LA CONVIVENCIA
Guillermo Aveledo, 2007
Por siglo y medio Venezuela fue casi siempre un país inestable, violento y
sometido a la fuerza. La estabilidad política fue la mayor parte del tiempo una
asignatura pendiente. Gobiernos, constituciones, revoluciones, dictaduras más o
menos represivas, más o menos ladronas, más o menos duraderas, se sucedían sin
tregua. No se progresa en la incertidumbre y la violencia y, aunque sea para
sobrevivir, la sociedad se convierte en mendiga del orden. Las armas no siempre lo
produjeron, pero cuando lo hicieron fue al precio de la libertad. Cuando una jefatura
lograba estabilizarse y dominar la situación, venciendo o neutralizando a sus
enemigos, el método para conseguirlo era la imposición y la consecuencia era el
silencio oprobioso del miedo, la muerte, las cárceles y los destierros.
La estabilidad es un preciado bien social. La libertad es una aspiración humana
esencial, un derecho natural que sin embargo no es monte que crece silvestre, hay que
sembrarla, cultivarla, cosecharla y conservarla y fortalecerla. La paz es una necesidad
porque su ausencia pone la vida en entredicho y vacía de contenido la libertad. La
estabilidad, la libertad y la paz no garantizan por si solas la justicia y la prosperidad,
pero sin ellas estas son prácticamente imposibles pues, si llegaran a darse serían
precarias.
Los cuarenta años transcurridos entre 1958 y 1998 han sido, hasta ahora, el
período más largo de convivencia libre y pacífica que hemos logrado los venezolanos.
Antes tuvimos lapsos de estabilidad política, siempre más cortos, el más prolongado
fue el del régimen gomecista con sus ventisiete años. También en eso aventaja el
tiempo de los civiles con sus cuatro décadas. Así mismo tuvimos paréntesis de
libertades, unos más breves que otros. Como los primeros dieciocho años que siguen a
la separación de Colombia en 1830, o los diez que van de diciembre del treinta y cinco
a octubre del cuarenta y cinco, o los tres siguientes, preparatorios estos trece del
trecho que nos ocupa, y alguno que otro más, excepcional, raro. Pero todos cualitativa
y cuantitativamente incomparables con esa etapa. ¿Cómo se logró eso? ¿Cómo lo
logramos los venezolanos? Es interesante repasar esa historia.
Respeto a la diversidad con reglas claras y abiertas, de modo que todo aquel que
aceptara ese marco para ofrecer su opción y defender su postura tuviera la
oportunidad de hacerlo. Disposición para incorporar, para olvidar, para cerrar heridas y
abrir puertas. Conciencia de que el país es mucho más grande y complicado que el
medio donde me desenvuelvo. Ahí están los frutos de la lección aprendida en los
fracasos y las premisas sobre la base de las cuales se funda la nueva era de libertades.
Claro que la sociedad no es una casita de muñecas, ni su vida transcurre suave y
armoniosa. Hay tensiones, hay conflictos, las diferencias no siempre se ventilan
mediante el juego limpio y si una manera de ver el pasado es como pedagogía de lo
que se debe y lo que no se debe hacer, otra es como formador de hábitos, de reflejos,
de prácticas. A la democracia de 1958 llegamos con nuestro contradictorio equipaje
histórico y con nuestro balance de haberes y deudas ciudadanas. Y, en todo tiempo y
lugar, hay sectores que sienten que tienen cuentas por cobrar y que ha llegado la hora
de presentarlas, para reclamar el pago inmediato y con intereses. No todo el mundo
sabe que las acreencias de la historia y de la sociedad también pueden, y aveces
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deben, prescribir. De la vigencia de estas leyes, tantas veces inexorables,
econtraremos evidencias entre quienes ejercieron el poder y entre quienes aspiraron
ejercerlo y no pudieron. Y esto es sano tenerlo en cuenta, para estar atentos y no
dejarnos manipular por la historia escrita por los vencedores y tampoco por la escrita
por los derrotados.
PUNTOFIJO
¿Qué quería aquella Venezuela que despertó ilusionada el amanecer del 23 de enero de
1958?
Uno de los líderes más importantes de ahora, Jóvito Villalba, lo expresó con elocuencia en el
hemiciclo parlamentario:
Venezuela está ansiosa de justicia, pero también está ansiosa de paz, porque en realidad
no se le puede hacer justicia al pueblo si no hay paz, si no hay orden que permita la
construcción nacional, la obra de levantar la economía, la de exigir una cultura propia, la
de crear instituciones. Debe tener nuestro trabajo constituyente esos dos objetivos: paz
y justicia. Es decir, la paz como medio para lograr la justicia a favor del pueblo y la
unidad y grandeza de Venezuela.
