MAQUIAVELO
Nicolás Maquiavelo es una de las figuras más destacadas del período renacentista. Fue un
humanista estudioso del mundo clásico, particularmente del mundo latino, admirador nostálgico
de la república romana. Agudo observador político, analizó y diagnosticó la situación política
europea de su tiempo.
Maquiavelo introdujo una forma nueva, un nuevo método, para el estudio de la política, hasta el
punto de que suele ser considerado como el creador de la «ciencia política» en sentido moderno.
Se alejó de las formas usuales de hacer filosofía política: rechazó el pensamiento político utópico
porque se entrega a imaginar sociedades perfectas inexistentes, y rechazó igualmente el
pensamiento político basado en las ideas de derecho y de justicia naturales, porque subordina la
política a la moral. Maquiavelo se remite a los hechos excluyendo cualquier consideración moral
sobre ellos.
1. EL MARCO POLÍTICO Y CULTURAL
El pensamiento de Maquiavelo se halla profundamente arraigado en el contexto cultural y
político del Renacimiento italiano. Dos rasgos sobresalientes de su personalidad intelectual
son su vinculación al humanismo y su profundo interés por la política.
1) Maquiavelo es un humanista. El humanismo se caracteriza por el regreso a los clásicos
grecolatinos con la intención de promover, a partir de ellos, una nueva configuración de la
vida y de la cultura. Maquiavelo se vuelve también a los clásicos, aunque no tanto a la
cultura griega cuanto al mundo romano.
La república romana -su origen y desarrollo, su vigorosa expansión y engrandecimientoofrecen, a juicio de .Maquiavelo, una historia con multitud de ejemplos y de lecciones para
los políticos de cualquier época posterior. Podría decirse que Maquiavelo es un humanista
que siente admiración por la grandeza pasada de Roma.
2) Maquiavelo es, además, un hombre fundamentalmente interesado por la política.
Intervino activamente en ella, ocupando cargos de cierta relevancia en el gobierno de
Florencia durante los años en que esta ciudad se gobernó como república. Su actividad
política, relacionada con los asuntos internacionales, le procuró la oportunidad de viajar a
países extranjeros, particularmente a Suiza, Francia y Alemania, así como la ocasión de
conocer muy de cerca los avatares y los entresijos de las complicadas relaciones entre los
múltiples estados italianos.
La época renacentista, en la cual vivió Maquiavelo, es la época de la creación de las
grandes monarquías nacionales, centralizadas y absolutistas, particularmente en Francia y
en España. El poder se concentró en los monarcas o príncipes, que se rodearon de
burocracias eficaces y de poderosos ejércitos a su servicio.
Mientras en Europa se creaban los estados nacionales, Italia permanecía políticamente
estancada, dividida en multitud de pequeñas repúblicas y principados enfrentados entre sí.
Venecia, Florencia, Milán, Nápoles y los Estados Pontificios fueron durante este período
las principales micropotencias en el fragmentado mapa político de la península italiana. El
enfrentamiento que mantenían entre sí estos Estados, y la corrupción política de unos y
otros, favoreció una intervención militar permanente en Italia por parte de los estados
extranjeros más poderosos, muy especialmente de Francia y de España.
Maquiavelo reconocía esta situación de división e impotencia de Italia, describiéndola con
palabras sombrías: Italia se encuentra «sin un guía, sin orden, derrotada, despojada,
despedazada, batida en todas direcciones por los invasores, y víctima de toda clase de
desolación- (El príncipe, XXVI. Alianza Editorial, Madrid, 1990, p. 120).
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3) Pero Maquiavelo no es un mero espectador de la situación italiana, sino que es además
un patriota que desea ardientemente un profundo cambio político que permita el
resurgimiento de una Italia unida, libre y poderosa.
Su conocimiento de los países europeos, gracias a su actividad diplomática y a sus dotes
de observación, le hicieron reconocer que la creación y la organización de un Estado
fuerte (como los de Francia y España) solo es posible mediante la concentración del
poder en las manos de un monarca. Y esto exige, a su vez, la aparición de un "príncipe
nuevo", dotado de una virtud y de una prudencia excepcionales, capaz de crear un "Estado
nuevo". Maquiavelo expresa sus aspiraciones y esperanzas políticas con las siguientes
palabras:
Tras reflexionar, pues, sobre todas las cosas expuestas hasta aquí, y pensando
conmigo mismo si en Italia, en el momento actual, coman tiempos que permitieran
a un príncipe nuevo obtener honor, y si había aquí materia que diera a un
hombre prudente y capaz la posibilidad de introducir en ella una forma que le
reportara honor a él y bien a la totalidad de los hombres de Italia, me parece
que concurren tantas cosas en favor de un príncipe nuevo que yo no sé
si ha habido otro tiempo más propicio que el actual. Y si, como ya he
dicho, era necesario para ver la virtud de Moisés que el pueblo de Israel estuviera
esclavo en Egipto, para conocer la grandeza de ánimo de Ciro que los persas
estuvieran subyugados por los medos, y la excelencia de Teseo que los atenienses
estuvieran dispersos, de igual modo, en el momento presente, para conocer la
virtud de un espíritu italiano era necesario que Italia se viera reducida
a la condición en que se encuentra ahora: más esclava que los hebreos, más
sometida que los persas, más dispersa que los atenienses, sin un guía, sin orden,
derrotada, despojada, despedazada, batida en todas direcciones por los invasores,
y víctima de toda clase de desolación.
