2.360
"Maldonado, Julio César y otro/a c/Rodríguez, Juan Carlos y otro/a s/Pretensión
indemnizatoria".
LA PLATA, 13 de abril de 2009.
Y VISTOS:
Estos autos caratulados “Maldonado, Julio Cesar y otro/a c/ Rodríguez Juan
Carlos y otro/a s/ Pretensión indemnizatoria”, causa n° 2360, en trámite por ante este
Juzgado de Primera Instancia en lo Contencioso Administrativo n° 2 de La Plata a mi
cargo, de los que:
RESULTA:
I) Que Julio Cesar Maldonado -en representación de su hija menor I. A. M. - y Juan
Pedro Acevedo –en representación de su hijas Lorena Lorenza Acevedo y Gabriela
Marisol Acevedo-, se presentan y, por apoderado, promueven demanda contencioso
administrativa contra el doctor Juan Carlos Rodríguez y la Municipalidad de Florencio
Varela, solicitando indemnización por los daños y perjuicios ocasionados por el
fallecimiento de su progenitora Viviana Miriam Mendoza, deceso que según alegan se
produjo por la deficiente atención médica recibida en el Hospital “Mi Pueblo” dependiente
de ese municipio.
Relata que a mediados del mes de noviembre de 2002, debido a padecimientos en la
zona abdominal, la causante recurrió al citado hospital donde, sin otorgarle ninguna
importancia a sus dolencias, fue atendida en dos oportunidades por la guardia, no
quedando constancia de ello. Finalmente fue internada el día 18 de ese mes, con
diagnóstico de colecistitis aguda, programándose para el día 20 de noviembre una
intervención quirúrgica que se efectuó de urgencia a las 16,30, luego de una serie de
divergencias suscitadas entre los profesionales que debían actuar.
Detalla que en la Historia Clínica, en las novedades correspondientes a aquella
fecha, surge una primera atestación firmada por el doctor C.R., en la cual, la operación
figura suspendida por falta de anestesiólogo de planta. A renglón seguido y mediante
sendas notas datadas a las 11:00 hs. -con firmas ilegibles y sin aclaración-, consta: por un
lado, que el Servicio de Cirugía parece indicar que se postergó la operación debido a que
no se la juzgó urgente; mientras que el Servicio de Anestesiología, expresa que no se
realizó por problemas inherentes al primero. Finalmente, de acuerdo a la nota firmada por
el doctor Juan Carlos Rodríguez, el mismo día 20 de noviembre de 2002, a las 16:30 hs., se
efectuó la cirugía de urgencia.
Agrega que ello demuestra las serias consecuencias producidas por los devaneos
señalados, mientras la paciente se agravaba minuto a minuto, sin perjuicio del grave error
de diagnóstico en que incurriera el Servicio de Cirugía, cuando en por mañana consideró
que la operación no revestía carácter inminente y la postergó.
Indica que en el protocolo quirúrgico se describe que se encontraron adherencias
en órganos internos que dificultaron la tarea del cirujano, quien reconoce haber producido
una lesión en la vía biliar que suturó con dos puntos.
Alega que el post operatorio se caracterizó por un permanente derrame de bilis
dentro del abdomen, situación que se pretende solucionar, el día 4 de diciembre de 2002,
mediante una segunda operación que no tuvo éxito, debido a que no se detectó el foco de la
pérdida, limitándose los médicos a lavar el abdomen, drenar y cerrar.
Señala que en un proceso como el reseñado, se produce una infección que comienza
por la vía biliar y va avanzando hacia distintas zonas.
Continúa relatando que el día 28 de diciembre de 2002 la paciente fue derivada al
Hospital San Martín de La Plata, donde el 4 de enero de 2003 fue nuevamente intervenida
quirúrgicamente y, ante la infección de la vía biliar, se le practicó una anastomosis
biliodigestiva (unión del colédoco al intestino), que en el post operatorio se necrosa, por lo
cual es reintervenida el día 17 del mismo mes, realizándose drenaje externo de la vía biliar
y yeyunostomía. El avance del proceso infeccioso desencadena en una peritonitis que
obliga a una nueva yeyunostomía y lavado de cavidad abdominal, luego de formarse
abscesos hepáticos y escaras, el estado general de la paciente se deteriora en forma
terminal, produciéndose su fallecimiento el 22 de febrero de 2003.
Considera que los episodios previos a la operación prevista para el día 20 de
noviembre de 2002, ponen al descubierto una actitud de seria irresponsabilidad por parte
del Servicio de Cirugía del hospital demandado.
Asimismo entiende que se debe imputar al cirujano, no solamente haber producido
una grave lesión en su paciente, sino, fundamentalmente, haber empleado una técnica
incorrecta para subsanar el yerro cometido, pues durante la operación fue lesionada la vía
biliar e inmediatamente suturada, lo cual no es aconsejable y está condenado al fracaso.
Sostiene que el período posterior en que la causante permaneció internada en el
Hospital Mi Pueblo, se distinguió por la irresponsabilidad, pues frente a la complicada
situación que se planteó a partir del primer error médico, entiende que en la atención del
postoperatorio se debió poner mucho énfasis en la vigilancia de la paciente. En tanto que
la misma comenzaba a drenar abundante bilis en forma inmediata poniéndose ictérica y el
laboratorio hablaba de colestasis, infección y daño progresivo del hígado, el día 2 de
diciembre de 2002 -transcurridos 12 días de la operación-, se pide una colangiografía
retrógrada, radiografía de vías biliares intrahepáticas, al Hospital Fiorito, nosocomio que
recién dio turno para 16 días después. Entretanto la doliente fue reoperada a las dos
semanas de la primera intervención sólo para lavar su cavidad abdominal inundada de bilis
y drenarla, sin hallar el foco de la bilirragia ni haber tratado la vía biliar lesionada en la
primera operación a causa de la inflamación y la friabilidad, desmenuzamiento, reducción a
polvo, de los tejidos.
Pone de relieve que al fracasar la realización de la colangiografía por circunstancias
fortuitas, se le indica en su reemplazo una colangio resonancia que recién se lleva a cabo el
26 de diciembre de 2002, confirmándose el diagnóstico de stop de la vía biliar principal a
nivel del colédoco proximal. Por ende, luego de 37 días invertidos en confirmar el
diagnóstico, fue derivada a un hospital de mayor complejidad que según afirma, hubiera
estado en condiciones de resolver el problema.
Atribuye responsabilidad a los médicos y al Hospital Mi Pueblo, pues considera
que un equipo médico que produce una lesión al paciente desde su primera intervención,
equivoca el método destinado a corregir su error, demora en reconocer la existencia del
mismo y sólo cuando el caso es irreversible hace la derivación a un nosocomio de mayor
complejidad. Por ello, considera que ha actuado con impericia, imprudencia y negligencia,
colocándose en la posición de deudor culpable.
Explica que las lesiones quirúrgicas en las vías biliares constituyen una de las más
graves iatrogenias de la cirugía y para el paciente puede significar el comienzo de un
verdadero calvario con episodios de colangitis, reoperaciones y eventualmente la muerte.
Para el cirujano es un grave golpe y lo que es mucho más importante, sabe que ha causado
un grave daño al enfermo, cuya reparación constituye un experimento que dura toda la
vida del paciente.
Afirma que los autores coinciden en destacar que una vez detectado el primer
síntoma de una lesión biliar, lo primero que hay que hacer es admitir que se pudo cometer
la lesión, pues de lo contrario se perderán posibilidades de subsanar eficazmente el
problema.
Sostiene que la sutura con dos puntos, como se efectuó en el caso, es una técnica
condenada al fracaso casi seguro, siendo preferible el drenaje con un tubito fino, kher o
catéter K30, para dirigir la fístula hacia afuera y luego de tres semanas se lo retira, con lo
que, si no hay hipertensión biliar, la fístula cierra sola. Señala que el equipo profesional que
atendió a la paciente se conformó con la maniobra efectuada y esperó que la paciente
evolucione favorablemente.
Destaca que la causante tenía 39 años de edad al momento del óbito, era madre de
tres hijas menores, se desempeñaba como ama de casa y se encontraba muy capacitada en
manualidades que enseñaba a discapacitados en la sociedad de fomento.
Reclama en el rubro valor vida la suma de $ 35.000 de los cuales, considerando la
edad y el grado de dependencia de cada una de sus hijas.
En concepto de daño moral peticiona la suma de $ 20.000 para cada una de las
actoras.
Funda el derecho en los artículos 505, 511, 512, 519, 522, 902, 903, 904, 1068,
1069, 1083, 1084, 1085, 1109 1113, 1137 concs. del Código Civil; 320, 330 y concs. del
C.P.C.C.
Cita jurisprudencia y doctrina autoral en apoyo de su postura. Ofrece prueba.
II) Que conferido el traslado de demanda, (fs. 31) se presenta la Municipalidad de
Florencio Varela, la contesta y solicita su rechazo (fs 201/212).
Por imperativo procesal realiza una negativa de carácter general de todos los
hechos.
Resalta que es de vital importancia para la dilucidación de la verdad objetiva de
autos, considerar que la paciente tenía antecedentes múltiples de consultas previas por
síntomas similares. El día 7 de julio de 1996 tuvo un cuadro de colecistitis aguda, no
resuelto en esa oportunidad y, con fecha 2 de noviembre del mismo año presentó síndrome
coledociano, siendo derivada a otro centro. Por ello, sostiene que todos los episodios
anteriores sin resolver generaron un deterioro progresivo de los órganos afectados y las
alteraciones que se encontraron durante la cirugía de urgencia realizada el 20 de
noviembre de 2002.
Detalla que en la primera de las fechas indicadas, la causante ingresó por la
guardia, refiriendo dolor en hipocondrio derecho intenso y continuo, una semana antes
comenzó con vómitos biliares, fiebre y lo más sobresaliente era que los dolores no cesaban
con antiespasmódicos, presentaba abdomen blando, depresible, doloroso en HD con
irradiación al epigastrio y dorsal, vesícula palpable, bordes regulares, elástica y móvil,
dolorosa a la palpación superficial y profunda. Se le realizó ecografía abdominal de la cual
resultó hiperecogenicidad en pared posterior de vesícula, paredes lisas, regulares, la
impresión diagnóstica sugería en la paciente un síntoma de colecistitis aguda y quedó en
observación en la guardia.
Agrega que el día 2 de noviembre de 1996 la paciente nuevamente es asistida por
dolor epigástrico irradiado a dorso de 3 días de evolución aproximadamente, dolor a la
palpación profunda en hipocondrio derecho. La impresión diagnóstica de ese día era
síndrome coledociano, se realiza ecografía en la cual se informa microlitiasis – litiasis
coledociana en la vía biliar extrahepática dilatada 9 mm, síndrome coledociano de origen
biliar.
Destaca que, contrariamente a lo que afirma la actora, no se desprende -ni expresa
o tácitamente-, ningún error de diagnóstico. El momento de decidir la intervención
quirúrgica fue el día 20 de noviembre de 2002 a las 16,30 hs, como surge del protocolo de
la historia clínica del Hospital Mi Pueblo de Florencio Varela, hasta entonces no se había
ordenado la operación de la paciente, quien había ingresado el 18 de noviembre de 2002,
con diagnóstico de colecistitis aguda, confirmado en los días posteriores.
Considera falaz la aseveración de la demandante relativa a que se pidió una
colangiografía retrógrada -radiografía de las vías biliares intrahepáticas-, al Hospital
Fiorito y que el turno se fijó para el día 19 de diciembre de 2002, pues según afirma, surge
de la historia clínica del Hospital Mi Pueblo de Florencio Varela (fs. 38), que el estudio de
referencia se realizó en el Hospital General San Martín de La Plata y no pudo completarse
frente a la imposibilidad de lograr la canulación de la vía biliar. Señala que conforme
consta a fojas 17 de dicho instrumento, al día siguiente -20 de diciembre de 2002-, se pidió
una colangio resonancia, efectuada el día 26 siguiente, en la cual se detectó una
obstrucción a nivel de la vía biliar principal (fojas 39) y, confirmado el diagnóstico,
inmediatamente, se ordenó la derivación de la paciente a un hospital de mayor
complejidad.
