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Malas razones para una buena causa –Sobre las lecturas que Penelas y Díaz Legaspe hacen
de Bilgrami y Rorty. 1- Federico Matías Pailos –C.O.N.I.C.E.T./U.B.A.
Tanto Federico Penelas en ‘Problems of Bilgrami’s veroteleologism’ como Justina
Díaz Legaspe en ‘Verdad, minimalismo y la meta de la investigación’ 2 discuten tesis y
estructura de la teoría epistemológica de Akeel Bilgrami, contrastándola con la de Richard
Rorty. A continuación pueden verse lo que entiendo son algunos serios problemas de ambas
lecturas.
Las insuficientes estrategias antiveroteleologistas de Penelas
En ‘Problems of Bilgrami’s veroteleologism’ Penelas presenta tres argumentos
contra el veroleleologismo de Bilgrami, i.e., la tesis de que la verdad es la meta de la
indagación. El segundo argumento de Penelas es el siguiente:
AV2
(A)Una meta no reconocible no puede ser tomada como meta.
(B)Si todas nuestras creencias pueden ser revisadas, entonces nunca podremos saber
cuándo una creencias es verdadera.
(C)Todas nuestras creencias son revisables.
(Conclusión)La verdad no es una meta de la indagación.
Tal como señala Penelas, Bilgrami rechaza (B), por lo tanto no está obligado a
aceptar la conclusión. Pero Penelas señala otro problema que plantea su argumento. La
conjunción de (C) y la idea que las creencias libres de duda son verdaderas, tesis que
Bilgrami acepta, parecen llevar al relativismo. Por todo esto, Penelas plantea dos desafíos a
Bilgrami: (1)explicar cómo se libra del relativismo (porque Bilgrami quiere sacárselo de
encima); (2)explicar cómo es que la revisabilidad de toda creencia empírica no lleva a
concluir que no podemos decir cuáles creencias son verdaderas.
La respuesta a estas demandas de Penelas está bastante a mano de Bilgrami. Para
rechazar (B) es suficiente con señalar que Bilgrami rechaza el relativismo porque es muy
costoso aceptar que una proposición y su negación pueden ser ambas verdaderas. Para
hacer más drástico su rechazo, apelemos a la piedra de toque de su pragmatismo: la práctica
relevante, en este caso, la indagación. Los ‘indagadores’ rechazan la posibilidad de aceptar
dos proposiciones contradictorias o, dicho de otra manera, el principio de no-contradicción
es central a su cuerpo de creencias (aunque no sea una creencia empírica). Penelas
responderá: distintas visiones del mundo, por ejemplo, de la misma comunidad o el mismo
indagador en distintos momentos, aceptan, cada uno, proposiciones mutuamente
contradictorias. Ambas proposiciones son entonces verdaderas, pues son parte de una
visión del mundo. Ahora viene la aclaración clave: no basta formar parte de alguna visión
del mundo para ser una proposición verdadera. Para ser verdadera hay que ser parte de
nuestra visión del mundo (sea la propia visión, en tanto individuo, o la de la propia
comunidad). Y como nuestra visión del mundo no incluye proposiciones contradictorias, no
se tiene que dar cuenta de lo problemático que sí debe explicar el relativismo: cómo dos
proposiciones contradictorias pueden ser ambas verdaderas. Así se responde al desafío
planteado en (1): asumiendo una posición etnocéntrica. Asumir la perspectiva del punto de
vista de la primera persona obliga a atender a nuestro punto de vista de primera persona, y
no al punto de vista de primera persona de cualquiera, ni tampoco al punto de vista de la
tercera persona. Lo único relativo a cualquier punto de vista es lo que se cree verdadero.
1
Este texto es una versión remozada de lo que expuse en el marco del XIII Congreso
Nacional de Filosofía, en Rosario, Argentina. Es, además, un resumen y profundización de
‘Bilgrami no está tan equivocado...’, en www.accionfilosofica.com. Agradezco al
C.O.N.I.C.E.T. por el apoyo brindado.