Maquiavelo, N.: El príncipe, XXVI. Alianza Editorial, Madrid, 1990, p. 120.
2. REPÚBLICA Y MONARQUÍA
Entre los escritos políticos de Maquiavelo destacan los Discursos sobre la primera década de
Tito Livio y El príncipe. Ambas obras fueron escritas simultáneamente (de hecho,
Maquiavelo interrumpió la redacción de la primera para escribir la segunda), y, sin
embargo, a primera vista presentan una cierta discrepancia en la doctrina política del
autor: así, mientras que en los Discursos se muestra claramente partidario de la república
como sistema político, en El príncipe toma en consideración solamente la monarquía
absoluta o principado como forma de gobierno. Como veremos, esta discrepancia
(¿república o monarquía?) no constituye en realidad ninguna contradicción, sino que
responde a dos puntos de vista distintos, pero complementarios.
El ciclo de los Estados
Siguiendo a los filósofos clásicos de la política -y en último término, a Aristóteles-,
Maquiavelo distingue tres sistemas políticos o formas de gobierno: monarquía (gobierno
del rey), aristocracia (en que gobierna la nobleza) y democracia (o gobierno del pueblo).
Estos tres sistemas (buenos en su origen) pueden degenerar, y degeneran de hecho
históricamente, transformándose en las correspondientes formas viciosas: la monarquía se
transforma en tiranía; la aristocracia, en oligarquía, y el sistema democrático termina en
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un estado de desorden, injusticia y descontrol.
Para Maquiavelo, este esquema constituye, no solamente una”clasificación" de las formas
de gobierno, sino también la pauta o secuencia que inexorablemente siguen los Estados en
su desarrollo histórico: la monarquía original degenera inexorablemente en tiranía. La
tiranía llega a ser insoportable, de manera que los nobles o notables derrocan al tirano
instaurando una aristocracia, que, a su vez, termina convirtiéndose irremediablemente en
oligarquía. El pueblo, en fin, con la ayuda de alguien capaz de oponerse a los oligarcas,
elimina a estos e instaura la democracia, que, por su parte, degenerará también hasta que el
pueblo, harto ya de desorden y de injusticias, se vuelve nuevamente al principado. Con lo
cual, todo el proceso inicia otra vez su ciclo desde el inicio.
Esta explicación de los ciclos que siguen los Estados es sumamente esclarecedora de una
idea que, como veremos, es fundamental en el pensamiento de Maquiavelo: la idea de que
la historia se repite; los acontecimientos suceden siempre del mismo modo.
Los ciclos que acabamos de describir se repetirían indefinidamente, según Maquiavelo, si
no fuera porque los Estados suelen desaparecer sojuzgados por otros más fuertes y mejor
organizados: “y este es el círculo en que giran todas las repúblicas, se gobiernen o sean
gobernadas; pero raras veces retornan a las mismas formas políticas, porque casi ninguna república puede tener una vida tan larga como para pasar muchas veces esta serie
de mutaciones y permanecer en pie. Más bien suele suceder que, en alguno de estos
cambios, una república, falta de prudencia y de fuerza, se vuelva súbdita de algún estado
próximo mejor organizado. Pero si no sucediera esto, un país podría dar vueltas por
tiempo indefinido en la rueda de las formas de gobierno» (Maquiavelo, N.: Discursos
sobre la primera década de Tito Livio, l, 2. Alianza Editorial, Madrid, 2000, pp. 37, 38).
El ideal republicano
Las formas de gobierno descritas en el apartado anterior son formas puras, en las cuales el
poder recae exclusivamente en uno de los tres elementos que componen la sociedad, sea el
príncipe, sean los notables o sea el pueblo. En realidad, la organización política preferible
es una forma mixta, un sistema en el cual se mezclen elementos de esas tres formas: en
particular, un gobierno en el cual el poder se distribuya entre los notables y el pueblo, de
modo que unos y otros intervengan en el gobierno, a la vez que se oponen y se limitan
recíprocamente.
