El
problema moral es un conflicto que no puede nunca ser dilucidado. La vida social va siempre a
plantearle a la humanidad una elección entre dos males. Ninguna solución metafísica que se formule parecerá satisfactoria para siempre. Las soluciones sugeridas por los economistas no son
menos ilusorias que las de los teólogos a los que han sustituido». 4
Cristovam Buarque, a su vez, afirma que la ciencia económica «ha formulado un marco teórico que
se halla más próximo a una teología que a un proceso productivo. Como toda teología, la
economía se ha construido sobre dogmas que forman sus premisas básicas». 5 Y otro economista
2
Sobre esta cuestión, véase por ejemplo: J. Robinson, Filosofia económica, Zajar, Rio de janeiro
1979; M.A. Oliveira, Etica e economía, Atica, S. Paulo 1996.
3 C. Furtado, O mito do desenvolvimento económico, Paz e Terra, Rio de Janeiro 1974, p.15.
4 J. Robinson, Filosofia económica, p.120.
5 C. Buarque, A desordem do progresso, Paz e Terra, S. Paulo 1991, p.86
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III
importante, J.K. Galbraith, que llama a la ideología neoliberal «teología del laissez-faire», dice que
la defensa del neoliberalismo se realiza hoy basándose en «fundamentos teológicos más
profundos. Así como es preciso tener fe en Dios, es preciso tener fe en el sistema; en cierto
sentido, ambos son idénticos».6
Si es verdad lo que dicen estos economistas, necesitamos desenmascarar la teología implícita en
el actual orden (22) económico internacional que se viene implantando a partir de la globalización,
de la caída del bloque socialista y de la revolución tecnológica y gerencial. Tenemos de desvelarla
para dejar al «desnudo» la teología que mueve ese orden que, debido a su base religiosa, fascina
a las personas.
La importancia de desvelar esa teología implícita o, como dice Hugo Assmann, la «teología
endógena» al sistema de mercado, queda más patente si tenemos en cuenta dos cosas. En primer
lugar, que quien practica el mal en nombre de algún dios perverso (ídolo) o de una devoción
religiosa, tiene la conciencia tranquila (véase el Salmo 73,12). Y eso es así porque el mal que él
practica en contra de los «pequeños» no es contemplado como mal sino como una obra salvífica.
Por eso su mal no conoce límites. En segundo lugar, si el sistema capitalista produce una «religión
económica», consigue fascinar a las personas con sus promesas y exigencias de sacrificio. Un
pueblo fascinado por el «aroma religioso» capitalista luchará por entrar en el «santuario» del
mercado, pero no por construir una sociedad más fraterna, justa y humana.
3. Teología del nuevo orden económico.
No voy a tratar aquí de los detalles ni de la dinámica del nuevo orden económico que está siendo
implantado en el mundo. Pero sí de sus presupuestos teológicos. Si es verdad que el capitalismo
actual posee una «teología endógena», debe tener algunas de las características fundamentales
de todas las religiones. Por ejemplo, la promesa del «paraíso»; la noción del «pecado original», o
la explicación de la causa fundamental de los sufrimientos y del mal en el mundo; y el camino o
precio a pagar (los sacrificios necesarios) para alcanzar el «paraíso».
Está claro que estos temas no son tratados con un lenguaje religioso tradicional por los defensores
del sistema capitalista, pero el cambio de lenguaje no significa necesariamente (23) que estas
cuestiones no estén siendo tratadas de una forma mítico-religiosa.
