LA SANTA SEDE Y LA DEFENSA DE LOS DERECHOS FUNDAMENTALES DE LA
PERSONA HUMANA EN EL ÁMBITO INTERNACIONAL
Universidad Católica Argentina
«Santa María de los Buenos Aires»
Buenos Aires, 26 de Agosto de 2003
Introducción
No puedo dejar de manifestar, en primer lugar, mi gozo y gratitud a todos
Ustedes y a los organizadores de este Encuentro, por haberme brindado la oportunidad
de subrayar –en la prestigiosa Universidad Católica Argentina, «Santa María de los
Buenos Aires–, el significado de la acción de la Santa Sede en la promoción de los
derechos humanos en el ámbito de la Comunidad Internacional, sobre todo en el ámbito
de la Organización de las Naciones Unidas. Durante dieciséis años estuve en Nueva
York con la misión de llevar al Palacio de Vidrio el soplo del espíritu de Roma, el
espíritu del Magisterio y del empeño del Santo Padre y de la Sede Apostólica Romana.
El empeño profuso en este sentido que manaba no de una voluntad de protagonismo o
hegemonía, sino del Evangelio mismo, del cual la Iglesia es depositaria y tiene la misión
de difundirlo.
La Iglesia y, por ende, la Santa Sede no son, en efecto, una fuerza política en el
sentido ordinario de la palabra, sino una fuerza de orden moral. El Concilio Vaticano II
recuerda estos dos aspectos en un pasaje muy importante de la Gaudium et spes: «La
Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia no se confunde en modo
alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno, es a la vez
signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana»1. Es
precisamente la fuerza moral y no la política, la que confiere idoneidad a la Santa Sede
para actuar en la escena internacional. La humanidad moderna, por otra parte, además
de empeño político, tiene necesidad extrema de empeño moral. Ciertamente el empeño
político es necesario, pero no suficiente, como lo demuestra la historia: los pactos
1
Gaudium et spes, n. 76.
1
políticos cuando no se sustentan en una profunda cultura de valores humanísticos, son
efímeros.
La singular posición de la Sede Apostólica facilita la credibilidad de sus
intervenciones, cuyo carácter desinteresado es percibido claramente. En efecto, la Santa
Sede «se siente solidaria de todas las grandes iniciativas que tratan de resolver los
problemas de la humanidad (…). Precisamente es en el plano espiritual en el que se
ejerce especialmente la solicitud de la Iglesia, porque es allí donde se juega el destino
eterno de los hombres y la vida ordenada de los pueblos. Es necesario, mencionar en
primer término el problema fundamental de la paz; este problema polariza todos los
esfuerzos de los hombres de buena voluntad, y la Iglesia le presta su aliento por todos
los medios de que dispone, sobre todo, sensibilizando las conciencias en el plano
mundial sobre el deber de defender este bien frágil y amenazado, que es, sin embargo,
prioritario en todos los niveles»2. El empeño de la Iglesia por el bien común de la
humanidad caracteriza su misión en el ámbito internacional.
El sentido de una presencia
En los hechos –haciendo referencia a los últimos 16 años en que he tenido el
honor de desarrollar en nombre de la Santa Sede una acción directa ante la más
prestigiosa de las instituciones internacionales, el Palacio de Vidrio de la ONU en
Nueva York– puedo dar mi testimonio personal de la incesante acción humanizadora
de la diplomacia vaticana, no sólo en esta sede, sino también en todas las que siguen las
vicisitudes de los pueblos. En efecto, la Santa Sede en su actividad en las Naciones
Unidas, se ha dedicado a transmitir el pensamiento del Santo Padre y a seguir su guía.
Además de la presencia cotidiana en los varios comités y consejos de la ONU, los
Representantes de la Santa Sede han desarrollado quizá una parte de su trabajo más
conocido, en el curso de la serie de Conferencias y Cumbres de las Naciones Unidas que
han establecido las políticas relativas a los problemas sociales y económicos de nuestro
2
JUAN PABLO II, Discurso al Cuerpo Diplomático, 12 de enero de 1981, n. 9. 10.
