Genética y Justicia1
Àngel Puyol
Universitat Autònoma de Barcelona
El uso de una tecnología que puede multiplicar las capacidades competitivas de
los individuos tiene una importancia añadida desde el punto de vista de la justicia
porque el acceso a esa tecnología será previsiblemente desigual debido al hecho de que
será inicialmente muy cara, como advierten los expertos (Mehlman y Botkin, 1999). Si
la tecnología de mejora no se reparte con igualdad, las personas verán desigualmente
afectadas sus oportunidades sociales, en la medida en que los rasgos genéticos
susceptibles de ser potenciados o mejorados situarán a los individuos en una línea de
salida irreversiblemente desigual en la competición por las posiciones sociales
relevantes. Irreversible en el sentido de que la educación y la socialización casi nada
podrán hacer ya por reequilibrar los orígenes naturales diferentes. El poder de la
desigualdad genética barrerá, como nunca, cualquier intento de compensación de las
desigualdades a través del ambiente. No sólo por el hecho de la desigualdad natural en
sí, ya que tal desigualdad ha existido siempre, sino porque ésta ya no dependerá del azar
sino del poder económico. Las familias con un poder adquisitivo alto podrán
incrementar las ventajas genéticas de sus hijos, rompiendo de esa manera la
compensación que el azar introducía en la herencia de los talentos naturales, y que
permitía a los hijos de los perdedores en la competición social y económica poder llegar
a los puestos socialmente relevantes con una política de igualdad de oportunidades
educativas. Si ese azar se elimina, un nuevo escenario social como el descrito en la
película Gattaca o en el libro de Aldous Huxley Un mundo feliz es, de esta guisa,
angustiosamente posible. Y una nueva discriminación social, mucho más despiadada
que las anteriores, se afianzará en la sociedad del futuro: el genoísmo. Los que no hayan
sido genéticamente mejorados podrán llegar a ser laboral, educativa y socialmente
discriminados con argumentos derivados de la eficiencia productiva.
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Este texto es parte de un estudio que saldrá publicado en A. Puyol (ed.), Bioética y globalización,
Donostia: Erein, 2006.
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Podemos pensar que ese resultado se evitará prohibiendo el acceso a las
tecnologías genéticas de mejora. Sin embargo, tal prohibición plantea serios problemas
tanto en la teoría como en la práctica. En la teoría, presupone una distinción siempre
problemática entre tratamiento de las enfermedades y mejora o perfeccionismo. Es una
distinción problemática porque presupone un estado de normalidad física y psíquica
cuya definición no está libre de valores. Los ejemplos de la homosexualidad y la
masturbación, consideradas patologías en épocas recientes, suelen ser muy recurridos en
este caso. Pongamos otro ejemplo más interesante para el tema que nos ocupa.
Imaginemos a dos niños igualmente bajitos. La causa de la baja estatura de uno de ellos
es una afección en la hormona de crecimiento, mientras que en el otro la estatura viene
determinada por el hecho de que los padres ya son muy bajos, pero no padece ninguna
alteración médicamente observable. Ambos mejorarían su altura, no obstante, con el
mismo tratamiento médico. ¿Deberíamos negarle el tratamiento al segundo niño con el
argumento de que sería equivalente a una mejora, de que supondría una desviación del
normal funcionamiento de la especie, en palabras de Norman Daniels? Pese a reconocer
que existen zonas grises, los partidarios de la distinción entre tratamiento y mejora
insisten en defender su posición con el argumento de que las ventajas de dicha
distinción superan a los inconvenientes (Buchanan et al., 2002). Sin embargo, creo que
tales autores no tienen en cuenta un problema fundamental del criterio del normal
funcionamiento de la especie, y es que la utilización de las tecnologías de mejora
genética puede modificar en el futuro lo que sea un normal funcionamiento de la
especie. Pongamos por caso que gracias a dichas tecnologías la estatura media de los
niños del futuro –algunos de los cuales se verán beneficiados por las herencias
mejoradas de generaciones anteriores- sube varios centímetros, ¿seguirá entonces
siendo normal la baja estatura de los niños cuyos padres y abuelos no se beneficiaron de
las mejoras genéticas? Si la mayoría de los niños del futuro son por naturaleza mucho
más altos que los de ahora, ¿será todavía normal tener la misma estatura que un niño
bajito de hoy? Si, para esos autores, la respuesta sigue siendo positiva, sin duda se
tratará de una normalidad claramente condenatoria para los afectados.