3.1. Paraíso y progreso técnico.
Un primer punto que hemos de dejar bien claro cuando hablamos de la «religiosidad del
capitalismo» es el hecho de que las sociedades modernas no hayan roto totalmente con la visión
mítico-religiosa de las sociedades medievales. En la Edad Media, el paraíso o la utopía eran objeto
de una esperanza escatológica. Se los localizaba después de la muerte o al final de la historia y
eran fruto de la intervención divina. En la modernidad esta utopía (paraíso) ha sido trasladada
desde la transcendencia post-mortem del futuro, al interior de la historia humana. Ahora la utopía
ya no se contempla como un fruto de la intervención divina postmortem sino como el fruto del
progreso tecnológico. Es el llamado «mito del progreso». Con ese mito desaparece la noción del
límite para las acciones humanas y surge la idea de que «querer es poder». 7
Con esta transformación de la noción de la utopía y de la acción humana, la modernidad es
portadora de una buena nueva que entra en competencia con las buenas nuevas religiosas
tradicionales. Serge Latouche llega a afirmar que la burguesía «ha fundado su poder sobre el mito
de la erradicación de la muerte en sus tres formas (violenta, miserable, natural)». 8 La civilización
occidental y su sistema judicial y policial acabaría con la muerte violenta; (24) el crecimiento
económico capitalista acabaría con la muerte por hambre; y el avance de las ciencias lo haría con
la muerte natural.
6
J.K. Galbraith, La cultura de la satisfacción, Ariel, Barcelona 1977, p.73.
Sobre esta transposición de la utopía en la modernidad y sus implicaciones, véase: J. Habermas,
El discurso filosófico de la modernidad, Taurus, Madrid 1993; J. Marramao, Poder y secularización:
las categorías del tiempo, Península, Barcelona 1989; J.M. Sung, Teología y economía:
repensando la TL y las utopías, Nueva Utopía, Madrid 1996.
7
8
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IV
Este mito-promesa de la erradicación de la muerte ha llevado a la transformación del mismo
concepto de muerte. Hoy la muerte ya no se contempla como una parte natural de nuestra
condición humana, sino como la derrota de las ciencias ante las dolencias y otras «enfermedades
sociales». Hasta tal punto es esto verdad que la misma localización y la estética de los cementerios
modernos es muy distinta de la de los antiguos cementerios. Tal vez esas empresas que se
especializan en la congelación de los enfermos terminales sean las representantes más típicas de
ese mito. Existen en los EEUU empresas que cobran más de 100 mil dólares por congelar el
cuerpo entero o más de 30 mil dólares por congelar sólo la cabeza de los enfermos desahuciados.
La lógica subyacente es la siguiente: La muerte inminente se considera como una derrota de la
medicina frente al mal y, antes de que se acabe el «partido», se pide un «tiempo muerto» -se
congela al enfermo- a fin de que las ciencias médicas tengan tiempo para desarrollarse y encontrar
una curación. Entonces se descongela al enfermo y se procede a curarlo. Si cae víctima de otra
enfermedad aún incurable, se lo vuelve a congelar hasta el nuevo descubrimiento. Y así
sucesivamente, hasta que se encuentren remedios para todas las enfermedades, incluyendo en
ellas la «cura» del envejecimiento. Finalmente alcanzamos la inmortalidad.
Es desde dentro de este horizonte de esperanza utópica, de esperanza mítico-religiosa, desde
donde F. Fukuyama afirma que «nos han llegado buenas noticias». Con la caída del bloque
socialista, queda definitivamente probado, según Fukuyama, que el sistema de mercado capitalista
es el ápice de la evolución de la historia humana y que estamos a un paso de adentrarnos en la
«Tierra prometida».9 (25) Por eso él afirma que hemos llegado al «fin de la historia». No al final de
los acontecimientos históricos sino al final de su evolución. Dice así:
La conquista progresiva de la naturaleza, posibilitada por el desarrollo del método científico
en los siglos XVI y XVII, se produjo de acuerdo con unas reglas definidas, determinadas no
por el hombre sino por la naturaleza y por las leyes de la naturaleza (...) La tecnología hace
posible la acumulación ilimitada de riqueza y, por consiguiente, da satisfacción a un
conjunto cada vez mayor de deseos humanos».10
Según Fukuyama, el secreto del paraíso, la satisfacción de todos los deseos humanos, está en el
progreso infinito que hace posible la acumulación infinita de riqueza. Sólo que no explica cómo el
ser humano que es finito, trabajando la naturaleza, que también es finita, puede llegar a una acumulación infinita. Ahí está el secreto del mito: el pasar de lo «finito» a lo «infinito» sin una
explicación racional o razonable. El problema es que, sin ese paso indebido, el mito del progreso
no se sustenta y no puede afirmar que estemos llegando a la Tierra prometida. Por eso es «míticoreligioso», porque presupone una fe en un ser suprahumano o en una «ley de la historia» también
suprahumana que haga posible ese paso.