2
tiempo y a los derechos humanos. En el período de tres decenios, la Santa Sede ha
participado en la Conferencia sobre el Medio Ambiente Humano, en Estocolmo en 1972;
en la Conferencia sobre Población, en Bucarest, en 1974; en la Conferencia sobre las
Mujeres, en la Ciudad de México, en 1975; en la Conferencia de Vancouver, sobre los
Asentamientos Humanos, en 1976, y donde la Santa Sede obtuvo que se tuviera
presente la necesidad de reservar espacio para los lugares de culto en la programación
de los asentamientos humanos. En 1984, participó en la Segunda Conferencia Mundial
sobre Población en la Ciudad de México, y, en 1985, en la Conferencia sobre las Mujeres
en Nairobi. Un nuevo ciclo de conferencias fue inaugurado por la Cumbre sobre los
Niños en 1990, seguida luego por la Conferencia de Río de Janeiro sobre el Medio
Ambiente, en 1992, donde la Santa Sede defendió "el derecho de las personas a sus
valores religiosos y culturales". En Río, además, la Santa Sede obtuvo que el primer
artículo de la Declaración sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo fuera redactado de
la siguiente manera: "Los seres humanos están en el centro de las preocupaciones para
un desarrollo sostenible". En la Conferencia de Viena sobre los Derechos Humanos, en
1993, la Santa Sede defendió el principio según el cual "todos los derechos humanos
derivan de la dignidad y el valor inherentes a la persona humana". En 1996, la Santa
Sede participó en la segunda Conferencia sobre el Hábitat, en Estambul, donde
defendió con éxito el derecho a una vivienda digna. Deseo recordar también la
participación en la Conferencia de Roma para la institución del Tribunal Penal
Internacional. Dentro de este marco, hecho de eventos y fechas demasiado
significativos, permítanme que les señale algunas líneas interpretativas de la presencia
y acción de la Santa Sede que nos consientan un mayor conocimiento de una estación
diplomática, no sólo vaticana, dinámica y compleja.
a) Defensa de los derechos humanos
La primera línea de empeño de la Santa Sede es la de la promoción y defensa de los
derechos humanos. Permítanme poner de relieve que existe algo de paradójico en este
empeño de la Santa Sede en el frente, con frecuencia al rojo vivo, de los derechos
3
humanos. Todos ustedes conocen lo conflictiva que ha sido –y sigue siéndolo– la
relación de la Iglesia, precisamente en este terreno, con «las razones de los modernos».
Promovidos como programa de emancipación de la Iglesia y contra Ella, los derechos
humanos se han convertido, hasta el día de hoy, en uno de los ámbitos más
característicos del empeño eclesial en la promoción humana. En un difundido clima de
desconfianza y deriva individualista, la promoción de los derechos humanos ha entrado
con fuerza en la agenda pastoral de la Iglesia del tercer milenio, en la que son
comprendidos como uno de los terrenos más significativos para la valorización de la
dignidad de la persona humana. Como testimonio de ello, además del poderoso
magisterio Pontificio, vale la pena recordar que el Pontificio Consejo «Justicia y Paz» ha
organizado, hace algunos años, un Congreso Mundial sobre las implicaciones
pastorales conexas a la promoción de los derechos humanos.
La defensa de los derechos humanos está sostenida y animada por la Santa Sede
en el marco de su acción en el ámbito mundial. También aquí sería interminable hacer el
elenco de las intervenciones, en sede internacional, que los representantes de la Santa
Sede han hecho al respecto. Basta hojear las páginas del volumen Words That Matter,
presentado el mes de junio pasado en la Sala de Prensa Vaticana, para darse cuenta de
cuán articulada e imponente sea la contribución de la Santa Sede. Mi archivo personal
las cuenta por cientos debido a los años de mi mandato en las Naciones Unidas en
Nueva York, pero no es menor el número de las de los colegas representantes de la
Santa Sede ante la ONU, en Ginebra y en otras sedes. La Santa Sede, en efecto,
individualiza en los derechos humanos, el terreno para un diálogo fecundo con otras
instancias culturales, jurídicas y políticas, sostenido con el lenguaje moderno, en orden
a la promoción de la dignidad del hombre.