2
Ambos en www.accionfilosofica.com
2
Para responder a (2) Bilgrami no puede apelar a la práctica relevante de la
epistemología, la indagación, porque en ella no se acepta que se puedan revisar las
proposiciones que se asumen como verdaderas. Como suele señalar Bilgrami, es muy difícil
sostener cosas como “esta proposición es verdadera, pero podría ser falsa”. Pero el
falibilismo de Bilgrami, el falibilismo sobre lo empírico, que sostiene que toda proposición
empírica puede ser falsa, sostiene que cualquier creencia puede ser revisada, cualquier
creencia parte de nuestra visión del mundo puede quedar fuera de nuestra visión del mundo
en el curso de la indagación. ¿En qué aspecto de la práctica relevante, la indagación, se
apoya para afirmar esto? En ninguno: esa no es una tesis epistemológica.
Bilgrami tiene todavía puede echar mano a otro recurso: distinguir dos sentidos de
‘falibilismo’. De acuerdo al primero (a)cualquier creencia podría ser correctamente
revisada. Lo llamaremos ‘falibilismo extremo’. Según la segunda acepción, (b)algunas de
nuestras creencias podrían ser correctamente revisadas. Las tesis (a) no es epistemológica,
ya que no tiene correlato en la práctica relevante: la indagación. Nunca admitimos que
cualquiera de nuestras creencias podrían ser desechadas. Cuánto mucho, creemos que
algunas podrían. La tesis (b), en cambio, sí tiene correlato en la indagación y sí puede ser
una tesis epistemológica. Pero hay dos formas de entenderla. De acuerdo a la primera,
cualquier creencia podría ser revisada, pero no todas a la vez. Con esta interpretación de la
tesis, la crítica de Penelas sigue teniendo vigencia. Para desactivarla, Bilgrami debe
entender que el falibilismo afirma que ciertas creencias concretas podrían ser revisadas,
pero otras concretas no. Sólo así se libera de la crítica de Penelas: adoptando un cierto
fundacionismo compatible con su falibilismo.
Pero esto no es todo lo que Penelas tiene para decir contra el veroteleologismo de
Bilgrami. Penelas presenta un nuevo argumento:
AV3
(1)Si algo no hace una diferencia en la práctica, no debe hacerlo en la filosofía.
(2)La práctica de buscar la verdad consiste en la eliminación de la duda.
(3)La práctica justificatoria consiste en la remoción de los desafíos planteados contra mi
creencia.
(4)La remoción de desafíos elimina la duda.
(5)Las creencias libres de duda son verdaderas.
(Conclusión 1)En el contexto de la investigación, la práctica de buscar la verdad no difiere
de la práctica de buscar la justificación.
(Conclusión 2)No hay diferencias filosóficas entre verdad y justificación.
(Conclusión 3)La verdad como meta de la indagación es, en el mejor de los casos, no más
que una herramienta retórica para aludir a la idea de que la indagación tiene a la
justificación como meta.
Cualquiera de todas estas conclusiones es inaceptable para Bilgrami, y la inferencia
de cada una de ellas parece depender, al menos, de la verdad de las premisas 1-5. Por tanto,
para impedir la legítima postulación de cualquier de las conclusiones, Bilgrami debería
objetar al menos una de las premisas. Me parece que Bilgrami debería de hecho rechazar
dos de ellas, dada la teoría que defiende. Para empezar, debería rechazar la premisa (3). Es
falso que la práctica justificatoria consista en todos los casos en la remoción de desafíos
planteados contra la propia visión del mundo. Una situación posible en la que esto no se
cumple es aquella en la que debe evaluarse, esto es, evaluarse la justificación de su
incorporación al conjunto de creencias (de proposiciones aceptadas como verdaderas) de
dos creencias empíricas mutuamente contradictorias, ninguna de las cuáles desafía el
conjunto de las propias creencias, i.e., es contradictoria con algún subconjunto de la propia
visión del mundo. Este es el caso en el que en condiciones más o menos normales estamos
obligados, como consecuencia del propio proceso de indagación, a aceptar una de estas dos
proposiciones: ‘el pizarrón del aula 234 es verde’ o ‘no es cierto que el pizarrón del aula
234 es verde’. Entonces, como (3) es falsa, no podemos obtener la conclusión 1, ni por
tanto la conclusión 2, ni tampoco la conclusión 3. Pero, como indicamos, Bilgrami está
obligado a decir más.
