EJECUCIÓN DE SENTENCIAS DE SEPARACIÓN Y DIVORCIO.
PROPUESTAS DE REFORMA. PRINCIPIO DE IGUALDAD
D. Carlos Mariscal de Gante
(Fiscal de Familia A Coruña)
I. EJECUCIÓN DE SENTENCIAS DE SEPARACIÓN Y DIVORCIO.
La Ley 30/1981, de 7 de julio, reformó la legislación sustantiva del matrimonio en
cuanto a su constitución y formalización legal, introduciendo una nueva normativa con
relación a su ruptura, mediante las figuras jurídicas de nulidad, separación y divorcio.
Por contra, procesalmente no se dispuso nada nuevo, salvo la regulación del
procedimiento consensual de la Disposición Adicional 6", remitiéndose a procedimientos
preexistentes.
En cuanto a la ejecución de las resoluciones, no existe otro cauce que el establecido
en los artículos 919 y siguientes de la LEC y sus agotadoras fases, con amplio término, de
alegaciones, prueba y decisión.
Falta, pues un procedimiento único y adecuado a los procesos
matrimoniales, atendiendo a la especial naturaleza de la cuestión debatida, que requiere la
inmediata ejecutoriedad de las decisiones judiciales desde el momento mismo de ser
dictadas, en cuanto afectan a las personas de los cónyuges e hijos. Y es que la institución
familiar tiene una naturaleza distinta a toda relación jurídica civil, en la que se dan
relaciones civiles pero desde unos principios que la diferencian de todos ellos,
conteniendo en sí relaciones personales, protectoras, económicas et. Que hace que sus
principios no sean la suma de todos ellos, sino un contenido unitario que trasciende delos
mismos. Cuando la norma regule la familia desde esta concepción, se solucionarán
muchos de los problemas que a menudo se plantean, generalmente ligados a la fase de
ejecución delas sentencias matrimoniales que, por sus especiales características, se
prolonga en el tiempo de tal manera que no cabe, casi nunca el archivo. Esto determina
que los procedimientos están siempre vigentes y que sea necesario el seguimiento por
parte del órgano judicial para la efectividad de sus resoluciones, lo que es impensable en
la práctica, limitándose el mismo a actuar a iniciativa de la parte interesada.
En definitiva, todo el procedimiento judicial, así como la aplicación de la Ley se
hunden por la falta de efectividad de las resoluciones judiciales: estas se aceptan, pero no
se cumplen en la realidad, las pensiones a los hijos y a al esposa no se hacen efectivas, el
derecho de visitas no se hace realidad por al resistencia de la parte afectada al
cumplimiento de la resolución, generando esta situación escritos de una parte y de otra
que se multiplican y dilatan su efectividad, de tal manera que la penuria económica se
hace realidad y los hijos pierden el contacto con sus padres. Ello sin hablar de la labor de
instrumentalización que éstos últimos reciben por parte de unos y otros.
El amparo de estas situaciones genera numerosos problemas de difícil solución, ya
que el juez de familia sólo tiene poderes nominales para hacer efectivas sus resoluciones,
y únicamente en casos muy determinados podrá hacer la retención económica, sin que de
otra parte se pueda mantener el derecho de visitas a no ser con el auxilio dela fuerza
pública.
La solución de derivar el conflicto hacia la vía penal tampoco ha demostrado su
eficacia en la práctica, a juzgar por el elevado número de deducciones de testimonio que
se acuerdan. Cierto que cuando el incumplimiento de la -solución judicial se centra en el
impago de una prestación económica puede recurrirse al artículo 487 bis del Código
Penal, pero dicha medida solo tiene trascendencia, de ser el fallo condenatorio, en el
aspecto estrictamente penal, pues es postura jurisprudencial ya consolidada que la
responsabilidad civil derivada del delito, y por ende la obligación de indemnizar
incumplida, que es el fin real perseguido por la parte perjudicada, solo es exigible en la
vía civil, esto es, en el Juzgado de Familia, al derivar de una obligación anterior a la
conducta delictiva impuesta por éste último que es a quién, en definitiva corresponde
hacer cumplir su resolución, por lo que volvemos a encontrarnos en el punto de partida.
Y ello pese a que la Circular 2/90, de la Fiscalía General del Estado señala que tal
reparación tiene que hacerse en la vía penal, lo que se viene solicitando por los Fiscales
que actúan tanto ante los Juzgados de lo Penal, como ante las Audiencias Provinciales en
los recursos de apelación formulados contra las sentencias dictadas por aquellos, con
escaso éxito hasta el presente.