Cada uno de ustedes recordará la contribución decisiva de la Santa Sede –fruto
ésta de memorables batallas sostenidas en las Conferencias del Cairo y Pekín– para el
reconocimiento, en los instrumentos jurídicos y políticos de la comunidad internacional,
del derecho a la vida desde su concepción y para la afirmación de la dignidad personal
4
de las mujeres. En este breve segmento de historia de la acción de la Santa Sede vale la
pena detenerse. Como ustedes bien saben, en 1994, se celebró la Conferencia del Cairo
sobre Población y Desarrollo, y la Santa Sede tuvo que afrontar una situación en la que
los derechos humanos fundamentales estaban siendo asediados. Grupos radicales
unieron sus fuerzas con las de todos aquellos que favorecían un control demográfico
indiscriminado, expertos en la manipulación de datos y estadísticas, para desviar la
atención de lo que debía ser el centro focal de la Conferencia "población y desarrollo"
hacia los "derechos reproductivos de las mujeres". En la negociación del borrador del
Plan de Acción de la Conferencia, la figura de la familia tradicional fue atacada y
denigrada y, en el Cairo, se llegó hasta la presión en pro de la proclamación de "un
derecho internacional al aborto". Para evitar esto, la Delegación de la Santa Sede se
empeñó en una compleja y difícil negociación que, en esa ocasión, tuvo el apoyo
providencial de la Delegación Argentina. Al final, no fue proclamado ningún derecho
internacional al aborto y un párrafo del documento del Cairo excluye específicamente al
aborto "como medio de planificación familiar". La Conferencia, sin embargo, terminó
pidiendo miles de millones de dólares para emplearlos en "la salud reproductiva" y "la
planificación familiar", mientras que
sólo
vagamente
concedía
que "fondos
suplementarios" serían necesarios para el desarrollo de las naciones pobres.
En Pekín, la Cuarta Conferencia Mundial sobre las Mujeres, en 1995, retornó
sobre muchos de los problemas que dividieron a los Delegados del Cairo. Más que
afanarse por problemas legítimos, como el fin de la discriminación contra las mujeres,
los grupos radicales maniobraron en favor de los "derechos" de los adolescentes a la
información sobre servicios médicos sin la "interferencia" de los padres y añadieron la
frase "en todas sus formas" casi siempre que el término "la familia" se mencionaba en el
Plan de Acción. Una vez más se ejercieron presiones para que la Conferencia declarase
que las mujeres tienen un derecho humano al aborto. Con el apoyo de un pequeño
grupo de países, entre ellos Argentina, la Santa Sede, una vez más, estuvo en grado de
impedir la proclamación del aborto como un "derecho humano" y de asegurar que las
referencias a la "familia" y a la "maternidad" fueran incluidas en el documento de la
5
Conferencia. Por otra parte, la Santa Sede no recibió casi ningún apoyo a la terminología
que proponía el reconocimiento de la dignidad humana de las mujeres.
Desde el inicio hasta el final, el Santo Padre percibió que los problemas de las
Conferencias del Cairo y Pekín tocaban los derechos humanos. Él siguió atentamente su
desarrollo desde Roma y apoyó a la Delegación de la Santa Sede con frecuentes
intervenciones. Sobre todo, Él sintió que la dignidad humana de las mujeres y el
derecho fundamental a la vida, estaban amenazados. Antes del inicio de la Conferencia
de Pekín, recordó a los participantes la amonestación de la Pacem in terris: "En toda
convivencia humana bien ordenada y provechosa hay que establecer como fundamento
el principio de que todo hombre es persona, esto es, naturaleza dotada de inteligencia y
de libre albedrío, y que, por tanto, el hombre tiene por sí mismo derechos y deberes,
que dimanan inmediatamente y al mismo tiempo de su propia naturaleza. Estos
derechos y deberes son, por ello, universales e inviolables y no pueden renunciarse por
ningún concepto" (Pacem in terris, 9). Cuando el Santo Padre afirma que los derechos
humanos son inherentes a la persona humana, quiere decir que nosotros nacemos ya
con estos derechos. Y ahora les leo lo que el Papa dice a propósito de esto: " La
Declaración Universal es muy clara: reconoce los derechos que proclama, no los otorga;
en efecto, éstos son inherentes a la persona humana y a su dignidad. De aquí se
desprende que nadie puede privar legítimamente de estos derechos a uno sólo de sus
semejantes, sea quien sea, porque sería ir contra su propia naturaleza. Todos los seres
humanos, sin excepción, son iguales en dignidad. Por la misma razón, tales derechos se
refieren a todas las fases de la vida y en cualquier contexto político, social, económico o
cultural. Son un conjunto unitario, orientado decididamente a la promoción de cada
uno de los aspectos del bien de la persona y de la sociedad"3.