El ejemplo histórico más excelente de esta forma de gobierno es, a juicio de Maquiavelo,
la república romana, cuyo desarrollo y florecimiento se debió precisamente al
enfrentamiento permanente entre el pueblo y el Senado. La admiración por la Roma
antigua a que nos referíamos anteriormente es, en realidad, admiración y nostalgia por la
república romana.
Maquiavelo considera que una república bien organizada es el mejor sistema de gobierno.
La república tiene, en efecto, las siguientes ventajas:
1) En la república se logra el bien común mejor que en ningún otro sistema, en la medida
en que la mayoría de los ciudadanos, y no solamente una parte de ellos, se hallan
comprometidos con él: "Lo que hace grandes a las ciudades -escribe Maquiavelo- no es
el bien particular, sino el bien común. Y sin duda este bien común no se logra más que en
las repúblicas, porque estas ponen en ejecución todo lo que se encamine a tal propósito,
y si alguna vez esto supone un perjuicio para este o para aquel particular, son tantos los
que se beneficiarán con ello que se puede llevar adelante el proyecto pese a la oposición
de aquellos pocos que resultan dañados» (Discursos, n, 2, ed. cit., p. 196).
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2) La república es el régimen que mejor salvaguarda la libertad. La libertad constituye un
elemento esencial del bien común y una aspiración permanente de los pueblos: "no hay
que maravillarse, pues, -escribe Maquiavelo- de que los antiguos pueblos persiguiesen
con tanto odio a los tiranos y amasen la vida libre, y de que el nombre de la libertad fuese tan estimado por ellos [ . ..] Tampoco debe asombrarnos que los pueblos tomasen
venganzas extraordinarias contra quienes les arrebataban la libertad» (Discursos, n, 2,
ed. cit., p. 197).
3) Donde hay libertad, hay progreso. La historia nos muestra que cuando los ciudadanos
son libres se produce siempre un progreso mayor y más rápido que cuando carecen de
libertad: " ... vemos que las ciudades donde gobierna el pueblo hacen en breve tiempo
extraordinarios progresos, mucho mayores que los de aquellas que han vivido siempre
bajo un príncipe, como sucedió en Roma tras la expulsión de los reyes y en Atenas
después de liberarse de Pisístrato, lo que no puede proceder de otra causa sino de que el
gobierno del pueblo es mejor que el de los príncipes» (Discursos, 1, 58, ed. cit., p.179).
4) La república es, en fin, el régimen más estable, por varias razones:
a) En primer lugar, porque el pueblo es más prudente y suele tener mejor juicio que un
príncipe: "el pueblo comete menos errores que un príncipe y, por tanto, resulta más digno
de confianza que él» (Discursos, 1,59, ed. cit, p.183).
b) En segundo lugar, porque la república se adapta con mayor facilidad a la diversidad de
las circunstancias, por lo cual "tiene una vida más larga y conserva por más tiempo su
buena suerte que un principado» (Discursos, III, 9, ed. cit., p. 384).
c) En tercer lugar, porque la república no tiene el problema sucesorio que afecta al
principado, ya que "tiene medios para elegir […] infinitos jefes virtuosísimos que se
sucedan unos a otros, y así una república bien organizada tendrá siempre virtuosa
sucesión» (Discursos, 1, 20, ed. cit, p. 95).
Esta defensa entusiasmada de la república es, en Maquiavelo, una defensa de la libertad:
de la libertad de los individuos en el marco del Estado, y también de la libertad del Estado
frente al poder y a la injerencia de otros Estados. La voluntad y la decisión de mantenerse
libre constituye, como veremos más adelante, un fin esencial del Estado como tal.
El príncipe y la reforma del Estado
Al insistir en las ventajas del régimen republicano Maquiavelo se refiere a una república
bien organizada, donde imperan la ley y la virtud, y no a repúblicas corruptas y
decadentes. Desgraciadamente, la fatalidad histórica hace que todo sistema político acabe
corrompiéndose, como hemos señalado al referimos a "la rueda de las formas de
gobierno».
La república es, sin duda, el régimen más duradero, más que cualquier otro, pero en su
naturaleza está la imposibilidad de perpetuarse indefinidamente. Maquiavelo no se hace
ilusiones y reconoce que hasta el sistema político mejor fundado y de orígenes más
virtuosos ha de terminar deteriorándose.