Sostiene que estos extremos se encuentran reflejados también en la pericia
practicada en la causa penal instruida a raíz del hecho.
Entiende que surge evidente que los días transcurridos hasta confirmar la dolencia
se debieron a circunstancias fortuitas, pues los estudios fueron pedidos a nosocomios
públicos que no tienen ninguna vinculación con el Hospital Mi Pueblo de Florencio Varela
y el retraso -si es que lo hubo-, sólo es imputable al actuar de aquellos, por lo cual afirma
que no existió impericia, imprudencia o negligencia a las obligaciones profesionales por
parte del equipo médico actuante.
Aduna respecto del cirujano demandado, que su actuación en la intervención y
operación de la paciente se enmarca dentro de los parámetros que prescribe el arte de
curar y las normativas quirúrgicas. La paciente ingresó en la fecha antes consignada, con
importante dolor abdominal y abdomen agudo, siendo derivada a cirugía por guardia a las
16:30 y la intervención fue sumamente laboriosa por el estado en que se encontraban los
tejidos. Del protocolo quirúrgico, se puede extraer como conclusión que el diagnóstico
preoperatorio era un abdomen agudo inflamatorio, colecistitis aguda litiásica, la operación
realizada una colecistectomía- coledocografía- drenaje, la técnica empelada fue antisepsia y
campos, incisión de kocher. Abierto el peritoneo se constata gran plastrón inflamatorio
perivesicular con adherencias de epiplón, colon y duodeno a la vesícula; vesícula tersa
edematosa con adherencias firmes a órganos vecinos. Liberadas las mismas, se realiza
punción evacuadora y se comienza la colecistectomía de fondo a cuello, ante la
imposibilidad de reconocer la anatomía se procede a la apertura vesicular observándose
múltiples cálculos, uno de ellos en tránsito desde lo que impresiona ser la bolsa de
Hartmam hacia la vía biliar principal. Extraído dicho cálculo, se observa lesión en la vía
biliar principal procediéndose a la sutura de la misma con vicryl 4-0, lavado abundante,
completa la colecistectomía, se ofrece drenaje de protección para coledociano. Control
riguroso de hemostasia y cierre por planos.
Argumenta que la conclusiones plasmadas en la pericia realizada oportunamente
por el Cuerpo Médico de Quilmes relevan de cualquier comentario sobre la cuestión traída
a debate, dado que la contundencia de sus conclusiones llevó a que la Fiscalía interviniente
disponga el archivo de las actuaciones penales, con fecha 17 de junio de 2003 y 26 de
octubre de 2004, señalando la inexistencia de impericia, imprudencia o negligencia en el
obrar de los médicos actuantes.
Destaca que la actora, conjuntamente con la madre de la causante, plantearon
similares cuestiones en sede penal, donde no efectuaron reproches acerca del sentido en
que se resolvió la causa y ahora, al parecer no conforme con ello, demandan por daños y
perjuicios con sustento en los mismos hechos. En ese contexto entiende que la cuestión ya
fue juzgada y pasada bajo autoridad de cosa juzgada para la partes. Solicita que en
consecuencia se aplique la prohibición contenida en el artículo 1.103 del Código Civil,
aclarando que el hecho de que el proceso tramite ante el fuero en lo Contencioso
Administrativo, no es óbice para ello, pues en el caso se persigue una reparación civil.
Respecto de la responsabilidad médica resalta que la obligación del facultativo es
poner al servicio del paciente el caudal de conocimientos y prestarle la diligente asistencia
profesional que su estado requiere, no garantiza resultados. Pesa sobre él una obligación
de medios, la cual tiene por objeto una actividad diligente de su parte agotando de ese
modo su prestación y quedando por lo tanto liberado aún cuando no se hubiese obtenido el
resultado deseado por cuanto ello no le era exigible. La ciencia médica no es una ciencia
exacta y tiene sus limitaciones, no basta la concreción del daño para que ello signifique que
el médico actuante haya obrado con culpa o impericia, extremos que deben ser
demostrados por quien pretende reprochar la conducta asumida por los médicos.
Afirma que en el caso, el actuar de los médicos y demás personal del hospital
municipal fue correcto y diligente, por lo que cumplieron la obligación de medios a su
cargo.
Destaca que la relación de causalidad entre los hechos narrados y la demostración
del lamentable suceso, no ha quedado ni remotamente demostrada en autos, por lo cual,
entiende que debe desestimarse la pretensión.
Atribuye el carácter de instrumento público a la historia clínica, ya que proviene de
un ente asistencial público alegando que hace plena fe de su contenido, hasta tanto sea
redargüido de falsedad; oposición no ejercida por los actores, quienes no han atacado la
verosimilitud de su contenido, sino que la presentaron como prueba (arts. 979 inc. 2° y 995
del Código Civil).
Objeta el monto indemnizatorio reclamado en todos sus rubros como también su
exigibilidad. Respecto del daño moral entiende que la indemnización debe ser rechazada
en virtud de las eximentes de responsabilidad hacia su parte y en cuanto al ítem valor vida
lo estima improcedente y desproporcionado.
Solicita la citación en calidad de tercero del Hospital General San Martín de La
Plata, con fundamento en que la paciente estuvo internada en dicho nosocomio desde el 27
de diciembre de 2002 al 22 de febrero de 2003, fecha en que se produjo el deceso y en tal
sentido podría encontrarse comprometida la responsabilidad del personal médico y paramédico de dicha entidad.
Ofrece prueba.
III) Que a fojas 221/229 se presenta el demandado Juan Carlos Rodríguez, por
derecho propio, y contesta el traslado de demanda conferido (fs. 31), solicitando su
rechazo.
Realiza por imperativo procesal una negativa de carácter general y de la
autenticidad y validez de toda documentación no reconocida expresamente.
Plantea la inexistencia de nexo causal entre su actuación y el deceso de la causante,
afirmando que los hechos no sucedieron tal como los relató la actora.
Manifiesta que el día 18 de noviembre de 2002, la señora Mendoza consulta en el
Hospital Mi Pueblo de Florencio Varela por dolor en hipocondrio derecho, cuadro que
llevaba tres días de evolución y diagnosticándosele colecistitis aguda litiásica, se decide
tratamiento médico y conducta expectante.
Señala que la paciente presentaba como antecedentes múltiples consultas previas
por dolencias similares. En particular el 7 de julio de 1996, tuvo un cuadro de colecistitis
aguda que no fue resuelto y el 2 de noviembre del mismo año padeció un síndrome
coledociano, siendo derivada a otro centro, no obstante, el episodio no fue resuelto con
cirugía.
Explica que el día 20 de noviembre de 2002 se programa la operación a través del
Servicio de Cirugía, sin embargo no se lleva a cabo y por la tarde la paciente persiste en el
dolor abdominal y abdomen agudo, en virtud de lo cual se decide la cirugía por la guardia
a las 16:30 hs. La intervención, conforme se refleja en el protocolo quirúrgico, fue
sumamente laboriosa debido al estado en que se encontraban los tejidos por los múltiples
episodios reseñados. El día 23 subsiguiente la enferma comienza con bilirragia, pérdida de
bilis por drenaje; el 4 de diciembre de aquel año se la reopera con diagnóstico de
coleperitoneo, mediante laparotomía exploradora realizada por el Jefe de Guardia, Dr. K,
se realiza lavado y drenaje de la cavidad, persiste posteriormente con la bilirragia, por lo
cual se dispone proseguir con los estudios.
Destaca que el día 18 de diciembre de 2002, no se pudo concretar, por problemas
técnicos, la colangiopancreatografía retrógrada endoscópica (C.P.R.E.), por lo que el día 26
siguiente, se realizó un estudio del que resultó un stop en el colédoco proximal, siendo
derivada en la jornada siguiente al Hospital Gral. San Martín de La Plata, donde fue
reoperada con fecha 6 de enero de 2003, practicándose una anastomosis biliodigestiva por
estenosis de la vía biliar, intervención de la cual no evolucionó bien. El día 17 del mismo
mes y año, se la reoperó por coleperitoneo y absceso en el espacio de Morison, se hizo la
movilización de la anastomosis biliodigestiva, divorcio de la misma (separación), se le
colocó un catéter en la vía biliar y una yeyunostomía.
Precisa que en la época en que sucedieron los hechos objeto de autos y, en la
actualidad, se desempeña en el Hospital Mi Pueblo de Florencio Varela, en el cargo de
médico cirujano de guardia, durante 24 horas semanales (desde las 8:00 hs. de los días
miércoles hasta las 8:00 hs. de los días jueves); sus tareas consisten en resolver las
patologías quirúrgicas de urgencia y/o emergencia que se presenten en dicho horario.
Aclara que no integra el Servicio de Cirugía del nosocomio, ni forma parte de su
personal de planta, por lo cual le resultan totalmente ajenas, de comprobarse que así
fueron -pues no le constan-, las discusiones que, según la actora se produjeron entre el
Servicio de Cirugía y el de Anestesia; se tratan hechos sucedidos con anterioridad a su
primer intervención médica respecto de la paciente, iniciada a las 16 horas del día 20 de
noviembre de 2002.
Afirma que en dicha oportunidad la paciente padecía un abdomen agudo que no
respondía adecuadamente al tratamiento instituido, por la mañana se había programado
una cirugía que no se concretó y dado el cuadro que en ese momento se vislumbraba, él
realizó la intervención quirúrgica a fin de evitar la espera para el día siguiente,
circunstancia que hubiera empeorado aún más la situación.
Aclara que en la segunda operación actuó solamente como ayudante.
Señala que del escrito de demanda pareciera desprenderse que los padecimientos de
la causante comenzaron en noviembre de 2002, cuando en verdad desde mucho tiempo
antes los tuvo sin haber sido solucionados, circunstancia demostrativa del deterioro
progresivo de los órganos afectados y las alteraciones que se encontraron durante la
cirugía de urgencia realizada el día 20 de noviembre de 2002.
Refuta las conclusiones que extrae la actora respecto del protocolo quirúrgico, en
particular cuando afirma “reconoce haber producido una lesión en la vía biliar, que suturó
con dos puntos”. Señala que la cirugía resultó trabajosa en virtud del estado en que
estaban los tejidos, constatándose un cálculo en tránsito desde la vesícula hacia la vía biliar
principal; se trataba de un cálculo que pasaba desde una estructura anatómica a otra a
través de las paredes de las mismas, produciendo una perforación, lesión patológica de
dicha estructura, que en medicina se conoce como síndrome de Mirizzi. Sostiene que es
falso que se haya lesionado estructura alguna durante el acto quirúrgico del día 20 de
noviembre de 2002; por el contrario, la lesión se describe como producto de la evolución
prolongada de la enfermedad que no fue resuelta en tiempo oportuno.
Asevera que la técnica quirúrgica que empleó fue la correcta y además la única
posible en ese momento, en función del estado en que se encontraban los órganos
afectados y que de ninguna forma existió error médico, como maliciosamente sostiene la
actora.
Puntualiza que debido a sus funciones de cirujano de guardia, no concurre
periódicamente al Servicio de Cirugía, de forma tal que la atención, estudios y derivación
de la enferma durante el postoperatorio no estuvieron a su cargo.