Fukuyama, como tantos otros pensadores liberales y neoliberales, adjudica a la tecnología esa
capacidad mágica; pero no a cualquier tecnología y sí a aquélla que se haya desarrollado «de
acuerdo con ciertas reglas definidas, determinadas no por el hombre, sino por la naturaleza y por
las leyes naturales». ¿Y cuál es esa naturaleza que es capaz de generar una «ciencia tan
poderosa»? Pues, según Fukuyama, es la misma naturaleza que dirigió la evolución de la historia
hacia el sistema de mercado. En este mismo sentido, Paul A. Samuelson, Premio Nobel de
Economía, (26) también afirma que el sistema de mercado capitalista «es simplemente producto de
la evolución y, al igual que la naturaleza, sigue sufriendo modificaciones». 11
El sistema de mercado, el sistema de competencia de todos contra todos, es presentado como
aquél capaz de hacer posible el progreso técnico infinito, que nos va a facilitar la acumulación
infinita, que nos va a satisfacer todos nuestros deseos actuales y venideros: el capitalismo se presenta como el realizador de las promesas que el cristianismo prometía para más allá de la muerte.
El cambio no tiene que ver sólo con el tiempo, del más allá de la muerte al futuro intrahistórico, sino
también con el sujeto realizador de las promesas: de Dios al sistema capitalista.
Frente a los problemas sociales y económicos que persisten a pesar de todos los programas de
9
F. Fukuyama, O fim da historia e o último homem, Rocco, Rio de Janeiro 1992, p.14, 174.
Ibid, p.15.
11 P.A. Samuelson, Introducao a economía, Agir, Rio de Janerio, 8ed. V.1., p.45.
10
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V
ajustes económicos y de la liberalización de la economía, los defensores del actual proceso de
globalización de la economía desde la perspectiva neoliberal concuerdan en que esos problemas
no proceden del sistema de mercado sino de su puesta en práctica incompleta. Tienen una fe tan
fuerte en el mercado que, ante los problemas sociales creados por el mercado, proponen más
mercado aún para solucionarlos: cuando el mercado llegue a ser «todo en todos» creen que los
problemas acabarán.
Para formular una promesa tan grande como la «acumulación ilimitada de riqueza» que satisfará
«todos los deseos», es necesario también tener una fe inmensa. Milton Friedman, premio Nobel de
economía, echa en cara a los críticos del capitalismo esa falta de fe: «Subyacente a la mayor parte
de los argumentos en contra del mercado libre se halla la ausencia de fe en la libertad como tal». 12
(27)
3.2. Pecado original.
Cuando la promesa del paraíso entra en contradicción con la realidad plagada de problemas
sociales y económicos, es preciso explicar la causa de esos sufrimientos y males. Además de
señalar el camino -«el mercado total»- hay que explicar el origen de las dificultades y crisis
sociales.
Como todas las ideologías o religiones, el neoliberalismo también parte de un diagnóstico sobre la
causa fundamental de los problemas sociales; es decir, sobre el mal fundamental (en términos
religiosos, el pecado) que está en el origen de otros males. Uno de los textos de la Biblia que ha
tratado este tema es el mito de Adán y Eva, y la teología cristiana lo ha denominado «pecado
original», no en el sentido cronológico sino en el sentido lógico del término «origen». No estamos
hablando, por tanto, del «primer pecado» cometido en la historia de la humanidad sino más bien
del pecado que está en la base de todos los demás pecados.