3
Bilgrami debe también rechazar (2). La maniobra de Penelas es indicar que la
práctica justificatoria, así como la práctica de buscar la verdad, son la misma práctica
porque el objetivo de ambas es remover los desafíos planteados contra la propia visión del
mundo/eliminar la duda (planteada por desafíos a la propia visión del mundo). Negar (2) es
negar que la norma de buscar la verdad se agote en eliminar la duda planteada con respecto
a un subconjunto de las proposiciones integrantes de la propia visión del mundo. Y en
efecto, no lo hace, porque también es parte de la práctica de buscarla verdad, y no de la de
proveer justificaciones, el desideratum de ampliar lo más que se pudiere el número de
proposiciones ciertas (en particular, el número de un tipo específico: el de las leyes
empíricas –cuanto más generales, quizás (sólo quizás) más importantes). No hay correlato
para este impulso en la práctica justificatoria. Ella, tal como la entiende Bilgrami, consiste
en efecto en la supresión de la duda o del desafío a creencias firmemente establecidas. Así
que Bilgrami diría que (2) es falsa. Y sin (2) no tenemos ninguna de las conclusiones del
caso.3
Una última observación con respecto a AV3. Si las prácticas de buscar la verdad y
buscar la justificación son la misma práctica, ¿por qué presumir, como hace Penelas, que
‘buscar la justificación’ es un mejor nombre para esa práctica que ‘buscar la verdad’ (en la
conclusión 3)? Puede que cuente con argumentos independientes para ello; de modo
análogo, es posible que haya quién detente argumentos similares para preferir el nombre
‘buscar la verdad’.
Penelas concluye suscribiendo una concepción de la indagación que atribuye a
Rorty, según la cuál la meta de la indagación sería el consenso, entendido como acuerdo
comunitario. Una vez conseguido el consenso, finaliza la indagación.
Lo primero a comentar es que no parece razonable pensar que la indagación pueda
detenerse. Hay creencias formándose de continuo, hay nuevos vocabularios puestos en
circulación que disparan nuevos interrogantes, que establecen la posibilidad de forjar
nuevas relaciones entre creencias (en sentido bilgramiano), que instan a desarrollar nuevas
teorías, todo lo cuál reabre, de continuo, la indagación. Pueden aparecer incluso nuevas
(sub)prácticas epistémicas, útiles y estimulantes en sentidos no imaginados hasta ahora.
(Rige aquí una actitud parecida a lo que gobierna al uso cautelar del predicado de verdad:
puede que el futuro sea mejor en sentidos que no podemos imaginar –pero que
reconoceríamos como tal (como mejor) de toparnos con él, de poder hablar con los
contemporáneos de ese futuro. Puede haber clausuras, pero son clausuras sobre las que
pende de continuo la espada de Damocles del falibilismo extremo, ese que tanto Penelas
como yo mismo pretendemos defender: eventualmente, puede convenir deshacernos de ella.
Son ‘certezas’, son creencias sobre las que, razonablemente, no se tiene dudas (acerca de su
condición de verdaderas). Lo importante en la oración anterior es el adverbio. Porque no se
puede ser falibilista extremo y decir más que eso.4 5
3
Y así Bilgrami evita tener que brindar otra práctica, una no-justificatoria, con la que
remover dudas (la práctica de buscar la verdad).