Ilustra en cuanto al examen que pone de manifiesto el stop en el conducto
colédoco, que las posibles causas de la obstrucción pueden ser la presencia de un cálculo en
la vía biliar principal, el desarrollo de una estenosis por edema o fibrosis producto del
proceso que la afectaba, la reparación con puntos de dicho conducto asociada a edema o
una colangitis esclerosante primaria, no siendo posible aseverar el grado de causalidad de
alguna de estas entidades respecto de las otras. Se establece que este tipo de cuadro tiene
una morbilidad de hasta un 10% y una mortalidad de un 5%, los resultados operatorios
conforme a estadísticas son litiasis vesicular simple: morbilidad de 1% y mortalidad de
0.1% a 0.4%; colecistitis aguda: morbilidad de 7.8% a 12%; mortalidad de 3.9%; colecistitis
crónica: morbilidad de 6 a 10% y mortalidad del 1.3% y colecistitis crónica con
reactivación aguda morbilidad de 9.1% a 15% y mortalidad de hasta 5%. Cita bibliografía
especializada.
Señala que no pueden soslayarse las contundentes explicaciones médicas brindadas
en la causa penal n° 168.370 en trámite ante la U.F.I. n° 12 del Departamento Judicial de
Quilmes, caratulada “Averiguación de causales de muerte”, donde a requerimiento del
Agente Fiscal interviniente, el perito médico designado destacó que el tratamiento de la
paciente estuvo de acuerdo con el diagnóstico que figura en la historia clínica, el cual fue
correcto y, en todo momento, tanto el personal médico como el auxiliar, procedió
conforme a lo que estipula el arte de curar y a las normativas quirúrgicas. Allí se destacan
puntualmente los antecedentes de la paciente y en qué medida jugaron en forma
desfavorable en su evolución.
Sostiene que desde el principio el cuerpo médico interviniente en la causa judicial
brindó a los actores una contundente explicación científica acerca de la correcta y
adecuada asistencia prestada.
Concluye que en el caso es fácil observar cómo queda totalmente descartado la
violación de normas médicas y/o legales y, por ende, al no poderse acreditar conducta
antijurídica alguna, caen los restantes elementos que deben probarse para que una acción
como la intentada pueda prosperar: daño causado, relación de causalidad y obligación de
resarcir.
Impugna los rubros indemnizatorios considerándolos excesivos e improcedentes.
Respecto del valor vida, advierte que la actora se limita a reclamar una suma en el aire, sin
indicación alguna de los parámetros utilizados para determinar su entidad y, en cuanto al
daño moral, estima que la justipreciación que realiza no tiene correlato ni fundamento
lógico alguno.
Funda el derecho el los artículos 512, 901, 902, 1109, 1197 ss. y concs. del Código
Civil.
Cita jurisprudencia y doctrina en apoyo de su postura.
Ofrece prueba y hace reserva del caso federal.
IV) Que a fojas 244/253, se presenta la apoderada de la Fiscalía de Estado, en el
carácter de tercero citado, y contesta el traslado conferido a fojas 219, solicitando el
rechazo de la demanda.
Por imperativo procesal realiza una negativa de carácter general y de la
autenticidad y valor probatorio de toda la documentación agregada a estos autos que no
revista el carácter de instrumento público.
Reconoce las circunstancias fácticas enunciadas en el escrito de demanda,
especialmente en cuanto a la derivación y asistencia de la paciente por parte de los
profesionales, al Hospital General San Martín.
Niega en particular la responsabilidad que le atribuye la Municipalidad de
Florencio Varela y que su parte haya incurrido en omisiones o cumplido de forma
irregular sus funciones u obrado antijurídicamente, como también la procedencia de los
daños reclamados y su relación causal con los actos motivo de la litis.
Relata que la causante recurrió al Hospital Mi Pueblo de Florencio Varela desde
mediados de noviembre de 2002 a consecuencia de fuertes dolores abdominales, siendo
atendida por la guardia del citado nosocomio y finalmente el día 18 de aquel mes y año fue
internada con diagnóstico de colecistitis aguda e intervenida de urgencia el día 20. En el
postoperatorio, se constató la presencia de derrame biliar dentro del abdomen, por lo que
fue operada nuevamente el día 4 de diciembre de 2002, no detectándose el foco de la
pérdida; el día 28 de diciembre se la derivó al Hospital General San Martín de La Plata,
donde fue reintervenida, hallándose infección de la vía biliar, motivo por el cual se le
practicó una anastomosis biliodigestiva que devino en necrosis, dando lugar a una nueva
intervención quirúrgica en la cual se colocó un drenaje externo de la vía biliar y
yeyunostomía.
Destaca que el proceso infeccioso avanzó provocándole una peritonitis que obligó a
practicar una nueva cirugía el día 25 de enero de 2003, la paciente comenzó con un cuadro
febril que se definió en sepsis y, a pesar de haberse actuado en consecuencia, falleció.
Resalta que la causante presentaba antecedentes de colecistitis aguda, no resuelta
en su oportunidad, puntualmente el día 17 de julio de 1996, y síndrome coledociano, el día
21 de noviembre del mismo año, tampoco curado, por lo que dicho historial patológico
sumado a la falta de controles periódicos, llevaron al progresivo deterioro del cuadro
hepático, desencadenándose un abdomen agudo inflamatorio causado por una colecistitis
aguda.
Señala que, como lo avala la bibliografía científica, el tratamiento inicial de la
colecistitis aguda debe ser la hospitalización, la hidratación parenteral, la suspensión de la
ingesta oral y la administración de analgésicos; la terapia antibiótica es útil para tratar
posibles complicaciones infecciosas. Establecido el tratamiento inicial, existen tres grupos
de pacientes clasificados de acuerdo con a la forma de presentación y evolución, grupo I:
colecistitis aguda complicada, perforación libre o bloqueada, mal estado general, sepsis
localizada o generalizada, el tratamiento es quirúrgico; grupo II: constituído por pacientes
que tratados médicamente no evolucionan bien, debe ser tratados quirúrgicamente para
evitar perforación posterior y grupo III: la mayor parte de los tratados médicamente
evolucionan favorablemente, sin embargo la posibilidad de nuevos episodios en breve
plazo es evidente.
Describe que del análisis médico legal adjunto, surge que a la paciente se le realizó
en el Hospital Mi Pueblo de Florencio Varela una colecistectomía - coledocografía y
drenaje, abierto el peritoneo se constató gran plastrón inflamatorio perivesicular con
adherencias de epiplón, colon y duodeno a la vesícula, además, esta última se demostró
tensa edematosa con adherencias firmes a órganos vecinos. Se extrajo un cálculo de la vía
biliar, que había producido una fístula entre la vesícula y la vía biliar principal y ante el
empeoramiento del cuadro, se le realizó una colangio resonancia detectándose una
obstrucción a nivel de la vía biliar principal. Dado que todas estas prácticas se realizaron
en dicho nosocomio, mal puede la apoderada del municipio demandado negarlas
categóricamente.
Afirma que recién ante la gravedad de la paciente y la imposibilidad de continuar
con su asistencia, es derivada al Hospital San Martín, ingresando con gran deterioro de su
estado general y nutricional. Allí se realiza una anastomosis biliodigestiva, práctica
quirúrgica técnicamente correcta, y habiéndose presentado una falla en la sutura, la
dehiscencia de la misma, se la reintervino quirúrgicamente
Sostiene que no hubo responsabilidad alguna por parte de los médicos y/o paramédicos del Hospital San Martín; por el contrario, allí se le practicaron las intervenciones
quirúrgicas correctas, frente al cuadro que presentaba la paciente el proceder médico fue el
adecuado y los demandantes así lo reconocen. Alega que el hecho de que su deceso haya
ocurrido en el hospital provincial, no importa atribuirle la responsabilidad que pretende
endilgarle la parte demandada.
Argumenta que la jurisprudencia y la doctrina son contestes al sostener que en el
caso de responsabilidad de los médicos, para que proceda el resarcimiento de los perjuicios
debe acreditarse fehacientemente que los mismos son consecuencia directa del obrar
negligente, culposo, de los facultativos. La responsabilidad, no surgirá del resultado
disvalioso sino de la falta de correspondencia entre la conducta descripta por el médico y
la que se debió observar pues por la naturaleza colmada de complejidades de la prestación
y por la forma distinta como responden los organismos no puede ser otro el factor de
atribución. No basta en consecuencia que se verifique la existencia del daño sino que
además éste debe haber sido causado por el obrar negligente, imprudente o imperito, en
definitiva culposo del profesional médico.
Refuta los rubros indemnizatorios reclamados, alegando en cuanto al ítem valor
vida, que es una noción estrictamente ligada a la productividad económica y lejos está de
ser un capítulo flexible del resarcimiento, tiene que ver estrictamente con aquellos
ingresos de la víctima que se destinaban a terceros y que con el deceso se interrumpieron y
se frustraron para lo sucesivo. Delimitados tales aspectos, podrá establecerse la
indemnización pedida, quedando librada la misma al arbitrio judicial.
Respecto del rubro daño moral, estima que se peticiona una suma
desproporcionada que cubre con exceso el daño que se dice causado, lo cual llevaría a
consagrar un enriquecimiento indebido con el consiguiente perjuicio para aquel que debe
afrontar dicha reparación pecuniaria. Solicita que se ameriten las circunstancias del caso y
las constancias que la causa ofrece y se reduzca equitativamente el monto resarcitorio del
rubro en análisis.
Ofrece prueba. Hace reserva del caso federal.
V) Que recibida la causa a prueba (fs 268/270), producida la misma, agregados los
cuadernos de prueba de la actora; de los codemandados Juan Carlos Rodríguez y
Municipalidad de Florencio Varela y de la Provincia de Buenos Aires, citada como tercero
(fs. 369); glosados los respectivos alegatos (fs. 377/379, 380/385, 386/389, 391/393) y
adquiriendo firmeza el llamamiento de autos para sentencia (fs. 395/399), la causa quedó
en estado de emitir pronunciamiento (art. 49 C.C.A., ley 12.008, texto según ley 13.101); y
CONSIDERANDO:
1°) Que tal como se desprende del precedente relato, las accionantes promueven
demanda contencioso administrativa contra el doctor Juan Carlos Rodríguez y el equipo
de cirugía del Hospital “Mi Pueblo”, dependiente de la Municipalidad de Florencio Varela,
con el objeto de obtener el resarcimiento de los daños y perjuicios ocasionados por el
fallecimiento de su progenitora, aduciendo la deficiente prestación médica recibida en ese
nosocomio.
La municipalidad en su contestación, alega que la actora formuló planteos similares
en sede penal, donde la Fiscalía interviniente dispuso el archivo de las actuaciones, por lo
que sostiene que la cuestión fue juzgada y pasada en autoridad de cosa juzgada, motivo por
el cual, solicita se aplique la prohibición contenida en el artículo 1.103 del Código Civil.
Cabe entonces, analizar liminarmente, si en el caso, se configura la cuestión
prejudicial invocada como defensa por la codemandada.
Según se desprende de la causa penal n° 168.370, que tramitó ante la U.F.I. n° 12
del Departamento Judicial de Quilmes, caratulada “Averiguación de causales de muerte”,
ofrecida como prueba instrumental por las partes, se desprende que la investigación penal
se inicia con motivo de la denuncia formulada el día 26 de febrero de 2003, por la señora
Blanca Clivis Rivero, quien relata que el día 17 de noviembre de 2002, internó a su hija
Viviana Miriam Mendoza en el Hospital “Mi Pueblo”, sito en la localidad de Florencio
Varela, donde fue intervenida quirúrgicamente, el día 18 del mismo mes y año; y que
debido a complicaciones médicas la víctima fue trasladada hacia el Hospital San Martín de
la ciudad de La Plata, donde fallece el 22 de febrero de 2003 (fs. 1/3).