Sin embargo, aunque nos pusiésemos de acuerdo en la distinción entre tratamiento
y mejora, surgirían problemas prácticos que pondrían en un aprieto a las políticas de
censura de las mejoras. Esos problemas provendrían de la más que posible aparición de
un mercado negro o paralelo al legal que acabaría suministrando las tecnologías de
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mejora al mejor postor2. Así pues, el acceso desigual por razones económicas
continuaría existiendo. En otro lugar me he referido a las diferentes posibilidades de
hacer frente a dicho problema desde la justicia distributiva, analizando los diversos
criterios de equidad que podemos aplicar al acceso igualitario a la tecnología genética
de mejora (Puyol, 2001), incluyendo el criterio de la lotería como último recurso. El
resultado es que, en la práctica, difícilmente podremos eliminar un mercado paralelo
que funcionará a partir de un valor genuinamente humano: los padres desean lo mejor
para sus hijos, aunque ese deseo no coincida e incluso vaya en contra de lo que es mejor
para el conjunto de la sociedad.
Pero no sólo el mercado paralelo generará la desigualdad de acceso a las
tecnologías de mejora genética. Muchas familias previsiblemente no se dejarán
convencer por la promesa de que la manipulación genética mejorará globalmente la vida
de sus progenitores. Podrán esgrimir razones morales de desacuerdo con la utilización
de medios artificiales y tecnológicos con el fin de alterar lo que la naturaleza tenía
previsto. O bien podrán esgrimir razones prudenciales relacionadas con los efectos
secundarios imprevisibles de tales manipulaciones. O incluso podrán argumentar que
desde el punto de vista del bienestar global de sus hijos, que incluye la felicidad o los
sentimientos adversos de los que habla Habermas, la manipulación genética tiene más
inconvenientes que ventajas. Sea como fuere, incluso con poder adquisitivo suficiente
algunas personas denegarán voluntariamente el acceso de sus hijos a las tecnologías de
mejora genética. Pero el resultado, desde el punto de vista de las oportunidades sociales
de esos niños y niñas, será el mismo que si el acceso estuviese vedado por razones
económicas o de otro tipo.
Otro posible escenario a favor de la igualdad sería el acceso obligatorio a las
tecnologías de mejora genética. Si no es posible nivelar por abajo, con la prohibición,
tal vez se podría nivelar por arriba. En ese caso, todos los futuros niños y niñas deberían
utilizar obligatoriamente, como un deber y no sólo como un derecho, los servicios
genéticos de mejora con el argumento de que es un bien para ellos como individuos (¿a
quién le puede amargar el dulce de ser más alto, más guapo, más fuerte o más
inteligente?) y como miembros de la sociedad (sin esas mejoras estarían en clara
2
El mercado paralelo surgiría como alternativa a la prohibición del acceso a las tecnologías de mejora
genética. En este escrito estoy analizando las razones de justicia y de igualdad para poner en tela de juicio
este tipo de tecnologías. Pero, obviamente, también hay otras razones morales que podrían contribuir a la
prohibición, como por ejemplo la amenaza a la diversidad humana. Véase, a este respecto, Peter Singer,
“De compras por el supermercado genético”, Isegoría, n. 27, 2002, pp. 19-40; y Martha Nussbaum,
“Genética y justicia: Tratar la enfermedad, respetar la diferencia”, Isegoría, n. 27, 2002, pp. 5-17.
