El hundimiento del Sirio visto por su autor
Aprovecho que hace exactamente un siglo de los acontecimientos que voy a
narrar para ponerme en contacto desde la Eternidad con quien quiera leerme. No me
mueve el afán de justificación, pues ya he sido juzgado por Aquél que todo lo sabe.
Sólo deseo aclarar cómo fue ese fatídico 4 de agosto de 1906 y cuáles fueron las
vivencias de los que nos encontrábamos en aquel maldito lugar.
Mi nombre es Giuseppe Piccone, comandante del buque que ha originado hasta
la fecha la segunda tragedia marítima más grande de la Historia. El Sirio, que así se
llamaba el trasatlántico, me merecía plena confianza. Era un vapor robusto,
relativamente nuevo, grande, bien hecho, con esa elegancia que transmiten los barcos
más marineros.
Zarpamos de madrugada -el día 2 de agosto de 1906- del puerto de Génova. Los
momentos previos a la partida estuvieron llenos de tensión, pues el pasaje -compuesto
en su mayoría por personas que se encontraban en la más absoluta miseria y que
buscaban en la emigración a las Américas la solución a los problemas que la campiña
italiana ya no les lograba resolver- quería llevar consigo hasta la última de sus
pertenencias pensando, sin duda, en que se trataba de un viaje sin retorno (como así fue
para alguno, pero por diferente motivo).
La mañana era excelente para la navegación: la mar en calma, un ligero viento
de proa y un cielo cristalino de un azul intenso. A dos millas del puerto pude ordenar la
marcha a toda máquina. Era la sensación que más placentera me resultaba y, de ese
modo, podríamos ganar un tiempo precioso, que se nos haría necesario dadas las escalas
“extraoficiales” que tendríamos que realizar.
Nuestra primera escala prevista sería el Puerto de Barcelona. Después
pondríamos rumbo a Cádiz y, tras escalas en Canarias, Cabo Verde, Río de Janeiro,
Santos y Montevideo, tendríamos nuestro final de trayecto en Buenos Aires.
Precisamente éste era el destino último de la mayoría de los pasajeros que buscaban
probar un cambio de fortuna en el Nuevo Mundo. Pero estas escalas eran sólo de un
modo oficial. Yo sabía que había muchas otras personas necesitadas de llegar a la
Argentina a buscar un trabajo que Europa ya no podía darles. Por lo tanto, movido por
la compasión, nunca había tenido reparos en mis travesías en ordenar otras escalas en
puertos o, simplemente, permanecer fondeado cerca de determinados puntos
estratégicos mientras otros pasajeros subían a bordo del buque. De hecho, ya había
recibido avisos de varias familias que querían sumarse a nuestra expedición en Alcira,
Águilas, Almería y Málaga y… ¿por qué no iba a permitirlo?
Había realizado este trayecto más de veinte veces anteriormente y en ninguna de
ellas había habido problemas. Conocía las derrotas con los ojos cerrados y confiaba
plenamente en cada uno de mis oficiales. Formábamos un buen equipo y todos
confiaban en mi capacidad de mando. No en vano, era el Decano de la Navigazione
Generale Italiana a mis 68 años.
No eran aún las cinco de aquella infortunada tarde. Corría un moderado viento
de Levante, pero la mar estaba calma. Nos habíamos retrasado más de la cuenta
esperando a los pasajeros que, de un modo ilegal, permití que se subieran a bordo en
Alcira y ya se nos iba a echar la noche encima antes de llegar a Almería, donde tenía
que recoger a otros emigrantes clandestinos. Para tardar menos y poder así recoger a
otros frente a la localidad de Águilas, una vez rebasado el Faro de El Estacio, decidí dar
orden de pasar entre las Islas Hormigas y el Cabo de Palos.
El tercer oficial estaba al timón del Sirio en aquel momento. Aún recuerdo su
mirada, entre estupefacto e incrédulo. “Capitán, -balbuceó- esa zona está repleta de
bajos traicioneros. Desde la época de los fenicios se han producido infinidad de
naufragios junto a las Islas Hormigas”. Yo, tratando de tranquilizarle, le dije: “No se
preocupe, ¿van a saber más las cartas de navegación que un Comandante experto?
