Centro de
Espiritualidad
Paulina de México
Pautas de Retiro para el mes de Agosto 2015
Las Hijas de San Pablo y las Pastorcitas
I. La Palabra de Dios
Las mujeres que seguían a Jesús: servidoras fieles y humildes
En el Evangelio según san Lucas (8, 1-4) se habla de las mujeres que seguían a Jesús. Quizás
formaban un grupo, una pequeña comunidad, separada de los Apóstoles y de Jesús (por la rígida
separación entre varones y mujeres, propia de la cultura judía de entonces). Dice que esas mujeres
seguían a Jesús porque habían sido liberadas de enfermedades y demonios; era, pues, un acto de
agradecimiento nacido de la fe que les había llevado a Jesús. Por supuesto que ese seguimiento de Jesús
ha exigido de ellas que, al modo de los Apóstoles, lo abandonen todo, familia, posesiones y se pongan a
compartir la vida misma de Jesús. Pero, además, ellas “con sus bienes”, los servía y asistían a ellos: a
Jesús y sus Apóstoles.
La misma idea aparece en Mateo (27, 55) de servir a Jesús y allí se añade que esas mujeres,
procedentes, al menos en su mayor parte, de Galilea, lo acompañaban y “habían subido” con él a
Jerusalén. San Marcos (15, 40-41), por su parte, también declara que esas mujeres seguían a Jesús y lo
servían cuando estaba en Galilea.
Lo mismo podemos ver en Lucas (23, 49-56; 24, 1-10), que esas mujeres, junto con las que asisten a la
crucifixión, están presentes en la sepultura de Jesús y se fijan dónde lo sepultan. Miraban desde lejos…
escriben Mateo (27, 55-56, 61) y Marcos (15, 40).
Además, son las que regresan a Jerusalén y luego vuelven al sepulcro con intención de
embalsamar el cuerpo del Señor, momento en que comprueban que el sepulcro está vacío y se les
aparecen los ángeles anunciándoles la resurrección, cosa que ellas comunican enseguida a los
Apóstoles.
En varios de los textos (Lc 8, 3; Mt 27, 55 y Mc 15, 40ss) se dice que eran muchas y se nombran
algunas: María Magdalena; Juana; la mujer de Cusa; Salomé; María, la madre de Santiago y Juan, los
hijos de Zebedeo.
Son sin duda las mismas mujeres que aparecen en el libro de los Hechos (1, 14) esperando la
venida del Espíritu Santo.
Características dignas de imitación
1. Seguían a Jesús, participaban de su vida, escuchaban su predicación (constancia).
2. Habían sido liberadas (conversión).
3. Asistieron a Jesús y a los suyos, los Apóstoles, (generosidad-actitud servicial).
4. Lo acompañaron en los momentos del Calvario (valentía-solidaridad).
(Cfr. Apostol-totustuus.blogspot.mx/2012/05/las-mujeres-que-seguian-jesus.html)
II. Magisterio de la Iglesia1
Carismas al servicio de la comunión evangelizadora
El Espíritu Santo también enriquece a toda la Iglesia evangelizadora con distintos carismas. Son
dones para renovar y edificar la Iglesia. No son un patrimonio cerrado, entregado a un grupo para que
lo custodie; más bien son regalos del Espíritu integrados en el cuerpo eclesial, atraídos hacia el centro
que es Cristo, desde donde se encauzan en un impulso evangelizador.
Un signo claro de la autenticidad de un carisma es su eclesialidad, su capacidad para integrarse
armónicamente en la vida del santo Pueblo fiel de Dios para el bien de todos. Una verdadera novedad
suscitada por el Espíritu no necesita arrojar sombras sobre otras espiritualidades y dones para afirmarse
a sí misma. En la medida en que un carisma dirija mejor su mirada al corazón del Evangelio, más
eclesial será su ejercicio. En la comunión, aunque duela, es donde un carisma se vuelve auténtica y
misteriosamente fecundo. Si vive este desafío, la Iglesia puede ser un modelo de paz para el mundo.
