Einführungskurs in das spanische Recht, in spanischer Sprache
Dr. Fernando Esteban de la Rosa
Universität Würzburg, SS 2013
I. PANORÁMICA DE LA HISTORIA CONSTITUCIONAL ESPAÑOLA
1. Los sustratos del constitucionalismo español
Tras la decadencia que conoció después de su hegemonía mundial en los siglos
XVI y XVII, España sufrió un importante apartamiento de Europa. No obstante,
comenzará a acercarse nuevamente a la corriente europea, en el terreno de las ideas y las
instituciones, a mediados del siglo XVIII. Dentro de estas ideas, que se basaban en el
culto a la razón y en la fe en el progreso, destaca especialmente la que se refiere al
movimiento constitucional propio de la época.
España adopta el constitucionalismo muy tempranamente, lo que viene a
significar que se sitúa entre los primeros países del mundo que llegan a poseer una
constitución escrita. Primero fue la revolución americana, con la constitución de los
Estados Unidos de 1787. Le sigue la constitución francesa de 1791. A ello seguirá
España, primero en 1808 con la carta otorgada en Bayona por los Bonaparte, y ya como
fruto de fuerzas nacionales, por la histórica Constitución de Cádiz de 1812.
A pesar de esta temprana entrada en la corriente constitucional que se irá
extendiendo a lo largo de los siglos XIX y XX, a prácticamente todos los países del
mundo, la historia constitucional española no ha sido ni lineal ni estable. Desde la
constitución de 1812 hasta llegar a nuestros días, España ha conocido nueve
constituciones, alguna constitución no promulgada, varios proyectos de constitución, y
numerosas reformas constitucionales. Esta circunstancia nos aparta de los casos
insólitos de Estados Unidos, con constitución escrita, o Gran Bretaña, con constitución
consuetudinaria, los cuales no han conocido más que una constitución en toda su
historia, y nos acerca a Francia en donde se rebasa ampliamente el número de las
españolas.
Antes de exponer brevemente las diferentes constituciones que llegaron a tener
vigencia en España, conviene explicar las causas de la inestabilidad constitucional
española.
Entre los sustratos sobre los que gira el movimiento constitucional en España, y
que explican en gran parte la inestabilidad señalada, hay que contar la lucha constante
por aclarar y concretar algunos conceptos-instituciones que definen tradicionalmente la
historia de España como Nación: la Monarquía y el regionalismo. Sobre todo, las
dicotomías Monarquía tradicional versus Monarquía nacional (o nacionalizada), y la de
centralismo versus regionalismo, es lo que explica sobremanera el sentido del constante
movimiento pendular constitucional y la orientación de la vida política española. A lo
que habría que añadir, como tercer factor, la posición de la Iglesia Católica.
A. Monarquía tradicional, Monarquía nacional, República y Dictadura
La Monarquía en España ha sido, por razones históricas, una de las piezas básicas de
las constituciones, que han tratado de entenderla bien como una institución al servicio
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de la Nación (Monarquía nacionalizada), o bien como una institución de la que dependía
la Nación. La Nación sería el conjunto de súbditos pasivos (Monarquía tradicional).
Por una parte, las Constituciones de 1812, 1837 y 1869 entendían, de acuerdo con la
concepción de la Monarquía nacional, que su mantenimiento sólo se justificaba si junto
a ella, se depositaba la soberanía en la Nación, si se establecían ciertas prevenciones
para impedir una actuación inconstitucional de la Corona, si se reconocía la división de
poderes, así como ciertos derechos y libertades que sirviesen de límite al poder.
Por otra parte, las Constituciones de 1834, 1845 y 1876 descansaban en la vieja idea
de que el Rey era el centro del poder del Estado, de que no debía haber en consecuencia
ninguna división de poderes y de que los límites al poder que representan las libertades
debían ser lo más restrictivos posibles.
Ahora bien, cuando ni siquiera la primera concepción señalada, esto es, la
monarquía nacional pudo llegar a satisfacer mínimamente los deseos democráticos del
pueblo, entró en juego la forma republicana de Gobierno, primero con el proyecto de
Constitución de 1873 de la I República, y después con la Constitución de 1931, que dio
lugar a la II República. En ambos casos se fue mucho más allá en la concepción
democrática de la organización política de la sociedad, de lo que podía suponer la forma
más avanzada de la Monarquía nacional.
Por otro lado, y en sentido inverso, cuando la Monarquía tradicional no era
suficiente para garantizar la posición hegemónica de las clases dominantes, se recurrió a
la Dictadura, primero en 1923 con el General Primo de Rivera, y después, como
consecuencia de la Guerra Civil, con el General Franco.
