EL DIAGNÓSTICO EN LOS PROCESOS DE ACOMPAÑAMIENTO

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ORIENTACIÓN SOCIOLABORAL BASADA EN ITINERARIOS: UN CAMINO
PARA LA INTEGRACIÓN DE LOS CONTEXTOS EDUCATIVO Y SOCIAL
PARA LA INSERCIÓN LABORAL
Juan Carlos Ceniceros Estévez
Coordinador de Programas de Orientación
Sociolaboral a Colectivos con dificultades
de inserción de la Fundación Tomillo
El contexto social y económico ha cambiado en las últimas décadas. Estos cambios, propios de la era posindustrial,
implican cambios sustanciales en el análisis que se debe realizar con el fin de modificar y adecuar la intervención
que desde los contextos educativo y social ha de establecerse.
La puesta en marcha de una nueva ley de educación, nunca exenta de grandes confrontaciones de intereses e
ideológicos –como así de ideológica es la educación, pues es la raíz de la difusión y la perdurabilidad de los valores
que queremos conformen nuestra sociedad– ha permitido ir aproximando la intervención educativa a estos nuevos
contextos, incorporando en la redacción de esa ley nuevas fuentes teóricas desarrolladas en la última mitad del siglo
veinte, especialmente el constructivismo y el paradigma cognitivo. La polémica LOCE viene a remediar, no con
menos confrontación y polémica, una serie de medidas que enmienden algunos aspectos de la LOGSE.
Desde la intervención social, nos encontramos, también, en un buen momento para realizar cambios y adecuar
nuestras prácticas a los nuevos contextos. Esta favorable situación viene dada, especialmente, a través del impulso
dado gracias a las políticas europeas en materia de empleo, reforma económica y cohesión social. Sin embargo,
una estrecha mirada sobre esos cambios sociales obliga a imantarnos a viejas prácticas, aquellas que con tanto
éxito –pues permitieron alcanzar el Estado de Bienestar– se realizaron a lo largo de las últimas décadas del siglo
veinte y que impiden, desde esa inercia, avanzar nuevos modelos y actuaciones de intervención.
El carácter conservador de nuestras prácticas y la cara infraestructura en la que se asientan fosilizan con premura
nuestro trabajo en ambos contextos. Los marcos teóricos que encuadran nuestro trabajo, los modelos de
intervención que se derivan de esos marcos teóricos, las herramientas de trabajo y las actuaciones que cristalizan
esos modelos,… seguramente no puedan dar nunca más que una respuesta aproximada a las necesidades que
tenemos que cubrir. Pero dar respuestas aproximadas no es prejuicioso, pues no se nos pueden pedir más que
intervenciones suficientemente buenas1 a la realidad. El problema está en cómo de aproximadas son nuestras
prácticas a objetos de intervención cambiantes y el grado de holgura y falta de adecuación a esos objetos sobre los
que recaen nuestras actuaciones concretas.
Hasta ahora, confío en que es así, estamos dando esas respuestas suficientemente acertadas que aproximan
nuestras prácticas a las necesidades demandadas en la sociedad, y esto a pesar de las dilatadas confrontaciones
que se producen, incluso, en el seno de estos mismos ámbitos de intervención.
Ámbito educativo y ámbito social son dos contextos de intervención condenados a entenderse como parte de un
continuo de intervención, aún conservando sus propios objetivos, pues uno apoya, facilita y estimula la maduración
y el crecimiento y, el otro, recupera desde la disfunción social, pero ambas con un mismo fin: ofrecer un espacio
para que las personas se sitúen en una situación privilegiada que les posibilite el ejercicio de la ciudadanía.
Desde la Fundación Tomillo, conscientes de la necesidad de imbricar ambos contextos de intervención, el educativo
y el sociolaboral, ha generado desde su área social un espacio donde integrar ambas prácticas. En las siguientes
páginas voy ha hacer una reflexión sobre los aspectos que han permitido crear esta integración, tanto del ámbito
educativo como del sociolaboral, los presupuestos desde donde desarrollamos nuestra intervención y la función que
1
Parafraseando a Winnicott cuando habla de la madre suficientemente buena porque sabe identificarse con el bebé, nutrirle
afectivamente y, a la vez, ir generando un espacio de separación y frustración que ayude al niño en su crecimiento afectivo y
maduración. Utilizo esta expresión de Winnicott para nuestras prácticas pues relaja nuestras expectativas idealizadas de dar
respuestas idóneas y perfectas a una realidad cambiante que requiere de cierta holgura desde la intervención social y educativa
2
cumplen en este cometido de integración los programas de orientación sociolaboral, echando, antes que nada, una
mirada crítica hacia ese contexto social hacia el que van destinadas nuestras actuaciones.
LA NUEVA CUESTIÓN SOCIAL Y LA CRISIS DEL ESTADO DE BIENESTAR: LA ORIENTACIÓN
SOCIOLABORAL ANTE NUEVOS RETOS DE INTERVENCIÓN
Hoy somos herederos de aquella intervención sociolaboral que se desarrolló en los ochenta. Aquella intervención,
que claramente debemos reconocer como exitosa, se generó como una respuesta a un desempleo cuantitativo
dramático como consecuencia de la confluencia de varios elementos socioeconómicos. Las largas colas de las
oficinas de empleo estaban llenas de desesperanza y necesitadas de una recualificación ocupacional que
favoreciera el acceso a las escasas oportunidades de empleo de una economía de servicios cada vez más
fortalecida. La respuesta de los profesionales de aquel entonces, sin demérito del apoyo dado por los políticos, fue
clara y contundente. Las acciones fueron destinadas a actuar sobre esa desocupación masiva con recursos que
procuraran la flexibilización ocupacional de las personas atendidas, la recualificación profesional o el acceso, en su
caso, a una cualificación que facilitara la libre competencia por oportunidades de empleo, éstas siempre escasas.
Hoy el testigo es nuestro y, sin embargo, nos encontramos dando con frecuencia aquellas mismas respuestas a una
situación de desempleo diferente. A sabiendas que juicios de estas características son siempre parciales y, seguro,
injustos, pero creo que muchos profesionales nos sorprendemos cuando experimentamos el sopor de estar
repitiendo lo que en otros momentos nos funcionó. Sin embargo, también creo que esa repetición se realiza con un
talante renovador y, no me cabe la menor duda, con muchas dosis de creatividad para afrontar nuevos retos,
nuevas realidades sociales que requieren de nuestro ingenio e imaginación, al modo en cómo se dio respuesta en
aquellos otros momentos.
El impulso dado a la economía de servicios, la recomposición económica de nuestras empresas, el acceso a nuestra
vida cotidiana de las nuevas tecnologías de la comunicación, el maniaco crecimiento dado durante unos años a las
llamadas ‘puntocom’ y su falso presupuesto de nueva economía virtual basada en el B2B y el B2C 2, cuyo descalabro
fue fácilmente reabsorbido por empresas de la mal llamada economía tradicional,… han generado empleo y ha
permitido la absorción de gran número de desempleados, aunque bien es cierto que un empleo frágil y precario3.
