ADORACIÓN NOCTURNA
18 de Febrero de 2005
 MONICIÓN

CANTO:
Confío en ti, Señor, hágase tu voluntad, quiero encontrarme contigo, como
aquella tarde en Sicar. Maestro, aquí está mi vida y mi verdad en Sicar.
Señor, dame de beber y enséñame a adorar, quiero andar por tus caminos y
dejar mi barro en tu brocal, pasaste por Samaría, te conocí en Sicar.
Maestro, te seguiré, hágase tu voluntad, quiero anunciar tu grandeza, y
escuchar tu voz como en Sicar. Pongo mi cántaro en tus manos, como en el
pozo de Sicar. Como en Sicar.
Llega, pues, a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob
dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino,
estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta. Llega una mujer de Samaría a
sacar agua. Jesús le dice: «Dame de beber.» Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a
comprar comida. Le dice la mujer samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a
mí, que soy una mujer samaritana?» (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.)
Junto al brocal de un pozo, en Samaría, coinciden dos personas con dos historias
muy distintas pero las dos con sed. Es el encuentro de dos sedientos junto a una fuente.
No se trata de una coincidencia porque la sed es algo constitutivo de todo ser humano.
Las personas, por definición, somos seres insatisfechos que siempre tenemos sed de algo:
de agua, de riqueza de felicidad, de poder, de amor, de justicia, de salvación... Pero la sed
también es uno de los mecanismos más eficaces para salir de nosotros mismos y superar
nuestras limitaciones. El desencanto y la insatisfacción nos recuerdan la necesidad que
todos tenemos de encontrar el sentido de las cosas para poder vivir la vida en plenitud.
Nuestra sed, en el fondo, es sed de Dios y nos está remitiendo a la necesidad de buscarlo
y encontrarnos con Él.
Cierra los ojos. Imagina que te acercas al pozo. Es un sitio conocido al que sueles ir a
menudo a buscar agua. Hace calor... Tienes sed... Llevas un cántaro en la mano... De pronto,
aparece un desconocido que se sienta junto a ti en el pozo. Te pide agua... Escucha qué te
dice... cómo te lo dice... qué agua necesita de ti...
Señor, dame de tu agua y no tendré más sed. (bis)
Agua que da vida, que da fuerza para vencer. Agua que da
esperanza cuando las cosas no salen bien.
Señor, dame de tu agua y no tendré más sed. (bis)
Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: dame de
beber, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva.» Le dice la mujer: «Señor, no
tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Acaso
eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y
sus ganados?» Jesús le respondió: «Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed;
pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé
se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna.»
Observa la imagen. La samaritana se asoma al fondo del pozo. Otra imagen se
refleja junto a la suya. Es Jesús separado de ella por una frontera de luz. Ella comprende
que ahí hay alguien que no va a dejarla atrás, sola, quemada de la lucha de cada día... En
esta experiencia de sed la mujer de Sicar se encuentra con su propio yo en el pozo, en
ella misma. Sólo cuando entramos en nuestro interior en profundidad, puede ocurrir que
encontremos lo que andamos buscando: el “agua viva” del misterio del encuentro.
Señor, dame de
Agua que cala
que se regala,
Señor, dame de
tu agua y no tendré más sed. (bis)
dentro, que hace que salga nuestra verdad. Agua
que todo hombre puede beber.
tu agua y no tendré más sed. (bis)
Le dice la mujer: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga
que venir aquí a sacarla.»
-¿de qué tengo sed?
-¿qué necesito?
-¿de qué quiero llenar mi cántaro?
Señor, dame de tu agua y no tendré más sed. (bis)
Agua que pule aristas, llena vacíos, calma el dolor. Agua que
es un torrente, que nos libera y nos da paz.
Señor, dame de tu agua y no tendré más sed. (bis)
Le dice la mujer: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos
lo desvelará todo.» Jesús le dice: «Yo soy, el que está hablando contigo.»