La explicación de porqué no se impuso en España, de forma estable, una de las dos
concepciones de la Monarquía puede encontrarse en dos importantes factores: uno sería
la debilidad de la tendencia de la Monarquía nacionalizada o su sustitutivo la República,
y otro, la fortaleza de la corriente de la Monarquía tradicional:
El primero se debe, posiblemente, a la ausencia de una revolución burguesa en
España. En efecto, el atraso industrial de España, en relación con los otros países
europeos, originó la ausencia de una fuerte clase burguesa capaz de imponer los valores
clásicos de esta clase. Las clases medias en España, durante todo el siglo XIX y parte
del XX, no tuvieron la solidez y valentía necesarias para consolidar el régimen
democrático liberal. La fuerza de la clase aristocrática comportó la marginación de las
clases populares de la vida política.
El segundo factor que ha contribuido a la fortaleza de la concepción tradicional de la
Monarquía, habría que buscarlo en su estrecha relación con la implantación de la Iglesia
y la religión Católica en España. La doctrina del origen divino del poder, base de la
concepción de la Monarquía absoluta, tuvo en España fuerte arraigo merced al peso de
la Iglesia. Durante todo el siglo XIX y gran parte del XX ha tenido especial fuerza la
relación Rey-Estado-Iglesia. De hecho, en la progresista Constitución de Cádiz, el
artículo 12 señalaba que “la religión de la Nación Española es y será perpetuamente la
católica, apostólica, romana, única verdadera”.
B. Regionalismo versus centralismo
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Aunque España se anticipa a otros países europeos en la obtención de su unidad
política, se diferenciará porque se trataba de una entidad nacional muy compleja, basada
en la existencia de pueblos diferenciados por sus peculiaridades históricas, geográficas,
culturales y hasta lingüísticas en algunos casos. La unidad, pues, no significó
homogeneidad, y desde el siglo XV hasta el siglo XVIII se mantuvo más o menos vivo
el reconocimiento de los hechos regionales, a través de la lengua propia, las
instituciones propias o la diferenciación jurídica.
La llegada de los Borbones –y concretamente tras los Decretos de Nueva Planta de
1715 y 1716- significó la desaparición de este reconocimiento respecto de algunas
regiones. Por ejemplo, Valencia perdió de forma definitiva su Derecho foral. Cataluña,
si bien inicialmente también lo perdió, volvió a recuperarlo, si bien en tal modo que no
fue posible su modificación o desarrollo, al perderse la potestad normativa.
El golpe mortal a la realidad regional, que había subsistido en forma de derechos
forales durante el Antiguo Régimen, ocurrirá con la adopción del constitucionalismo.
Las ideas revolucionarias francesas fueron seguidas por los constituyentes de 1812, los
cuales, olvidándose del tradicional contexto regional español, adoptaron unos criterios
de unificación territorial y administrativa basados en la existencia de una ley única para
un solo Estado. A partir de esta fecha, confirmada sobre todo por la división territorial
provincial que introduce Javier de Burgos en 1833, hasta el estallido republicano de
1873, las diferentes constituciones de ese período ignorarían el hecho regional. Lo cual
no implica que semejante dato hubiera desaparecido de la realidad española, como lo
demuestra la existencia de las guerras carlistas.
Fracasado por sus excesos el primer intento de resolver constitucionalmente el
problema regional (Constitución non nata de 1873, I República), la Constitución de
1876, fruto de la Restauración de Cánovas del Castillo, vuelve a ignorarlo totalmente.
Pero durante toda la vigencia de esta Constitución se asiste una y otra vez a las
reivindicaciones regionales, especialmente en Cataluña y, en menor medida, en el País
Vasco. El intento de resolución de tales conflictos se encuentra en la misma base del
nacimiento de la II República.
La Constitución de 1931 se planteaba nuevamente el problema regional, y lo
intentaba resolver mediante la concesión de autonomía político-administrativa a las
regiones que voluntariamente lo solicitaran. Pero este nuevo intento se saldará, como es
sabido, con un nuevo fracaso que desembocará en la Guerra Civil de 1936-1939. A
partir de esa fecha, el régimen que instaura el General Franco rechazará todo
reconocimiento regional, reimplantando el Estado unitario y haciéndolo rígidamente
centralista. Ello no sólo no logrará extirpar dicha tendencia, sino que, al contrario, será
el mejor caldo de cultivo para su resurgimiento y extensión a otras regiones que hasta
entonces no habían testimoniado tal tipo de reivindicaciones.
En consecuencia, el regionalismo, en tanto que factor permanente de la historia
española, seguirá sin resolverse hasta la aparición de la constitución de 1978,
contribuyendo esencialmente a nuestra constante inestabilidad constitucional.
