LITERATURA Y VIOLENCIA EN COLOMBIA: LECTURAS Y CONTRALECTURAS 1

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LITERATURA Y VIOLENCIA EN COLOMBIA:
LECTURAS Y CONTRALECTURAS1
Por: Jairo Hernán Uribe Márquez
“Con Amor o con odio,
pero siempre con violencia”
CÉSARE PAVESE
1. DE PEROGRULLO
La frase del epígrafe, escrita por el poeta italiano en su intenso recorrido hacia la negación
de sí mismo, creo que ilustra muy bien los múltiples significados, posibilidades y
dificultades, que conlleva el fenómeno de la ‘violencia’. La violencia (aunque no nos
guste expresarlo en voz alta) se considera un principio esencial e insoslayable de la vida
misma. La vida, claro está, es violencia, derroche, plétora, abundancia, exceso y
desbordamiento. Inclusive, para muchos estudiosos del tema, la violencia no sólo es “el
origen de la conciencia” (Zuleta) sino que es un “elemento de dinamización de las
relaciones sociales” (Camacho).
Quizá por esta razón cualquier asociación o relación que intentemos entre la violencia y la
literatura deja siempre una sensación de perogrullada. Si aceptamos, por ejemplo, que la
vida es violencia y coincidimos con la proposición de que “una de las múltiples versiones
de lo real es la literatura” (De la Puente), caeremos en la más obvia de las tautologías: la
literatura también es violencia. Por cierto, uno de nuestros críticos más conocidos, nos
recuerda, con algo de violencia y siguiendo a Derrida, que “escribir es un acto agresivo; se
viola, se mancha, se dejan vestigios” (Pineda Botero).
Habrá que empezar, pues, por invocar a Perogrullo (patrón de los lugares comunes) y
afirmar rotundamente que no hay literatura sin violencia y, viceversa, no hay violencia sin
literatura.
Establecidas rápidamente las dos perogrulladas básicas quiero leer, releer y contraleer con
ustedes algunos momentos de la relación violencia- literatura en Colombia, bien para
agradecer o rechazar el repaso de esos fragmentos, bien para analizar su influjo en nuestra
sociedad y nuestra cultura o bien para exorcizar su persistencia. Ustedes dirán cuál de estos
caminos vale la pena.
1
Conferencia leída por su autor en el auditorio del Banco de la República de Montería el día 6 de Septiembre
de 2012, durante el XX Festival de Literatura de Córdoba, evento organizado por el Grupo de Arte y Cultura
“El Túnel”.
Por lo pronto pongo a consideración de todos ustedes una primera lectura en dos
dimensiones, como texto y como música. Se trata del Canto General de Pablo Neruda,
quizá la epopeya latinoamericana que mejor condensa y confronta nuestra historia de
violencias individuales y colectivas. Lo que me interesa destacar en esta obra es que la
violencia no sólo se expresa con magnífica poesía sino que permite entrever un camino de
reivindicación y dignidad que muy pocas veces han reconocido y apreciado nuestros
pueblos. No en vano Cortázar había dicho que esta obra fue “escrita para nuestra
vergüenza y acaso, si alguna vez lo merecemos, para nuestra esperanza” (Cruz O.).
Leamos y escuchemos, pues, dos fragmentos del tema “La united fruit co.”, en la versión
de Mikis Theodorakis y en la voz de Rainer Scheerer.
LA UNITED FRUIT CO.
“Cuando sonó la trompeta, estuvo
todo preparado en la tierra
y Jehová repartió el mundo
a Coca-Cola lnc., Anaconda,
Ford Motors y otras entidades:
La Compañía Frutera lnc.
se reservó lo más jugoso,
la costa central de mi tierra,
la dulce cintura de América.
(…) Mientras tanto, por los abismos
azucarados de los puertos,
caían indios sepultados
en el vapor de la mañana:
un cuerpo rueda, una cosa
sin nombre, un número caído,
un racimo de fruta muerta
derramada en el pudridero”.
(Pablo Neruda - Mikis Theodorakis)
2. MAYÚSCULAS Y MINÚSCULAS
La infame ‘masacre’ que refiere Neruda, y que se ejecutó y se sigue ejecutando en muchos
países del continente, corresponde a un período de nuestra historia fácilmente identificable:
el de nuestras primeras luchas sindicales y, en particular, el de las huelgas bananeras de
comienzos del siglo XX. La huelga del año 1928 duró cuatro meses, reunió a 32.000
trabajadores de la costa Caribe y fue la excusa para el vil asesinato, a manos del ejército
colombiano, de más de 1.500 personas.
Lo interesante es que, como señalan los expertos en el tema, se trata –apenas- de una
pequeña porción de nuestras violencias, es decir, una expresión más de las diversas
violencias que hemos padecido (Camacho). Y ni siquiera la más importante. Y mucho
menos la que tiene relación directa con nuestra literatura.
En fin, los investigadores distinguen, sumariamente, de entrada, dos tipos de violencia:
violencia con v minúscula y Violencia con V mayúscula (Figueroa).
La palabra violencia, con minúsculas, se refiere al estado de guerra y terror que hemos
mantenido y soportado desde siempre (conquista, colonización, independencia, guerras
civiles, enfrentamiento partidista, conflicto guerrillero, narcotráfico, paramilitarismo y
crisis social actual, que algunos han llamado ‘permanente’).
3. UNA VORÁGINE
Recordemos, solamente de paso, que el nacimiento de nuestra república tardó en
consolidarse por cuenta y gracia de las 59 guerras civiles (según dice Escobar Mesa) que
demolieron lo que restaba del siglo XIX. Si hemos de creerle a los historiadores, se trataba
de una sociedad sumamente conservadora, pacata, mojigata e hipócrita (y hemos avanzado
poco en esa dirección), pero que produjo una literatura que se congraciaba con las
instituciones y valores correspondientes al canon de esos años. Por supuesto que hubo
críticos y contraventores de ese estado de cosas y muchos de ellos ejercieron la literatura.
Bástenos mencionar a los que, todavía hoy, se consideran los más sobresalientes: José
Eustasio Rivera, León de Greiff, Tomás Carrasquilla y Luis Vidales. Cada uno de ellos
encabezó, con estilo propio, una rebelión estética que cimentaría a su vez una tradición
literaria diferente.
De ese estado de guerra sobre el que se insiste en fundar una nación, a finales del siglo
XIX, surge una obra especial, polémica y significativa: La Vorágine.
Un repaso reciente a la obra de Rivera me hace pensar que, para tratarse de una obra
pionera en el tema y escrita en 1924, su desconocimiento por parte de los colombianos es
todavía un hecho inquietante e inaudito. Uno puede llegar a creer que la única parte que han
leído nuestros paisanos (y buena parte de los críticos literarios) es aquella que encabeza la
novela y que dice: “Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón
al azar y me lo ganó la Violencia” (Rivera). Por eso propongo otro fragmento, en el que se
mencionan otros aspectos no menos importantes de esa ‘vorágine de violencia’:
LA VORÁGINE –Fragmento“Reñimos a mordiscos y a machetazos, y la leche disputada se salpica de gotas
enrojecidas. ¿Mas qué importa que nuestras venas aumenten la savia del
vegetal? ¡El capataz exige diez litros diarios y el foete es usurero que nunca
perdona!
¿Y qué mucho que mi vecino, el que trabaja en la vega próxima, muera de
fiebre? Ya lo veo tendido en las hojarascas, sacudiéndose los moscones, que no
lo dejan agonizar. Mañana tendré que irme de estos lugares, derrotado por al
hediondez; pero le robaré la goma que haya extraído y mi trabajo será menor.
Otro tanto harán conmigo cuando muera. Yo, que no he robado para mis
padres, ¡robaré cuanto pueda para mis verdugos!
(José Eustasio Rivera- 1924)
4. LA VIOLENCIA POLÍTICA
Ahora bien, la palabra Violencia, con mayúscula, designa el lapso de violencia política
conocido como ‘La Violencia’ o ‘la época de la Violencia’ y que tuvo lugar entre los años
1948 y 1968 (Celis). En todo caso se considera que la Violencia (con V mayúscula), o
Violencia política (sectarista o partidista), ha sido el hecho socio-político e histórico más
relevante y doloroso del siglo XX.
En efecto, la Violencia con V mayúscula, marcadamente “partidista, campesina,
ideologizada y atroz” (Celis), fue un período de conflicto irregular, disfrazado de guerra
civil, propiciado por los dirigentes, altos miembros de la clase política, las Fuerzas
Armadas, la Iglesia y la oligarquía colombiana, sectores pertenecientes a los dos partidos
tradicionales: el conservador y el liberal. En esas dos décadas de violencia se produjeron,
según estimativos moderados, más de doscientos mil muertos, dos millones de exiliados o
desplazados, se afectaron cuatrocientas mil parcelas de tierra y hubo incontables pérdidas
materiales (Escobar Mesa).