El fuerte compromiso en el frente del derecho a la vida y por la promoción de la
dignidad personal de las mujeres no significa que la Santa Sede no haya tenido una
atención global de las cuestiones relacionadas con la promoción de los otros derechos
6
humanos. Al respecto, permítanme que me detenga en un aspecto calificativo del
empeño de la Santa Sede, que se refiere a la puesta en práctica de los derechos
humanos, tan proclamados como desatendidos. En efecto, en el Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz de este año que recuerda el cuadragésimo aniversario de la Pacem in
terris –Carta Magna la Iglesia Católica sobre los derechos humanos, surgida del corazón
del Papa Juan XXIII– suena particularmente significativa y angustiosa la denuncia de
Juan Pablo II: "Somos testigos del incremento de una preocupante divergencia entre una
serie de nuevos « derechos» promovidos en las sociedades tecnológicamente avanzadas
y derechos humanos elementales que todavía no son respetados en situaciones de
subdesarrollo: pienso, por ejemplo, en el derecho a la alimentación, al agua potable, a la
vivienda, a la autodeterminación y a la independencia. La paz exige –es la conclusión
fuerte y decidida del Papa– que esta divergencia se reduzca urgentemente y que finalmente se
supere"4.
b) Acción a favor de la promoción del derecho al desarrollo
La segunda directriz del empeño de a Santa Sede en la escena internacional se
individúa en el esfuerzo hecho a favor de la promoción del derecho al desarrollo. Son
sobre todo los países más pobres y necesitados quienes esperan la plena realización de
este derecho, conscientes que –según la conocida definición de la encíclica Populorum
Progressio de Pablo VI– «el desarrollo es el nuevo nombre de la paz»5. Es conocido que,
sobre todo a partir del Concilio Vaticano II, la evangelización, misión principal de la
Iglesia, ha sido concebida siempre en estrecha relación con la promoción humana. Para
tal finalidad la Iglesia se ha movilizado, no sólo con la legión intrépida de misioneros y
voluntarios en todo el mundo, sino también mediante el empeño dirigido de la Santa
Sede en las diversas instancias internacionales. No es posible hacer un elenco, y no
pretendo hacerlo aquí, de las iniciativas más relevantes al respecto. Me limitaré a
recordar – como lo hice, tanto en la Cumbre de Río de Janeiro de 1992, como en la
3
4
JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1999, n. 3.
JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2003, n. 5.
7
Cumbre de Johannesburg en septiembre del año pasado– que el interés principal de la
Santa Sede es el de afirmar siempre la centralidad de la persona humana, la persona
como fundamento de toda política de desarrollo humano sostenible. Tampoco existe la
menor duda de que poner a la persona humana en el centro de la atención por el
desarrollo y el medio ambiente es el modo más seguro para salvaguardar la creación (cf.
JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1999, 10). Además, si promover
la dignidad de la persona humana es promover sus derechos, esto significa también
referirse a los deberes, es decir, a la responsabilidad para consigo mismo, para con los
demás, para con los bienes de la naturaleza que le han sido confiados por el Creador y,
en definitiva, para con Dios.
En aquellas ocasiones, deteniéndome en los programas de desarrollo
socioeconómico, la Santa Sede puso el acento en la necesidad de considerar a los seres
humanos, sobre todo a los pobres, «como protagonistas de su futuro». Hace algunos
meses, en marzo del año pasado, durante la Conferencia de la ONU sobre el
financiamiento para el desarrollo que se celebró en Monterrey, México, yo mismo dirigí,
a nombre del Santo Padre, un fuerte llamado al compromiso de la comunidad
internacional para eliminar la pobreza en el mundo, recuperando los valores éticos en la
economía y poniendo la dignidad de la persona humana al centro del desarrollo, «el
mundo de hoy –dije entonces, pero podría repetirlo con mayor razón en estos días– está
ofuscado por una paz frágil y marcado por promesas incumplidas. Demasiadas
personas viven una vida sin esperanza, con escasas posibilidades de construir un futuro
mejor para sí mismas, para sus hijos y para las futuras generaciones... La familia de las
Naciones no puede permitir que pase un día más sin intentar realmente alcanzar estos
objetivos, realizando progresos concretos en la erradicación de la pobreza». Juan Pablo
II, en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año, ha colocado, entre las
premisas de una paz duradera, el cuidado especial que debe ponerse en la ejecución de
los compromisos asumidos para con los pobres: «En efecto –escribe el Papa–, sería
particularmente frustrante para los mismos no cumplir las promesas consideradas por
5
PABLO VI, Carta enc. Populorum progressio, nn.76-80.