En el pensamiento de Maquiavelo confluyen, pues, la teoría de la decadencia histórica
inexorable de los Estados y el hecho constatable de la lamentable situación política de
Italia. La confluencia de ambos factores incide en el interés especial de Maquiavelo por la
situación de corrupción y de decadencia de los Estados, así como por la posibilidad de introducir una reforma o renovación radical de ellos: su teoría de "la rueda de las formas de
gobierno” establece que el retorno a la monarquía constituye la salida histórica de una
situación de corrupción democrática; por su parte, el hecho de la decadencia y de la
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debilidad de los estados italianos llevaba a Maquiavelo a suspirar por la aparición de una
monarquía salvadora.
Esta perspectiva (estado de corrupción, posibilidad y modo de superarlo) permite
comprender la coherencia existente entre los Discursos y El príncipe, a pesar de su
aparente discrepancia: ciertamente el sistema ideal sigue siendo la república, pero la
necesidad de salir del estado de decadencia y de corrupción exige la acción fuerte y
decidida de un monarca.
En efecto, en una sociedad corrupta la reforma solamente es posible por la acción de un
príncipe con poder absoluto para legislar y gobernar. Así, en los Discursos, obra en que se
ensalza la república como régimen ideal, puede leerse lo siguiente: “De todo lo dicho se
deduce la dificultad o imposibilidad que existe en una ciudad para mantener una
república o crearla de nuevo; y, si a pesar de todo, la hubiese de crear o mantener, sería
necesario que se inclinase más hacia la monarquía que hacía el estado popular, para que
los hombres cuya insolencia no puede ser corregida por las leyes sean frenados de algún
modo por una potestad casi regia. Y quererlos corregir por otro camino sería empresa
muy ardua o del todo imposible, como dije anteriormente» (Discursos, 1, 19, ed. cit., p.
92).
3. LA CIENCIA POLíTICA
Maquiavelo suele ser considerado como el creador de la ciencia política. En efecto, su
estudio del funcionamiento del Estado y del poder político puede caracterizarse como
científico en la medida en que combina, de una parte, el recurso a la experiencia,
ateniéndose a los hechos, y de otra parte, la explicación de los hechos a partir de principios teóricos de carácter racional.
La perspectiva empírica: los hechos
Maquiavelo propone atenerse exclusivamente a los hechos, al margen de cualquier otra
consideración. El texto siguiente muestra que nuestro autor era consciente de que estaba
proponiendo una perspectiva y un método nuevos para el estudio de la política:
“Nos queda ahora por ver cuál debe ser el comportamiento y el gobierno de
un príncipe con respecto a súbditos y amigos. Y porque sé que muchos han
escrito de esto, temo -al escribir ahora yo- ser considerado presuntuoso,
tanto más cuanto que me aparto, sobre todo en el tratamiento del tema que
ahora nos ocupa, de los métodos seguidos por los demás. Pero siendo mi
propósito escribir algo útil para quien lo lea, me ha parecido más
conveniente ir directamente a la verdad real de la cosa que a la
representación imaginaria de la misma.
Muchos se han imaginado repúblicas y principados que nadie ha visto jamás
ni se ha sabido que existieran realmente; porque hay tanta distancia de cómo
se vive a cómo se debería vivir, que quien deja de lado lo que se hace por lo
que se debería hacer, aprende antes su ruina que su preservación.”
Maquiavelo, N.: El príncipe, XV Alianza Editorial, Madrid, 1990, p. 83.
La novedad que representa esta forma de considerar la actividad política es triple:
1) En primer lugar, Maquiavelo se aleja de la manera tradicional de dirigir consejos a los
príncipes. Debe tenerse en cuenta que El príncipe es un escrito que, desde el punto de
vista de la forma literaria, pertenece a un género tradicional conocido como literatura de
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"espejo de príncipes”. Esta literatura, muy extendida y con multitud de precedentes en la
Edad Media, consistía en dirigirse a un príncipe aconsejándole sobre la forma de
gobernar. Generalmente se trata de escritos moralizantes en los que se aconseja al
príncipe que se comporte cristiana y honestamente, practicando virtudes como el honor, la
magnanimidad, la justicia, la clemencia, etc. En definitiva, se le aconseja sobre "lo que se
debería hacer” desde el punto de vista moral.
Maquiavelo, por su parte, prescinde de la perspectiva moral en el comportamiento del
príncipe. Subraya que su propósito es exponer cómo se gobierna efectivamente un Estado
y cómo se comporta de hecho la gente. El gobernante ha de tomar en cuenta solamente “lo
que se hace", y no “lo que se debería hacer", a fin de conocer cómo le conviene actuar
para sobrevivir y mantenerse en el poder.
