2.360 "Maldonado, Julio César y otro/a c/Rodríguez, Juan Carlos y otro/a s/Pretensión indemnizatoria". LA PLATA, 13 de abril de 2009. Y VISTOS: Estos autos caratulados “Maldonado, Julio Cesar y otro/a c/ Rodríguez Juan Carlos y otro/a s/ Pretensión indemnizatoria”, causa n° 2360, en trámite por ante este Juzgado de Primera Instancia en lo Contencioso Administrativo n° 2 de La Plata a mi cargo, de los que: RESULTA: I) Que Julio Cesar Maldonado -en representación de su hija menor I. A. M. - y Juan Pedro Acevedo –en representación de su hijas Lorena Lorenza Acevedo y Gabriela Marisol Acevedo-, se presentan y, por apoderado, promueven demanda contencioso administrativa contra el doctor Juan Carlos Rodríguez y la Municipalidad de Florencio Varela, solicitando indemnización por los daños y perjuicios ocasionados por el fallecimiento de su progenitora Viviana Miriam Mendoza, deceso que según alegan se produjo por la deficiente atención médica recibida en el Hospital “Mi Pueblo” dependiente de ese municipio. Relata que a mediados del mes de noviembre de 2002, debido a padecimientos en la zona abdominal, la causante recurrió al citado hospital donde, sin otorgarle ninguna importancia a sus dolencias, fue atendida en dos oportunidades por la guardia, no quedando constancia de ello. Finalmente fue internada el día 18 de ese mes, con diagnóstico de colecistitis aguda, programándose para el día 20 de noviembre una intervención quirúrgica que se efectuó de urgencia a las 16,30, luego de una serie de divergencias suscitadas entre los profesionales que debían actuar. Detalla que en la Historia Clínica, en las novedades correspondientes a aquella fecha, surge una primera atestación firmada por el doctor C.R., en la cual, la operación figura suspendida por falta de anestesiólogo de planta. A renglón seguido y mediante sendas notas datadas a las 11:00 hs. -con firmas ilegibles y sin aclaración-, consta: por un lado, que el Servicio de Cirugía parece indicar que se postergó la operación debido a que no se la juzgó urgente; mientras que el Servicio de Anestesiología, expresa que no se realizó por problemas inherentes al primero. Finalmente, de acuerdo a la nota firmada por el doctor Juan Carlos Rodríguez, el mismo día 20 de noviembre de 2002, a las 16:30 hs., se efectuó la cirugía de urgencia. Agrega que ello demuestra las serias consecuencias producidas por los devaneos señalados, mientras la paciente se agravaba minuto a minuto, sin perjuicio del grave error de diagnóstico en que incurriera el Servicio de Cirugía, cuando en por mañana consideró que la operación no revestía carácter inminente y la postergó. Indica que en el protocolo quirúrgico se describe que se encontraron adherencias en órganos internos que dificultaron la tarea del cirujano, quien reconoce haber producido una lesión en la vía biliar que suturó con dos puntos. Alega que el post operatorio se caracterizó por un permanente derrame de bilis dentro del abdomen, situación que se pretende solucionar, el día 4 de diciembre de 2002, mediante una segunda operación que no tuvo éxito, debido a que no se detectó el foco de la pérdida, limitándose los médicos a lavar el abdomen, drenar y cerrar. Señala que en un proceso como el reseñado, se produce una infección que comienza por la vía biliar y va avanzando hacia distintas zonas. Continúa relatando que el día 28 de diciembre de 2002 la paciente fue derivada al Hospital San Martín de La Plata, donde el 4 de enero de 2003 fue nuevamente intervenida quirúrgicamente y, ante la infección de la vía biliar, se le practicó una anastomosis biliodigestiva (unión del colédoco al intestino), que en el post operatorio se necrosa, por lo cual es reintervenida el día 17 del mismo mes, realizándose drenaje externo de la vía biliar y yeyunostomía. El avance del proceso infeccioso desencadena en una peritonitis que obliga a una nueva yeyunostomía y lavado de cavidad abdominal, luego de formarse abscesos hepáticos y escaras, el estado general de la paciente se deteriora en forma terminal, produciéndose su fallecimiento el 22 de febrero de 2003. Considera que los episodios previos a la operación prevista para el día 20 de noviembre de 2002, ponen al descubierto una actitud de seria irresponsabilidad por parte del Servicio de Cirugía del hospital demandado. Asimismo entiende que se debe imputar al cirujano, no solamente haber producido una grave lesión en su paciente, sino, fundamentalmente, haber empleado una técnica incorrecta para subsanar el yerro cometido, pues durante la operación fue lesionada la vía biliar e inmediatamente suturada, lo cual no es aconsejable y está condenado al fracaso. Sostiene que el período posterior en que la causante permaneció internada en el Hospital Mi Pueblo, se distinguió por la irresponsabilidad, pues frente a la complicada situación que se planteó a partir del primer error médico, entiende que en la atención del postoperatorio se debió poner mucho énfasis en la vigilancia de la paciente. En tanto que la misma comenzaba a drenar abundante bilis en forma inmediata poniéndose ictérica y el laboratorio hablaba de colestasis, infección y daño progresivo del hígado, el día 2 de diciembre de 2002 -transcurridos 12 días de la operación-, se pide una colangiografía retrógrada, radiografía de vías biliares intrahepáticas, al Hospital Fiorito, nosocomio que recién dio turno para 16 días después. Entretanto la doliente fue reoperada a las dos semanas de la primera intervención sólo para lavar su cavidad abdominal inundada de bilis y drenarla, sin hallar el foco de la bilirragia ni haber tratado la vía biliar lesionada en la primera operación a causa de la inflamación y la friabilidad, desmenuzamiento, reducción a polvo, de los tejidos. Pone de relieve que al fracasar la realización de la colangiografía por circunstancias fortuitas, se le indica en su reemplazo una colangio resonancia que recién se lleva a cabo el 26 de diciembre de 2002, confirmándose el diagnóstico de stop de la vía biliar principal a nivel del colédoco proximal. Por ende, luego de 37 días invertidos en confirmar el diagnóstico, fue derivada a un hospital de mayor complejidad que según afirma, hubiera estado en condiciones de resolver el problema. Atribuye responsabilidad a los médicos y al Hospital Mi Pueblo, pues considera que un equipo médico que produce una lesión al paciente desde su primera intervención, equivoca el método destinado a corregir su error, demora en reconocer la existencia del mismo y sólo cuando el caso es irreversible hace la derivación a un nosocomio de mayor complejidad. Por ello, considera que ha actuado con impericia, imprudencia y negligencia, colocándose en la posición de deudor culpable. Explica que las lesiones quirúrgicas en las vías biliares constituyen una de las más graves iatrogenias de la cirugía y para el paciente puede significar el comienzo de un verdadero calvario con episodios de colangitis, reoperaciones y eventualmente la muerte. Para el cirujano es un grave golpe y lo que es mucho más importante, sabe que ha causado un grave daño al enfermo, cuya reparación constituye un experimento que dura toda la vida del paciente. Afirma que los autores coinciden en destacar que una vez detectado el primer síntoma de una lesión biliar, lo primero que hay que hacer es admitir que se pudo cometer la lesión, pues de lo contrario se perderán posibilidades de subsanar eficazmente el problema. Sostiene que la sutura con dos puntos, como se efectuó en el caso, es una técnica condenada al fracaso casi seguro, siendo preferible el drenaje con un tubito fino, kher o catéter K30, para dirigir la fístula hacia afuera y luego de tres semanas se lo retira, con lo que, si no hay hipertensión biliar, la fístula cierra sola. Señala que el equipo profesional que atendió a la paciente se conformó con la maniobra efectuada y esperó que la paciente evolucione favorablemente. Destaca que la causante tenía 39 años de edad al momento del óbito, era madre de tres hijas menores, se desempeñaba como ama de casa y se encontraba muy capacitada en manualidades que enseñaba a discapacitados en la sociedad de fomento. Reclama en el rubro valor vida la suma de $ 35.000 de los cuales, considerando la edad y el grado de dependencia de cada una de sus hijas. En concepto de daño moral peticiona la suma de $ 20.000 para cada una de las actoras. Funda el derecho en los artículos 505, 511, 512, 519, 522, 902, 903, 904, 1068, 1069, 1083, 1084, 1085, 1109 1113, 1137 concs. del Código Civil; 320, 330 y concs. del C.P.C.C. Cita jurisprudencia y doctrina autoral en apoyo de su postura. Ofrece prueba. II) Que conferido el traslado de demanda, (fs. 31) se presenta la Municipalidad de Florencio Varela, la contesta y solicita su rechazo (fs 201/212). Por imperativo procesal realiza una negativa de carácter general de todos los hechos. Resalta que es de vital importancia para la dilucidación de la verdad objetiva de autos, considerar que la paciente tenía antecedentes múltiples de consultas previas por síntomas similares. El día 7 de julio de 1996 tuvo un cuadro de colecistitis aguda, no resuelto en esa oportunidad y, con fecha 2 de noviembre del mismo año presentó síndrome coledociano, siendo derivada a otro centro. Por ello, sostiene que todos los episodios anteriores sin resolver generaron un deterioro progresivo de los órganos afectados y las alteraciones que se encontraron durante la cirugía de urgencia realizada el 20 de noviembre de 2002. Detalla que en la primera de las fechas indicadas, la causante ingresó por la guardia, refiriendo dolor en hipocondrio derecho intenso y continuo, una semana antes comenzó con vómitos biliares, fiebre y lo más sobresaliente era que los dolores no cesaban con antiespasmódicos, presentaba abdomen blando, depresible, doloroso en HD con irradiación al epigastrio y dorsal, vesícula palpable, bordes regulares, elástica y móvil, dolorosa a la palpación superficial y profunda. Se le realizó ecografía abdominal de la cual resultó hiperecogenicidad en pared posterior de vesícula, paredes lisas, regulares, la impresión diagnóstica sugería en la paciente un síntoma de colecistitis aguda y quedó en observación en la guardia. Agrega que el día 2 de noviembre de 1996 la paciente nuevamente es asistida por dolor epigástrico irradiado a dorso de 3 días de evolución aproximadamente, dolor a la palpación profunda en hipocondrio derecho. La impresión diagnóstica de ese día era síndrome coledociano, se realiza ecografía en la cual se informa microlitiasis – litiasis coledociana en la vía biliar extrahepática dilatada 9 mm, síndrome coledociano de origen biliar. Destaca que, contrariamente a lo que afirma la actora, no se desprende -ni expresa o tácitamente-, ningún error de diagnóstico. El momento de decidir la intervención quirúrgica fue el día 20 de noviembre de 2002 a las 16,30 hs, como surge del protocolo de la historia clínica del Hospital Mi Pueblo de Florencio Varela, hasta entonces no se había ordenado la operación de la paciente, quien había ingresado el 18 de noviembre de 2002, con diagnóstico de colecistitis aguda, confirmado en los días posteriores. Considera falaz la aseveración de la demandante relativa a que se pidió una colangiografía retrógrada -radiografía de las vías biliares intrahepáticas-, al Hospital Fiorito y que el turno se fijó para el día 19 de diciembre de 2002, pues según afirma, surge de la historia clínica del Hospital Mi Pueblo de Florencio Varela (fs. 38), que el estudio de referencia se realizó en el Hospital General San Martín de La Plata y no pudo completarse frente a la