Esta situación obliga a realizar un nuevo balance sobre el tipo de desempleo que tenemos que abordar desde
nuestras entidades sociales y corporaciones locales, cuyo dramatismo no está tanto en las cifras, esto es, no es un
problema de cantidad de desempleo. La desmaterialización y los nuevos objetos de trabajo (clientes, necesidades,
diversificación y personalización de productos/servicios, etc.) hace que los empleadores pongan el acento no tanto
en los conocimientos y las destrezas en orden a lo productivo como en las competencias, muchas de ellas
personales y de carácter cultural, que excluye a personas de la posibilidad de acceder a oportunidades de empleo.
Esta nueva situación de desempleo, nos descubre bolsas de inempleables4.
Se ha pasado, pues, de un desempleo cuantitativo, del que se dijo que era estructural de nuestra economía 5, a un
desempleo cualitativo al que dirigimos hoy con urgencia nuestra miradas. Son los colectivos en situación o en riesgo
de exclusión social y laboral quienes sufren ese desprecio por nuestra economía y cuya intervención requiere, por
nuestra parte, de ese nuevo esfuerzo creativo en las actuaciones concretas.
Sin embargo, así planteado –seguro que alguien lo está pensando– no es más que una simplificación del problema.
Nuevas formas de suburbanización engalanada por modernos edificios para la protección oficial para el realojo,
nuevas formas de pobreza encubierta bajo el palio del sobreendeudamiento hipotecario y crediticio (una forma
perversa por cuanto genera la sensación de riqueza en bienes, creándonos la idea de ser más ricos cuanto más
2
Business to business (B2B), Business to consumer (B2C).
Más adelante justificaremos cómo esa fragilidad en el empleo y la incertidumbre que genera sobre el futuro de las personas se
encuentra en el centro de la nueva cuestión social.
4
Utilizando el título de una sabrosa publicación realizada por Equipo Promocions (1999), ‘El empleo de los inempleables’.
5
Y que no deja de transmitir fatalmente la idea de su asunción como algo natural por parte de políticos y empresarios.
3
3
pobres somos, con el único motivo de mover y dinamizar, y de nuevo de una forma ficticia, la economía), nuevas
fuentes de migración económica como consecuencia de esa distribución regresiva de la riqueza de forma
globalizada, fórmulas forzadas de paridad entre géneros que no hacen más que volver a enmascarar la pertinaz
diferencia de género,… son algunos de los síntomas que debemos contemplar pues resiginifican el problema de otra
manera. Una lectura rápida de ellos nos llevaría a la errónea interpretación de estar nombrando de otra manera los
viejos problemas diana de la intervención social. Pero frente a la cuestión social con que se denominaba a los
problemas sociales devenidos de la industrialización, podemos decir que estamos, tomando las palabras de P.
Rosanvallón (1995), ante una nueva cuestión social6.
Esta nueva cuestión social tiene como clave fundamental que aquello que ha sido fuente primordial de crecimiento y
progreso económico y tecnológico, como es la mercantilización de las relaciones sociales y el desarrollo de
individualismo7, ha permitido hacer más grandes esas desigualdades, a pesar de que nuestro imaginario social, en
términos de Castoriadis, está impregnado de una especie de burguesía o clase media generalizada que no es más
que el espejismo de una fragilidad grave. Así, no podemos obviar nuevas formas de endeudamiento y violencia, de
desigualdad ante el empleo y la condición asalariada y la creciente incertidumbre sobre el futuro que se cierne sobre
muchos de nosotros, que dan la pauta de lo que es esa nueva cuestión social.
Quisiera repetir esta idea que nos ofrece Rosanvallón: explotación, pobreza y exclusión no son palabras que
evoquen, desde la historia, el mismo problema pero con diferente vocablo, sino que presentan distintas realidades.
Y lo quiero subrayar porque no estamos ante un espejismo, sino que el concepto de exclusión hace referencia a esa
nueva cuestión social que requeriría de un análisis con mayor profundidad. Bien es cierto que la estrechez de estas
páginas impide una mayor profundización, pero esta idea marca sobremanera aquella otra que pone de manifiesto
que nuestros viejos métodos de intervención, todos los que se dan en las actuaciones de gestión social
tradicionales, son a todas luces ineficaces (Rosanvallón, 1995).
Nuestra intervención, dentro de la orientación sociolaboral, es modesta, pues sólo puede acometer una parte
mínima de la cuestión social que se dibuja, pero debemos emprender con merecida tenacidad otro tipo de
actuaciones, siquiera sean de denuncia, que delimite realmente el problema. Nuestras miradas, y la de los estados,
se han dirigido con frecuencia sobre la exclusión, pero eso es poner el énfasis de nuestras actuaciones sobre los
márgenes del problema. Este acentuado énfasis sobre la exclusión, si bien es necesario, no debe huir de ponerlo
sobre el centro de la cuestión social. Hoy, la naturaleza de los procesos de exclusión no pueden ser cifradas en
términos estadísticos como parte de un colectivo, miopía que sufrimos por el empeño puesto en las estadísticas
gracias a la sociología tradicional, sino que todos los procesos de exclusión se dibujan con trazos individuales
comunes, de carácter biográfico, que tienen cierta relación con desencajes profesionales y rupturas familiares y
sociales. La soledad, la desesperanza y la incertidumbre son los sentimientos que tiñen las subjetividad de muchas
de las personas que atendemos y lo único que generan es un pesimismo paralizante, a veces vergonzante, y un
sentimiento devaluado de ellas mismas. Por eso cada día somos más los que creemos que en el centro de esa
nueva cuestión social, y sin quitar importancia al dramatismo de miles de personas que se encuentran en
desempleo, se encuentra la fragilización generalizada del empleo y la incertidumbre sobre el futuro laboral (Robert
Castel, 1999).
Sé que así planteada la cuestión es ciertamente pesimista, y aun a riesgo de no reflejar acertadamente la realidad,
prefiero que ese tinte pesimista esté presente en nuestras reflexiones como defensa contra la fantasía maníaca de
encontrarnos en una de las primeras economías del mundo donde es inapreciable el dolor, la incertidumbre y la
soledad. La cuestión es compleja y, como siempre, requiere no sólo de reflexión, también de un diálogo entre todos
los actores sociales para resolver un problema conformados por múltiples aristas que hay que limar. A problemas
6
ROSSANVALLÓN, Pierre (1995) La nueva cuestión social. Repensar el estado providencia. Editorial Manantial. Buenos
Aires.
7
Si bien es cierto que las grandes transformaciones de la Revolución Industrial se produjeron en los procedimientos manufactureros
y en la producción fabril, así como en el auténtico cambio dentro del ámbito agrario, la más importante de las revoluciones se
produjo en la lógica mercantil. A través de ella, todos los elementos que entran a formar parte de lo productivo participan de la ley
de la oferta y la demanda. Este presupuesto, incluso después del mayor cambio que se ha producido después de esa Revolución
Industrial, las nuevas tecnologías de la información y el conocimiento, sigue imperando si cabe con más ahínco gracias a las
políticas neoliberales.