Esta Violencia, a su vez, se suele dividir en tres etapas: la Violencia oficial ocurrida entre
1946 y 1953, de origen conservador y que incluye los últimos años del gobierno de Ospina
Pérez, la muerte de Gaitán, el Bogotazo y el gobierno de Laureano Gómez; la Violencia
militar- conservadora entre 1953 y 1958, durante el gobierno militar de Rojas Pinilla; y la
violencia del frente nacional, de 1958 a 1968 (Escobar Mesa).
5. LOS ESTUDIOS ‘EN’ , ‘DE’ Y ‘SOBRE’
Aunque parezca irónico, este hecho nefasto (y todavía impune) de la violencia política en
Colombia trajo grandes consecuencias para nuestra literatura, entre ellas: el nacimiento de
varias tradiciones literarias, la explosión de poéticas y narrativas diversas y una enorme
corriente de ensayos, estudios y estudiosos.
Por eso es que en la historiografía literaria nacional se comienza a hablar de Literatura DE
la violencia y literatura SOBRE la violencia, así como de unas narrativas EN la violencia,
unas narrativas DE la violencia, y unas narrativas SOBRE la violencia, para distinguir
tendencias, estilos, tópicos, intensidades, impactos, la gramática que las une y diferencia y
sus características particulares.
Cristo Figueroa afirma que estas narrativas de la segunda mitad del siglo XX constituyen
un “hito fundamental de la literatura colombiana” (Figueroa). Por su parte, Augusto
Escobar, estima que, con esta Violencia “se produce por primera vez una literatura con
particularidades propias” (Escobar Mesa). Para probarlo Escobar aporta unos datos
significativos y nos dice que entre 1949 y 1967 se publicaron “setenta novelas y
centenares de cuentos”, en los que intervinieron 57 escritores.
Igual de prolíficos y prolijos son los estudios que sobre la literatura de violencia, en
especial sobre las narrativas de la violencia, se han escrito desde entonces 2.
Muchos de estos estudios proveen lo que se denomina (también con la violencia propia del
argot especializado) el ‘CORPUS’ o ‘cuerpo’ de cada período; que viene a ser lo que los
lectores - más modestamente- llamamos el catálogo de obras o bibliografía.
6. EL MODELO HISTÓRICO-LITERARIO
El investigador y teórico que logra reunir, en forma sistemática y analítica, la mayor parte
de los estudios sobre el tema es, sin duda, el valluno Oscar Osorio. En sus textos, Osorio
precisa las dos grandes tendencias del fenómeno (la histórica y la literaria) y propone los
cuatro grupos o bloques que hacen posible un estudio detallado de la llamada Literatura de
la Violencia (con V mayúscula) en Colombia.
Les propongo enseguida que, siguiendo el modelo propuesto por Osorio, leamos y
recordemos algunos textos esenciales de nuestras letras.
6.1-PRIMER GRUPO (Énfasis testimonial-histórico) / EL HECHO HISTÓRICO
PRIMA SOBRE EL HECHO LITERARIO:
Comprende y considera las primeras obras sobre la violencia. En ellas se impone el hecho
histórico y por tanto su estilo es claramente testimonial. Novelas de este período son:
Viento seco de Daniel Caicedo, Quién dijo miedo de Jaime Sanín Echeverry, Horizontes
cerrados de Fernán Muñoz J., Viernes 9 de Ignacio Gómez Dávila, El Monstruo de Carlos
H. pareja y El 9 de Abril de Pedro Gómez Correa.
VIENTO SECO –Fragmento-
2
Se citan con frecuencia, tanto cronológica como temáticamente, los estudios realizados por Gerardo Suárez
R, Gustavo Álvarez Gardeazábal, Laura Restrepo, Lucila Inés mena, Manuel Antonio Arango, Augusto
Escobar, Pablo González R., Bogdan Piotrowski , Jaime Alejandro Rodríguez, Oscar Osorio, Raymond
Williams, Seymour Menton, María Mercedes Jaramillo, Cristo Rafael Figueroa, Carmiña Navia y otros
autores menos conocidos y destacados.
“De la masa se desprendió una mujer delgada y fina, vestida de negro, joven, de
pelo castaño claro y ojos de sombra y agua. Con una voz clara y dulce atrajo la
atención de los nuevos visitantes:
¿Van a entrar? ¿Piensan quedarse? ¿Son emigrados?
-Sí, señorita, venimos de Ceylán y pensamos quedarnos, pero no encontramos
acomodo.
-¿De Ceylán? Son los primeros que llegan. ¿Cuándo los atracaron?
-Anoche. Hará apenas veinticuatro horas.
-Vengan. Ya haremos espacio. Y si no, nos turnamos para dormir…¿Han
dormido?
-No. No hemos pegado los ojos.
-¡Pobres! Ni habrán comido. ¿Les mataron a alguien?
-A todos los nuestros-dijo Pedro, pro primera vez consciente de su orfandad-. A
nuestros papás, a los peones, a la hija de don Antonio, a todos los habitantes del
pueblo…Creo que nos hemos salvado muy pocos de los mil vecinos de Ceylán.
¡Miento! Se salvaron, además, los godos y el cura”.
(Daniel Caicedo – 1954)
6.2-SEGUNDO GRUPO (Interés sociológico) / HAY UN DISTANCIAMIENTO DEL
HECHO HISTÓRICO
Lo constituyen aquellas obras que intentan superar la inmediatez y precariedad estética del
testimonio y buscan una dimensión literaria. Los ejemplos incluyen: La calle 10 de Manuel
Zapata Olivella, El día del odio de José Antonio Lizarazo, Marea de ratas de Arturo
Echeverry Mejía, El Cristo de espaldas y Siervo sin tierra de Eduardo Caballero Calderón.
UN ACORDEÓN TRAS LA REJA
“las mujeres azuzan a los hombres:
-El pueblo no puede quedarse sin su músico.
Los policías armados. Los grupos de campesinos en todas las esquinas cuando
antes la presencia de los fusiles los disolvía. Las miradas rabiosas. Uno de los
gendarmes despertó al cabo.
-Ha vuelto a tocar.
La música se mete en las cocinas y saca de ellas a las mujeres con estacas de
leña. Bajo la estera y al almohada redescubren escopetas y machetes. El
maestro no abre la escuela y los niños en la plaza comienzan a arrojar piedras
contra las puertas de la cárcel:
El cabo se despierta con la música.
-Yo voy a enseñarle a tocar acordeón.
En la calle, camino de la casa de calicanto, le sale al encuentro el hijo del
difunto alcalde. Fue el primer tiro de la mañana. De la mañana que se despertó
cantando.
(Manuel Zapata Olivella)
6.3-TERCER GRUPO (el aporte literario) / EL HECHO LITERARIO SE IMPONE
SOBRE EL HECHO HISTÓRICO:
Está formado por obras que dan prioridad al hecho literario sobre el hecho histórico. Son
novelas características de esta fase: La Hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba y La
mala hora de Gabriel García Márquez, El día señalado de Manuel Mejía Vallejo y Mi
capitán Fabián Sicachá de Flor Romero de Nhora.
MI CAPITÁN FABIÁN SICACHÁ -Fragmento“-Perdone, señor, no fue mi intención…., esta gente de acá es muy apurada.
-Señorita, no se preocupe. ¿Usted tiene también algún pariente ahí?
-Sí…, casi. Pero dígame, ¿usted es de aquí?
-Vengo de lejos a ver un hermano. Lo tienen encerrado hace tres años y todavía
no le han dictado sentencia.
-¡Ajá! ¿Y usted no le puede ayudar?
-Escasamente vengo cada mes y eso con trabajo, porque vivo lejos y el bus me
cuesta mucho.
La fila avanzaba paso a paso. El hombre del pantalón de dril y Cleo cargaban y
soltaban una y otra vez los paquetes en el suelo. (…)
-¿Y por qué lo trajeron? – se aventuró Cleo.
-Mató a su mujer.
-¿Así de terribles son ustedes?”.
(Flor Romero de Nohra -1968)
6.4-CUARTO GRUPO (el equilibrio) / HAY UN EQUILIBRIO ENTRE LO
LIETARARIO Y LO HISTÓRICO:
Incluye aquellas obras que intentan un equilibrio entre el hecho literario y el hecho
histórico. Se destacan aquí novelas como: Cóndores no entierran todos los días y El último
gamonal de Gustavo Álvarez Gardeazabal, Estaba la pájara pinta sentada en el verde
limón de Albalucía Ángel, Noche de Pájaros de Arturo Álape y Una y muchas guerras de
Alonso Aristizabal.
CÓNDORES NO ENTIERRAN TODOS LOS DÍAS –Fragmento-
“En todas las cuadras de Tuluá, menos en la del colegio y en la de León maría
Lozano, tuvo que entregar la bendición a un cadáver. Todos tenían la herida de
bala en la nuca y estaban bien muertos. No cargaban papeles de identificación y
a la hora del traslado al anfiteatro nadie los reconocía. (…) Los habían puesto
unos encima de los otros, desnudos, boca arriba los de la derecha, boca abajo
los de la izquierda. Para el que terminaba el montón había una sábana, para los
otros el abrigo de la s moscas. (…)
Por las ventanas de anjeo las caras curiosa vieron descargar cadáveres, pero
nadie entraba porque en Tuluá nadie había perdido nada”.