imposibilidad de lograr la canulación de la vía biliar. Señala que conforme consta a fojas 17 de dicho instrumento, al día siguiente -20 de diciembre de 2002-, se pidió una colangio resonancia, efectuada el día 26 siguiente, en la cual se detectó una obstrucción a nivel de la vía biliar principal (fojas 39) y, confirmado el diagnóstico, inmediatamente, se ordenó la derivación de la paciente a un hospital de mayor complejidad. Sostiene que estos extremos se encuentran reflejados también en la pericia practicada en la causa penal instruida a raíz del hecho. Entiende que surge evidente que los días transcurridos hasta confirmar la dolencia se debieron a circunstancias fortuitas, pues los estudios fueron pedidos a nosocomios públicos que no tienen ninguna vinculación con el Hospital Mi Pueblo de Florencio Varela y el retraso -si es que lo hubo-, sólo es imputable al actuar de aquellos, por lo cual afirma que no existió impericia, imprudencia o negligencia a las obligaciones profesionales por parte del equipo médico actuante. Aduna respecto del cirujano demandado, que su actuación en la intervención y operación de la paciente se enmarca dentro de los parámetros que prescribe el arte de curar y las normativas quirúrgicas. La paciente ingresó en la fecha antes consignada, con importante dolor abdominal y abdomen agudo, siendo derivada a cirugía por guardia a las 16:30 y la intervención fue sumamente laboriosa por el estado en que se encontraban los tejidos. Del protocolo quirúrgico, se puede extraer como conclusión que el diagnóstico preoperatorio era un abdomen agudo inflamatorio, colecistitis aguda litiásica, la operación realizada una colecistectomía- coledocografía- drenaje, la técnica empelada fue antisepsia y campos, incisión de kocher. Abierto el peritoneo se constata gran plastrón inflamatorio perivesicular con adherencias de epiplón, colon y duodeno a la vesícula; vesícula tersa edematosa con adherencias firmes a órganos vecinos. Liberadas las mismas, se realiza punción evacuadora y se comienza la colecistectomía de fondo a cuello, ante la imposibilidad de reconocer la anatomía se procede a la apertura vesicular observándose múltiples cálculos, uno de ellos en tránsito desde lo que impresiona ser la bolsa de Hartmam hacia la vía biliar principal. Extraído dicho cálculo, se observa lesión en la vía biliar principal procediéndose a la sutura de la misma con vicryl 4-0, lavado abundante, completa la colecistectomía, se ofrece drenaje de protección para coledociano. Control riguroso de hemostasia y cierre por planos. Argumenta que la conclusiones plasmadas en la pericia realizada oportunamente por el Cuerpo Médico de Quilmes relevan de cualquier comentario sobre la cuestión traída a debate, dado que la contundencia de sus conclusiones llevó a que la Fiscalía interviniente disponga el archivo de las actuaciones penales, con fecha 17 de junio de 2003 y 26 de octubre de 2004, señalando la inexistencia de impericia, imprudencia o negligencia en el obrar de los médicos actuantes. Destaca que la actora, conjuntamente con la madre de la causante, plantearon similares cuestiones en sede penal, donde no efectuaron reproches acerca del sentido en que se resolvió la causa y ahora, al parecer no conforme con ello, demandan por daños y perjuicios con sustento en los mismos hechos. En ese contexto entiende que la cuestión ya fue juzgada y pasada bajo autoridad de cosa juzgada para la partes. Solicita que en consecuencia se aplique la prohibición contenida en el artículo 1.103 del Código Civil, aclarando que el hecho de que el proceso tramite ante el fuero en lo Contencioso Administrativo, no es óbice para ello, pues en el caso se persigue una reparación civil. Respecto de la responsabilidad médica resalta que la obligación del facultativo es poner al servicio del paciente el caudal de conocimientos y prestarle la diligente asistencia profesional que su estado requiere, no garantiza resultados. Pesa sobre él una obligación de medios, la cual tiene por objeto una actividad diligente de su parte agotando de ese modo su prestación y quedando por lo tanto liberado aún cuando no se hubiese obtenido el resultado deseado por cuanto ello no le era exigible. La ciencia médica no es una ciencia exacta y tiene sus limitaciones, no basta la concreción del daño para que ello signifique que el médico actuante haya obrado con culpa o impericia, extremos que deben ser demostrados por quien pretende reprochar la conducta asumida por los médicos. Afirma que en el caso, el actuar de los médicos y demás personal del hospital municipal fue correcto y diligente, por lo que cumplieron la obligación de medios a su cargo. Destaca que la relación de causalidad entre los hechos narrados y la demostración del lamentable suceso, no ha quedado ni remotamente demostrada en autos, por lo cual, entiende que debe desestimarse la pretensión. Atribuye el carácter de instrumento público a la historia clínica, ya que proviene de un ente asistencial público alegando que hace plena fe de su contenido, hasta tanto sea redargüido de falsedad; oposición no ejercida por los actores, quienes no han atacado la verosimilitud de su contenido, sino que la presentaron como prueba (arts. 979 inc. 2° y 995 del Código Civil). Objeta el monto indemnizatorio reclamado en todos sus rubros como también su exigibilidad. Respecto del daño moral entiende que la indemnización debe ser rechazada en virtud de las eximentes de responsabilidad hacia su parte y en cuanto al ítem valor vida lo estima improcedente y desproporcionado. Solicita la citación en calidad de tercero del Hospital General San Martín de La Plata, con fundamento en que la paciente estuvo internada en dicho nosocomio desde el 27 de diciembre de 2002 al 22 de febrero de 2003, fecha en que se produjo el deceso y en tal sentido podría encontrarse comprometida la responsabilidad del personal médico y paramédico de dicha entidad. Ofrece prueba. III) Que a fojas 221/229 se presenta el demandado Juan Carlos Rodríguez, por derecho propio, y contesta el traslado de demanda conferido (fs. 31), solicitando su rechazo. Realiza por imperativo procesal una negativa de carácter general y de la autenticidad y validez de toda documentación no reconocida expresamente. Plantea la inexistencia de nexo causal entre su actuación y el deceso de la causante, afirmando que los hechos no sucedieron tal como los relató la actora. Manifiesta que el día 18 de noviembre de 2002, la señora Mendoza consulta en el Hospital Mi Pueblo de Florencio Varela por dolor en hipocondrio derecho, cuadro que llevaba tres días de evolución y diagnosticándosele colecistitis aguda litiásica, se decide tratamiento médico y conducta expectante. Señala que la paciente presentaba como antecedentes múltiples consultas previas por dolencias similares. En particular el 7 de julio de 1996, tuvo un cuadro de colecistitis aguda que no fue resuelto y el 2 de noviembre del mismo año padeció un síndrome coledociano, siendo derivada a otro centro, no obstante, el episodio no fue resuelto con cirugía. Explica que el día 20 de noviembre de 2002 se programa la operación a través del Servicio de Cirugía, sin embargo no se lleva a cabo y por la tarde la paciente persiste en el dolor abdominal y abdomen agudo, en virtud de lo cual se decide la cirugía por la guardia a las 16:30 hs. La intervención, conforme se refleja en el protocolo quirúrgico, fue sumamente laboriosa debido al estado en que se encontraban los tejidos por los múltiples episodios reseñados. El día 23 subsiguiente la enferma comienza con bilirragia, pérdida de bilis por drenaje; el 4 de diciembre de aquel año se la reopera con diagnóstico de coleperitoneo, mediante laparotomía exploradora realizada por el Jefe de Guardia, Dr. K, se realiza lavado y drenaje de la cavidad, persiste posteriormente con la bilirragia, por lo cual se dispone proseguir con los estudios. Destaca que el día 18 de diciembre de 2002, no se pudo concretar, por problemas técnicos, la colangiopancreatografía retrógrada endoscópica (C.P.R.E.), por lo que el día 26 siguiente, se realizó un estudio del que resultó un stop en el colédoco proximal, siendo derivada en la jornada siguiente al Hospital Gral. San Martín de La Plata, donde fue reoperada con fecha 6 de enero de 2003, practicándose una anastomosis biliodigestiva por estenosis de la vía biliar, intervención de la cual no evolucionó bien. El día 17 del mismo mes y año, se la reoperó por coleperitoneo y absceso en el espacio de Morison, se hizo la movilización de la anastomosis biliodigestiva, divorcio de la misma (separación), se le colocó un catéter en la vía biliar y una yeyunostomía. Precisa que en la época en que sucedieron los hechos objeto de autos y, en la actualidad, se desempeña en el Hospital Mi Pueblo de Florencio Varela, en el cargo de médico cirujano de guardia, durante 24 horas semanales (desde las 8:00 hs. de los días miércoles hasta las 8:00 hs. de los días jueves); sus tareas consisten en resolver las patologías quirúrgicas de urgencia y/o emergencia que se presenten en dicho horario. Aclara que no integra el Servicio de Cirugía del nosocomio, ni forma parte de su personal de planta, por lo cual le resultan totalmente ajenas, de comprobarse que así fueron -pues no le constan-, las discusiones que, según la actora se produjeron entre el Servicio de Cirugía y el de Anestesia; se tratan hechos sucedidos con anterioridad a su primer intervención médica respecto de la paciente, iniciada a las 16 horas del día 20 de noviembre de 2002. Afirma que en dicha oportunidad la paciente padecía un abdomen agudo que no respondía adecuadamente al tratamiento instituido, por la mañana se había programado una cirugía que no se concretó y dado el cuadro que en ese momento se vislumbraba, él realizó la intervención quirúrgica a fin de evitar la espera para el día siguiente, circunstancia que hubiera empeorado aún más la situación. Aclara que en la segunda operación actuó solamente como ayudante. Señala que del escrito de demanda pareciera desprenderse que los padecimientos de la causante comenzaron en noviembre de 2002, cuando en verdad desde mucho tiempo antes los tuvo sin haber sido solucionados, circunstancia demostrativa del deterioro progresivo de los órganos afectados y las alteraciones que se encontraron durante la cirugía de urgencia realizada el día 20 de noviembre de 2002. Refuta las conclusiones que extrae la actora respecto del protocolo quirúrgico, en particular cuando afirma “reconoce haber producido una lesión en la vía biliar, que suturó con dos puntos”. Señala que la cirugía resultó trabajosa en virtud del estado en que estaban los tejidos, constatándose un cálculo en tránsito desde la vesícula hacia la vía biliar principal; se trataba de un cálculo que pasaba desde una estructura anatómica a otra a través de las paredes de las mismas, produciendo una perforación, lesión patológica de dicha estructura, que en medicina se conoce como síndrome de Mirizzi. Sostiene que es falso que se haya lesionado estructura alguna durante el acto quirúrgico del día 20 de noviembre de 2002; por el contrario, la lesión se describe como producto de la evolución prolongada de la enfermedad que no fue resuelta en tiempo oportuno. Asevera que la técnica quirúrgica que empleó fue la correcta y además la única posible en ese momento, en función del estado en que se encontraban los órganos afectados y que de ninguna forma existió error médico, como maliciosamente sostiene la actora. Puntualiza que debido a sus funciones de cirujano de guardia, no concurre periódicamente al