4
La versión más radical o, verbigracia, extrema del falibilismo extremo es la que admite
que el falibilismo extremo mismo puede ser falso (y busca evitar las contradicciones
posiblemente derivadas de la aplicación universal o, más modestamente, de la
autoaplicación apelando a correcciones contextuales o a niveles de lenguaje).
5
Tal como fue señalado por Daniel Kalpokas, parte del punto de esta cuestión es que el
consenso fáctico no puede ser un criterio de justificación. Lo único que puede serlo, que sea
parecido al consenso, es lo que podemos denominar ‘consenso racional’: nadie, que
comprendiese los estándares de justificación, lo tomaría como no justificado. Pero no es
nada evidente el carácter aclaratorio o no circular de esta noción (parece valer en la práctica
tanto como ‘está justificado si y sólo si está justificado’). Creo, en efecto, que elucida algo,
pero sólo lo que una elucidación circular puede iluminar (ilumina por mostrar la relación
con nociones similares). En la práctica, el consenso es índice confiable de justificación; no
garantía infalible de justificación.
4
Lo mismo pero diferente. Comentario a Díaz Legaspe
Díaz Legaspe realiza dos glosas de la posición de Rorty, ambas diferentes a la que
yo suscribo. Ella construye primero un Rorty cuya autoría cifra en Bilgrami (es decir: ella
afirma que Bilgrami reconstruye así a Rorty), un Rorty tal que afirma que las cosas (las
oraciones) que son ahora tomadas por justificadas pueden ser distintas de las cosas (las
oraciones) que son ahora tomadas por verdaderas, y llama a esto la diferencia extensional
entre verdad y justificación. (Nótese que no se afirma que el conjunto de verdades y el
conjunto de oraciones justificadas es de hecho diferente, sino que sólo se habla de lo que
‘es tomado práctica’ verdadero o justificado. Rorty entiende, además, que lo ahora
justificado y lo ahora verdadero puede ser diferente. Aunque es razonable pensar que no
sólo puede ser diferente, sino que también lo es –y no veo que ni Díaz Legaspe ni Rorty
opinen lo contrario.) Rorty, en efecto, parece adherir a ello. Pero luego lo la autora dice lo
siguiente: “the result of Rorty’s position must be something like this: since there is an
extensional gap, there cannot be normative identity between the two concepts. And given
that truth is unreachable, and that a goal’s main trait is its reachability, truth cannot be the
goal of inquiry; only justification fulfills that role”. 6 Pero no veo a Rorty intentando
distinguir dos candidatos a normas: la verdad y la justificación, para luego decir que lo que
los que indagan realmente hacen es perseguir la justificación, y no la verdad. Por el
contrario, toda la argucia rortiana es empecinarse en ofrecer, para todo ejemplo de una
acción de indagación orientada presuntamente a la verdad pero no a la mera justificación,
una descripción alternativa que sí la muestra como dirigida a lograr la justificación, el
consenso racional. Y viceversa: para toda supuesta búsqueda de la justificación, pero no de
la verdad, da un relato de la misma acción como puesta al servicio de la prosecución de la
verdad. (En general, Rorty lidia con la primera clase de ejemplos.) Toda la peculiaridad de
la maniobra de Rorty es mostrar la sustitutibilidad de ambas descripciones. Como ninguna
de ambas puede diferenciarse en la práctica de la otra, porque todo acto correctamente
descripto como guiado por una de estas normas puede ser correctamente presentado como
dirigido por el intento de obediencia a la otra regla, no deben diferenciarse en la filosofía.
Hablar de ‘norma verdad’ o de ‘norma justificación’ son dos modos de referirse a lo
mismo. Claro: puede haber motivos independientes para preferir una u otra fórmula. Pero
en primera instancia es indiferente cuál de ambas usar.
Más adelante Díaz Legaspe apunta a un aspecto sensible de la posición de Bilgrami.