La segunda cuestión que viene suponiendo un mayor número de reclamaciones,
junto a la pensión por alimentos, y cada vez con mayor auge, es el régimen de visitas
reconocido por resolución judicial para el progenitor no custodio, y que suele estar
circunscrito a menores generalmente de corta edad, dado que en un momento de su
desarrollo su voluntad es determinante -difícil sena obligar a un menor de dieciséis años a
que vea a su padre si no quiere hacerlo- y en estos casos el problema se convierte en algo
de índole exclusivamente humana, dado que la respuesta jurídica no puede resultar nunca
eficaz ni suficiente -obligar al menor por la fuerza, en la mayoría de los casos supondría
crear un problema de mayor envergadura al que existe en su inicio-.
El incumplimiento del régimen de visitas puede tener un carácter autónomo del
resto de las obligaciones derivadas de la sentencia matrimonial, pero en otros casos, surge
como una medida adoptada a fin de presionar a la otra parte, o como reacción contra el
otro cónyuge que previamente ha incumplido a su vez con el pago de la pensión
alimenticia en la mayor parte de los casos. La consecuencia es siempre la misma: el
perjuicio del menor.
Se puede situar en dos frentes: en el civil, motivando en ocasiones un cambio de
guarda y custodia, y en el penal, mediante la deducción del oportuno testimonio por la
comisión de un delito que, a falta de otro encaje típico, sería de desobediencia a la
autoridad judicial. Es en esta vía penal donde se plantean las mayores dificultades, habida
cuenta de la tendencia de la jurisprudencia a exigir que quede claramente demostrado no
sólo el ánimo de incumplir, sino también la actitud de rebeldía y manifiesta oposición al
incumplimiento de lo ordenado, lo que se traduce en la práctica en la necesidad de
existencia de dos requerimientos de carácter personal y directo en la vía civil al presunto
incumplidor. La experiencia en los Juzgados de Familia viene demostrando que quizá
llegue a hacerse el primero, pero nunca el segundo dado que la persona suele colocarse en
ignorado paradero, frustrándose, así, las esperanzas de que prospere la acción penal
ejercitada.
II. PROPUESTAS DE REFORMA
Ya hemos puesto de manifiesto las escasas innovaciones que en el orden procesal
contiene la vigente Ley 30/81, de 7 de julio, por la que se determina el procedimiento a
seguir en las causas de nulidad, separación y divorcio, remitiéndose a procesos
preexistentes, como los establecidos en los artículos 1.881 y siguientes de la LEC,
relativos a las medidas provisionales, tanto las previas o provisionalísimas como a las
coetáneas: al juicio declarativo de menor cuantía, respecto de las causas de nulidad
matrimonial de los números 1", 4" y 5" del artículo 73 del Código Civil; y al
procedimiento incidental con detemiinadas puntualizaciones, respecto a las causas
contenciosas de separación, divorcio y nulidad de los números 2" y 3" del citado art. 73
del Código Civil.
La dispersión legal es tal, que una misma contienda matrimonial puede originar la
tramitación interminable de una serie de autos y piezas separadas: Medidas previas o
provisionalísimas, medidas provisinales coetáneas, incidente de oposición a tales
medidas, incidente de modificación de las mismas por alteración sustancial de las
circunstancias concurrentes al ser adoptadas, autos pnncipales, incidente de ejecución
provisional de la sentencia recaída en el antenor, autos de modificación de efectos
complementarios establecidos en la sentencia definitiva, procedimiento liquidatorio del
régimen económico matnmonial a través del juicio voluntario de testamentaría o bien del
procedimiento contencioso -declarativo de mayor a menor cuantía-. A ello habría que
añadir los posibles recursos de reposición, apelación y hasta de casación en interés de ley
que pudieran interponerse.
Este caótico sistema procesal deviene radicalmente incompatible con la finalidad
pretendida por el justiciable que no es otra que la de pretender, acudiendo a los
Tribunales, solucionar un problema humano, que debería encontrar una respuesta judicial
mucho más ágil y sencilla que la que se ofrece.