2. Las fases constitucionales
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La incapacidad para implantar en España una Monarquía nacionalizada, con los
elementos democratizadores que la misma comporta, y el permanente e irresuelto
problema regional, nos explican claramente la corta vida de nuestras constituciones. En
cada fase constitucional se asiste al enfrentamiento dialéctico de dos constituciones que
representan cada una de ellas bien la España progresista y moderna, bien la España
tradicional y atrasada.
A. Fase de iniciación constitucional
Vamos a examinar de cada constitución la situación política que la precede, los
principios ideológicos que asume, con especial alusión a los derechos individuales
básicos en ella reconocidos y tutelados, los órganos del Estado regulados
constitucionalmente, y el sistema electoral recogido en la propia constitución o
desarrollado por ella misma o por la correspondiente ley electoral.
a) La Constitución de 1812
La lucha contra los franceses, que se inicia con el levantamiento popular del 2 de
mayo de 1808, da lugar a un movimiento revolucionario en España contra el
absolutismo político, y origina el comienzo de un proceso constituyente. La
Constitución de 1812 (llamada “la Pepa” por haber sido aprobada el 19 de marzo, día de
San José), representa un avance progresista fundamental para la modernización de la
vida política española, pues supuso el motivo fundamental del nacimiento del
liberalismo español.
- Principios ideológicos:
La Constitución de 1812 declara que la soberanía reside en la Nación (soberanía
nacional). La Nación se considera como órgano distinto y superior a los ciudadanos que
la integran, y origen de todo el poder del Estado.
El rey no es titular de la soberanía y está limitado por la Constitución y sometido a
ella. Las Cortes lo reconocen como rey de España, pero no como rey absoluto, sino
constitucional: es rey por la gracia de Dios y la constitución. Se opera así el cambio de
la Monarquía absoluta a la Monarquía constitucional; y precisamente al negarse
Fernando VII a su vuelta de Francia a jurar la constitución, ésta fue derogada y la
Monarquía absoluta restaurada.
La Constitución reconoce la división de poderes (el legislativo corresponde a las
Cortes con el rey, la potestad ejecutiva al rey y la judicial a los tribunales).
Se recoge también el principio de la confesionalidad católica referido a la Nación
(art. 12). Se consagra también el principio de rigidez constitucional, fijándose una serie
de dificultades a la posibilidad de reformar la Constitución.
- Órganos constitucionales
Los principales órganos del Estado son las Cortes, el rey y los tribunales de justicia.
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Las Cortes son la reunión de todos los diputados que representan la Nación. Aparte
de poseer la función de crear leyes, las Cortes disponían de funciones de orden
económico y financiero, de administración y de fomento. Se le encomiendan también
funciones de control sobre órganos ejecutivos. Existe una Diputación Permanente que
actuará desde la disolución de unas Cortes hasta la apertura de las siguientes, con el
encargo de velar sobre la observancia de la Constitución y de las leyes.
El rey era el titular del poder ejecutivo (hacer ejecutar las leyes), extendiéndose su
autoridad a la conservación del orden público y de la seguridad del Estado. A pesar de
la división de poderes, el rey tenía facultad para hacer a las Cortes propuestas de ley, y
podía asimismo negarse a sancionar una ley aprobada en Cortes. Si las Cortes volvían a
aprobar el mismo texto, podía el rey por segunda vez devolverlo y denegarle su sanción;
pero si las Cortes lo aprobaban y se lo remitían por tercera vez, tenía el rey
necesariamente que otorgar la sanción.
La potestad de aplicar las leyes en las causas civiles y criminales pertenecía
exclusivamente a los tribunales, los cuales no podían ejercer otras funciones que la de
juzgar y hacer que se ejecutase lo juzgado.
- Sistema electoral
Quedaba también contenido en la propia constitución el sistema electoral para la
elección de diputados a Cortes. El sistema estaba basado en el sufragio censitario, lo
cual implicaba que para ser elegido diputado era necesario tener una renta anual
proporcionada, procedente de bienes propios. Lógicamente sólo era reconocido el
sufragio masculino, siendo entonces inimaginable el voto femenino.
- Vigencia
La Constitución de 1812 estuvo vigente en un primer período desde 1812 a 1814; en
una segunda etapa, desde el 10 de marzo de 1820 hasta el 1 de octubre de 1823, en el
llamado trienio liberal; y en un tercer momento desde 1836 hasta la promulgación de la
siguiente constitución, el 18 de junio de 1837.
b) El Estatuto Real de 1834
A la muerte de Fernando VII en 1833, se planteó la dialéctica entre el absolutismo,
aparentemente inviable, y la posibilidad de volver a la Constitución de 1812, con su
liberalismo radical. Entre una y otra posibilidad, un grupo de políticos liberales, pero
moderados, intentaron una vía media. El Estatuto Real promulgado el 10 de abril de
1834 fue la norma básica de la nueva situación. Por su origen es una “Carta Otorgada”,
pues no procede de una voluntad popular constituyente, sino de la decisión de la reina
madre y de sus más directos colaboradores.