2) Con su nueva manera de analizar la política, Maquiavelo rechaza también otro género
literario-político que alcanzó un gran auge en el Renacimiento: las utopías. A nuestro
autor, como se señala expresamente en el texto citado más arriba, le parece “más
conveniente ir directamente a la verdad real de la cosa que a la representación imaginaria de la misma".
3) Maquiavelo rechaza, en fin, la manera usual de hacer filosofía política a través de
discusiones teóricas sobre el origen de la sociedad y del poder; sobre el derecho natural
como fuente y límite del derecho positivo; etc. En realidad, todas estas discusiones
teóricas estudian la política desde un punto de vista ético, subordinan la política a la
moral, juzgan lo que “es" desde el punto de vista de “lo que debe ser".
La autonomía de la política
La aportación de Maquiavelo consiste en configurar el ámbito de lo político
como una esfera autónoma que no ha de ser estudiada ni comprendida ni
juzgada desde otras instancias ajenas a ella misma, sino exclusivamente desde
ella misma: no atendiendo a ideales utópicos, sino ateniéndose a los hechos;
no teniendo en cuenta lo que debe ser, sino lo que es. Francis Bacon
comprendió perfectamente el alcance de esta aportación maquiaveliana
cuando escribió: .. Gracias sean dadas a Maquiavelo y a los escritores que,
como él, han proclamado abiertamente y sin disimulo cómo suelen actuar, y
no cómo deben actuar, los seres humanos" (De la dignidad y aumento de la
ciencia, VII, 2, 10).
La perspectiva racional: los principios
Una visión científica de la política exige, sin duda, atenerse a la experiencia, a los hechos;
sin embargo, el mero atenerse a los hechos no es suficiente. Los hechos, por sí mismos, no
bastan. Es necesario seleccionarlos, ordenarlos, considerarlos y explicarlos a partir de
ciertos principios. Los principios constituyen el elemento racional (no meramente
empírico) en la explicación científica.
Maquiavelo introduce también ciertos principios, a modo de postulados, que orientan y
determinan el modo en que se desarrolla su teoría.
La naturaleza humana es la misma en todos los lugares y épocas
El primer principio, y el más general, en que se apoya la teoría política de Maquiavelo es
precisamente este, que la naturaleza humana no cambia, sino que es siempre la misma en
todos los lugares y en todas las épocas. El ser humano se halla dominado siempre por los
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mismos deseos y pasiones: ”Se ve fácilmente, si se consideran las cosas presentes y las
antiguas, que todas las ciudades y todos los pueblos tienen los mismos deseos y los
mismos humores, y así ha sido siempre. De modo que a quien examina diligentemente las
cosas pasadas le es fácil prever las futuras en cualquier república, y aplicar los remedios
empleados por los antiguos, o si no encuentra ninguno usado por ellos, pensar unos
nuevos teniendo en cuenta la similitud de las circunstancias» (Discursos, 1, 39, ed. cit., p.
134).
A juicio de Maquiavelo, la invariabilidad de la naturaleza humana es un principio
suficientemente confirmado por la historia (y por tanto, por los hechos). El político, por su
parte, ha de tener siempre presente este principio cuando analiza los acontecimientos del
pasado, ya que gracias a él es posible inferir reglas de carácter general aplicables en
circunstancias similares y, por tanto, es posible prever el futuro.
El principio de la invariabilidad de la naturaleza humana constituye, en efecto, el
fundamento de lo que podríamos denominar «inducción histórica», como señala el propio
Maquiavelo al insistir en que «todas las cosas del mundo tienen siempre su
correspondencia en los tiempos pasados. Esto sucede porque, siendo obra de los
hombres, que tienen y tendrán siempre las mismas pasiones, conviene necesariamente que
produzcan los mismos efectos» (Discursos, III, 43, ed. cit., p. 435).
La maldad del ser humano
Una vez establecida la inmutabilidad de la naturaleza humana, resulta necesario definir
sus características más relevantes desde el punto de vista de su consideración política.
Desde esta perspectiva, Maquiavelo establece que ha de partirse del supuesto de que todos
los hombres son malos: «como demuestran todos los que han meditado sobre la vida
política y los ejemplos de que está llena la historia, es necesario que quien dispone una
república y ordena sus -leyes presuponga que todos los hombres son malos y que pondrán
en práctica sus ideas perversas siempre que se les presente la ocasión de hacerla
libremente».
El gobernante no ha de hacerse, pues, ilusiones acerca de una ilusoria bondad natural de
los seres humanos, ya que estos "solo obran bien por necesidad, pero donde se puede
elegir y hay libertad de acción se llena todo inmediatamente de confusión y desorden»
(Discursos, 1, 3, ed. cit., pp. 40, 41) .