Servicio de Cirugía, de forma tal que la atención, estudios y derivación de la enferma durante el postoperatorio no estuvieron a su cargo. Ilustra en cuanto al examen que pone de manifiesto el stop en el conducto colédoco, que las posibles causas de la obstrucción pueden ser la presencia de un cálculo en la vía biliar principal, el desarrollo de una estenosis por edema o fibrosis producto del proceso que la afectaba, la reparación con puntos de dicho conducto asociada a edema o una colangitis esclerosante primaria, no siendo posible aseverar el grado de causalidad de alguna de estas entidades respecto de las otras. Se establece que este tipo de cuadro tiene una morbilidad de hasta un 10% y una mortalidad de un 5%, los resultados operatorios conforme a estadísticas son litiasis vesicular simple: morbilidad de 1% y mortalidad de 0.1% a 0.4%; colecistitis aguda: morbilidad de 7.8% a 12%; mortalidad de 3.9%; colecistitis crónica: morbilidad de 6 a 10% y mortalidad del 1.3% y colecistitis crónica con reactivación aguda morbilidad de 9.1% a 15% y mortalidad de hasta 5%. Cita bibliografía especializada. Señala que no pueden soslayarse las contundentes explicaciones médicas brindadas en la causa penal n° 168.370 en trámite ante la U.F.I. n° 12 del Departamento Judicial de Quilmes, caratulada “Averiguación de causales de muerte”, donde a requerimiento del Agente Fiscal interviniente, el perito médico designado destacó que el tratamiento de la paciente estuvo de acuerdo con el diagnóstico que figura en la historia clínica, el cual fue correcto y, en todo momento, tanto el personal médico como el auxiliar, procedió conforme a lo que estipula el arte de curar y a las normativas quirúrgicas. Allí se destacan puntualmente los antecedentes de la paciente y en qué medida jugaron en forma desfavorable en su evolución. Sostiene que desde el principio el cuerpo médico interviniente en la causa judicial brindó a los actores una contundente explicación científica acerca de la correcta y adecuada asistencia prestada. Concluye que en el caso es fácil observar cómo queda totalmente descartado la violación de normas médicas y/o legales y, por ende, al no poderse acreditar conducta antijurídica alguna, caen los restantes elementos que deben probarse para que una acción como la intentada pueda prosperar: daño causado, relación de causalidad y obligación de resarcir. Impugna los rubros indemnizatorios considerándolos excesivos e improcedentes. Respecto del valor vida, advierte que la actora se limita a reclamar una suma en el aire, sin indicación alguna de los parámetros utilizados para determinar su entidad y, en cuanto al daño moral, estima que la justipreciación que realiza no tiene correlato ni fundamento lógico alguno. Funda el derecho el los artículos 512, 901, 902, 1109, 1197 ss. y concs. del Código Civil. Cita jurisprudencia y doctrina en apoyo de su postura. Ofrece prueba y hace reserva del caso federal. IV) Que a fojas 244/253, se presenta la apoderada de la Fiscalía de Estado, en el carácter de tercero citado, y contesta el traslado conferido a fojas 219, solicitando el rechazo de la demanda. Por imperativo procesal realiza una negativa de carácter general y de la autenticidad y valor probatorio de toda la documentación agregada a estos autos que no revista el carácter de instrumento público. Reconoce las circunstancias fácticas enunciadas en el escrito de demanda, especialmente en cuanto a la derivación y asistencia de la paciente por parte de los profesionales, al Hospital General San Martín. Niega en particular la responsabilidad que le atribuye la Municipalidad de Florencio Varela y que su parte haya incurrido en omisiones o cumplido de forma irregular sus funciones u obrado antijurídicamente, como también la procedencia de los daños reclamados y su relación causal con los actos motivo de la litis. Relata que la causante recurrió al Hospital Mi Pueblo de Florencio Varela desde mediados de noviembre de 2002 a consecuencia de fuertes dolores abdominales, siendo atendida por la guardia del citado nosocomio y finalmente el día 18 de aquel mes y año fue internada con diagnóstico de colecistitis aguda e intervenida de urgencia el día 20. En el postoperatorio, se constató la presencia de derrame biliar dentro del abdomen, por lo que fue operada nuevamente el día 4 de diciembre de 2002, no detectándose el foco de la pérdida; el día 28 de diciembre se la derivó al Hospital General San Martín de La Plata, donde fue reintervenida, hallándose infección de la vía biliar, motivo por el cual se le practicó una anastomosis biliodigestiva que devino en necrosis, dando lugar a una nueva intervención quirúrgica en la cual se colocó un drenaje externo de la vía biliar y yeyunostomía. Destaca que el proceso infeccioso avanzó provocándole una peritonitis que obligó a practicar una nueva cirugía el día 25 de enero de 2003, la paciente comenzó con un cuadro febril que se definió en sepsis y, a pesar de haberse actuado en consecuencia, falleció. Resalta que la causante presentaba antecedentes de colecistitis aguda, no resuelta en su oportunidad, puntualmente el día 17 de julio de 1996, y síndrome coledociano, el día 21 de noviembre del mismo año, tampoco curado, por lo que dicho historial patológico sumado a la falta de controles periódicos, llevaron al progresivo deterioro del cuadro hepático, desencadenándose un abdomen agudo inflamatorio causado por una colecistitis aguda. Señala que, como lo avala la bibliografía científica, el tratamiento inicial de la colecistitis aguda debe ser la hospitalización, la hidratación parenteral, la suspensión de la ingesta oral y la administración de analgésicos; la terapia antibiótica es útil para tratar posibles complicaciones infecciosas. Establecido el tratamiento inicial, existen tres grupos de pacientes clasificados de acuerdo con a la forma de presentación y evolución, grupo I: colecistitis aguda complicada, perforación libre o bloqueada, mal estado general, sepsis localizada o generalizada, el tratamiento es quirúrgico; grupo II: constituído por pacientes que tratados médicamente no evolucionan bien, debe ser tratados quirúrgicamente para evitar perforación posterior y grupo III: la mayor parte de los tratados médicamente evolucionan favorablemente, sin embargo la posibilidad de nuevos episodios en breve plazo es evidente. Describe que del análisis médico legal adjunto, surge que a la paciente se le realizó en el Hospital Mi Pueblo de Florencio Varela una colecistectomía - coledocografía y drenaje, abierto el peritoneo se constató gran plastrón inflamatorio perivesicular con adherencias de epiplón, colon y duodeno a la vesícula, además, esta última se demostró tensa edematosa con adherencias firmes a órganos vecinos. Se extrajo un cálculo de la vía biliar, que había producido una fístula entre la vesícula y la vía biliar principal y ante el empeoramiento del cuadro, se le realizó una colangio resonancia detectándose una obstrucción a nivel de la vía biliar principal. Dado que todas estas prácticas se realizaron en dicho nosocomio, mal puede la apoderada del municipio demandado negarlas categóricamente. Afirma que recién ante la gravedad de la paciente y la imposibilidad de continuar con su asistencia, es derivada al Hospital San Martín, ingresando con gran deterioro de su estado general y nutricional. Allí se realiza una anastomosis biliodigestiva, práctica quirúrgica técnicamente correcta, y habiéndose presentado una falla en la sutura, la dehiscencia de la misma, se la reintervino quirúrgicamente Sostiene que no hubo responsabilidad alguna por parte de los médicos y/o paramédicos del Hospital San Martín; por el contrario, allí se le practicaron las intervenciones quirúrgicas correctas, frente al cuadro que presentaba la paciente el proceder médico fue el adecuado y los demandantes así lo reconocen. Alega que el hecho de que su deceso haya ocurrido en el hospital provincial, no importa atribuirle la responsabilidad que pretende endilgarle la parte demandada. Argumenta que la jurisprudencia y la doctrina son contestes al sostener que en el caso de responsabilidad de los médicos, para que proceda el resarcimiento de los perjuicios debe acreditarse fehacientemente que los mismos son consecuencia directa del obrar negligente, culposo, de los facultativos. La responsabilidad, no surgirá del resultado disvalioso sino de la falta de correspondencia entre la conducta descripta por el médico y la que se debió observar pues por la naturaleza colmada de complejidades de la prestación y por la forma distinta como responden los organismos no puede ser otro el factor de atribución. No basta en consecuencia que se verifique la existencia del daño sino que además éste debe haber sido causado por el obrar negligente, imprudente o imperito, en definitiva culposo del profesional médico. Refuta los rubros indemnizatorios reclamados, alegando en cuanto al ítem valor vida, que es una noción estrictamente ligada a la productividad económica y lejos está de ser un capítulo flexible del resarcimiento, tiene que ver estrictamente con aquellos ingresos de la víctima que se destinaban a terceros y que con el deceso se interrumpieron y se frustraron para lo sucesivo. Delimitados tales aspectos, podrá establecerse la indemnización pedida, quedando librada la misma al arbitrio judicial. Respecto del rubro daño moral, estima que se peticiona una suma desproporcionada que cubre con exceso el daño que se dice causado, lo cual llevaría a consagrar un enriquecimiento indebido con el consiguiente perjuicio para aquel que debe afrontar dicha reparación pecuniaria. Solicita que se ameriten las circunstancias del caso y las constancias que la causa ofrece y se reduzca equitativamente el monto resarcitorio del rubro en análisis. Ofrece prueba. Hace reserva del caso federal. V) Que recibida la causa a prueba (fs 268/270), producida la misma, agregados los cuadernos de prueba de la actora; de los codemandados Juan Carlos Rodríguez y Municipalidad de Florencio Varela y de la Provincia de Buenos Aires, citada como tercero (fs. 369); glosados los respectivos alegatos (fs. 377/379, 380/385, 386/389, 391/393) y adquiriendo firmeza el llamamiento de autos para sentencia (fs. 395/399), la causa quedó en estado de emitir pronunciamiento (art. 49 C.C.A., ley 12.008, texto según ley 13.101); y CONSIDERANDO: 1°) Que tal como se desprende del precedente relato, las accionantes promueven demanda contencioso administrativa contra el doctor Juan Carlos Rodríguez y el equipo de cirugía del Hospital “Mi Pueblo”, dependiente de la Municipalidad de Florencio Varela, con el objeto de obtener el resarcimiento de los daños y perjuicios ocasionados por el fallecimiento de su progenitora, aduciendo la deficiente prestación médica recibida en ese nosocomio. La municipalidad en su contestación, alega que la actora formuló planteos similares en sede penal, donde la Fiscalía interviniente dispuso el archivo de las actuaciones, por lo que sostiene que la cuestión fue juzgada y pasada en autoridad de cosa juzgada, motivo por el cual, solicita se aplique la prohibición contenida en el artículo 1.103 del Código Civil. Cabe entonces, analizar liminarmente, si en el caso, se configura la cuestión prejudicial invocada como defensa por la codemandada. Según se desprende de la causa penal n° 168.370, que tramitó ante la U.F.I. n° 12 del Departamento Judicial de Quilmes, caratulada “Averiguación de causales de muerte”, ofrecida como prueba instrumental por las partes, se desprende que la investigación penal se inicia con motivo de la denuncia