Filosofía y progreso
Víctor Manuel Tirado San Juan
Profesor de filosofía en la Universidad Pontificia de Salamanca
El escepticismo, la sofística ha acompañado siempre a la filosofía; es decir,
dentro del impulso filosófico que ha vivificado desde sus orígenes nuestra civilización
ha habitado siempre como su sombra y su contrapunto dialéctico un pensamiento
pseudofilosófico. Pseudofilosófico en sentido estricto, pues la filosofía es por esencia e
incluso por definición etimológica amor a la sabiduría, esto es, búsqueda amorosa del
conocimiento de la verdad. Si ello es así, ¿cómo van a ser filósofos quienes no creen en
la verdad? Este era el problema de los sofistas, problema porque sus vidas se enredaban
—como tan magníficamente muestra Platón en sus diálogos— en las redes de su propio
pensamiento inconsistente. Si no existiera la verdad, ni siquiera su desenfrenada afición
al dinero y al poder que movía enteramente sus vidas podría afirmarse con verdad. Y es
que la propia esencia de la vida humana en todas sus dimensiones implica y supone la
verdad. No es lo mismo optar por un comportamiento que por otro, no tienen las
mismas consecuencias para la vida de las personas unas acciones que otras, e
inmediatamente hay que decir en esta línea que no valen lo mismo unas formas de vivir
que otras. La verdad teórica va inexorablemente de la mano de la verdad axiológica. Por
ello se preocupaba tanto Sócrates y sus discípulos, hasta dar la vida por ello, en
defender la verdad y la sincera búsqueda de la verdad pervertida por los sofistas.
Sócrates, Platón y Aristóteles estaban convencidos, como luego los hechos históricos
mismos demostraron, de que Atenas no podría subsistir en su grandeza sin auténtica
filosofía. Al final el impúdico jugueteo con la verdad, ejemplificado como nadie por
personajes tan actuales como el malhadado Alcibíades, hicieron que Atenas (y cuantas
polis ella lideraba en la liga de Delos) sucumbiera ente el poder de la liga del
Peloponeso liderada por Esparta, una ciudad infinitamente menos refinada
culturalmente, pero fiel a sus principios.
La sombra del escepticismo y de su permanente ataque a la auténtica filosofía ha
acompañado desde entonces y siempre a nuestra civilización, produciendo en todo
momento los mismos o peores desastres y disfrazado siempre de manera sibilina con la
astucia propia de la sofística, esto es, travestida con el manto del pensamiento y del
progreso. Ha habido y hay muchos ‘filósofos’ traidores. En realidad, es fácil
descubrirlos. Se trata siempre de personas con una cierta erudición y muchas veces
‘profesionales’ de la misma ‘filosofía’, pero que, paradójicamente ponen siempre sus
esfuerzos en el derribo de esta tradición misma filosófica que vivifica nuestra cultura,
intentando decapitar los canales institucionales por los que ella se transmite. Las
paradojas históricas en este sentido son ya muchas. Por un lado los ‘filósofos’
positivistas, que se hinchaban, permítanme la expresión, a escribir libros de ‘filosofía’
para decirnos que la filosofía pertenecía al pasado, a una etapa precientífica de la
humanidad ya superada (primeros ‘progresistas’). Después, y muy afines a los primeros,
el movimiento ‘ilustrado’ que se afanaba en denunciar la ‘irracionalidad de la religión’
desde un inconfesable sometimiento de la maravillosa Razón humana a las estrecheces
de la razón científica e instrumental. A la vez, y también muy entremezclado con lo
anterior, el pragmatismo anglosajón, con una desmesurada tensión al fomento de la
economía y de la técnica junto a un manifiesto abandono y descuido de la formación
filosófica. Otro pragmatismo pseudofilosófico, también autoproclamado progresista, es
el marxismo, que también como otros movimientos sofísticos se envuelven en la capa
de la filosofía pero arremeten contra ella proclamando el advenimiento de una nueva
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‘ciencia’ liberadora: la economía política, para la que la praxis se antepone a la verdad,
porque “la mano hace al cerebro”. Y revoloteando entre todos estos movimientos que
han impregnado la vida de occidente desde la modernidad, el nihilismo de raíz
nietzscheana, pero también tan propio de los sofistas con su decidida entrega a la
voluntad de poder y su paralelo rechazo de toda verdad —ya sea teórica o práctica—,
así como también, como no podía ser menos, con su correspondiente profecía
emancipatoria del superhombre que advendría tras la muerte de Dios. Lo paradójico
aquí siempre es que estos pseudofilósofos contradicen con sus actos lo que afirman con
los labios, y este debiera ser el criterio orientativo para quienes se ven sometidos a este
alubión ideológico sin medios suficientes para poder discernir sobre ello. Hacen
filosofía para arremeter contra la filosofía, viven de la filosofía intentando que haya
menos filosofía en la escuela, en la universidad, en la vida cotidiana… ¡y lo van
consiguiendo! Lo hacen —me refiero a justificar filosóficamente su actitud
antifilosófica— porque no les queda más remedio, porque es una verdad inobjetable,
incontrovertible y universal —ahora que tanto prospera lo aldeano, lo fragmentario y lo
particular— que sólo a través de la filosofía cabe dar cuenta racional de los
fundamentos de nuestra acción. Hasta para decir que no existe la verdad, como gustan
en proclamar los nuevos progresistas, los postmodernos (mezcla de positivista, marxista
y nietzscheno) hay que proponer una retahíla enorme de supuestas verdades, es decir,
hay que hacer ‘filosofía’ (aunque sea pseudofilosofía).
