LA FAMILIA Y EL MATRIMONIO
Así comenzaba Tomás Melendo una charla sobre el amor conyugal. Y decía que
para mejorar en el amor en la familia, hay que mejorar personalmente como personas:
amaré mejor si soy mejor: «Solo si voy siendo mejor persona podré querer más a mi
mujer, pues tendré mucho más que darle cada vez que me entregue a ella».
La fe en Jesús nos dice que la persona está hecha para amar, para darse, a
imagen de Dios, y cuando entendemos esta filiación divina ésta nos proyecta en amar, y
viceversa: cuando nos damos (el “don de sí”) entonces nos realizamos (somos hijos de
Dios, mejor imagen del original divino). Cristo es el hombre auténtico, imagen perfecta
de Dios, y nos enseña a amar, él tuvo una familia como nosotros. Esta es la “inversión
definitiva”, que hemos de priorizar ante tantas cosas de la vida.
Esto nos sitúa en un ámbito más profundo que el sociológico, descriptivo de
cómo en la historia el hombre necesitaba la familia para la supervivencia, mientras que
los animales se manejaban con más libertad, desde muy pronto por sí mismos, el niño
abandonado a sus propios recursos perecería inevitablemente. También se aducían
razones psicológicas, como la ineludible conveniencia de superar la soledad, de
distribuir las funciones en casa, el trabajo o los ámbitos del saber para lograr una mayor
eficacia… parece que los animales no necesiten familia, y sí el hombre mientras no se
demuestre lo contrario. Salir de aquí son experimentos, hipótesis que no han llegado a
teorías, no hay datos fiables y por tanto mejor no jugar con estas cosas importantes que
tenemos.
Decía Melendo, sobre esta antropología que he recordado antes: “toda persona
requiere de la familia justamente en virtud de su eminencia o valía: de lo que en
términos metafísicos podría llamarse su excedencia en el ser”. El hombre es Un-serpara-el-amor: Por eso la persona está llamada a darse; por eso puede definirse como
principio (y término) de amor… siendo la entrega el acto en que ese amor culmina.
A diferencia de otros animales, la persona tiene su consistencia en darse, en
amar. (Y de ahí que solo cuando ama en serio y se entrega sin tasa —«la medida del
amor es amar sin medida»—, alcanza la felicidad).
Para darme necesito alguien que reciba, o sea que cuando reciben lo que doy no
sólo ayudo al otro sino que yo me realizo, igual que cuando recibo amor me enriquezco
yo, que necesito “una dosis” de amor para sobrevivir, pero también se enriquece el otro.
«¿Regalo, don, entrega? / Símbolo puro, signo / de que me quiero dar», escribió
magistralmente Salinas.
En una empresa hay que vivir la justicia y «evitar la discriminación» pero la
acogida de la familia es distinta, es un amor no por lo que aportamos o nuestras
condiciones sino por nosotros mismos, por lo que somos, o mejor dicho porque
“somos”, y eso es necesario para un equilibrio vital, “por eso cabe afirmar que sin
familia no puede haber persona o, al menos, persona cumplida, llevada a plenitud. Y
ello, según acabo de sugerir, no primariamente a causa de carencia alguna, sino al
contrario, en virtud de la propia excedencia, que «nos obliga» a entregarnos… o quedar
frustrados, por no llevar a término lo que demanda nuestra naturaleza, nuestro ser”. Una
frustración semejante a un aborto, algo que podría ser y que, ¡lástima! No ha podido ser.
La familia no es una institución «inventada» para los débiles y desvalidos (niños,
enfermos, ancianos…); sino que, al contrario, cuanto más perfección alcanza un ser
humano, cuanto más maduro es el padre o la madre, más precisa de su familia,
justamente para crecer como persona, dándose y siendo aceptado: amando… con la
guardia baja, sin necesidad de «demostrar» nada para ser querido. Las películas de
Bergman o Woody Allen, Kieslowski, etc.; las novelas de la misma premio Nobel de
este año Doris Lessing, etc., nos lo confirman: los inteligentes y los ignorantes, los
sabios y los incultos, los ricos y pobres... todos necesitan familia, las hipótesis
contrarias van quedando desmentidas.
Se decía que sobre el gigante de la tradición el hombre puede ver mucho más
lejos. Esto se lleva a la práctica en tecnologías como medicina, ingeniería nuclear, pero
por desgracia se piensa que no es necesario en el tema de educación y familia, y los
ignorantes que legislan son instrumentos de los demonios que quieren primitivizar al
hombre, que sea otra vez un mono con armas sofisticadas, lo cual es penoso pues se
hará más daño que antes, que tonteaba con piedras y lanzas. Hay que tener en cuenta
esta rica tradición que llamamos cultura, en el modo de legislar, en la política, en el
trabajo… Solo si se tiene en cuenta la grandeza impresionante del ser humano podrán
establecerse las condiciones para que se desarrolle adecuadamente… y sea feliz.
Y sigue Melendo: “A menudo se oye que el problema del hombre de hoy es el
orgullo de querer ser como Dios. No lo niego. Pero estimo que es más honda la
afirmación opuesta: el gran handicap del hombre contemporáneo es la falta de
conciencia de su propia valía, que le lleva a tratarse y tratar a los otros de una manera
bufa y absurdamente infrahumana”. Schelling afirmaba que «el hombre se torna más
grande en la medida en que se conoce a sí mismo y a su propia fuerza». Y añadía:
«Proveed al hombre de la conciencia de lo que efectivamente es y aprenderá enseguida
a ser lo que debe; respetadlo teóricamente y el respeto práctico será una consecuencia
inmediata». Para concluir: «el hombre debe ser bueno teóricamente para devenirlo
también en la práctica».
No queremos “individuos” que no pueden nada sin un respaldo social, queremos
“personas” con toda su riqueza. Los avances sociales son muy buenos, pero ya hemos
visto cuando el comunismo suplanta la familia para educar los “individuos”: éstos pasan
a tener un valor ínfimo, son “masa”, cuenta el número, o la opinión de los “iguales” que
imponen su “igualdad” a los demás. Así en temas de educación y de familia. Es absurdo
que los Centros de Alto Rendimiento Deportista están bien considerados, como élites
necesarias, y tengan que esconder los talentos intelectuales que mandan al extranjero
porque aquí no está bien visto educar talentos intelectuales, por motivos de “igualdad”.
Los talentos son para cultivarlos, cada uno los suyos, y a eso se llama libertad. Es
racismo considerar que –como en tiempos de la guerra civil- un nivel intelectual o ideas
religiosas, por decir algo, ha de ser castigado con la muerte, o con exclusiones sociales.
La igualdad ha de compaginarse con la libertad, si no hay demagogia.
“El «lugar natural» para «aprender a ser persona», el único verdaderamente
imprescindible y suficiente, es la familia. No solo el niño, sino el adolescente que
aparenta negarlo, el joven ante el que se abre un abanico de posibilidades deslumbrante,
el adulto en plenitud de facultades, el anciano que parece declinar…, todos ellos forjan
y rehacen su índole personal, día tras día, en el seno del propio hogar. Y, así templados
y reconstituidos, son capaces de darle la vuelta al mundo, de humanizarlo. Por eso la
familia” (las citas están tomadas, como se ha dicho, de
[email protected]).
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