4. LA POLíTICA Y EL ESTADO
Maquiavelo concibe la política como un arte, como el arte de crear, engrandecer y
conservar un Estado en la mejor forma y durante el mayor tiempo posible. Su
aproximación a la práctica política y sus consejos al príncipe dependen de esta idea, y se
basan en los dos siguientes supuestos:
1) El Estado es un organismo autónomo cuyo fin es su propia pervivencia y expansión. Al
Estado le es esencial, por tanto, una política de fuerza para mantener su libertad y
autonomía, y para ampliar su poder conquistando nuevos territorios y sometiendo a los
estados vecinos. El escenario ideado por Maquiavelo (muy en consonancia con la realidad
política internacional de su época) es el de una lucha permanente de poderes, en la cual es
necesario triunfar y crecer para sobrevivir.
La importancia decisiva que Maquiavelo concede a este escenario de lucha "imperialista»
entre los Estados explica su interés por las cuestiones relacionadas con la guerra y con los
ejércitos. Maquiavelo fue uno de los teóricos modernos de la guerra. Sus ideas al respecto
se hallan recogidas en su escrito Del arte de la guerra, obra inspirada en el autor latino
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Vegecio.
2) El interés del príncipe se identifica con el interés del Estado y, por consiguiente, las
recomendaciones y los consejos dirigidos al príncipe son recomendaciones para el
mantenimiento del Estado. El fin último y el único criterio decisivo para la actuación del
príncipe es el interés del Estado.
La razón de Estado
Aun cuando Maquiavelo no utiliza aún la expresión "razón de Estado», él es, sin duda, el
primero que la propone como criterio último de decisión y de actuación en la práctica
política. La razón de Estado exige que quienes detentan el poder político no atiendan a
otro criterio que el interés, la defensa y el bienestar del Estado.
1) Cuando está en juego el interés del Estado, los gobernantes han de prescindir de
cualquier consideración moral en sus decisiones y en sus actuaciones: "En las
deliberaciones en que está en juego la salvación de la patria, no debe guardarse ninguna
consideración a lo justo o lo injusto, lo piadoso o lo cruel, lo laudable o lo vergonzoso,
sino que, dejando de lado cualquier otro respeto, se ha de seguir aquel camino que salve
la vida de la patria y mantenga su libertad» (Discursos, III, 41, ed. cit., p. 433).
El príncipe, por lo tanto, (y esto es válido para los políticos responsables del Estado, en
general) no ha de tener en cuenta la condición moral de sus actos ya que, como hace notar
Maquiavelo, muchas conductas que se consideran virtuosas pueden resultar ruinosas para
el Estado en unas determinadas circunstancias, mientras que, al contrario, otras conductas
que se consideran moralmente reprobables pueden servir para el fortalecimiento de su
seguridad y de su bienestar (El príncipe, XV, ed. cit., p. 84).
No se trata de que el príncipe tenga que ser siempre y necesariamente malo en vez de
bueno, ni cruel en vez de bondadoso, ni mentiroso en vez de sincero, ni traidor en vez de
leal. Pero debe estar siempre dispuesto a obrar mal si las circunstancias lo exigen: «es
necesario a un príncipe, si se quiere mantener, que aprenda a poder no ser bueno, y a
usar o no usar de esta capacidad en función de la necesidad» (El príncipe, XV, ed. cit., p.
83).
2) La norma práctica que sustenta toda la concepción maquiaveliana de la acción política
es, en definitiva, aquella según la cual el fin justifica los medios y el éxito justifica las
acciones. «Trate, pues, un príncipe de vencer y conservar su Estado, y los medios siempre
serán juzgados honrosos y ensalzados por todos, pues el vulgo se deja seducir por las
apariencias y por el resultado final de las cosas, y en el mundo no hay más que vulgo»
(El príncipe, XVIII, ed. cit., p. 92).
Virtud y fortuna
Virtud y prudencia
Para lograr desempeñar con éxito la tarea que le corresponde, el príncipe ha de estar
adornado de ciertas cualidades. A lo largo de esta exposición han sido mencionadas
repetidas veces estas cualidades que, en definitiva, se reducen a dos: virtud y prudencia, o
tal vez, incluso, a una sola, la virtud, si es que la prudencia se considera una parte de
aquella.