8
ellos como de interés vital. Con esta perspectiva –advierte Juan Pablo II– el no cumplir
los compromisos con las naciones en vías de desarrollo constituye una seria cuestión
moral y pone aún más de relieve la injusticia de las desigualdades existentes en el
mundo»6. Quisiera recordar también que la Conferencia de los Gobernadores del IFAD,
Fondo de las Naciones Unidas para el Desarrollo Agrícola
–como lo auguraba el
Mensaje del Santo Padre leído por el Cardenal Secretario de Estado, Angelo Sodano7– se
concluyó en Roma con un importante e histórico cambio: contrariamente a la tendencia
de los últimos años, los países ricos han aumentado en un 20%, su contribución para el
desarrollo rural de las naciones más pobres. Un signo de esperanza, que corona también
el compromiso de la Santa Sede al respecto.
c) Promoción del derecho a la paz y la resolución de conflictos
La tercera línea que me parece caracteriza la acción de la Santa Sede, es la que va
unida a la promoción del derecho a la paz. En lo que respecta a la acción pacificadora
de la Santa Sede, a través de las instituciones internacionales, en el campo del desarme,
la no-proliferación y la eliminación de las armas de destrucción masiva, debo
necesariamente limitarme a algunas menciones, ya que cada una de estas voces
merecería un discurso aparte y no bastarían volúmenes para tratarlas adecuadamente.
Me limito a recordar una de las últimas intervenciones. El pasado mes de abril, el
Representante de la Santa Sede, S.E. Mons. Martin, interviniendo en la segunda sesión
del Comité Preparatorio de la VII Conferencia de revisión del
Tratado de No
Proliferación de las Armas Nucleares, que tuvo lugar en Ginebra (28 de abril – 9 de
mayo de 2003), ha reafirmado enérgicamente que el cumplimiento pleno de los tratados
internacionales sobre la completa eliminación de las armas nucleares, debe constituir un
objetivo prioritario de los Estados, para responder a las más profundas aspiraciones de
la humanidad del siglo XXI. Haciéndose eco de las preocupaciones de la Sede
Apostólica en virtud del estado actual del desarme nuclear, que no sólo no ha
6
7
JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2003, n. 8.
19 de febrero de 2003.
9
registrado progresos, sino que, al contrario, ha dado inquietantes pasos atrás, el
Representante Pontificio ha denunciado el riesgo de una parálisis de la próxima
Conferencia, situación que se ha vuelto aún más seria por la determinación abierta de
algunos Estados de mantener sus arsenales nucleares. De aquí el llamado a superar la
vieja cultura militar y las opciones políticas ligadas al tiempo de la guerra fría. El
concepto mismo de disuasión puede ser admisible sólo como un estadio en el proceso
hacia el desarme, siempre y cuando éste sea progresivo. En efecto, mientras es
mantenida como fin en sí misma, la disuasión anima a los protagonistas a asegurarse
una constante superioridad los unos sobre los otros, en una incesante carrera por el
rearme8. Yo mismo, interviniendo a principios de octubre del año pasado durante la
Asamblea General de la ONU en Nueva York sobre el tema del desarme, he sostenido
que no puede existir tolerancia moral para doctrina militar alguna que apruebe las
armas nucleares. Estas últimas, en cuanto instrumentos de muerte y destrucción, son
incompatibles con la paz que deseamos para este siglo XXI. Al respecto, he repetido la
preocupación de la Santa Sede por la fase actual de estancamiento en el proceso de
desarme debida a la falta de colaboración de algunas potencias nucleares, con el riesgo
de provocar el colapso de la entera estructura del plan de no-proliferación, al que se
había arribado después de años de trabajo. Por consiguiente, no está fuera de lugar
recordar – como lo he evidenciado en la presentación del Mensaje del Papa para la
Jornada Mundial de la Paz de este año – que a nivel global se gastan más de 800 mil
millones de dólares en armamentos, recursos que podrían ser destinados mucho más
proficuamente a la educación y el desarrollo, en vez que a la guerra. Efectivamente, si
no se procede al desarme, la paz será desarmada.
La acción pacificadora de la Santa Sede a través de las instituciones
internacionales implica también las intervenciones dirigidas a favorecer la resolución de
los conflictos en acto y la prevención de otros posibles. En cuanto a los primeros, no
puedo dejar de recordar aquellos que el Papa ha definido “guerras olvidadas”.