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desventaja social). La obligatoriedad del uso de las mejoras genéticas sería equivalente
a la escolarización obligatoria. Al fin y al cabo, ambos servicios cumplirían idéntica
función social. Sin embargo, es fácil adivinar los problemas tanto éticos como técnicos
de esa medida política. Desde la ética, una obligatoriedad tal violaría la libertad de las
familias en un campo previsiblemente polémico como el uso de las tecnologías de
mejora genética, además del peligro de reducir la diversidad humana, con todos los
inconvenientes morales y evolutivos que ello implicaría, o de alterar injustificadamente
la dotación genética de las generaciones futuras. Y, desde un punto de vista técnico, se
mantendría el obstáculo del coste económico de una política de ámbito global como ésa.
Parte de esa polémica vendría también motivada por la pluralidad moral y cultural en la
definición de lo que sea una mejora genética. Lo que consideramos como un activo
natural valioso depende en parte de lo que es para nosotros una vida humana buena.
Además, seguiría siendo discutible cuáles son los rasgos deseables: ¿es deseable el
altruismo, la iniciativa personal, la disposición a cooperar siempre? No respetar las
diferentes valoraciones de lo que es un rasgo genético valioso sería equivalente a no
respetar las diferentes concepciones de la vida buena, algo que es claramente
incompatible con una sociedad liberal.
Pero si realmente no se lleva a cabo un igual acceso a las tecnologías de mejora
genética, cosa que parece más que probable si se aceptan las razones morales, culturales
y económicas que he esgrimido hasta ahora, no sólo se daría lugar a una sociedad
claramente desigual, en la que las desigualdades sociales y económicas existentes se
verían acentuadas y multiplicadas por las desigualdades en la utilización de la
tecnología de los genes, sino que la misma idea de igualdad con la que hasta ahora la
ética y la filosofía política intentaban reequilibrar las desigualdades políticas, sociales y
económicas se verá gravemente amenazada.
Existen dos mecanismos de compensación de las desigualdades socioeconómicas
producidas por las diferencias de talentos: la igualdad de oportunidades y la igualdad
política. La igualdad de oportunidades compensa de dos maneras diferentes. Por un
lado, permite que los individuos partan de igualdad inicial en la competición social. El
objetivo es que los talentos personales puedan sobresalir con una instrucción igual para
todos. La instrucción es igual, entre otras cosas, porque a priori no se sabe qué talentos
ni qué individuos talentosos brillarán con luz propia. Por otro lado, la igualdad de
oportunidades cumple un papel fundamental en favor de la justicia social, puesto que
lleva implícita la promesa de que los hijos de los perdedores en la competición social
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partirán cada nueva generación en igualdad de condiciones naturales con los
descendientes de los triunfadores socialmente. Esa promesa viene avalada
empíricamente por el hecho de que el talento natural es un bien distribuido
azarosamente entre la población, con independencia de los talentos y la fortuna social y
económica de sus progenitores. Por todo ello, la creencia social en la igualdad de
oportunidades es un activo de la sociedad democrática y socialmente justa.
Como también lo es la igualdad política. La igualdad política se fundamenta en la
creencia de que las personas nacemos “libres e iguales”, una creencia típicamente
moderna, que podemos rastrear en filósofos como Hobbes, Tocqueville o Rousseau. La
creencia en la igualdad natural (“hay en el estado de naturaleza una igualdad de hecho
real e indestructible”, dice Rousseau) o al menos la creencia de que las diferencias
naturales entre las personas no son tan profundas que “la sola diferencia de hombre a
hombre sea tan grande como para hacer dependiente a uno del otro” (Rousseau, p. 296),
es la raíz de la concepción moderna de la igualdad moral y política. Tanto en la versión
liberal de la igualdad de voto como en la versión republicana, más ambiciosa, de la
igualdad de influencia en el poder político (que expresa magníficamente Rousseau con
la sentencia de que ningún ciudadano tenga suficientemente poder como para establecer
una dependencia antinatural entre ellos), la igualdad política se basa en la creencia de
que las diferencias de talentos entre las personas no son suficientemente grandes como
para que nadie deba ser excluido de la participación igualitaria en política por razón de
talento.