formulada el día 26 de febrero de 2003, por la señora Blanca Clivis Rivero, quien relata que el día 17 de noviembre de 2002, internó a su hija Viviana Miriam Mendoza en el Hospital “Mi Pueblo”, sito en la localidad de Florencio Varela, donde fue intervenida quirúrgicamente, el día 18 del mismo mes y año; y que debido a complicaciones médicas la víctima fue trasladada hacia el Hospital San Martín de la ciudad de La Plata, donde fallece el 22 de febrero de 2003 (fs. 1/3). A fojas 6, la denunciante se presenta como querellante, solicita se investigue, se secuestre la historia clínica y se realice en forma urgente la exhumación del cadáver de la occisa. Pide se determinen las causas del fallecimiento de su hija y se cite a declarar a los doctores Juan Carlos Rodríguez, Pantolini y a todo el plantel médico que se encontraba el día 20/11/2002, donde se realizó la primer operación, que desencadenó su desenlace después de tres meses. A fojas 16, el titular del Juzgado de Primera Instancia de Garantías n° 2 del Departamento Judicial de Quilmes, expide la Orden de Presentación, facultando al señor Agente Fiscal titular de U.F.I. n° 12 a requerir al Hospital Mi Pueblo de Florencio Varela; Hospital Fiorito de Avellaneda y al Hospital San Martín, la presentación de historias clínicas, informes de consultorios y toda otra constancia de atención médica recibida por la ciudadana Viviana Miriam Mendoza, a partir del 18 de noviembre de 2002 (art. 227, C.P.P.). A fojas 23/64, obra agregada la historia clínica acompañada por el Hospital Municipal “Mi Pueblo” de Florencio Varela. A fojas 65 bis, la Fiscalía actuante, dispone que se individualice fehacientemente a los doctores Juan Carlos Rodríguez y Pantolini, “debiéndose detallar todos sus datos personales y haciéndole entrega de la papeleta donde constan los derechos que les asisten por ser imputados en la presente…” A fojas 66, el Fiscal Adjunto, dispone la realización de una pericia-de medicinalegales en los términos del artículo 247 del C.P.P., encomendando a los peritos médicos de turno, previa aceptación del cargo, que se expidan sobre los siguientes puntos: “determinar: 1) Si el tratamiento que se le brindó a la víctima fue acorde a su diagnóstico médico; 2) Se determine si los diagnósticos que reflejan las historias clínicas son los acertados; 3) Si se observaron los reglamentos, tratamientos y las conductas adoptadas por el personal médico y auxiliar, y si aquellos resultan ser los correctos o los de práctica. En su caso se establezca que fue lo omitido o lo contrario a lo que la práctica o el arte indica para el caso; 4) Se expida sobre todo otro dato de interés que se considere conducente para el esclarecimiento del hecho en investigación…” A fojas 102, se notifica al doctor Ribarola Armando, perteneciente al Cuerpo Médico de Quilmes de la Policía Científica, que ha sido designado para llevar a cabo la pericia médica sobre las constancias obrantes en autos y atento a lo solicitado a fojas 66. A fojas 104, el perito médico designado por parte de la Fiscalía, lleva a cabo la pericia médica sobre la documentación obrante en la causa (art. 247, C.P.P.), dictaminando que “1.- El tratamiento que se le otorgó a la causante “fue acorde con el diagnóstico que figura en la Historia Clínica; 2.- Los diagnósticos que figuran en las Historias Clínicas son los correctos; 3.De acuerdo a lo que figura en las Historias Clínicas, procedió en todo momento en forma acorde a lo que estipula el arte de curar y las normativas quirúrgicas, tanto el personal médico como el auxiliar; 4.- Se trata de una paciente que se interna con diagnóstico de abdomen agudo inflamatorio que tiene como causa una colecistitis aguda, que es la infección aguda de la vesícula biliar. Tiene como antecedente de importancia, múltiples internaciones y consultas de urgencia previas, con igual diagnóstico. No existen registros de consultas por consultorio externo del Servicio de Cirugía. Esto hace pensar que, como habitualmente sucede, estos procesos inflamatorios previos, originaron las múltiples y firmes adherencias de órganos vecinos que se observaron y se describen en la primera intervención. En estos casos el conducto biliar principal, el accesorio (vesícula), el conducto cístico (que comunica la vesícula con el conducto principal) y la arteria cística se hallan inmersos en un magma indiferenciable y sumamente frágil. Es por ello que este tipo de cirugías tienen un alto índice de morbimortalidad, pues es muy difícil hallar los elementos anatómicos y disecarlos (separarlos) sin producir daño en ellos. En distintas estadísticas se establece que este tipo de cuadro tiene una morbilidad (posibilidad de complicaciones) de alrededor del 10% y una mortalidad de alrededor del 5%. En el caso que nos ocupa, se halló un cálculo que había producido una fístula entre la vesícula y la vía biliar principal. En éstos casos está indicado la extracción de la vesícula y el posterior cierre de la vía biliar, tal como se realizó. En el postoperatorio se constata aumento del nivel de bilirrubina en sangre y, posteriormente, en una ecografía se observa líquido libre en cavidad abdominal. Esto llevó a la criteriosa sospecha de bilis derramada en abdomen, lo que obligó a una segunda intervención con fines diagnósticos y terapéuticos. En ella por las múltiples adherencias, el edema, la cercanía de la primera intervención y el proceso inflamatorio e infeccioso en curso, es común que no se pueda hallar la causa del derrame biliar. Luego se realiza una colangioresonancia por el empeoramiento del cuadro general. En este estudio se detecta una obstrucción a nivel de la vía biliar principal. Este cuadro, si bien no lo especifica el informe, puede deberse, a criterio de este perito a varias causas: la presencia de un cálculo en la vía biliar principal, el desarrollo de una estenosis por el edema producto del proceso que la afectaba, la reparación con puntos de dicho conducto o una colangitis esclerosante primaria, no siendo posible aseverar con certeza el grado de causalidad de alguna de ellas con respecto de las demás, ni tampoco descartar ninguna, en base a los datos aportados en la causa. Posteriormente, fue trasladada al Hospital San Martín de la ciudad de La Plata, donde se realizó una anastomosis bilio digestiva, que consiste en unir la vía con el intestino delgado, a fin de conseguir el pasaje de la bilis, del hígado al tubo digestivo, dada la evolución de la paciente, con un gran deterioro de su estado general y específicamente nutricional, la sutura falla y se produce una dehiscencia de la misma. Ante este cuadro se realizó una nueva intervención, en la cual se drena la bilis a través de un catéter colocado en la vía biliar, hacia el exterior y se cierra la porción de intestino utilizada en la cirugía previa y se realiza una vía de alimentación enteral a través de otro catéter ubicado en el intestino delgado. Este último acto fracasa debido al deterioro de los tejidos obligando a una nueva reoperación, en la cual se lava nuevamente la cavidad abdominal y exterioriza el intestino a fin de continuar la alimentación. Concomitantemente la paciente fue desarrollando un cuadro febril, que se trasformó en sepsis, que en definitiva la condujo al óbito”. A fojas 106, se presenta el doctor Juan Carlos Rodríguez, constituye domicilio procesal, designa defensor y propone perito de parte. A fojas 109, el Juzgado interviniente, resuelve tener en el carácter de particular damnificada a la señora Rivero Blanca Clivis. A fojas 111, con fecha 17 de junio de 2003, el Agente Fiscal Adjunto resuelve proceder al archivo de la causa, de conformidad por lo normado por el artículo 268, párrafo cuarto del C.P.P., considerando que “de los elementos colectados hasta la fecha en las presentes actuaciones y en especial del contenido de la pericia médica que luce a fojas 104 y vta., de las que a criterio del suscripto no acreditan prueba suficiente sobre la imprudencia, negligencia, impericia o inobservancia de los reglamentos o deberes requeridos por la figura del artículo 84 del C.P. para tener por configurado el ilícito investigado” A fojas 127, el particular damnificado solicita revisión del precedente auto resolutorio y pide se cite a declarar a los profesionales que atendieron a la occisa. Producida la prueba solicitada, Fiscal Adjunto, con fecha 26 de octubre de 2004, resuelve proceder al archivo de la causa, de conformidad a lo normado por el artículo 268, párrafo cuarto del C.P.P., considerando que no se han reunido nuevos elementos o documentación distinta como para llevarse a cabo una nueva pericia y producirse un dictamen que difiera del realizado a fojas 101 (fs. 168). 1.1. A la luz de las constancias obrantes en la causa penal, procede analizar si lo actuado en esa sede tiene incidencia en este proceso, conforme a las previsiones del artículo 1.103 del Código Civil, según el cual “después de la absolución del acusado, no se podrá alegar en el juicio civil la existencia del hecho principal sobre el cual hubiese recaído la absolución”. Se impone dejar aclarado que el citado precepto constituye una excepción al principio de independencia de la acción civil y penal contemplado en el artículo 1.096 del Código sustantivo, por lo que debe ser interpretado en forma restrictiva. Según un sector de la doctrina, la prohibición contenida en el artículo 1.103 sólo alude a la sentencia absolutoria dictada en sede penal, negando relevancia al auto de sobreseimiento definitivo, pues entiende que no existe analogía entre ambas resoluciones judiciales (conf. Orgaz, La culpa [actos ilícitos], ps. 154 y ss.; Bustamante Alsina, Teoría General sobre la responsabilidad civil, p. 598); en tanto que, para el sector mayoritario, el sobreseimiento definitivo tiene plena validez en la jurisdicción civil, por cuanto cierra en forma definitiva e irrevocable el proceso penal, con relación al imputado a favor del cual se dicte, ya que la influencia de la absolución dictada en sede penal no depende de la forma – sentencia dictada en plenario o sobreseimiento en la etapa instructoria-, sino de su contenido o sustancia (conf. Kemelmajer de Carlucci, en Código Civil y leyes complementarias. Comentado, anotado y concordado, A.C. Belluscio [dir.]