Por qué es importante para la argentina contar con una
Ley de Ordenamiento Territorial Nacional
Soledad Arenaza es Abogada, Investigadora-docente del Instituto del Conurbano (UNGS)
Juan Ignacio Duarte es Urbanista, Becario doctoral CONICET /
…Es el Estado el que debe actuar como el gran reparador de las desigualdades sociales, en un
trabajo permanente de inclusión y creando oportunidades a partir del fortalecimiento de la
posibilidad de acceso a la educación, la salud y la vivienda, promoviendo el progreso social
basado en el esfuerzo y el trabajo de cada uno
La primera razón para afirmar que es importante debatir y sancionar una ley nacional en la
materia es que partimos de entender al ordenamiento territorial esencialmente como una
función pública, la cual debe constituir un deber indelegable para el Estado. Al ordenamiento
territorial lo entendemos como una actividad técnico-política, que permite tomar decisiones en
materia de política territorial, ambiental y urbana, para lograr que el proceso de producción
social del espacio se desarrolle en un determinado sentido, el cual se encuentra en constante
tensión entre los diferentes actores sociales. Es por ello que el Estado, a través de las políticas
de ordenamiento territorial, debe ser quien conduzca el desarrollo del territorio, apuntando a
reparar las desigualdades sociales y territoriales existentes.
Otra razón para afirmar que es importante debatir y sancionar una ley de ordenamiento
territorial es que en ausencia de una ley nacional de este tipo (como sucede en Argentina), el
Estado regula lo territorial mediante normas dispersas, que actúan de manera sectorial sobre
estas cuestiones. Así, las fuerzas del mercado asumen un rol muy importante en la
regulación de la producción, apropiación y distribución del territorio, imponiendo una
fuerte limitación al alcance y al carácter de la actuación estatal en sus diferentes niveles, en
relación a dichos procesos. Por esta razón, la sanción de una ley de ordenamiento territorial
constituye, fundamentalmente, una condición institucional para la recuperación del rol del
Estado en el sentido que debe adquirir el desarrollo del territorio.
Esa recuperación del rol del Estado en este campo, con el objetivo de garantizar un desarrollo
más equitativo y el acceso progresivo de la población a los bienes colectivos y sociales,
requiere no sólo del reacomodamiento de competencias entre el Estado y el mercado, sino
también de la reconceptualización jurídica de la libertad contractual y de inversión, cuya piedra
angular, en el territorio, es el derecho de propiedad. De acuerdo con la Constitución Nacional,
la reglamentación del derecho de propiedad es una competencia exclusiva del Estado Nacional
(art. 75 inc. 12). En otras palabras, la importancia de una ley de este tipo se justifica no sólo en
normar la función pública que debe guiar el desarrollo del territorio, sino también en regular la
función social a la que debe ajustarse la iniciativa privada, para lograr el desarrollo de
territorios más equitativos y socialmente justos.
Primordialmente, la importancia de la sanción de una ley de este tipo radica en el
reconocimiento de una política de ordenamiento territorial, la cual debiera centrarse en un
enfoque de derechos basado en la igualdad sustantiva (no formal) de la “ciudadanía
territorial”, en función de la distribución equitativa de las cargas y beneficios del desarrollo
territorial. Conceptualmente, el objeto de la ley debe ser integrador de políticas públicas que
hasta el momento han sido reguladas sectorialmente, pero que sin embargo, remiten al acceso
de un abanico de derechos fundamentales que son indivisibles e interdependientes al
desarrollo territorial. En este sentido, el abordaje de la ley debiera recuperar varias de las
discusiones ambientales que se dieron en temas como por ejemplo soja, minería y
glaciares, que han puesto en tensión el marco actual de regulación del desarrollo territorial.
En un estado federal como el argentino, la ausencia de una ley nacional de ordenamiento
territorial en coexistencia con la regulación actual de los derechos reales y el derecho de
dominio en particular, debilita fuertemente el ordenamiento territorial a nivel provincial y
municipal, pese a que los nuevos arreglos institucionales de la reforma constitucional de 1994
ampliaron las obligaciones a cargo de las provincias. Además, ya sea normativamente o en los
hechos, los municipios deben hacer frente a cada vez mayores demandas. En este contexto, la
regulación a nivel provincial, ya de por sí escasa (sólo las provincias de Buenos Aires y
Mendoza cuentan con una norma de ordenamiento territorial) y municipal, está limitada a
ciertas posibilidades de regulación del ordenamiento del territorio en términos administrativos,
ambientales o en ejercicio de su poder de policía en materia de higiene o salubridad públicas.
Sin embargo, no tienen posibilidades de asociar deberes al ejercicio del derecho de propiedad
privada.
Resulta por ello muy importante contar con una norma nacional que contenga objetivos,
principios y directrices que den un marco básico y sirvan de guía para la política de
ordenamiento territorial a desarrollar. Pero también resulta fundamental que esta ley
contenga una serie de instrumentos, que posibiliten constitucionalmente a las provincias y a
los municipios contar con herramientas que permitan asumir un rol proactivo desde la
gestión pública en el desarrollo del territorio.
El reconocimiento del estatus jurídico de la política de ordenamiento territorial crea una
obligación estatal de disponer de recursos mínimos para llevarla adelante, con el objetivo de
garantizar su utilidad y de respetarla y promoverla. Al mismo tiempo, la juridicidad de los
principios, objetivos y directrices de política que ella consagre, trazarían los “puntos cardinales”
en los que se deberían apoyar no sólo la racionalidad y legitimidad de la inversión pública,
sino también el sentido que el desarrollo del territorio debe adquirir.
SA y JID
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