(Gustavo Álvarez Gardeazábal) - 1972
Como puede apreciarse en los fragmentos elegidos y leídos esta tarde, las investigaciones
mencionadas señalan el carácter evolutivo y progresivo de estas narrativas, que parten de
escritos muy simples (de escaso valor literario), atraviesan contextos e intereses cada vez
más complejos y novedosos y producen, finalmente, obras de compleja estructura y alta
calidad literaria.
Una discusión de fondo, asociada a esta clasificación canónica, la propuso ‘Gabo’ en los
años 60 cuando afirmó que hasta ese momento (mitad del siglo XX) en Colombia no había
existido una tradición literaria nacional y que solamente allí, en ese momento histórico,
había nacido la verdadera literatura colombiana, pues la historia previa se reducía a “cuatro
aciertos individuales, a través de una maraña de falsos prestigios” (Gabo citado por
Osorio).
EL GRAN BURUNDÚN-BURUNDÁ HA MUERTO –Fragmento“A los que tienen el escrúpulo de su integridad, se les repetía:
“En bocas cerradas no entran moscas”.
A los cobardes ya los tímidos, se les repetía:
“El silencio es oro”. (…)
A los cavilosos se les repetía:
“La mejor palabra es la que está por decir”.
A los confiados se les repetía:
“palabra de boca, piedra de honda”.
A los testarudos se les repetía:
“A dos palabras, tres porradas”.(…)
A los que sólo anhelan seguridad, se les repetía:
“palabras y plumas, el viento las tumba”.
A los que querían amor, se les repetía:
“palabras de santo, uñas de gato”.
Así, infatigablemente, la palabra
se combatía a sí misma”.
(Jorge Zalamea -1952)
A propósito, Oscar Osorio, en un estudio revelador y reivindicador (Osorio, 2005), no sólo
sostiene que Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón fue la gran novela de la
Violencia en Colombia sino que su autora, Albalucía Ángel, es una de las escritoras más
brillantes de nuestra literatura. Osorio destaca que la novela tiene un tratamiento literario
superior, involucra a todos los actores del conflicto, presenta múltiples versiones de los
hechos, realiza un profundo diálogo entre lo individual y lo social y tiene una elaborada
estructura que sabe equilibrar, con grandes logros narrativos, el hecho histórico y el hecho
literario.
EN LA QUEBRADA
Yo estaba allí parada en el mojón tratando de juagar unos chiritos que había
lavado en la mañana cuando sentí su sombra porque a ese diablo ni el ruido se
le nota fue apenas el reflejo que percaté dentro del agua y entonces me voltié y
se apareció de cuerpo entero Cristo bendito Jesús Credo mi Dios misericordia
grité asustada poniéndome a temblar como una hoja pero él me hizo las señas
de que calle la boca que yo no le hago nada y me pasó raspando se lo juro me
volteó a ver de refilón y yo le vi muy claro esas cosas de aquí lo que se ponen
lleno de balas cruzadas en el pecho con un sombrero alón vestido de blanco
muy sangreyuca como cuando se tiene paludismo con los ojos chirriquiticos
hundidos halconudos yo tiesa como un palo con las quijadas carraqueando el
corazón saliendo por la boca las pantorrillas gelatina avemaríapurísima nunca
en mi vida había sentido tanto susto.
(Albalucía Ángel)
Otro debate, similar al propuesto por Gabo, corrió (y sigue corriendo) por cuenta de los
mismos teóricos y especialistas citados. Para ellos, y con diferencias en lapsos y en obras,
NO son o NO constituyen ejemplos de literatura de la Violencia (con mayúscula) obras
como: Sabor a mí (Silvia Galvis), Mambrú (R.H. Moreno Durán), Cien años de Soledad
(Gabriel García Márquez ), La Casa Grande (Álvaro Cepeda Samudio), El Gran Burundún
–Burundá ha muerto (Jorge Zalamea), Las memorias del odio (Rogerio Velásquez M.),
Respirando el verano y Celia se pudre (Héctor Rojas Herazo) y muchas más que refieren
violencias anteriores o posteriores o diversas a la violencia que generó una supuesta
tradición literaria.
ALLÁ EN EL GOLFO -Fragmento-
“Por mi parte sentí que la borrachera se me esfumaba y una repugnancia
invencible me dominaba. A Chavez no parecía sucederle lo mismo. Estaba
congestionado, vociferante, irreconocible. Se sentó en una silla, frente a la mesa
repleta de bebidas, vertió todo el contenido de una de las botellas, bebió de una
vez lo suyo y en súbito impulso que me dejó pasmado sacó el revólver que
portaba en el bolsillo trasero y, sin más preámbulos, ordenó a las mujeres que
se desnudasen. Todavía recuerdo la abyecta sumisión de aquellas negras. El
montoncito ruin que formaban todos sus harapos mezclados sobre el piso recién
pulido; el acobardado grupo que hacían sus tres formas simiescas, sudorosas,
pesadas y temblantes, tratando de de recatarse unas en otras, con ese dramático
pudor de la fealdad que es el más impresionante de todos. Y aquella cara de mi
amigo, dura y cruel, cuya barba de ocho días brillaba como de metal bajo la.luz
viva.”
(Adel López Gómez)
7. LAS GENERACIONES PERDIDAS
Los críticos coinciden en manifestar que, entre las décadas de 1960 y 1970, se perfila y
consolida una transición literaria que conecta la época de la Violencia (con mayúscula) con
el ‘boom’ de las letras hispanoamericanas y la literatura de fin de siglo en Colombia. Esta
nueva literatura sirve de transición a movimientos y momentos antagónicos: los que
asumieron el compromiso político (en los años 60) y los que sufrieron su traición y
decepción (a partir de los años 80).
Se trata de la llamada, en ocasiones, literatura urbana o literatura citadina, literatura
cosmopolita o literatura de la modernidad.
Estas designaciones, por supuesto, han sido cuestionadas no sólo por su aparición tardía en
los escenarios de nuestra cultura (como si la palabra ‘ciudad’ no se conociera en estos
lares) sino porque crean la falsa impresión de que sólo en las ultimas décadas del siglo XX
se vuelven material literario unas ‘metrópolis’ que ya lo eran y se habían afianzado como
tales desde los años 20.
Hablamos entonces de un nuevo período en nuestras literaturas, también imbricado de
múltiples violencias, en el que intervienen escritores de amplio reconocimiento, escritores
en proceso de maduración de sus obras y nuevos escritores con nuevas y polémicas
propuestas.
La ‘Generación desencantada’, nombre acuñado por el crítico Alvarado T. y que ubica
obras publicadas entre los años 1970 y 1984, es responsable de uno de los mejores
momentos de nuestras letras, tanto por su calidad como por su irreverencia y desafío a los
cánones políticos y sociales del país.
A esta generación pertenecieron o pertenecen Poetas como Giovanni Quessep, Harold
Alvarado Tenorio, Alvaro Mutis, Juan Gustavo Cobo Borda, Fernando Arbelaez, Elkin
Restrepo, Juan Manuel Roca, Mario Rivero, Raúl Gómez Jattin y María Mercedes
Carranza, entre otras y otros.
LA PATRIA
“A menudo silban balas o es tal vez el viento
que silba a través del techo desfondado.
En esta casa los vivos duermen con los muertos,
imitan sus costumbres, repiten sus gestos
y cuando cantan, cantan sus fracasos.
Todo es ruina en esta casa,
están en ruina el abrazo y la música,
el destino, cada mañana, la risa, son ruina
las lágrimas, el silencio, los sueños.
Las ventanas muestran paisajes destruidos,
carne y ceniza se confunden en las caras,
en las bocas las palabras se revuelven con miedo.
En esta casa todos estamos enterrados vivos”.
(María Mercedes Carranza)
Estos escritores ‘desencantados’ -hijos y parientes del boom- entregaron también novelas
significativas en las que se reconocen violencias no solamente vinculadas a factores
políticos. Algunas de las más difundidas fueron: Breve historia de todas las cosas de
Marco Tulio Aguilera G. (1975), Que viva la música de Andrés Caicedo (1977), El álbum
secreto del Sagrado Corazón de Rodrigo Parra Sandoval (1979), Todo o nada de Oscar
Collazos (1982), la trilogía Fémina suite de Rafael Humberto Moreno-Durán (1977-1983),
El patio de los vientos perdidos de Roberto Burgos Cantor (1984), Sin remedio de Antonio
Caballero (1984), Acelere de Alberto Esquivel (1985), Una y muchas guerras de Alonso
Aristizábal (1985), Las puertas del infierno de José Luis Díaz Granados (1985), Tierra de
leones de Eduardo García Aguilar (1986), Irene de Jorge Eliecer Pardo (1986), A la hora
del té salen los fantasmas de Néstor Gustavo Díaz (1987), En diciembre llegaban las brisas
de Marvel Moreno (1987) , Deborah Kruel de Ramón Illán Bacca (1990) y Las horas
secretas (1990) de Ana María Jaramillo, entre muchísimos más libros.