Es por lo que, desde diversos sectores doctrinales se viene postulando una
modificación de las normas procesales relativas a los procesos matrimoniales, que la
propia Ley 30/1981, de 7 de julio, ya preveía en el primer párrafo de sus disposiciones
adicionales al establecer «En tanto no se modifique la Ley de Enjuiciamiento Civil ...»,
sin que hasta la fecha presente se haya afrontado tal reforma legislativa.
Las posibles soluciones superadoras de tal compleji11dad del vigente sistema
procesal son diversas, pero partiendo todas ellas de una reducción de los trámites, con
predominio y fortalecimiento de los principios de inmediación y oralidad.
Así, una posible vía sería la del Juicio Verbal o de Cognición, sustituyendo la papeleta de
demanda por un escrito ajustado al artículo 524 de la LEC, con posibilidad previa al
Juicio Oral de contestación e incluso reconvención.
También podría ser viable una adaptación de las normas del Juicio de Menor
Cuantía, potenciando la comparecencia del artículo 691 de dicha LEC, la cual podría
salir, al menos, la transformación del procedimiento en consensual o la resolución
judicial sobre medidas provisionales, suprimiendo la actual pieza de igual denominación,
con desaparición, en todo caso, del incidente de oposición, tan costoso como inútil.
Cualquier modalidad, respetando siempre las garantías procesales de las partes, ha
de prescindir en la medida de lo posible, de los trámites escritos y del encorsetamiento
vigente de los pliegos de posiciones, en la prueba de confesión, y de las preguntas y
repreguntas de las testificales.
La experiencia de la praxis judicial nos viene demostrando la inutilidad de las
actuales rigideces procesales mencionadas, cuando para la captación del conflicto bastaría
un sistema abierto, por ejemplo en la comparecencia de las medidas provisionales, en el
que previa la demanda y contestación, con objeto de determinar los términos de la
contienda, los cónyuges litigantes, sus representaciones y defensas comparecieran ante el
Juez y el Ministerio Fiscal, en su caso, con todas las pruebas de las que intentaran valerse,
y resuelta su admisión en el acto, se hicieran las necesarias aclaraciones mediante
preguntas orales, con activa y flexible intervención del Juez, el Fiscal y las defensas, tras
los cual el Fiscal y las partes podrían informar en apoyo de sus respectivas pretensiones, y
el Juez en un número alto de casos podría anticipar su resolución, quedando una cifra
muy reducida de procedimientos pendientes de solventar, en función de las pruebas a
practicar o de aquellas que pudieran acordarse por medio de diligencias para mejor
proveer.
Y ello complementado con la obligación, que actualmente no existe, de que el
Juzgador resolviera en sentencia sobre los efectos complementarios a la separación o
divorcio, pedidos por las partes, sin dejarlos para ejecución.
Además de una nueva regulación de los recursos, especialmente el de apelación, en
el que debería especificarse sucintamente aquello que del fallo de la sentencia considera
el recurrente perjudica sus intereses, adquiriendo el resto firmeza, teniendo, por tanto, el
recurso solo efecto devolutivo. Procurando la agilización de las apelaciones ante la
Audiencia Provincial cuya resolución tardía agudiza los problemas matrimoniales
debatidos, por lo que sería beneficioso una Sección dedicada solo a la tramitación de
estas apelaciones.
Para terminar podemos apuntar brevemente otras carencias del sistema actual, tales
como la ya apuntada superación del concepto civilista de los procesos familiares,
abandonando la plena libertad de disposición de las partes, aumentando la intervención
judicial, para llegar a la verdad material ya que por un lado, se cuestiona el estado civil de
las personas, materia con que el Estado exige la realidad, y por otro se cuestiona los
derechos de los hijos, que deben ser protegidos, ante y frente a todos, para lo que sería
necesaria una mayor inmediación judicial, al ser esencial el conocimiento por parte del
Juez de la realidad social que se debate en todos sus aspectos.
A ello habría que sumar la ineficacia de la organización normal de un Juzgado civil
en el Juzgado de Familia, cuando no hay equiparación posible entre la problemática civil
y la familiar, lo que unido a la insuficiencia actual de tales Juzgados de Familia podría
explicar la caótica situación actual. También habría que mencionar la carencia de
verdaderos equipos de profesionales (psiquiatras, psicólogos, asistentes sociales) en
íntima conexión con el Juez y el Fiscal, pues aunque se han venido designando
últimamente profesionales de algunas de estas categorías su número es insuficiente para
las necesidades reales, y desconociéndolas en algunos casos.