En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer. Pero nadie le
dijo: «¿Qué quieres?» o «¿Qué hablas con ella?» La mujer, dejando su cántaro, corrió a la
ciudad y dijo a la gente: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho.
¿No será el Cristo?» Salieron de la ciudad e iban hacia él.
Gesto
La Samaritana ha entendido que lo que quiere dar Jesús es agua viva, y quien pueda
beber de esa agua, será capaz a la vez de compartirla. Y no va a quedarse sola, sino que
será incorporada en una cadena de dar y recibir.
En el reconocimiento de Jesús como el Señor, la mujer vive una transformación. El
mirar y ser mirada le hace salir de sí misma, por eso deja su cántaro y corre a la ciudad a
compartir su encuentro con el Señor de la vida.
Nosotros queremos unirnos al gesto de la Samaritana y vamos a dejar como ella
nuestro cántaro. Os invitamos a acercaros al pozo y dejar ese cántaro único para nosotros,
de dónde tantas veces hemos bebido y el que tantas veces nos ha impedido encontrar el
agua verdadera.
 Manifiesta tu Santidad en mí, tómame de entre lo que me
dispersé, recógeme de donde me perdí y llévame de nuevo al
corazón.
TÚ ERES EL AGUA VIVA, TÚ ERES EL AGUA PURA, INÚNDAME,
INÚNDAME Y TODO SE TRANSFORMARÁ EN MÍ. (BIS)
Mi tierra se abrirá a tu lluvia, mis rocas ya no harán daño
a nadie, mis montes se harán camino para todos. Mi pasto
abundante medicina será, para todo el que coma de mí. Yo
seré la tierra que mana leche y miel.
Me darás unas entrañas nuevas, mis rocas ya no harán daño a
nadie, sólo acariciarán.
Infúndeme tu Espíritu, Señor, y haz que se encariñe conmigo
que quiera hacer morada en mí y así tenga sabor a Ti,
entonces habitaré en la tierra que es mía, y yo seré tu
Pueblo y tú serás mi Dios.
¿No será éste el ayuno que yo elija?:
deshacer los nudos de la maldad, soltar las coyundas del yugo, dejar libres a los maltratados,
y arrancar todo yugo.
¿No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa? ¿Que cuando
veas a un desnudo le cubras, y de tu semejante no te apartes? Entonces brotará tu luz como
la aurora, y tu herida se curará rápidamente.
Te precederá tu justicia, la gloria de Yahvé te seguirá.
Entonces clamarás, y Yahvé te responderá, pedirás socorro, y dirá: «Aquí estoy.» Si apartas
de ti todo yugo, no apuntas con el dedo y no hablas maldad, repartes al hambriento tu pan,
y al alma afligida dejas saciada, resplandecerá en las tinieblas tu luz, y lo oscuro de ti será
como mediodía. Te guiará Yahvé de continuo, hartará en los sequedales tu alma, dará vigor a
tus huesos, y serás como huerto regado, o como manantial cuyas aguas nunca faltan.
Reedificarán, de ti, tus ruinas antiguas, levantarás los cimientos de pasadas generaciones, se
te llamará Reparador de brechas, y Restaurador de senderos frecuentados.
Solo el encuentro con Jesús desde nuestra verdad, nos hace capaces de dejar
nuestro cántaro, de despreocuparnos de nosotros mismos, de dejar de ser el centro para
dejar que los demás ocupen un lugar importante en nuestras vidas.
Oración final (todos):
Señor, danos hambre y sed de Ti, de justicia, de solidaridad. Los que tienen
hambre y sed de justicia no permitirán que otros mueran de hambre o de sed. Señor, que
todos coman y beban lo necesario, para que puedan llegar a encontrarse contigo que eres
el Pan y la Fuente verdadera.
Te buscaré en las calles al pasar, me encontraré contigo en
quién no espere. Y al vivir la vida que me des, nunca será ajena
a ese que hallé. Te pediré que sepa unirme a ti, en cada ser que
el mundo ha despreciado y jamás se me podrá olvidar, que en
todos, Dios, presente y vivo estás.
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Llega, pues, a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de la