8
Al respecto: cf. La intervención de S.E. Mons. Migliori durante la Sesión Anual de la Comisión de las Naciones
Unidas sobre el desarme, tenida en Nueva York (1º de abril de 2003).
10
Olvidadas sobre todo por los medios de comunicación masiva, pero no por la Iglesia,
que siempre ha mantenido un empeño de primera línea en este campo, especialmente
en las guerras que ensangrientan África. Empeño profuso en el intento de recomponer
las fracturas sociales que están en la base de los varios conflictos presentes en el
continente. En diciembre pasado, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas de
Nueva York, he propuesto de nuevo con energía una conciencia y un llamado que el
mundo, especialmente el mundo rico, no puede eludir: África tiene necesidad urgente
de paz y de esperanza. Una necesidad que exige el apoyo decidido de la comunidad
internacional, no sólo para hacer cesar las guerras en curso, sino también para combatir
las causas profundas de los conflictos a fin de instaurar una paz duradera y un
desarrollo perdurable. ¿Qué decir, además, de las continuas intervenciones del Papa en
favor de la paz en el Medio Oriente, el único de los conflictos permanentes que ha sido
recordado, casi simbólicamente, en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de
este año y después retomado en el Discurso al Cuerpo Diplomático, el 13 de enero?
Ante el agravamiento constante de la crisis medio-oriental, el Papa ha reafirmado que
«su solución nunca podrá ser impuesta recurriendo al terrorismo o a los conflictos armados,
pensando que la solución consiste en victorias militares»9.
Para la prevención de los conflictos posibles, en cuanto al pasado, ha hecho
historia la intervención del Papa Juan XXIII en la crisis de los mísiles en Cuba, seis
meses antes de la publicación de la Pacem in terris, cuando el mundo se encontraba al
borde de una guerra nuclear. En cuanto al presente, todos ustedes recuerdan la acción
infatigable, magisterial y diplomática del Pontífice y de la Santa Sede para alejar del
horizonte la guerra en Irak. El hecho de que la guerra se haya efectuado, ha llevado a
alguno a considerar fallida la acción del Papa y de la Santa Sede. Sin embargo no ha
sido percibida así, ni por el Papa ni por la Santa Sede, que tienen otros criterios muy
distintos para verificar la fecundidad de su acción; ante todo, el de la cruz que hace
decir a San Pablo, en una confrontación conflictiva con el contexto cultural de su
tiempo: «La necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad
9
JUAN PABLO II, Discurso al Cuerpo Diplomático, 13 de enero de 2003, n. 4.
11
divina, más fuerte que la fuerza de los hombres» (1Co 1,25). De cualquier manera, el
Santo Padre ha impedido, ciertamente, que la guerra en Irak asumiese los tonos turbios
y nefastos de un conflicto entre religiones.
d) Derechos humanos y Orden Internacional
La guerra en Irak ha abierto la cuestión sobre cómo delinear el perfil futuro del
orden internacional. Éste parece ser un requisito de fondo para la capacidad
“institucional” del conjunto de normas elaboradas por la comunidad internacional para
la afirmación de los derechos humanos. A este respecto, la Santa Sede ha expresado de
mil maneras su confianza en el valor de la Comunidad de los Pueblos que se expresa
sea a través de las relaciones internacionales marcadas por el respeto recíproco y la
solidaridad común, sea a través de los organismos internacionales que constituyen, por así
decirlo, la espina dorsal de su vida y vitalidad, según las propuestas de la Pacem in terris
del Beato Juan XXIII sobre un Orden Internacional dotado de una autoridad pública
mundial. No obstante los innumerables límites, las fragilidades congénitas y la
necesidad de renovaciones y revisiones improrrogables, la Comunidad Internacional y
el multilateralismo permanecen un punto fuertemente alcanzado por la «filosofía
política» y por la actividad cotidiana de la diplomacia de la Santa Sede, como ha sido
afirmado recientemente en una significativa carta del Cardenal Secretario de Estado,
Angelo Sodano, al Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan. En esta
perspectiva, tan actual como decisiva para la suerte futura de la Comunidad
Internacional, si se tienen presentes las dificultades actuales, la Santa Sede se presenta
como testigo de esperanza que invita a la Comunidad Internacional a tener valor,
haciéndose portavoz e intérprete – en el plano moral, político y cultural internacional–
de la invitación de Jesús a Pedro: «Duc in altum» (Lc 5,4)10: Comunidad Internacional,
«¡rema mar adentro!». Al respecto, Su Eminencia el Cardenal Secretario de Estado,
Angelo Sodano, en el Prefacio del volumen que he mencionado, Words That Matter,
afirma oportunamente: «Al inicio de este milenio, marcado por un terrorismo ciego y
10
JUAN PABLO II, Carta ap. Novo millennio ineunte, 1.
