23 septiembre 2008
Fray Johannes FREYER, ofm
-Trascripción-traducción de la grabación en italiano-
Escuchando vuestro compartir de esta mañana, he notado que hay 13 palabras que se repiten constantemente, y son: la primera transformación, la segunda identidad, la tercera contemplación-meditación, la
cuarta kénosis-minoridad, la quinta relaciones, la sexta reconciliación, la séptima, comunidad-fraternidad, y
permitidme crear una palabra italiana nueva: sororidad. Sé que esta palabra no existe pero se debería decir así, sororidad, en vez de fraternidad. La octava palabra internacionalidad-interculturalidad-globalización,
la novena, misión-evangelización, la décima solidaridad en la realidad, la undécima formación, la duodécima la famosa reestructuración, y me permito deciros mi opinión, y la decimotercera la palabra muy usada
por vosotras: estilo de vida. A partir de estas trece palabras que vosotras mismas habéis empleado, quisiera dar un pequeño comentario franciscano a cada una de ellas, para estimular nuestro debate y vuestra
reflexión.
La primera, transformación: la palabra transformación evoca en mí la idea de que una cosa está cambiada
en otra, que una persona con un carácter se convierte en otra con otro carácter; quisiera enriquecer esta
palabra con la que emplea, de manera similar, la tradición franciscana. La tradición franciscana toma esta
idea que vosotras habéis expresado con la palabra transformación, pero emplea la palabra transfiguración
¿cuál es la diferencia? En la transfiguración franciscana una cosa no se cambia en otra, el carácter de una
persona no se substituye con otro, sino que la misma cosa permanece pero es asumida por otra más
grande, más rica. En la transfiguración, la persona y el carácter de una persona no es substituido, el carácter, la persona permanecen pero son asumidos por un carácter más grande y más rico. Es decir, el carácter de San Francisco, como nos explica San Buenaventura, no se transforma en otro carácter sino que el
carácter de Francisco es lo que es, pero Cristo lo asume y por ello está transfigurado evangélicamente. Es
decir, el carácter de Francisco es asumido por un carácter más grande, más rico: el de Jesús. En el mismo
momento, Francisco no se transforma en Cristo sino que asume, a través de la vida evangélica, el carácter
de Jesús, y así el carácter de Jesucristo enriquece la vida y el carácter de Francisco. La persona de Francisco se convierte en una persona más grande, más rica, porque une su persona, su carácter, en la transfiguración, a la persona y al carácter de Jesús. No se pierde nada, no se substituye nada, pero alguna cosa ha sido asumida, enriquecida por el Dios Altísimo. Quizá esta idea de la tradición franciscana, con la
palabra transfiguración, puede enriquecer vuestra reflexión; en vuestra reflexión, la vida de vuestra Congregación no debe ser substituida por una forma nueva; la vida de vuestra congregación debe ser asumida
por una vida más rica, la vida evangélica de Jesús. Es decir, debe ser transfigurada en una vida más
evangélica.
La transfiguración, en la tradición franciscana, nos lleva a vuestra segunda palabra: la identidad y el carisma. También aquí, en la tradición franciscana, no se habla de tener que cambiar de identidad para vivir el
carisma; simplemente, partiendo de San Francisco, por la identidad, el carisma de Francisco se comprende como, y cito, “tener el Espíritu del Señor y su santa operación”. Es decir, nuestra identidad no está
cambiada, pero está abierta a tener el Espíritu del Señor y su santa operación. Y esto es, propiamente,
nuestro carisma. No debemos cambiar la identidad de los jóvenes que vienen a nosotros, tenemos que
ayudarles a abrir el corazón, la mente y la vida para que tengan el Espíritu del Señor y su santa operación,
porque él, el Espíritu del Señor, opera la transfiguración. Esto no es buscar identidad, cada uno tenemos
una identidad, vuestra Congregación tiene una identidad, esto quiere decir abrir la propia identidad, tanto
personal como congregacional, al Espíritu, para que Él pueda operar a través de nuestra identidad. Tener
este Espíritu es lo propio del carisma.