Por su contenido ideológico, supone un punto de transacción entre los principios de
la sociedad del Antiguo Régimen y principios liberales. Por todo ello, desde un punto de
vista sociológico, el Estatuto significó un pacto entre parte de la nobleza y de la
jerarquía eclesiástica del Antiguo Régimen y la burguesía más conservadora.
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El Estatuto de 1834 estructuraba las Cortes en dos Cámaras: el Estamento de
Próceres y el Estamento de Procuradores.
El Estamento de Próceres estaba compuesto por los obispos y arzobispos, los
Grandes y nobles con título, y un número ilimitado de próceres elegidos por el rey entre
propietarios de tierras, de fábricas o de establecimientos mercantiles, entre españoles
elevados en dignidad o entre personas de renombre y celebridad adquiridos en la
enseñanza, las ciencias o las letras. Se trataba de una cámara estamental.
En segundo lugar, para ser miembro del Estamento de Procuradores hacía falta tener
una renta anual elevada. Inicialmente se estableció un sistema electoral indirecto y
censitario, pues sólo podían intervenir como votantes un número muy limitado de los
mayores contribuyentes de cada pueblo.
Ambas Cámaras, que introducen el bicameralismo en España, no se configuran
como un auténtico poder legislativo, sino que aparecen como órganos de colaboración
con el rey en la tarea de crear leyes. Por ello, por no contener una declaración de
derechos y por no emanar de la Nación, sino del poder real, el Estatuto Real de 1834 no
puede ser considerado como una verdadera constitución.
B) Fase de reafirmación constitucional
Tras el pronunciamiento de La Granja en agosto de 1836, es proclamada de
nuevo la constitución de Cádiz de 1812, lo que supone la vuelta a un Estado liberal
carente de las ambigüedades del Estatuto, en tanto que reunida la Nación en Cortes
manifieste su voluntad. Una de las características del siglo XIX español, sobre todo
hasta 1868, consiste en la vinculación entre Constitución y facción o partido político
triunfante. Cada partido hacía, desde el poder, su Constitución e incluía en ella algún
precepto que la hacía inaceptable para los demás partidos. Ello desencadenó la
inestabilidad constitucional, porque al ocupar el nuevo partido triunfante los resortes del
poder, lo primero que hacía era sustituir la constitución por otra también hecha a su
medida.
Ello era debido, también, al escaso arraigo popular de los sucesivos textos
constitucionales. Como cada constitución no fue el resultado de un auténtico y profundo
proceso constituyente en el que interviniesen amplias capas de la población española,
ninguna contó con el respaldo popular ni suscitó verdadero entusiasmo. De este modo,
las constituciones se convirtieron en documentos hechos a la medida de cada partido,
esto es, en cómodos instrumentos de gobierno de vida necesariamente efímera.
a) La Constitución de 1837 (liberalismo moderado)
A diferencia de la Constitución de 1812, en la de 1837 la burguesía
revolucionaria hizo importantes concesiones a los moderados. Es decir, la reforma de la
Constitución de 1812 no consistió en acentuar su radicalismo liberal, sino en atenuarlo.
Se vuelve al reconocimiento de la soberanía nacional, que ahora se proclama en
el mismo Preámbulo, al principio de una cierta separación de poderes y a la exposición
de ciertos derechos y libertades, propios de la época.
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No obstante, el texto establecía algunas diferencias sustanciales, como la
adopción del bicameralismo (Congreso y Senado). El Senado se componía de los
individuos nombrados por el rey a propuesta de los electores de cada provincia. Por este
modo de selección de los senadores, el Senado no llegó a ser una cámara dependiente
enteramente del rey ni una asamblea de dignidades, pero tampoco era una cámara
representativa.
El Congreso de diputados se elegía con arreglo a sufragio censitario. La
propiedad y la capacidad continuaron siendo los criterios utilizados para conceder el
derecho de sufragio, y que el aumento del número de electores, aun siendo
relativamente importante, mantuvo el cuerpo electoral en unos límites bajísimos. La
participación electoral afectaba en la época del Estatuto al 0,15 por ciento de la
población, mientras que en 1837 alcanzó al 3,9 por ciento, y en 1843 el 4,32 por ciento.