Sería igualmente necesaria la creación de unidades de la Policía Judicial
específicamente adscritas a los Juzgados de Familia, especialmente para aspectos
relacionados con la localización de las partes, seguimiento y control de las medidas
acordadas, investigación de los medios económicos Y efectiva ejecución de las
resoluciones judiciales, también en estrecha colaboración con el Juez y el Ministerio
Fiscal.
Por último la intervención del Fiscal en este tipo de procedimientos debería
modificarse sustancialmente, junto con el aumento del número de sus miembros
dedicados a los Juzgados de Familia, para que su actuación no sea solo superficial, sino
con detenimiento.
Carece de sentido y es contraria a la naturaleza de su función, concebida en
exclusivo interés de los menores, su aparición en el proceso con el carácter sistemático de
demandado, posición realmente un tanto penosa entre un litigio entre partes cuya realidad
desconoce y que deriva forzosamente hacia una actuación formularia.
Aquí, a diferencia de lo que sucede en el caso de su intervención en defensa de
incapaces o ausentes, la actuación del Fiscal no tiene por qué asumir la representación de
quienes ya la tienen en la persona de sus padres, titulares de la patria potestad. Dicha
intervención tiene su fundamento en la necesidad de ejercer un control imparcial sobre las
pretensiones de aquellos en cuanto puede afectar al interés de los hijos menores, por lo
que su llamamiento al proceso debería tener carácter coadyuvante a la función del
Juzgador, tal como ya sucede en los procedimientos de separación o divorcio de mutuo
acuerdo o en los actos de jurisdicción voluntaria cuando se suscita contienda entre los
progenitores sobre el ejercicio de la patria potestad.
III. PRINCIPIO DE IGUALDAD
Consecuencia de la marcada evolución que en los últimos tiempos ha sufrido el
Derecho de Familia ha sido la revisión de los tradicionales principios éticos, morales y
jurídicos en que se basaba la institución matrimonial, desde el punto de vista funcional y
organizativo, pasando a un primer plano aspectos como la filiación, con la problemática
de los nuevos avances en el campo de la genética, y las relaciones paterno-filiales, con
toda la problemática que se deriva de ello: patria potestad, guardia y custodia, minoría de
edad, emancipación, tutela, adopción y protección de los derechos del menor en general,
con una mayor sensibilización social hacia estos temas.
Junto a tales cuestiones existen otros fenómenos de singular relieve que vienen a
incidir sobre la problemática familiar, tales como la igualdad de la mujer y la superación
de los condicionamientos sociales de sometimiento al hombre, su incorporación
normalizada al mundo laboral, y la reivindicación de la igualdad económica, social y
familiar, que ha supuesto el surgimiento de conflictos de intereses hasta ahora
desconocidos.
Por otro lado, la libertad sexual de hombre y mujer, en el plano de igualdad
mencionado, ha implicado la desdramatización de la crisis de la pareja, con la aceptación
normalizada de las instituciones jurídicas que, como remedio de las mismas, se han ido
desarrollando: la separación y el divorcio, con la aceptación de un nuevo concepto de la
familia más dinámico, con una estnictura nuclearizada en tomo a la pareja, con el
consiguiente decaimiento de la unidad familiar extensa caractenstico de nuestra sociedad
tradicional, y la aparición de las uniones familiares de hecho, y la atención social
prioritaria desde los poderes públicos a la protección de los menores y su vigilancia por la
Administración y a través del Ministerio Fiscal y de los Jueces.
Históricamente la tarea de guarda y asistencia de los hijos ha venido encomendada
a la madre, de tal forma que la raíz etimológica de «matrimonio» proviene de los
términos latinos «matris monium», esto es, oficio de madres, frente al «patris monium»,
que afectaba las cuestiones económicas, y que correspondía al padre.
La patria potestad, en su regulación del Código Civil hasta la reforma operada por la Ley
11/1981, de 13 de mayo, presuponía la existencia de un núcleo familiar estable, partiendo
del principio de que la patria potestad, y dentro de ella la guarda y custodia, correspondía
al padre, y sólo subsidiariamente, para el caso de incapacidad o muerte del mismo, se
atribuía a la madre.
