LAS OBRAS DE PENITENCIA
Monasterio “Santa Ana” – NOCERA
Nuestras Constituciones, en número 35, I, describe la vida de las monjas en pocas
expresiones, extremadamente sintetizadoras, y la presenta como personas dedicadas
completamente a Dios. Al mismo tiempo, para explicar el concepto de donación, citan
algunos elementos dentro de los cuales ésta se concreta, y son: el silencio, la penitencia, la
oración y la caridad mutua.
Las obras de penitencia, argumento del presente artículo, están más específicamente
desarrolladas en el número 61 de las mismas Constituciones. Éstas, aunque no están
incluidas entre los elementos principales de la observancia regular de la vida dominicana,
como son: la vida común, la celebración de la liturgia y la oración secreta, la práctica de
los votos, el estudio de la verdad sagrada, sin embargo son de ayuda a que dicha vida
dominicana se realice en toda su plenitud.
NECESIDAD DE LA PENITENCIA
Santo Tomás, cuando habla del Sacramento de la penitencia, afirma que no puede
perdonarnos los pecados si no encuentra en nosotros la virtud de la penitencia, esto es, la
actitud de fondo que rechaza el pecado y hace espacio a la acción transformante de la gracia
de Cristo que quiere, de día en día, asimilarnos a sí.
El discurso de la mortificación, de la renuncia, de la lucha contra toda forma de mal
como condición absoluta para seguir a Cristo está clarísimo y es central en el Evangelio,
pero siempre está en oposición con las tendencias naturales al interior del hombre, y con el
espíritu del mundo que predica lo contrario. Hoy de modo especial, tal discurso corre el
riesgo de encontrar especial dificultad en la mentalidad común, a causa del particular clima
de hedonismo en el que vivimos, de la civilización del bienestar y del consumismo en el
que todos estamos inmersos.
Si bien la Iglesia ha creído oportuno modificar y aliviar ciertas formas de penitencia
o ascesis, no puede, sin embargo, renunciar a la fundamental exigencia evangélica de la
necesidad del sacrificio.
La misma Constitución Apostólica de Pablo VI Paenitemini, que ha mitigado y
adaptado las antiguas formas penitenciales a la nueva situación, sin embargo ha proclamado
con fuerza: “Por ley divina todos los fieles están obligados a hacer penitencia”. Se trata
entonces no de disminuir el vigor y el rigor de la invitación evangélica a acoger aquella
fundamental renuncia que se pide desde el bautismo, sino de encontrar nuevos modos de
expresarla. Si Dios nos ha purificado y renovado en las aguas bautismales, y nos ha hecho
nuevas criaturas y sus hijos, nosotros debemos traslucir cotidianamente, en las realidades
que vivimos, aquello que, por puro don, somos en lo profundo.
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LA PENITENCIA EN NUESTRAS CONSTITUCIONES
Progresando en la vida espiritual, se está dispuesto a llevar a cabo todo tipo de
renuncias, especialmente cuando nos damos cuenta de que las limitaciones de la naturaleza
obstaculizan la propia libertad y la búsqueda de Dios.
Con mayor razón quien, por seguir a Cristo más de cerca, abraza la vida religiosa,
debe ser consciente de caminar para correr su misma suerte: debe morir con él para
resucitar con él y convertirse en una criatura nueva. Como dice LCM 61, I:
“La consagración religiosa y la vocación apostólica de la Orden
exigen de las monjas más que del resto de los fieles, negarse a sí
mismas, cargar con la Cruz y llevar en el cuerpo y en el alma la
mortificación de Cristo, para merecer de esta forma para sí mismas y
para los demás hombres la gloria de la resurrección”.
El párrafo segundo del mismo número nos pone delante el ejemplo de Santo
Domingo, que
“viviendo en la carne caminaba en el espíritu y no sólo no obraba a
impulsos de la carne sino que los apagaba”.
Un vasto campo para ejercitar la virtud de la penitencia es ciertamente el tejido
cotidiano de la vida de cada uno. La Constitución Apostólica Paenitemini, de hecho, insiste
sobretodo en que se ejercite la virtud de la penitencia en la fidelidad perseverante a los
deberes del propio estado, en la aceptación de las dificultades provenientes del propio
trabajo y de la convivencia humana, en soportar pacientemente las pruebas de la vida
terrena y de la profunda inseguridad que la invade. De estas afirmaciones se hacen eco
nuestras Constituciones donde dicen que “las monjas practiquen la virtud de la penitencia,
sobre todo cumpliendo con fidelidad todo lo que comprende su vida” (LCM 61, II).
Otro aspecto a considerar en las obras de penitencia es su valor apostólico. El
seguimiento de Cristo se encamina a que nosotras entremos en su misterio, para que se
realice también en nosotras. La gloria de Dios y la salvación de los hombres deben
convertirse para nosotras, como lo han sido para Cristo, el objetivo de toda nuestra vida. Si
el grito de Santo Domingo: “Señor, ¿qué será de los pecadores?” nos comunica su misma
ansia apostólica, al mismo tiempo, abre horizontes más amplios a nuestra penitencia.