Otros cambio sustancial es el reconocimiento de ciertos poderes al rey, así como
el fortalecimiento de sus facultades. El rey podía suspender y disolver el Congreso;
tenía como cada cámara, la iniciativa legislativa, entendiéndose este derecho como
ilimitado, lo cual significaba que poseería un derecho de veto frente a textos aprobados
por las Cortes, pero no que satisficieran los deseos o los intereses de la Corona.
El principio de confesionalidad sancionado en Cádiz fue sustituido en la
Constitución de 1837 por una fórmula ambigua (art. 11), que declaraba que la religión
católica es la que profesan los españoles.
Frente al principio de rigidez constitucional establecido por la Constitución de
Cádiz de 1812, la Constitución de 1837 instaura el principio de flexibilidad. Nada se
dice en ella sobre cómo ha de reformarse la ley constitucional, y ello se interpretó como
indicación de que podía ser reformada a través del proceso legislativo ordinario. Ahora
bien, como en éste el rey tenía una participación destacadísima, esto significaba poner
en manos del rey la iniciativa de la reforma constitucional y también (acaso con más
graves consecuencias) concederle la posibilidad de vetar cualquier reforma. Todo ello,
como es obvio, encajaba mal en el aparente principio de soberanía nacional.
Estas principales alteraciones introducidas en la Constitución de 1837 la
convierten en un texto ideológica, política y técnicamente distinto al de 1812. Y, desde
luego, de un liberalismo mucho menos auténtico.
b) La Constitución de 1845
La Constitución de 1845 aparece vinculada al cambio en la titularidad efectiva
del poder real, en concreto, es consecuencia de la mayoría de edad de Isabel II y de su
entronización activa (1843), con el consiguiente acceso de los moderados al poder. La
Constitución de 1845 se limita a moderar los aspectos progresistas de la Constitución de
1837.
Entre los cambios introducidos cabe destacar los siguientes:
1. Desaparece la soberanía nacional para dejar paso a la soberanía compartida entre el
rey y las Cortes.
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2. Se fortalece la religión católica y se define como oficial, mediante la sustitución de la
fórmula ambigua de la Constitución de 1837 por una que declara de forma inequívoca
del carácter confesional del Estado (art. 11).
3. Se recortan algunos derechos y libertades y, en especial, la libertad de imprenta.
4. Se reforma el Senado, que vuelve a ser nombrado por el rey a semejanza de lo que
ocurría en el Estatuto de Próceres de 1834. De este modo, la intervención real en el
poder legislativo fue decisiva.
5. Se restringe el derecho de sufragio. A través de la ley electoral de 18 de marzo de
1846 se restringe el derecho de sufragio activo, atribuyéndolo únicamente a los que
pagasen contribuciones muy altas y a un número muy restringido de capacidades. Si con
la ley electoral de 1837 los progresistas habían elevado la participación electoral hasta,
aproximadamente, el 5 por ciento de la población, con las restricciones de la ley
moderada de 1846 se bajó el nivel de participación hasta el 1 por ciento. Estamos en
presencia del sufragio censitario en su forma más pura y extremada.
6. Se reducen las competencias de los Ayuntamientos.
7. En la regulación directa de los poderes del rey en cuanto titular del ejecutivo, no hubo
modificaciones importantes. Como la Monarquía conservó las mismas atribuciones de
iniciativa y sanción legislativa, la posibilidad de disolver el Congreso y, por supuesto, el
derecho a nombrar y separar libremente a los ministros, sus poderes constitucionales
eran, en suma, amplísimos.
C) Fase Revolucionaria
Como consecuencia de los levantamientos populares que exigían una
democratización de la vida política, Isabel II se ve obligada a salir del país. Ello da
paso a un período revolucionario que rompe con la alternancia ideológica anterior.
a) La Constitución de 1869 (liberalismo radical)
Abandonado el trono, se produjo la asunción de la soberanía por la Nación.
Como principal acto de este gobierno fue la promulgación del Decreto de 9 de
noviembre de 1868, por el que se establecía el sufragio universal masculino. Con
arreglo a este sistema electoral fueron convocadas Cortes Constituyentes, cuya elección
tuvo lugar en enero de 1869. Las Cortes elegidas abrieron sus sesiones el 11 de febrero
de 1869, y abordaron como tarea principal la redacción de una nueva constitución. La
Constitución fue promulgada por el gobierno el 5 de junio de 1869.
- Principios ideológicos y derechos individuales
El texto de 1869, aun manteniendo el esqueleto de la de 1837, se radicaliza y,
por encima de reconocer la soberanía nacional, aumenta considerablemente el catálogo
de derechos y libertades fundamentales, amplía el sufragio universal hasta el máximo
que permitía la época (de Congreso y Senado), restringe los poderes del rey, al mismo
tiempo que fortalece el papel del Consejo de Ministros y regula, por último, la
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responsabilidad política del Gobierno ante las Cortes. Se reconoce también el principio
de división de poderes, potenciándose el poder judicial.