1) La noción maquiaveliana de la virtud (virtú) no tiene nada que ver con la concepción
cristiana usual de esta. No resulta fácil de definir, ciertamente, pero incluye como rasgo
fundamental la vitalidad, el vigor y la energía que caracterizan a un gobernante y a un
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Estado capaces de emprender con decisión las acciones necesarias para mantener y acrecentar su existencia y su poder. Se trata de la virtud característica de los príncipes, pero
también lo es del conjunto de los ciudadanos. De ella dependen el presente y el futuro de los
Estados. Esta «virtud civil» se da, sobre todo, en los estados republicanos, inculcada y
favorecida por la ley.
2) Pero para alcanzar el éxito no basta con el vigor y la decisión. Es necesaria, además, la
prudencia. La prudencia, en el sentido en que la entiende Maquiavelo, no es equiparable
tampoco a la prudencia moral. La prudencia maquiaveliana está más cerca de la
sagacidad, de la astucia: es la inteligencia práctica consistente en la capacidad para
deliberar y decidir con acierto respecto de los medios que pueden asegurar el éxito
del gobernante. Siguiendo a Maquiavelo, podríamos comparar la «virtud» con el vigor
del león y la "prudencia» con la astucia de la zorra:
Estando, por tanto, un príncipe obligado a saber utilizar
correctamente la bestia, debe elegir, de entre ellas, la zorra y el león,
porque el león no se protege de las trampas ni la zorra de los lobos.
Es necesario, por tanto, ser zorra para conocer las trampas y 1eón
para amedrentar a los lobos. Los que solamente hacen de león no
saben lo que llevan entre manos. No puede, por tanto, un señor-ni
debe- guardar fidelidad a su palabra cuando tal fidelidad se vuelve
en contra suya y han desaparecido los motivos que determinaron su
promesa. Si los hombres fueran todos buenos, este precepto no sería
correcto, pero -puesto que son malos y no te guardarían a ti su
promesa tú tampoco tienes por qué guardarles la tuya. Además,
jamás faltarán a un príncipe razones legítimas con las que disfrazar
la violación de sus promesas.
Maquiavelo, N.: El príncipe, XVIII. Alianza Editorial, Madrid, 1990,
p. 91.
Anteriormente hemos señalado que el príncipe ha de estar dispuesto a ser malo, si es
necesario. Es la prudencia (entendida como sagacidad) la que determinará cuándo se ha de
actuar conforme a las normas morales establecidas y cuándo, por el contrario, estas han de
dejarse de lado.
Virtud, prudencia y fortuna
Puesto que es un pensador realista, Maquiavelo reconoce que el éxito no depende
solamente de la acción del príncipe. Con frecuencia surgen circunstancias,
acontecimientos o personajes nuevos que favorecen o entorpecen los designios y la acción
del político. Todo este cúmulo de factores que se hallan fuera del control del político son
atribuidos por Maquiavelo a la fortuna.
A veces (bajo la influencia de Tito Livio) habla de la fortuna como si se tratara de un
agente que impone sus designios sobre el destino de los pueblos y de las personas:
"cuando la fortuna quiere que se produzcan grandes acontecimientos, sabe cómo hacerlo,
eligiendo a un hombre de tanto espíritu y tanta virtud que se dé cuenta de las
oportunidades que ella ofrece. y lo mismo sucede cuando quiere provocar la ruina, escogiendo entonces a hombres que contribuyan a arruinarlo todo" (Discursos, II, 29, ed. cit.,
p. 291).
La fortuna desempeña, pues, un papel importante en la historia, en el auge y en la caída de
los Estados, y en el éxito de las acciones políticas. Frente a ella no cabe otra defensa que
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la prudencia y la virtud.
1) La prudencia les sirve al príncipe y a los Estados para acomodarse en cada caso a las
circunstancias y para actuar conforme a las exigencias de los tiempos: "he pensado
muchas veces que la causa de la buena o mala fortuna de los hombres reside en su
capacidad de acomodar su proceder a los tiempos [. . .]. Se equivocará menos y tendrá la
fortuna próspera quien sepa, como decía, ajustar su proceder con el tiempo, sobre todo si
obra según la inclinación de la naturaleza" (Discursos, III, 9, ed. cit., p. 348). La fortuna
ofrece oportunidades que el político "prudente" ha de saber reconocer y aprovechar. En
esta idea se basa el oportunismo político, uno de los rasgos característicos del
maquiavelismo.
2) La virtud, por su parte, sirve para amortiguar los efectos de la fortuna, “pues donde los
hombres tienen poca virtud, la fortuna muestra más su poder, y como ella es variable, así
mudan las repúblicas y los estados a menudo, y cambiarán siempre hasta que no surja
alguien tan amante de la antigüedad que regule las cosas de modo que la fortuna no
tenga motivos para mostrar su poder a cada momento» (Discursos, n, 30, ed. cit., p. 296).