Hayek, con ocasión de la recepción del premio Nobel de Economía en 1974, pronunció una
conferencia que pone de manifiesto la base teológica, epistemológica y antropológica del
neoliberal. El título de la conferencia, «Pretensión de conocimiento», 13 que recuerda el «pecado
original» de Adán y Eva, dejaba entrever la cuestión de fondo que iba a tratar. En la conferencia,
defendió la tesis de que los intentos por establecer políticas económicas con el objetivo de superar
conscientemente problemas sociales, están en la raíz de las crisis económicas y causan mucho
mal a la sociedad. Y ello es así porque esos intentos presuponen la pretensión de conocer los
mecanismos incognoscibles del mercado, además de ir en contra de sus leyes. Para él no existe
otra vía que la de someternos humildemente al mercado y dejar actuar libremente a sus
mecanismos para que ellos resuelvan -de modo inconsciente- nuestros problemas sociales. En
esta relectura del «pecado original», (28) la pretensión de conocer el mercado y dirigido hacia la
superación de los problemas sociales es el origen de todos los males económicos y sociales. En
otras palabras, el mayor de los pecados consiste en caer en la «tentación de hacer el bien».
Ése es, por cierto, el título de una novela escrita por Peter Drucker, el «gurú de los gurús» de la
administración de empresas norteamericana. En esa novela, el obispo O'Malley dice: «"Benditos
sean los humildes", dicen los evangelios. Pero sábete Tom (sacerdote secretario suyo), que nunca
vi que los humildes hicieran alguna contribución o realizaran algo. Los que realizan algo son
siempre personas que se aprecian a sí mismas lo suficiente como para imponerse altas exigencias,
gente sumamente ambiciosa. Es éste un enigma teológico que hace mucho tiempo he desistido de
resolver». Tras esta teología tan compatible con la lógica del sistema de mercado, el obispo
recomienda a su secretario que ayude al rector de la Universidad Católica, el padre Heinz
Zimmerman, protagonista del libro, afirmando que «su único error fue haber cedido a la tentación
de hacer el bien y actuar como cristiano y sacerdote, en vez de actuar como burócrata». 14
Un buen sacerdote, un buen cristiano, es aquél que supera la tentación de hacer el bien y actúa
como un burócrata, es decir, que cumple las «leyes del mercado». No se puede pretender ir en
12
M. Friedmann, Capitalismo e libertade, Nova Cultural, Sao Paulo 1985, p.27.
En Humanidades, Brasilia, out-dez/80, vol.II, n.5, pp.47-54.
14 P.E. Drucker, A tentacao de fazer o bem, Rocco, Rio de janeiro 1986, pp.52-53, 136
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VI
contra de las leyes del mercado que, como ya hemos visto con anterioridad, son comparadas con
las leyes de la evolución de la naturaleza.
Lo que podemos hacer es cumplir las leyes del mercado, es decir, las leyes que rigen el sistema de
supervivencia del más fuerte y la muerte del más débil, y no caer en la tentación de hacer el bien.
Esto significa que nosotros no debemos buscar el bien sino que únicamente podemos evitar el mal.
Pero, ¿qué es el mal? El mal es querer hacer el bien y, (29) de ese modo, pretender dirigir o
intervenir en el mercado. Por consiguiente, el único bien que podemos hacer es luchar para que yo
y las demás personas no caigamos en la tentación de querer hacer el bien y, por esa causa, nos
expongamos a interferir en el libre mercado.
Con esta reinterpretación del «pecado original» nos hallamos ante una total inversión del
mandamiento del amor. Amar ya no es ser solidario con los que sufren sino defender los intereses
propios en el mercado (la competencia en el mercado) evitando la tentación de hacer el bien.