Pues bien, las tecnologías de mejora genética pueden romper las bases naturales de
esas creencias. En dos sentidos. Uno, multiplicando las desigualdades naturales,
ensanchando la brecha entre los mejor dotados y los peor dotados por la naturaleza en
aquellos aspectos que más afectan a las oportunidades sociales. Y dos, eliminando el
hecho de que las personas somos por naturaleza potencialmente iguales en cuanto a
talentos, es decir, a priori o antes de la educación no es posible determinar los futuros
talentos de nadie. Si la distancia entre los talentos aumenta y si éstos ya no se
distribuyen entre la población por el azar, sino que existe una planificación que, además,
otorga a los hijos de los privilegiados socialmente la garantía de que heredarán
meritocráticamente (con parámetros de mérito personal y no sólo de economía o
posición social de la familia) esos privilegios, los ideales de igualdad de oportunidades
y de igualdad política se desvanecerán. La igualdad de oportunidades dejará de tener
sentido porque ya no será verdad que la naturaleza nos hará potencialmente iguales. Los
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hijos de los pobres heredarán la inferioridad competitiva de sus padres al no tener
acceso a las tecnologías de mejora genética. Podemos pensar que las diferencias de
talentos tal vez no puedan ser muy grandes con la aplicación de las tecnologías de
mejora, puesto que, al fin y al cabo, la genética tampoco podrá hacer milagros. Pero la
discriminación no se suele medir con un baremo meramente cuantitativo. El hecho de
que algunos estén mejorados será una garantía suficiente para que obtengan ventajas
definitivas en la competición social, cerrándose sistemáticamente sus puertas a los no
mejorados, independientemente de que la mejora no los diferencia cuantitativamente en
exceso.
Por otro lado, también se quebrará la creencia de que todos somos capaces de
deliberar políticamente en igualdad de condiciones. Si recordamos los debates de la
antigua Grecia entre los defensores de la esclavitud y sus detractores, el argumento
naturalista acababa siendo la piedra de toque de dicho debate. Los defensores de la
igualdad política argumentaban que las diferencias naturales son demasiado pequeñas
como para excluir de la deliberación política a algunas personas por ese motivo. Al
romperse la creencia en la igualdad natural de los seres humanos, el riesgo de que esa
desigualdad traspase el campo de lo social y se instale también en lo político es enorme.
Si los individuos mejorados acabarán copando meritoriamente los lugares sociales
relevantes, ¿por qué contar con los no mejorados para dirigir el destino político de
todos?
El problema para la ética actual es que hasta ahora las discriminaciones sociales y
políticas, incluso las que se justifican con argumentos derivados de la naturaleza, son
vencidas con la creencia de que ésta no impone desigualdades suficientemente fuertes
como para renunciar al ideal de igualdad básica entre los humanos. Tras siglos de
disputas, el pensamiento y la sociedad contemporáneos han llegado a la conclusión de
que las desigualdades sustanciales se deben, en su mayor parte, a diferencias culturales,
de que la distancia que separa a un hombre blanco nacido en el barrio londinense de
Belgravia de una mujer negra subsahariana es básicamente cultural, pero no existe una
diferencia natural significativa entre ellos como para que no puedan deliberar en
igualdad de condiciones (ni se nieguen el reconocimiento mutuo para ello) en la
asamblea política de las Naciones Unidas. Pero eso es precisamente lo que ahora está en
cuestión con la aplicación desigual y a gran escala de las tecnologías de la genética. Más
allá del hecho en sí de la discriminación, la auténtica y peligrosa novedad es que la ética
se queda ahora sin su principal argumento a favor de la igualdad social y política: la
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creencia en la igualdad natural. De modo que las tecnologías de mejora genética no sólo
incrementarán la desigualdad social existente, sino que además eliminarán las bases
teóricas con las que se combatía hasta hoy las fuentes de la desigualdad, unas bases
teóricas asociadas a la creencia de que todas las personas nacemos potencialmente
iguales o, al menos, sin una desigualdad natural conocida a priori ni, en todo caso,
suficientemente grande como para que no tenga sentido la idea moral y política de que
todos somos naturalmente iguales, una creencia que ha sido fundamental para construir
las ideas de igualdad moral y política y de una humanidad común. Con la aplicación de
las nuevas tecnologías de mejora genética, la base igualitaria de los derechos humanos
está peligrosamente amenazada.