A fojas 6, la denunciante se presenta como querellante, solicita se investigue, se
secuestre la historia clínica y se realice en forma urgente la exhumación del cadáver de la
occisa. Pide se determinen las causas del fallecimiento de su hija y se cite a declarar a los
doctores Juan Carlos Rodríguez, Pantolini y a todo el plantel médico que se encontraba el
día 20/11/2002, donde se realizó la primer operación, que desencadenó su desenlace
después de tres meses.
A fojas 16, el titular del Juzgado de Primera Instancia de Garantías n° 2 del
Departamento Judicial de Quilmes, expide la Orden de Presentación, facultando al señor
Agente Fiscal titular de U.F.I. n° 12 a requerir al Hospital Mi Pueblo de Florencio Varela;
Hospital Fiorito de Avellaneda y al Hospital San Martín, la presentación de historias
clínicas, informes de consultorios y toda otra constancia de atención médica recibida por la
ciudadana Viviana Miriam Mendoza, a partir del 18 de noviembre de 2002 (art. 227,
C.P.P.).
A fojas 23/64, obra agregada la historia clínica acompañada por el Hospital
Municipal “Mi Pueblo” de Florencio Varela.
A fojas 65 bis, la Fiscalía actuante, dispone que se individualice fehacientemente a
los doctores Juan Carlos Rodríguez y Pantolini, “debiéndose detallar todos sus datos personales
y haciéndole entrega de la papeleta donde constan los derechos que les asisten por ser imputados en
la presente…”
A fojas 66, el Fiscal Adjunto, dispone la realización de una pericia-de medicinalegales en los términos del artículo 247 del C.P.P., encomendando a los peritos médicos de
turno, previa aceptación del cargo, que se expidan sobre los siguientes puntos: “determinar:
1) Si el tratamiento que se le brindó a la víctima fue acorde a su diagnóstico médico; 2) Se
determine si los diagnósticos que reflejan las historias clínicas son los acertados; 3) Si se observaron
los reglamentos, tratamientos y las conductas adoptadas por el personal médico y auxiliar, y si
aquellos resultan ser los correctos o los de práctica. En su caso se establezca que fue lo omitido o lo
contrario a lo que la práctica o el arte indica para el caso; 4) Se expida sobre todo otro dato de
interés que se considere conducente para el esclarecimiento del hecho en investigación…”
A fojas 102, se notifica al doctor Ribarola Armando, perteneciente al Cuerpo
Médico de Quilmes de la Policía Científica, que ha sido designado para llevar a cabo la
pericia médica sobre las constancias obrantes en autos y atento a lo solicitado a fojas 66.
A fojas 104, el perito médico designado por parte de la Fiscalía, lleva a cabo la
pericia médica sobre la documentación obrante en la causa (art. 247, C.P.P.), dictaminando
que “1.- El tratamiento que se le otorgó a la causante “fue acorde con el diagnóstico que figura en
la Historia Clínica; 2.- Los diagnósticos que figuran en las Historias Clínicas son los correctos; 3.De acuerdo a lo que figura en las Historias Clínicas, procedió en todo momento en forma acorde a
lo que estipula el arte de curar y las normativas quirúrgicas, tanto el personal médico como el
auxiliar; 4.- Se trata de una paciente que se interna con diagnóstico de abdomen agudo
inflamatorio que tiene como causa una colecistitis aguda, que es la infección aguda de la vesícula
biliar. Tiene como antecedente de importancia, múltiples internaciones y consultas de urgencia
previas, con igual diagnóstico. No existen registros de consultas por consultorio externo del Servicio
de Cirugía. Esto hace pensar que, como habitualmente sucede, estos procesos inflamatorios previos,
originaron las múltiples y firmes adherencias de órganos vecinos que se observaron y se describen en
la primera intervención. En estos casos el conducto biliar principal, el accesorio (vesícula), el
conducto cístico (que comunica la vesícula con el conducto principal) y la arteria cística se hallan
inmersos en un magma indiferenciable y sumamente frágil. Es por ello que este tipo de cirugías
tienen un alto índice de morbimortalidad, pues es muy difícil hallar los elementos anatómicos y
disecarlos (separarlos) sin producir daño en ellos. En distintas estadísticas se establece que este tipo
de cuadro tiene una morbilidad (posibilidad de complicaciones) de alrededor del 10% y una
mortalidad de alrededor del 5%. En el caso que nos ocupa, se halló un cálculo que había producido
una fístula entre la vesícula y la vía biliar principal. En éstos casos está indicado la extracción de
la vesícula y el posterior cierre de la vía biliar, tal como se realizó. En el postoperatorio se constata
aumento del nivel de bilirrubina en sangre y, posteriormente, en una ecografía se observa líquido
libre en cavidad abdominal. Esto llevó a la criteriosa sospecha de bilis derramada en abdomen, lo
que obligó a una segunda intervención con fines diagnósticos y terapéuticos. En ella por las
múltiples adherencias, el edema, la cercanía de la primera intervención y el proceso inflamatorio e
infeccioso en curso, es común que no se pueda hallar la causa del derrame biliar. Luego se realiza
una colangioresonancia por el empeoramiento del cuadro general. En este estudio se detecta una
obstrucción a nivel de la vía biliar principal. Este cuadro, si bien no lo especifica el informe, puede
deberse, a criterio de este perito a varias causas: la presencia de un cálculo en la vía biliar principal,
el desarrollo de una estenosis por el edema producto del proceso que la afectaba, la reparación con
puntos de dicho conducto o una colangitis esclerosante primaria, no siendo posible aseverar con
certeza el grado de causalidad de alguna de ellas con respecto de las demás, ni tampoco descartar
ninguna, en base a los datos aportados en la causa. Posteriormente, fue trasladada al Hospital San
Martín de la ciudad de La Plata, donde se realizó una anastomosis bilio digestiva, que consiste en
unir la vía con el intestino delgado, a fin de conseguir el pasaje de la bilis, del hígado al tubo
digestivo, dada la evolución de la paciente, con un gran deterioro de su estado general y
específicamente nutricional, la sutura falla y se produce una dehiscencia de la misma. Ante este
cuadro se realizó una nueva intervención, en la cual se drena la bilis a través de un catéter colocado
en la vía biliar, hacia el exterior y se cierra la porción de intestino utilizada en la cirugía previa y
se realiza una vía de alimentación enteral a través de otro catéter ubicado en el intestino delgado.
Este último acto fracasa debido al deterioro de los tejidos obligando a una nueva reoperación, en la
cual se lava nuevamente la cavidad abdominal y exterioriza el intestino a fin de continuar la
alimentación. Concomitantemente la paciente fue desarrollando un cuadro febril, que se trasformó
en sepsis, que en definitiva la condujo al óbito”.
A fojas 106, se presenta el doctor Juan Carlos Rodríguez, constituye domicilio
procesal, designa defensor y propone perito de parte.
A fojas 109, el Juzgado interviniente, resuelve tener en el carácter de particular
damnificada a la señora Rivero Blanca Clivis.
A fojas 111, con fecha 17 de junio de 2003, el Agente Fiscal Adjunto resuelve
proceder al archivo de la causa, de conformidad por lo normado por el artículo 268,
párrafo cuarto del C.P.P., considerando que “de los elementos colectados hasta la fecha en las
presentes actuaciones y en especial del contenido de la pericia médica que luce a fojas 104 y vta., de
las que a criterio del suscripto no acreditan prueba suficiente sobre la imprudencia, negligencia,
impericia o inobservancia de los reglamentos o deberes requeridos por la figura del artículo 84 del
C.P. para tener por configurado el ilícito investigado”
A fojas 127, el particular damnificado solicita revisión del precedente auto
resolutorio y pide se cite a declarar a los profesionales que atendieron a la occisa.
Producida la prueba solicitada, Fiscal Adjunto, con fecha 26 de octubre de 2004,
resuelve proceder al archivo de la causa, de conformidad a lo normado por el artículo 268,
párrafo cuarto del C.P.P., considerando que no se han reunido nuevos elementos o
documentación distinta como para llevarse a cabo una nueva pericia y producirse un
dictamen que difiera del realizado a fojas 101 (fs. 168).
1.1. A la luz de las constancias obrantes en la causa penal, procede analizar si lo
actuado en esa sede tiene incidencia en este proceso, conforme a las previsiones del
artículo 1.103 del Código Civil, según el cual “después de la absolución del acusado, no se podrá
alegar en el juicio civil la existencia del hecho principal sobre el cual hubiese recaído la absolución”.
Se impone dejar aclarado que el citado precepto constituye una excepción al
principio de independencia de la acción civil y penal contemplado en el artículo 1.096 del
Código sustantivo, por lo que debe ser interpretado en forma restrictiva.
Según un sector de la doctrina, la prohibición contenida en el artículo 1.103 sólo
alude a la sentencia absolutoria dictada en sede penal, negando relevancia al auto de
sobreseimiento definitivo, pues entiende que no existe analogía entre ambas resoluciones
judiciales (conf. Orgaz, La culpa [actos ilícitos], ps. 154 y ss.; Bustamante Alsina, Teoría
General sobre la responsabilidad civil, p. 598); en tanto que, para el sector mayoritario, el
sobreseimiento definitivo tiene plena validez en la jurisdicción civil, por cuanto cierra en
forma definitiva e irrevocable el proceso penal, con relación al imputado a favor del cual se
dicte, ya que la influencia de la absolución dictada en sede penal no depende de la forma –
sentencia dictada en plenario o sobreseimiento en la etapa instructoria-, sino de su
contenido o sustancia (conf. Kemelmajer de Carlucci, en Código Civil y leyes complementarias.
Comentado, anotado y concordado, A.C. Belluscio [dir.]-E.A. Zannoni [coord.], t. 5, p. 317 y ss.).
En ésta última línea de pensamiento, se inscribe la doctrina del Alto Tribunal
Federal, al sostener -en un caso de responsabilidad profesional médica- que el a quo debió
haber analizado si el sobreseimiento definitivo podía equipararse con el fallo de absolución
del acusado y, en tales condiciones, verificar si la inexistencia del hecho declarada en la
causa penal podía o no tener eficacia de cosa juzgada en el proceso civil (C.S.J.N., Fallos:
314:1851, “Mansilla”).
En el sub lite, según surge de la causa penal, agregada a la presente sin acumular, la
Investigación Penal Preparatoria n° 168.370, fue iniciada por denuncia de la progenitora
de la causante, resultando imputado, entre otros médicos, el doctor Juan Carlos
Rodríguez, aquí codemandado. El Fiscal actuante, valorando los elementos colectados,
especialmente el contenido de la pericia médica producida en el trámite de la investigación,
entendió que no existían pruebas suficientes para tener por acreditada imprudencia,
negligencia, impericia o inobservancia de los reglamentos y deberes requeridos por la
figura penal imputada, procediendo en consecuencia a archivar las actuaciones (art. 268,
párrafo cuarto, C.P.P.).
Así, el Fiscal interviniente estimó que las pruebas producidas en la Investigación
Preparatoria resultaban insuficientes para configurar el tipo penal imputado, supuesto éste
no contemplado por el artículo 1.103 del Código fondal, pues como lo tiene sentado la
Casación Bonaerense, sólo en el caso de que la absolución o el sobreseimiento criminal
estuviera basado en la inexistencia del hecho o por la no autoría del acusado y no en la
falta de responsabilidad de éste, puede ser invocado ese pronunciamiento en sede civil,
para impedir una condena que aparecería como escandalosa (S.C.B.A., causas Ac. 76.290,
“Quevedo”, sent. 16-IX-2003; C. 100.073, “Argentieri”, sent. 29-XII-2008, entre otras).