Pero, por suerte, son muchas las personas que siguen teniendo la «tentación de hacer el bien», la
tentación de ser solidarias, porque todavía se mantienen abiertas al Espíritu del Amor, al Espíritu
Santo. Contra esa espiritualidad solidaria, los neo liberales defienden el final de lo que ellos llaman
«paternalismo» y la introducción de una nueva espiritualidad compatible con la modernización neo
liberal. Roberto Campos dice explícitamente que «la modernización presupone una mística cruel
de la acción ejecutiva y del culto a la eficiencia». 15 «Mística» para superar la tentación y asumir un
nuevo culto. «Cruel» porque ese nuevo culto significa colocar a la vida humana como algo
subordinado a los números del lucro, es decir, presupone insensibilidad o cinismo ante los
sufrimientos de los menos «competentes» o de los menos eficaces, los pobres.
Concretando, en la actual coyuntura de globalización, con los ajustes impuestos por el FMI y el
Banco Mundial, no existe otra salida para los países pobres y afectados por la deuda externa que
la de pagar los intereses y la deuda y realizar los ajustes (privatizaciones desenfrenadas, recortes
en los gastos sociales, disminución del Estado en la economía y en las cuestiones sociales y
apertura de la economía) exigidos en nombre de las «leyes del mercado». No importa que esos
pagos y esos ajustes impliquen el desempleo y la muerte de millones de niños y adultos pobres.
Para esos (30) neoliberales no hay otro camino. Buscar otras vías sería la «pretensión de
conocimiento» que generaría muchos más problemas.
Por eso la revista The Economist dice que «lo mejor que los países pobres pueden hacer para
ayudar al mundo pobre es persuadir a sus gobiernos para que adopten las políticas correctas», 16
es decir, para que adopten las medidas de ajuste económico impuestas por el FMI y el Banco
Mundial así como la liberalización de la economía de acuerdo con su actual dinámica de
globalización.
3.3. Sacrificios necesarios.
Cuando uno cree (pone su fe) en que la satisfacción de todos los deseos es posible con la
acumulación ilimitada de riquezas propiciada por el progreso técnico, se cree también que el
sistema social que genere el máximo progreso tecnológico es el verdadero camino hacia el
«paraíso», hacia la «vida en abundancia». En la medida en que se crea que el sistema de mercado
capitalista es ese camino único, sin alternativa, todo quedará justificado y legitimado en nombre del
mercado. El sistema de mercado es contemplado así como el «camino y la verdad» que nos llevan
a la vida en abundancia.
Pero resulta que sabemos que el reinado absoluto de la lógica del mercado significa recortes en
los gastos sociales y exclusión de los «incompetentes» (los pobres) y de los que ya no son
necesarios en el actual proceso de acumulación de capital. Samuelson, explicando la naturaleza
del mercado, afirma que las mercancías deben ir adonde haya mayor número de votos o de
dólares, y que, inmersos en esa lógica, la única viable, «el cachorro que pertenezca a J.D.
Rockefeller puede recibir la leche que un niño pobre necesitaría para evitar el raquitismo». 17
15
R. Campos, Além do cotidiano, Record, Rio de Janeiro 1985, p.4.
The economist, Londres, 18/03/95, p.16.
17 P. A. Samuelson, op.cit. p.49.
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VII
Reconoce que desde (31) el punto de vista ético es terrible pero que no lo es desde el punto de
vista del mercado, el único mecanismo capaz, según él, de coordinar el proceso económico en las
sociedades modernas.
Los sufrimientos y las muertes de los pobres, en la medida en que son considerados como la otra
cara de la moneda del «progreso redentor», son interpretados como «sacrificios necesarios» para
ese mismo progreso. La miseria y la muerte son hechos que, como todos los hechos, permiten
diversas interpretaciones. Algunos los interpretan como «asesinatos», otros como «sacrificios
necesarios».
El que comparta esa esperanza utópica del mercado interpretará la muerte de millones de
personas como «sacrificios necesarios». Para Fukuyama, por ejemplo, «los bombardeos de
Dresden o de Hiroshima que en el pasado fueron considerados genocidios»,18 en realidad no
fueron tales porque los miles de personas muertas en esas dos ciudades lo fueron en nombre del
sistema de mercado y de la democracia liberal.