4
complejos todos sabemos que se deben dar respuestas complejas. En nuestra mano está acometer estos nuevos
retos con nuevos impulsos.
EL CONCEPTO DE ITINERARIO Y LA RECUPERACIÓN DE LA ACCIÓN ORIENTADORA PARA LA
INTERVENCIÓN SOCIOLABORAL.
La orientación sociolaboral surgió a principios del siglo pasado al amparo de políticas sociales con la finalidad de
adecuar a los jóvenes a un mundo laboral profundamente transformado por la Revolución Industrial y los cambios
realizados por el capitalismo en los procesos productivos. Los Gobiernos fueron haciéndose cargo de una asistencia
social, hasta entonces recluida tras los conventos e instituciones benéficas y la alta burguesía, con el fin de
conseguir el Estado del Bienestar. Entre otros, dos situaciones son las que disparan la puesta en marcha de este
tipo de intervención: la necesidad de disponer de mano de obra preparada a los cambios productivos que se habían
generado debido a la expansión del capitalismo (Álvarez Rojo, 1984) y la exigencia por parte de los movimientos
sociales de la búsqueda de cohesión social que favoreciera el bienestar y desarrollo económico de los países, es
decir, el equilibrio entre el capital y la clase obrera que permitiera disolver conflictos en una sociedad de clases (Mª
Luisa Rodríguez, 1995).
Más que la orientación sociolaboral, si bien que con este tinte tan específico, surge la acción orientadora al amparo
de los Servicios Sociales. Esta acción orientadora, tan nuestra en sus orígenes y tan propia de nuestra
intervención8, se fue institucionalizando con los años hacia el ámbito educativo por entenderse que era el espacio
ideal para ello9; esto es, lo que comenzó siendo una intervención asociada a la acción social para facilitar la
integración laboral, la Administración acabo institucionalizándola pero exclusivamente a través del ámbito escolar.
La consecuencia es clara: la intervención sociolaboral, genuinamente en la base de la acción orientadora, durante
años se ha visto desheredada del marco contextual que la originó.
Los duros años de la crisis petrolífera en los años setenta y los aún más duros de la reconversión industrial
(reindustrialización) de los años ochenta vertieron a las arcas del paro más de dos millones de puestos de trabajo.
La grave situación de desempleo generada se acrecentó con la crisis que se produjo a partir de 1992 en la que no
sólo no se producía empleo sino que se destruía. Ante este panorama, ya en los años ochenta, se empezaron a
crear las primeras empresas de inserción situadas en los márgenes de las ciudades para dar apoyo en el empleo a
una población dañada tanto por una economía incapaz de crear oportunidades laborales como por la droga, una
extrema vulnerabilidad social y la desesperación 10. A estas experiencias le siguió el diseño de un tipo de acciones
intermedias entre la formación y la generación de experiencias reales de empleo a través de los programas de
Casas de Oficios, las Escuelas Taller y los Talleres de Empleo. La formación ocupacional cobró un espectacular
crecimiento como acciones privilegiadas para adecuar los niveles de competencias técnicas de la población
desempleada a las nuevas exigencias en los perfiles ocupacionales que los cambios tecnológicos, el desarrollo del
sector de servicios y la modernización empresarial habían llevado en esos años. Se corona este desarrollo
espectacular de la intervención y la orientación sociolaboral, a mediados de los noventa, con la puesta en marcha, a
través de los fondos estructurales europeos, de las entonces llamadas acciones SIPE, hoy acciones OPEA.
Este vertiginoso crecimiento y espectacular desarrollo de la intervención sociolaboral vino a crearse con el fin de
apoyar a una situación de desempleo severa. Pero es más. Es la historia de un éxito, pues muestra la gran
capacidad de respuesta que en su día tuvieron quienes apostaron por un tipo de intervención. Así, la intervención
8
Buena prueba de ello son los diferentes centros que se impulsaron en todos los países. En España, en concreto en Barcelona, se
creó ya en 1908 el Museo Social desde donde se intentaba facilitar ayuda a la clase trabajadora.
9
Los institutos y centros que se empezaban a crear en España para realizar esa actividad orientadora, fueron regulados
institucionalmente dentro de los Institutos y pasaron a depender del Ministerio de Instrucción Pública durante la IIª República. Hoy,
con la LOGSE se da un último paso en esa institucionalización pues incorpora definitivamente la figura del orientador dentro del
sistema educativo de una manera definitiva y estable.
10
La Fundación Tomillo fue pionera en esta actividad para la inserción. Casi 20 años después se regula este tipo de actividad de
inserción.
5
sociolaboral resurge en estas últimas décadas con renovado vigor dispuesta a dar respuestas concretas a
necesidades concretas.
Hoy, el testigo de ese desarrollo lo tenemos nosotros, los/las profesionales de la intervención y orientación
sociolaboral.
En el ánimo de la Fundación Tomillo –que hemos sido testigos y, también, protagonistas de este resurgir de la
intervención sociolaboral desde los inicios– está continuar avanzando en esas metodologías y estrategias.
Desde nuestro trabajo diario hemos ido creando un Centro para el empleo en donde integrar diferentes acciones,
todas ellas destinadas a distintos ámbitos y objetos de intervención, con el fin de intentar dar respuestas globales a
las necesidades de las personas en relación con la inserción sociolaboral y socioeducativa. Desde la formación
ocupacional a la formación reglada (Garantía Social, Formación Profesional) o la formación en Certificaciones
Profesionales (Cisco y Microsoft) para jóvenes que abandonaban prematuramente el sistema educativo, desde un
Centro de Información Juvenil a un Servicio de empleo pasando por un espacio cibernético de acceso público,
desde empresas de economía social (jardinería, ayuda a domicilio o limpiezas) a programas de orientación e
información para el empleo, desde acciones concretas para el desarrollo de aspectos personales relacionados con
la ocupabilidad a acciones de intervención con los centros educativos del barrio y otras entidades para la promoción
social y cultural de jóvenes entre culturas, desde acciones destinadas a la brecha digital y la divulgación tecnológica
al fomento de actividades para la integración de población inmigrante, desde el asesoramiento a entidades sociales
y las ONG al fomento del autoempleo o la detección de actividades para la gestión de microcréditos grupales, …
todas ellas actividades encaminadas a dar respuestas a las necesidades en relación con el empleo.
Pero estas necesidades son singulares y diversas, y las respuestas serán siempre parciales y, en muchos casos
insuficientes. En la inquietud por intentar aportar respuestas más globales, esto es, hilvanar todas estas
actuaciones, vino en mientes el concepto de itinerario, el cual, en nuestro propio imaginario, suponía la respuesta a
la búsqueda de esas soluciones globales.
Sin embargo, este concepto aplicado a nuestro trabajo cotidiano, lejos de aportarnos soluciones, cuestionó nuestras
prácticas en la orientación sociolaboral. Si bien es un término que incluimos en nuestro vocabulario cotidiano, en la
práctica diaria paralizó nuestra acción a favor de una reflexión seria, crítica y serena que tanto estábamos
necesitando.