Cuando nos aproximemos yo le diré cuál es el punto adecuado para pasar por ahí”. Él
me miró satisfecho con mi observación. Como cuando un niño se fía de un nuevo
experimento que su padre le pide hacer. Y añadí: “Mantenga la velocidad a quince
nudos”.
Hacía calor, aunque confieso que, en el fondo, los sudores que empapaban mi
frente se debían más a la falta de confianza que sentía en salir airoso de aquella
temeridad. Sin duda, íbamos cargados, pero confiaba en que lo lograríamos. Mientras
guiaba al oficial en el rumbo a seguir, tuve un presentimiento. En ese momento fue
como si se hubiera parado el tiempo. Miré a babor y pude observar, imponente, la
mayor de las Islas Hormigas, como nunca antes la había podido apreciar, y al Sirio
acercándose peligrosamente hacia ella. Era consciente de que la única posibilidad de
franquear ese obstáculo, era hacerlo por ahí, pero en ese mismo instante me di cuenta de
mi irresponsabilidad. Alcé la mirada al Cielo y, pensando en las personas que
aguardaban en Águilas y en todo el pasaje, solicité los favores de lo Alto “por ellos”.
Sin embargo, una vez rebasada la mencionada isla, sentí ese chirrido
estruendoso que ningún patrón desea escuchar. Sí, habíamos embarrancado. En un
instante que se me hizo eterno, el barco pegó una frenada contra los bajos y se balanceó
hacia la popa, formando una peligrosa inclinación. Mientras descendía del puente de
mando a cubierta, infinitos pensamientos se entrecruzaban por mi mente
desordenadamente: ¿Cómo acabaría aquello? ¿Cómo embarcar a casi dos mil personas
en balsas salvavidas con capacidad para menos de la mitad? En esos pensamientos
estaba cuando llegué a cubierta. Con dificultad, por la creciente escora, corrí hasta la
popa, desde donde pude comprobar que había una importante vía de agua abierta que
hacía peligrar la flotabilidad. Mientras, en el interior, carreras, gritos, lloros, madres
aterradas abrazando a sus bebés, clérigos implorando al Cielo e impartiendo
bendiciones…
Confieso que en aquel momento sólo pensé en salvarme. Recordé a mi nieta de
apenas dos años, que mi hija llevó al puerto de Génova a despedirse de su abuelo.
Cierto es que está escrito que el Capitán es el último miembro de la tripulación al que le
está permitido abandonar la nave pero… no me sentí capaz.
Solté los botes salvavidas. La gente se abalanzó sobre ellos. Había personas
heridas a consecuencia de los golpes que les había provocado el choque y la avalancha
del resto de los pasajeros, pero no lograba quitarme a mi nieta de la mente. ¿La volvería
a ver?
Agarré uno de los botes y lo eché al agua. A continuación, me tiré yo y me
encaramé a él. Remé. Lo hice con todas mis fuerzas para evitar que el remolino
producido por el inminente hundimiento me absorbiese al fondo. Y, mientras me alejaba
rumbo a la costa, pude ver las escenas caóticas, dantescas, del Sirio; al tercer oficial,
desde el Puente, mirándome con cara de odio; a un hombre mutilado tirarse al mar para
tratar de ganar infructuosamente la costa a nado; a otro, sacar un revólver y pegarse un
disparo en la sien para evitarse ver tanto sufrimiento. Un obispo de los dos que viajaban
a las Américas, cedía su puesto en otra balsa salvavidas en favor de una joven mujer con
un bebé en brazos, al que se aferraba con desesperación. Y yo, cada vez más lejos,
llegué a una hermosa playa, de arena blanca, repleta de esponjas marinas y algas. “Sí,
volveré a ver a mi nieta” –pensé mientras observaba desde tierra firme la humeante
silueta del Sirio.