EL ATRAVESADO –Fragmento“Mi mamá me estaba contando una historia de cuando era chicoria, allí fue que
los oí. Al principio creo que nadie les prestó atención, pero después cómo hacía
uno si sonaban mínimo cada 10 minutos, unos lejos, otros cerca, y depende de
la distancia uno podía oír los gritos. Por ejemplo estoy seguro que al Monito
Grajales lo mataron en al esquina de casa, reconocí su voz, la discusión,
después el quejido y el disparo y el silencio. Mi mamá me dijo que me cuidara
pero que saliera a ver qué era lo que estaba pasando en las calles. Me lavé los
dientes, bajé, y en la puerta me encontré nada menos que con Edgar, pálido
como un habitante de la tumba, que me miró y me dijo pelado, no encuentro a
Rebeca ni a nadie de la “Tropa Brava”. Había corrido desde Tropicana”.
(Andrés Caicedo Estela) -1978
Otros autores de este mismo período privilegiaron el ‘cuento’ como género y como materia
y estructura narrativa. Así tenemos obras como: La Noche de la Trapa de Germán Espinosa
(1965), Cada Viga en su Ojo de Héctor Sánchez (1967), La M de las moscas de Helena
Araújo (1970), Cosas de hombres de Jairo Mercado (1971), El festín de Policarpo Varón
(1973), El último escalón de Nicolás Suescún (1974), Los sonidos del fuego de Luis
Fayad (1974), ¿Por qué me llevas al hospital en canoa, papá? de David Sánchez Juliao
(1975), Bahía Sonora de Fanny Buitrago (1975), El atravesado de Andrés Caicedo (1975),
Las alabanzas y los acechos de Fernando Cruz Kronfly (1976), ¡Oh Gloria inmarcesible!
de Albalucía Ángel (1979), Oscuras cronologías de José Luis Garcés G. (1980), Primer
cuentario de Adalberto Agudelo D. (1981), Señales del desahucio de Oscar Jurado (1982) y
La ternura que tengo para vos de Darío Ruiz Gómez (1982), entre muchos otros.
CONVOCATORIA –Fragmento“A todas las convoco, a todas.
Las que nos atacan a mansalva,
las que se meten en nuestra cama
y nos violan en la mitad del sueño,
las desencadenadoras de desastres,
las que encubren
y las que desenmascaran,
A todas las convoco, a todas
las palabras,
porque la poesía es libertina.
(Oscar Jurado)
8. VANGUARDIAS DE FIN DE SIGLO
En los bordes afilados del siglo XX y del XXI, hacen su aparición expresiones que
anuncian el fin de la modernidad y el comienzo de otra era denominada vagamente como la
‘posmodernidad’. Escepticismo, desencanto, desarraigo y desilusión, son las sensaciones
más frecuentes que produce esa palabra. Al influjo de la ‘posmodernidad’ se han
establecido plenamente los tiempos del caos, de la deshumanización, del imperio de las
tecnologías, de la masificación, de la alienación comercial y del mercado.
Las dinámicas sociales son ahora las de la exclusión, la desesperanza y la criminalidad. Se
producen nuevos ‘exilios’ y ‘desplazamientos’ promovidos en, por y a través de ‘la
cambiante y monstruosa ciudad’ (Pineda Botero). Por ende, las estéticas se hacen más
extremas y asumen la fealdad y lo grotesco como atributos que, por cierto, agregan nuevos
matices a la ‘violencia’ de los argumentos.
Rafael Chaparro, Nahum Montt, Adalberto Agudelo D., Eduardo García Aguilar, Philip
Potdevin, Hugo Chaparro V., Pedro Badrán, Santiago Gamboa, Jorge Franco, Efraím
Medina, Fernando Vallejo, Juan Gabriel Vásquez, Julio César Londoño, Enrique Serrano,
Evelio Rosero, Octavio Escobar, Jaime Alejandro Rodriguez, Antonio Ungar, Laura
Restrepo y Mario Mendoza, entre muchos más, conforman la ‘generación mutante’
(nombre que acuñó el crítico caldense Orlando Mejía R.) que reúne episodios y
protagonistas más recientes de nuestra literatura, asociados tanto al fenómeno del
narcotráfico como a las persistencias y novedades de la violencia. En estas narrativas el
cine, la televisión, y la música aparecen como referentes comunes que no solamente
reemplazan a los referentes clásicos sino que constituyen marcas de estilo. En esta
dirección el crítico Mario Armando Valencia concluye que: “la nueva novela propone,
conscientemente, y asume la narración como filmación verbal del mundo” (Valencia C.).
Queda por examinar si estas narrativas vertiginosas (construidas como artefactos
premeditados de profanación y transgresión) son una mordaz ironía de las exigencias que
para nuestras identidades actuales impone el multiculturalismo y la globalización o son
apenas un vehículo de sumisión a sus dictados. Sin olvidar que, como repite Medina: “en
un país pacato y miserable como Colombia ser irreverente es la cosa más sencilla del
mundo” (Araújo F.).
ÉRASE UNA VEZ EL AMOR PERO TUVE QUE MATARLO
–Fragmentos“Lo bueno es que escribir no sirve para nada de lo que uno quiere. Escribir es
un límite, un dolor, un defecto más. (…)
Cualquiera que chille puede ser llamado artista. He conocido gente por ahí sin
oficio alguno y sin embargo llena de una vitalidad extraordinaria. Para mí son
artistas. (…)
Es lo que me emputa de la literatura literaria, en ésta los personajes son rígidos
y deambulan por la trama como tarritos de conservas por los rieles de una
fábrica: si se portan bien lo hacen de una forma cuadrada. Si son malos actúan
perfectamente mal. Si son buenos y malos – a un tiempo- tienen una forma
inequívoca de serlo. (…)
Para evitar que entierren la novela hay que sacarla de ese pomposo ataúd
llamado literatura”.
(Efraím Medina)
9. DE LA NOVELA NEGRA A LA SICARESCA
Algunos de los autores mencionados atrás, como Mendoza y Gamboa, transitan por un
género antiguo: el de la novela negra, remozada en propósitos y lenguajes. Vallejo y Franco
comprueban y llevan al extremo los rasgos y estilos del realismo sucio norteamericano.
Ambas propuestas convierten al ‘sicario’ y al ‘sicariato’ en los temas de moda y anuncian
lo que se ha considerado como la ‘sicaresca’ o la ‘literatura del sicariato’, narrativa que
para estudiosas, como Margarita Jácome, constituye un ‘género eminentemente
colombiano’ (Jácome).
Oscar Osorio, por su parte, estima que en las últimas décadas la novelística sobre el
sicariato “cuenta con una bibliografía cercana a las cuatro decenas”. No obstante considera
excesivo darle crédito a las afirmaciones de origen que hacen los antioqueños, sabiendo que
el tema y sus secuelas se han tratado desde mucho antes en otras ciudades del país (Osorio).
Las obras pioneras de este sub-género fueron dos novelas, El sicario de Mario Bahamón
Dussán (1988) y El pelaito que no duró nada de Víctor Gaviria (1991), así como un libro
que navega entre la crónica y el testimonio: No nacimos pa´semilla de Alonso Salazar
(1990). Sólo que estas dos últimas creaciones apelaban a una perspectiva de tipo sociocultural que no daría los dividendos espectaculares que dan hoy los melodramas de capos.
SICARIO -Fragmento“Colombia, la república latinoamericana situada en la mitad del continente;
patria de Córdova, de Rivera y de Barba Jacob; la del café, las esmeraldas, las
orquídeas y desgraciadamente de la marihuana y de la coca, vivió en el séptimo
año de la década de los ochenta de la presente centuria el más grande flagelo
que un país sufriera jamás: la existencia de un temible personaje, al que
comúnmente llamaron sicario (…)
Era el producto lógico de una sociedad descompuesta, y la odiaba como el hijo
deforme odia al padre de quien provienen sus taras. Olor fétido del pantano que
se pudre. Eso era. Esta novela trata de la vida de ese terrible exponente
de la especie humana”.
(Mario Bahamón)
Luego vendrían novelas como La Virgen de los Sicarios de Fernando Vallejo (1994), Morir
con papá de Óscar Collazos (1997), Rosario tijeras de Jorge Franco (1999) y Sangre ajena
de Arturo Alape (2000).
LA VIRGEN DE LOS SICARIOS -Fragmento“¿Qué le pedirá Alexis a la Virgen? Dicen los sociólogos que los sicarios le
piden a María Auxiliadora que no les vaya a fallar, que les afine la puntería
cuando disparen y que les salga bien el negocio […].