PENITENCIA Y VIDA COMÚN
Mirando a fondo nuestra vida, para captar los frutos de penitencia de la fidelidad a
la misma, las Constituciones nos iluminan en nuestra búsqueda. Estamos llamadas a
realizar el seguimiento de Cristo en la vida común. Por tanto, es en este contexto donde
nace y se desarrolla lo que hacemos y ante todo, lo que somos.
Las obras de penitencia, entonces, asumen un rostro nuevo; superando el estrecho
ámbito de la ascesis y de la mortificación, siempre válidas, apuntan a la conversión del
corazón a Dios y a las hermanas.
La conversión, de hecho, que se expresa en el abandono del modo precedente de
vivir, incluye la penitencia como su momento irrenunciable. Tal conversión, que se
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desarrolla en un fluir continuo, y se profundiza en intervalos sucesivos, comporta un salir
progresivo del yo, de su egoísmo, para abrirse al don de sí a favor de la Comunidad.
Cuando la penitencia personal se acompasa con la comunitaria, nos sentimos
animadas, desaparece tanto lo extraordinario como el individualismo, para dejar lugar al
esfuerzo de la comunidad, que día tras día se deja inundar por la misericordia del Padre.
Las obras de penitencia esporádicas, lejos de perder su eficacia, deben confluir en el
tejido de la vida comunitaria, que es el lugar de crecimiento, ocasión de verificación, don
propicio de Dios. Si en el monasterio debe reinar un clima de silencio, de contemplación,
de caridad, no es menos cierto hablar de clima de penitencia, según la describe la
Constitución Fundamental en el párrafo V: “Ejercitando con alegría la penitencia”.
PENITENCIA Y VOTOS
“Olvidando lo que quedó atrás y lanzándose a sí mismas a lo que
tienen delante (Flp 3, 13), mediante la profesión de los consejos
evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, se consagran a Dios
por votos públicos”.
Así, hablando de nuestros votos, la Constitución Fundamental en el párrafo III hace
referencia a la carta de S. Pablo a los filipenses, que invita a los cristianos a caminar
adelante, en respuesta a una llamada.
Por tanto, la práctica de los votos implica un dejar, un olvidar, y al mismo tiempo un
aceptar las incomodidades y las luchas del camino.
Es evidente el papel insustituible que asumen las obras de penitencia. Es en su
terreno fecundo donde nacen y se desarrollan nuestra obediencia, que nos hace abrazar el
anonadamiento de cristo, la pobreza en el espíritu y en la realidad, la castidad por el reino
de los cielos.
La renuncia a los bienes, también de máxima estima, que es condición indispensable
para observar los consejos evangélicos, no se realiza de forma global y definitivamente.
Ahí están, entonces, las obras de penitencia que la actualizan momento a momento, día tras
día.
PENITENCIA Y ORACIÓN
La perfección de la vida cristiana consiste en la unión con Dios. Par alcanzar esta
meta, es necesario el paso obligado por la renuncia total y el desprendimiento radical de
todo aquello que aleja, o simplemente retarda, el alcanzar este ideal. La vida de oración
requiere una lucha constante contra la tendencia a la dispersión fuera de sí. Es necesario
además cambiar nuestro comportamiento, frenando el deseo de afirmarnos a nosotros
mismos con un querer hacer, para ponernos en un estado de receptividad y de espera. Un
cambio de este género, requiere un esfuerzo tanto más considerable cuanto la persona más
está llevada a actuar. Cuesta abandonar una actividad eficaz para dedicarse a la oración,
cuya fecundidad es tangible sólo en ciertos momentos. Se necesita coraje para preferir la
vida oscura presentada por la fe más que la falsa luz de las gratificaciones.
Para una auténtica vida de oración es indispensable cultivar un comportamiento
interior hecho de receptividad, y fortalecerse en una disciplina de vida muy sólida, fundada
sobre verdaderos valores. Todo esto implica penitencia, requiriendo libertad interior,
renuncia de sí, ascesis. Así, quien quiere acceder a una profunda experiencia de oración
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debe actuar enérgicamente para asegurarse el tiempo, la paz y también el estudio,
presupuestos indispensables para disponerse a la contemplación.
Como demuestra la experiencia, la vida de oración presupone un alma pacificada,
libre de las pasiones que ocupan continuamente la mente y la impiden unirse a Dios. Exige
un esfuerzo continuo para liberarse de la presión que el mundo ejerce sobre nosotros, y para
hacerse cada vez más sensible a los valores del espíritu.
La vida de oración exige además abnegación profunda y la voluntad de buscar solo
a Dios. De hecho, si bien nos sentimos atraídos por la oración y orientados hacia valores
altos, estos son difíciles de alcanzar, y consecuentemente, con frecuencia nos dejamos
seducir por valores menos altos e incluso también por el pecado. Tal situación no
desaparece fácilmente, por lo que se afirma con fuerza la necesidad de una severa disciplina
penitencial con el fin de eliminar los obstáculos que dificultan la vida espiritual.