Pero para poder encontrar la apertura de nuestra identidad para tener el Espíritu, debemos ir a vuestra
tercera palabra: contemplación-meditación porque, propiamente, la vida contemplativa, la meditación,
quiere abrir nuestra vida, nuestro corazón, nuestra mente al Espíritu del Señor. Ciertamente, la tradición
franciscana conoce la oración bocal y los tiempos de la contemplación, y la meditación, pero esto no es lo
más importante. Porque la contemplación y la meditación en la tradición franciscana, es una manera de
ser, una forma de ver, una forma de escuchar, una forma de tocar, una forma de gustar…, es decir la meditación y la contemplación franciscana son una manera particular de usar todos nuestros sentidos y todas
nuestras fuerzas para ver, no sólo la apariencia, sino ver la profundidad de las cosas, es decir, escuchar y
tocar no sólo la apariencia externa sino descubrir la profundidad de las cosas. La meditación y la contemplación franciscana son una forma de usar todas nuestras fuerzas, todos nuestros sentidos, en la vida cotidiana, para descubrir en cada cosa la presencia de Dios y así “Él está ahí”. Y ésta es la contemplación
particularmente franciscana, descubrir este estar presente de Dios en las cosas y en todos los acontecimientos de nuestra vida cotidiana. Descubrirlo con todos nuestros sentidos, con todas nuestras fuerzas
para poder estar unidos a Cristo en la vida cotidiana. Y aquí tocamos lo que esta mañana ha aparecido en
una voz: la mística franciscana. Descubrir que Dios está, no está ausente Dios, Él está. Hagamos lo que
hagamos, lo triste o lo alegre que nos sucede en la vida… Dios está presente en el cansancio, en el dolor,
en el sufrimiento, en el llanto, en el gozo, en el entusiasmo… Dios está, porque se ha Encarnado, en el
verdadero sentido de la palabra, en nuestra vida. Descubrir esta presencia es contemplación y meditación
franciscana que, ciertamente, se expresa con la alabanza a Dios, con la oración, con los tiempos de silencio…
Esta contemplación y meditación en la tradición franciscana, nos ayuda a conocer mejor a Dios en su kénosis y en su minoridad: cuarta palabra que habéis usado. La tradición franciscana distingue entre una
kénosis externa de Dios y una kénosis interna de Dios. Esta mañana, cuando habéis hablado de la kénosis de Dios habéis hablado de la kénosis externa, es decir, que Dios, en la kénosis de su Hijo, en su
sufrimiento, en su Pasión, se da completamente. Pero la tradición franciscana reconoce, antes de la kénosis externa, una kénosis interna de Dios. Me explico: a partir del Evangelio de Juan, se habla de que
Dios Padre glorifica a su Hijo y que el Hijo glorifica al Padre en el Espíritu. Ahora, pensemos profundamente qué quiere decir glorificar: el Padre glorifica al Hijo, esto quiere decir que el Padre pone en el centro al
Hijo, quiere decir que el Padre se retira, que el Padre deja espacio y vida para el Hijo… Esto es una kénosis. El Padre glorifica al Hijo; en este sentido, el Padre expresa una cierta kénosis propia exaltando al
Hijo. Ahora “el Hijo glorifica al Padre”, quiere decir que el Hijo pone en el centro de su vida al Padre; el Hijo
se retira… somete su voluntad al Padre. De nuevo tenemos una kénosis del Hijo en el Espíritu. La glorificación recíproca entre Padre e Hijo en el Espíritu, es una kénosis. Esta kénosis interna se expresa externamente en la vida del Hijo, porque el Hijo glorifica al pecador, porque redime al pecador en la cruz; el Hijo
glorifica al leproso, al ciego, al cojo… porque los ayuda a sanar… La redención es un modo con el cual el
Hijo glorifica al hombre y a la creación. Con esto por base, la tradición franciscana elabora la dignidad humana, los derechos humanos, el significado de la persona, porque Dios, en su kénosis, nos glorifica, ya
que nos redime y nos salva. Por tanto, en la “sequela” = seguimiento de Cristo, de esta kénosis de la glorificación, en la tradición franciscana estamos llamados a glorificar junto a Dios al otro, de manera particular
al pobre, al excluido y a toda la creación. De esta manera la kénosis, que en la realidad histórica se convierte en pasión, sufrimiento, muerte y resurrección de Jesús, expresa la kénosis profunda de la glorificación entre Padre e Hijo en el Espíritu Santo. A causa de esto, el pobre, el excluido, el pecador tienen gran
valor a nuestros ojos, porque son estimados, amados y glorificados por Dios en su kénosis.