Al menos, en la Fundación Tomillo, es un término que nos ha permitido, no tanto el desarrollo de una metodología,
que probablemente no tenga mucho de original, como la generosa aportación de restaurar algunas perspectivas que
estaban ya ahí y rescatarlas en nuestro trabajo cotidiano: la acción orientadora.
LA APLICACIÓN DEL CONCEPTO ‘ITINERARIO’ FACILITA UNA CRÍTICA A LAS PRÁCTICAS HABITUALES DENTRO DE LA
INTERVENCIÓN SOCIOLABORAL…
Lo cierto es que la aplicación del concepto de itinerario nos puso de manifiesto algunos elementos que iban a
imposibilitar realizar una orientación para que la persona hiciera sus propios itinerarios. Sin abundar mucho en este
tema, y sólo como muestra, algunos de estos elementos son:
 Recursos poco adecuados: estos recursos (acciones formativas, acciones grupales de orientación, etc.) están
poco articulados entre sí, rígidos y no son constantes. Necesitamos, pues, recursos más adecuados constantes
y tejidos en red desde todas las entidades sociales y corporaciones públicas.
 Formación ocupacional anquilosada en conocimientos y destrezas, formación propia de la era industrial, sin
ocuparse del desarrollo competencial de las personas, propia de la era de servicios. Necesitamos apropiar para
nuestra intervención el concepto más globalizador de ‘competencia’ utilizado desde la gestión de los Recursos
Humanos.
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 Primacía de los recursos: Desde la orientación se pone excesivo énfasis en los recursos y acciones obviando
con frecuencia el recurso más inmediato que posee la persona atendida: el/la orientador/a mismo/a.
Necesitamos recuperar la relación entre orientador/a y orientado/a.
 Basamos nuestra intervención de asesoramiento en discursos unidireccionales o una especie de ‘pedagogía
del sermón. Necesitamos construir otro tipo de relacionados con una ‘pedagogía del acompañamiento’.
 Intervenciones puntuales al servicio de la ansiada inserción laboral: todos nuestros esfuerzos orientadores
quedan fagocitados bajo el imperativo de la inserción laboral. Necesitamos redefinir nuestros objetivos a la luz
de una nueva idea de ‘ciudadanía’.
 Usamos como esquema de nuestras intervenciones los propios de los procesos de selección. Excesivo énfasis,
pues, en el curriculum vitae y en el desarrollo de habilidades para resolver satisfactoriamente los sofisticados
procesos de selección. Necesitamos apoyar otros aspectos de la persona en un proceso de construcción de
itinerarios.
 Con frecuencia tratamos de eludir aspectos personales con el prejuicio de no estar llamados a entrar en otras
esferas de la persona que no sean las directamente relacionadas con el empleo. Necesitamos tener configurar
nuestras intervenciones desde una concepción global de la persona.
 Del paternalismo al tecnicismo: imperan los modelos asistencialistas o, como contra, un maternaje excesivo en
nuestra intervención. Necesitamos modelos centrados en la persona que supongan una ayuda profesionalizada
de apoyo y acompañamiento en sus procesos.
Ante la insuficiencia de las prácticas que estábamos llevando a cabo, y a fin de crear una metodología que
permitiera integrar en los procesos que planteaban las personas atendidas, el concepto de ‘itinerario’ nos permitió
recuperar la acción orientadora como clave esencial del trabajo a realizar. Es decir, aquella acción orientadora que
surgió a principios del s. XX, como hemos señalado en los párrafos de arriba; acción orientadora hoy enriquecida
con aportes de diferentes corrientes de pensamiento de las ciencias humanas y sociales (el psicoanálisis, las
corrientes humanista y la aportación a la relación de ayuda de C. Rogers, el constructivismo y la Psicología
cognitiva), ciencias (antropología, pedagogía y Psicología) y disciplinas afines (orientación psicopedagógica, trabajo
social, Psicología clínica, la selección de personal y gestión de recursos humanos, etc.).
… Y NOS PERMITE RESCATAR LA ACCIÓN ORIENTADORA PARA LA INTERVENCIÓN SOCIOLABORAL.
Al menos así lo hemos entendido desde la Fundación Tomillo. Si en algo da luces este concepto de ‘itinerario’ con
relación a nuestra intervención es en la necesaria recuperación de la acción orientadora en sí misma.
El concepto de orientación sociolaboral da la impresión de ser un sombrero de tres picos, donde todos y cada uno
de los términos que la componen poseen pareja importancia. Sin embargo, en el trabajo diario, todos sabemos que
el último de ellos, ‘lo laboral’, suele fagocitar a los otros dos. Este hecho convierte, con frecuencia, a nuestras
entidades más en agencias de colocación que en recursos para el empleo de carácter social y a nuestra profesión la
acerca más a la gestión del empleo que a la orientación en sí misma. Creo que esta preeminencia de la laboral
frente a los otros dos términos acaba desenfocando nuestra labor como orientadores y provocando cierta miopía en
nuestra intervención, además de hacer soberanamente aburrido nuestro trabajo.
Seguramente, para muchos de nosotros, esta profesión no la hemos elegido; nos ha elegido ella a nosotros. Pero es
nuestra obligación dignificarla y enriquecerla, situarla en el lugar donde nos marca su origen histórico: ‘el ámbito
social’. ‘Lo social’ nos puede dar una óptica diferente; desde luego más enriquecedora. Resaltar este segundo
término del concepto ‘orientación sociolaboral’, situarlo en el mismo nivel que ‘lo laboral’ nos permitirá recuperar el
concepto de ‘ciudadanía’ y desatar al empleo como único objetivo para convertirlo, de esta manera, en vehículo vehículo privilegiado pero no el único- de nuestra actuación, a través del cual facilitar que las personas encuentren
su lugar, sujetas a derechos y deberes, en la sociedad. Sin querer abundar en la idea de ‘ciudadanía’ 11, me parecía
necesario traerlo aquí para situar esta reflexión en el centro del concepto de ‘orientación sociolaboral’.
11
Para profundizar en este concepto acudir a “Orientación Sociolaboral Basada en Itinerarios”, Fundación Tomillo, 2003.
7
Así, desde estos dos términos, ‘lo laboral’ y ‘lo social’, podemos delimitar nuestros objetivos en el trabajo diario. Sin
embargo, hay un tercer término en el que quiero centrarme aún más y que merece un lugar privilegiado a la hora de
configurar nuestras funciones y actuaciones específicas: ‘la orientación’.
¿Nuestro trabajo consiste en que las personas encuentren trabajo o en que sean autónomas a la hora de buscarlo?;
¿Debemos ayudar a que las personas definan simplemente su objetivo ocupacional –que en sí ya puede tener
grandes dificultades- o a que las personas recuperen o reformulen sus propios proyectos vitales donde el empleo va
a ser parte importante?; las competencias profesionales sobre las que queremos incidir ¿de verdad se implican
exclusivamente en ámbitos laborales o, por otro lado, son fundamentales para vivir nuestro espacio vital y social con
mayor satisfacción?; ¿es posible que las dificultades laborales, los problemas que las personas puedan tener en ese
ámbito, sean formas que tienen de resolver dificultades también en su vida cotidiana y, por lo tanto, requiere una
actuación más globalizadora o integradora por nuestra parte?, etc.