Las discriminaciones por razón de sexo, raza y origen social se han combatido
exitosamente con el argumento de que esos factores son arbitrarios con relación a la
capacidad de desarrollar un trabajo intelectual y de participar activamente en la
deliberación moral y política. El reconocimiento de esa arbitrariedad es fundamental
para legitimar la no-discriminación en el acceso a la educación, el trabajo y el poder
político por razón de sexo, raza u origen social. El reconocimiento de esa arbitrariedad
ha proporcionado, además, un gran prestigio moral al ideal de igualdad de
oportunidades. Con la igualdad de oportunidades hemos pasado a denunciar la injusticia
de la discriminación arbitraria. Sin embargo, las tecnologías genéticas de mejora
introducen una nueva discriminación que ya no es arbitraria desde el punto de vista del
acceso a la educación, el trabajo y la gestión de la política, puesto que los mejor dotados
genéticamente pueden llegar a ser, en virtud de la eficiencia, los mejores candidatos a
una educación superior, los trabajos especializados y los cargos sociales y políticos
elitistas. Es un caso similar al de los discapacitados psíquicos actuales. Pese a que
poseen iguales derechos básicos que los no-discapacitados, esos derechos no se
extienden a determinadas oportunidades sociales en que el talento cognitivo es un
requisito fundamental de la tarea a desarrollar. Mi hipótesis es que, con el ideal actual
de la igualdad de oportunidades en la mano, los no-mejorados genéticamente podrían
llegar a ser tratados como discapacitados, una nueva discapacidad basada en la
inferioridad productiva de los genes, en que tal inferioridad se confundiría con una
suerte de deficiencia, debido a la ambigua distinción entre normalidad y anormalidad
genética, como ya he mostrado anteriormente.
Por otro lado, los individuos no mejorados genéticamente no equivaldrían a
personas actuales que, sin ser reconocidas como discapacitadas, sin embargo poseen una
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capacidad cognitiva baja o limitada respecto a la media de la población. No será el
mismo caso porque con las tecnologías genéticas de mejora los no-mejorados serán
fácilmente identificables como tales, es decir, serán reconocidos a priori como menos
capacitados que los demás. El Estado y la sociedad dispondrán de una información
personalizada que dividirá públicamente a los individuos entre mejorados y nomejorados. Previsiblemente, el control social impedirá que nadie escape a esa
catalogación.
Así pues, con las tecnologías genéticas de mejora la igualdad de oportunidades
desvelará como nunca su verdadero rol social: el servicio a una sociedad meritocrática.
En consecuencia, ese desvelamiento descubrirá que la igualdad de oportunidades ya no
servirá para lo que la mayor parte de la población todavía cree que sirve: para favorecer
una mayor igualdad social. Con las nuevas tecnologías genéticas de mejora, la igualdad
de oportunidades no sólo no evitará una mayor desigualdad social, sino que la
acentuará, puesto que los individuos mejorados genéticamente, que coincidirán, al
menos inicialmente, con los más ricos, coparán los puestos sociales más relevantes. En
consecuencia, y lo que aún es más destacable desde el punto de vista de la filosofía: la
igualdad de oportunidades dejará de ser un ideal al servicio de una sociedad más
igualitaria y, paradójicamente, se convertirá en el garante de una sociedad meritocrática
fuertemente desigual.