La renuncia al mundo, a sus falsas alegrías, la negación de sí mismo, no son un
anonadamiento absurdo, sino condiciones providenciales para alcanzar la plena libertad y el
más alto desarrollo de la personalidad. Morimos a todo para llenarnos de Dios y estar
dominados por la caridad.
También Eckhart, Taulero y Suson ponen la penitencia en relación con la
contemplación, a la cual dispone.
PENITENCIA Y ESTUDIO
“Por eso, mi queridísimo fr. Juan, como tú tienes que estudiar para
conquistar el tesoro del saber, este es mi (primer) consejo. No te metas
de repente en el mar, sino entra a través de los arroyos, porque hay
que llegar a las cosas más difíciles por las más fáciles.
Ésta, por tanto, es mi amonestación y tu norma de conducta.
Te aconsejo ser tardo para hablar y reacio a frecuentar el locutorio;
cuida la pureza de la conciencia; no descuides la oración; ama la
soledad de la celda, si quieres ser introducido en la bodega (de la
Sabiduría).
Muéstrate afable con todos; no te metas en los asuntos ajenos; no
tengas demasiada familiaridad con nadie; porque la excesiva
familiaridad genera desprecio y ofrece materia de distracción para el
estudio.
No te intereses en absoluto de las palabras y obras de los seglares.
Sobre todo evita callejear.
No olvides imitar a los santos y buenos; pon en claro las dudas, y
trata de colocar en el cofre de la mente cuanto puedas, como quien
quiere llenar un baso. No busques las cosas que te sobrepasan.
Siguiendo estas normas producirás hojas y frutos útiles en la viña del
Señor de los ejércitos, durante toda tu vida. Uniformándote a ellas,
podrás alcanzar aquello que anhelas” (Opus 61).
Esta carta de Santo Tomás proyecta un rayo de luz sobre una de las principales
observancias de la vida dominicana, como es el estudio. Tal luz, posándose ora sobre las
normas que lo regulan (especialmente el método progresivo), ora sobre las condiciones
mejores que aseguran su desarrollo (como la reflexión al hablar, la pureza de conciencia, la
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oración, la soledad de la celda, la afabilidad con todos), lo evidencia como el camino que
introduce en la bodega de la Sabiduría.
El estudio que nos piden las Constituciones, de hecho, está destinado a alimentar la
contemplación. Pero el camino para alcanzar esta meta es de todo menos fácil. Es aquí
donde se realiza la combinación entre el estudio y la penitencia.
El esfuerzo intelectual, la constancia del estudio metódico, junto a la firmeza para
crear las condiciones adecuadas, todo ello sugerido por Santo Tomás, constituyen
precisamente la forma de ascesis y de equilibrio reconocidos como válidos por las
Constituciones.
AYUNO
Lugar de penitencia particularmente privilegiado es el ayuno. Es el signo de nuestra
participación en el misterio de Cristo que por nosotros se hace penitente con el ayuno en el
desierto. La Iglesia, en uno de los Prefacios de Cuaresma, habla de un ayuno mediante el
cual, Dios vence nuestras pasiones, eleva el espíritu, infunde la fuerza y da el premio.
La penitencia ligada al ayuno es particularmente saludable a la vida del espíritu y
favorece las condiciones necesarias para una intensa vida de oración y de estudio. S.
Girolamo en una carta a Eustoquio dice: “ Deberías comer siempre de modo que pudieras
orar y leer inmediatamente después de la comida”.
CONCLUSIÓN
Profundamente convencidas de la primacía de los valores religiosos y
sobrenaturales de la penitencia, acogemos la invitación de la Iglesia que, en la Constitución
Apostólica Paenitemini, nos invita a acompañar la conversión interna del espíritu con el
ejercicio voluntario de acciones exteriores de penitencia.
Si echamos un vistazo a la legislación dominicana en las Constituciones hasta el
1917 veremos como las penitencias ocupan una parte relevante. A cada culpa corresponde
una penitencia ya establecida. Tal práctica respondía a la mentalidad del tiempo en que
también la Iglesia se inspiraba en su moral casuística. En las actuales Constituciones, en
cambio, haciendo hincapié sobre la mayor responsabilidad otorgada a cada persona y a las
comunidades, se pide adecuar la disciplina penitencial a los tiempos, lugares, circunstancias
y personas particulares. De hecho:
“En los Directorios deberán determinarse nuevas formas de
penitencia en consonancia con las circunstancias de lugares y
personas, adaptadas al nuevo estilo de vida ... Cada una de las monjas
en particular añadirá también otras obras de mortificación para
satisfacer más plenamente el deber de la penitencia”. (LCM 62, I - II).
Ciertamente, la vida común, superando las dificultades para realizarla, se convierte
en ocasión de penitencia, pero el esfuerzo comunitario para otorgarse un estilo de vida
conforme al Evangelio y en fidelidad al carisma de la propia Orden, convierte a la
comunidad en signo significativo y eficaz para el mundo.
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