Tal vez no haya estado afortunado en cómo he formulado estas preguntas, pero en su contenido quisiera plasmar
un ‘ir más allá’ que la simple actuación sobre lo ‘laboral’.
Recuperar la acción orientadora para nuestro trabajo diario exige partir de una definición de lo que es orientación.
Una definición amplia de orientación nos la da A. Pérez (1984) cuando dice que es un proceso de ayuda
profesionalizada hacia la consecución de promoción personal y de madurez social 12.
A lo largo del siglo XX –como ya hemos señalado– se ha producido una cierta usurpación de esta acción
orientadora por el ámbito de actuación educativa 13. Si bien es verdad que probablemente ése sea un espacio
privilegiado para realizar esta acción orientadora, también es verdad que no es el único. Por ello, recuperar su
historia, el origen desde el que surgió la acción orientadora, nos ha permitido devolver, con legitimidad, la posibilidad
de realizarla dentro del ámbito de lo social.
Esta acción orientadora, recuperada para la intervención sociolaboral, nos marca una serie de principios que,
inevitablemente, van a condicionar las funciones y roles del orientador sociolaboral, los ámbitos y niveles de
intervención, así como las herramientas de valoración diagnóstica y las estrategias de intervención.
Mª Luisa Rodríguez, autora de referencia en España que ha dedicado gran parte de su esfuerzo investigador,
divulgativo y docente a la orientación vocacional y profesional, ha sintetizado los principios que rigen la acción
orientadora en siete puntos concretos (Mª Luisa Rodríguez, 1996). Éstos siete puntos son: (1) la orientación se
ocupa del desarrollo de las personas estimulando sus potencialidades; (2) la acción orientadora descansa en
procesos de conducta individual, enseña a desarrollarse direccionalmente más que a ubicarse en un final previsto;
(3) la orientación se centra en un proceso continuo de confrontación y encuentro consigo mismo y se dirige hacia la
propia responsabilidad, a la toma de decisiones, a la acción progresiva y al futuro; (4) la orientación debe ser
estimulante, alentadora e incentivadora, se debe centrar en el objeto, propósito o incidente en la toma de decisiones
responsable, enseñando a utilizar la información y a clarificar las propias experiencias; (5) debe ser cooperativa,
nunca aislada ni obligatoria, así el orientador es un colaborador y asesor; (6) en un proceso de ayuda en momentos
clave, se trata de asesorar periódica e intermitentemente; (7) reconoce la dignidad y la valía de las personas y su
derecho a elegir; incluye a todas las personas, con su problemática, y que tengan deseos de acrecentar su
desarrollo escolar y/o laboral.
Estos siete puntos son resumidos por esta autora en tres principios: principio de prevención, para ‘anticipar
circunstancias obstaculizadoras y problemáticas’; principio de desarrollo, principio que ‘promueve la educación
integral de la persona; y principio de intervención social, con el cual se actúa ‘hacia la consecución de cambios’.
Ahí, en esta constelación de principios, situamos el diseño y desarrollo de una metodología y procedimiento de
asesoramiento y orientación con el fin de que la persona construya su propio itinerario hacia la mejora de la
empleabilidad y la inserción.
12
Tomada de Rodríguez Moreno, 1994.
Se ha institucionalizado la acción orientadora, como dice A. Rojo (1994), a través de una ‘confluencia’ de la acción orientadora
hacia un ámbito que se ha creído natural para realizar estas actuaciones: el ámbito educativo.
13
8
‘ORIENTACIÓN SOCIOLABORAL BASADA EN ITINERARIOS’, UNA PROPUESTA METODOLÓGICA
DE INTERVENCIÓN.
En la búsqueda de una definición de itinerarios nos encontramos con definiciones bastante descriptivas de lo que
era un itinerario pero que poco nos aportaban a los intereses que nos movían en la Fundación Tomillo a la hora de
aplicar este concepto a nuestra intervención. Estas definiciones, por lo general eran todas similares a esta: conjunto
de actividades secuenciadas que las personas atendidas que deben recorrer con el fin de facilitarles recursos para
su inserción. Este tipo de definiciones, si bien creemos que son acertadas, tan sólo se quedaban en una somera
descripción. Nosotros necesitábamos otra que estuviera más en consonancia con esa acción orientadora que
queríamos recuperar y con las reflexiones que nos había dejado el concepto de ‘itinerario’ aplicado a nuestra
intervención.
Por ello, nos enfrentamos a la necesidad de definir el concepto de ‘itinerario’ en términos de procesos, dentro de una
concepción más amplia y que diera cabida al desarrollo de un procedimiento concreto de actuación. Así
entendíamos que si por itinerario hacíamos referencia a ‘un enfoque de la orientación sociolaboral centrado en la
persona que permite construir un proceso con carácter pedagógico y encaminado a un cambio de una situación
actual a otra deseada’ estábamos más en consonancia con nuestras intenciones.
De esta definición me gustaría resaltar tres elementos concretos:



Proceso: no es una intervención puntual, sino que la orientación sociolaboral basada en itinerarios era una
actuación dinámica, continua y focalizada en metas concretas, donde estaban implicados distintas esferas de
la persona, no sólo aquellas estrechamente ligadas a lo laboral.
Carácter pedagógico: incita al desarrollo, adquisición de competencias para llevar a cabo un proyecto
personal, para la configuración o recuperación de esos proyectos.
Cambio: la definición que Brandsford y Stein (1984) nos dan de lo que significa ‘problema’, definición dada
en términos de ‘cambio’, se ajustaba sobremanera a muchas de las demandas que nos encontrábamos en
nuestros programas. Al final, siempre supone un cambio y esto nos permitía tener presente en todo el
proceso otro tipo de conceptos relevantes: resistencias al cambio, estrategias para el cambio, proceso de
toma de decisiones para el cambio, recursos personales para el afrontamiento con autonomía de ese
cambio, ajuste de expectativas y realidad para contextualizar el cambio, recursos para situarse sin ansiedad
ante la complejidad de lo nuevo que supone un cambio, etc.…
Aquí, pues, es donde encontramos la clave de la intervención: ¿cómo nos situamos ante los deseos e intereses de
los demás cuando se plantean o se ven obligados a realizar un cambio?, ¿cómo nos posicionamos ante la demanda
del otro como orientadores?, ¿qué ritmos debemos adoptar para facilitar a las personas esos cambios sin que la
ansiada inserción laboral que nos marcan los programas fuercen dichos ritmos?, etc.