Orden. Paz sin sacrificar la libertad y libertad sin perder la paz. En 1936 se prolongó la
paz con graduales aperturas a la libertad, pero no fue suficiente. El país reclamaba más, porque
ya no cabía en aquel orden, aunque se hiciera más liberal, más tolerante y más sensible a las
necesidades de la mayoría. Los espacios de libertad y participación se ampliaron en 1945, pero
es innegable que hubo retrocesos en cuanto a la paz que se tenía. Y el sentido de 1948 es el
mismo mensaje pesimista del pretérito dictatorial: los venezolanos no podemos vivir libre y en
paz, así que el precio de la paz es la libertad perdida.
Suárez Figueroa se pregunta si no se hubiera ahorrado Venezuela la década de
“gobiernos personalistas, nepóticos y corruptos” del monagato de no haber fracasado la
iniciativa que Páez y Antonio Leocadio Guzmán conversaran en 1846. Tal vez la humana y
materialmente costosa Guerra Federal se hubiera evitado, o no habría alcanzado las
características que llegó a tener, de haber sido exitosa la incruenta “Revolución de Marzo”,
fundada en la conciliación de conservadores y liberales, auspiciadora de una Constitución
razonable que pudo ser cauce para reformas importantes. ¿Y qué si hubieran dado frutos las
conversaciones de paz entre Páez y Falcón en 1861? ¿No habrían sido beneficiosos para los
pobres del país, para las legiones hambrientas y descalzas que pelearon bajo la promesa federal,
tres años de paz en vez de tres años más de guerra? Y mucho más acá, como hemos referido en
capítulo anterior, si una vez enfermo Escalante hubieran Medina y la dirigencia de AD persistido
en el camino del entendimiento, en lugar de irse a imponer un candidato el uno y conspirar los
otros. ¿Y si hubieran pactado en vez de romper López y Medina?
Pero ninguna de esas cosas ocurrió. En cada episodio predominó la confrontación, los
actores no quisieron, no supieron o no pudieron entenderse. De esa trágica marca histórica
quisieron librarse, y librar a Venezuela, los líderes políticos de 1958.
Ese paso histórico, trascendente en sus miras y en sus resultados, debería ser objeto de
la más alta valoración por parte de los venezolanos o, por lo menos, del estudio más objetivo. Al
contrario, el juicio sobre posteriores desarrollos del sistema entonces fundado, la necesidad de
combatir políticamente a sus protagonistas e, incluso, el cobro de viejas facturas a éstos o a los
partidos, han derivado en un muy escaso conocimiento de su verdadera naturaleza y contenido y
en la idea de un sórdido negociado para repartirse el país.
El 31 de octubre de 1958, a diez meses de la caída de la dictadura y faltando uno y días
para las elecciones, los dirigentes de Acción Democrática, Unión Republicana Democrática y el
Partido Socialcristiano COPEI suscribieron el Pacto de Puntofijo, lo que hoy se llamaría un
acuerdo de gobernabilidad. En él se comprometen a respetar las reglas, a trabajar juntos por
objetivos comunes de afianzamiento de la democracia y a compartir la responsabilidad de
gobernar, con independencia de quien resulte ganador en los comicios pautados para el 7 de
diciembre. El nombre del convenio deriva del lugar de la firma, la casa de habitación de Caldera
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en Las Delicias de Sabana Grande, a pocos pasos de donde está ubicado hoy el Restaurant
Urrutia. La víspera de la fecha electoral, los candidatos presidenciales Rómulo Betancourt (AD),
Wolfgang Larrazábal (URD-PCV-MENI) y Rafael Caldera (COPEI-IR-PST) firmaron a su vez un
programa mínimo de gobierno, el cual el ganador se compromete a adelantar desde la
presidencia y los otros dos a respaldar.