Las diferencias entre las personas y comunidades a veces son incómodas, pero el Espíritu Santo,
que suscita esa diversidad, puede sacar de todo algo bueno y convertirlo en un dinamismo
evangelizador que actúa por atracción. La diversidad tiene que ser siempre reconciliada con la ayuda
del Espíritu Santo; sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo
tiempo, realizar la unidad. En cambio cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos
encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división y, por otra
parte, cuando somos nosotros quienes queremos construir la unidad con nuestros planes humanos,
terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Esto no ayuda a la misión de la Iglesia.
Hoy que la Iglesia quiere vivir una profunda renovación misionera, hay una forma de predicación
que nos compete a todos como tarea cotidiana. Se trata de llevar el Evangelio a las personas que cada
uno trata, tanto a los más cercanos como a los desconocidos. Es la predicación informal que se puede
realizar en medio de una conversación y también es la que realiza un misionero cuando visita un hogar.
Ser discípulo es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús y eso se produce
espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino.
En esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento es un diálogo personal,
donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres
queridos y tantas cosas que llenan el corazón.
III. Palabras del Fundador
1
Papa Francisco, La alegría del Evangelio, San Pablo, México 2014, N°
131, 132, 127.
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La Fundación del Instituto Hermanas de Jesús Buen Pastor viene referida a 1936, cuando el P.
Alberione llamó a la Hermana María Nieves Negri, profesa entre las Hijas de San Pablo, dándole la
tarea de realizar un nuevo tipo de apostolado, junto a aquel que realizan la Sociedad de San Pablo y las
Hijas de San Pablo. Este nuevo apostolado comenzó rápidamente. Las Hijas de San Pablo pusieron a
disposición del nuevo grupo una habitación de su casa central en Roma. Vivieron en común con las
Hijas de San Pablo y comenzaron a enseñar catequesis, a asistir a los niños, a visitar a las familias y a
los enfermos, a distribuir boletines catequísticos en las zonas limítrofes, también realizaron un censo
pastoral de la población de la parroquia.
En diversas circunstancias el P. Alberione afirmó, incluso en público, que había tenido desde 1908,
cuando era vice párroco de Narzole (Cúneo), la vaga idea de fundar una congregación de religiosas que
ayudaran al sacerdote en la cura pastoral. Lo repitió una vez más el 6 de agosto de 1936, poco después
de haberse establecido en Roma, cuando revelo a Sor María Nieves Negri, Hija de San Pablo de la
comunidad romana, su intención de dar vida a un nuevo Instituto, invitándola explícitamente a
colaborar con él en la oración, en espera de que sonara la hora señalada por la Providencia divina.
La belleza de la vocación de una religiosa que ayuda y sustituye al sacerdote en el cuidado de los
niños, en la clase de catecismo a pequeños y grandes, en las visitas a los enfermos y en la preparación
de los moribundos para el gran paso, lo impulsaban a apresurar la realización del proyecto acariciado
desde hacía tanto tiempo; pero como el bien que se esperaba del nuevo Instituto superaba enormemente
los riesgos que para él se podían temer, la mañana del 7 de octubre de 1938, fiesta de la Virgen del
Rosario, mandó llamar a sor María Nieves y a otras cuatro Hijas de San Pablo, que como ella vivían
hacía tiempo en estado de alerta, y les dijo: “Prepárense, esta tarde se trasladarán a su casa en
Genzano”.
El Fundador le ordenó a su hermano Tomás, que era entonces huésped de la comunidad paulina de
Roma, que siguiera a las religiosas de Genzano para ayudarlas en los trabajos más pesados, pero
necesarios, mientras lograban una aceptable instalación y también para darles una tranquilidad mayor
con su presencia.
Sor María Nieves antes de partir para el nuevo destino, le hizo la siguiente observación al P.
Alberione: ¿cómo nos arreglaremos sin dinero? Es fácil hacer las obras con dinero –le respondió él,
riendo divertido–, lo bueno es dejar que haga las obras el Señor, que no cuenta nunca con el dinero.
Pero… toma esto y le dio cien liras.