La Constitución reconoce de nuevo el principio de unidad de códigos y de
jurisdicción como necesario instrumento para lograr la igualdad jurídica y la defensa
judicial de los derechos.
Por primera vez en la historia constitucional española los derechos individuales
están ampliamente recogidos en una extensa parte dogmática (título I: de los españoles
y sus derechos). En ella obtienen explícito reconocimiento diversos derechos
procesales-penales, la libertad de domicilio, la propiedad privada, la libertad de
expresión, de reunión y de asociación y, muy destacadamente, la libertad de cultos,
aunque combinada ésta con la obligación asumida por el Estado de sufragar los gastos
de la Iglesia Católica.
Esta amplia enumeración de derechos, y en especial el de sufragio y los de
asociación y reunión, significaron la articulación constitucional de la ideología liberaldemocrática. Por vez primera el juego político quedaba abierto al pueblo, al mismo
tiempo que las asociaciones de defensa profesional o de clase (los sindicatos) gozaban
de protección constitucional.
- Bicameralismo
La Constitución de 1869 quiso que la cámara alta, el Senado, significara un
punto de equilibrio entre su base electoral popular (elección por sufragio universal
masculino) y el carácter selectivo de los requisitos exigidos para poder ser elegido
senador. Esta fue tal vez la principal concesión hecha a los grupos y partidos más
conservadores.
El Congreso estaba compuesto por diputados elegidos en proporción de uno por
cada 40.000 habitantes. Con arreglo a la Constitución y a la ley electoral de 23 de junio
de 1870, cualquier ciudadano mayor de edad y en pleno goce de sus derechos civiles
podía intervenir en las elecciones a diputados y podía asimismo ser elegido diputado a
Cortes. La realidad social y la mentalidad dominante en el país en este momento hacían
impensable el sufragio femenino.
En conclusión, la Constitución de 1869 representa el más serio intento por
constituir al país democráticamente. La Constitución estuvo vigente durante la regencia
del General Serrano y el Gobierno del General Prim, mientras se buscaba rey para
España. Mantuvo también su vigencia durante el corto reinado de Amadeo I de Saboya
(desde el 2 de enero de 1871 hasta su abdicación, fechada en Madrid el 11 de febrero de
1873).
b) Proyecto de Constitución de la I República
La llegada de la I República española supone una vía adecuada para resolver el
viejo problema regional que la Monarquía no había querido reconocer. La Asamblea
Constituyente de julio de 1873 lleva a término su mandato y elabora un Proyecto de
Constitución en el que se define a España como República Federal, integrada por
diecisiete Estados, que se daban su propia Constitución y que poseían órganos
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legislativos, ejecutivos y judiciales, de acuerdo con un sistema de división de
competencias entre la Federación y los Estados miembros. Supone el intento primero de
dar solución constitucional al problema regional, rompiendo con el tradicional
centralismo que no había logrado erradicar las aspiraciones de los diversos pueblos que
integran España.
D) Fase de la Restauración: Cánovas del Castillo y la Constitución de 1876
Tras el golpe de Estado del General Pavía, de 3 de enero de 1874, que acabó con
la República federal, y restableció la República unitaria, el 29 de marzo de 1874, el
General Martínez Campos proclama rey a Alfonso XII. La Constitución de 1874 fue
preparada por una comisión extraparlamentaria siguiendo las directrices señaladas por el
presidente del Gobierno, Antonio Cánovas del Castillo. La constitución fue aprobada en
Cortes formadas con arreglo a la Constitución de 1869, y al sufragio regulado por la ley
de 23 de junio de 1870.
La Constitución de 1876 fue la de más larga vigencia. Estuvo en vigor durante el
reinado de Alfonso XII (hasta 1885), la minoría de edad de Alfonso XIII (hasta 1902),
y, ya durante el reinado personal de Alfonso XIII, desde 1902 hasta el advenimiento de
la Dictadura de Primo de Rivera (1923).
La Constitución de 1876 encaja en el molde moderado de la de 1845. Entre sus
rasgos distintivos cabe destacar los siguientes:
1. Se adopta el principio de la soberanía compartida del rey con las Cortes
2. Proclama nuevamente la confesionalidad católica del Estado, atenuándola con un
reconocimiento restringido de la libertad de cultos.