La kénosis, esta minoridad de retirarse y dar el primer puesto al otro, lleva a las relaciones, vuestra quinta
palabra. El carácter típico de la relación franciscana es el carácter de la familiaridad. Dios, en su kénosis,
crea entre sí mismo, el hombre y la creación, unas relaciones familiares; por ejemplo Francisco, cuando
habla de las relaciones entre el hombre, los fieles y Dios, usa palabras que expresan relaciones familiares:
padre, madre, esposo, hermano, hermana, todas estas palabras expresan una relación familiar, es decir, las
relaciones franciscanas encuentra su fin creando relaciones familiares entre nosotros, la creación y Dios.
La base de esta relación familiar crea la reconciliación, vuestra sexta palabra. En la tradición franciscana, la reconciliación conoce dos dimensiones, la primera es la misericordia, es decir tener un corazón para el otro, un corazón abierto para el otro, para el pecador. Dios tiene un corazón abierto para
nosotros pecadores; este corazón abierto de Dios, para nosotros pecadores, lo veremos en la cruz. El
corazón abierto, el costado abierto de Jesús. Tener un corazón abierto para los pecadores es la misericordia. La segunda dimensión de la reconciliación en la tradición franciscana es el perdón. El perdón, en la tradición franciscana, se realiza a través de la conversión de nuestro nivel afectivo: “…lo
que me parecía amargo se hace dulce”. Perdonar quiere decir que mi sentimiento afectivo hacia el
otro… mi rabia… se convierte en amor. Esto quiere decir perdonar. Mis sentimientos negativos hacia
el otro se convierten en amor. No es el otro que debe convertirse, soy yo quien tiene que convertirse
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perdonando al otro, soy yo quien tiene que cambiar convirtiendo mis sentimientos negativos en pensamientos positivos hacia el otro.
Así se construye la comunidad, la fraternidad o la sororidad, vuestra séptima palabra. En la tradición
de San Francisco la fraternidad-sororidad es un don de Dios, un don de Dios que expresa el ser creado a imagen de Dios uno y Trino; es decir, nuestra fraternidad-sororidad franciscana expresa el amor
trinitario entre Padre, Hijo y Espíritu Santo. Así como podemos decir que la persona está creada a
imagen y semejanza de Dios, la tradición franciscana dice que la fraternidad-sororidad franciscana
está creada, dada por Dios, a imagen y semejanza del Dios Uno y Trino. En consecuencia podemos
decir que si nuestra fraternidad-sororidad es imagen del Dios Uno y Trino, nuestra fraternidadsororidad debería expresar el amor Divino, el amor entre Padre-Hijo en el Espíritu. Y este amor, en la
tradición franciscana, se describe como amor materno, amor materno… por dos aspectos: porque
este amor da la vida, la madre que da la vida, primer nivel de este amor, y el segundo nivel de este
amor es nutrir la vida, el amor que nutre la vida, la madre que da la vida y la madre que nutre la vida.
Ésta es la vocación a la fraternidad-sororidad franciscana: darse recíprocamente en comunidad la
vida, y nutrirse en esta vida recíprocamente, como expresión del amor materno, ese amor materno
que es imagen del amor Trinitario. Esta es la base teológica del significado de la fraternidad-sororidad
franciscana.
Vivimos este amor de modo internacional, intercultural, en modo globalizado, vuestra octava palabra.