Mario H. Simonsen afirma a su vez que lo que se puede buscar es minimizar, pero no acabar, con
«los sacrificios necesarios para el progreso», y que «la transición de una fase de estancamiento o
semi estancamiento hacia una de crecimiento acelerado suele exigir sacrificios que como es
natural conllevan cierto aumento de concentración de rentas».19 Lo que significa que los sacrificios
se imponen siempre a la población más pobre, mientras que el sector más rico se beneficia de los
sacrificios de la vida de los pobres aumentando su riqueza. Todo ello en nombre de las leyes del
mercado que promete llevamos hacia la acumulación ilimitada.
Cuando se interpretan sufrimientos y muertes como «sacrificios necesarios» nos hallamos ante un
círculo vicioso (32) perverso. Y en la medida en que esos sacrificios no dan el resultado que los
«sacerdotes» del sistema de mercado prometen, entramos en una crisis de legitimidad de esos
sacrificios. Para que esos sacrificios no sean contemplados como algo hecho «en vano» y para
que por ello los «sacerdotes» no se conviertan en meros asesinos de millones de personas, es
preciso reafirmar la fe en el mercado y en el valor salvífico de los sacrificios. Se dice entonces que
los sacrificios aún no han dado sus frutos porque todavía no se ha sacrificado lo suficiente. De este
modo se exigen más sacrificios para que los sacrificios anteriores no hayan sido en vano.
Además de esa «fidelidad» a la lógica de los sacrificios necesarios, tropezamos también con la
práctica de acusar a los «soberbios» -los que no manifiestan humildad ante el mercado e intentan
intervenir en él- como culpables por la ausencia de frutos de esos sacrificios. Los sindicatos combativos, los movimientos y las comunidades eclesiales populares, y los partidos de «izquierdas»
son por lo general señalados como los culpables de ir en contra de los sacrificios necesarios,
atrasando así la llegada al «paraíso».
Es importante que tengamos en cuenta que esa lógica sacrificial está muy enraizada en la
conciencia social de Occidente, por no decir de todo el mundo. En casi todas las religiones
encontramos una teología del sacrificio o algo equivalente. En nuestra tradición occidental cristiana
es suficientemente conocida la idea de que «sin sacrificios no hay salvación». 20 Ese tipo de
teología tiene la gran ventaja de dar un sentido al sufrimiento de las personas que no saben cómo
superarlo; y la gran desventaja de servir de legitimación al proceso de opresión.
La percepción del influjo de la presencia de esa lógica sacrificial en la base de la conciencia social
nos ayuda a (33) comprender por qué la gran mayoría de las personas en nuestras sociedades no
se rebela contra la lógica capitalista. Además de compartir los «sueños de consumo» del sistema
de mercado, la gran mayoría de la población considera normal y natural la exigencia de sacrificios
para conseguir el «paraíso» o para expiar los pecados (de incompetencia, de fracaso, de ser
pobre).
3.4. Mercado, globalización y Reino de Dios.
18
Fukuyama, op.cit. p.32
M.H. Simonsen, Brasil 2000, Apec, Rio de Janeiro 1976, p.28, p.58.
20 Sobre esta cuestión del sacrificio en Occidente, véase el importante libro de F. Hinkelammert
Sacrificios humanos e sociedade ocidental: Lúcifer e a Besta, Paulus, Sao Paulo 1995.
19
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VIII
Toda la teología del mercado neoliberal que hemos visto hasta ahora la hemos sacado de
economistas y teóricos neoliberales. No es la «invención» de algún teólogo. A pesar de que existen
teólogos profesionales, como Michael Novack, jefe del departamento de teología del Instituto
Americano de Empresas, que escriben libros y artículos de teología explícita para defender la tesis
de que el sistema de mercado capitalista es la encarnación del Reino de Dios en la historia,21
preferimos analizar sólo a los no-teólogos profesionales para mostrar que el capitalismo se funda
en una lógica mítico-religiosa perversa.