Y es aquí a donde quiero traer el debate y llamar si me es posible a la reflexión a
cuantos estén dispuestos a ello. Porque la filosofía es eso, resolución a la reflexión,
confianza en la crítica, esto es, en el esclarecimiento de los fundamentos y los fines de
nuestra acción, entrega permanente e incansable a la búsqueda de la verdad, y por todo
ello, prudente humildad, porque, efectivamente, es la filosofía, la auténtica filosofía, la
que desde Sócrates, y justo porque cree en la verdad, proclama la fragilidad del hombre,
la facilidad que tiene para actuar al margen de la verdad.
¿Qué es, entonces, progresista? Progresista no es estar a la moda, ni ir por
sistema contra la tradición. Si existe la posibilidad del progreso, como tantas veces ha
mostrado la gran tradición metafísica occidental, es porque la realidad está estructurada
y esenciada, porque está traspasada por un logos (justo el nombre dado por los griegos a
la razón), porque existe una jerarquía de valores, es decir, existe lo bueno, lo menos
bueno, lo excelente… o lo bello, lo menos bello y lo bellísimo, o lo verdadero y lo
falso. Progresar significa avanzar, subir en una escala. Si no hay estructura, si no hay
logos, si no hay escala, no hay progreso posible. Yo diría que progresar significa
ascender personal y socialmente en la escala de la belleza, del bien y de la verdad ¡Sí!
crecer en los tradicionales trascendentales a los que tanto miedo tiene el ‘pensador
progre’. ¿En qué íbamos a progresar si no? ¿Sólo en ciencia (ciencia empíricomatemática), sólo en técnica, sólo en bienestar material...?
Pues bien, otra afirmación tajante y nada débil: No habrá progreso sin filosofía,
¡pero verdadera filosofía y no pseudofilosofía! No habrá progreso si no insistimos en
educar a nuestros hijos en el amor a la verdad y en la búsqueda sincera y radical de la
verdad. Pero de toda la verdad y no de una parte de la verdad. El ser humano está hecho
desde la verdad y para la verdad y las restricciones en asuntos de la verdad nada bueno
traerán al hombre. Piensen Uds. por ejemplo en la propia historia del Islam. ¿Cuándo
comienza la decadencia del Islam? Al menos su declive coincide de manera pasmosa
con su enemistad para con la filosofía; cuando el Islam se desdice de la filosofía y
escinde su teología de la luz de la Razón, cuando deja de haber un Averroes, un
Avicena, un Al-Kindi o un Al-Farabi, etc. es entonces que el Islam abandona su
momento de mayor esplendor.
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Y ahora algún interrogante para los movimientos que se autoproclaman
progresistas en nuestro país que, como es sabido, coinciden con a la denominada
izquierda política. ¿Por qué cada vez que la izquierda accede al poder se siente la
filosofía amenazada? Los que tenemos ya algunos años lo recordamos muy bien.
Primero en la segunda mitad de los ochenta, en la confección de la primera reforma
socialista de la enseñanza, la filosofía sufrió una enorme amenaza y posterior
socabamiento. Esto hizo en aquel entonces que los profesores de la materia se alzarán
en pie de guerra en toda España. Con todo y a pesar de ello acabó perdiendo muchísimo
peso en la enseñanza. Algo se ganó después cuando Partido Popular subió al poder, al
menos se restableció la Historia de la Filosofía como enseñanza común para todos los
bachilleratos. Pero, no nos engañemos, tras cada uno de estos embates que el
autoproclamado progresismo lanza contra uno de los pilares fundamentales de nuestra
civilización, la filosofía pierde peso y la sociedad queda cada vez más abandonada a la
oscuridad de la falta de reflexión. En aquel entonces, además de varios años de ética que
desaparecieron se perdió un gran número de horas en bachillerato, en concreto una hora
semanal de filosofía de primero y otra de historia de la filosofía en segundo, además de
pasar ésta a ser opcional en selectividad. Esto ya ha tenido gravísimas consecuencias en
la filosofía universitaria donde el número de alumnos ha bajado en los últimos años de
manera alarmante. Y hoy de nuevo, como otras veces, la filosofía, la auténtica filosofía,
que consiste en la crítica radical y sin tapujos, y no en un pensamiento guiado que no
deja el libre juego a la razón, vuelve a sentirse amenazada. Se sintió amenazada nada
más ganar el PSOE las últimas elecciones, y como muy bien saben los profesionales que
se dedican a ella, una movilización inmediata frenó el acecho. Mas de nuevo se ciernen
nubarrones sobre ella. Es preciso apelar a los verdaderos progresistas —no a los
pseudopreogresistas— y plantear seriamente algunas preguntas: ¿Por qué ocurre esto?
¿Qué le pasa a la izquierda con la filosofía? ¿Qué tiene con la verdad y la búsqueda de
la verdad?
Madrid 27 de septiembre del 2007
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