3. Se vuelve a una concepción conservadora del Senado, cuyos miembros son
fundamentalmente nombrados por el rey, el cual ve aumentar sus poderes con respecto a
la anterior constitución, al igual que sucedió con la Constitución de 1845. Por ejemplo,
el rey asume competencia para la iniciativa legislativa y puede negar la sanción, vetando
así leyes aprobadas por las Cortes.
4. La Constitución reconocía, en principio, bastantes de los derechos individuales
protegidos por la Constitución de 1869, pero con el importantísimo freno impuesto en el
artículo 14, al reservar a futuras leyes ordinarias la regulación de los mismos,
advirtiendo que nunca podrían ejercerse con menoscabo de los derechos de la nación ni
de los atributos del poder público. La ley reguladora del derecho de asociación tardó
once años en ser promulgada (ley de asociaciones de 1887).
5. El juego político se basará en el sistema de turnos entre los dos partidos
predominantes: el conservador de Antonio Cánovas del Castillo, y el progresista de
Antonio Sagasta, que se apoyarán en un sistema electoral corrupto y de carácter
caciquil.
6. En relación con el sistema electoral, se sigue el modelo de sufragio censitario, aunque
se dejó abierta la puerta constitucional para una eventual implantación del sufragio
universal. Tras la primera ley electoral de 1878, el Gobierno de 1890 logró que se
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aprobara en Cortes una nueva ley electoral, de 26 de junio de 1890, en la que se
reconocía el sufragio universal. Podían votar todos los españoles varones mayores de 25
años y en el pleno uso de sus derechos civiles. Pese a lo cual, las elecciones continuaron
siendo falseadas desde el Ministerio de Gobernación.
En definitiva, el régimen de la Restauración no logró resolver los dos viejos
problemas del constitucionalismo español: la nacionalización de la monarquía y la
estructura regional del Estado. El último intento para superar la crisis de la Monarquía
tradicional será la Dictadura de Primo de Rivera, a partir de 1923.
E) La Constitución de 1931
Tras las elecciones municipales de 12 de abril de 1931, y la salida de España del
rey Alfonso XIII, el 14 de abril fue proclamada la II República en España. El Gobierno
provisional se comprometió desde el primer momento a convocar Cortes
Constituyentes. En las elecciones del 28 de junio de 1931, el triunfo electoral
correspondió a los socialistas y a los diversos partidos republicanos, cuya coalición
dominó frente al resto de los partidos. Esta coalición se produjo durante el período
constituyente y durante el bienio izquierdista bajo la presidencia de Azaña en el
Gobierno de 1931 a 1933. La Constitución de 1931 es en cierto modo el resultado de
esa alianza, basada en elecciones indiscutiblemente libres. La nueva Constitución fue
aprobada y sancionada el 9 de diciembre de 1931.
De la Constitución de 1931 cabe señalar las siguientes características básicas:
1. Se trata de una Constitución popular, democrática, pues arrancaba del propio pueblo.
Como consecuencia del proceso constituyente, su artículo 1 establecía el principio de
que todos los poderes de los órganos del Estado emanan del pueblo. Para la elección de
los diputados que habían de ejercer la potestad legislativa establecía el “sufragio
universal, igual, directo y secreto”. Por primera vez en la historia de España se
contempla también el voto femenino.
2. La Constitución enumeraba una amplia serie de garantías y derechos individuales,
como fines y límites del poder del Estado. Era un texto de avanzado contenido social.
Se reconocía la propiedad privada, pero estableciéndose un procedimiento de
expropiación forzosa sin necesidad de indemnización previa; al mismo tiempo, se
admitía la posibilidad de nacionalizar los servicios y las explotaciones que afectasen al
interés común, y la de que el Estado interviniera en la explotación y coordinación de
empresas. Por primera vez se fijaban constitucionalmente límites a la propiedad
individual y se subordinaba la riqueza del país a los intereses de la economía nacional.
A las libertades ya declaradas en la Constitución de 1869, propias de las constituciones
liberales, se añaden en la de 1931 derechos de contenido social y económico, tendentes
a hacer efectiva la protección estatal de los trabajadores.