Es la presencia objetiva de esa estructura mítico-religiosa en el capitalismo, que Marx analizó
partiendo de su concepto de «fetiche», lo que hace posible que alguien como Michel Camdessus,
director general del FMI pronuncie conferencias como «Mercado-Reino: la doble pertenencia». En
esa conferencia, pronunciada en el Congreso Nacional de la Asociación de Dirigentes Cristianos
de Empresas de Francia, dijo: «Mercado y Reino: somos conscientes de que ambos deben ser
desposados». Y después de afirmar que el «Rey (Dios) se identifica con el pobre» y que, (34)
desde la perspectiva del Reino de Dios y del juicio final «mi juez y mi rey es mi hermano que pasa
hambre, que tiene sed, que es extranjero, que está desnudo, enfermo o prisionero», tema central
de la Teología de la Liberación, afirma que Jesús se dirige hoya los empresarios y a los responsables de la globalización de la economía para que cumplan la misión de aliviar los sufrimientos de
sus hermanos pobres y difundir la libertad de Dios. Prosiguiendo en la inversión que acontece en el
capitalismo respecto del «mandamiento del amor», tal como vimos anteriormente, afirma:
«Nosotros somos los que han recibido esta Palabra (se refiere al texto de Lc 4,16-23). (...)
Sabemos que Dios está con nosotros en la tarea de hacer crecer la fraternidad. Somos los que
administran el cambio y también los portadores del compartir. ¿Cómo sucede esto en concreto
?».22
¿Cómo buscar la maximalización del lucro en las relaciones de competencia del mercado (la
defensa del propio interés), a la vez que se busca el compartir, la solidaridad? ¿No será eso
imposible o contradictorio? No lo es para quien tenga «fe en el mercado». Camdessus dice:
Ustedes son los hombres del mercado y de la empresa en búsqueda de eficacia para la
solidaridad. El Fondo Monetario fue creado para poner la solidaridad internacional al
servicio de los países en crisis que se esfuerzan por hacer que sus economías sean más
eficaces. Se trata de la búsqueda de la eficacia en y por el mercado, y ustedes, lo mismo
que yo, saben hasta qué punto están relacionadas eficacia y solidaridad.23
Camdessus plantea un círculo: eficacia para la solidaridad y solidaridad al servicio de la eficacia.
Como hemos ido viendo hasta aquí, para los capitalistas, la condición para la (35) solidaridad con
los más pobres (el criterio del juicio final) es la eficacia en la producción de bienes. Y como para
este sólo existe eficacia «en y por medio del mercado», el mercado es la condición de la
solidaridad. Por eso afirma Camdessus que «el mercado es una solidaridad internacional». 24
Desaparece de este modo la diferencia y la oposición entre la competencia (en el mercado) y la
solidaridad. Se solidario, preocuparse por los problemas del otro, significa ahora la defensa de los
intereses propios en contra de los intereses de los demás. Puesto que sólo la defensa de los
propios intereses en el mercado generaría la eficacia y, el consecuencia, la solidaridad.
Esa «magia» que transforma el «egoísmo» en solidario dar, sería algo realizado por la «mano
invisible» del mercado (Adam Smith). Es el «ente sobrenatural» del que hemos hablado
anteriormente, el ser sobrehumano capaz de realizar la acumulación ilimitada, la satisfacción de
todos los deseos y la unidad de la humanidad. En la tradición bíblica a esto se le llama idolatría.
Mas, como el mismo Camdessus sabe, los ajustes económicos y la liberalización de la economía
dentro de los moldes impuestos por el FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial del
21
Por ejemplo: O espíritu do capitalismo democrático, Nórdica, Rio de janeiro, sin fecha (original en
inglés: 1982)
22 Documents Episcopats: Bulletin du Secrétariat de la Conference des Eveques de France, n.12,
julio-agosto 1992. Citas en pp 3-5.