En esos pensamientos estaba cuando llegó el ocaso. Era una noche clara, llena de
estrellas. Cerraba los ojos y sentía la esquizofrenia interior de, por un lado, haber puesto
a salvo mi vida; por otro, haber huido como una rata. Tenía mil razones para justificar
mi actitud… y, pese a ello, sentía un profundo remordimiento.
Mientras, se estaba levantando viento y, con él, la mar tranquila de las horas
precedentes había dado paso a unas olas espumeantes. Era como si el mar quisiera
reprocharme la catástrofe que había provocado.
En la penumbra pude observar los faroles de alguna pequeña embarcación
acercándose a la zona del naufragio en un infinito ir y venir y con el tremendo balanceo
que provocaba la marea. Me tranquilizó pensar que posiblemente tendrían los medios
adecuados para el rescate.
Pasaron las horas y, sin darme cuenta, me recosté y quedé dormido.
Los rayos del sol sobre mi cara me despertaron. El reflejo sobre el mar me
impedía ver más allá. ¿Qué habría sido del Sirio? Me levanté y, cuando el sol subió lo
suficiente como pare permitirme mirar, pude observar que el buque no se había hundido
aún. Miré a mi alrededor buscando algún lugar habitado y no lo encontré. Me di cuenta
de que me hallaba en la lengua de arena que daba paso al Mar Menor: esa gran laguna
salada que sólo conocía por las cartas de navegación.
Caminé por la orilla hacia el Sur y, conforme avanzaba, me encontré con la
evidencia de que mis recuerdos no eran un mal sueño. Ante mí yacía, entre trozos de
madera y otros restos del naufragio, una mujer, vestida y arrastrada hasta ese lugar por
la marea. Su rostro, hinchado y violáceo, mostraba una expresión de terror que nunca
pude olvidar.
Seguí andando, con la mirada perdida, hasta un punto en el que pude observar
algunas barcas de pescadores. Junto a una de ellas un anciano reparaba una red. Me
miró y me dijo en un idioma perfectamente comprensible para mí: “Gracias a Dios está
usted vivo”. Se ofreció a pedir ayuda para mí, pero yo la rechacé. Él me comunicó que
se habían salvado muchos pasajeros y tripulantes gracias a la ayuda de algunos
pescadores, que pusieron todo su esfuerzo en rescatarlos, a pesar de que la noche
avanzaba y de que hasta el capitán los había abandonado a su suerte. Al oír aquello me
estremecí. Instintivamente me giré para ocultar mis galones, que aún se veían en mi
chaqueta y me la quité, doblándola hacia el interior.
Después comprendí que no debía seguir allí y, tras preguntarle de qué manera
podía encontrar algún medio de transporte, me marché.
Estaba fuera de mí. No sé ni cómo pude llegar hasta Génova, pues traté de
ocultarme ante los ojos de aquellas gentes. Sé que una parte del viaje la hice en
carromato, otra parte en ferrocarril… Cualquier cosa menos volver a embarcarme. Al
menos, de momento.
A mi llegada, tras casi un par de semanas de viaje, me encontré a mi familia
sumida en la más absoluta preocupación. Me creyeron muerto y me contaban entre los
cuerpos que el mar no había devuelto. Cuando me vieron aparecer, se abrazaron a mí y
yo a ellos. Me pareció ver a mi nieta hasta más alta, aunque había pasado muy poco
tiempo desde que me despidió en el puerto de Génova.
Durante días no fui capaz de leer la prensa que hablaba del accidente del Sirio,
que mi familia guardaba cuidadosamente.
Me contaron que se me acusaba de no haber dirigido el desalojo, de haber
abandonado el barco. Decían que había tardado días en hundirse definitivamente y que
se podría haber evitado la catástrofe humana…
Pero, para mí, la imagen de aquella mujer, muerta, ahogada, en la playa, fue
suficiente tormento, suficiente purgatorio que me acompañó el resto de mis días sobre la
tierra.
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