La palabra globalización es moderna y substituye dos palabras: universalidad y universalismo. La vocación y el carisma franciscanos nacieron, propiamente, sobre la base de la universalidad y del universalismo. En una época en la que nacieron estados nacionales, en una época en la que los estados
nacionales se apropian territorios, se separan de otros y se unen de manera uniforme; en este momento histórico nace el carisma franciscano como apertura universal, no nacional. Como apertura
universal de la no-apropiación. Mientras los estados empiezan a apropiarse territorios, Francisco no
quiere ningún territorio, el mundo es nuestro claustro. Esta universalidad franciscana, desde el inicio,
está abierta a la internacionalidad, y desde el principio no trata de unirse en la uniformidad. El carisma
franciscano trata de unirse en la diversidad, en la pluralidad, es decir, en la interculturación. La base
de esta apertura universal, de esta internacionalidad y de esta interculturación, la base de esto es el
bien que Dios ha difundido para todos. Porque Dios ha creado todo bien, por eso la bondad de Dios
se encuentra en todos y en todo, y en la búsqueda de este bien de Dios difundido en toda la creación,
el franciscanismo se abre a la universalidad, es decir, la base de la universalidad, la base de la internacionalidad, la base de la interculturación franciscana es la búsqueda del bien común de Dios que se
difunde en toda la creación. Por esto, la globalización franciscana es la búsqueda del bien común para todos, en todo lugar, para llegar a la condivisión y a la participación, y aquí podemos ver la universalidad profética del franciscanismo incluso en la globalización de hoy, porque la globalización de hoy
no conduce a la diversidad sino a la uniformidad, por ejemplo coca cola en todo el mundo; es decir, la
diversidad de las culturas se pierde a favor de la coca cola. Esto es un ejemplo pero habéis comprendido, mientras que la universalidad, es decir la globalización franciscana lleva a la búsqueda del bien
en todas las culturas, no sólo en una cultura. La globalización de hoy no conduce a la apertura sino
que lleva a la separación y a la apropiación de pocos contra muchos, mientras que la globalización la
universalidad franciscana busca el bien a favor de todos en la apertura, la condivisión y la participación.
En este mundo en el que nuestra manera franciscana de la universalidad puede ser un mensaje profético, este mensaje profético es nuestra misión y evangelización, vuestra novena palabra. Dos elementos caracterizan la misión-evangelización en la tradición franciscana. El primero es dar una respuesta a la pregunta ¿qué es evangelización-misión franciscana? La primera respuesta de la tradición, es misión-evangelización es confesar con la propia vida ser cristiano. El segundo nivel de la misión-evangelización franciscana es, cito, “ser hombres de otro siglo en este mundo”. Con “otro siglo”
la tradición franciscana entiende “el Reino de Dios” el otro siglo es el Reino de Dios, y así la misión y
la evangelización franciscana es ser testigos de otro siglo en este mundo. Es decir, ser testigos del
reino de Dios con nuestra vida en este mundo. En este sentido, misión-evangelización franciscana
reenvía al futuro del Reino de Dios. Somos profetas de un mundo nuevo, de un siglo nuevo, del Reino
de Dios, y no con palabras sino con el testimonio de la vida.
Esta misión-evangelización franciscana se concretiza en la solidaridad, vuestra décima palabra. Aquí,
la tradición franciscana define muy claro que se entiende por ser realmente solidarios. Normalmente
los textos latinos emplean la terminología “ire intra o ire fra” que quiere decir vivir debajo, vivir con,
convivir, compartir la vida, compartir el sufrimiento, compartir los dolores, compartir los gozos, compartir las esperanzas… Es decir, solidaridad en la tradición franciscana -la tradición no conoce la pa-
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labra solidaridad, es una palabra moderna- emplean la palabra ire intra o ire fra, que quiere decir “vivir
con”, vivir con…, incluso con hombres de otra religión, de otra moral, de otra historia, de otra cultura…
Por ejemplo: históricamente vivir entre los sarracenos y compartir su vida, más aún ire intra e ire fra
quiere decir vivir debajo, es decir vivir entre ellos sirviéndoles para que encuentren la vida, no en el
sentido material sino para que encuentren a Dios.