El citado precepto “define los aspectos en que hace cosa juzgada la sentencia penal
absolutoria en el fuero civil, impidiendo que se pueda declarar la responsabilidad
patrimonial del demandado. En rigor, consigna una única calificación cuya definición en
sede penal hace cosa juzgada en el ámbito del juicio civil: la inexistencia del hecho
principal respecto del cual se absolvió. Ninguna referencia hace sobre la culpa del
imputado” (S.C.B.A., causa Ac. 76.290, cit.; voto del doctor Soria).
Ello pues, “la responsabilidad penal y la civil no se confunden porque se aprecian
con criterio distinto, pudiendo afirmarse la segunda aunque se haya establecido la
inexistencia de la primera” (S.C.B.A., causas Ac. 60.667, “Moros”, sent. 11-VI-1998; Ac.
65.291, “Leonhart”, sent. 23-III-1999; Ac. 76.290, “Quevedo”, sent. 16-IX-2003).
En suma, la resolución adoptada en el curso de la Investigación Penal Preparatoria,
carece del efecto de la cosa juzgada con relación al presente proceso, cuyo objeto consiste
en decidir si se configura un obrar culposo en cabeza de la demandada que conlleve a su
responsabilidad patrimonial.
1.2. Se impone dejar sentado que tal conclusión, no obsta a la ponderación de la
prueba producida en el proceso penal, dado que las constancias del sumario penal tienen
eficacia probatoria en el ulterior juicio civil por indemnización de daños, cuando actor y
demandado hubieren invocado aquellas constancias como evidencia de la responsabilidad
que mutuamente se atribuyen.
Así, el expediente penal ofrecido como prueba por ambas partes tiene pleno valor
probatorio.
En tal sentido, la Casación Bonaerense, tiene sentado que por el principio de
adquisición procesal, una vez producida la prueba, la misma es asumida para el proceso y
sirve a la convicción o certeza del magistrado con prescindencia de los sujetos que la
ofrecieron o produjeron. Las partes no pueden pretender que el juzgador al dictar su fallo
prescinda de alguna de las pruebas si consintieron su agregación en el juicio (S.C.B.A.,
causas Ac. 79.216, sent. 24-IX-2003; Ac. 87.968, sent. 16-II-2005).
En el sub judice, tanto la actora en el escrito de demanda (v. fs. 25), como los
codemandados en sus respectivos respondes (fs. 211 y 228), han ofrecido como prueba la
I.P.P. n° 168.370, motivo por el cual, no puede soslayarse la valoración del dictamen
médico producido por el perito del Cuerpo Médico de Quilmes, quien para el cumplimiento
de su cometido tuvo en consideración la Historia Clínica de la causante, prueba
documental también ofrecida por las partes en la presente causa.
2°) Dicho ello, procede entonces decidir si resulta acreditada la responsabilidad
civil médica que la actora atribuye a los codemandados.
En primer término, la actora alega que existió un grave error de diagnóstico por
parte del Servicio de Cirugía del Hospital “Mi Pueblo”, dado que el día 20 de noviembre de
2002, a las 11 horas suspendió la operación por considerar que no revestía urgencia,
cuando ese mismo día, a las 16,30 se decide “cirugía de urgencia” (v. fs. 19 vta.).
En la Historia Clínica del Hospital Mi Pueblo, n° 16680687 (fs. 115/190), consta
que la causante, el 7 de julio de 1996, ingresó al Servicio de Emergencia Médicas,
diagnosticándose colecistitis cólico hepático (fs. 195/196). Con fecha el 2 de noviembre de
1996 fue atendida en ese servicio y se le diagnosticó síndrome coledociano, se realizó eco
que informó microlitiasis – litiasis coledociana- y se la deriva al Hospital Fenochieto (fs.
191/194).
El día 18 de noviembre de 2002, a las 21:30 horas, aquélla ingresa por la guardia
refiriendo dolor en HD. Demuestra signos ecográficos de colecistitis aguda litiásica, se
interna y comienza tratamiento médico; el mismo día, a las 23:50 hs., se observa a la
paciente mejorada con respecto a su ingreso (fs. 117).
El día 20 de noviembre de 2002, se suspende cirugía por falta de anestesiólogo de
planta. Firmado Dr. C.R, médico (fs. 118). El mismo día 20, Anestesiología consignó:
siendo las 11 horas se realiza el pase de la paciente al área quirúrgica para su intervención,
informándonos que fue suspendida la operación por problemas inherentes al Servicio de
Cirugía. Firmado N.A.; a las 16:30 hs. persiste el dolor en abdomen, febril, se decide
cirugía de urgencia. Firmado Juan Carlos Rodríguez, médico. A las 18:00 hs. paciente
operada, buena recuperación anestésica. Se realizó colecistectomía. Sin firma (fs. 118, vta.).
Por su parte, el perito médico de la Asesoría Pericial La Plata, en las
consideraciones médicos legales, indica que “Haciendo una interpretación y relato sucinto de
los hechos, según constancias de autos, Viviana Mendoza, de aproximado 38 años de edad,
comienza el 2/11/96, con síndrome coledociano, diagnóstico realizado por el servicio de
emergencia del Hospital Mi Pueblo, a punto de partida de una microlitiasis y litiasis colodociana,
siendo derivada, por falta de camas a otro centro de mayor complejidad para su tratamiento
quirúrgico. Sin mediar ninguna constancia médica, ni tratamiento alguno, fue asistida por
guardias en reiteradas oportunidades, desde el 15/11/02, por dolor en el hipocondrio derecho
(cólico hepático), hasta que el 18/11/02 es internada en el Hospital Mi Pueblo. Se inicia como es
habitual tratamiento médico y diagnóstico, concluyendo que portaba una colecistitis aguda. El
20/11/02, se realiza colecistectomía convencional…” (v. fs. 20 vta., cuaderno prueba
codemandada Municipalidad F. Varela).
El mencionado perito, al punto de pericia formulado por el municipio codemandado
“3) Es posible que un cuadro que durante la mañana está estable se convierta en una urgencia en
horas de la tarde”, respondió que: “si, es posible” (v. fs. 22 del mismo cuaderno).
En tanto que en el dictamen obrante en la I.P.P. n°168.370, el perito médico al
punto de pericia formulado por el Fiscal interviniente: “1. Si el tratamiento que se le brindó a
la víctima fue acorde a su diagnóstico médico”, responde que “El tratamiento que se le otorgó a la
causante fue acorde con el diagnóstico que figura en la Historia Clínica” y, al punto “2) Se
determine si los diagnósticos que reflejan las historias clínicas son los acertados”, el perito indica
que: “Los diagnósticos que figuran en las Historias Clínicas son los correctos” (v. fs.
104 de la Investigación; el destacado me pertenece).
Los contundentes informes periciales, conducen a desestimar el error de diagnóstico
que la actora atribuye al Servicio de Cirugía, ya que la Historia Clínica de la causante
refleja que se le diagnóstico colecistitis aguda, y con tal motivo se realiza una colecistectomía
convencional, tal como lo indican los peritos (arts. 77 inc. 1°, C.C.A., ley 12.008; 375, 384,
474 y concs., C.P.C.C.)
Es dable destacar que por diagnóstico se entiende “el proceso de determinación de
la naturaleza de una enfermedad o de un caso” (conf. Urrutia, Responsabilidad médico-legal
de los obstetras, p. 213); y que “en el diagnóstico se identifica el rostro de la enfermedad, sus
características y gravedad, y además los posibles caminos terapéuticos a seguir y las
repercusiones que los mismos puedan eventualmente tener sobre el paciente” (conf.
Lorenzetti, Responsabilidad civil de los médicos, p. 249).
Como pautas para la valoración del error de diagnóstico, debe tenerse en cuenta el
sistema de apreciación de la culpa, haciendo aplicación de los artículos 512, 902 y 929 del
Código Civil.
Así, “el médico será responsable –por razón de su culpa- en caso de que cometa un
error objetivamente injustificable para un profesional de su categoría o clase. Pero si el
equívoco es de apreciación subjetiva por el carácter discutible u opinable del tema o
materia, el juez no tendrá, en principio, elementos suficientes para inferir la culpa de que
informa el artículo 512 del Código Civil” (Bueres, Alberto J., Responsabilidad civil de los
médicos, t. 2, p. 154, punto E).
3°) Por otra parte, la accionante aduce que “durante la operación la paciente es
lesionada en la vía biliar e inmediatamente suturada, técnica no aconsejable y
condenada al fracaso”.
De tal modo achaca al cirujano Juan Carlos Rodríguez, “no sólo el haber producido
una seria lesión en su paciente, sino, y fundamentalmente, no haber sabido utilizar una técnica
correcta para subsanar, su –ya de por sí- grave error” (v. fs. 21).
Así, corresponde dilucidar, a la luz de los elementos probatorios arrimados al
proceso, sí se encuentran configurados los presupuestos que conllevan a la responsabilidad
civil médica que la actora atribuye al nombrado cirujano.
El profesional demandado, en la absolución de posiciones, niega que al realizarse la
operación, se produjo una lesión en la vía biliar de la paciente, señalando que “la lesión es un
hallazgo como consta en el protocolo quirúrgico”. Por otra parte reconoce que tal lesión fue
suturada con dos puntos de Vicril 4-0, tal como consta en el protocolo quirúrgico (v. fs. 87
vta., cuaderno prueba-actora).
En el protocolo quirúrgico, correspondiente a la cirugía practicada el día 20 de
noviembre de 2002, consta que en la misma actuó como cirujano el doctor Juan Carlos
Rodríguez. El diagnóstico preoperatorio fue abdomen agudo inflamatorio, colecistitis
aguda litiásica; la intervención consistió en colecistectomía- coledocografia- drenaje; la
técnica empleada fue antisepsia y campos- Incisión de Kocher; abierto el peritoneo, se
constata 1) gran plastrón inflamatorio perivesicular con adherencias se epiplón colon y
duodeno a la vesícula; 2) vesícula tensa edematosa con adherencias firmes a órganos
vecinos, liberadas las mismas se realiza punción evacuadora, se comienza colecistectomía
de fondo a cuello, ante imposibilidad de reconocer la anatomía se procede a la apertura
vesicular, observándose múltiples cálculos; uno de ellos en tránsito, desde lo que
impresiona ser la bolsa de Hartman hacia la U.B.P. (unión cística coledociana); extraído
dicho cálculo se observa lesión U.B.P., procediéndose a la sutura de la misma
(coledocografía) con vicryl 4-0, lavado abundante, completada la colecistectomía se ofrece
drenaje de protección p/ coledociano, control riguroso de hemostasia y cierre por planos.
Se envía muestra de líquido vesicular a Bacteriología y piezas operatorias a patología (fs.
132).
El perito médico de la Asesoría pericial, señala que: “El 20/11/02, se realiza
colecistectomía convencional, constando gran plastrón inflamatorio perivesicular con adherencias a
órganos vecinos, que dificulta la técnica operatoria; observándose una lesión de la vía biliar
principal que se sutura (coledocorrafia). Drenaje y cierre de la cavidad…” (fs, 20 vta., cuaderno
prueba municipio-codemandado).
Luego de describir el postoperatorio, el experto manifiesta que “…Como se
desprende, se trato de un complejo y difícil caso de una paciente, que desde el año 1996 padeció una
patología biliar, que se le indicó tratamiento quirúrgico en dicha ocasión. Aproximadamente siete
años después, tras reiterados episodios y proceso inflamatorios –infecciosos biliares-, fue operada de
urgencia y necesidad el 20/11/02, con diagnóstico de colecistitis aguda. Por todos los motivos
mencionados la técnica fue muy dificultosa anatomoquirurgicamente. Se reparó la vía biliar
(Coledocorrafia), colocando un drenaje peritoneal…” (v. fs. 21 vta., del mismo cuaderno de
prueba).