3. El Estado quedaba integrado por municipios mancomunados en provincias, y por las
regiones que se constituyan en régimen de autonomía. Para acceder a dicha autonomía,
se estableció un procedimiento especial, en el que era precisa la aprobación final en las
Cortes del Estatuto de Autonomía. Para distribuir las competencias de los respectivos
órganos regionales o de los del Estado, los artículos 14 y siguientes de la constitución
establecían una serie de materias de competencias exclusiva del Estado, tanto en lo
12
relativo a la legislación como en lo concerniente a la ejecución de las normas legisladas;
un segundo grupo de materias en las que al Estado correspondía necesariamente la
legislación, pudiendo atribuirse a las regiones la ejecución de las leyes; y un tercer
grupo de cuestiones sobre las que podría corresponder a las regiones autónomas tanto la
legislación como la ejecución de las leyes, conforme a lo que dispusieran los respectivos
Estatutos aprobados por las Cortes. En ningún caso se admitía la federación entre
regiones autónomas. En función de estos criterios y de las negociaciones pertinentes,
fueron aprobados el Estatuto de Cataluña (ley de 15 de septiembre de 1932), el del País
Vasco (ley de 6 de octubre de 1936) y, en principio, el de Galicia, si bien éste, aprobado
por plebiscito el 28 de junio de 1936, no llegó a ser sancionado por las Cortes. Los
anteproyectos de Estatutos de Autonomía de Valencia, Aragón y Andalucía no llegaron
a ser sometidos a aprobación.
- Órganos constitucionales
1. El poder ejecutivo se comparte entre el Presidente de la República y el Presidente del
Gobierno. El Presidente del Consejo de ministros y los ministros constituían el
Gobierno. Al presidente se le atribuye la función de dirigir y representar la política del
Gobierno. Al Consejo de ministros corresponde la función de elaborar proyectos de ley,
dictar decretos, ejercer la potestad reglamentaria y deliberar sobre todos los asuntos de
interés público.
2. El poder legislativo reside en las Cortes, que ahora forma una sola cámara,
rompiendo así con la tradición constitucional del bicameralismo. Para garantizar la
continuidad de los poderes de las Cortes cuando éstas estuvieran disueltas o cerradas se
creó la Diputación Permanente de las Cortes, compuesta como máximo por 21
diputados.
3. La función de administrar justicia corresponde a los jueces y tribunales
4. Se crea el Tribunal de Garantías Constitucionales, cuya misión principal es resolver
los recursos por causa de inconstitucionalidad de leyes ordinarias, amparar las garantías
individuales y resolver los conflictos de competencia entre el Estado y las regiones
autónomas.
5. El art. 125 trataba de la reforma constitucional, permitiendo tan solo la reforma
parcial y fijando para ello unos requisitos difícilmente alcanzables. Para aceptar la
necesidad de la reforma, se exigía que estuviesen de acuerdo en ello las dos terceras
partes de los diputados; si se producía este acuerdo, había que disolver esas Cortes y
convocar elecciones para formar nuevas Cortes, las cuales “en funciones de Asamblea
Constituyente”, procederían a decidir sobre los artículos que hubieran de suprimirse,
reformarse o adicionarse. La Constitución de 1931 era, pues una constitución rígida en
grado sumo.
El Régimen de la II República conoció, a lo largo de su corta duración,
numerosos conflictos sociales y políticos, que desembocaron en el levantamiento militar
que dio origen a la Guerra Civil de 1936-1939.
13
F) Fase del Estado nacionalista y de la restauración democrática
El Régimen del General Franco quedó en cierta forma institucionalizado a través
de las llamadas “Leyes Fundamentales” que, escalonadas en el tiempo, seguirían las
orientaciones políticas de cada momento. Se promulgaron siete Leyes Fundamentales.
El conjunto de estas leyes, tras la puesta al día que representó la Ley Orgánica del
Estado, funcionó más o menos aparentemente hasta 1975, pero siempre encuadrando a
un régimen autoritario, con claras limitaciones a la libertad, sin partidos políticos, y
dentro de un Estado confesional.
La muerte del General Franco en noviembre de 1975 puso en funcionamiento los
mecanismos sucesorios y se proclamó rey de España a Juan Carlos de Borbón. En el
mismo Discurso de la Corona, pronunciado el día de su acceso, el nuevo monarca
definió las líneas maestras de la concepción de su futuro reinado. Ante la presión de la
oposición, que reivindicaba la ruptura total con el sistema anterior, el primer Gobierno
de Adolfo Suárez decidió utilizar la vía de la ruptura reformista o reforma rupturista,
sirviéndose de los mecanismos de las Leyes Fundamentales del franquismo, para acabar
sometiendo al pueblo español, mediante referendum, la aprobación de la ley para la
reforma política. Esta Ley aparecía como norma- puente para pasar del régimen
autoritario a otro democrático, a través de la convocatoria de unas nuevas Cortes
democratizadas que tendrían como finalidad la de convertirse en Constituyentes.
Adoptándose, pues, el sufragio universal y el pluralismo político, se celebraron el 15 de
junio de 1977, las primeras elecciones democráticas en España en 40 años.
*****
Bibliografía:
A. Ruiz Robledo: Compendio de Derecho Constitucional Español, Valencia, Tirant Lo
Blanch, 2006, pp. 31-42.
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