¿Qué puede hacer la ética para adaptarse a la nueva situación? Hemos visto que la
simple denuncia y la censura son insuficientes, puesto que los hechos pueden
previsiblemente superar a las normas. La alternativa es la reformulación del ideal de
igualdad de oportunidades con el fin de que éste no se vea atrapado en las
contradicciones que he señalado. No es ahora el momento de ahondar en esa necesaria
refundación de la igualdad de oportunidades, de manera que sólo apuntaré algunas
ideas. Creo que el camino a seguir pasa por relativizar el peso de los talentos naturales
en la concepción de la igualdad de oportunidades. Generalmente, hemos entendido que
la igualdad de oportunidades nivela las condiciones de desarrollo de los talentos con el
fin de que éstos sean la base legítima de las desigualdades sociales y económicas. Pero,
como hemos comprobado con la hipotética aplicación de las tecnologías de mejora
genética de los talentos, el objetivo de la meritocracia puede llegar a comprometer la
misma intención igualitarista del ideal. Sin embargo, si concebimos las oportunidades
sociales como algo valioso al margen de los talentos, sin necesidad de asociarlas
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únicamente a ellos, tal vez entonces la igualdad de oportunidades siga siendo posible
como ideal de justicia social. ¿De qué manera?
Creo que es posible de dos maneras diferentes. En primer lugar, como han hecho
algunos autores liberales, interpretando la igualdad de oportunidades no como una
carrera abierta a los talentos sino como una compensación social por la “suerte bruta” de
los individuos. Así es como se llama la tesis de que las oportunidades sociales deben
distribuirse atendiendo a lo que los individuos pueden o no pueden controlar, frente a la
tesis tradicional de la igualdad de oportunidades, que señala que las oportunidades
sociales deben administrarse con el fin de eliminar las estructuras sociales injustas.
Según esta concepción, lo que cuenta es que las personas no deberían tener menos
oportunidades como resultado de factores que están fuera de su control, en el sentido de
que ellas no los han elegido. De esa manera, dado que el acceso a las tecnologías de
mejora afecta desigual e involuntariamente a las oportunidades sociales de los
individuos, éstos deberían disponer de un acceso igual a tales mejoras, puesto que está
claro que, por ejemplo, la modificación genética prenatal no es algo que esté bajo el
control de los directamente afectados. Sin embargo, hemos visto que, en la práctica, el
acceso igualitario a las tecnologías genéticas de mejora puede ser una quimera a corto
plazo, lo que no evitará el mal irreversible del uso de dicha tecnología para la libertad y
la igualdad de las personas.
Por esa razón, creo que, en segundo lugar, el camino apropiado es una
reformulación política de la igualdad de oportunidades. ¿Cómo se llega a ella? Antes de
nada, habría que separar claramente la parte técnica de la parte ética de la igualdad de
oportunidades. La igualdad de oportunidades, tal como algunos la definen
habitualmente, se reduce a una cuestión técnica: seleccionar el mejor candidato a un
puesto social. En cambio, la parte ética apunta a un objetivo moral: que todos los
candidatos partan de igualdad de condiciones en la línea de salida de la competición
social. Ahora bien, esa parte ética de la igualdad de oportunidades, claramente
igualitarista en sus intenciones, en el fondo sirve a una sociedad desigual y
meritocrática, lo que convierte al ideal ético de la igualdad de oportunidades, en esta
segunda acepción, en una autocontradicción. La interpretación de la igualdad de
oportunidades como compensación por la suerte bruta intenta resolver esa contradicción
interna devolviendo la intención igualitarista originaria al ideal, pero esa nueva
interpretación liberal no tiene en cuenta la naturaleza política de las oportunidades
sociales.
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Las oportunidades sociales son un bien político por dos razones. En primer lugar,
porque la existencia de unas oportunidades sociales u otras no es neutral políticamente,
sino el resultado de una pugna entre intereses y concepciones diversos del bien común.