Por eso, Alexis luce tres escapularios, que son los que llevan los sicarios: uno
en el cuello, otro en el antebrazo, otro en el tobillo y son: para que les den el
negocio, para que no les falle la puntería y para que les paguen.”
“Bueno parcero, aquí nos separamos, hasta aquí me acompaña usted. Muchas
gracias por su compañía... Y que te vaya bien, que te pise un carro o que te
estripe un tren”.
(Fernando Vallejo)
ROSARIO TIJERAS -Fragmento“Yo estaba tan absorto en lo que veía que pensé que la música que sonaba venía
de afuera, pero cuando ella abrió su bolso y les entregó los CD’s me di cuenta
de que la música salía de la misma tumba, una estridencia horrible que venía de
un equipo protegido por unas rejas y camuflado entre flores. Rosario
intercambió unas palabras con ellos, después se alejaron un poco, lo suficiente
como para darle la privacidad necesaria para rezar. Yo también me acerqué, no
me arrodillé pero pude leer lo que decía en la lápida:”Aquí yace un bacán”, y al
lado del epitafio una foto de Johnefe, más bien borrosa y amarillenta. Me
acerqué más a pesar del volumen del equipo.
-Es su última foto-me dijo Rosario.
-Parece muerto- dije.
-Estaba muerto – me dijo mientras le bajaba un poco el volumen al aparato-.
Fue cuando lo sacamos a pasear”.
(Jorge Franco)
Entre los textos de narrativa testimonial asociada a este tema destacamos: Siguiendo el
corte (1989) y Trochas y fusiles (1994) de Alfredo Molano y Rostros del secuestro (1994)
de Sandra Afanador.
Desde los años ochenta, por cierto, se escriben biografías, crónicas y relatos documentales
por parte de periodistas o profesionales prestigiosos. Recordemos títulos como Noches de
humo (1989) de Olga Behar y La bruja: coca, política y demonio (1994) de Germán Castro
Caicedo.
A despecho de esta especie de ‘nueva literatura testimonial’, prosperan y pululan cientos
de obras (de dudoso origen, intención y calidad), escritas por los mismos protagonistas de
la violencia o por periodistas que sirven de amanuenses calificados. Discúlpenme, por
favor, si omito sus títulos, pero creo que no se pueden considerar una literatura como tal
sino, acaso, una serie de cachivaches propios de la barbarie o que se elaboran y esparcen a
sus expensas.
10.GRAMÁTICAS DE LA VIOLENCIA
Hablamos atrás de la distinción clásica, con fines analíticos, entre violencia con v
minúscula y violencia con V mayúscula. Se comprenderá que no es la única diferenciación
académica, pues, como se sabe todas las clasificaciones y estudios que se han realizado
apuntan a la existencia de una ‘gramática de la violencia’, ‘gramática’ entendida como
“una forma de nombrar la violencia, de tratarla, mencionarla, denominarla, etiquetarla y
caracterizarla” (De La Puente).
Escobar Mesa, por ejemplo, al referirse a la ‘Literatura DE la violencia’ (es decir aquella
donde predomina el testimonio) retoma una estrategia de Barthes y recurre a la gramática
presente en los títulos de las obras para dar cuenta del carácter precario de estas primeras
narrativas (Escobar). El título, por sí mismo, anuncia la violencia: Ciudad enloquecida
(1951), Sangre (1953), Las memorias del odio (1953) Los cuervos tienen hambre (1954),
Tierra sin Dios (1954), Raza de Caín (1954), Los días de terror (1955), La sombra del
sayón (1964), Sangre campesina (1965), etc. Si aplicamos este sistema al modelo que
desarrollamos atrás, seguramente hallaremos muchas aperturas de sentido pero también
múltiples restricciones. Así que mantengámoslo, pero con reservas.
Otra interesante reflexión semántica tiene que ver con los nombres y apodos que fueron
adquiriendo los protagonistas de la violencia a través de los años. Se ha comprobado que a
partir del análisis de esos nombres es posible comprender mejor el rol que jugaron los
protagonistas. Así, por ejemplo, en la Violencia política del siglo XX, las organizaciones
enfrentadas, como comprobación de su origen partidista, detentaban nombres de
organizaciones militares (autodefensas, guerrillas, ejércitos, etc.) y sus jefes llevaban motes
de combatientes (comandantes, capitanes o soldados). Mientras que para el gobierno eran
simplemente “chusmas, bandas o cuadrillas dedicadas al crimen y al pillaje económico”
(Camacho).
Otras diferencias, que van más allá de los lenguajes usados, se perciben, por ejemplo entre
la semántica que permite diferenciar a los asesinos de ayer (pájaros) y a los de Hoy
(sicarios). Veamos los rasgos que los caracterizan, acercan y distancian.
PÁJAROS Y SICARIOS
“El pájaro nace en el occidente de Caldas y es perfeccionado en el Valle. Integra
una cofradía, una mafia de desconcertante eficacia letal. Primero opera solo en
forma individual, con rapidez increíble, sin dejar huellas. Su grupo cuenta con
automotores y "flotas" de carros comprometidos en la depredación, con choferes
cómplices en el crimen, particioneros del despojo”.
“El sicario es un pistolero al servicio del mejor postor: sin lealtades ni adhesiones
a grupos organizados, indiferente respecto a sus víctimas, su actividad se
materializa en un contrato por el cual ejecuta la muerte a cambio de una
remuneración. (…)
Tres actores centrales se conjugan en la actividad: el contratante, individuo o grupo
organizado; el empresario organizador del "trabajo", y el ejecutante, último eslabón
de esta cadena de muerte.”
(Alvaro Camacho Guizado / El ayer y el hoy de la Violencia en Colombia:
continuidades y discontinuidades)
Cristo R. Figueroa, por su parte, expresa que ante el impacto tan fuerte de la violencia se
produce una “contaminación de lenguajes, voces y discursos” (Figueroa). Por lo tanto se va
extendiendo una ‘semántica’ particular (casi un dialecto, una jerga) que vuelve recurrentes
(y de uso colectivo) expresiones como:
“narcoguerrillas, campamentario (rutina guerrillera en un campamento),
acciones humanitarias, guerrillas urbanas, armas de acompañamiento
(ametralladoras), columnas militares, zona de distensión, derecho a no ser
desplazado, mesas de diálogo, guerra de guerrillas, pesca milagrosa, campos
de refugiados, operativo militar, paramilitar o guerrillero, zona roja, zona de
despeje, tregua, capo, mula, uso privativo, crímenes de lesa humanidad,
sicariato, etc” (Figueroa).
Otra gramática, asociada a la literatura del ‘sicariato’ y de extensa difusión a través de los
medios masivos de comunicación (especialmente el Cine y la televisión) es la inclusión en
el habla cotidiana del llamado ‘parlache’, una violencia verbal que sacude y atenta contra la
comunicación social. El ‘parlache’ se define como “un lenguaje metafórico sin estética
pero con un profundo sentimiento de dolor y de tristeza” (González Rodas). Es un tipo de
argot que, en palabras de Ángela Rengifo, hace evidente la ruptura de las estructuras
sociales y el problema de la incomunicación entre éstas (Rengifo). Para estudiosas como
Margarita Jácome el ‘parlache’ crea una ilusión de oralidad que no tiene una función social
específica ni pretende dar voz a los marginados, por lo que se convierte en un ‘espectáculo’
más y entra en juego (y se confunde o mezcla) con ‘la sociedad de consumo, el nuevo
periodismo y las narraciones light” (Jácome)
EJEMPLOS DE PARLACHE
A LO BIEN: según las reglas.
BANDOLA: banda, grupo que se asocia para actividades delincuenciales.
CARRO: preso al que pagan por matar o cobrar cuentas en la carcel.
CUCHA- CUCHO: madre, padre.
CHIMBA: bonita, algo que gusta.
CHULO: muerto.
ENCALETAR: esconder, guardar.
FIERRO:, arma de fuego.
FINCA: cárcel.
GAGA: metralleta.
LIGA: propina.
LORA: navaja.
MUÑECO: muerto.
PARCERO O PARCE –PANA: amigo.
PIYAMA DE MADERA: ataúd.
SISAS: afirmación.
TAMAL: gramo de perico.
TOLA: pistola.
TRAQUETO: sicario, matón.
11. CALDENSES Y CORDOBESES
Antes de abordar este capítulo, debo advertir –muy respetuosamente- que los caldenses NO
somos ‘paisas’. Los ‘paisas’ son las personas naturales de Antioquia. Yo soy caldense,
manizaleño para más señas. Es cierto que algunos de mis ancestros eran oriundos de
Medellín, pero mis demás parientes provenían del Cauca, Huila y Risaralda. También es
cierto que la colonización antioqueña dejó su impronta cultural en Caldas. Pero no es
menos cierto que ese rastro se fue haciendo más mestizo y complejo con el paso de los años
y que a 163 años de fundada, nuestra región tiene suficiente identidad y mayoría de edad
para seguir siendo confundida con y por los mismos ‘paisas’.