Al punto de pericia formulado por el municipio demanddo: “4)¿Si surge de los
protocolos quirúrgicos obrante a fojas de la Historia Clínica que durante la operación se constatara
la existencia de un cálculo que estaba pasando desde una estructura anatómica a otra a través de las
paredes de las mismas? ¿Es esto conocido como Síndrome de Mirizzi y es así como fue descripto en
el protocolo quirúrgico antes aludido”, el perito responde que, efectivamente, ello surge del
protocolo quirúrgico obrante a fojas 132 (fs. 22, del mismo cuaderno).
Posteriormente, ante las aclaraciones solicitadas por la codemandada, el experto
explica que “Básicamente consisten (Mirizzi I y II) en la comprensión e inflamación de la vesícula
biliar sobre la vía biliar principal. Puntualmente no surge de la H.C., un síndrome de Mirizzi,
aunque la descripción se correspondería” (fs. 32, cuaderno prueba-municipalidad).
A los siguientes puntos de pericia, también requeridos por el municipio, el perito
responde afirmativamente: “1) Es real que una patología crónica como es la litiasis vesicular y/o
coledociana, cuando sufre múltiples procesos de reagudización y que dichos procesos no son resueltos,
genera cambios desfavorables en los tejidos, modificando la firmeza, resistencia y anatomía de los
mismos y que esto conlleva en muchos casos a dificultar la cirugía? 5) ¿Puede repararse la vía
biliar principal con puntos separados de Vicryl 2-0 al constatar una perforación en la misma,
dejando un drenaje testigo ofrecido? 6) ¿Pueden fallar los intentos de reparación de tejidos
realizados por un cirujano, si estos se encuentran en las condiciones mencionadas? (fs. 22,
cuaderno prueba).
En tanto que al punto de pericia formulado por la actora “3) determine si al efectuar
la primer cirugía del 20-11-02, se lesionó quirúrgicamente la vía biliar de la paciente y si dicha
lesión fue suturada con dos puntos de Vicril 4-0”, el perito de la Asesoría Pericial, responde
afirmativamente.
Al punto de pericia planteado por esa parte “4) informe si dicha técnica es la más
aconsejable, si existen otras y, concretamente, si puede atribuirse un mayor grado de efectividad a la
consignada en el cap. V, acápite 5.3.a. in fine de esta demanda”, el perito oficial manifiesta que:
“Se utilizó una técnica habitual” (v. fs. 151, cuaderno de prueba-actora; el destacado me
pertenece).
A la pregunta “12) dictamine qué interpretación debe darse a la siguiente atestación de la
foja quirúrgica de dicha operación: ´No logra observarse adecuadamente la vía biliar, debido a la
gran friabilidad de los tejidos´ y que grado de responsabilidad debe atribuirse al equipo médico
interviniente en la primera operación, respecto de esta cuestión”, el experto indica que: “La
interpretación que se le podría prestar es la de un proceso inflamatorio, a punto de partida de una
colecistopatía crónica litiasica; la apertura se la puede atribuir a la realización de las maniobras
quirúrgicas habituales del caso” (fs. 151 vta., del mismo cuaderno de prueba).
A la ampliación de pericia y explicaciones solicitadas por el médico codemandado
“a) Determine el perito cirujano si, en consonancia con el estudio minucioso realizado en autos,
surge de la Historia Clínica o del protocolo quirúrgico de la primera intervención quirúrgica, que
la lesión de la vía biliar (que menciona el experto) hubiera sido producto de una maniobra
quirúrgica” (fs. 156, cuaderno prueba-actora), el perito de la Asesoría Pericial, dictamina
que: “a) La lesión de la vía biliar, mencionada por este perito en el informe del
31/08/06, surge del protocolo operatorio del 20/11/02 y del diagnóstico
preoperatorio del 10/12/02. Ello no implica necesariamente que hubiera sido
producto de una maniobra quirúrgica. En mi opinión, estos procesos inflamatorios
colecistíticos, tornan friable los tejidos, produciéndose este tipo de lesiones por el
solo hecho de separar los órganos vecinos. De ahí los altos índices de
morbimortalidad de estos procesos inflamatorios (colecistitits), comparados con los
de cirugías en patologías no inflamatorias de la vesícula biliar” (v. fs. 164, vta.,
cuaderno prueba-actora; el destacado me pertenece).
El perito médico que se expidió en sede penal, al punto de pericia “3) Si se
observaron los reglamentos, tratamientos y las conductas adoptadas por el personal médico y
auxiliar, y si aquellos resultan ser los correctos o los de práctica. En su caso se establezca que fue lo
omitido o lo contrario a lo que la práctica o el arte indica para el caso”, responde que: “3.- De
acuerdo a lo que figura en las Historias Clínicas, procedió en todo momento en forma acorde a lo
que estipula el arte de curar y las normativas quirúrgicas, tanto el personal médico como el
auxiliar”.
Al punto de pericia “4) Se expida sobre todo otro dato de interés que se considere
conducente para el esclarecimiento del hecho en investigación”, manifiesta el experto que: “4.- Se
trata de una paciente que se interna con diagnóstico de abdomen agudo inflamatorio que tiene como
causa una colecistitis aguda, que es la infección aguda de la vesícula biliar. Tiene como antecedente
de importancia, múltiples internaciones y consultas de urgencia previas, con igual diagnóstico. No
existen registros de consultas por consultorio externo del Servicio de Cirugía. Esto hace pensar que,
como habitualmente sucede, estos procesos inflamatorios previos, originaron las múltiples y firmes
adherencias de órganos vecinos que se observaron y se describen en la primera intervención. En
estos casos el conducto biliar principal, el accesorio (vesícula), el conducto cístico
(que comunica la vesícula con el conducto principal) y la arteria cística se hallan
inmersos en un magma indiferenciable y sumamente frágil. Es por ello que este tipo
de cirugías tienen un alto índice de morbimortalidad, pues es muy difícil hallar los
elementos anatómicos y disecarlos (separarlos) sin producir daño en ellos. En
distintas estadísticas se establece que este tipo de cuadro tiene una morbilidad
(posibilidad de complicaciones) de alrededor del 10% y una mortalidad de alrededor
del 5%. En el caso que nos ocupa, se halló un cálculo que había producido una
fístula entre la vesícula y la vía biliar principal. En éstos casos está indicado la
extracción de la vesícula y el posterior cierre de la vía biliar, tal como se realizó” (fs.
de la I.P.P.; el destacado me pertenece)
Por consiguiente, valorando las coincidentes conclusiones que exhiben los
dictámenes periciales, cuyos párrafos relevantes y atingentes a la cuestión controvertida,
han sido destacados, se impone concluir que no luce debidamente acreditado el error
médico atribuido al cirujano Juan Carlos Rodríguez.
Como es sabido la pericia médica judicial es la más importante de las pruebas a
producir en un juicio de daños y perjuicios ocasionados en la actividad médica, en virtud
de la fuerte, calificada y firme convicción que genera en los magistrados sobre la realidad
de las circunstancias fácticas del proceso judicial, encontrándose sujeta a la libre
apreciación del juez según los principios legales y a la regla de la sana crítica (conf.
Urrutia, La responsabilidad civil de los médicos (Síntesis jurisprudencial del último decenio), LL,
1991-D-606).
También resulta corroborado por los dictámenes periciales, que la técnica utilizada
por el profesional demandado, es la habitual en estos casos médicos.
En tal sentido, la doctrina coincide en señalar que la libre elección de una entre
varias estrategias médicas adecuadas, según el diagnóstico efectuado al paciente,
constituye un derecho propio e inherente de todo facultativo de la medicina en el
desempeño de su profesión, e incluso, es considerada como una cuestión científica
inherente a la misma, configurando una materia ajena al juzgamiento de los magistrados
(conf. Bueres, Responsabilidad civil de los médicos, t. 2, ps. 149 y 154; Trigo Represas,
Reparación de daños por ´mala práxis´médica, p. 50).
Así, “establecido el diagnóstico, el camino terapéutico y su programación en el
paciente, que resulta según esa ciencia, una de las posibles alternativas adecuadas, actuales
y válidas, el magistrado no puede realizar una ´intromisión científica´, por el contrario
debe respetar el abordaje realizado; incluso al no ser controvertido con las pericias o las
pruebas de la contraparte, el magistrado entonces carece de judicialidad para avocarse al
tema” (conf. Weingarten – Ghersi, La discrecionalidad de la estrategia terapéutica. La
responsabilidad del Estado por la seguridad de los pacientes en hospitales, JA, 1997-II-431).
La Corte Suprema de Justicia Nacional, en lo concerniente a la carga probatoria del
profesional de la ciencia médica, tendiente a demostrar su exoneración de responsabilidad
civil, tiene dicho que el médico debe probar que el diagnóstico era acertado; que el
tratamiento era el que las circunstancias imponían; que la operación era necesaria y se hizo
con la técnica habitual (C.S.J.N., in re “González Oronó de Leguizamón, Norma M. c.
Federación de Trabajadores Jaboneros y Afines”, sent. 29-III-84), recaudos éstos que en el
caso, se verifican cumplimentados.
Tiene sentado la Suprema Corte de Justicia provincial que “la responsabilidad
profesional es aquélla en la que incurre el que ejerce una profesión, al faltar a los deberes
especiales que ésta le impone, y requiere por lo tanto para su configuración, los mismos
elementos comunes a cualquier responsabilidad civil. Ello sucede cuando el profesional
médico incurre en la omisión de las diligencias correspondientes a la naturaleza de su
prestación asistencial, ya sea por impericia, imprudencia o negligencia, falta a su
obligación y se coloca en la posición de deudor culpable (art. 512, Cód. Civil; S.C.B.A.,
causas Ac. 76.152, sent. 17-XII-2003; Ac. 84.616, sent. 3-III-2004; Ac. 93.342, sent. 9VIII-2006).
Destaca el Tribunal que “de ello se deriva que el fracaso o la falta de buen éxito en
la prestación de servicios médicos, no implican por sí solos el incumplimiento de la o las
obligaciones asumidas por el profesional, correspondiendo al damnificado que pretenda
una reparación, la prueba de la inejecución de la obligación por el profesional, así como su
culpa. Sin perjuicio de comprenderse en la materia un grado de colaboración dinámica del
galeno en la actividad probatoria” (S.C.B.A., causa C. 100.518, sent. 11-III-2009).
Ergo, no acreditada la culpa médica, en ninguna de sus formas de manifestación –
negligencia, imprudencia o impericia-, presupuesto ineludible para atribuir responsabilidad
por mala praxis médica, procede desestimar la demanda incoada contra el doctor Juan
Carlos Rodríguez (arts. 512, 902 y concs., Código Civil; 12 inc. 3°, 77 inc. 1°, C.C.A., ley
12.008; 375, 384, 474 y concs., C.P.C.C.).
4°) Por otra parte, la actora atribuye al equipo médico del Hospital “Mi Pueblo”,
dependiente de la Municipalidad de Florencio Varela, una deficiente atención de la
paciente durante el postoperatorio, alegando que recién el día 2 de diciembre de 2002 –a
doce días de la operación- se pide una colangiografía retrógada al Hospital Fiorito y luego
de fracasar la misma, se la reemplaza por una colangio resonancia, finalmente realizada el
26 de diciembre, que diagnóstica stop de la vía biliar principal a nivel del coledoco
proximal. Aduce que recién ante esta circunstancia, la paciente es derivada a un hospital de
mayor complejidad, “el cual sin dudas hubiera estado en condiciones de resolver el problema con
sólo habérselo derivado a tiempo”.
En virtud de ello, sostiene que el equipo médico del citado nosocomio, ha actuado
con impericia, imprudencia y negligencia, ya que dejó transcurrir 37 días desde la primera
intervención, para finalmente decidir la derivación de la paciente (v. fs. 22).