23 Ibíd., p.1. La cursiva es nuestra.
24 Ibíd., p.3.
Unidad 1, lectura 1
IX
Comercio, provocan en los países menos competitivos el desempleo y otros problemas sociales.
Por eso, él concluye la frase diciendo: «el mercado es una solidaridad internacional prometida con
abundante elocuencia, pero que llega lentamente y bajo una forma a veces inadecuada».
Pero su fe en el mercado le hace confiar en que el mercado «escribe recto con líneas torcidas», y
por eso cree que «las formas a veces inadecuadas» no son en realidad inadecuadas, sino los
extraños caminos del mercado en el proceso de instauración de un mundo de unidad y fraternidad.
(36)
Acerca de ese otro sueño del cristianismo, el de la unidad y fraternidad universal, ha tratado
también Camdessus en otra conferencia, «El Mercado y el Reino frente a la globalización de la
economía mundial». Allí dijo que el evangelio, al anunciar el Reino, habla «no de una fraternidad
complaciente -iba a decir paternalista-, sino de una fraternidad que se construye en la
competencia, las tensiones y las diferencias. Una fraternidad que, en el universo de la economía,
debe ser vivida en el mercado y en la mundialización; en ese mercado desde donde ella anuncia y
llama a compartir».25
¡La fraternidad basada en la competencia dentro del mercado! He aquí un ejemplo patente de la
inversión del concepto de la fraternidad cristiana.
4. Teología cristiana y economía.
Ante esta inversión idolátrica de tantos valores humanos y cristianos; ante un sistema económico
que diviniza una institución humana, el mercado, y en su nombre exige sacrificios humanos a
cambio de la promesa de «acumulación ilimitada de riquezas», ¿cuál debe ser la actitud de los
cristianos? ¿Cuál es la contribución que la fe cristiana puede aportar a la lucha contra ese
«imperio»?
Si tiene algún fundamento todo cuanto hemos visto hasta ahora, ante un sistema «divinizado»
debemos tomar en consideración, como ya decía Marx, que «la crítica de la religión es la condición
previa a toda crítica».26 Sólo se (37) puede criticar algo que no sea considerado como sagrado.
Eso significa que nuestra crítica al sistema capitalista sólo tendrá efecto multiplicador en la
sociedad si conseguimos despojarlo de su «aura religiosa sagrada» y ponemos de manifiesto que
esa religiosidad no es más que una perversión, una idolatría.
El tema de la idolatría es un punto central en diversos teólogos de la liberación que estudian la
relación entre teología y economía/sociedad. Pero no es un concepto reservado a la teología. Erich
Fromm, por ejemplo, al hacer un análisis socio-psicoanalítico de la sociedad capitalista, empleó
ese concepto con gran naturalidad. Max Horkheimer es otro crítico del capitalismo que lo ha usado:
«Cualquier ser limitado -y la humanidad es limitada- que se considere como el último, el más
elevado y el único, se convierte en un ídolo hambriento de sacrificios que posee además la
capacidad demoníaca de cambiar la identidad y de admitir en las cosas un sentido distinto». 27 Con
esto queremos decir que la fe y la teología cristiana tienen una contribución específica que hacer
en la crítica teórica y práctica del capitalismo.
25
Conferencia pronunciada con ocasión del XIX Congreso Mundial de la UNIAPAC, en Monterrey,
México, el día 29110/93, publicada en portugués por la Newswork en S. Paulo. Cita en p.11.
26 K. Marx, «Crítica da Filosofía do Direito de Hegel», en Marx & Engels, Sobre a religiao, Ed. 70,
Lisboa, p.45.
27 M. Horkheimer, «La añoranza de lo completamente otro», en H. Marcuse, K. Popper, y M.
Horkheimer, A la búsqueda del sentido, Sígueme, Salamanca 1976, p. 68
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