Díaz Legaspe afirma que “Bilgrami’s position guarantees a concept of belief reachable for
inquirer, for it collapses with what they take as truth” 7. (El subrayado es mío.) Este, que es
un punto interesante del planteo de Bilgrami, es rápidamente desactivado por él. Porque
‘verdad’ colapsaría con ‘creencia’ sólo si se intentase definir uno de esos conceptos;
Bilgrami no intenta nada parecido. Cree en la dificulta de ofrecer condiciones necesarias y
suficientes de aplicación de una noción, o de ocurrencia de un fenómeno, y esto lo lleva a
no buscar dar definiciones (más que estipulativas, y este no es el caso). Pero Bilgrami no
intenta definir el concepto de verdad, ni tampoco el de creencia. En particular no cree que
las proposiciones verdaderas se agoten en las proposiciones creídas. Sí sostiene que, desde
el punto de vista de la primera persona, desde el punto de vista de quién indaga, todas las
proposiciones firmemente establecidas e incorporadas a su visión del mundo son
verdaderas. Pero, como dije, no cree que las proposiciones verdaderas se agoten en las
proposiciones creídas. Esta es una proposición epistemológica, aparentemente. Cabe
preguntarse, entonces, qué aspecto de la indagación (la práctica epistemológica relevante),
justifica esta tesis. La respuesta está en la propia indagación, siempre abierta, siempre
(mejor dicho: hasta ahora –y esto es suficiente) en busca de ampliar su provisión de
proposiciones integrantes de la propia visión del mundo; permanentemente en conflicto,
además,
constantemente desafiada, la propia visión del mundo, por hipótesis que
contradicen algún subconjunto de creencias. Es este el correlato en la práctica de la idea de
6
Díaz Legaspe, Justina.
www.accionfilosofica.com
7
Íbid.
Truth,
minimalism
and
the
goal
of
inquiry.
En
5
que las verdades exceden a las creencias: el impulso a exceder, en la indagación, la propia
visión del mundo, es buscar ensanchar la brecha entre ambas (al menos en el sentido de que
el conjunto de creencias engorde).
La segunda reconstrucción de Rorty que hace Díaz Legaspe es en líneas generales la
ya presentada: no hay diferencias en la práctica entre verdad y justificación, por tanto no
debe haberlas en filosofía. Pero Díaz Legaspe le adosa un corolario: “we can keep the truth
predicate as long as we avoid the temptation of providing a definition for the term” 8. Rorty
fluctúa entre la propuesta que expuso Díaz Legaspe y el rechazo de la misma. Para evitar a
tentación de definir el predicado de verdad, en particular, para evitar definirlo en términos
de algún tipo de correspondencia, y ya que disponemos para todo uso útil del predicado de
verdad un sustituto que apela en mayor o menos medida al concepto de ‘justificación’, ¿no
es mejor deshacernos del predicado de verdad de una buena vez? Esto se conecta a su vez
con un pedido inconveniente de Díaz Legaspe: que los usos diferentes de un término estén
presentes simultáneamente en todo uso del predicado de verdad. 9 Díaz Legaspe parece estar
pensando en ‘significados’ al exigir esto. Pero la apelación a usos es interesante
precisamente porque nos permite obviar la referencia a ‘significados’. Suponer lo que
supone la autora es también un poco tirado de los pelos: ¿cómo es que un uso va a ‘estar
presente’ cuando está ejecutándose otro ‘uso’, y no el primero (ese que está presente sin
estar ‘usado’)? Parece más sensato pensar que lo único que se mantiene fijo en estos casos
de usos diferencias del mismo término es, precisamente, el término. Y ello por motivos
contingentes: el término a ser usado podría ser otro y no aquél. No hay nada más común
entre uno y otro uso. Lo importante es el uso. No cualquier uso importa, sino sólo importan
los usos útiles: lo más conveniente es desactivar los demás usos, y no brindar correlatos