-E.A. Zannoni [coord.], t. 5, p. 317 y ss.). En ésta última línea de pensamiento, se inscribe la doctrina del Alto Tribunal Federal, al sostener -en un caso de responsabilidad profesional médica- que el a quo debió haber analizado si el sobreseimiento definitivo podía equipararse con el fallo de absolución del acusado y, en tales condiciones, verificar si la inexistencia del hecho declarada en la causa penal podía o no tener eficacia de cosa juzgada en el proceso civil (C.S.J.N., Fallos: 314:1851, “Mansilla”). En el sub lite, según surge de la causa penal, agregada a la presente sin acumular, la Investigación Penal Preparatoria n° 168.370, fue iniciada por denuncia de la progenitora de la causante, resultando imputado, entre otros médicos, el doctor Juan Carlos Rodríguez, aquí codemandado. El Fiscal actuante, valorando los elementos colectados, especialmente el contenido de la pericia médica producida en el trámite de la investigación, entendió que no existían pruebas suficientes para tener por acreditada imprudencia, negligencia, impericia o inobservancia de los reglamentos y deberes requeridos por la figura penal imputada, procediendo en consecuencia a archivar las actuaciones (art. 268, párrafo cuarto, C.P.P.). Así, el Fiscal interviniente estimó que las pruebas producidas en la Investigación Preparatoria resultaban insuficientes para configurar el tipo penal imputado, supuesto éste no contemplado por el artículo 1.103 del Código fondal, pues como lo tiene sentado la Casación Bonaerense, sólo en el caso de que la absolución o el sobreseimiento criminal estuviera basado en la inexistencia del hecho o por la no autoría del acusado y no en la falta de responsabilidad de éste, puede ser invocado ese pronunciamiento en sede civil, para impedir una condena que aparecería como escandalosa (S.C.B.A., causas Ac. 76.290, “Quevedo”, sent. 16-IX-2003; C. 100.073, “Argentieri”, sent. 29-XII-2008, entre otras). El citado precepto “define los aspectos en que hace cosa juzgada la sentencia penal absolutoria en el fuero civil, impidiendo que se pueda declarar la responsabilidad patrimonial del demandado. En rigor, consigna una única calificación cuya definición en sede penal hace cosa juzgada en el ámbito del juicio civil: la inexistencia del hecho principal respecto del cual se absolvió. Ninguna referencia hace sobre la culpa del imputado” (S.C.B.A., causa Ac. 76.290, cit.; voto del doctor Soria). Ello pues, “la responsabilidad penal y la civil no se confunden porque se aprecian con criterio distinto, pudiendo afirmarse la segunda aunque se haya establecido la inexistencia de la primera” (S.C.B.A., causas Ac. 60.667, “Moros”, sent. 11-VI-1998; Ac. 65.291, “Leonhart”, sent. 23-III-1999; Ac. 76.290, “Quevedo”, sent. 16-IX-2003). En suma, la resolución adoptada en el curso de la Investigación Penal Preparatoria, carece del efecto de la cosa juzgada con relación al presente proceso, cuyo objeto consiste en decidir si se configura un obrar culposo en cabeza de la demandada que conlleve a su responsabilidad patrimonial. 1.2. Se impone dejar sentado que tal conclusión, no obsta a la ponderación de la prueba producida en el proceso penal, dado que las constancias del sumario penal tienen eficacia probatoria en el ulterior juicio civil por indemnización de daños, cuando actor y demandado hubieren invocado aquellas constancias como evidencia de la responsabilidad que mutuamente se atribuyen. Así, el expediente penal ofrecido como prueba por ambas partes tiene pleno valor probatorio. En tal sentido, la Casación Bonaerense, tiene sentado que por el principio de adquisición procesal, una vez producida la prueba, la misma es asumida para el proceso y sirve a la convicción o certeza del magistrado con prescindencia de los sujetos que la ofrecieron o produjeron. Las partes no pueden pretender que el juzgador al dictar su fallo prescinda de alguna de las pruebas si consintieron su agregación en el juicio (S.C.B.A., causas Ac. 79.216, sent. 24-IX-2003; Ac. 87.968, sent. 16-II-2005). En el sub judice, tanto la actora en el escrito de demanda (v. fs. 25), como los codemandados en sus respectivos respondes (fs. 211 y 228), han ofrecido como prueba la I.P.P. n° 168.370, motivo por el cual, no puede soslayarse la valoración del dictamen médico producido por el perito del Cuerpo Médico de Quilmes, quien para el cumplimiento de su cometido tuvo en consideración la Historia Clínica de la causante, prueba documental también ofrecida por las partes en la presente causa. 2°) Dicho ello, procede entonces decidir si resulta acreditada la responsabilidad civil médica que la actora atribuye a los codemandados. En primer término, la actora alega que existió un grave error de diagnóstico por parte del Servicio de Cirugía del Hospital “Mi Pueblo”, dado que el día 20 de noviembre de 2002, a las 11 horas suspendió la operación por considerar que no revestía urgencia, cuando ese mismo día, a las 16,30 se decide “cirugía de urgencia” (v. fs. 19 vta.). En la Historia Clínica del Hospital Mi Pueblo, n° 16680687 (fs. 115/190), consta que la causante, el 7 de julio de 1996, ingresó al Servicio de Emergencia Médicas, diagnosticándose colecistitis cólico hepático (fs. 195/196). Con fecha el 2 de noviembre de 1996 fue atendida en ese servicio y se le diagnosticó síndrome coledociano, se realizó eco que informó microlitiasis – litiasis coledociana- y se la deriva al Hospital Fenochieto (fs. 191/194). El día 18 de noviembre de 2002, a las 21:30 horas, aquélla ingresa por la guardia refiriendo dolor en HD. Demuestra signos ecográficos de colecistitis aguda litiásica, se interna y comienza tratamiento médico; el mismo día, a las 23:50 hs., se observa a la paciente mejorada con respecto a su ingreso (fs. 117). El día 20 de noviembre de 2002, se suspende cirugía por falta de anestesiólogo de planta. Firmado Dr. C.R, médico (fs. 118). El mismo día 20, Anestesiología consignó: siendo las 11 horas se realiza el pase de la paciente al área quirúrgica para su intervención, informándonos que fue suspendida la operación por problemas inherentes al Servicio de Cirugía. Firmado N.A.; a las 16:30 hs. persiste el dolor en abdomen, febril, se decide cirugía de urgencia. Firmado Juan Carlos Rodríguez, médico. A las 18:00 hs. paciente operada, buena recuperación anestésica. Se realizó colecistectomía. Sin firma (fs. 118, vta.). Por su parte, el perito médico de la Asesoría Pericial La Plata, en las consideraciones médicos legales, indica que “Haciendo una interpretación y relato sucinto de los hechos, según constancias de autos, Viviana Mendoza, de aproximado 38 años de edad, comienza el 2/11/96, con síndrome coledociano, diagnóstico realizado por el servicio de emergencia del Hospital Mi Pueblo, a punto de partida de una microlitiasis y litiasis colodociana, siendo derivada, por falta de camas a otro centro de mayor complejidad para su tratamiento quirúrgico. Sin mediar ninguna constancia médica, ni tratamiento alguno, fue asistida por guardias en reiteradas oportunidades, desde el 15/11/02, por dolor en el hipocondrio derecho (cólico hepático), hasta que el 18/11/02 es internada en el Hospital Mi Pueblo. Se inicia como es habitual tratamiento médico y diagnóstico, concluyendo que portaba una colecistitis aguda. El 20/11/02, se realiza colecistectomía convencional…” (v. fs. 20 vta., cuaderno prueba codemandada Municipalidad F. Varela). El mencionado perito, al punto de pericia formulado por el municipio codemandado “3) Es posible que un cuadro que durante la mañana está estable se convierta en una urgencia en horas de la tarde”, respondió que: “si, es posible” (v. fs. 22 del mismo cuaderno). En tanto que en el dictamen obrante en la I.P.P. n°168.370, el perito médico al punto de pericia formulado por el Fiscal interviniente: “1. Si el tratamiento que se le brindó a la víctima fue acorde a su diagnóstico médico”, responde que “El tratamiento que se le otorgó a la causante fue acorde con el diagnóstico que figura en la Historia Clínica” y, al punto “2) Se determine si los diagnósticos que reflejan las historias clínicas son los acertados”, el perito indica que: “Los diagnósticos que figuran en las Historias Clínicas son los correctos” (v. fs. 104 de la Investigación; el destacado me pertenece). Los contundentes informes periciales, conducen a desestimar el error de diagnóstico que la actora atribuye al Servicio de Cirugía, ya que la Historia Clínica de la causante refleja que se le diagnóstico colecistitis aguda, y con tal motivo se realiza una colecistectomía convencional, tal como lo indican los peritos (arts. 77 inc. 1°, C.C.A., ley 12.008; 375, 384, 474 y concs., C.P.C.C.) Es dable destacar que por diagnóstico se entiende “el proceso de determinación de la naturaleza de una enfermedad o de un caso” (conf. Urrutia, Responsabilidad médico-legal de los obstetras, p. 213); y que “en el diagnóstico se identifica el rostro de la enfermedad, sus características y gravedad, y además los posibles caminos terapéuticos a seguir y las repercusiones que los mismos puedan eventualmente tener sobre el paciente” (conf. Lorenzetti, Responsabilidad civil de los médicos, p. 249). Como pautas para la valoración del error de diagnóstico, debe tenerse en cuenta el sistema de apreciación de la culpa, haciendo aplicación de los artículos 512, 902 y 929 del Código Civil. Así, “el médico será responsable –por razón de su culpa- en caso de que cometa un error objetivamente injustificable para un profesional de su categoría o clase. Pero si el equívoco es de apreciación subjetiva por el carácter discutible u opinable del tema o materia, el juez no tendrá, en principio, elementos suficientes para inferir la culpa de que informa el artículo 512 del Código Civil” (Bueres, Alberto J., Responsabilidad civil de los médicos, t. 2, p. 154, punto E). 3°) Por otra parte, la accionante aduce que “durante la operación la paciente es lesionada en la vía biliar e inmediatamente suturada, técnica no aconsejable y condenada al fracaso”. De tal modo achaca al cirujano Juan Carlos Rodríguez, “no sólo el haber producido una seria lesión en su paciente, sino, y fundamentalmente, no haber sabido utilizar una técnica correcta para subsanar, su –ya de por sí- grave error” (v. fs. 21). Así, corresponde dilucidar, a la luz de los elementos probatorios arrimados al proceso, sí se encuentran configurados los presupuestos que conllevan a la responsabilidad civil médica que la actora atribuye al nombrado cirujano. El profesional demandado, en la absolución de posiciones, niega que al realizarse la operación, se produjo una lesión en la vía biliar de la paciente, señalando que “la lesión es un hallazgo como consta en el protocolo quirúrgico”. Por otra parte reconoce que tal lesión fue suturada con dos puntos de Vicril 4-0, tal como consta en el protocolo quirúrgico (v. fs. 87 vta., cuaderno prueba-actora). En el protocolo quirúrgico, correspondiente a la cirugía practicada el día 20 de noviembre de 2002, consta que en la misma actuó como cirujano el doctor Juan Carlos Rodríguez. El diagnóstico preoperatorio fue abdomen agudo inflamatorio, colecistitis aguda litiásica; la intervención consistió en colecistectomía- coledocografia- drenaje; la técnica empleada fue antisepsia y campos- Incisión de Kocher; abierto el peritoneo, se constata 1) gran plastrón inflamatorio perivesicular con adherencias se epiplón colon y duodeno a la vesícula; 2) vesícula tensa edematosa con adherencias firmes a órganos vecinos, liberadas las mismas se realiza punción evacuadora, se comienza colecistectomía de fondo a cuello, ante imposibilidad de reconocer la anatomía se procede a la apertura vesicular, observándose múltiples cálculos; uno de ellos en tránsito, desde lo que impresiona ser la bolsa de Hartman hacia la U.B.P. (unión cística coledociana); extraído dicho cálculo se observa lesión U.B.P., procediéndose a la sutura de la misma (coledocografía) con vicryl 4-0, lavado abundante, completada la colecistectomía se ofrece drenaje de protección p/ coledociano, control riguroso de hemostasia y cierre por planos. Se envía muestra de líquido vesicular a Bacteriología y piezas operatorias a patología (fs. 132). El perito médico de la Asesoría pericial, señala que: “El 20/11/02, se realiza colecistectomía convencional, constando gran plastrón inflamatorio perivesicular con adherencias a órganos vecinos, que dificulta la técnica operatoria; observándose una lesión de la vía biliar principal que se sutura (coledocorrafia). Drenaje y cierre de la cavidad…” (fs, 20 vta., cuaderno prueba municipio-codemandado). Luego de describir el postoperatorio, el experto manifiesta que “…Como se desprende, se trato de un complejo y difícil caso de una paciente, que desde el año 1996 padeció una patología biliar, que se le indicó tratamiento quirúrgico en dicha ocasión. Aproximadamente siete años después, tras reiterados episodios y proceso inflamatorios –infecciosos biliares-, fue operada de urgencia y necesidad el 20/11/02, con diagnóstico de colecistitis aguda. Por todos los motivos mencionados la técnica fue muy dificultosa anatomoquirurgicamente. Se reparó la vía biliar (Coledocorrafia), colocando un drenaje peritoneal…” (v. fs. 21 vta., del mismo cuaderno de prueba). Al punto de pericia formulado por el municipio demanddo: “4)¿Si surge de los protocolos quirúrgicos obrante a fojas de la Historia Clínica que durante la operación se constatara la existencia de un cálculo que estaba pasando desde una estructura anatómica a otra a través de las paredes de las mismas? ¿Es esto conocido como Síndrome de Mirizzi y es así como fue descripto en el protocolo quirúrgico antes aludido”, el perito responde que, efectivamente, ello surge del protocolo quirúrgico obrante a fojas 132 (fs. 22, del mismo cuaderno). Posteriormente, ante las aclaraciones solicitadas por la codemandada, el experto explica que “Básicamente consisten (Mirizzi I y II) en la comprensión e inflamación de la vesícula biliar sobre la vía biliar principal. Puntualmente no surge de la H.C., un síndrome de Mirizzi, aunque la descripción se correspondería” (fs. 32, cuaderno prueba-municipalidad). A los siguientes puntos de pericia, también requeridos por el municipio, el perito responde afirmativamente: “1) Es real que una patología crónica como es la litiasis vesicular y/o coledociana, cuando sufre múltiples procesos de reagudización y que dichos procesos no son resueltos, genera cambios desfavorables en los tejidos, modificando la firmeza, resistencia y anatomía de los mismos y que esto conlleva en muchos casos a dificultar la cirugía? 