Para vivir la solidaridad se requiere la formación, vuestra palabra undécima. Tradicionalmente la idea
de la formación franciscana conoce dos niveles. El primer nivel de la formación franciscana se realiza
en orientar, dirigir toda la vida hacia la kénosis de Cristo. Pero también aquí formación no quiere decir
cambiar todo, formación quiere decir orientarse nuevamente, dirigirse siempre de nuevo hacia la kénosis de Cristo en Su seguimiento. El segundo nivel de la formación franciscana se reconoce en la
provocación. Sí, en la provocación, se emplea esta palabra. Me explico: provocar el bien que está en
cada uno para que cada uno sea capaz de hacer madurar el propio bien, sus dotes, los dones recibidos de Dios. Cada uno, incluso las personas más malas -ésta es la convicción franciscana-, incluso la
persona mas mala… los ladrones en sí tienen algo de bueno. ¿Qué hace San Francisco con los ladrones? El Guardián los echa del convento y Francisco sale, les habla y hace provocar en ellos el
bien que yace en su interior oculto por el mal, para que ellos sean capaces de hacer madurar el bien
que está en ellos. Todas conocéis al lobo de Gubio ¿qué hace Francisco? Va y provoca al lobo porque en el lobo malo hay algo de bueno, y Francisco provoca para que el lobo sea capaz de madurar
el bien, aunque sea poco, y este bien vence al mal. Esto es un elemento muy importante de la formación franciscana: ayudarnos recíprocamente, debemos provocarnos recíprocamente para ser capaces
de madurar el bien que está en cada uno/una. Éstos son los dos elementos: orientar siempre de nuevo, dirigir siempre de nuevo y provocar.
Una consecuencia de esta formación es la famosa reestructuración, vuestra palabra décimo segunda.
Según mi punto de vista, viendo un poco la tradición franciscana -pero esta es mi interpretación, que
quisiera ofreceros libremente, no quiero cambiar vuestras ideas ni vuestras opiniones, sólo quiero enriquecerlas-, ¿qué se podría, cómo se podría explicar reestructuración partiendo de la tradición franciscana? Re-orientar y dirigir todas nuestras estructuras institucionales y humanas hacia la sequela
de la kénosis de Cristo. Es decir, reorientar, buscar una nueva orientación que corresponda a la realidad de hoy, buscar una nueva dirección que corresponda a la realidad de hoy, y esto en todo nivel:
humano, espiritual e institucional.
Y esta reestructuración nos lleva a vuestra última palabra estilo de vida, porque una reestructuración
tal, una nueva orientación, una nueva dirección, deberían conducirnos a un nuevo estilo de vida en la
simplicidad franciscana, pero ¿qué quiere decir simplicidad? Simplicidad no quiere decir ser estúpidos, simplicidad quiere decir darse cuenta de que vivimos de la gratuidad, de la bondad de Dios, y
nuestro estilo de vida debería estar caracterizado por esto: vivimos de la gratuidad y de la bondad de
Dios, y esto quiere decir que tenemos que vivir sin malgastar, con simplicidad, con lo necesario, nada
de más, sin cosas superfluas, y esto también en lo espiritual, no sólo en cosas materiales. Y esta
simplicidad franciscana ahora me dice que debo callarme para no malgastar muchas palabras. Hasta
aquí mis observaciones a vuestras palabras. Gracias por vuestra atención.
Preguntas:
¿Qué piensa de las comunidades itinerantes? ¿Conoce alguna experiencia?
El origen de la itinerancia franciscana, está totalmente vinculado al carisma misionero de Francisco y
de los primeros hermanos. Es decir, escuchar en el Evangelio cómo manda Jesús a sus discípulos de
dos a dos por el mundo. Francisco lo escucha en la Porciúncula y dice “¡esto quiero!”, éste es el origen de la itinerancia franciscana: sentirse mandado como los discípulos de Jesús para anunciar la
Buena Noticia. Hoy hay diversas experiencias pero pocos tratan de hacer esta experiencia. Existe un
poco el peligro de hacer un tentativo nostálgico. No podemos volver al 1.200 o al tiempo de Jesús,
pero ¿qué es la itinerancia? la prospectiva de la itinerancia debería equilibrar un poco nuestra tendencia de estabilizarnos, es decir, de quedarnos tranquilos en nuestra propiedad, de vincularnos demasiado a nuestras propiedades materiales, y aquí la vocación, o la prospectiva, o el elemento del
carisma en la itinerancia, nos hace comprender que, en primer lugar, nuestro carisma es misionero,
somos enviados a la gente, no hemos sido llamados a quedarnos en nuestras casas esperando quién
viene o no. Nuestro carisma es un mandato a ir, no a quedarnos esperando que vengan. El segundo
punto que nos hace recordar el aspecto de la itinerancia es que no debemos vincularnos demasiado a
nuestras propiedades que, a menudo, presentan hoy un peso enorme. Pero la itinerancia estaba muy
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vinculada, en los orígenes, a la libertad: ser libres a favor de poder anunciar creíblemente el Evangelio. Según mi opinión personal, quien se siente llamado a vivir la itinerancia de manera práctica, es
decir, viajar o caminar de ciudad en ciudad para predicar, si es su carisma que lo haga, pero no creo
que sea el carisma de la mayoría. Creo que el tema de la itinerancia, de manera particular, debe provocarnos a repensar nuestra libertad ¿somos todavía libres hoy para testimoniar creíblemente el
Evangelio? o ¿hay cosas que nos pesan tanto que no somos libres? Entonces, ¡debemos liberarnos…! probablemente en este sentido liberarnos de propiedades, de estructuras institucionales, porque no nos ayudan a testimoniar el Evangelio. Pero esto no sé decirlo en vuestro caso, sois vosotras
las que debéis discernirlo, pero la provocación a la itinerancia es una provocación a la libertad para
poder testimoniar el Evangelio.