Hecha esta aclaración y tratando de superar los prejuicios, estereotipos e ignorancias que
todavía nos mantienen alejados unos de otros, propongo examinar algunos autores y rasgos
de la literatura caldense y de la literatura cordobesa a la luz de este monstruo proteico de la
violencia.
Comencemos con la narrativa. Como resultado de cierto modernismo tardío que se vivió en
Manizales en las primeras décadas del siglo XX, irrumpió en la escena literaria caldense
una generación particular, conocida peyorativamente como los ‘Grecolatinos’ o
‘Grecoquimbayas’, y formada por intelectuales que hicieron de la literatura un medio para
alcanzar y asegurar sus ambiciones políticas. El último exponente de dicho grupo (aunque
de filiación liberal) fue Bernardo Arias Trujillo, autor de Risaralda (1935), novela
criollista que expone la violencia colonizadora, ejercida esta vez por los propios
manizaleños blancos en contra de las poblaciones negras de los valles del sur. Esta es la
semblanza que Arias hace de los invadidos:
RISARALDA -Fragmento“Los sopingos eran gente rascapulgas y quisquillosas, de una erudita barbarie.
Malgeniados, la riña era su diversión y un hombre hacíase despreciable si
alguna vez había sido derrotado o no había cometido siquiera un homicidio”
(Arias Trujillo).
No obstante lo dicho, y pese a tomar partido por el invasor, el escritor se
permite reproducir esta queja profana:
“Era que llegaban los eternos enemigos, a los dominios conquistados por el
negro con bravura y con sudores. Era que arribaba la langosta blanca, era la
raza maldita y perseguidora. Era todo lo que destruye, transfigura, daña, pudre,
exprime, desordena y envilece”
(Bernardo Arias Trujillo).
Enseguida quiero dejar memoria de dos escritores opuestos que, a pesar de sus diferencias
de fondo y de forma, propusieron obras singulares donde la violencia también ejerció su
imperio. El primero es Iván Cocherín, seudónimo de Jesús González Barahona, prolífico
y talentoso novelista que denunció, de forma explicita y valerosa, los dramas y procesos
sociales de su tiempo. De su obra, desconocida, negada y menospreciada por años, quiero
compartirles el siguiente trozo, tomado de su novela Túnel ( ), profética admonición que
hoy, en manos de las multinacionales mineras, está a punto de acabar con su pueblo, con
sus riquezas y con su historia.
TÚNEL -Fragmento“A su padre se lo había tragado la roca millonaria. La roca llena de oro. El oro
que sabe reír como una calavera macabra. El oro que nunca es de los mineros.
El oro que no sabe hacerse en brazaletes para las hijas de los proletarios. Oro
para las leontinas de los hacendados. Oro para el mango de los bastones de
señores satisfechos. Oro para sonsacar la virtud de las obreras. Oro para pagar
el trabajo de exóticas y dislocadas espías bailarinas. Oro para comprar patrias.
Oro para hacer guerras fratricidas. Oro para pagar la complicidad de los grandes
asesinos nocturnos. Oro para matar la conciencia revolucionaria de los obreros
que no tienen un sentido de clase definido. A su padre lo había triturado la
muerte con sus mandíbulas de oro. La muerte de los socavones hórridos”
(Iván Cocherín)
El otro autor que les propongo es Adel López Gómez, escritor ‘cuyabro’, es decir nacido
en Armenia, pero quien vivió, escribió y murió en Manizales. No obstante haber sido el
pionero de una cuentística regional que se difundió en el mundo entero, su nombre es
escamoteado –muy frecuentemente- de los listados canónicos (hechos en las grandes
capitales) y su obra vive también un anonimato injustificado.
CHUNGA –Fragmento“Fue entonces, hacia las nueve de la mañana cuando pasó la gran hembra. Una
a quien él no conocía ni había visto nunca. Tal vez de la cejita. Tal vez de
Hoyofrío. Alta jarifa, tongoneante, de altivo pisar, un poco entrada en carnes y
un mucho en pectorales esplendores.
Chunga detuvo en el aire la puntada inminente, se trepó los anteojos sobre la
frente, suspiró y dijo a la hermosa cuando ésta terminaba de pasar:
-¡Adiós, linda! ¡Eso es pisar, carajo! Lo demás es dañar la acera.
La mujer se detuvo un instante. Miró desdeñosamente al talabartero y dijo con
olímpico desdén:
-Pero ve este viejo baboso…
Chunga se desentendió espectacularmente de la mujer, se levantó vivamente del
taburete de vaqueta, tiró la obra al interior del taller, levantó la cabeza, se
golpeó la frente con la diestra abierta y declamó dramáticamente:
-¡Ah vejez jijueputa!
(Adel López Gómez)
En lo relativo a la poesía se dice -con cierta maledicencia, habitual en la antropofagia
literaria colombiana- que los poetas en Caldas son ‘silvestres’, aludiendo con ello a su
cantidad y calidad. Yo tengo que dejar constancia de que siempre hemos tenido poetas muy
buenos y que sus obras valen por sí mismas y no requieren confirmaciones o validaciones
de ninguna índole. Sin embargo, quisiera leer unos breves fragmentos de autores y obras de
mi generación que pueden ofrecer un panorama de cómo se poetizan, en sus obras, algunas
de nuestras violencias:
COMBATIENTES DEL SIPIRRÁ - Épicas de guarapería --Fragmento“¡Oh, bebedores vergonzantes! ¡Oh, jubilosos lémures!
“Hoy es ayer todavía, mañana será otro día”,
consigna del desastre para quien vive el día
como si fuese el último, pero también como si fuese el primero.
Despreciables, despreciados,
con la manta al hombro,
que es su casa y su cama y su mortaja.
Dormitan en los pasillos, los pastizales y las zanjas del camino,
lugares donde habitan, solidarias, la caridad y la lástima.
Aquí vienen los héroes de las batallas del Sipirrá,
allá van las víctimas de estas guerras.
(…) Eméritos solitarios,
jubilosos jubilados en todas las derrotas, ¡marchad!
Nunca adelante, siempre atrás,
así el ciempiés no tenga reversa”.
(Arcesio Zapata Vinasco)
ATAÚD TALLADO A MANO
7
En ese instante justo
de silencio infinito
—obstinada insistencia
del calor en lo triste—,
después de los discursos
en honor del cadáver y sus glorias,
un bebé de seis meses
bosteza y se devora a todo el mundo.
(Flobert Zapata Arias)
PIEDAD
De sonidos de campana
está hecho el día
de labios que susurran
de rodillas que se hincan
de mujeres que claman
por el paisaje
y sus orillas
por este silencio que cae
como una lluvia dulce
sobre los cuerpos
que ahora yacen
tendidos
sosteniendo apenas
con la mirada
el cielo extenso
el mar de la eternidad
(Julio César Correa Díaz)
ESTA ACIAGA CARRERA DE RELEVOS
“Aunque las aves despojen de sus colores a tus recuerdos más hermosos;
aunque presumas no necesitar ni un libro, ni una fe, ni un batón; aunque ellos,
los que te han oprimido en una cárcel, en tu cuerpo, en tus sueños, se hallen
exilados en los suburbios oscuros del presente, te hablo desde mi espejo de
acero y te aludo desde la imprecación: a tu tiempo se le acabó tu cuerpo y las
letras han sido como polvo de oro: no han servido para encontrarnos ni para
alimentarnos”.
(Carlos Mario Uribe A.)
BUENOS AIRES
“La atiende La Mona
Tres veces viuda por cosas de celos
Y otro chance le sobra a su larga hermosura
Medio mundo en ella
A lágrima tendida y a corazón abierto
Se ha bebido las penas
Con sahumerios y un brujo de Apía, por septiembre
Le ahuyenta las malas fuerzas
Las trazas malignas que dejan algunas almas negras
Para ir a misa, los domingos, la cierra
Y sagradamente el día primero de un muerto de la cuadra
Desde hace 5 años, de su puño y letra
Le tiene colgado un aviso: SE VENDE
A Dios le rogamos que nunca lo logre”.
(León Darío Gil Ramírez)
No conozco la novela “El Monstruo” de Carlos H. Pareja (Simón latino), tampoco su
poesía. Pero sé que constituye un hito costeño de la literatura, más allá incluso de los
tópicos que nos convocan hoy. Autores cordobeses como Jairo Mercado, José Ramón
Mercado, John Junieles, Leopoldo Berdella, Guillermo Valencia Salgado (Compae Goyo),
Ricardo Vergara, José Manuel Vergara, Gustavo Tatis, Soad Louis Lakah, Naudín Gracián
Petro y José Luis Garcés G., especialmente, se mencionan en ambientes y círculos
académicos de mi ciudad como exponentes de la literatura cordobesa contemporánea, pero,
con toda franqueza, su obra sigue siendo desconocida en mi región.