5) ¿Puede repararse la vía biliar principal con puntos separados de Vicryl 2-0 al constatar una perforación en la misma, dejando un drenaje testigo ofrecido? 6) ¿Pueden fallar los intentos de reparación de tejidos realizados por un cirujano, si estos se encuentran en las condiciones mencionadas? (fs. 22, cuaderno prueba). En tanto que al punto de pericia formulado por la actora “3) determine si al efectuar la primer cirugía del 20-11-02, se lesionó quirúrgicamente la vía biliar de la paciente y si dicha lesión fue suturada con dos puntos de Vicril 4-0”, el perito de la Asesoría Pericial, responde afirmativamente. Al punto de pericia planteado por esa parte “4) informe si dicha técnica es la más aconsejable, si existen otras y, concretamente, si puede atribuirse un mayor grado de efectividad a la consignada en el cap. V, acápite 5.3.a. in fine de esta demanda”, el perito oficial manifiesta que: “Se utilizó una técnica habitual” (v. fs. 151, cuaderno de prueba-actora; el destacado me pertenece). A la pregunta “12) dictamine qué interpretación debe darse a la siguiente atestación de la foja quirúrgica de dicha operación: ´No logra observarse adecuadamente la vía biliar, debido a la gran friabilidad de los tejidos´ y que grado de responsabilidad debe atribuirse al equipo médico interviniente en la primera operación, respecto de esta cuestión”, el experto indica que: “La interpretación que se le podría prestar es la de un proceso inflamatorio, a punto de partida de una colecistopatía crónica litiasica; la apertura se la puede atribuir a la realización de las maniobras quirúrgicas habituales del caso” (fs. 151 vta., del mismo cuaderno de prueba). A la ampliación de pericia y explicaciones solicitadas por el médico codemandado “a) Determine el perito cirujano si, en consonancia con el estudio minucioso realizado en autos, surge de la Historia Clínica o del protocolo quirúrgico de la primera intervención quirúrgica, que la lesión de la vía biliar (que menciona el experto) hubiera sido producto de una maniobra quirúrgica” (fs. 156, cuaderno prueba-actora), el perito de la Asesoría Pericial, dictamina que: “a) La lesión de la vía biliar, mencionada por este perito en el informe del 31/08/06, surge del protocolo operatorio del 20/11/02 y del diagnóstico preoperatorio del 10/12/02. Ello no implica necesariamente que hubiera sido producto de una maniobra quirúrgica. En mi opinión, estos procesos inflamatorios colecistíticos, tornan friable los tejidos, produciéndose este tipo de lesiones por el solo hecho de separar los órganos vecinos. De ahí los altos índices de morbimortalidad de estos procesos inflamatorios (colecistitits), comparados con los de cirugías en patologías no inflamatorias de la vesícula biliar” (v. fs. 164, vta., cuaderno prueba-actora; el destacado me pertenece). El perito médico que se expidió en sede penal, al punto de pericia “3) Si se observaron los reglamentos, tratamientos y las conductas adoptadas por el personal médico y auxiliar, y si aquellos resultan ser los correctos o los de práctica. En su caso se establezca que fue lo omitido o lo contrario a lo que la práctica o el arte indica para el caso”, responde que: “3.- De acuerdo a lo que figura en las Historias Clínicas, procedió en todo momento en forma acorde a lo que estipula el arte de curar y las normativas quirúrgicas, tanto el personal médico como el auxiliar”. Al punto de pericia “4) Se expida sobre todo otro dato de interés que se considere conducente para el esclarecimiento del hecho en investigación”, manifiesta el experto que: “4.- Se trata de una paciente que se interna con diagnóstico de abdomen agudo inflamatorio que tiene como causa una colecistitis aguda, que es la infección aguda de la vesícula biliar. Tiene como antecedente de importancia, múltiples internaciones y consultas de urgencia previas, con igual diagnóstico. No existen registros de consultas por consultorio externo del Servicio de Cirugía. Esto hace pensar que, como habitualmente sucede, estos procesos inflamatorios previos, originaron las múltiples y firmes adherencias de órganos vecinos que se observaron y se describen en la primera intervención. En estos casos el conducto biliar principal, el accesorio (vesícula), el conducto cístico (que comunica la vesícula con el conducto principal) y la arteria cística se hallan inmersos en un magma indiferenciable y sumamente frágil. Es por ello que este tipo de cirugías tienen un alto índice de morbimortalidad, pues es muy difícil hallar los elementos anatómicos y disecarlos (separarlos) sin producir daño en ellos. En distintas estadísticas se establece que este tipo de cuadro tiene una morbilidad (posibilidad de complicaciones) de alrededor del 10% y una mortalidad de alrededor del 5%. En el caso que nos ocupa, se halló un cálculo que había producido una fístula entre la vesícula y la vía biliar principal. En éstos casos está indicado la extracción de la vesícula y el posterior cierre de la vía biliar, tal como se realizó” (fs. de la I.P.P.; el destacado me pertenece) Por consiguiente, valorando las coincidentes conclusiones que exhiben los dictámenes periciales, cuyos párrafos relevantes y atingentes a la cuestión controvertida, han sido destacados, se impone concluir que no luce debidamente acreditado el error médico atribuido al cirujano Juan Carlos Rodríguez. Como es sabido la pericia médica judicial es la más importante de las pruebas a producir en un juicio de daños y perjuicios ocasionados en la actividad médica, en virtud de la fuerte, calificada y firme convicción que genera en los magistrados sobre la realidad de las circunstancias fácticas del proceso judicial, encontrándose sujeta a la libre apreciación del juez según los principios legales y a la regla de la sana crítica (conf. Urrutia, La responsabilidad civil de los médicos (Síntesis jurisprudencial del último decenio), LL, 1991-D-606). También resulta corroborado por los dictámenes periciales, que la técnica utilizada por el profesional demandado, es la habitual en estos casos médicos. En tal sentido, la doctrina coincide en señalar que la libre elección de una entre varias estrategias médicas adecuadas, según el diagnóstico efectuado al paciente, constituye un derecho propio e inherente de todo facultativo de la medicina en el desempeño de su profesión, e incluso, es considerada como una cuestión científica inherente a la misma, configurando una materia ajena al juzgamiento de los magistrados (conf. Bueres, Responsabilidad civil de los médicos, t. 2, ps. 149 y 154; Trigo Represas, Reparación de daños por ´mala práxis´médica, p. 50). Así, “establecido el diagnóstico, el camino terapéutico y su programación en el paciente, que resulta según esa ciencia, una de las posibles alternativas adecuadas, actuales y válidas, el magistrado no puede realizar una ´intromisión científica´, por el contrario debe respetar el abordaje realizado; incluso al no ser controvertido con las pericias o las pruebas de la contraparte, el magistrado entonces carece de judicialidad para avocarse al tema” (conf. Weingarten – Ghersi, La discrecionalidad de la estrategia terapéutica. La responsabilidad del Estado por la seguridad de los pacientes en hospitales, JA, 1997-II-431). La Corte Suprema de Justicia Nacional, en lo concerniente a la carga probatoria del profesional de la ciencia médica, tendiente a demostrar su exoneración de responsabilidad civil, tiene dicho que el médico debe probar que el diagnóstico era acertado; que el tratamiento era el que las circunstancias imponían; que la operación era necesaria y se hizo con la técnica habitual (C.S.J.N., in re “González Oronó de Leguizamón, Norma M. c. Federación de Trabajadores Jaboneros y Afines”, sent. 29-III-84), recaudos éstos que en el caso, se verifican cumplimentados. Tiene sentado la Suprema Corte de Justicia provincial que “la responsabilidad profesional es aquélla en la que incurre el que ejerce una profesión, al faltar a los deberes especiales que ésta le impone, y requiere por lo tanto para su configuración, los mismos elementos comunes a cualquier responsabilidad civil. Ello sucede cuando el profesional médico incurre en la omisión de las diligencias correspondientes a la naturaleza de su prestación asistencial, ya sea por impericia, imprudencia o negligencia, falta a su obligación y se coloca en la posición de deudor culpable (art. 512, Cód. Civil; S.C.B.A., causas Ac. 76.152, sent. 17-XII-2003; Ac. 84.616, sent. 3-III-2004; Ac. 93.342, sent. 9VIII-2006). Destaca el Tribunal que “de ello se deriva que el fracaso o la falta de buen éxito en la prestación de servicios médicos, no implican por sí solos el incumplimiento de la o las obligaciones asumidas por el profesional, correspondiendo al damnificado que pretenda una reparación, la prueba de la inejecución de la obligación por el profesional, así como su culpa. Sin perjuicio de comprenderse en la materia un grado de colaboración dinámica del galeno en la actividad probatoria” (S.C.B.A., causa C. 100.518, sent. 11-III-2009). Ergo, no acreditada la culpa médica, en ninguna de sus formas de manifestación – negligencia, imprudencia o impericia-, presupuesto ineludible para atribuir responsabilidad por mala praxis médica, procede desestimar la demanda incoada contra el doctor Juan Carlos Rodríguez (arts. 512, 902 y concs., Código Civil; 12 inc. 3°, 77 inc. 1°, C.C.A., ley 12.008; 375, 384, 474 y concs., C.P.C.C.). 