Con relación al postoperatorio, la actora formuló el siguiente punto de pericia: “5)
informe si en el post-operatorio inmediato, la paciente comenzó a expulsar abundante bilis por
drenaje abdominal, se puso icterica y el laboratorio ya hablaba de colestasis”. El perito de la
Asesoría Pericial, respondió afirmativamente a este interrogante (v. fs. 151, cuaderno
prueba-actora).
Seguidamente, esa parte planteó los siguientes puntos de pericia “6) dictamine si
estos síntomas exigían una rápida reacción por parte del equipo médico, a los fines de encauzar el
problema hacía su solución; 7) teniendo en cuenta el tiempo transcurrido entre la aparición de
dichos síntomas y el pedido de colangiografía retrógrada recién a los doce días de la intervención,
determine si puede deducirse de ello que el equipo médico entendía que la paciente evolucionaría
favorablemente sin necesidad de su intervención; 8) con relación al punto anterior, dictamine qué
grado de diligencia diagnóstica debe atribuirse al equipo quirúrgico actuante frente a la situación;
9) determine si la tardanza en ordenar y llevar a cabo la colangiografía y posterior colangioresonancia que la reemplazó, importa una grave negligencia médica y si la misma tuvo incidencia
decisiva en el desenlace de los hechos;…13) dictamine que grado de diligencia diagnóstica cabe
atribuir al equipo médico actuante, al haber esperado hasta el 27/12/02 –luego de confirmado el
diagnóstico de stop de la vía biliar principal a nivel del colédoco proximal- para derivar la
paciente a un Hospital de mayor complejidad; 14) dictamine si el estado de la paciente al arribar al
Hospital Gral. San Martín de La Plata, podía considerarse como terminal e irreversible” (v. fs. 8
vta. y 9, cuaderno prueba-actora).
Con relación a los referidos puntos, el perito de la Asesoría Pericial, remite a las
consideraciones médico legales de la pericia realizada el 31/8/06 (v. fs. 151, de ese
cuaderno de prueba).
En las referidas consideraciones médico legales de la pericia glosada a fojas 19/22
del cuaderno de prueba de Municipalidad de Florencio Varela, el perito informa que: “En el
postoperatorio inmediato comienza con bilirragia (pérdida de bilis) por drenaje, adoptando una
conducta expectante ante la complicación. Por presentar ictericia, el 2/12/02 se solicita estudio
contrastado endoscopico de la vía biliar (C.P.R.E.), que se realiza en el Hospital General San
Martín de La Plata, no logrando técnicamente su realización (imposibilidad de canular).
“El 4/12/02 ingresa a UTI con diagnóstico de coleperitoneo, fistula biliar externa de alto
débito. Se realiza ecografía abdominal constatando líquido libre en cavidad, por lo que con buen
criterio se decide una relaparotomía. Abierto peritoneo se constata gran cantidad de líquido libre
bilioso, sin poder identificar la causa de la bilirragia. Lavado y drenaje de la cavidad. Reingresa a
UTI en SIRS (síndrome de respuesta inflamatorio sistémico) e ictérico. Por persistir la salida de
líquido bilioso por la herida quirúrgica, el 10/2/02, se explora la herida quirúrgica con sospecha
de posible lesión de vía biliar –con conducta expectante, se espera el 19/12/02 para una nueva
C.P.R.E., en la cual tampoco se logra canular la vía biliar. Sigue la misma evolución y terapéutica,
y el 26/12/02, se realiza una colangioresonancia (R.N.M), en donde se informa dilación de vía
biliar intrahepática con stop en coledoco proximal, diagnóstico por el cual se deriva al Hospital
General San Martín de la Plata. Allí es admitida el 27/12/03 con síndrome coledociano,
coleperitoneo y fístula biliar externa. Con diagnóstico preoperatorio de estenosis benigna de vía
biliar Bismuto II, el 6/1/03, es operada, realizándosele con tácticas y técnicas habituales, una
anastómosis biliodigestiva, cursa el postoperatorio con drenaje biliar de al débito, por lo que el
17/1/03 es reoperada, constando una colangitis coleperitoneo, abseso del espacio suhepático, por lo
que se completa el divorcio de la anastomosis, drenado los cabos el exterior, y confeccionado una
yeyunostomía para alimentación –con evolución torpida y por presentar una fístula enterocutinea, el
25/1/03 es reoperada con diagnóstico de peritonitis entérica, constatando filtración
periyeyunostómica, por lo que se reconfecciona, y se lava y drena la cavidad. El 17/02/03 se
produce una evisceración epigástrica con contenido de líquido bilioso. Cursando el postoperatorio
con signos desfavorables por continuar con fístula biliar, edemas generalizados, escara sacra. El
22/2/03 comienza con falla hemodinámica, lo que a la hora 6:15 hs., fallece por paro
cardiorrespiratorio, a punto de partida de una sépsis y distress respiratorio.
“Como se desprende se trató de un complejo y difícil caso de una paciente, que desde el año
1996 padeció una patología biliar, que se le indicó tratamiento quirúrgico en dicha ocasión.
Aproximadamente siete años después, fue operada de urgencia y necesidad el 20/11/02, con
diagnóstico de colecistitis aguda. Por todos los motivos mencionados la técnica fue muy dificultosa
anatomoquirurgicamente. Se separó la vía biliar (Coledocorrafía), colocando un drenaje peritoneal.
De ahí en más tuvo una evolución tópica, por una bilirragia (fístula biliar) de difícil resolución y
diagnóstico. A modo de observación la no realización de una colangiografía
intraoperatoria, ya sea transkhehr o transcística, impidió el control del daño y/o su
localización, como causal de la bilirragia y del stop diagnosticado por la R.N.M.
Luego, la imposibilidad de contar con estudios postoperatorios oportunos por
imágenes, (C.P.R.E en 2 ocasiones), también contribuyó con el aumento de la
morbilidad que ya llevan implícitos estos pacientes. Se le realizó una R.N.M., 36
días después de la primera operación.
“Si bien la derivación a un centro de mayor complejidad, fue una medida
adecuada (27/12/02), su realización en forma más temprana hubiera contribuido
también en disminuir ese porcentaje de morbilidad mencionado, en tanto y en
cuanto fuera admitida en el Hospital San Martín con diagnóstico de Coleperitoneo e
ictericia.
“Los tratamientos médicos quirúrgicos instituidos posteriormente en dicho centro no
pudieron revertir las complicaciones que tuvo la paciente, a punto de partida diagnóstica, de una
estenosis benigna de vía biliar” (fs. 21 vta., cuaderno de prueba Municipalidad de Florencio
Varela).
Del dictamen transcripto, se desprende que en postoperatorio inmediato, la
paciente presentaba complicaciones severas que requerían la realización de urgentes
estudios que determinaran, en forma precisa, el diagnóstico de la dolencia. No obstante
ello, tal como lo indica el perito y lo acredita la Historia Clínica (v. fs. 131), habiendo
transcurrido más de un mes desde la primer intervención quirúrgica, recién se programó
una colagio resonancia (R.N.M.), en la cual se observa “dilación de la vía biliar intra
hepática a nivel de colédoco proximal, se identifica con stop” (v. H.C., fs. 152).
En tales circunstancias, la paciente es derivada a un centro de mayor complejidad,
decisión del equipo médico que ha sido calificada por el perito oficial como “adecuada”,
pero tardía.
El municipio argumenta en su defensa que la demora en practicar los estudios que
en definitiva precisaron el diagnóstico de la causante y la necesidad de trasladarla al
Hospital General San Martín de La Plata, se debió a causas fortuitas, pues los exámenes
fueron pedidos en nosocomios públicos que no tienen ninguna vinculación con el Hospital
“Mi Pueblo”.
Tal argumento defensivo no exime de responsabilidad a la demandada, por el
contrario; si el cuerpo médico del hospital municipal se encontraba limitado por la carencia
de los medios técnicos necesarios para el oportuno diagnóstico y tratamiento de la
paciente, precisamente, tal circunstancia ameritaba el inmediato traslado de la paciente a
un centro de mayor complejidad.
La prueba aportada al proceso, refleja una marcada pasividad del equipo médico del
Hospital “Mi Pueblo” de Florencio Varela, ya que no luce acreditado que los
establecimientos hospitalarios a los cuales se solicitó los estudios en cuestión -Hospital
San Martín de La Plata y Hospital Fiorito de Avellaneda-, fueran puestos en conocimiento
de la urgencia que requería la realización de tales exámenes, atento las severas
complicaciones que presentaba la paciente.
Tal como lo sostiene el Alto Tribunal Federal, la actividad de los centros de salud
pública ha de verse una proyección de los principios de la seguridad social, a la que el
artículo 14 nuevo de la Constitución Nacional confiere un carácter integral, que obliga a
apreciar los conflictos originados por su funcionamiento con un criterio que no desatienda
sus fines propios. El adecuado funcionamiento del sistema asistencial médico no se cumple
tan sólo con la yuxtaposición de agentes y medios, con su presencia pasiva o su uso
meramente potencial, sino que resulta imprescindible, además, que todos ellos se articulen
activamente en cada momento y con relación a cada paciente. Porque cada individuo que
requiere atención médica pone en acción todo el sistema y un acto fallido en cualquiera de
sus partes, sea en la medida en que pudiere incidir en el restablecimiento del paciente,
demorándolo, frustrándolo definitivamente o tornándolo más difícil, más riesgoso o más
doloroso, necesariamente ha de comprometer la responsabilidad de quien tiene a su cargo
la dirección del sistema de contralor (C.S.J.N., Fallos 306:178 “González”, sent. del 29-III1994; 317: 1921 “Brescia”, sent. del 22-XII-1994).
Por su parte, la Carta Magna Provincial, garantiza a todos los habitantes de la
provincia el acceso a la salud en los aspectos, preventivos, asistenciales y terapéuticos;
sostiene el hospital público y gratuito en general con funciones de asistencia sanitaria
(artículo 36.8).
En ese marco normativo, los establecimientos hospitalarios públicos tienen el deber
de prestar el servicio de forma tal de no afectar el ejercicio de los derechos y garantías
constitucionalmente protegidos.
En suma, de los antecedentes reseñados y los elementos probatorios aportados en
sub judice surgen evidencias suficientes para comprometer la responsabilidad del municipio
en los términos del artículo 1112 del Código Civil, pues denotan una irregular prestación
del servicio a cargo del establecimiento hospitalario, lo cual impone a la Municipalidad de
Florencio Varela la obligación de reparar el daño, ya que tal como reiteradamente lo tiene
dicho el Alto Tribunal Nacional, quien contrae la obligación de prestar un servicio –en el
caso de asistencia a la salud de la población- lo debe hacer en condiciones adecuadas para
cumplir con el fin para el que ha sido establecido y es responsable de los perjuicios que
causare su incumplimiento o su ejecución irregular (Fallos: 306:2030; 317:1921, “Brescia”;
322:1393 “Schauman”; in re “Bustos”, sent. del 11-VII-2006).
Ello pues, “el Estado tiene el deber jurídico de realizar prestaciones positivas
dirigidas, sustancialmente, a la prevención de la enfermedad, y a la asistencia -médica y
terapéutica- de los pacientes. En consecuencia, nacerá la responsabilidad del Estado, por
falta de servicio, si éste no cumple de una manera regular los deberes u obligaciones
impuestos -de modo expreso o implícito- a sus órganos por el ordenamiento jurídico
(comprensivo de la Constitución, los tratados, la ley, el reglamento y los principios
generales del derecho) o, simplemente, por el funcionamiento irregular del servicio” (conf.
doct. S.C.B.A., causa 74.514, “Castillo”, sent. 13-VIII-2003).