12
una violencia odiosa, la invitación al valor tiene una actualidad candente. Nadie –
mucho menos un diplomático – debe perder la esperanza en un orden internacional
abierto a la justicia, la libertad, la solidaridad y la paz. La historia no nos enseña a ser
hombres de retaguardia; al contrario, ésa nos invita a ser hombres de vanguardia y de
esperanza».
Conclusión
Durante mi largo servicio diplomático, con frecuencia me han dirigido como un
elogio la frase: «¡La diplomacia de la Santa Sede es la mejor!». Yo no sé qué tanta verdad
haya en esta afirmación. Pronunciada con admiración o con algo de malicia, la frase, de
cualquier modo, tiene necesidad de alguna que otra acotación, porque a veces la
opinión pública connota la actividad del diplomático, que con frecuencia desconoce,
con juicios poco halagadores. La diplomacia vaticana da voz y expresión a la Santa
Sede. Ahora bien, si la Santa Sede tiene grandes méritos, éstos le derivan no tanto de
habilidades exquisitamente políticas o diplomáticas, sino más bien – y ante todo – de su
capacidad de dar relevancia pública y visibilidad profética, en los diversos contextos
nacionales e internacionales, al discurso religioso y moral sobre los destinos de los
hombres y mujeres y de sus derechos fundamentales. La Santa Sede ha escrito una de
las páginas más significativas e imponentes de la historia de la Iglesia contemporánea,
en la perspectiva evangélica del diálogo ético-cultural con el mundo moderno,
fuertemente querido por el Concilio Vaticano II, con la Constitución Pastoral Gaudium et
spes, diálogo que el Magisterio Papal ha continuado a animar y actualizar mediante la
propuesta de la doctrina social. Aunque ya no soy un diplomático, siento igualmente el
deber de rendir homenaje a la Santa Sede, que ha sido y continuará siéndolo, al interno
de la gran Familia de las Naciones, un auténtico «testigo de la dignidad del hombre», y
en esta misión suya, no se cansará de buscar el consenso de las Naciones de buena
voluntad en los grandes temas de la justicia y la paz.
13
Por último –last but not least– el secreto de los buenos resultados de la
acción de la Santa Sede, también en la escena internacional, se encuentra en la constante
referencia a la Providencia del Señor que guía los destinos de los pueblos y de las
naciones y a la cual nos abandonamos implorando su ayuda con oración confiada. En
uno de sus Discursos al Cuerpo Diplomático, el Santo Padre, refiriéndose a la paz,
recordaba: «Algunos diplomáticos se preguntarán, quizá, la oración por la paz ¿en qué
hará progresar la paz? Es que la paz es, en primer lugar, un don de Dios. Es Dios quien
la funda (...). Es Él, quien inscribe en la conciencia del hombre las leyes que le obligan a
respetar la vida y la persona de su prójimo; no cesa de invitar al hombre a la paz (...)
Quiere una cohabitación de los hombres (...). Les ayuda interiormente a realizar la paz o
a encontrarla de nuevo, mediante su Espíritu Santo»11. La Santa Sede puede ejercer su
función de promoción del hombre y sus derechos fundamentales, de la paz y el
desarrollo, tanto más eficazmente cuanto más decididamente se concentra en lo que le
es propio: la apertura a Dios, la enseñanza de una fraternidad universal y la promoción
de una cultura de la solidaridad12. Es en esta perspectiva que la Santa Sede está
empeñada en realizar su acción, hoy más que nunca necesaria, sostenida por la
esperanza contra toda esperanza (cf. Rm 4,18).
Arzobispo Renato R. Martino
Presidente del Pontificio Consejo «Justicia y Paz»
11
JUAN PABLO II, Discurso al Cuerpo Diplomático, 10 de enero de 1987, n. 4.
Cf. JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2003, n. 9. El texto del Papa se refiere
directamente a la religión en general, pero es a fortiori aplicable a la religión católica y a la Iglesia.
12
14
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