La Ley de Divorcio de la II República, de 2 de marzo de 1.932, establecía que, a
falta de acuerdo, los hijos quedarían en poder del cónyuge inocente, con la prevención de
que si éste se unía a un tercero en nuevas nupcias, se revisaría la anterior situación,
manteniendo, así pese a su carácter progresista, la concepción tradicional sobre atribución
de la guardia y custodia.
Con el fin de la República, la materia fue encomendada a los Tribunales
Eclesiásticos, hasta la reforma de 1.978 que devolvió la separación al ámbito de los
Tribunales Civiles, pero disponiendo el artº 154 del Código Civil que la guarda y custodia
correspondía al padre, con carácter general, siendo atribuida al cónyuge inocente en los
supuestos de separación, fundamentada ésta en las causas graves del antiguo artº 104 del
Código Civil, claro exponente de la separación-sanción y culpable.
La reforma operada por la citada Ley de 13 de mayo de 1.981, en materia de patria
potestad, y la nueva regulación de la separación y el divorcio introducida por la Ley de 7
de julio de 1.981, introducen el criterio del ejercicio conjunto de la patria potestad, que de
esta forma es compartida por ambos progenitores.
La nueva regulación legal, en los artículos 92 y 156 sienta el principio de que si no
es posible el ejercicio compartido, se adoptarán «medidas» reguladoras del ejercicio
conjunto, o bien distribuyendo las funciones, o incluso atribuyéndola total o parcialmente
a uno de los padres, a diferencia de la regulación anterior, cuyo artº 159 disponía que si
los padres viviesen separados, el hijo menor de siete años sería confiado a la madre
necesariamente.
Con la reforma introducida por la Ley 11/1.990, de 15 de octubre, el actual artº 159
del Código Civil establece, como criterio básico, la decisión común de los padres, y en
caso de desacuerdo, la decisión judicial, siempre en beneficio de los hijos menores, a los
que deberá oír si tuvieren suficiente juicio, y en todo caso a los mayores de doce años,
precepto que ha de ser completado con el art. 92 que añade, como criterio legal, que se
procure no separar a los hermanos.
El mandato legal es, pues, el de favorecer y propiciar el acuerdo de los padres,
tarea en la que habrán de implicarse todos los profesionales que tienen relación con el
asunto matrimonial, tales como abogados, psicólogos, asistentes sociales, Fiscal, y,
lógicamente, el Juez, si bien presentando su independencia, pues deberá decidir el
conflicto si no se alcanza el mutuo acuerdo.
En cualquier caso, las soluciones jurídicas han devenido insuficientes en la
resolución de los conflictos familiares, por lo que estos han de ser abordados desde otras
perspectivas, teniendo en cuenta que junto al proceso legal, y con anterioridad al mismo,
se ha producido una «ruptura emocional» que implica un conjunto de reacciones íntimas,
frente al hecho de una relación que se está disolviendo, por lo que partiendo de una
situación de interdependencia afectiva, ha de llegarse a una posición de independencia de
cada miembro de la pareja, con la compleja adaptación a las nuevas relaciones familiares
respecto a los hijos, con la delimitación precisa del nuevo papel que, a partir de la
ruptura, cada progenitor ha de asumir. Esta problemática someramente esbozada muestra
la insuficiencia del actual sistema judicial de resolución de conflictos, que se caracteriza
por la agilización de éstos, la batalla económica, la utilización del Juzgado como amia de
presión frente al otro, y, en definitiva, la degradación de la intimidad familiar difícilmente
ya recuperable.
Por ello, deberían potenciarse los mecanismos tendentes a lograr un consenso, y,
entre ellos, de forma específica, la «mediación familiar», a través de unos profesionales
mediadores que ayuden a las partes para que decidan conjuntamente, con el efecto
beneficioso para todos los implicados en el conflicto, pero sobre todo, para los hijos
menores, preservándolos de las traumáticas consecuencias de toda confrontación judicial.
Enmarcando legalmente dicha actividad en el «Convenio Regulador» del art. 90
del Código Civil, que presupone necesariamente una actividad negociadora delas partes.
Sólo subsidiariamente, ante la imposibilidad del mutuo acuerdo, el Juez debe
decidir «sin demora» la atribución de la guarda y custodia, pudiendo adoptar cualquiera
de las soluciones siguientes:
Atribuírsela a uno solo de los padres, señalando un régimen de comunicación al
progenitor no custodio.
Establecer « el ejercicio conjunto» de la patria potestad y de la guardia y custodia,
regulando en la práctica la distribución de funciones, de modo que queden el mínimo de
situaciones no previstas.