4°) Por otra parte, la actora atribuye al equipo médico del Hospital “Mi Pueblo”, dependiente de la Municipalidad de Florencio Varela, una deficiente atención de la paciente durante el postoperatorio, alegando que recién el día 2 de diciembre de 2002 –a doce días de la operación- se pide una colangiografía retrógada al Hospital Fiorito y luego de fracasar la misma, se la reemplaza por una colangio resonancia, finalmente realizada el 26 de diciembre, que diagnóstica stop de la vía biliar principal a nivel del coledoco proximal. Aduce que recién ante esta circunstancia, la paciente es derivada a un hospital de mayor complejidad, “el cual sin dudas hubiera estado en condiciones de resolver el problema con sólo habérselo derivado a tiempo”. En virtud de ello, sostiene que el equipo médico del citado nosocomio, ha actuado con impericia, imprudencia y negligencia, ya que dejó transcurrir 37 días desde la primera intervención, para finalmente decidir la derivación de la paciente (v. fs. 22). Con relación al postoperatorio, la actora formuló el siguiente punto de pericia: “5) informe si en el post-operatorio inmediato, la paciente comenzó a expulsar abundante bilis por drenaje abdominal, se puso icterica y el laboratorio ya hablaba de colestasis”. El perito de la Asesoría Pericial, respondió afirmativamente a este interrogante (v. fs. 151, cuaderno prueba-actora). Seguidamente, esa parte planteó los siguientes puntos de pericia “6) dictamine si estos síntomas exigían una rápida reacción por parte del equipo médico, a los fines de encauzar el problema hacía su solución; 7) teniendo en cuenta el tiempo transcurrido entre la aparición de dichos síntomas y el pedido de colangiografía retrógrada recién a los doce días de la intervención, determine si puede deducirse de ello que el equipo médico entendía que la paciente evolucionaría favorablemente sin necesidad de su intervención; 8) con relación al punto anterior, dictamine qué grado de diligencia diagnóstica debe atribuirse al equipo quirúrgico actuante frente a la situación; 9) determine si la tardanza en ordenar y llevar a cabo la colangiografía y posterior colangioresonancia que la reemplazó, importa una grave negligencia médica y si la misma tuvo incidencia decisiva en el desenlace de los hechos;…13) dictamine que grado de diligencia diagnóstica cabe atribuir al equipo médico actuante, al haber esperado hasta el 27/12/02 –luego de confirmado el diagnóstico de stop de la vía biliar principal a nivel del colédoco proximal- para derivar la paciente a un Hospital de mayor complejidad; 14) dictamine si el estado de la paciente al arribar al Hospital Gral. San Martín de La Plata, podía considerarse como terminal e irreversible” (v. fs. 8 vta. y 9, cuaderno prueba-actora). Con relación a los referidos puntos, el perito de la Asesoría Pericial, remite a las consideraciones médico legales de la pericia realizada el 31/8/06 (v. fs. 151, de ese cuaderno de prueba). En las referidas consideraciones médico legales de la pericia glosada a fojas 19/22 del cuaderno de prueba de Municipalidad de Florencio Varela, el perito informa que: “En el postoperatorio inmediato comienza con bilirragia (pérdida de bilis) por drenaje, adoptando una conducta expectante ante la complicación. Por presentar ictericia, el 2/12/02 se solicita estudio contrastado endoscopico de la vía biliar (C.P.R.E.), que se realiza en el Hospital General San Martín de La Plata, no logrando técnicamente su realización (imposibilidad de canular). “El 4/12/02 ingresa a UTI con diagnóstico de coleperitoneo, fistula biliar externa de alto débito. Se realiza ecografía abdominal constatando líquido libre en cavidad, por lo que con buen criterio se decide una relaparotomía. Abierto peritoneo se constata gran cantidad de líquido libre bilioso, sin poder identificar la causa de la bilirragia. Lavado y drenaje de la cavidad. Reingresa a UTI en SIRS (síndrome de respuesta inflamatorio sistémico) e ictérico. Por persistir la salida de líquido bilioso por la herida quirúrgica, el 10/2/02, se explora la herida quirúrgica con sospecha de posible lesión de vía biliar –con conducta expectante, se espera el 19/12/02 para una nueva C.P.R.E., en la cual tampoco se logra canular la vía biliar. Sigue la misma evolución y terapéutica, y el 26/12/02, se realiza una colangioresonancia (R.N.M), en donde se informa dilación de vía biliar intrahepática con stop en coledoco proximal, diagnóstico por el cual se deriva al Hospital General San Martín de la Plata. Allí es admitida el 27/12/03 con síndrome coledociano, coleperitoneo y fístula biliar externa. Con diagnóstico preoperatorio de estenosis benigna de vía biliar Bismuto II, el 6/1/03, es operada, realizándosele con tácticas y técnicas habituales, una anastómosis biliodigestiva, cursa el postoperatorio con drenaje biliar de al débito, por lo que el 17/1/03 es reoperada, constando una colangitis coleperitoneo, abseso del espacio suhepático, por lo que se completa el divorcio de la anastomosis, drenado los cabos el exterior, y confeccionado una yeyunostomía para alimentación –con evolución torpida y por presentar una fístula enterocutinea, el 25/1/03 es reoperada con diagnóstico de peritonitis entérica, constatando filtración periyeyunostómica, por lo que se reconfecciona, y se lava y drena la cavidad. El 17/02/03 se produce una evisceración epigástrica con contenido de líquido bilioso. Cursando el postoperatorio con signos desfavorables por continuar con fístula biliar, edemas generalizados, escara sacra. El 22/2/03 comienza con falla hemodinámica, lo que a la hora 6:15 hs., fallece por paro cardiorrespiratorio, a punto de partida de una sépsis y distress respiratorio. “Como se desprende se trató de un complejo y difícil caso de una paciente, que desde el año 1996 padeció una patología biliar, que se le indicó tratamiento quirúrgico en dicha ocasión. Aproximadamente siete años después, fue operada de urgencia y necesidad el 20/11/02, con diagnóstico de colecistitis aguda. Por todos los motivos mencionados la técnica fue muy dificultosa anatomoquirurgicamente. Se separó la vía biliar (Coledocorrafía), colocando un drenaje peritoneal. De ahí en más tuvo una evolución tópica, por una bilirragia (fístula biliar) de difícil resolución y diagnóstico. A modo de observación la no realización de una colangiografía intraoperatoria, ya sea transkhehr o transcística, impidió el control del daño y/o su localización, como causal de la bilirragia y del stop diagnosticado por la R.N.M. Luego, la imposibilidad de contar con estudios postoperatorios oportunos por imágenes, (C.P.R.E en 2 ocasiones), también contribuyó con el aumento de la morbilidad que ya llevan implícitos estos pacientes. Se le realizó una R.N.M., 36 días después de la primera operación. “Si bien la derivación a un centro de mayor complejidad, fue una medida adecuada (27/12/02), su realización en forma más temprana hubiera contribuido también en disminuir ese porcentaje de morbilidad mencionado, en tanto y en cuanto fuera admitida en el Hospital San Martín con diagnóstico de Coleperitoneo e ictericia. “Los tratamientos médicos quirúrgicos instituidos posteriormente en dicho centro no pudieron revertir las complicaciones que tuvo la paciente, a punto de partida diagnóstica, de una estenosis benigna de vía biliar” (fs. 21 vta., cuaderno de prueba Municipalidad de Florencio Varela). Del dictamen transcripto, se desprende que en postoperatorio inmediato, la paciente presentaba complicaciones severas que requerían la realización de urgentes estudios que determinaran, en forma precisa, el diagnóstico de la dolencia. No obstante ello, tal como lo indica el perito y lo acredita la Historia Clínica (v. fs. 131), habiendo transcurrido más de un mes desde la primer intervención quirúrgica, recién se programó una colagio resonancia (R.N.M.), en la cual se observa “dilación de la vía biliar intra hepática a nivel de colédoco proximal, se identifica con stop” (v. H.C., fs. 152). En tales circunstancias, la paciente es derivada a un centro de mayor complejidad, decisión del equipo médico que ha sido calificada por el perito oficial como “adecuada”, pero tardía. El municipio argumenta en su defensa que la demora en practicar los estudios que en definitiva precisaron el diagnóstico de la causante y la necesidad de trasladarla al Hospital General San Martín de La Plata, se debió a causas fortuitas, pues los exámenes fueron pedidos en nosocomios públicos que no tienen ninguna vinculación con el Hospital “Mi Pueblo”. Tal argumento defensivo no exime de responsabilidad a la demandada, por el contrario; si el cuerpo médico del hospital municipal se encontraba limitado por la carencia de los medios técnicos necesarios para el oportuno diagnóstico y tratamiento de la paciente, precisamente, tal circunstancia ameritaba el inmediato traslado de la paciente a un centro de mayor complejidad. La prueba aportada al proceso, refleja una marcada pasividad del equipo médico del Hospital “Mi Pueblo” de Florencio Varela, ya que no luce acreditado que los establecimientos hospitalarios a los cuales se solicitó los estudios en cuestión -Hospital San Martín de La Plata y Hospital Fiorito de Avellaneda-, fueran puestos en conocimiento de la urgencia que requería la realización de tales exámenes, atento las severas complicaciones que presentaba la paciente. Tal como lo sostiene el Alto Tribunal Federal, la actividad de los centros de salud pública ha de verse una proyección de los principios de la seguridad social, a la que el artículo 14 nuevo de la Constitución Nacional confiere un carácter integral, que obliga a apreciar los conflictos originados por su funcionamiento con un criterio que no desatienda sus fines propios. El adecuado funcionamiento del sistema asistencial médico no se cumple tan sólo con la yuxtaposición de agentes y medios, con su presencia pasiva o su uso meramente potencial, sino que resulta imprescindible, además, que todos ellos se articulen activamente en cada momento y con relación a cada paciente. Porque cada individuo que requiere atención médica pone en acción todo el sistema y un acto fallido en cualquiera de sus partes, sea en la medida en que pudiere incidir en el restablecimiento del paciente, demorándolo, frustrándolo definitivamente o tornándolo más difícil, más riesgoso o más doloroso, necesariamente ha de comprometer la responsabilidad de quien tiene a su cargo la dirección del sistema de contralor (C.S.J.N., Fallos 306:178 “González”, sent. del 29-III1994; 317: 1921 “Brescia”, sent. del 22-XII-1994). Por su parte, la Carta Magna Provincial, garantiza a todos los habitantes de la provincia el acceso a la salud en los aspectos, preventivos, asistenciales y terapéuticos; sostiene el hospital público y gratuito en general con funciones de asistencia sanitaria (artículo 36.8). En ese marco normativo, los establecimientos hospitalarios públicos tienen el deber de prestar el servicio de forma tal de no afectar el ejercicio de los derechos y garantías constitucionalmente protegidos. En suma, de los antecedentes reseñados y los elementos probatorios aportados en sub judice surgen evidencias suficientes para comprometer la responsabilidad del municipio en los términos del artículo 1112 del Código Civil, pues denotan una irregular prestación del servicio a cargo del establecimiento hospitalario, lo cual impone a la Municipalidad de Florencio Varela la obligación de reparar el daño, ya que tal como reiteradamente lo tiene dicho el Alto Tribunal Nacional, quien contrae la obligación de prestar un servicio –en el caso de asistencia a la salud de la población- lo debe hacer en condiciones adecuadas para cumplir con el fin para el que ha sido establecido y es responsable de los perjuicios que causare su incumplimiento o su ejecución irregular (Fallos: 306:2030; 317:1921, “Brescia”; 322:1393 “Schauman”; in re “Bustos”, sent. del 11-VII-2006). Ello pues, “el Estado tiene el deber jurídico de realizar prestaciones positivas dirigidas, sustancialmente, a la prevención de la enfermedad, y a la asistencia -médica y terapéutica- de los pacientes. En consecuencia, nacerá la responsabilidad del Estado, por falta de servicio, si éste no cumple de una manera regular los deberes u obligaciones impuestos -de modo expreso o implícito- a sus órganos por el ordenamiento jurídico (comprensivo de la Constitución, los tratados, la ley, el reglamento y los principios generales del derecho) o, simplemente, por el funcionamiento irregular del servicio” (conf. doct. S.C.B.A., causa 74.514, “Castillo”, sent. 13-VIII-2003). En síntesis, en el caso se configura un supuesto de responsabilidad extracontractual del Estado con imputación “directa” -ya que la actividad de sus órganos o funcionarios se considera propia del Estado que debe responder de modo principal y directo por sus consecuencias dañosas- y con factor de atribución “objetiva”, que se trasunta a través de las denominadas faltas de servicio, con fundamento en el artículo 1112 del Código Civil (conf. doctr. S.C.B.A., causa L. 71.070, “Gimenez”, sent. del 23-XII-2003). 