Para cinco personas que van a instalarse en una casa vacía, cien liras, incluso antes de las
incontables devaluaciones, era una cantidad que no sólo no permitía despilfarrar, sino que obligaba a
escatimar el céntimo y a privarse de muchas cosas útiles y tal vez necesarias. Lo comprendió
perfectamente la superiora general de las Hijas de san Pablo, la Maestra Tecla, quien entregó otras
doscientas liras a sus cinco religiosas. Partieron, como recuerda una de ella, a las cinco de la tarde en
una camioneta, con “pocas pertenencias personales, un saco de pan, un salchichón y una estatua de la
Virgen de Lourdes”.
El 29 de octubre el Fundador les dijo en una exhortación: “La religiosa de Jesús Buen Pastor ama,
y en la palabra amor tiene todo su programa. El amor de la religiosa por las almas confiadas a sus
cuidados rebasa los confines de la eternidad, después de haberlas seguido paso a paso en el desarrollo
de su vida cristiana. Corazón grande para amar, compadecer, confortar a todas las almas”.
En unos ejercicios espirituales que les predicó, les dijo: “Hasta ahora han vivido con las
instrucciones que se les han dado de viva voz y lo han hecho con amor, tratando de comprender el
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espíritu de su Instituto. Ahora las reglas y directrices para su apostolado están escritas (Constituciones)
y representan para ustedes la certeza de ser como Dios quiere. Su vida de pastorcitas es difícil, pero es
la más bella. En un solo punto no deben ceder jamás: en la observancia de la vida religiosa y en el
espíritu propio de su institución. La mayor aportación que pueden dar a su instituto es la fidelidad a las
Constituciones y a los deseos de la Iglesia”.
Las Constituciones reafirmaban las devociones principales que las Pastorcitas ya profesaban al
Buen Pastor, a María Madre del Buen Pastor y a los apóstoles Pedro y Pablo; y un artículo muy
importante les imponía elegir como campo el ejercicio de su apostolado: “principalmente los centros
rurales y la periferia de las grandes ciudades”. De esta manera ellas reconocerán, como su patrono San
Pablo, deudoras de todos, pero en particular de los más pobres, de los más pequeños y necesitados de la
gran familia de Dios.
IV. Actualización
La contemplación de las mujeres del Evangelio que siguen, acompañan, apoyan y ayudan a Jesús y a
los apóstoles, llevan a la Familia Paulina a la obligada reflexión sobre la presencia de tantas hermanas
integradas en la Familia Paulina no sólo en las congregaciones sino también en los institutos de vida
secular consagrada y en la Asociación de Cooperadores Paulinos, integrados todos en la Familia
Paulina de don Alberione.
Es bueno recordar a este punto las características de las mujeres asociadas “al celo sacerdotal” que esa
visión evangélica nos propone: conversión – constancia – generosidad – capacidad de servicio –
solidaridad – valentía. Con ocasión de este retiro podemos preguntarnos: ¿Cuáles de esas virtudes he
desarrollado? Si no las tengo ¿cómo puedo conseguirlas? Si ya las tengo, ¿cómo potenciarlas para que
se integren en mi plan de consagración que es lo mismo que decir en mi plan de salvación? Nótese que
dichas preguntas no son exclusivas de las mujeres de la Familia Paulina sino que son válidas también
para los hermanos dentro de la misma Familia.
Actualizar esas virtudes de vida cristiana, como dice el Papa Francisco, nos permiten llevar todo el
Cristo a todo hombre, pero en particular a aquellos que se cruzan en nuestro camino en la propia
comunidad, en las parroquias, en las familias, y aun en las calles y las plazas. Estas últimas son palestra
especial para los consagrados laicos.
El padre Fundador exhorta a todos –no solamente a Hijas y Pastorcitas– a mantener la fe y la
dedicación y el amor en el seguimiento al Maestro Divino en nuestro carisma específico, es decir en
aquel terreno donde el Señor ha insertado nuestro llamamiento como paulinos y paulinas, sea en
comunidad que en la discreción de la presencia consagrada en el mundo.
V. Oración
Oración a María, Primera Discípula de Jesús
Virgen María,
tu vida estuvo íntimamente unida a la de Jesús Sacerdote.
Tú fuiste su primera discípula,
la primera cooperadora.
Tú siempre bebiste de su sabiduría
y cooperaste a su obra sacerdotal.
Ahora que en el cielo te sientas a su derecha,
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enséñame y condúceme por ese camino,
que es real y seguro. Amén.
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