filosóficos para ellos. Por eso es irrelevante que los sustitutos para los tres usos útiles que
Rorty identifican sean o no el mismo término. De hecho no lo son. El uso laudatorio del
predicado de verdad puede ser cumplido con similar eficacia por el predicado de
justificación. El uso precautorio puede ser ejercido, en lugar del predicado de verdad, por
el predicado, ‘justificado, pero quizás no justificado para comunidades epistémicas
mejores’, donde una comunidad epistémica mejor que la nuestra es aquella que sería
reconocida como tal en caso que nosotros pudiésemos dialogar con ella. El último uso del
predicado de verdad que Rorty rescata es el uso desentrecomillador, que Rorty sólo
considera para el caso de las teorías de verdad davidsonianas –con lo que cabe preguntarse
si otras aplicaciones de este uso son también ‘usos útiles’ (o ‘aplicaciones útiles’ de ese
uso, o algo por el estilo). En tanto las oraciones-T son partes de una teoría de verdad
davidsoniana, o teorías del comportamiento complejo, como Rorty prefiere nombrarlas,
podemos sustituir al predicado de verdad por el predicado ‘justificado para nosotros’. Así,
una oración de esa teoría como “ ‘la nieve es blanca’ es verdadera si y sólo si la nieve es
blanca” es reemplazada, en la análoga teoría (rortiana) del comportamiento complejo por la
oración “ ‘la nieve es blanca’ está justificada para nosotros si y sólo si la nieve es blanca’.
Ahora bien: cuando una oración-T es empleada fuera del contexto de una ‘teoría del
comportamiento complejo’ particular, el predicado de verdad no puede ser sustituido con
eficiencia por el predicado de justificación ni ninguna de sus variantes, pues sería fácil
encontrar contraejemplos (fallas de coextensionalidad entre esos predicados y el predicado
de verdad). ¿Es este uno de los usos que Rorty calificaría como ‘útiles’? ¿En qué contexto
podríamos utilizarlo? Claramente: en todos aquellos a los que tradicionalmente sirve el uso
desentrecomillador. Situaciones como ‘Todo lo que dijo Hume es verdadero’. Ahora bien:
¿no podemos sustituir, en esas situaciones, al predicado de verdad por cosas como ‘es el
caso’ o ‘es un hecho’? Sí. Pero, ¿cómo entender, ahora, a estos nuevos predicados? Bueno,
por ejemplo, apelando al predicado de verdad. no parecemos contar ahora con un sustituto
de estos predicados que pueda ser entendido de modo independiente. Como la utilidad de
esos usos sí parece evidente, parece conveniente de momento retener el predicado de
8
Íbid.
“Rorty explicitly talks about three different uses of the term –uses that must be thought of
as being satisfied simultaneously in every use of the term”. Íbid.
9
6
verdad (o, lo que parece lo mismo, cualquier de sus sustitutos). La cuestión, de todas
formas, sigue abierta.
Para finalizar: la posición que Díaz Legaspe recomienda es la siguiente: renunciar a
(B), a la idea de que los predicados de verdad y de justificación pueden aplicarse a cosas
diferentes, y aceptar (A), esto es, que ambos predicados determinan en la práctica el mismo
tipo de comportamiento. Esta posición es claramente incorrecta: los predicados de verdad y
de justificación claramente pueden aplicarse a cosas distintas; de hecho todos parecen
aceptarlo. Hay proposiciones justificadas que no son verdaderas, y viceversa. El único
sentido aceptable de renunciar a (B) es entendiendo a (B) como la idea de que ambos
predicados no se aplican ahora a lo mismo. Pero la extensión de un predicado, incluso para
Rorty, no es aquello de lo que creemos que se predica correctamente, sino de lo que de
hecho se predica correctamente. Por esto debemos, al menos si queremos reconstruir la
posición de Rorty, aceptar (A) y (B).
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