Desde este punto, bien que muy esquemáticamente presentado, el concepto de itinerario cuestiona nuestro propio
rol como profesionales. Desde la Fundación Tomillo entendemos que ‘si nuestro trabajo consiste en fomentar la
autonomía, recuperar la capacidad para tomar decisiones y responsabilizarse cada no de su propio proyecto vital,
asumiendo todas las circunstancias que caracterizan las situaciones personales y sociales, el orientador nunca tiene
que dar soluciones. Nuestro trabajo consistirá en facilitar los recursos y proponer los métodos para que sea cada
persona quien busque esa solución o se dé una respuesta a su demanda. Tan es así, que se puede casi afirmar que
lo importante no es qué hacemos con la demanda del otro, de la persona que tenemos enfrente, sino cómo nos
situamos ante esta demanda como orientadores’14.
14
“Orientación Sociolaboral Basada en Itinerarios”, Fundación Tomillo, 2003.
9
El procedimiento metodológico15 de intervención que hemos desarrollado en la Fundación Tomillo obliga a
contemplar esos interrogantes, a respetar el ritmo, los plazos, los intereses, las necesidades y las dificultades que
todas las personas, todas en mayor o menor grado, tenemos.
En el siguiente esquema situamos gráficamente este procedimiento de intervención y presento esquemáticamente la
metodología:
Recursos para el
itinerario
1
Grupos de Orientación
Fase de Acoda
PROCEDIMIENTO METODOLÓGICO DE INTERVENCIÓN
Entrevista
de
Acogida
Entrevista de
Diagnóstico
Entrevista
de
Devolución
Tutorías de Búsqueda
Experiencias facilitad.
Taller Habilidades
2
Intermediación laboral:
Ofertas de empleo
Fase de Desarrollo
Entrevistas
de
Seguimiento
Entrevistas de
Mantenimiento
Formación Ocupac.
Entrevistas de
Renovación
Compromiso
Formación a Medida
Taller Igualdad Oport.
Empleo Tutorizado
3
Fase de Cierre
Entrevista de
evaluación y cierre
Entrevista de
Seguimiento
Este procedimiento parte de las siguientes premisas:
1)
2)
3)
4)
5)
La persona participante es la única protagonista de la intervención de tal manera que sus decisiones,
intereses y objetivos son siempre respetados (aunque en algunos casos el orientador debe ayudar a la
persona a realizar los ajustes oportunos).
La participación en el programa tiene carácter voluntario. Un proceso de orientación sólo tiene sentido
si la persona siente la necesidad, percibe la oportunidad y considera que es el momento de participar.
En nuestra metodología entendemos que intervenimos dentro de un proceso de cambio que la persona
realiza, esto es, nuestra intervención tiene un carácter procesual; proceso que, en algunos casos, no
empieza cuando la persona se incorpora a nuestro programa y que, generalmente no termina cuando
finaliza nuestra intervención.
Fomento de la autonomía de la persona (no se trata tanto que el orientador resuelva y decida por la
persona como que la persona atendida se sienta apoyada y acompañada en la búsqueda de
soluciones).
Desarrollo de la responsabilidad (evitar cualquier tinte de obligatoriedad, la persona atendida está y
permanecerá en el programa porque considera que lo necesita y aporta).
La ejecución de este procedimiento tiene, metodológicamente, los siguientes elementos:
1)
2)
3)
15
Recuperando la TUTORIZACIÓN de los procesos: se trata de descentrar una intervención tradicional
centrada en acciones y recursos, para llevar al centro de la orientación misma la relación entre
orientador/a y orientado/a.
Dando mayor relevancia al TRABAJO EN EQUIPO: frente a la importancia que cobra la relación entre
orientador/a y orientado/a, como mecanismo de control el equipo ayuda a evitar los sesgos propios de
ese tipo de intervención.
Se realiza un DIAGNÓSTICO DE LA EMPLEABILIDAD desde las primeras entrevistas con los
objetivos de:
1. Conocer las posibilidades, limitaciones y fortalezas de las mujeres atendidas.
2. Favorecer y facilitar que las personas atendidas puedan tomar decisiones con respecto a su itinerario.
Ibidem
Recursos en
otros centros
10
4)
3. Que la persona atendida conozca sus posibilidades ocupacionales para desarrollar a través de su
itinerario.
Ofrecimiento a las personas participantes en nuestros programas de participación en otro tipo de
ACTIVIDADES PARA LA PROMOCIÓN SOCIAL Y CULTURAL con el fin a consolidar redes sociales
de apoyo y una mayor participación ciudadana.
LA EVALUACIÓN Y EL DIAGNÓSTICO COMO SOSTÉN DE UN PROCEDIMIENTO DE INTERVENCIÓN.
Una disciplina se va construyendo en la medida en la que va adecuando sus actuaciones concretas a los objetos
sobre las que recaen. Con el ánimo de delimitar estos objetos, aspectos concretos sobre los que intervenir en
orientación sociolaboral, y antes de abordar tanto el desarrollo de una herramienta de diagnóstico, como las
estrategias para la mejora de la empleabilidad, voy a resumir estos aspectos concretos a la luz de los ámbitos que
alumbran la acción orientadora recuperada.
En cuanto a las estrategias de diagnóstico y mejora de la empleabilidad, trataré sucintamente de desarrollar la idea
de que la mejor estrategia para un diagnóstico reposa más en la metodología que en la herramienta en sí, así como
que la mejor estrategia para la mejora de la empleabilidad reposa en ese diagnóstico entendido dinámicamente
como un proceso continuo de evaluación.
Tomando en consideración los ámbitos de intervención en orientación sociolaboral, cualquier proceso de orientación
y asesoramiento destinado a la construcción de itinerarios para la mejora de la empleabilidad y la inserción laboral,
debe iniciarse con un proceso diagnóstico. Sin embargo, este proceso diagnóstico no se agota en sí mismo, sino
que es una parte primera de todo un proceso de evaluación que se debe seguir a lo largo de toda la intervención.
A la hora de diseñar una herramienta que facilite este diagnóstico, no se debe olvidar ese proceso más amplio que
es el de la evaluación. Por ello, esa herramienta debe de estar conformada como un registro acumulativo donde ir
recogiendo incidentes, avances, situaciones (anecdotario), observaciones que se vayan produciendo a lo largo de
todo el proceso.
Esto tiene una clara implicación: el proceso de diagnóstico no es un hecho separable del proceso de orientación,
sino que es una acción de orientación en sí misma, que debe llevar a la persona a encontrarse con sus experiencias
del pasado, a confrontarse con su realidad, a comprender más la situación en la que se encuentra. Se puede decir,
que el proceso diagnóstico finaliza en el momento que finaliza el proceso de orientación.
El/la destinatario/a de un diagnóstico no debe estar en que el/la orientador/a obtenga información relevante para
conocer más a su orientado/a; el/la destinatario/a de ese diagnóstico es la persona atendida, por lo tanto se debe de
realizar una entrevista de devolución con la información obtenida. Y la finalidad del diagnóstico siempre será
esclarecer las fortalezas y las carencias para promover estrategias de intervención y facilitar la toma de decisiones.
A la hora de considerar el diagnóstico hay dos aspectos importantes: el diseño y conceptualización de una
herramienta o instrumento diagnóstico, por un lado, y la metodología a utilizar para la obtención de la información
sobre la base de ese instrumento, por otro lado.