Lo primero a destacar es lo inusual de este pacto. Nunca antes en nuestra historia hubo
algo igual y nunca después lo ha habido. En su génesis está el aprendizaje de los anteriores
fracasos de los intentos de implantar la democracia en Venezuela y, especialmente, la dolorosa
experiencia dictatorial. En marzo de 1957, desde su exilio en Munich, y con la vista puesta en las
elecciones presidenciales que constitucionalmente debían efectuarse a fines de año, Luis Herrera
Campíns recomienda el entendimiento de los partidos y fuerzas democráticas en torno a una
candidatura presidencial unitaria, programa de gobierno y listas parlamentarias comunes. El
plebiscito ideado para salvar ese escollo burló las disposiciones constitucionales pero precipitó la
crisis en el seno del régimen que el mismo político había previsto en su documento Frente a
1958 y cuyo desarrollo no dudó en calificar como “La tumba dictatorial” en artículo para TIELA
en noviembre. Por esos tiempos había surgido en Caracas la Junta Patriótica, esquema de acción
antidicatorial coordinada de las organizaciones en el interior. La comunicación directa e indirecta
entre dirigentes existía y continuaba. Betancourt estaba en el exilio desde 1948 y Villalba desde
1952, quien bajo vigilancia y acoso policiales siguió en el país fue Caldera, hasta su prisión en
1957 y destierro, tras asilarse en la Nunciatura Apostólica. Reunidos en Nueva York el 19 de
enero de 1958 los tres jefes políticos “Hablaron ellos allí acerca de la inminente caída de Pérez
Jiménez y sobre lo que sucedería después. Acordaron que era necesaria una tregua entre los
partidos políticos, porque si no lo hacían así, se encontrarían pronto de nuevo en la cárcel o el
exilio”.
Las diferencias entre Betancourt, Villalba y Caldera no eran menores y los conflictos
entre ellos y sus organizaciones políticas habían sido muy agudos. No puede decirse que fueran
entonces amigos personales. Los dos primeros lo habían sido, así como compañeros de lucha,
pero en los tempranos años cuarenta se habían distanciado irreversiblemente. Al fundar UNE por
discrepancias ideológicas con la mayoría, Caldera había protagonizado la división de la
Federación de Estudiantes de Venezuela cuyo líder era Villalba y nunca, antes o después de la
cita nuevayorquina se supo que entre ambos hubiera alguna simpatía. Caldera y Betancourt
habían coincidido en la oposición a Medina y en la fracasada postulación de candidatos a
diputados por el Distrito Federal cuando esa elección se realizaba indirectamente por el Concejo
Municipal. La triunfante revolución de octubre designa a Caldera Procurador General de la
Nación, en un raro gesto de amplitud y acercamiento a sectores distintos. Pero menos de sieis
meses después, en abril de 1946, Caldera renuncia al cargo en protesta por la violencia
organizada por militantes de AD contra las actividades de COPEI, incluida un visita suya al
Táchira. Desde entonces asumirá su papel de líder partidista por la calle del medio de la crítica,
será el vocero opositor por excelencia en la Asamblea Constituyente y el candidato alternativo a
Rómulo Gallegos. El enfrentamiento AD-COPEI en ese trienio, maculado de radicalismo y
sectarismo, figura entre las causas del naufragio del intento democratizador.
No eran pues, los tres líderes, socios ni aliados, venían de ser rivales encarnizados. El
paso que daban era potencialmente costoso en lo político, pues sus respectivos seguidores
tendrían dificultades para asimilarlo, en una Venezuela para la cual la convivencia política era
todavía extraña. No había encuestas que les permitieran calcular el riesgo asumido. Creyeron
que eso era lo correcto, lo necesario, lo que había que hacer, y se dispusieron a hacerlo.
1958 estuvo signado por el llamado “Espíritu del 23 de enero” un clima de encuentro que
reclamaba entendimientos mayores. En ese ambiente se realzaron las conversaciones entre los
partidos a lo largo del año, muy estimuladas por la prensa que alababa cuanto pudiera significar
coincidencia y censuraba aquellas actitudes de las cuales pudiera colegirse alguna discrepancia
actual o potencial. En aquel diálogo constante y múltiple participan las dirigencias empresariales,
sindicales, de gremios profesionales e incluso estudiantiles. En Venezuela se habló del candidato
presidencial único, quien debía ser una figura independiente, con lo cual se apartaba
implícitamente a los candidatos de partido. También de un gobierno colegiado, en el modelo
suizo para entonces vigente en Uruguay. Esas posibilidades no cuajaron. Se optó por el pacto de
solidaridad democrática y corresponsabilidad gubernativa entre partidos y el programa mínimo
común entre candidatos presidenciales. En el pacto de Puntofijo el compromiso suscrito es por la
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defensa de la constitucionalidad y el derecho a gobernar conforme al resultado electoral,
gobierno de unidad nacional y programa mínimo común.