5°) Que en relación a la Provincia de Buenos Aires, citada como tercero por el municipio demandado, procede desestimar la demanda, valorando que el informe pericial, indica que los tratamientos médicos quirúrgicos instituidos posteriormente en el Hospital General San Martín de La Plata, “no pudieron revertir las complicaciones que tuvo la paciente, a punto de partida diagnóstica, de una estenosis benigna de vía biliar” (fs. 21 vta., cuaderno de prueba Municipalidad de Florencio Varela) (arts. 11, 12 inc. 3°, 77 inc. 1°, C.C.A., ley 12.008, texto según ley 13.101; 94, 96, 375, 384, 474 y concs., C.P.C.C.). 6°) Que probada la responsabilidad del municipio demandado, corresponde considerar la procedencia de los reclamos patrimoniales efectuados por las hijas de la causante. 6.1. En el escrito postulatorio, las accionantes reclaman reparación por el rubro valor vida, manifestando que su progenitora al momento del deceso, tenía 39 años de edad y que además de su condición de ama de casa, realizaba tareas de enseñanza a niños discapacitados en una sociedad de Fomento de su barrio. Al respecto, la Corte Suprema de Justicia Nacional tiene dicho que “la vida humana no tiene valor económico per se, sino en consideración a lo que produce o puede producir. No es dable evitar una honda perturbación espiritual cuando se habla de tasar económicamente una vida humana, reducirla a valores crematísticos, hacer la imposible conmutación de lo incomutable. Pero la supresión de la vida, aparte del desgarramiento del mundo afectivo en que se produce, ocasiona indudables efectos de orden patrimonial, y lo que se mide en signos económicos no es la vida misma que ha cesado, sino las consecuencias que sobre otros patrimonios acarrea la brusca interrupción de una actividad creadora, productora de bienes. En ese orden de ideas, lo que se llama elípticamente la valoración de una vida humana no es otra cosa que la medición de la cuantía del perjuicio que sufren aquellos que eran destinatarios de todos o parte de los bienes económicos que el extinto producía, desde el instante en que esta fuente de ingresos se extingue” (C.S.J.N., Fallos: 316:912; 317: 728 y 1006). Añade el Alto Tribunal “que no obstante lo expuesto, para fijar la indemnización por valor vida no han de aplicarse fórmulas matemáticas, sino considerar y relacionar las diversas variables relevantes de cada caso en particular, tanto en relación con la víctima (capacidad productiva, cultura, edad, estado físico e intelectual, profesión, ingresos, laboriosidad, posición económica y social, expectativa de vida, etc.) como con los damnificados (grado de parentesco, asistencia recibida, cultura, edad, educación, condición económica y social, etc.)” (C.S.J.N., Fallos: 320:536; 323:3616; 325:1156). Según se afirma en la demanda, la causante se desempeñaba como ama de casa y realizaba tareas de enseñanza de manualidades a discapacitados en la sociedad de fomento cercana a su domicilio. Con relación a ésta última actividad no se aportó probanza alguna. Es dable señalar que en la actualidad no existen dudas acerca de la procedencia del resarcimiento de la pérdida de una vida humana cuando, la occisa no desarrollaba tareas remuneradas, sino que se desempeñaba como ama de casa, ya que se admite que el trabajo domiciliario del ama de casa es una profesión y posee el valor propio, susceptible de apreciación pecuniaria (conf. Marcelo J. López Mesa – Félix A. Trigo Represas, Tratado de la responsabilidad civil, Cuantificación del daño, Bs. As., La Ley, 2006, p. 193 y ss.). En tal línea de pensamiento, el Alto Tribunal Federal resolvió que “si el actor convivía con su esposa y dos hijas menores en el momento en que aquélla falleció, es lógico concluir que el viudo debió recurrir a terceros –cuyos servicios se presumen onerosospara suplir las carencias que la muerte de su mujer provocó en la atención del hogar y el cuidado de sus hijas. Sobre tal base, debe tipificarse como daño emergente del fallecimiento de la víctima los gastos derivados de la necesidad de contratar a una persona para realizar los quehaceres domésticos en el hogar familiar correspondiendo su reparación por la vía civil ya que existe una erogación no prevista que es consecuencia directa del infortunio” (C.S.J.N., in re “Lacuadra, Ernesto A. y otros c/ Nestlé de Productos Alimenticios S.A.”, sent. 1-IV-1997). Por tanto, la circunstancia de que la víctima de un hecho ilícito se desempeñara como ama de casa no conduce, por sí sola, a negar a sus causahabientes el resarcimiento en concepto de valor vida, pues no corresponde restarle importancia a la tarea desarrollada por aquélla en el hogar, en tanto la familia como institución y célula social básica está protegida en los tratados internacionales de derechos humanos incorporados al artículo 75 inc. 22 de la Constitución Nacional. En ese marco hermenéutico y teniendo en consideración las diversas variables, tanto en relación con la víctima como con las damnificadas, destaco que la única pauta relevante acreditada es la edad de las accionantes; una de ellas es menor de edad –I.A. Maldonado, 12 años de edad, conforme se desprende del certificado de nacimiento obrante a fs. 5-; en tanto que las otras dos hijas son mayores de edad -Lorena Lorenza Acevedo, 24 años y Gabriela Marisol Acevedo, 22 años (v. fs. 12) -. Así, en el caso de la hija menor, cabe inferir que el deceso de su progenitora reviste gravitación económica, que se trasunta en un daño material ante la desaparición de quien tenía la responsabilidad de su crianza y cuidado, pues es necesario sustituir las funciones que la víctima cumplía en el hogar por una tercera persona con remuneración. En consecuencia, estimo prudente fijar en tal concepto, la suma de pesos diez mil ($ 10.000) (arts. 1084, Código Civil; 77 inc. 1°, C.C.A., ley 12.008, texto según ley 13.101; 165 y concs., C.P.C.C.). Con relación al reclamo de las hijas mayores de edad, toda vez que no surge acreditada en autos, circunstancia alguna que permita determinar la repercusión patrimonial concreta, esto es, el daño material derivado del deceso de la progenitora, procede desestimar a su respecto, el reclamo indemnizatorio del rubro sub examine (arts. 77 inc. 1°, C.C.A., ley 12.008; 375 y concs., C.P.C.C.). 6.2. Que el reclamo en concepto de daño moral resulta procedente, ya que el mismo no es sino la lesión en los sentimientos que determina dolor y sufrimiento físico, inquietud espiritual o agravio a las afecciones legítimas y en general, toda clase de padecimientos insusceptibles de apreciación pecuniaria (conf. Bustamente Alsina, Teoría General de la Responsabilidad Civil, 4ta. Ed. Abeledo Perrot, p. 205, número 557). En tal sentido, las circunstancias en que se produjo el deceso de la progenitora de las actoras, quienes a una temprana edad se vieron privadas, en forma prematura de su asistencia y cuidados, cuando aún ese sostén adquiere particular significación, abonan la procedencia del rubro sub examine (C.S.J.N., Fallos: 317: 1006; 327:4668). En relación al quantum y en uso de las facultades que otorga el artículo 165 del Código Procesal Civil, juzgo prudente fijar el resarcimiento en concepto de daño moral, en la suma de pesos quince mil ($ 15.000), para cada una de las accionantes. 7°) A mérito de los fundamentos expuestos corresponde hacer lugar a la pretensión indemnizatoria deducida por Julio César Maldonado –en representación de su hija menor I. A. M.- y Juan Pedro Acevedo –en representación de su hijas Lorena Lorenza Acevedo y Gabriela Marisol Acevedo-, contra la Municipalidad de Florencio Varela – Hospital “Mi Pueblo”-, condenándola a pagar la suma de pesos cincuenta y cinco mil ($ 55.000), conforme se establece ut supra (arts. 14 bis, Const. Nac.; 36.8 Const. Pcial.; 1º, 2º inc. 4, 12º inc. 3, 50 inc. 6º y concs. C.C.A., ley 12.008, texto según ley 13.001; 1078, 1084, 1112 y concs del Código Civil; 165, 375, 384, 474 y concs. C.P.C.C.). A los importes establecidos deberá adicionársele el correspondiente a los intereses, que se calcularan desde la fecha del hecho –22 de febrero de 2003- hasta su efectivo pago, de acuerdo a la tasa que pague el Banco de la Provincia de Buenos Aires en los depósitos a treinta días vigentes en los distintos períodos de aplicación (arts. 7º y 10º, ley 23.928, texto según ley 25.561; 622 y 5°, ley 25.561). Las sumas deberán abonarse dentro de los sesenta días (arts. 163, Const. Pcial.; 63, C.C.A.). 8º) Imponer las costas en el orden causado (art. 51 inc. 1°, C.C.A., ley 12.008, texto según ley 13.101). Por ello, FALLO: 1º) Hacer lugar a la pretensión indemnizatoria deducida Julio César Maldonado – en representación de su hija menor I. A. M.- y Juan Pedro Acevedo –en representación de su hijas Lorena Lorenza Acevedo y Gabriela Marisol Acevedo-, contra la Municipalidad de Florencio Varela –Hospital “Mi Pueblo”-, condenándola a pagar la suma de pesos cincuenta y cinco mil ($ 55.000), conforme se estableció ut supra (arts. 14 bis, Const. Nac.; 36.8 Const. Pcial.; 1º, 2º inc. 4, 12º inc. 3, 50 inc. 6º y concs. C.C.A., ley 12.008, texto según ley 13.001; 1078, 1084, 1112 y concs., Código Civil; 165, 375, 384, 474 y concs. C.P.C.C.). A los importes establecidos deberá adicionársele el correspondiente a los intereses, que se calcularan desde la fecha del hecho –22 de febrero de 2003- hasta su efectivo pago, de acuerdo a la tasa que pague el Banco de la Provincia de Buenos Aires en los depósitos a treinta días vigentes en los distintos períodos de aplicación (arts. 7º y 10º, ley 23.928, texto según ley 25.561; 622 y 5°, ley 25.561). Las sumas deberán abonarse dentro de los sesenta días (arts. 163, Const. Pcial.; 63, C.C.A., ley 12.008, texto según ley 13.101). 2°) Desestimar la demanda incoada contra el doctor Juan Carlos Rodríguez y la Provincia de Buenos Aires, citada como tercero por el municipio demandado, a mérito de los fundamentos expuestos ut supra (arts. 11, 77 inc. 1°, C.C.A., ley 12.008, texto según ley 13.101; 94, 96, 375, 384, 474 y concs., C.P.C.C.). 2°) Imponer las costas en el orden causado (art. 51 inc. 1°, C.C.A., ley 12.008, texto según ley 13.101). 3º) Diferir la regulación de honorarios de los profesionales intervinientes hasta aprobación de la liquidación a practicarse (art. 51, decreto-ley 8904/77). 4°) Remitir los presentes actuados a la Asesoría de Incapaces a sus efectos (arts. 59, 494 y concs., Código Civil; 32 y concs., ley 12.061 y modif.). Regístrese y notifíquese. ANA CRISTINA LOGAR Juez en lo Contencioso Administrativo nº 2 Dpto. Judicial La Plata