En cuanto al diseño y conceptualización (qué recoger, qué medir, qué valorar, qué variables tener en cuenta,...)
de la herramienta requiere una reflexión profunda de lo que se entiende por empleabilidad, de las variables que
inciden en esa empleabilidad y de los ámbitos sobre los que recaerán las acciones concretas de nuestra
intervención.
Con toda seguridad no puede establecerse un diagnóstico único para todos los programas, todos los colectivos
y todas las entidades; sin embargo, es necesario encontrar consensos entre todos los/las profesionales sobre
esos aspectos conceptuales de la herramienta. Este tipo de herramienta se puede completar con medidas
cualitativas estandarizadas que existen en el mercado siempre que el/la orientador/a estime oportuno.
11

Así, pues, en la construcción de una herramienta no estandarizada, en su diseño, debemos considerar
diferentes elementos: Registros de datos, Genogramas, Informes, Observaciones, Variables de medida,
Balance, Grado de definición de su proyecto personal.
En cuanto a la metodología empleada, si cabe, tiene más importancia que los diferentes elementos que entran
a formar parte del diseño del diagnóstico. Mª Luisa Rodríguez (1995) señala: ‘Actualmente se admite que la
evaluación de una persona no es algo mecánico, ni analítico a ultranza, que intervenga sobre ella como si fuera
un objeto mensurable. Si no, todo lo contrario, la evaluación deviniese un proceso dinámico que dependería de
cómo interactuasen contexto y atributos individuales’. Desde esta perspectiva, el diagnóstico como un ‘proceso
dinámico’, los elementos subjetivos, las percepciones y sensaciones del/la orientador/a tienen tanta
importancia, en la medida en que son signos y fuentes de información a considerar en el proceso de
diagnóstico, como tienen riesgos de sesgo.
En la Fundación Tomillo, como parte integrante de la metodología a emplear, utilizamos el Estudio de Caso por
parte del equipo de orientadores y orientadoras, para evitar los sesgos que se puedan producir por el/la
orientador: su propia biografía, sus experiencias previas, su pericia como orientador/a y el tipo de vínculo
realizado con la persona atendida que dependerá de las características personales del orientador/a.
Pero no sólo estos aspectos pueden suponer un grave sesgo en la valoración del grado de empleabilidad de la
persona y en la detección de sus necesidades. El proceso diagnóstico no sólo se centra en la persona. En la
valoración de esa empleabilidad entran a formar parte el grado de conocimiento que la persona tenga del
mercado laboral, de las fluctuaciones y cambios de ese mercado en el ámbito local, de los requisitos exigidos
por los empleadores y del grado de conocimiento de la ocupación y/o profesión de interés de la persona
atendida.
En cuanto a la importancia de la metodología estriba en la necesidad de que el orientador no caiga cautivo de
la propia herramienta en sí, esto es, el sujetarse demasiado en la obtención de los datos concretos rigidifica
nuestra postura ante la persona a valorar y perder información muy valiosa para un diagnóstico.
En la intervención sociolaboral basada en itinerarios, el diagnóstico es un proceso que no se agota en una sola
entrevista, sino que es un proceso vivo que finaliza cuando finaliza el proceso de orientación. Para la elaboración de
nuestra herramienta diagnóstica, y a modo de resumen de lo planteado con relación a esa herramienta, partimos de
varias premisas:
1.) El diagnóstico es parte del proceso de orientación, proceso dinámico en sí mismo y punto de partida para
otro de evaluación más amplio que abarque toda la intervención.
2.) El diagnóstico se realiza con la finalidad de que la persona se conozca un poco más y ayude a confrontar
y comprender determinados aspectos de su vida.
3.) La finalidad del diagnóstico es la toma de decisiones por parte de la persona.
4.) El diagnóstico tiene carácter subjetivo y posee sesgos que pertenecen al propio orientador: conocimiento
que el orientador tiene del mercado, sus propias experiencias y biografía, sus características de
personalidad, por ello hay que introducir el estudio de caso entre el equipo como parte insoslayable del
diagnóstico.
5.) La herramienta debe tener: recogida de datos y análisis de los mismos, valoración de variables,
anecdotario, …
6.) Un proceso de diagnóstico debe estimar datos de su biografía, emociones, actitudes, pensamientos,
características y rasgos más evidentes, aptitudes e intereses, sociabilidad...
7.) En determinados casos hay que introducir la dimensión cuantitativa a través de pruebas estandarizadas.
8.) Debe permitir recoger observaciones, registros de datos, escalas y cuestionarios, técnicas para la
autobiografía.
9.) El instrumento debe tener registros acumulativos para valorar los cambios producidos en todo el proceso
de evaluación.
¿Cómo se imbrica este diagnóstico de la empleabilidad con un proceso más global de evaluación, proceso que está
en la base de todo el itinerario?. Para finalizar y no extendernos más sobre el tema, presentamos un esquema para
que se vea gráficamente en qué momentos ir realizando ese proceso de evaluación:
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Evaluación,
feedback y Toma de
decisiones en la
realización de algún
recurso. Firma de
compromiso.
Evaluación, feedback y
Toma de decisiones en
la realización de algún
recurso. Firma de
compromiso.
Evaluación, feedback y
Toma de decisiones en
la realización de algún
recurso. Firma de
compromiso.
Evaluación, feedback y
Toma de decisiones en
la realización de algún
recurso. Firma de
compromiso.
Entrev.
Evaluación y
cierre
ETC....
Acción
mantenimiento
empleo
Entrev.
Renov. Y
compromiso
empleo
FASE DE CIERRE
Acción
formativa o de
búsqueda de
Entrev.
Renov. Y
compromiso
empleo
Acción
formativa o de
búsqueda de
Entrev.
Renov. Y
compromiso
empleo
FASE DE DESARROLLO ITINERARIO
Acción
formativa o de
búsqueda de
Entrev.
Devolución
Entrev.
Diagnóstico
Entrev. Acogida
FASE DE ACOGIDA
Evaluación de todo el
ciclo del itinerario y
feedback final de todo
el proceso emprendido
desde sus inicios.
Acción orientadora y acompañamiento: un maridaje facilitador de la intervención sociolaboral.
¿Qué es acompañar si no una actividad encaminada a apoyar un proceso de crecimiento hacia una mayor
autonomía?, ¿qué es acompañar si no fortalecer y vigorizar la capacidad de las personas para tomar decisiones por
sí mismas?, ¿qué es acompañar si no facilitar la activación de aspectos personales que permitan a la persona
definir más nítidamente sus proyectos vitales y mirar con mayor confianza hacia el futuro?,… Preguntas como estas,
que no son más que afirmaciones por mi parte, nos ayudan a rescatar el acompañamiento como base fundamental
de un proceso hacia la inserción social y laboral. La acción orientadora debe tomar claramente esta óptica del
acompañamiento para su intervención, frente a esa otra pedagogía del sermón que tantas veces se utiliza.