Recientemente, gracias a un contacto realizado en la nube virtual (donde resistimos y
porfiamos con una revista digital llamada ‘Babelia’), conocí algunas obras de José Luis
Garcés González, anfitrión de estos encuentros, estudioso y creador, quien, además de
poseer una obra seria y vigorosa, ostenta un lugar merecido en la literatura del Caribe
colombiano. Y, gracias a esta amistad en línea, que hoy por fin se humaniza, recibí en mi
casa los periódicos del grupo ‘El Túnel’ y pude conocer otras tradiciones, así como otras
voces y ámbitos de la ‘sinuanía’.
Por supuesto que, desde mis tiempos universitarios supe de Zapata Olivella, Artel, Rojas
Herazo (a quien, como ocurre con autores del Viejo Caldas, consideramos parte sustancial
de ustedes y de sus literaturas), Gómez Jattin y Sanchéz Juliao, quien –por cierto, en los
últimos años de su vida- pasaba más tiempo en las montañas caldenses que en las riberas
del Sinú.
En sencillo reconocimiento a esas obras y autores, los invito a leer y a releer, seguramente
releer, unos fragmentos que yo escogí arbitrariamente.
CHANGÓ EL GRAN PUTAS
- SOMBRAS DE MIS MAYORES –Fragmento“Vengan todos esta noche.
¡Acérquense!
La lluvia no los moje
ni los perros ladren
ni los niños teman.
¡Traigan la gracia que avive mi canto!
Sequen el llanto de nuestras mujeres
de su maridos apartadas,
huérfanas de sus hijos.
Que mi canto eco
de vuestra voz
ayude a la siembra del grano
para que el nuevo Muntu americano
renazca del dolor
sepa reír en la angustia
tornar fuego en las cenizas
en chispa –sol- las cadenas de Changó”.
(Manuel Zapata Olivella)
MENESTER
“Por lo tanto medito las huelgas,
me rasco los riñones,
devoro montones de basura con mi olfato.
Otro tanto las guerras, los heridos
que bailan dulcemente en los periódicos,
en sus islas de tinta,
los hombres que bostezan en los parques,
el niño sin nacer
que llora, perfumado, en mi pañuelo.
También los orinales en la tarde,
oliendo con la muerte de los vivos.
Todo esto es mi negocio, redondo y exclusivo,
lo que ocupa mis sueños y mis ojos”.
(Héctor Rojas Herazo)
EL SUICIDA
Airoso en su galope
levantó la mano armada
hasta su sien
y disparó:
suave derrumbe
del caballo al suelo
Doblado sobre un muslo
cayó
y sin un solo gemido
se fue a galopar
a las praderas del cielo
(Raúl Gómez Jattin)
¿POR QUÉ ME LLEVAS AL HOSPITAL EN CANOA, PAPÁ?
-Fragmento“-Por eso vas a saltar conmigo por el mercado ¿verdad?
El padre respondió en un sonido seco:
-Sí.
-¿Y das gracias a Dios de que me hayan machetiado en sábado por la mañana
¿verdad?
El padre guardó silencio.
-Y si me hubieran herido un jueves hubieras esperado hasta el sábado para
traerme ¿verdad? Porque el sábado es el día de mercado y hay más gente que
nunca en el puerto ¿verdad? Para que muchos ojos vieran a tu hijo herido
¿verdad?
El padre se quitó el tabaco de nuevo:
-Hasta de pronto. Quién sabe y quizás sí- dijo.
El hijo se quejó en un quejido largo y chillón.
-Pues ándale y ve dándole a Dios gracias de que ese hijueputa hubiera
machetiado a tu hijo en día de mercado.
El padre dejó de remar por un momento:
-Ande y vaya dándoselas usted, mijo”.
(David Sánchez Juliao)
VIAJEROS DE RÍO
Los cadáveres amargos
que viajan por el río
van inflados de tiempo
van arrugados de frío
Después de beber a la fuerza
en la profundidad de las aguas
salen a la superficie prieta
abiertos los ojos muertos
hacia las nubes que pasan
A veces los parroquianos
los atraen hacia las barrancas
y allí estacionan su muerte
a la espera de alguna lástima
Las gentes que se aproximan
los miran con rostro serio
Luego, se van con el miedo
y con su cuota de misterio
El río sigue arrastrando sangre
con cadáveres amargos,
hechos de una canción
que sólo lleva palabras.
(José Luis Garcés González)
12. SECUELAS Y APOSTILLAS
“Siempre llega, según parece, el momento en que sólo se puede oponer a la violencia otra
violencia; importa poco, en tal caso, el triunfo o el fracaso, siempre es ella la vencedora.
(...) Cuanto más se esfuerzan los hombres en dominarla, más alimentos le ofrecen;
convierte en medios de acción los obstáculos que se cree oponerle; se parece a un incendio
que devora cuanto se arroja sobre él con la intención de sofocarlo”
René Girard (La violencia y lo sagrado).
Al fatalismo del epígrafe, que también es una perogrullada (la violencia engendra más
violencia) prefiero oponer la idea de que si se conoce y confronta la violencia es posible
combatirla, sofocarla y desterrarla.
El ensayista Alvaro Camacho G., opina que la violencia no es una sola y que posee, en
cada período histórico, sus circunstancias específicas. Para este investigador, es claro que
“las violencias son diferentes y son el resultado de diferentes manifestaciones que permiten ver
cambios notables en la estructura de de la sociedad colombiana” (Camacho). Yo me inclino,
también, por adherir y seguir los caminos que propone dicha tesis. Por eso he rechazado la
idea, bastante perversa, de que somos violentos por naturaleza y que, consecuentemente,
nos hemos especializado en las peores y más infames expresiones de la barbarie.
Por supuesto que hemos visto ejemplos -brutales y muy cercanos- de esas violencias y
hemos sido y somos víctimas de sus acciones, omisiones y, a veces, de sus secuelas.
También hemos comprobado que cada violencia crea siempre una respectiva tradición
social y, casi de inmediato, una ‘tradición literaria’.
¿Con qué propósitos, con qué alcances y sentidos? Esas son preguntas de fondo que no se
pueden eludir y que conllevan otras más: ¿Han servido de algo esas tradiciones y obras?
¿Han explicado la violencia? ¿Han contrarrestado, en algo, su macabro imperio? ¿Han
exorcizado su persistencia o su progresión o su desbordamiento? ¿Han sugerido algún
camino de catarsis personal o colectiva? ¿Han evitado el contagio y la creciente corrupción
de la barbarie?
No tengo ni hay respuestas fáciles a ese cuestionario. Uno se consuela pensando que toda
escritura es una forma de ‘distanciamiento’ y que ese efecto primario es el más deseable
para conjurar el espanto de los tiempos que vivimos. Pero, no nos engañemos, el
distanciamiento también se convierte, desafortunadamente, en negación y, lo que es más
inaceptable, en olvido.
-En este contexto, Escobar Mesa sugiere que “el olvido ha sido el mecanismo de defensa
utilizado por la clase dominante para negar una historia de explotación y atropellos”
(Escobar Mesa)
Osorio, por su parte, dice al respecto: “Los dirigentes políticos locales y nacionales fueron
responsables directos de esta barbarie y ninguno de ellos ha asumido esa responsabilidad”
(Osorio). En consecuencia, y para evitar ser señalados y juzgados, dicha violencia tenían
que borrarla de la memoria colectiva por todos los medios a su alcance.
Y hay, por cierto, pruebas contundentes de ese proceso deliberado y sistemático de censura
y amnesia: la destrucción de ciertas novelas (Marea de ratas de Arturo Echevery Mejía 1960), la desaparición de revistas y artículos de prensa sobre el tema, la descalificación de
libros y estudios especializados realizados por reconocidos académicos y las sanciones
sociales (la persecución, el ‘ninguneo’ y el asesinato simbólico) a escritoras y escritores
destacados (Albalucía Ángel, por ejemplo) (Osorio,2005).
-Es un hecho comprobado, también, que las claves para entender nuestras violencias están
relacionadas con en hechos y circunstancias que remiten a las pretensiones económicas de
sus actores. Muchas veces se pasa por alto o se ignora, deliberadamente, que la violencia
perseguía resultados económicos concretos: “expropiación de tierras mediante la expulsión
violenta del campesinado, el robo de cosechas, la subvaloración de bienes para su compra a
precios reducidos, el recurso a la contribución forzosa” (Camacho) y muchas otras acciones
que disfrazaban los negocios con banderas de colores.
Escobar Mesa, en su trabajo de investigación, asegura que la hecatombe fue social pero no
económica y que “la barbarie no afectó a las clases dominantes ni al capital” (Escobar
Mesa)
A propósito, José Cardona López, al estudiar la irrupción del narcotráfico en Colombia y
la manera como permeó todas las clases sociales, agrega una explicación parecida: el
arribismo económico y la codicia de todos los actores y grupos sociales. Cardona resume
este ciclo señalando que “los sectores marginados y la clase media ven en el negocio del
narcotráfico la posibilidad de superar una tradición de miseria o de medianía; las clases
altas se le adhieren clandestinamente para fortalecer el poder que desde siempre han
detentado” (Figueroa).