Fijar un régimen de «guarda alternativa», si bien previendo las consecuencias
negativas que se pudieran derivar, solo sería aceptable en casos excepcionales y
debidamente justificados.
Atribuir la guarda a uno de los progenitores, y al otro un amplio régimen de
comunicación equiparable en cierta forma a la guarda conjunta.
En la adopción de cualquiera de estas posibles alternativas el Juez deberá ponderar
las circunstancias del caso concreto, y muy especialmente:
Que quede perfectamente deslindada la relación paterno-filial, con los problemas
económicos subyacentes, pues a veces la pugna por la guarda y custodia encubre el
interés en conseguir el uso de la vivienda familiar, o el incremento de la pensión.
El mayor equilibrio afectivo del menor, indagando sobre la estabilidad emocional
de cada progenitor y la índole de la relación con el hijo, procurando evitar la utilización
de éste en el conflicto afectivo de la pareja.
Buscar la estabilidad del menor en relación con la anterior situación familiar,
intentando la continuidad con su entorno familiar, de amigos, de colegio, de barrio, etc.
Valorar la disponibilidad de tiempo de dedicación al hijo de cada progenitor, y en
relación con la situación familiar anterior.
Ponderar cuál de los dos progenitores ofrece mejor garantía de relación con el hijo
como no custodio.
Procurar la máxima rapidez en el pronunciamiento judicial, con el fin de evitar que
se prolongue la incomunicación del padre o madre con sus hijos, generadora de rechazos
patológicos de muy difícil superación posterior.
Queda, por último, el seguimiento y control posterior de la mediada acordada
judicialmente, pues una vez resuelto el litigio por sentencia firme, no existe previsión
legal alguna en este sentido, no estando encomendado tampoco a ninguna entidad
administrativa, salvo, claro está, los supuestos de desamparo.
Sólo cabría acudir a lo previsto en el artº 158 del C. Civil, en cuanto a que el
incumplimiento de las obligaciones que se derivan de la Patria Potestad puede ser puesto
en conocimiento del Juez, a instancia del propio hijo, de cualquier pariente o del
Ministerio Fiscal, posibilitando así la adopción de todo tipo de medidas para apartar al
menor de un peligro, o evitarle perjuicios; consagrándose con ello el principio de
intervención judicial mínima en caso de discrepancia de los progenitores, perjudicial para
los intereses el menor.
Para finalizar, convendría puntualizar que alguno de los supuestos que
recientemente se presentan como de “custodia compartida” no pueden ser considerados
como tales. Así ocurre con las medidas acordada por un Juzgado de Primera Instancia de
Madrid de atribuir el uso de la vivienda ala progenitor que rotativamente por un cierto
período de tiempo, tenga atribuida la guarda y custodia, que podría considerarse como un
caso de custodia sucesiva, pero en modo alguno compartida.
Como regla general, en la praxis judicial se viene confiando la custodia de los hijos
en edades tempranas a la madre, también con excepciones cualificadas. Lo relevante será
evitar los cambios de custodia siempre que los niños estén “encajados”, pues suelen ser
perjudiciales para ellos. Y sólo en casos excepcionales, podría pedirse el ingreso en
establecimientos adecuados, o bien la entrega en custodia a otros parientes y allegados,
posibilidad prevista en el artº 103 del C. Civil.
En cuanto al derecho de visita, salvo supuestos especiales, deberá entenderse en
sentido amplio, esto es, no la visita strictu sensu en casa del titular de la guarda y
custodia, sino como convivencia del menor con el titular de tal derecho de visita, ya en su
domicilio habitual, ya en el que transitoriamente ocupe; estableciéndose de forma y con la
periodicidad necesaria para no romper los lazos afectivos con dicho progenitor.
En definitiva, toda la regulación expuesta debe orientarse hacia el beneficio de los
hijos menores, preservando en la medida de lo posible el principio de igualdad de ambos
progenitores a ejercer como tales, reconocido no ya en nuestras leyes civiles, sino
también en la Constitución, al proclamar en su artº 14 el principio de igualdad ante la Ley
y de la no discriminación por razón de sexo, opinión o cualquier otra condición o
circunstancia personal o social, y derivado del derecho del hombre y la mujer a contraer
matrimonio con plena igualdad jurídica, reconocido en el artº 32 de nuestra Ley
Fundamental.
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