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JUEZ DE TURNO
Ustedes me preguntan: ¿Por qué el hijo no carga con el pecado de su padre? ¡Pero si
el hijo se comportó conforme al derecho y a la justicia, observó todos mis
mandamientos y los puso en práctica! Debe pues vivir. Quien debe morir es el que
peca; el hijo no carga con el pecado del padre, y el padre no cargará con el pecado del
hijo. El mérito del justo le corresponderá sólo a él, y la maldad del malo, sólo a él.
Ezequiel –Capítulo 18 –Versículos 19 y 20.
Sr. Juez:
Con el mayor de los respetos me dirijo a usted o a quien corresponda, para que a
través de su honorable cargo y disposición pueda comprender el asunto que me
concierne. Yo, Franco Monteleone, hijo de Eleonora y Gianncarlo Monteleone,
todos oriundos de la provincia de Catanzaro, Italia, y sobrevivientes de la historia
argentina desde 1953, año en que nos trasladamos a este bendito país donde nació
mi querido hermano Junco. En óptimo uso de mis facultades mentales expongo lo
siguiente: Muchos años han transcurrido con el esfuerzo propio de los inmigrantes
que transitaron los años más duros de una nación gestada con sangre, la misma
que fue licuándose entre sus habitantes hasta ir alcanzando identidad propia.
Durante generaciones convivimos con ideologías diferentes: italianos, españoles,
aborígenes autóctonos que poblaron nuestro país antes de la colonización, y se
cruzaron con españoles dando origen al criollo argentino. Esta carta de ninguna
forma desea ser un ensayo de nuestras raíces, sino un compendio de razonamientos
y fuertes emociones de un alma, que, con altura, quiere reflejar los sucesos de una
vida con obstáculos y miserias; gozos y conquistas que fueron embelleciendo mi
vida, pero minando mis defensas.
Tengo el virus HIV desde hace catorce años y estoy en la etapa final. Los
medicamentos que me suministran me han devorado el hígado y no los tomo desde
hace meses. He bajado veinte kilos, el último año, y mi familia no sabe o no intenta
saber sobre esta enfermedad que diezma mis entrañas.
He sido un cobarde para afrontar el tema con ellos, en parte por el sufrimiento que
pretendo evitar sobre mi muerte asegurada, esperando que ellos sucumban
primero, sino también por la vergüenza cuando sepan que soy homosexual, no
porque para mí lo sea, ya que he sido feliz con un hombre durante muchos años.
Nunca lo entenderían.
No vivimos nunca en pareja, pero compartimos como dos enamorados más. Mi
hermano sabe de mi sexualidad, ya que un día venía caminando hacia el hogar
cuando Hernán y yo nos despedíamos. Él murió de sida y no sé quién fue el primer
contagiado. Pero eso ya no importa, fuimos felices y sinceros, nadie deseó el mal
del otro. Fue un accidente, ya que ambos teníamos relaciones con otros hombres.
Eso sí, jamás me drogué, no era mi estilo y necesitaba mucha concentración para
tomar decisiones en mi trabajo.
Mis viejos todavía guardan el acento de su querida Italia, y a veces parece que
fueran de otro mundo. Aparentan no comprender, pero saben intuir; simulan no
ver, pero sus ojos captan las imágenes en su entorno; pretenden no escuchar, pero
tienen oídos para recrear las escenas. Sin embargo, son dos extraños para mí, bajo
el mismo techo.
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A veces he pensado que si llegasen a enterarse seguirían normalmente con sus
tareas, como dos autistas percibiendo su propia realidad o abrazados y temerosos
en un rincón de la casa; quizá aun vivan en su pueblo natal, caminando por los
bosques a los pies de los Montes Apeninos, y la existencia en Buenos Aires sea una
ilusión degustada durante cincuenta años, como la vida después de la muerte…
Hoy estamos contando cuentos y mañana la parca nos cuenta el suyo.
La decisión que voy a tomar es única y absolutamente mía. Absuelvo de culpa y
cargo a toda persona viva o muerta. Es mi decisión y sólo a Dios rendiré cuenta, ya
que ningún ser humano puede juzgarme.
El virus ha comenzado a ser una carga ponzoñosa. No deseo ser un despojo para
mi familia y que tengan que dar explicaciones del caso. No lo merecen, no están
preparados, no fueron culpables de mi doble vida. Son sanos, puros, honestos,
amantes de la vida.
Este fin de semana conduciré mi auto lejos de capital, hacia la ciudad de Junín, y a
la orilla de la laguna rezaré mi último padrenuestro. He pensado liquidarme
colocando en mi boca una pistola nueve milímetros de mi propiedad y apretar el
gatillo lo más rápido posible, pero pensé que mi cerebro y sangre contagiada se
esparcirían por todo el auto, además, la bala perforaría el techo deteriorando el
automóvil que dejaré a Junco.
Con franqueza, soy un pusilánime. Prefiero morir sin dolor. Todos los días debo
ingerir una pastilla para dormir, pues entonces tomaré sesenta que contiene el
frasco, y para no fallar diluiré en un yogur bebible una dosis de cianuro que
conseguí de un bioquímico, aduciendo que era para matar gatos. Si supiera el
doctor que soy dueño de tres felinos del Himalaya y los amo intensamente. Son
suaves como la brisa y nunca me abandonaron. Intenté llevármelos conmigo. Tomé
a uno e introduje su cabeza en el agua, pero salió arañando despavorido. Fue una
señal. Ellos no tienen por qué pagar por mis pecados.
Lo hago en provincia para que la policía federal no traslade a mis progenitores al
lugar del hecho ya que seguramente me hallarían con espuma en la boca, lo que
causaría una impresión indescriptible en ellos. Dicen que vagaré por la Tierra sin
poder ascender hasta el día en que debía morir, y luego quedaré en un estado
intermedio o purgatorio, para pagar el error de quitarme la vida que el Creador
me dio.
Si usted, magistrado, está leyendo esta carta, es porque ya no estoy entre los vivos.
Todos mi bienes se los dejo a mi hermano, y que perdone mi partida y comprenda
que uno es dueño de sus actos. A mis padres les debo la vida y algún día estaremos
juntos nuevamente.
Esta es mi declaración para que la justicia tome cartas en el asunto, y sin
perjudicar a nadie. Al Sr. juez de turno, comisario seccional, fiscal de distrito,
perito calígrafo y a cualquiera que se interese por el caso.
Siempre procuré ser un hombre justo. Que Dios se apiade de mi alma. Firmo de
puño y letra. Franco Monteleone.
La misiva salió por correo al juzgado antes del día fijado. Luego me dormí
profundamente. Deseaba que mi existencia pasara por mi mente por última vez
Ese viernes me despedí de mi familia como de costumbre y partí para terminar el
trabajo pendiente. No quería dejar nada sin resolver, todo debía ser perfecto para
bien de mi memoria, al menos.
Al acercarme a mi ostentoso escritorio, dos teléfonos, papeles, sellos y cartas me
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aguardaban, como si cientos de personas que ni siquiera conozco hubiesen querido
contactarse conmigo. El almanaque me llamó poderosamente la atención. No era
viernes, era lunes y había dormido todo el fin de semana. En mi despacho de juez
la carta permanecía esperándome como una sepultura.
El desconcierto me hizo olvidar, que hoy estaba de turno.
J. J. CAMERON
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Capitulo IX Cuestiones fundamentales de la aplicación judicial •

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