En síntesis, en el caso se configura un supuesto de responsabilidad
extracontractual del Estado con imputación “directa” -ya que la actividad de sus órganos o
funcionarios se considera propia del Estado que debe responder de modo principal y
directo por sus consecuencias dañosas- y con factor de atribución “objetiva”, que se
trasunta a través de las denominadas faltas de servicio, con fundamento en el artículo 1112
del Código Civil (conf. doctr. S.C.B.A., causa L. 71.070, “Gimenez”, sent. del 23-XII-2003).
5°) Que en relación a la Provincia de Buenos Aires, citada como tercero por el
municipio demandado, procede desestimar la demanda, valorando que el informe pericial,
indica que los tratamientos médicos quirúrgicos instituidos posteriormente en el Hospital
General San Martín de La Plata, “no pudieron revertir las complicaciones que tuvo la paciente, a
punto de partida diagnóstica, de una estenosis benigna de vía biliar” (fs. 21 vta., cuaderno de
prueba Municipalidad de Florencio Varela) (arts. 11, 12 inc. 3°, 77 inc. 1°, C.C.A., ley
12.008, texto según ley 13.101; 94, 96, 375, 384, 474 y concs., C.P.C.C.).
6°) Que probada la responsabilidad del municipio demandado, corresponde
considerar la procedencia de los reclamos patrimoniales efectuados por las hijas de la
causante.
6.1. En el escrito postulatorio, las accionantes reclaman reparación por el rubro
valor vida, manifestando que su progenitora al momento del deceso, tenía 39 años de edad
y que además de su condición de ama de casa, realizaba tareas de enseñanza a niños
discapacitados en una sociedad de Fomento de su barrio.
Al respecto, la Corte Suprema de Justicia Nacional tiene dicho que “la vida humana
no tiene valor económico per se, sino en consideración a lo que produce o puede producir.
No es dable evitar una honda perturbación espiritual cuando se habla de tasar
económicamente una vida humana, reducirla a valores crematísticos, hacer la imposible
conmutación de lo incomutable. Pero la supresión de la vida, aparte del desgarramiento
del mundo afectivo en que se produce, ocasiona indudables efectos de orden patrimonial, y
lo que se mide en signos económicos no es la vida misma que ha cesado, sino las
consecuencias que sobre otros patrimonios acarrea la brusca interrupción de una actividad
creadora, productora de bienes. En ese orden de ideas, lo que se llama elípticamente la
valoración de una vida humana no es otra cosa que la medición de la cuantía del perjuicio
que sufren aquellos que eran destinatarios de todos o parte de los bienes económicos que el
extinto producía, desde el instante en que esta fuente de ingresos se extingue” (C.S.J.N.,
Fallos: 316:912; 317: 728 y 1006).
Añade el Alto Tribunal “que no obstante lo expuesto, para fijar la indemnización
por valor vida no han de aplicarse fórmulas matemáticas, sino considerar y relacionar las
diversas variables relevantes de cada caso en particular, tanto en relación con la víctima
(capacidad productiva, cultura, edad, estado físico e intelectual, profesión, ingresos,
laboriosidad, posición económica y social, expectativa de vida, etc.) como con los
damnificados (grado de parentesco, asistencia recibida, cultura, edad, educación, condición
económica y social, etc.)” (C.S.J.N., Fallos: 320:536; 323:3616; 325:1156).
Según se afirma en la demanda, la causante se desempeñaba como ama de casa y
realizaba tareas de enseñanza de manualidades a discapacitados en la sociedad de fomento
cercana a su domicilio. Con relación a ésta última actividad no se aportó probanza alguna.
Es dable señalar que en la actualidad no existen dudas acerca de la procedencia del
resarcimiento de la pérdida de una vida humana cuando, la occisa no desarrollaba tareas
remuneradas, sino que se desempeñaba como ama de casa, ya que se admite que el trabajo
domiciliario del ama de casa es una profesión y posee el valor propio, susceptible de
apreciación pecuniaria (conf. Marcelo J. López Mesa – Félix A. Trigo Represas, Tratado de
la responsabilidad civil, Cuantificación del daño, Bs. As., La Ley, 2006, p. 193 y ss.).
En tal línea de pensamiento, el Alto Tribunal Federal resolvió que “si el actor
convivía con su esposa y dos hijas menores en el momento en que aquélla falleció, es lógico
concluir que el viudo debió recurrir a terceros –cuyos servicios se presumen onerosospara suplir las carencias que la muerte de su mujer provocó en la atención del hogar y el
cuidado de sus hijas. Sobre tal base, debe tipificarse como daño emergente del fallecimiento
de la víctima los gastos derivados de la necesidad de contratar a una persona para realizar
los quehaceres domésticos en el hogar familiar correspondiendo su reparación por la vía
civil ya que existe una erogación no prevista que es consecuencia directa del infortunio”
(C.S.J.N., in re “Lacuadra, Ernesto A. y otros c/ Nestlé de Productos Alimenticios S.A.”,
sent. 1-IV-1997).
Por tanto, la circunstancia de que la víctima de un hecho ilícito se desempeñara
como ama de casa no conduce, por sí sola, a negar a sus causahabientes el resarcimiento en
concepto de valor vida, pues no corresponde restarle importancia a la tarea desarrollada
por aquélla en el hogar, en tanto la familia como institución y célula social básica está
protegida en los tratados internacionales de derechos humanos incorporados al artículo 75
inc. 22 de la Constitución Nacional.
En ese marco hermenéutico y teniendo en consideración las diversas variables,
tanto en relación con la víctima como con las damnificadas, destaco que la única pauta
relevante acreditada es la edad de las accionantes; una de ellas es menor de edad –I.A.
Maldonado, 12 años de edad, conforme se desprende del certificado de nacimiento obrante
a fs. 5-; en tanto que las otras dos hijas son mayores de edad -Lorena Lorenza Acevedo, 24
años y Gabriela Marisol Acevedo, 22 años (v. fs. 12) -.
Así, en el caso de la hija menor, cabe inferir que el deceso de su progenitora reviste
gravitación económica, que se trasunta en un daño material ante la desaparición de quien
tenía la responsabilidad de su crianza y cuidado, pues es necesario sustituir las funciones
que la víctima cumplía en el hogar por una tercera persona con remuneración.
En consecuencia, estimo prudente fijar en tal concepto, la suma de pesos diez mil
($ 10.000) (arts. 1084, Código Civil; 77 inc. 1°, C.C.A., ley 12.008, texto según ley 13.101;
165 y concs., C.P.C.C.).
Con relación al reclamo de las hijas mayores de edad, toda vez que no surge
acreditada en autos, circunstancia alguna que permita determinar la repercusión
patrimonial concreta, esto es, el daño material derivado del deceso de la progenitora,
procede desestimar a su respecto, el reclamo indemnizatorio del rubro sub examine (arts. 77
inc. 1°, C.C.A., ley 12.008; 375 y concs., C.P.C.C.).
6.2. Que el reclamo en concepto de daño moral resulta procedente, ya que el
mismo no es sino la lesión en los sentimientos que determina dolor y sufrimiento físico,
inquietud espiritual o agravio a las afecciones legítimas y en general, toda clase de
padecimientos insusceptibles de apreciación pecuniaria (conf. Bustamente Alsina, Teoría
General de la Responsabilidad Civil, 4ta. Ed. Abeledo Perrot, p. 205, número 557).
En tal sentido, las circunstancias en que se produjo el deceso de la progenitora de
las actoras, quienes a una temprana edad se vieron privadas, en forma prematura de su
asistencia y cuidados, cuando aún ese sostén adquiere particular significación, abonan la
procedencia del rubro sub examine (C.S.J.N., Fallos: 317: 1006; 327:4668).
En relación al quantum y en uso de las facultades que otorga el artículo 165 del
Código Procesal Civil, juzgo prudente fijar el resarcimiento en concepto de daño moral, en
la suma de pesos quince mil ($ 15.000), para cada una de las accionantes.
7°) A mérito de los fundamentos expuestos corresponde hacer lugar a la
pretensión indemnizatoria deducida por Julio César Maldonado –en representación de su
hija menor I. A. M.- y Juan Pedro Acevedo –en representación de su hijas Lorena Lorenza
Acevedo y Gabriela Marisol Acevedo-, contra la Municipalidad de Florencio Varela –
Hospital “Mi Pueblo”-, condenándola a pagar la suma de pesos cincuenta y cinco mil ($
55.000), conforme se establece ut supra (arts. 14 bis, Const. Nac.; 36.8 Const. Pcial.; 1º, 2º
inc. 4, 12º inc. 3, 50 inc. 6º y concs. C.C.A., ley 12.008, texto según ley 13.001; 1078, 1084,
1112 y concs del Código Civil; 165, 375, 384, 474 y concs. C.P.C.C.).
A los importes establecidos deberá adicionársele el correspondiente a los intereses,
que se calcularan desde la fecha del hecho –22 de febrero de 2003- hasta su efectivo pago,
de acuerdo a la tasa que pague el Banco de la Provincia de Buenos Aires en los depósitos a
treinta días vigentes en los distintos períodos de aplicación (arts. 7º y 10º, ley 23.928,
texto según ley 25.561; 622 y 5°, ley 25.561).
Las sumas deberán abonarse dentro de los sesenta días (arts. 163, Const. Pcial.; 63,
C.C.A.).
8º) Imponer las costas en el orden causado (art. 51 inc. 1°, C.C.A., ley 12.008, texto
según ley 13.101).
Por ello,
FALLO:
1º) Hacer lugar a la pretensión indemnizatoria deducida Julio César Maldonado –
en representación de su hija menor I. A. M.- y Juan Pedro Acevedo –en representación de
su hijas Lorena Lorenza Acevedo y Gabriela Marisol Acevedo-, contra la Municipalidad de
Florencio Varela –Hospital “Mi Pueblo”-, condenándola a pagar la suma de pesos
cincuenta y cinco mil ($ 55.000), conforme se estableció ut supra (arts. 14 bis, Const.
Nac.; 36.8 Const. Pcial.; 1º, 2º inc. 4, 12º inc. 3, 50 inc. 6º y concs. C.C.A., ley 12.008, texto
según ley 13.001; 1078, 1084, 1112 y concs., Código Civil; 165, 375, 384, 474 y concs.
C.P.C.C.).
A los importes establecidos deberá adicionársele el correspondiente a los intereses,
que se calcularan desde la fecha del hecho –22 de febrero de 2003- hasta su efectivo pago,
de acuerdo a la tasa que pague el Banco de la Provincia de Buenos Aires en los depósitos a
treinta días vigentes en los distintos períodos de aplicación (arts. 7º y 10º, ley 23.928,
texto según ley 25.561; 622 y 5°, ley 25.561).
Las sumas deberán abonarse dentro de los sesenta días (arts. 163, Const. Pcial.; 63,
C.C.A., ley 12.008, texto según ley 13.101).
2°) Desestimar la demanda incoada contra el doctor Juan Carlos Rodríguez y la
Provincia de Buenos Aires, citada como tercero por el municipio demandado, a mérito de
los fundamentos expuestos ut supra (arts. 11, 77 inc. 1°, C.C.A., ley 12.008, texto según ley
13.101; 94, 96, 375, 384, 474 y concs., C.P.C.C.).
2°) Imponer las costas en el orden causado (art. 51 inc. 1°, C.C.A., ley 12.008, texto
según ley 13.101).
3º) Diferir la regulación de honorarios de los profesionales intervinientes hasta
aprobación de la liquidación a practicarse (art. 51, decreto-ley 8904/77).
4°) Remitir los presentes actuados a la Asesoría de Incapaces a sus efectos (arts. 59,
494 y concs., Código Civil; 32 y concs., ley 12.061 y modif.).
Regístrese y notifíquese.
ANA CRISTINA LOGAR
Juez en lo Contencioso Administrativo nº 2 Dpto. Judicial La Plata
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2.360 "Maldonado, Julio César y otro/a c/Rodríguez, Juan Carlos y