5. POLíTICA Y RELIGiÓN
La religión como factor de cohesión social
Como es fácil de suponer, Maquiavelo se refiere a la religión desde el punto de vista de
sus efectos políticos. No le interesan la verdad o falsedad de las creencias religiosas: le
interesa la religión como un hecho social, como un instrumento político que puede ser
utilizado (y fue utilizado en el pasado) eficazmente por legisladores y gobernantes.
La crítica a la Iglesia católica
A pesar de que en el pasado las religiones resultaron políticamente beneficiosas,
Maquiavelo afirma que tanto la Iglesia católica como la religión la cristiana han ejercido
una influencia política negativa. Por lo que se refiere a la Iglesia, Maquiavelo levanta esta
doble acusación contra el papado:
1) La conducta reprobable del papado ha hecho que los italianos se vuelvan
irreligiosos y malvados: por sus malos ejemplos “ha perdido Italia toda devoción y
toda religión” (Discursos, I, 12, ed. cit., p. 73). Como consecuencia de ello, la
religión no puede ya desempeñar la función política positiva que ejercía en la
Antigüedad.
2) La actuación del papado ha sido políticamente desastrosa para Italia: ni ha sido
capaz de unificarla bajo su dominio, ni ha permitido tampoco que su unión se
realizara bajo otro príncipe. Italia permanece desunida, débil, “y eso nosotros, los
italianos, se lo debemos exclusivamente a la iglesia” (Discursos, I, 12, ed. cit., p.
74).
La crítica al cristianismo
Maquiavelo formula su crítica al cristianismo en el contexto de una comparación entre
este y las religiones antiguas. Su diagnóstico general (semejante al que propondrá
Nietzsche en el siglo XIX) es que el cristianismo es el responsable de la falta de virtud
que aqueja a los pueblos actuales. Al contrario que las religiones antiguas, el cristianismo
ha exaltado la vida contemplativa en detrimento de la vida activa, ha favorecido la
resignación predicando un concepto meramente pasivo, y no activo, de la fortaleza:
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“cuando nuestra religión te pide que tengas fortaleza quiere decir que seas capaz de
soportar, no de hacer un acto de fuerza” (Discursos, n, 2, ed. cit, p. 199).
No cabe duda de que las virtudes cristianas no coinciden con la noción maquiaveliana de
virtud, como ya hemos señalado anteriormente. Maquiavelo pretende culpar de esta
discordancia a una mala interpretación histórica del cristianismo. Con esta observación se
acerca a la posición de aquellos humanistas que proponían una interpretación naturalista
del cristianismo y que exaltaban el poder y la dignidad del ser humano.
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• IDEAS FUNDAMENTALES
• El marco político y cultural
1. Maquiavelo es un humanista que toma como modelo la república romana. Le preocupa la situación
política de Italia que, a su juicio, necesita la acción de un «príncipe nuevo».
• República y monarquía
2. Los regímenes políticos degeneran y se suceden de modo necesario y cíclicamente.
3. El régimen ideal es la república, ya que en ella se realizan mejor el bien común y la libertad; el
progreso es mayor y más rápido, y es el sistema más estable. Sin embargo, en situaciones de
decadencia y de corrupción es preferible un monarca absoluto.
• La ciencia política
4. Maquiavelo es el creador de la "ciencia política», ya que combina la experiencia (hechos) con
principios teóricos: se centra en "lo que es» (hechos) excluyendo "lo que debe ser» (moral) y
establece como principios la invariabilidad de la naturaleza humana y la maldad de los seres
humanos.
• La política y el Estado
5. Sus consideraciones sobre la acción política se basan en la concepción del Estado como un
organismo autónomo cuyo fin es la propia supervivencia y expansión, y en el supuesto de
que el príncipe se identifica con el interés del Estado.
6. El príncipe ha de atenerse exclusivamente a los intereses del Estado (razón de Estado), sin
preocuparse de la moralidad de sus actos, y siempre debe estar dispuesto a ser malo si es
necesario. El fin justifica los medios, y el éxito, las acciones.
7. Las cualidades del príncipe son la virtud (vitalidad, fuerza, decisión para actuar) y la prudencia
(sagacidad). Solo mediante estas cualidades es posible minimizar los efectos de la fortuna.
• Política y religión
8. La religión ha sido históricamente un factor de cohesión social.
9. Maquiavelo critica al papado por sus efectos desastrosos sobre la política italiana.
10. Critica también al cristianismo por defender virtudes pasivas (resignación, paciencia) y no la
virtud activa (vitalidad, fuerza y decisión para actuar), que Maquiavelo considera la cualidad política
por excelencia.
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