Acompañar es ser testigos de un proceso, un mirar hacia los esfuerzos del otro, un situarse en medio de sus dudas
e inseguridades sin querer dilucidarlas suplantando el protagonismo de la persona, más bien llevados por nuestro
propio temor a sentirnos perdidos, a no dar, con cierta omnipotencia, respuestas y soluciones rápidas y eficaces,
impidiendo que la persona construya su camino, haga su itinerario.
Si como planteo yo aquí, el acompañamiento no es parte de un menú, sino que es la esencia de la acción
orientadora, ¿desde qué lugar se plantea el acompañamiento?, ¿a qué lugar es precipitado el profesional?, ¿qué se
entiende por estrategia para un acompañamiento?, ¿qué tipo de estrategias existen?. Todas ellas preguntas que me
permitirán seguir presentando una concepción del acompañamiento pero que difícilmente pueden encontrar
respuesta aquí.
Es difícil que se pueda pergeñar una única estrategia que defina y acote los postulados básicos de un
acompañamiento social y laboral, pues esta actividad entrañaría una implicación básica en términos, casi, de
posición ética desde la que ensayar respuestas de intervención. A la hora de plantear qué es y cómo se hace un
acompañamiento, qué beneficios tiene y cuáles son los elementos que nos permiten discernir entre una intervención
por el acompañamiento y otro tipo de intervenciones, es decir, previo a la realización de un cierto esfuerzo
sistematizador, creo necesario tratar de dilucidar cuál es nuestro posicionamiento confrontando dos particularidades
metodológicas: por un lado, aquella que estandariza y generaliza sus presupuestos, conocimientos, métodos y
objetivos de intervención; y, por otro lado, lo que podría entenderse como una intervención caso por caso o caso
único. Ninguna de las dos posturas es ineficaz, ambas pueden ser practicadas a sabiendas de los inconvenientes
que cada una tiene.
Así, en la primera postura, si establecemos estrategias estandarizadas y universalizadoras para un
acompañamiento, sería necesario establecer unos presupuestos arriesgados, por cuanto esta estrategia partiría de
una saber previo de cómo son y qué les ocurre a las personas que atendemos, cómo van a evolucionar y cuál es el
13
abanico de resultados previstos que permita evaluar el proceso. Este posicionamiento no deja de ser presuntuoso,
minimizando la imprevisión y reduciendo directivamente la intervención.
En la segunda postura, si como señalamos es acompañamiento no es tanto marcar una senda con un final
previsible, sino subirse al galope de los sueños, ilusiones, desencantos y dificultades de las personas atendidas en
la búsqueda de sus propios intereses proyectados hacia el futuro, un proyecto vital. En esta postura, el
acompañante nunca puede alzarse con el mando y la dirección del proceso. Aquí no existe estrategia si no es
aquella que la persona decide seguir, y el final es un imprevisto del que el acompañante se convierte en testigo que
ayuda, apoya, asesora y vigoriza los procesos individuales y singulares.
La primera postura, más científica, favorece la investigación y el desarrollo de herramientas y estrategias desde las
que se pierde cierta singularidad. La segunda postura, más ingenua, promueve que la dirección del proceso lo tenga
la persona con el riesgo de convertirse en un laissez faire con la posibilidad de perder de vista las metas y objetivos.
Decía más arriba que adoptar una de estas dos posturas exige un posicionamiento ético y modula un enfoque
básico de la intervención. Estoy seguro que debemos continuar ensayando prácticas que nos permitan en algún
momento dilucidar cuál de las dos posturas es la más oportuna o en qué momento y para qué situaciones son
eficaces una y otra.
Sin embargo, a parte de esta disparidad de posturas, algunas FUNCIONES PARA EL ACOMPAÑAMIENTO deben ser
comunes, sobre todo aquellas que diseñan las funciones del acompañante sociolaboral. Se me ocurre que alguna
de estas funciones, aunque no tienen por qué ser las únicas, son:
1)
El/la orientador/a como contenedor de ansiedades e inseguridades de la persona atendida.
a. Ante sí mismo/a: El acompañante es sostén frente al desaliento, los temores, las inseguridad,… que
surgen de sí mismo, de esferas de su personalidad que va descubriendo o que se van poniendo en
juego en el camino hacia la inserción o en el puesto de trabajo. La contención iría por el camino de
proveer claves a la persona para que comprenda qué le está ocurriendo y por qué suceden ese tipo
de emociones ante lo nuevo o lo desconocido.
b. Ante lo nuevo: Igualmente, ayudar a la persona a situarse sin ansiedad ante nuevos escenarios, a
exponerse a los mismos sabiendo y conociendo qué hay de nuevo y cómo es eso que es nuevo.
2)
El/la orientador/a como modelo para la identificación (se ofrece como tal)
a. La intervención constante con el/la orientador/a sitúa a la persona ante un mundo nuevo y ordenado,
que funciona con agenda y horarios y que tiene unas claves y hábitos de relación que suelen ser
generalizables en los ámbitos social y laboral. Hábitos, por ejemplo, como dar la mano para saludar,
signos de cortesía, higiene, ropa adecuada, estilo de comunicación,…
b. El/la orientador/a muestra a la persona atendida modos de actuar y reaccionar en diversas
situaciones de la vida cotidiana y laboral a los que la persona atendida no está acostumbrada,
rompiendo modelos estereotipados de vinculación.
c. El/la orientador/a ejerce como una figura auxiliar del Yo por cuanto puede asumir funciones que el yo
de la persona atendida no puede desarrollar para llevar a cabo determinadas actividades.
3)
El/la orientador/a como refuerzo y apoyo
a. El desarrollo de aspectos personales para el ejercicio de una ocupación y del yo social, alentando la
capacidad creativa en desmedro de aspectos más desajustados, canalizando inquietudes, intereses y
afinidades con las aptitudes de la persona atendida. En ocasiones, la persona puede que no esté en
el momento de manifestar intereses y desarrollar capacidades, por lo que forzar el acompañamiento
en esta línea puede hacer precipitar en la persona atendida a la angustia o despertar inseguridades.
b. Apuntalar las fortalezas, desvelar las carencias y tonificar el abanico de posibilidades y el repertorio
de recursos que la persona posee para que vaya logrando mayor autonomía.
c. Percibir, reforzar y desarrollar la capacidad creativa de la persona atendida en su proceso de toma de
decisiones y resolución de problemas.
4)
El/la orientador/a como gestor de información para incrementar mayor comprensión
14
a.
b.
c.
5)
Ofrecer información para una mayor comprensión del entorno en el que se va a desenvolver y en el
que va a desarrollar sus actividades.
Ofrecer constante retroalimentación sobre su comportamiento, avances, niveles de compromiso y
autonomía, sobre cómo gestiona su propio proceso y aprendizaje.
Señalamientos que faciliten a la persona comprender con mayor nitidez algunas de sus reacciones,
dificultades y comportamientos.
El/la orientador/a como agente resocializador
a. Establecer redes de relaciones, ampliarlas, desarrollarlas y estabilizarlas como un objetivo básico
para algunas de las personas con las que trabajamos.
b. Fomentar el vínculo con las instituciones a través de su participación en ámbitos laborales, entidades
para participación social y en centros para la promoción cultural.
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