En efecto, los conflictos generados por la asunción del narcotráfico y sus correspondientes
violencias, ya no tienen las motivaciones ideológicas y partidistas del siglo XX. Como dice
Rodriguez, esa violencia se “desarrolla a través de mercenarios y sicarios cuya única
motivación es el beneficio económico” (Rodriguez).
-Expertos como Carlos Uribe Celis, explican que la violencia política de mediados del siglo
XX fue posible por la confluencia de los siguientes factores: la exacerbación del sectarismo
o partidismo, la intolerancia o incapacidad de respetar las ideas ajenas, el anti pluralismo, el
excesivo deseo de detentar el poder y la exclusión” (Figueroa). A conclusiones parecidas
llegaron también importantes estudiosos como Germán Guzmán, Orlando Fals Borda y
Eduardo Umaña, (La Violencia en Colombia -1964), así como Paul Oquist (Violencia,
conflicto y política en Colombia -1978), Gonzalo Sánchez y Ricardo Peñaranda (Pasado y
presente de la violencia en Colombia-1991). Lo cierto es que estos diagnósticos, realizados
hace casi medio siglo, han sido sucesivamente menospreciados por aquellos sectores
empeñados en mantener la guerra.
-Una tesis bastante seria, respecto a la preferencia de nuestros escritores contemporáneos
por posturas melancólicas, violentas y caóticas, la formula a su vez el crítico Rafael
Gutiérrez Girardot en los siguientes términos:
“El fracaso de los movimientos progresistas, la corrupción política, el narcotráfico y la
posmodernidad (entendida como un clima de individualismo, hedonismo y banalidad)
provocan un distanciamiento de las nuevas búsquedas, un abandono de los discursos
latinoamericanistas y un retorno a las primeras vanguardias del siglo XX” (Gutiérrez). Esto
llevaría, por supuesto, a la elaboración de narrativas antinacionales (como la de Vallejo), a
la concreción de narrativas que van en contra de lo políticamente correcto (como Medina)
y al crecimiento de narrativas que tienen como trasfondo una estética del mal (como
Mendoza).
A esta visión realista de Gutiérrez Girardot se oponen otros autores, como Alejandra
Jaramillo, quien desde un punto de vista diferente, acaso más pesimista, afirma que todas
estas narrativas, al perpetuar un trasfondo de dolor y melancolía y, por ende, al provocar
una disminución del yo y de la autoestima, “acentúan la inmovilidad y la inacción en
muchos de sus ciudadanos” (Jaramillo).
-De otro lado, Rubén Jaramillo Vélez, para explicar nuestras violencias, actitudes
antidemocráticas y traumatismos frecuentes, propuso la tesis de que a nuestro país había
llegado tarde la llamada ‘modernidad’ y que, sin haberla experimentado e interiorizado,
intentábamos dar el paso a la posmodernidad. Es decir, este pensador considera que la
ausencia de modernidad o “el rechazo de la cultura de la modernidad” es la causa eficiente
de nuestras actitudes antidemocráticas (Jaramillo Vélez). Sin duda que en esta dirección se
halla la clave de nuestras desgracias y sus posibles soluciones. Camacho Guizado asegura
que la consolidación de prácticas civilizatorias es la respuesta. Esto quiere decir reducir los
privilegios obtenidos a partir de la fuerza y el poder y, lo que es más importante,
democratizar las instituciones (que lo son solamente de palabra) y elevar los niveles de
participación ciudadana en el conjunto de la vida social y política (Camacho Guizado).
-Problematizar la realidad, provocar inquietudes, incitar al lector, pero –sobre todo –
presentar una versión alternativa de la crónica oficial, son algunos de los elementos
favorables que se le atribuyen a estas literaturas, independientemente del esfuerzo que
hagan sus autores por negarlo o evitarlo. En los nuevos escenarios de violencia actual,
además de la exigencia de silencio que hacen sus actores, hay un silencio –a veces forzado
y a veces cómplice- de parte de los testigos. Pero también hay una farándula escabrosa, en
la que los medios de comunicación juegan un papel sumamente cuestionable. Aquí es
donde la literatura tiene mucho que aportar y suscitar.
-Cristo Figueroa, por su parte, piensa que con estas literaturas queda en evidencia “la
capacidad que ha tenido y tiene el discurso narrativo para reflejar, interpretar o resituar la
violencia” (Figueroa). Esto significa no solamente que hay un progresivo enriquecimiento
estético y formal de las narrativas asociadas a la violencia sino que tales obras proponen
nuevos fenómenos históricos, así como espacios y actores sociales, lo cual revela
“conflictos, traumas y secuelas individuales, familiares y colectivas antes desconocidos
(Figueroa).
-Las literaturas latinoamericanas que narran la violencia contemporánea, fruto del
neoliberalismo y la globalización, han llegado a los límites máximos. De la Puente indica
que estas obras recientes “tocan el límite corporal, el asco, que es el límite de lo decible y
el límite mismo de la literatura (De La Puente)”. Como consecuencia de esta actitud, ya no
son tanto una vanguardia o una pos vanguardia literaria, sino una ‘pos-literatura’, algo así
como el fin de la literatura en los términos que siempre la hemos conocido. Esto lo sabe
muy bien el mercado y por eso se aprovecha y sale a tentar a sus seguidores.
-Antes de finalizar, anticipo una reflexión personal que puede ser la puerta a un debate
colectivo más profundo: estas literaturas DE y SOBRE la violencia, independientemente de
sus logros y alcances estéticos, no son solamente necesarias sino que se hacen
indispensables. Escobar Mesa, entre otras cosas, plantea que, más allá de su función básica,
que consiste en la integración y reconocimiento de determinada realidad, estas obras y
autores proponen una conciencia más elevada del oficio literario y asumen la necesidad de
ahondar sobre la realidad histórica que se vive para poder asumir y pensar la propia
realidad cultural y “reivindicar la historia de un pueblo, sus luchas, agonías, nostalgias y
contradicciones” (cita).
-Un apunte al margen sobre la barbarie. Todos sabemos que las acepciones más frecuentes
de esta expresión se relacionan con las nociones de ‘salvajismo’ y ‘crueldad’ que,
generalmente, se le endilgan al ‘otro’, al extraño, al diferente y, por supuesto, al que ha
sido excluido. Me gustaría, sin embargo, proponer otras dos definiciones basadas en la idea
de que “no existe una definición de barbarie sin definición de cultura y, a la vez, no existe
cultura que esté exenta de barbarie” (Aranda B.). Muchos pensadores contemporáneos, en
este sentido, definen al ‘bárbaro’ como aquel individuo cercano, querido y reconocido,
familiar a cada uno de nosotros, que - a pesar de todo- vulnera su propia cultura y ataca sus
propios valores y derechos humanos. Otros pensadores (como Benjamin, Kertész, Adorno,
Horkheimer), alegando que la civilización se ha vuelto enemiga de la cultura y que ha
supeditado toda condición humana al progreso (cuando es el progreso el que debería
supeditarse al hombre), estiman que la barbarie es el conformismo (la indiferencia, la
anomia, la indolencia, la apatía) que hace posible este estado de cosas. En este último
sentido es que acepto y utilizo la palabra barbarie. Y también, en este último sentido, creo
que es necesario no solamente erradicar los actos y las prácticas que originan el sufrimiento
sino, especialmente, los actos de humanidad que lo eviten. Es un aprendizaje ético que no
hemos iniciado todavía.
-¿Sufrimos una amnesia colectiva en Colombia? Ya escuchamos que existieron y existen
políticas de negación, ocultamiento y olvido. Pero, ¿es cierto que más grande que nuestra
memoria es nuestro olvido de la historia? Impunidad, miedo, vergüenza, asoman como
razones para no creer en esas generalizaciones. En todo lo leído y escuchado, es notable
que hayan hecho falta y sigan haciendo falta acciones colectivas, tanto de memoria como
de justicia, verdad y reparación. Tenemos una memoria parcial, individual, mitificada, de la
violencia. Lo correcto y lo urgente es hacerla pública y enfrentarla entre todos. Con la
literatura y a través de ella es posible transitar ese camino. Se precisan más obras, libros y
autores que se interesen en nuestras violencias. Pero también más lectoras y lectores que
quieran iniciar, con ese pretexto, un aprendizaje de los rasgos que nos vinculan con la
humanidad.
APOSTILLA FINAL: Oscar Osorio, nos dejó un modelo de estudio pero también la
siguiente advertencia, con cierto matiz de angustia: “sabemos que lo contado no alcanza,
que el fenómeno es tan desventurado y escandaloso que la tarea noveladora está en ciernes,
que la violencia es el drama más urgente que tenemos los colombianos y que mientras
corran los ríos de sangre por las callejas de nuestras ciudades y nuestros campos, seguirán
corriendo los ríos de tinta, y sólo mucho después de que se sequen los primeros se secarán
los segundos (Osorio)”.
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