El Padre general, que estuvo el primer día con nosotras, entre otras cosas dijo que la minoridad es,
para él, el valor determinante que da color y sabor a los otros valores franciscanos, ¿podrías decirnos algo sobre el valor determinante de la minoridad?
No quisiera repetir estereotipos que pueden encontrarse en los libros de espiritualidad franciscana, pero
quizá os ayudo a comprender mejor la minoridad, el aspecto del amor. La tradición franciscana, cuando
empleo la palabra tradición franciscana entiendo los grandes Franciscanos: Buenaventura, Duns Scoto…,
da la visión del amor como la base en la vida de San Francisco y Santa Clara. Ellos tratan de explicar qué
es amor, una palabra que todos utilizamos, pero ¿qué es amor? Tratan de dar una respuesta, y la respuesta es ésta: Querer, sin intereses, que el otro viva y sea él. No tengo ninguna ventaja si el otro existe incluso algunas veces me fastidia-, pero no obstante hay que querer que el otro exista, sea feliz y que encuentre la plenitud de su vida. Minoridad es ponerse al servicio de esto: que el otro sea feliz y encuentre la
plenitud de su vida. Esto me pone en posición de minoridad, de servicio.
Ha hablado de la globalización franciscana, que es compartir los bienes con todos y que el
mundo es nuestro claustro. Esta idea me ha interpelado fuertemente y me gustaría escuchar
algo más al respecto. En segundo lugar, cuando habló de reestructurar habló de tres niveles:
humano, espiritual e institucional. ¿Podría decir algo más sobre la reestructuración a nivel espiritual?
El mundo es nuestro claustro es una citación tomada del texto “Sacrum Commercium”. En el tiempo
de Francisco, la vida religiosa se vivía, normalmente, en el claustro de un monasterio. Y había una
tendencia de obligar a Francisco y a los primeros hermanos a vivir en un monasterio, es decir, dentro
de un claustro. Para responder a esta tensión, el texto pone estas palabras en la boca de Francisco.
La Dama Pobreza, una figura alegórica, va a San Francisco y le dice “muéstrame el claustro donde
vives tú y tus hermanos”, y en vez de llevar a La Dama a un monasterio, Francisco lleva a la Dama a
lo alto de una montaña y le dice “mira -y se veía todo el mundo alrededor de esa montaña-, mira, el
mundo es nuestro claustro”. Es decir, el claustro es el lugar donde Dios nos manda, no es un lugar
cerrado, sino abierto. Todo el mundo es el lugar donde podemos vivir y testimoniar el Evangelio, no
hay lugar excluido. Frente a su tiempo, Francisco quiere decir también con esto que no existe una
fuga del mundo, no huimos del mundo, vivimos el Evangelio dentro del mundo. Esto significa la expresión que he empleado de “el mundo es nuestro claustro”. Quiere decir que no nos encerramos
dentro de nosotros mismos sino que abrimos nuestra vida a todos. Éste es el significado.