La intención y el contenido del pacto son resumidos así por Rafael Caldera:
El tiempo transcurría. Las dificultades aumentaban. De allí vino la idea de formalizar un
compromiso mediante el cual, yendo cada partido con candidato propio y con su lista de
aspirantes a los cuerpos legislativos, nos comprometiéramos todos a sumar la fuerza
moral y política que cada uno obtuviera en respaldo del que resultara ganador. Esto se
haría en virtud de un programa mínimo común y del compromiso de participar en el
Gobierno en forma solidaria. En la hipótesis de que alguno de los comprometidos pasara
a la oposición, mantendría su apoyo al Gobierno y le daría pleno respaldo en caso de
amenaza insurreccional. Esta fue, en síntesis, la base del Pacto de Puntofijo.
El programa mínimo común de gobierno es, en realidad, un acuerdo de ambiciosas miras
que marca pauta para la acción político-administrativa del primer quinquenio, ámbito temporal
de vigencia del pacto, pero que se proyecta hacia futuras administraciones, pues sus metas
difícilmente se lograrían en un solo período constitucional. Aborda temas de acción política y
administración pública: constitución democrática con carta de derechos económicos y sociales y
legislación correspondiente, y reforma administrativa con nociones de eficiencia, estabilidad
funcionarial, continuidad y lucha contra la corrupción; política económica con base en un plan
integral de desarrollo de largo alcance, con estímulo a la iniciativa privada y papel
preponderante del Estado en la promoción de la riqueza nacional; política petrolera y minera
dirigida a la más justa participación en los beneficios y el mayor control sobre las actividades de
la industria; paz social y laboral mediante políticas sociales avanzadas; política educacional
dirigida a la democratización del acceso y la dignificación del magisterio; profesionalización de
las Fuerzas Armadas; defensa del inmigrante útil y equiparación de sus derechos con los del
trabajador venezolano; y política internacional de paz y cooperación, con acento en América
Latina, respeto a la autodeterminación, adhesión a la ONU y OEA y continuidad en los
compromisos internacionales de Venezuela.
Al asumir la Presidencia de la República Rómulo Betancourt, el candidato triunfador en
las elecciones de diciembre, recordó y reconoció el éxito de la actuación concertada de los
partidos en la Junta Patriótica “en las postrimerías del régimen de los diez años”, línea que no se
detuvo alcanzado el objetivo de liberar a Venezuela de la dictadura:
Y al recuperar el país su fisonomía democrática, el pacto para erradicar el despotismo se
transformó en otro, de tregua en la pugna interpartidista y de esfuerzo coordinado para
ofrecer a la nación soluciones a sus problemas básicos, políticos, económicos y sociales.
Anota el escepticismo “dentro y fuera de Venezuela” ante la durabilidad del compromiso
“Mucho más profundo que la regularización de la convivencia pública y el respeto a las reglas del
juego democrático” pues incluyó un pacto de “compromisos concretos” y un programa común.
Así mismo “fracasaron los cálculos alarmistas de los descreídos...” y se formó el gobierno
coaligado.
Su interpretación es que la conducción política aprendió “la dura lección que a todos los
venezolanos nos dio el despotismo. En la clandestinidad, en la cárcel, en el destierro o
sobrellevando en la calle una libertad siempre precaria, comprendimos que por la brecha abierta
en el frente de la cultura y la civilidad, se abrió paso la conjura del 24 de noviembre...”
El Pacto de Puntofijo, concebido para un período presidencial, marcó un buen comienzo
para un intento de establecer la democracia que no tardaría en comprobar sus dificultades y
amenazas. Antes de terminar el quinquenio URD pasó a una oposición que, si bien muy crítica,
se mantuvo leal y cuya consigna de “Votos sí, balas no” establecía inequívocas diferencias con
las insurgencias que desde la derecha y la izquierda desafiaron al joven sistema de libertades,
aun al precio de afrontar disidencias internas.
El acuerdo será uno de los signos de la experiencia de convivencia libre y pacífica que los
venezolanos comenzaron a vivir. De sus saldos trata este ensayo, pero nadie puede dudar que el
principal es, como bien ha puntualizado Caldera: “...algo que será difícil destruir: el pueblo
venezolano se acostumbró a vivir en libertad. Si alguien se atreviera a desconocer este hecho,
estaría condenado al fracaso”.
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Aveledo, Ramón Guillermo: La convivencia.

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