La prueba más visible de ello es la historicidad de las oportunidades sociales y su
estrecho vínculo con el contexto que le da sentido y relevancia práctica. En otras
palabras, cada sociedad y cada época determina lo que debe ser entendido como
oportunidades sociales valiosas. El triunfo de una determinada concepción pública de
las oportunidades sociales es, sin duda, un triunfo político, en el que finalmente unas
oportunidades son públicamente evaluadas como mejores a otras. En segundo lugar, las
oportunidades sociales son un bien político porque tienen la propiedad de dar poder a
las personas que las disfrutan. Tener acceso a la universidad, a la sanidad, a un trabajo
digno, a una ayuda estatal o a dirigir un país ofrece un poder a las personas que gozan
de esas oportunidades que excluye a quienes no las poseen, un poder fácilmente
transformable en libertad e independencia.
Así pues, si atendemos a la naturaleza política de las oportunidades, pronto
comprenderemos que éstas no deben ser tratadas únicamente como una cuestión de
merecimiento personal, puesto que nadie merece un mayor peso político o una mayor
libertad que los demás. Las oportunidades sociales, además de servir a la eficiencia
productiva, también dan libertad e independencia a sus beneficiarios. Si tenemos todo
esto en cuenta, deberíamos concluir que el acceso a las oportunidades sociales (ya sean
educativas, sanitarias, laborales o de otro tipo) no debería estar regulado únicamente por
razones de mérito personal, sino también y de forma prioritaria por razones de libertad e
independencia personal. Dicho de otro modo, que un individuo supere a otro, por
razones de mérito, en el acceso a una plaza de educación superior o a un trabajo
especializado y bien remunerado no debería otorgarle una mayor libertad e
independencia, sino tan sólo un modo diferente (tal vez más satisfactorio desde el punto
de vista del bienestar) de obtener esa igual libertad e independencia que merece.
Nadie merece más libertad o poder por tener un talento más valioso socialmente o
por aprovechar mejor las oportunidades sociales o, simplemente, por tener acceso a
algunas de ellas. De modo que, a mi entender, la interpretación adecuada de la igualdad
de oportunidades, si es que este ideal debe ser mantenido como apropiado en una
sociedad justa e igualitaria, debería concebirse como un igual acceso a una vida más
libre e independiente del dominio de los otros, al margen de quién logra finalmente el
bien escaso al que da acceso la oportunidad, un bien que probablemente muchos desean
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pero que, en ocasiones, sólo unos pocos, por razones tanto de eficiencia productiva
como de mérito personal, deben obtener. Así entendida, la igualdad política de
oportunidades, tal como la podríamos bautizar, debería ser moral y políticamente
prioritaria tanto a las razones de eficiencia como de merecimiento, justo lo contrario de
lo que sucede con las habituales interpretaciones liberales de la igualdad de
oportunidades. La realidad social que proyectan las tecnologías genéticas de mejora
pone sobre la mesa, con más fuerza que nunca, la necesidad de la redefinición ética de
un ideal tan apreciado como ambivalente, pero sin duda alguna irrenunciable, como es
la igualdad de oportunidades.
Bibliografía
Buchanan, A et al. (2002): Genética y justicia, Cambridge University Press,
Madrid.
Camps, Victòria (2002): “¿Qué hay de malo en la eugenesia?, Isegoría, n. 27.
Fukuyama, Francis (2003): El fin del hombre, Suma de Letras, Madrid.
Habermas, Jurgen (2002): El futuro de la naturaleza humana, Paidós, Barcelona.
Mehlman, M.J. y Botkin, R. (1998): Access to the genoma, Georgetown
University Press, Washington.
Puyol, Angel (2001): El discurso de la igualdad, Crítica, Barcelona.
Rousseau, J.J. (1989): Emili o de l’educació, EUMO, Vic.
Singer, Peter (2002): “De compras por el supermercado genético”, Isegoría, n. 27.
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