¿Qué he querido decir con la expresión “reestructuración espiritual?” Nuestra tradición, igual que la
tradición de una Congregación -no me refiero a la vuestra porque la conozco-, está vinculada a ciertos
ritos, a ciertos prácticas, a ciertos modos de vivir, incluso comunitariamente, la vida de oración, y si
reconocemos de manera nueva la dimensión de la contemplación y meditación de estilo franciscano,
también de Santa Clara, esto probablemente quiere decir que tenemos que cambiar el estilo de orar
que tenemos ahora, tanto juntos como solos. También nuestro modo de pensar tiene algo que hacer
con la vida espiritual. La manera como vemos el mundo, los otros, qué pensamos sobre Dios… es
decir, repensar la vida espiritual quiere decir repensar la imagen que tenemos de Dios ¿Quién es éste
Dios mío y nuestro? ¿qué imagen de Dios representamos? ¿de qué imagen de Dios damos testimonio? Voy a dar un ejemplo, no digo que esto es realidad en vosotras, pero sólo lo digo para comprendernos: si nos cerramos en el claustro ¿qué imagen de Dios testimoniamos ante el mundo? un Dios
cerrado. Si nosotros vamos, no estoy en contra, pero si vamos sólo a los ricos ¿qué imagen de Dios
testimoniamos? un Dios que está sólo de parte de los ricos. Son dos ejemplos que nos hacen comprender cómo tenemos que repensar qué pensamos de Dios y qué estamos testimoniando, pero si
nuestro Dios es el Dios humilde, el Dios de la kénosis ¿qué testimoniamos realmente? ¿Testimoniamos en nuestra vida, con hechos, este Dios de la kénosis o testimoniamos un Dios reservado, fuerte,
de hierro… y no un Dios amor? Todo esto es un repensar nuestra espiritualidad y, consecuentemente, nuestras estructuras.
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Nos ha dicho que tenemos que vivir comunitariamente como familia, y me parece casi algo imposible, mire la sala… todas somos diferentes…
Tienes razón, muchas cosas de las cuales hablamos son un ideal, pero ¿qué caracteriza a una familia? los amigos los puedo buscar, pero si en un momento no me agrada, puedo decir “excusa, pero
nuestra amistad no me agrada, tiene que terminar”. Pero mi hermano o mi hermana no puedo buscarlos, me los han dado y tengo que aceptarlos si me gustan o no. Ésta es la realidad de una familia. En
esta realidad una familia tiene siempre que encontrarse y vivir a nivel del amor. ¿No sucede lo mismo
con nosotros? Cuando entré en la Orden no elegí ninguno de aquellos que ya eran, tuve que aceptarlos como ellos me tuvieron que aceptar, si me gustaban o no, si gustaba a los otros o no. Por eso,
diariamente tenemos que vivir del amor, el amor materno, el amor Trinitario, y ésta es la realidad de
una verdadera familia. En la familia nadie se ha elegido, nadie se ha buscado, podemos comprender
en la fe que mis hermanos y hermanas, aunque no me gusten, son un don de Dios, y esto vale también para la familia religiosa. Ninguno de nosotros ha buscado a éste o a la otra. Francisco lo dice, un
poco seco, en su Testamento: “cuando Dios me dio hermanos…” y sabemos que no siempre fue un
placer para Francisco. Pero Dios se los ha dado y basta. A él le tocaba, diariamente y con amor,
aceptar al otro como es, así como el otro tenía que aceptarlo a él, a mí como soy. Tenemos que vivir
impulsándonos, provocándonos recíprocamente para iniciar siempre de nuevo a vivir el Evangelio, lo
que nos une no lo hemos elegido recíprocamente, lo que nos une es que el mismo Dios nos ha llamado a cada uno a la misma vocación, al mismo carisma, y este es el gran don que debería ayudarnos a encontrarnos incluso cuando estamos perdidos recíprocamente. Francisco, a la hora de su
muerte, dice a los hermanos que hay que empezar de nuevo. Y ésta es la realidad de una familia, la
disponibilidad de empezar cada día de nuevo, incluso si ayer terminó con una tormenta… Esto requiere valor; vivir juntos de diferentes países, culturas, generaciones… no es fácil, se necesita valor, mucho valor, pero si Dios nos ha llamado a esto ¿no creéis que Dios nos da el don de su amor para que,
si queremos, tengamos éxito en nuestro recomenzar cada día?
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Kenosis